Hermeticosas

“Todo es dual; todo tiene polos; todo su par de opuestos”
Hermes Trimegisto

Fui temprano a ver al doctor Bloom pero no lo encontré. En su lugar, entre los pasillos, apareció otro doctor, mucho más joven, que me dijo que llegaría cerca de una hora más tarde de la que había asistido al encuentro. Pegué la vuelta y se veía que el trajín había comenzado mucho más temprano para todo el mundo que el día anterior o, al menos, era la impresión que me daba. Al regresar preparé el mate. No voy a hablar del frío que hace, salvo para decir que los pastos, bien temprano, estaban blancos como el marfil y duros como el granito. Digamos que “hice tiempo” hasta el encuentro con el doctor Bloom, es decir, lo malgasté en naderías, ya que ni siquiera escuché música ese rato ( ¿habrá gente que escuche música como actividad exclusiva y excluyente hoy día?). Comenzó la sucesión de mensajes que no pude atender porque tenía el encuentro que me había tenido pensando en decirle todo lo que le quería decir y cómo hacerlo. Es notorio que es más valioso a mi juicio lo que le tengo para decir que lo que él me diga. No obstante, siempre saco cosas en limpio de lo que me dice o insinúa. Me fui nuevamente a verlo y no había nadie. Caminé por los pasillos y pregunté en el laboratorio. Una joven bioquímica me dijo que había un cartel con los horarios de atención del doctor. Mintió, no había ningún cartel. Me quedé esperando afuera con la intención de verlo aparecer con su andar divertido. Pero nunca llegó. Al rato salió una mujer flaca mal nutrida a la que apenas se le veían los ojos que no sé qué función cumpliría allí diciendo que el doctor hoy no iba a ir, o no podía aseverarlo, que lo más seguro era volver mañana, por lo que me fui sin verlo mordiendo lo que tenía para hablar. Después hablé con il capocannoniere por teléfono y lo encontré de maravillas. Al oírlo, ya en la voz se le notaba un repunte anímico increíble, con el vigor que lo caracteriza, contándome de las mejorías en la salud, por lo que me dejó muy contento.

Al rato empezó la cerbatana de mensajes vía whatsapp. Y entre ellas, lo más rescatable, fue un cuento que me envío el Ingeniero Luiggi a través de un audio. Con su voz grave, interpretando un diálogo -del que no voy a dar detalles- que me gustó. Lo llamativo del asunto, no era la interpretación, que fue impecable como la de un excelente lector, sino que la autoría del cuento era propia, y eso me conmovió porque era inesperado,  además era un buen cuento. Ahora tengo un competidor impensado en la literatura. Debo apurarme a escribir todo lo que imagino, pienso, veo y percibo antes de que otro lo haga por mí y se lleve los laureles de la gloria o los tomates de la detracción de los lectores.

Habría que hablar de solidaridad, como hacen las campañas, para aquellos que esperan afuera en el almacén con temperaturas tan bajas. La gente se queda hablando adentro minutos que pueden ser letales para los que están afuera. Se me hacía larguísima la espera y ya imaginaba que estarían hablando del frío que hace desde que llegaron las lluvias, sin darse cuenta que más frío hace para los que están afuera del almacén. Finalmente, pude entrar cuando una persona salió y no tuve más ingenio que preguntar cómo andaban a los allí presentes, cuestión que derivó en charlas en torno a qué otra cosa que: el frío. Todos nos damos consejos sin que se nos pidan de cómo afrontarlo y nos preguntamos cómo se hace para llevar esta situación. Le preguntaría a mi abogado qué fórmula tiene para ello pero se contagió de covid y está incomunicado. Compré lo que fui a buscar y volví. Vi una publicación que me llamó la atención, que me terminó llevando a encontrar dos editoriales candidatas a publicar mis poesías, por lo que rápidamente me puse en contacto y quedé a la espera de alguna respuesta, aunque el asunto me tiene sin muchas ilusiones por el contexto que parece no ser favorable, según los más criteriosos, para que la gente lea, y nunca lo es. Los momentos de lectura son raptos que el lector, ocasional o asiduo, tiene para “robarle” a otras cosas que le consumen el tiempo del que dispone, según las particularidades de cada uno.

