Empacho

Estos gatos viscerales se empacharon de banal disertación de mentecatos, que a la hora de servir el postre tenían las barrigas tan llenas de melancolía que no les cabía una dulce poesía ni la tentadora armonía de una bella melodía.

Atención psicológica

Por favor, a los sicólogos que mandan a sus pacientes a escribir como método o sustituto de terapia, nadie les niega que tiene sus bondades, pero traten de darle otro cauce a los enredos psíquicos, no sé, digamos mándenlos a aprender otros oficios como barman de sindicatos, limpieza de catedrales o confección de banderas y escudos para países incipientes, o en todo caso alternen la terapia con el aprendizaje de esquí acuático o escalar el Altiplano. Vamos licenciados, que suden un poco esos cerebros, y no es que quiera inmiscuirme en sus asuntos lacanianos, es que en el rubro somos muchos locos compitiendo por la atención de unos pocos lectores sensatos.

Jugarreta

Como si fuera un juego verbal, casi por diversión, me identifico con alguna frase por un momento, es decir encuentro un reflejo de mí en ella, algo en lo que vislumbro mi ser o parte de él, tanto en lo que fue, lo que es o el devenir, es decir, lo que deseo, y allí cristalizo lo que se puede expresar con palabras acerca suyo. Pero ese momento en el que vive el reflejo verbal se desvanece rápidamente, quizás al otro día, horas más horas menos, por lo que busco frenéticamente, lascivamente, en otra frase reencontrarme con lo que perdí. Entonces, perdido entre palabras, lo busco en lo que tengo a mano: una imagen vieja o distorsionada, un reflejo en el espejo salpicado de pasta dental, una sombra en la pared. Sin embargo no me convence la ilustración, siento que es como deducir un cuerpo a partir de una uña. Por momentos, con restos de alivio y dejos de distracción, considero que no tiene mucha importancia encontrarme, pues en el fondo pienso que uno no puede perder su ser ( lo que sos, es para siempre, decía un amigo con aval de sabio ), sino que lo que cuenta -y al fin de cuentas vale- es buscar; la misma y sola búsqueda, ante la cómoda proposición de los materiales dados, proporciona el vigor necesario para sustentar y darle el valor justo a las vivencias.

En el antro literario

En el antro literario
se dice entre infelices
que Oscar Wilde no era humilde,
que Baudelaire vivió del aire.
Neruda no tenía dudas
que Bukowsky le daba al whisky
que Cervantes era elegante
y que Quevedo no veía un pedo.
Fontanarrosa salteaba baldosas
Jardiel Poncela cosía la suela
Rubén Darío pasaba frío
y Galeano fumaba en verano.
Se dice en las biografías
que todos con sus manías
los escritores rumiantes
seductores o pedantes
manchaban su voz de tinta
y su palabra se pinta
de acuarelas en la tela,
que Lope de Vega ahora navega
donde Alfonsina lee cansina
o donde Sábato lustra el zapato.
Los libros que han dejado
hoy se leen en el tejado
como gatos bosquimanos
por complacidos humanos
que pernoctan, letras mediante,
en viajes imaginarios estimulantes.
Se ha dicho y no se confirma
que alguno obsequió su firma
y en más de una dedicatoria
regaló frases conciliatorias,
si Lugones, o quien se supone,
si Shakespeare o quien te parece
han escrito no pocas veces
como Kafka algún proceso
que asemeja un retroceso,
será Eco quien deje en seco
el vaso de vino, como Calvino,
ya que a Verne no le concierne
si Chesterton odiaría el reguetón
y tanto Poe como Defoe
escribían y componían
cual mansas macabras danzas
al escuchar llover y al luchar
con pandemonios sin moños
y que en la estación del otoño
Chejov nunca lo dejó
ni al vicio ni al sano juicio,
que Quiroga dejó la toga
y Felisberto daba conciertos,
cuando Coehlo les dé consuelo
o Stephen King se suba al ring
a la sazón de Ruiz Zafón
con el temple de la razón
naufragaremos en sus plumas
o en carnavales de espumas
que Machado nos ha legado
poesía de plusvalía
y mientras aquí anochecía
en Murakami amanecía,
si Saramago sería un mago
o si Bolaño celebró al año
de hacer un curso al concurso
o de emplear sus recursos
para estampar la composición
de su regia posición,
se dice y se comenta
que un error no es afrenta
que el escritor es solitario
y habla con el abecedario,
que escribe con maestría
a la luz de una vela o al día
con desparpajo, con gallardía
su alma que claman por siglos
los lectores que con sigilo
se pierden, se compenetran
y en otros mundos se adentran,
de Borges a Macedonio
de grandes hasta un retoño
si no los ven lo imaginan
lo que plasman o adivinan
en holgada literatura
de clara mente tan pura,
y nos nos regocijamos
leyendo nos aventuramos
a descifrar el contexto
a saborear un buen texto
pues la lectura es pretexto
para pasar un buen rato
y, claro, si el libro es grato
lo conjuramos contentos,
la voz, el quinto elemento.

