El increíble caso del doctor Bloom

La inspiración viene y va en una danza narcótica que me hace deletrear estreno, en cada serie, anagrama de Ernesto, deudor serial. Como he dicho por allí, a leer se aprende leyendo, interpretando, descifrando y reinterpretando como un actor su papel, la lectura, lo que el texto presenta como un desafío. Reincido en la lectura como tema de escritura, cual si fuera un anatema de la época, prescribe la libertad y el maniqueísmo lector, se bifurcan los senderos del jardín y uno debe tomar una decisión, pues es nuestro deber ser resolutivos, darle fin a la tonada y no quedar inconclusos ( esta redundancia –puesto que todo lo que comienza ha de tener un final- queda como un exabrupto propio del cambio indispensable de voz en el relato ante la atenta mirada del lector voraz que ha de mantener la compostura cuando el mismo se rebele a la doctrina gramatical del bien decir y escape de los carriles que le señalaban andar trechos ya recorridos por reconocidos escritores para “hacerse camino” y explorar los surcos que el hombre no ha pisado, no por escasez de curiosidad o carencia de espíritu aventurero, sino porque todo ha de estar alambrado con el cartel retén de “propiedad privada” que los priva de aquello ) ya que ello presentaría una indecisión ruda, una suerte de duda pragmática librando al azar o al destino -que están claramente diferenciados por la Real Academia Española de Letras Arábigas y Números Primos Incaicos en su apartado “Nociones relativas al absolutismo semántico” de la treceava edición, revisión cuarta, por lo que nadie puede presentar formalmente una queja aduciendo no saberlo- que le depare una especificidad en la comprensión lectora de tales enunciados, denunciando crudeza en sus actos y finales abiertos, plagados de omisiones y falaz verosimilitud que tragaríamos con mucho gusto a sol y a sombra, si la sensación térmica no fuera un decreto presidencial contra la debacle cultural que supondría la batalla diurna de palomas y loros barranqueros al momento del baño templado, en horas frías. Esto, dicho así, puede pasar por alto muchas cosas, a saber:
-La necesidad de hacer todo entendible para un garbanzo.
-El deseo de comunicación lúdica con la espora.
-El intercurso sexual de la creatividad que da luz al brote textual.
-La capacidad de lector para compenetrarse con la historia.
-La penetración de la historia en la mente.
-El vuelo apoteósico que recorre la lectura en la claridad.
-La necesidad de claridad para pintarrajear conceptos maculados.
-La inmaculada concepción de la obra artística de fruta abrillantada.
En síntesis y resumidas cuentas, nada en literatura, chapotea en garabatos literarios con la excusa de sacudirse la modorra y escaparle a la siesta, festival criollo al que asisten los valientes herederos del mundo.
Como les iba diciendo, la inspiración no llega en todas sus vertientes: como musa, como energía, como palabra creadora, como ansias de colmar de letras una hoja en blanco a fines comunicativos. No señores. Llega en alguna de ellas o en vano resulta la espera. El doctor Bloom me dijo:
-No hables con tus lectores, los confundes no con tus palabras sino a unos con otros, piensas que John Carridge es Eleonor Rusvelt o crees que Pía Maroja es Mariquita la piojosa, y eso –para el lector- es un absurdo, una ridiculez también. La deificación del escritor es cosa de siglos anteriores, donde la gente carecía de tamaña imaginación ni tampoco había o existían los estímulos actuales.
-La edificación de conceptos rutinarios tiene cimientos endebles, nadie construye castillos en el aire para habitarlos. –retruqué.
-Su caso, aunque insólito, es alentador. Como podrá comprobar, la cantidad de visitantes de un videoclip pueril y vergonzoso en promedio es de dos millones, incluso hay quienes repiten la visita tres y hasta cuatro veces, lo cual nos dice mucho, no ya del videoclip que podría prometer el oro y el moro, sino de los indirectamente afectados. Si trasladamos la estadística a lo estrictamente literario, el promedio nos da que el diez por ciento de los seguidores son –a su vez, o al mismo tiempo, o en su defecto- lectores. De ahí a que lean lo suyo media un abismo de contextura tersa, de manto lúgubre y, por si fuera poco, del orden virtual. Esto sin dudas quiere decir que el carisma que detenta la pieza artística no seduce –por más ahínco- como lo haría una obra pictórica, ni mucho menos una pieza musical.
-Estamos hablando el mismo idioma, con diferencias extáticas. –le añadí a su verborrea.
-En tanto, una azafata de línea de bandera alterna su atención con la coquetería, manteniendo a los viajeros en estado sereno y complacido. Su texto, no logra conmover ni hacia el llanto, ni a la ira, ni a la codicia, ni al contrapunto, ni siquiera llega al esputo que derramaría sobre la hoja un ojeroso cansado de lidiar con él. Pero, hete aquí, ese es un punto a favor, ya que verá el ranking de ventas, por ejemplo el de este mes, y tenemos entre los títulos más vendidos a gente del orden del plioceno, meramente adaptada a la tecnología actual, con tintes de verdulero amaestrado.
-¿Entonces, doc?
-Crear y crear, esa ruta vertiginosa que no reposa, es un camino de idas y vueltas, de ideas y volteretas, de idus y volteos, donde la emancipación de la palabra está al caer. Y, llegado ese punto, caduca la comprensión por lo que habría que resguardarse, colchón adentro, del bravo mar existencial, inmisericorde con la pereza, la dejadez y la habladuría. Y por hablar nomás, llegamos a la conclusión de que todo lo que tiene un comienzo ha de concluir, así sin más, por demás.
-Entiendo…
El doctor Bloom tiene la capacidad de dejarme pensando por horas. He pasado noches pensando entre sueños en sus palabras. Es más, sus palabras daban por nacimiento a diversos sueños entretenidos. Es raro sacar conclusiones, ni apresuradas ni meditadas. Si bien es claro que lo que dice el doctor es cierto, por momentos a algunas cosas me niego a ponerle fin.

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