Luego de un tiempo de atenciones, cuidados y ejercicios, vi que todos parecían contentos de emprender el día, y con él la vida, por lo que me desentendí de gente y cosas para atender otras gentes y otras cosas. Uno tiene que desentenderse cotidianamente, es una acción que trae aparejada muchos beneficios. Los hindúes hablan de desapego, pero no sé si a nosotros esa palabra nos dice algo; en cambio, desentender, lo cual no significa descuidar sino todo lo contrario, cuidar y entender que todo puede cuidar de sí mismo dadas las condiciones, me parece que nos dice algo más que lo que oímos de un brahmín. La cuestión es que tuvimos una comunicación visual con El Satélite, como siempre muy jugosa, sin llegar a nada en concreto y siempre yéndonos por las ramas, pasando por la primera película Matrix y el Kybalion que nos dice que la mente es todo, hasta diversas teorías especulativas que llegan a nuestros oídos. El Satélite sabe mucho, de varios temas, pero más que embeberme de su sapiencia me gusta cuando empezamos a divagar en las charlas y se desvían de su cauce natural para entrar en lo especulativo, los delirios con tintes científicos y el viaje imaginario con soluciones chamánicas para los problemas del mundo.

Cuando me estaba yendo por sexta o séptima vez en el día, me llegó la lista de los nuevos ingresos de libros en un reciente descubrimiento de proveedor de libros en la ciudad ( ciudad donde sólo hay una librería con local comercial, dedicada a la venta de libros escolares, principalmente ) y encargué un par, uno de poesía y una novela, que me van a estar llegando en los próximos días. A veces me pregunto por qué entretenerse con letras cuando es más fácil hacerlo con una pelota e incluso tener algún tipo de protagonismo, pero sin buscar respuestas ni justificativos; sencillamente, son cosas que no van por los mismos carriles aunque no opuestos y cada una tiene su cuota de gratificación, de placer, que es lo que nos seduce y nos atrae, y en ellos nos desenvolvemos. Quizás incluso habrá tiempo para escribir las memorias de un goleador o para patear un penal en una cancha de fútbol 5 entre jubilados del rock and roll.

Tres versiones de canto

No sé qué había soñado pero como de costumbre el sueño me dejó pensando en toda suerte de cuestiones a las que no les dedico gran cosa a lo largo del día. Después del café, lo primero que sentí al salir fue el aire helado en el rostro. Como escritor invernal, ahora entiendo el chiste aquél en el que te preguntan capciosamente si vos sabés lo que es el arte, y más que entenderlo lo padezco como todo artista de países en las vías del desarrollo. Un par de gorriones disputaban con bullicio por un poco de luz solar en una rama. Es suposición de mi parte, aunque tal vez me equivoque y juegan al amor. Descubrí los primeros charcos congelados sobre el pavimento, réplicas de pistas de hielo que evitan los motociclistas. A esa hora de la mañana sólo puede haber dos negocios abiertos en el barrio: el forraje y la panadería. Como los perros ya tienen alimento resolví buscar alguno para mí. Entré en la panadería y el contraste de ambientes era muy notorio. Lo cálido del lugar daba mucho placer, y ni hablemos de la degustación culinaria a la que estaba a punto de sucumbir seducido por el aroma exquisito que emanaba de los hornos y las estanterías del local. Regresé por calles distintas a las que había ido, y en el camino encontré una piedra extraña en un lugar poco usual erguida como un tótem al que las hormigas le rendirían un culto pagano, con sacrificios y ofrendas a la deidad si llegaban, atravesando la vereda ante el peligro de los peatones que transitasen el lugar; las que morían en la travesía o ahogadas por las lluvias serían ofrendadas al tótem como muestra de lealtad del pueblo; las que resultasen malheridas de un pisotón serían sacrificadas. Luego, al seguir camino recordé uno de los sueños. Se había hecho un gran silencio, y en el silencio, comenzaron a cantar. Eran cantos desgarradores, lastimeros, una mezcla de tonos agudos como lloriqueos y graves como de truenos, presagiando la tormenta que se avecinaba con oscuros nubarrones. El golpeteo de los tambores con fervor entusiasmaba a los que hacían el coro, coro desprolijo en su lenguaje nativo que no pude comprender. Enseguida, las mujeres se dispusieron a danzar frente a la fogata, con saltos acrobáticos por encima del fuego corriendo un riesgo que las llenaba de adrenalina y las hacía sonreír con cada triunfo. Los dos ancianos que se erguían  entronizados en las rocas empezaron a recitar salmos o poesías cuando aquellos se hubieron callado. Todos nos sentamos alrededor de la fogata para escucharlos hasta que apareció el primer trueno de la bóveda celestial y cayeron las primeras gotas, gordas, gruesas, que pegaban en los cuerpos desnudos de todos los que participaban del ritual, gotas que pronto se transformaron en un aguacero que arreciaba sobre todos y nos tuvimos que guarecer en las chozas. A través de la paja, aún podía ver el fuego y cómo, poco a poco, iba apagándose por la lluvia.