El increíble caso del doctor Bloom

La inspiración viene y va en una danza narcótica que me hace deletrear estreno, en cada serie, anagrama de Ernesto, deudor serial. Como he dicho por allí, a leer se aprende leyendo, interpretando, descifrando y reinterpretando como un actor su papel, la lectura, lo que el texto presenta como un desafío. Reincido en la lectura como tema de escritura, cual si fuera un anatema de la época, prescribe la libertad y el maniqueísmo lector, se bifurcan los senderos del jardín y uno debe tomar una decisión, pues es nuestro deber ser resolutivos, darle fin a la tonada y no quedar inconclusos ( esta redundancia –puesto que todo lo que comienza ha de tener un final- queda como un exabrupto propio del cambio indispensable de voz en el relato ante la atenta mirada del lector voraz que ha de mantener la compostura cuando el mismo se rebele a la doctrina gramatical del bien decir y escape de los carriles que le señalaban andar trechos ya recorridos por reconocidos escritores para “hacerse camino” y explorar los surcos que el hombre no ha pisado, no por escasez de curiosidad o carencia de espíritu aventurero, sino porque todo ha de estar alambrado con el cartel retén de “propiedad privada” que los priva de aquello ) ya que ello presentaría una indecisión ruda, una suerte de duda pragmática librando al azar o al destino -que están claramente diferenciados por la Real Academia Española de Letras Arábigas y Números Primos Incaicos en su apartado “Nociones relativas al absolutismo semántico” de la treceava edición, revisión cuarta, por lo que nadie puede presentar formalmente una queja aduciendo no saberlo- que le depare una especificidad en la comprensión lectora de tales enunciados, denunciando crudeza en sus actos y finales abiertos, plagados de omisiones y falaz verosimilitud que tragaríamos con mucho gusto a sol y a sombra, si la sensación térmica no fuera un decreto presidencial contra la debacle cultural que supondría la batalla diurna de palomas y loros barranqueros al momento del baño templado, en horas frías. Esto, dicho así, puede pasar por alto muchas cosas, a saber:
-La necesidad de hacer todo entendible para un garbanzo.
-El deseo de comunicación lúdica con la espora.
-El intercurso sexual de la creatividad que da luz al brote textual.
-La capacidad de lector para compenetrarse con la historia.
-La penetración de la historia en la mente.
-El vuelo apoteósico que recorre la lectura en la claridad.
-La necesidad de claridad para pintarrajear conceptos maculados.
-La inmaculada concepción de la obra artística de fruta abrillantada.
En síntesis y resumidas cuentas, nada en literatura, chapotea en garabatos literarios con la excusa de sacudirse la modorra y escaparle a la siesta, festival criollo al que asisten los valientes herederos del mundo.
Como les iba diciendo, la inspiración no llega en todas sus vertientes: como musa, como energía, como palabra creadora, como ansias de colmar de letras una hoja en blanco a fines comunicativos. No señores. Llega en alguna de ellas o en vano resulta la espera. El doctor Bloom me dijo:
-No hables con tus lectores, los confundes no con tus palabras sino a unos con otros, piensas que John Carridge es Eleonor Rusvelt o crees que Pía Maroja es Mariquita la piojosa, y eso –para el lector- es un absurdo, una ridiculez también. La deificación del escritor es cosa de siglos anteriores, donde la gente carecía de tamaña imaginación ni tampoco había o existían los estímulos actuales.
-La edificación de conceptos rutinarios tiene cimientos endebles, nadie construye castillos en el aire para habitarlos. –retruqué.
-Su caso, aunque insólito, es alentador. Como podrá comprobar, la cantidad de visitantes de un videoclip pueril y vergonzoso en promedio es de dos millones, incluso hay quienes repiten la visita tres y hasta cuatro veces, lo cual nos dice mucho, no ya del videoclip que podría prometer el oro y el moro, sino de los indirectamente afectados. Si trasladamos la estadística a lo estrictamente literario, el promedio nos da que el diez por ciento de los seguidores son –a su vez, o al mismo tiempo, o en su defecto- lectores. De ahí a que lean lo suyo media un abismo de contextura tersa, de manto lúgubre y, por si fuera poco, del orden virtual. Esto sin dudas quiere decir que el carisma que detenta la pieza artística no seduce –por más ahínco- como lo haría una obra pictórica, ni mucho menos una pieza musical.
-Estamos hablando el mismo idioma, con diferencias extáticas. –le añadí a su verborrea.
-En tanto, una azafata de línea de bandera alterna su atención con la coquetería, manteniendo a los viajeros en estado sereno y complacido. Su texto, no logra conmover ni hacia el llanto, ni a la ira, ni a la codicia, ni al contrapunto, ni siquiera llega al esputo que derramaría sobre la hoja un ojeroso cansado de lidiar con él. Pero, hete aquí, ese es un punto a favor, ya que verá el ranking de ventas, por ejemplo el de este mes, y tenemos entre los títulos más vendidos a gente del orden del plioceno, meramente adaptada a la tecnología actual, con tintes de verdulero amaestrado.
-¿Entonces, doc?
-Crear y crear, esa ruta vertiginosa que no reposa, es un camino de idas y vueltas, de ideas y volteretas, de idus y volteos, donde la emancipación de la palabra está al caer. Y, llegado ese punto, caduca la comprensión por lo que habría que resguardarse, colchón adentro, del bravo mar existencial, inmisericorde con la pereza, la dejadez y la habladuría. Y por hablar nomás, llegamos a la conclusión de que todo lo que tiene un comienzo ha de concluir, así sin más, por demás.
-Entiendo…
El doctor Bloom tiene la capacidad de dejarme pensando por horas. He pasado noches pensando entre sueños en sus palabras. Es más, sus palabras daban por nacimiento a diversos sueños entretenidos. Es raro sacar conclusiones, ni apresuradas ni meditadas. Si bien es claro que lo que dice el doctor es cierto, por momentos a algunas cosas me niego a ponerle fin.