Hay cuentos que son reveladores, pero hay otros que son disparadores de la motivación, de la vocación. Uno de estos últimos es “El milagro secreto”, de Borges, el cual es como una alegoría de la vida misma y, si bien el protagonista escribe, se podría tratar de un cocinero, un músico o un hombre de negocios tranquilamente si el lector lo considera. Seguí caminando hasta llegar a casa. Comí unos pocos bizcochos, que aún estaban tibios, preparé el mate, puse a andar el lavarropas y se disipó el manto de silencio que cubría el ambiente. Comenzaron las charlas, los camiones y la música. No fue hasta media mañana, al oír un perro, cuando tuve un atisbo de otro de los sueños que había tenido en la noche: Estaba en un recital y se produjo un silencio muy pronunciado que generó inquietud y expectativa. Algo pasaba en los parlantes o el equipo de sonido. Los técnicos corrían de un lado a otro ante la impaciencia del público. El bajista se arrimó a la primera fila y acompañó al público que había comenzado a cantar, aunque más atrás sólo se escuchaba el canto del público, las voces desaforadas de la muchedumbre. El cantante pateó un parlante con rabia, ni siquiera les podía dar un mensaje esperanzador o decirle que les devolverían el valor de las entradas si no solucionaban  el desperfecto. La gente seguía y seguía cantando siempre la misma canción, principalmente el estribillo, repitiéndose hasta el cansancio. Con el correr de los minutos, y la desesperación de sonidistas y técnicos, la desesperanza de la banda -que creí reconocer como No te va gustar– por ver fracasar el recital y el desconcierto del público, los cantos se convirtieron en bulla y griterío, incluso hubo forcejeos y algunas piñas volaron por el aire. Muchos comenzaron a retirarse, otros querían subirse al escenario, pero el personal de seguridad actuó rápidamente para impedirlo; de hecho, varios fueron arrojados entre los otros con una fuerza bestial y uno me cayó encima. Hubo corridas, gases, y banderas incendiadas. La banda hizo gestos de disculpas y se marchó. La voz cantante del grupo intentó decir algunas palabras al público pero nadie lo escuchó. Todos oscilaban entre el fervor y la desazón, o una mezcla de ambos. Furia y desilusión también enturbiaban el ambiente. Los cantos habían cesado. Quedaba el humo y los reproches por lo bajo entre la gente que se retiraba del estadio, caminando lentamente, prometiendo volver.

Sonaban las notificaciones del hot sale en el celular, que no atendía, y llamó el cartero, que sí atendí. El mate se había enfriado por lo que tuve que calentar el agua. Aproveché para cambiar la yerba, esta vez por Verdeflor. Atendí a los perros que, a pesar del frío, celebraban la mañana. El mecánico había comenzado a trabajar con los motores, que se hacían escuchar a pesar de la distancia. Envié varios mensajes pero todavía cada quien estaría con sus sueños a cuestas, por lo que no respondían. Un carro tirado por un caballo pasó como casi todas las mañanas, antes del mediodía, que se me venía encima como un tren a todo vapor y pronto otras actividades, noticias apareciendo y quehaceres me llevarían a dejar lo que tenía pensado para el día. Al observar el caballo, recordé el otro sueño que me inquietó durante el descanso nocturno. En mis cuentos no hay espacio para la guerra, al menos en la cosecha hasta la fecha, pero en mis sueños pareciera que sí, y al parecer era un soldado. Un grupo de cinco comenzaron a cantar. Estaban atemorizados por el horror de lo acaecido minutos antes. Los otros soldados no decían nada, aparentemente aguardaban alguna orden del coronel. Entonaron una canción que León Gieco había hecho popular: Como la cigarra. Y aquellos cantaban “tantas veces me mataron” en un coro auténtico, como si lo hubiesen estado ensayando hacía meses. Los soldados que los rodeaban y apuntaban con los fusiles M46 se miraban entre ellos sin comprender el acto de aquellos. El soldado Henry Pierce ( alguien lo nombró ) se reía con ahínco en una carcajada que estremecía a los improvisados cantantes, aunque no tanto como para interrumpirlos, pues seguían abrazados entonando “tantas veces me morí”. De repente, sonó el intercomunicador del soldado Pierce con órdenes del coronel: ejecútelos. La balacera de los fusiles M46 no se hizo esperar y acabó con el canto de los cinco soldados, que supe en ese momento eran desertores. No alcancé a escuchar nada más luego de que el silencio vuelva a cubrir todo el ambiente. Me alejé, con una lágrima rodando por mis mejillas que no supe que había salido de mis lagrimales hasta que la sentí en los labios. Ya estaba bastante lejos de aquella matanza y supe que no me iban a escuchar cuando entoné el verso final: “Sin embargo estoy aquí, resucitando”.