La crítica mordaz

Y ese libro era la prueba viviente de la vacuidad. Sí, considerábamos que estaba muy bien escrito pero no decía nada; por eso admitíamos que el vacío cobraba vida tanto en la observación como en la lectura. Era una vulgar forma de decir que lo habíamos leído, incluso con entusiasmo exagerado, premonitorio de la alegría que nos otorgaría el hecho de terminarlo de una buena vez y sacárnoslo de encima. Pero basta de hablar de lecturas que a nadie le interesan, ellos estaban interesados en sagas, rezagados a la hora de la serie donde los muertos sobreviven, y pierden la cabeza como unos cuantos ciudadanos a la hora de emitir opinión. No, no era eso lo que esperaban los lectores sino dramatismo, sensación, espectacularidad. Eso, espectáculo, un espacio donde aplaudir, gimotear, gritar y morirse de espanto, perdidos en la soledad de la lectura, en la admonitoria vivencia del batir de palmas, de la euforia, del ronroneo del gato sobre la falda o al lado del sofá. Nos preguntábamos por el énfasis que hacían grupos de lectura por convertir tal actividad en un supremo atractivo de masas, en un elegante motivo de reunión pública anunciada como un evento de magnitudes desproporcionadas, de imaginaria psicodelia popular que sólo encaramaban unos pocos y obcecados contendientes cuya transversalidad a la hegemonía tecnológica era capaz de irrumpir contra todas las tendencias que vigorizaban el poder de la imagen sobre la palabra. En resumidas cuentas, el autor no creaba otra cosa que imágenes a través de la palabra escrita y competía, desde ese ángulo, por la atención de aquellos seres perplejos, complejos y horizontales que se disponían a pasar un buen momento, lo cual no siempre lo conseguía, según sus estimaciones, la apreciación de su labor, y la consecuente bipolaridad que acechaba sus estados anímicos. No obstante, ellos se divertían en tanto que nosotros arremetíamos con suspicaz crítica cobrando suculentas sumas por el  entramado verbal que no hacía otra cosa que despertar la voracidad lectora entre los que nos seguían por morbo, raptos de inteligencia o somera curiosidad.

Tiempo para soñar

“Mucha calma para pensar
y tener tiempo para soñar”.  Joao Gilberto

Sagrada la vida que asoma a la herida, en psiquis y en soma sagrada y querida; la parca temida, aliada y rendida, rinde pleitesía al coraje y bravía, al valor valentía, al follaje que se nutre del calor, que no tiene pudor al cambiar de atuendos, que le da dividendos a las formas de vida, cobrándolo enseguida con el canto del ave que suave y titubeante desgrana la mañana, y al emprender vuelo saltando del suelo irá atravesando brindando consuelo. Leyendo textos viejos, me encuentro y me recreo, me pierdo, me distiendo, se abre un abanico de posibilidades a la hora de la escritura que uno no sabe ( la ciencia cierta del no saber ) si dirigirse hacia aquí o hacia allí, o al más allá de las palabras. Toda vida es aquí, lo que soñemos tiende a ser aquí, el encuentro, la voz, los proyectos, y vidas por venir, se desarrollan florecen decaen justamente aquí, al amanecer precisamente cuando las aves inclinan la balanza de la belleza sobre las cosas feas o que nos disgustan. Lo cultural marca el ritmo de vida: días que se mueven, horarios que se estancan, semanas inocentes, tardes de sabores que exprimen los sentidos. Hace falta música para que el aire vibre y suene la melodía proverbial que acaricie el espíritu por encima de la libido, materia o sustancia ígnea de la unión con la mujer que descansa ahora en la cama esperando el anuncio de un nuevo día. Nuevo como el aire que respiro, nuevo como el alba, nuevo como el canto vivo, nuevo como el escrito que se extiende de tinta sobre la faz blanca de la hoja, nuevo que se renueva al parpadear y al silabear estas frases, hasta que la suerte los separe. En la salud y en la enfermedad comprendemos que estar vivo es otra suerte, una suerte de milagro si se quiere, apreciándolo en su máximo esplendor al recobrar la salud, olvidada cuando se tiene ya que obra como norma. Cuando hay salud es posible pensar y cuando irrumpe la enfermedad esta se lleva gran caudal de atención, hasta que nos volvemos médicos especialistas en tales cuestiones que atraviesan el cuerpo. Y pudiendo pensar, los sueños aparecen –siempre que el tiempo no nos devore- y con ellos los deseos: de progreso, de bienestar, de felicidad. Tener tiempo es vivir, independientemente de la actividad en que recaiga el tiempo, el cual podría ser de construcción, de reflexión, de inflexión, de inventiva, de siembra o de narrar los vaivenes del mismo tiempo, como pasatiempo. El tiempo no puede traer la solución a todos nuestros problemas, pero que tengamos tiempo para resolverlos es parte de la solución. Por otro lado, no todo son problemas: hay desafíos, caminos sinuosos, obstáculos al avance, en fin, situaciones que nos piden atención y otras que es mejor desestimar; por eso reloj, no marques las horas, deja que mis pasos me revelen los secretos más profundos de este ser. Las creaciones del tiempo, variopintas, quedan vetustas con sus correteos; los sueños están al presente, vivaces, para olvidarlos luego con nuevos sueños o con el ajetreo del tiempo, con cada hilo de pensamiento que nos lleva hacia montañas y cordilleras cubiertas de nubes, nubes de palabras, imágenes y sensaciones que pronto brotarán en discursos académicos o comerciales, ofreciendo algún modo o alternativa para vencer el tiempo, vaya paradoja del destino, cuando el tiempo venza, y el ocaso de los sueños pinte todo el paisaje con su luz.

Mientras espero

-¿Qué pasa, compañero? ¿Se ha quedado sin inspiración? -Me dijo el hombre, vestido con su uniforme militar, que me había estado observando cabizbajo con un lápiz en la mano golpeando repetidamente sobre el papel.
-Puede ser, camarada –dije-. ¿Acaso sabe usted cómo combatirlo?
-Claro que sí. Hay que llamarla implorándole su aparición. Algunos dicen que es cuestión de sentarse y que ella vendrá. Otros hablan de dejarse llevar por ella ni bien se hace presente. Yo tengo una fórmula que nunca falla.
-Pues debería facilitármela, camarada. –dije, mientras observaba las insignias en su uniforme.
-Con mucho gusto, pero me temo que no será gratis.
-¿Así que la inspiración ahora tiene un precio?
-Como todo. Ni siquiera hablar es gratis hoy en día. El llamado a la inspiración también tiene su costo.
-Ya me parecía que tanta amabilidad no podía ser sin ningún interés.
-¡Vamos, compañero! ¿Quiere saber de qué se trata o prefiere quedarse con la espina?
-Tengo curiosidad por saber, pero no tengo demasiado dinero. ¿Cuánto me va a costar?
-Para los resultados que brinda, su costo es ínfimo. Su nombre es ideina. Vea, compañero. –me dijo el hombre dándome una de las píldoras.
-¿Ideina?
-Sí. Tiene los componentes activos que propician la aparición de las ideas. Viene en dosis de 200 y 500 miligramos, para cuando no surge nada.
-¿Se toma así nomás esta… droga?
-Oiga, no tiene por qué hablar con ese desprecio. Ideina ha salvado la carrera artística de unos cuantos. Si le nombrara, se quedaría pasmado.
– Entiendo, ¿me podría dar algún ejemplo? –dije por curiosidad.
– Roberto Fontanarrosa hubo un tiempo en que no podía crear sin ideina.
-¡Qué bárbaro! El negro, no lo puedo creer. Tan ocurrente…
-¿Vio?
-¿Cómo es que no supe de esta píldora antes?
-Compañero… ¿qué esperaba? ¿Un anuncio publicitario en la televisión?
-No, claro que no. Qué cómico sería. Y… ¿tiene alguna contraindicación tomar esta píldora?
-Quien la tome puede sufrir mareos, vértigos, diarrea y/o alucinaciones en alguna que otra medida.
-¡Qué problema si viene la inspiración junto con algo de eso! ¿No? Habrá que ir al baño con una libreta y lápiz. ¿Cuánto dura el efecto de la píldora?
– Son cuatro horas de inspiración ininterrumpida. Bueno, compañero, ¿va a comprarla o no?
-Estoy indeciso… bueno, deme dos.