A pesar de los cantos, el silencio, la música que me acompaña en la mañana, no tengo registros del orden de tales sueños, más que como vino su tenue visualización en la vigilia. Lo que me queda en limpio es que tendría que haber aprendido idiomas para comprender el canto de los nativos, cosa que todavía estoy a tiempo de hacer. y que en los recitales los rituales pueden fallar. El soldado me recordó que en Henry -librería en Bahía Blanca- se pueden conseguir mis libros.

Cómo escribir poesía de ciencia ficción

En derredor de un planetoide
o viajando en un asteroide
plasma con sigilo un verso
que atraviese todo el universo.

Estampa con tinta el corazón
desde Mercurio hasta Plutón,
que haga un trecho a la luna
el poema, cual canción de cuna.

En atención al gran concurso
inyéctale zinc al extraterrestre,
metáforas de alien, como recurso.

No olvides cargar en la nave
alegorías un tanto pedestres,
humano en lo sideral, es clave.

Recorre el infinito cosmos
evadiendo lo que, creo, somos,
comparando civilizaciones
y que rime con tus creaciones.

Por último, no menos importante
deja estrellas de vista intrigante,
no cultives nobles sentimientos
en el espacio sabes que no hay viento.

Días y problemas


Esta semana tuvimos algunos problemas de esos que aparecen para sacarte de lo rutinario, cosas imprevistas pero previsibles o al menos factibles. Entre ellas, se rompió el lavarropas que ya venía castigado, con un funcionamiento que dejaba mucho que desear. En principio me lo tomé tranquilo, sabiendo que le tenía que buscar una solución rápida y económica. El sábado vino Maratón e insistió en que quería verlo y meterle mano. No quería molestarlo pero su personalidad me llevó a ceder y dejarlo que haga lo que le parezca. Contra mi pronóstico, encontró la falla de por qué el lavarropas no arrancaba en ningún programa: se trataba del cierre electrónico de la tapa frontal. En un arreglo que le había hecho yo, para que pudiera cerrar la tapa, el electrónico se había soltado ( aunque estimo que tal vez se soltó en uno de los centrifugados cuando dejó de funcionar ) y los programas no detectaban el cierre de la puerta, por eso es que no iniciaban. Habremos estado cerca de dos horas para que quede finalmente en funcionamiento y bien presentado, ya que mostraba otros desperfectos de orden estético; lo que más tiempo nos llevó fue encontrar los tornillos adecuados para cada ensamble. Es increíble la cantidad y variedad de tornillos en existencia. Después lo probamos con ropa que había quedado sin lavar y el funcionamiento fue impecable.
Cambiando de tema, descubrí un sitio en Internet que te permite escuchar radios de casi cualquier lugar de la Tierra, desde FM hasta AM. Anoche me quede escuchando “Uruguayeces”, en Radio Maragata, y me di un gran gusto con ese paseo musical de tan rico espectro armónico-melodioso. A decir verdad, no fue un descubrimiento propio este sitio, sino que me lo había pasado Maratón en algún momento que no le presté demasiada atención al asunto pero que había guardado entre los favoritos. Ahora, mientras escribo esto, radio Maragata mutó drásticamente de la delicia cultural de música local al popular internacional, bastante soso, Enrique Iglesias, lo que me lleva a viajar a Ciudad de la Costa y escuchar radio Versos compartidos, donde pasan algo de Ratablanca,  para continuar con Ricardo Arjona, ¡vaya manera de atravesar el Río de la Plata!
Gran parte de las radios de frecuencia modulada se repiten unas a otras, como si los encargados de pasar música no tuvieran gustos musicales propios, o estos se hubieran amalgamado en una masa compacta que no les permitiera elegir qué música pasar, en nombre del gusto de una supuesta mayoría, que también carece de gusto propio, pero en este caso sin opciones ya qua la música que se le ofrece se repite hasta que queda embutida en la corteza cerebral de los oyentes como un rítmico tic-tac.