Le pagué al general por las píldoras y debo decir que no me resultaron para nada baratas. Tomar una de esas píldoras iba a hacer que lo piense dos veces al menos. A decir verdad, no tenía miedo tanto por el costo sino más por la adicción a la que podía caer. La inspiración… ¿cómo decirlo? A veces no viene. Entonces uno se sienta y escribe cosas que bien podrían haberse no escrito. Que no valían la pena, como muchas de las cosas que todos en mayor o menor medida hemos leído hasta acá. Y bueno, tenía la esperanza, siempre la esperanza en nosotros, de que con esta pildorita podamos sortear el problema de la inspiración. Pero no. Me tomé una y me senté a esperar. Se me ocurrieron varias cosas, pero era más de lo mismo: alienígenas de visita a la Tierra que le enseñan el sentido de la vida al ser humano, el hombre solo ante la inmensidad del universo descubriendo todos los secretos del ser, la mujer que deja al hombre en nombre del amor a otro hombre se da cuenta de que el amor es un juego vanidoso, historias de amor en parejas adolescentes capaces de conmover a un hombre mayor, viajes interplanetarios del hombre en el futuro gracias a los avances tecnológicos descubriendo nuevos mundos en los cuales desarrollar la vida humana, la historia de un hombre que descubre el amor a través de sus hijos y amistades prescindiendo del amor por una sola mujer, gente que fabrica pastillas que producen efectos insólitos en sus consumidores, en fin, más de lo mismo. Así estuve cerca de cinco horas sin que se me ocurran cosas nuevas diferentes a las de la inspiración habitual y pensé que nuevamente había caído en una estafa. No sería la primera vez. Esperemos que sea la última. Todavía me queda la otra píldora. No creo que la tome, estoy decepcionado sinceramente. Además me asusté un poco cuando se me apareció Sor Juana Inés de la Cruz montando un caballo blanco y me dijo: subí que te llevo a dar el mejor paseo de tu vida. Me parece que voy a seguir esperando que la inspiración llegue de manera natural. Si bien, sé que hay cosas que no se compran, a veces, caemos en la tentación de probar para ver qué pasa… y nada, les narro la experiencia para que no caigan en la trampa como me tocó caer a mí.

Inconclusas (3)

“Muchas personas que escriben y se circunscriben con ello como escritores destinan el caudal de sus preocupaciones, desvelos, inquietudes, recelos, dedicación, resquemores y esfuerzos concentrando temores y deseos mayoritariamente en cómo las verá el público y qué imagen tendrán de ellos que en sus obras literarias, entendiendo con ello que aquél prefiere imaginar una vida fantástica a leer y vivenciar fantasías de su imaginación”.

Extracto de Inconclusas, de Albert de Bom Passar.

Juegos

Se suspenden los Juegos de la Buena Voluntad por la mala voluntad de los directivos que no tienen siquiera voluntad de organizarlos. Esperemos que los participantes conserven voluntad de la buena para participar en los próximos juegos, a voluntad. Y este edicto concluye aquí, por falta de voluntad tanto del que suscribe para hacerlo como de los lectores de tales enunciados, hastiados en malograda voluntad de leerlos.



Refranero impopular

Lo bueno, si bueno, dos veces bueno.

Dios madruga a quien lo ayuda.

De boca cerrada no salen moscas.

La tercera es la Reserva.

Hazte la fama y échate a firmar autógrafos.

Dios aprieta pero no aboga.

Si te he visto en Face, no me acuerdo.

Lo cortés no quita lo caliente.

Contigo pan y cebolla, hambre, frío y cuarentena.

El que busca, algo se le perdió.

El que a hierro mata tiene una fundición de acero.

Un calvo saca a otro calvo la peluca.

La invención es lo que cuenta.

¿Más claro querés el frente? Echale agua.

Amor con amor no pega, pero rima.

Mañana será otro día denominado hoy.

Para muestra basta un botón que lo manda en cana.

Lo barato sale menos que lo caro.

Sarna con gusto es un asco. Puaj.

El pez por la boca muerde.

Hoy por tí, mañana por las dudas.