Otro de los problemas que se suscitó estos últimos días no era en realidad un problema en sí, sino que había estado intentando ponerme en contacto con algún editor para que acceda a leer mi segunda selección de poesías y se dignase a publicarlas. De cuatro, sólo dos me respondieron y ¡con mucha amabilidad! ( Santos Locos y Caleta Olivia ), pese a la situación de pandemia, virus, incertidumbre y preocupación en la que estamos inmersos. Ambos me dijeron que no tienen pensando publicar nada, salvo intentar “sacar” lo que les quedaba pendiente, postergado por lo acaecido. Uno de ellos me señaló, además, que para las editoriales pequeñas es un momento pésimo. En este momento se me ocurre recordar varios artículos o publicaciones en los que hablo del escaso interés en la literatura, al menos en la parte de población que me toca conocer un poco más de cerca, pero no quiero ahondar en el tema ahora, para eso los escribí en su momento y están por allí publicados donde cae cada tanto algún internauta a echarle un vistazo, pero vale decir que no es solamente una apreciación mía sino también de editores que manejan y entienden la cuestión comercial, ya que qué mejor situación para vender libros que estando la gente obligada a permanecer en sus casas. Sencillamente, hay escaso interés. Maratón me sugirió que busque publicar en España, cuestión que ni se me pasa por la cabeza, entre tanta gente miles de versos mejor versada que yo estimo que no tendrían casi valor mis textos, si bien en el blog son leídos por muchos españoles, al menos con curiosidad. De momento, me queda insistir con alguna editorial con las que aún no tuve contacto y esperar una respuesta favorable a mis intenciones, aunque es incierto.
Otro de los problemas (y vaya si es un problema) de estos días es cómo pasar el frío y no morir en el intento. Esta zona está más cerca de ser antártica que caribeña, por lo que las temperaturas bajas ya se tornan intolerables. Por momentos me canso de sólo pensar en el frío que estamos pasando y de hablar de él, que ya no sé cómo combatir, después de acumular prenda sobre prenda. Habrá que hacer alguna instalación para los próximos inviernos, y una salamandra se muestra como una buena posibilidad, al menos para poder escribir unas líneas decentes que no tiriten sobre la pantalla. Cuando salga a la calle, habrá que apechugar y usar bufanda.
Luego de un tiempo, las redes sociales se me tornan predecibles. Hoy día, parece más fácil ser algoritmo que persona. Como toda adicción, me comen la cabeza como un Pac-man, y urge hacerse un espacio-tiempo no-virtual donde vivir. Las bondades que me ofrecen contrastan con el tiempo que siento perdido por no ocuparme de otras cosas, que se lo puedo dedicar a gente en persona y a leer y escribir, actos mucho más sustanciosos, jugosos y si se quiere lúdicos, que me producen mayor movilización y satisfacción. Por eso las dejé en suspenso hace unos cuantos días ( días en los que leí varios libros deliciosos ), sin desatenderlas, pero tampoco darles una atención desmesurada y poco afín a las cosas que sinceramente me interesan.
El otro problema que surge en estos últimos tiempos son los vaivenes en la salud de mis seres queridos y allegados, lo que incluye el padecimiento de tanta gente con esta enfermedad y las que ya existían, pues cuando la salud trastabilla todo parece bambolear y uno se carga de tristezas. Si bien sé que toda situación es transitoria y luego se tiende al equilibrio, no dejan de ser momentos de inestabilidad, drama y penurias. No obstante, me tranquiliza aquello que leí por allí, creo que en alguna revista no partidaria de los conocimientos impartidos por la NASA, en el que dicen que en la creación de un próximo Universo, la salud sería tan contagiosa como la risa.

Ajetreo

¡Qué día complicado! Compuse propuse repuse dispuse
Compaginé imaginé encaraginé
Divagué vagué amagué sufragué
Empaqué opaqué saqué destaqué
Vestí resistí desistí insistí revestí y todavía tengo tiempo de existir en modo virtual.

En mi sueño eres tú

Otro sueño que se esfuma
Esperanza de esta pluma
Por darle voz al corazón
Que navega sin timón.

Otro sueño a la deriva
Sin embargo sigue viva
La connotación lasciva
De esta lengua primitiva.

Otro sueño que despiertan
Disgresiones encubiertas,
Conclusiones tan inciertas
Que ni al viento lo conviertan.

Otro sueño que se aplaza
Que derrapa y se desplaza
Cual paloma de la plaza
Picoteando una calabaza.

Otro sueño, otra muerte
Me engaña y me divierte,
Y aunque no tenga la suerte
Tengo el gusto de quererte.

Rafaelle

En su huída… ¿o tal vez fue una caída?, se encontró con un Sustituto. Y lo encontró confortable y cómodo y lleno de virtuosismo; entretenido, voraz y cargado de dinamismo. No obstante, poco a poco, sin que su ser consciente lo notara, sin notar el frío fue perdiendo por así decirlo la palabra, luego por así llamarlo el idioma, luego -por si la tuviera- la voz, quizás sin saber del dolor hasta la carucha. Lentamente, muy despacio como todos los procesos que ocurren dentro, se acomodó al ambiente, se amoldó a la norma, encalló en la horma. Y lo llamó Realidad. ¡Oh Inmaculada Imagen de la Perplejidad! ¡Ahórranos la visión tortuosa donde las almas gimen de espanto y obséquianos la melodía de las mentes luminosas!


Allí termina la historia que aquí se narra, pero no la suya.
Aún perduran rastros de su sombra al caminar. Aún quedan vestigios de su parloteo en el aire. Aún, especialmente aún, amaina el viento cuando siente su paso.

La ventana

Veo el mundo a través de una ventana. Diga mal: veo un mundo a través de ella. Es un mundo de pensamientos, de poses, de broncas, de descargas emocionales; la aparente cercanía que ostentan las redes se traduce en lejanía de las sensibilidades que participan. Es más común sentir antipatías y rechazos que penetrar en el pensamiento de otra persona. Así y todo la gente se lanza a la ventana, se muestra -o muestra un retazo de historia- y espera una gratificación a la belleza, al ingenio, a la sobreexcitación o al poder de seducción. Si el pez muerde el anzuelo habrá pique. No se perciben olores desagradables y eso parece ser un gran avance; tampoco hay rastros de perfumes que perseguir, hemos perdido el olfato de goleador, es un ambiente libre de vahos alcohol y humo de tabaco. El tacto intuye la luz y a ella se encamina: no hay piel que tocar, rostros que acariciar, labios que besar. Eso podrá darse a posteriori de acuerdo a las mareas, la dirección del viento y la virulencia de las olas chocando contra las rocas. Mientras tanto, surfeamos, construimos castillos en la arena y, desde ya, nadamos mar adentro. Hay elogios que se repiten hasta el cansancio, como las acciones de un robot arterioesclerótico; y los insultos son un reguero de verborrea cual sustitutos de trincheras medievales donde las batallas convergen en una guerra de opiniones. Los artistas no tienen cabida ni refugio, más que como mero artificio lógico que les hiciera creer que todos viven en un mismo mundo imaginario: allí cada uno, cada partícipe, hace su propio show, tiene una historia para contar o es un producto en venta al mejor postor y hay muchos espectadores en la tribuna que aplauden o silban, según el caso, alabando o reprobando, según el gusto. Aunque el espacio es redundante ( uno puede llegar a ver diez veces lo mismo en cuestión de minutos ) hay lugar para todos, pues es sabido que este agujero negro iluminado se tragará a quien ose penetrar en sus aposentos. Entretenido, variopinto, vanidoso, formal, opaco, funesto, alegre, colorido, banal, divertido, se lo puede observar como un océano de escasa profundidad: diríamos un charco donde embarrar los zapatos y caminar por sus aguas recorriendo ese mundo que se imprime ante nuestra vista. Pero he ido demasiado lejos con la visión, por lo que corro una cortina ante la ventana, apago la luz, enciendo un cigarrillo y observo, al otro lado de la ventana, una luna virtual sobre el astral firmamento.

Criterio

En los antros posmodernos de formateos cerebrales, les instalaban dinosaurios y dinero, bien desde chiquitos, estampados en la sien con alevosía como dispositivos conductuales, como para que se forjaran un criterio lóbrego que los conduzca por la viñas irascibles del Señor de la pesquisa.

Golpeaban la puerta

Dejó de buscar la felicidad entre las cosas, en las iluminadas calles, en la sonoridad de las palabras dulces, entre las gentes felices, en la fugaz imagen, en la frugal ingesta. Se acostó a dormir, después del diurno trajín, y soñó. Soñó una y mil veces que golpeaban la puerta. En uno de esos sueños, se levantó y fue a abrir. Era la felicidad.
Primero espió por la mirilla y vio una sombra. Luego, le quitó el pasador a la puerta y, finalmente, abrió. La felicidad irradiaba. La miró desde la punta de los zapatos hasta la cabeza. Luego, embelesado, le dijo:
-Disculpe, ¿Qué desea?

Lo quiero todo

“I WANT IT ALL
AND I WANT IT NOW”
QUEEN



A menudo, es muy común que uno, en el fondo, no sepa con exactitud qué es lo que quiere, y esto se traduce en un querer muchas y variadas cosas, incluso contradictorias. Un vivo ejemplo es querer leer y escribir al mismo tiempo, o querer escuchar música –un lindo piano de fondo- e interpretar una canción, o simplemente mirar un partido de fútbol y querer realizar las acciones de juego sentado en el sofá. Todas estas cosas se dan, infinidad de veces, como por inercia, al intentar patear la pelota en alguna situación que se visualiza dada o al corear cierta canción de estribillo conocido o al correr rápidamente a anotar algo que, mientras leo “La novela luminosa”, surge como inspiración o corolario de lo expresado por el autor. El impulso a mover los dedos al compás de la música me llevar a teclear palabras –letras, para ser más gráfico, que luego forman esas palabras que van surgiendo- y a decir cosas que nunca se sabe si a alguien le puede llegar a interesar, pero que imprimen dinamismo a la lectura aunque no se trate de acciones propiamente dichas, ya que muchas veces la acción transcurre y discurre en la esfera mental del lector, disparadas por algunos términos e incluso por la memoria cuando la imaginación comience a tejer y éste se aleje del texto para imbuirse en una actividad mucho más significativa –si se quiere- para él, como puede ser el recuerdo presencial de un gol o un patadón descomunal, una canción insufrible que no deja de aquejarlo o una novela que leyó seducido por el título que tiene poco de luminosa y casi nada de novelesco, pero que en su descubrimiento personal esas cosas lo gratifican en cierta forma, sea por atracción o por rechazo, y le hacen proseguir andando en la búsqueda de las diversas apariencias del placer. En síntesis, lo quiero todo pero no quiero el frío extremo, por lo que lo tengo que combatir con una decena de prendas, calefacción, calor humano, etc. Y he ahí la contradicción que, también, con el calor sofocante se hace imperioso querer un paliativo ( aire acondicionado, bebidas frescas, etc. ). Quiero el amor y no quiero los celos; quiero el tabaco y no quiero la tos; quiero la amistad y no quiero el desprecio. Lo más claro del asunto es que el paquete ha de venir completo con sus contrapartidas, con sus caras opuestas, con su nivel de efectos secundarios –si se quiere- que parecen ser inherentes a la cosa misma por lo que deberían, cómo método en algún inciso de un hipotético Manual de Supervivencia, leer las contraindicaciones del prospecto, aunque bien sé que las conozco y el error, el desatino, no está en querer esas cosas sino en rechazar lo que el paquete completo trae aparejado cuando uno quiere tales cosas. Pero me pasa con todo, por eso es que me detengo, cada vez que quiero algo, a pensar ( no digo a dudar de que efectivamente lo quiero ) si quiero además ese otro “algo” que trae adosado aquello que quiero. Sin ir muy lejos, el martes compré un libro( entre otros ): me gustó el título, me gustó la tapa y me gustó la reseña; no obstante, en ese momento no dejé de pensar que estaba comprando decepción y así y todo lo compré, me lancé a la aventura del descubrimiento. El libro se llama “Sueños mecánicos” y es una de mis próximas lecturas, por lo que no puedo adelantar si en ese caso lo que quería trajo además otras cosas que no quería, aunque es claro que será así, y no por culpa del libro sino de mi querer, o mejor dicho, por culpa de no aceptar con decoro que cada vez que quiero algo ese algo carga cosas que no esperaba cuando resolví aceptar el desafío de quererlo. Y así sucede con los procesos naturales a menudo: uno quiere vida, pero no quiere dolor, pérdida, vejez, decrepitud, y todo se puede combatir desde diversos ángulos de los cuales tanto la lectura como la escritura son algunos de ellos, que atenúan el declive natural pero que no dejan de ser cosas secundarias del querer inicial, aparejadas a ese impulso que dio comienzo y vida a todo lo que trajo. En resumen, el deseo atrae y es muy noble y digno que así sea, natural, pero que muchas veces pierde fuerza por diversas razones y no se da cumplimiento al mismo y, quién te dice, no sean esos “efectos secundarios” o daños colaterales los que trabajen en su contra y lo boicoteen para que no llegue lo deseado trayendo lo otro, no tan deseado.
Otra de las variantes que podrían hacer que el deseo pierda fuerza es querer cosas muy vagas, o quererlo muy vagamente. El deseo mismo, por su propio impulso del querer, atraerá algo no muy definido ( vale una aclaración: cuando digo que el deseo atrae no estoy diciendo que le estemos pidiendo a un genio o a una fuente de los deseos arrojando una moneda para su cumplimiento; esta atracción nos puede llevar a una serie de acciones para dar cumplimiento al deseo. El influjo de atracción del deseo hace que lo deseado se aproxime a uno por ese impulso inicial, o lo tengamos en foco, y éste se contextualice –no quiero decir “materialice” porque es válido para deseos inmateriales, aunque podría aplicarse también ese término- con todo lo que ello implica ). Esto se da mucho a la hora de leer: quiero leer pero no sé con qué me voy a encontrar. A la hora de comer: quiero comer pero no sé qué sabor tendrá ni cómo me caerá. Y en infinidad de situaciones frecuentes o esporádicas. De allí resulta que muchas veces uno se repite a la hora de desear porque va en pos de un resultado conocido, el deseo busca el efecto que me produce el arribo de lo deseado. En esos casos, el deseo se ha mecanizado, como los sueños de mi libro, y hay gente que se regodea en la mecánica de las cosas, les resulta más familiar o más cercano, o sencillamente más fácil de llevar adelante, de digerir.
Pero no nos detengamos en ello, pues desear para nosotros es tan natural como dar luz para el sol, aunque sean fuerzas contrapuestas: una centrífuga y la otra centrípeta, dar y tomar. Y en este toma y daca que es nuestra vida en el mundo, hay mucho para dar y mucho por querer, por aprender, por transmitir, comunicar y muchos libros por saborear que a veces nos producen sueños mecánicos, de engranajes bien aceitados y motores que rugen al ritmo de nuestros deseos.

“TEN CUIDADO LO QUE DESEAS,
PUES PUEDE SUCEDER HOY”
DREAD MAR I

Adán busca información

En su búsqueda de información, Adán no cuenta con la información con la que ya cuenta. Digamos, él ya tiene una información parcial del asunto ( asunto que no viene al caso en este momento ) y es ella misma quien lo lleva en una dirección, o más bien, lo conduce a completarla, a seguirle el hilo o lo que fuera que lo motiva a continuar en esa línea de pensamiento, en esa búsqueda ( buscar puede ser pensar, o involucrarse en el pensar que, aunque el trabajo lo haya hecho algún otro, lo conduce a pensar o tener en mente algo ya en sí mismo). Bien, decíamos que Adán ignora, desconoce o no le da mayor importancia ni relevancia a la información con la que ya cuenta, que puede ser minúscula o muy vasta, dependiendo del asunto que esté manejando ( asunto que no viene al caso en este momento ) y en el que se esté desentrañando esa búsqueda de completud o de lo que fuera que esté elucubrando. Entonces, Adán se lanza de lleno a la búsqueda partiendo desde lo que indicamos y hacia un destino desconocido, desconocido hasta ese momento para él. Probablemente acude a Google, porque es el buscador más popular, después del cerebro humano, claro está, al menos en innumerables casos, ecuación que podría invertirse en muchos otros donde éste último trabaja peor que los autómatas conocidos pero que aún así, a pesar de ello, sigue en funciones y una de ellas, sino la principal, es la búsqueda ( de innumerables cosas que tampoco vienen al caso en este momento, pero el lector encontrará en sus búsquedas habituales o poco frecuentes, objetivas o insustanciales ). Sin mayor aventura que lanzarse a la búsqueda o porque es justamente eso lo que lo desvela, Adán se tira de cabeza a la pileta de información que la mente humana ( con sus mayores conocimientos, con sus grados de inteligencia y estupidez, con su sapiencia y sus obsesiones ) ha sabido brindar a la humanidad en su mejor versión a través de un mar inabarcable que contiene –no diremos todo – casi todo, pero dispuesto de un modo que sólo es accesible si sabe leer la información proporcionada. Su búsqueda no se limita al encontrar información parcial, sino que se expande con cada hallazgo y, si se torna obsesivo con el asunto ( asunto que no viene al caso en este momento ), la búsqueda no tendrá fin. En el peor de los casos, sustituto. Quizás otra búsqueda inspirada en la anterior. Para resumir, Adán cree con el hallazgo, con lo que encuentra, que la búsqueda se ha completado y, de momento, se da por satisfecho.
No sabe, no lo tiene en cuenta o no le da mayor relevancia, al hecho de que la información con la que ahora cuenta es la base de búsquedas subsiguientes, cuando el cerebro en el trajín comience a buscar y, de pronto, Adán se encuentre navegando en los resultados de Google con tan sólo una cadena de palabras.

Adicción a la lectura

Tanto la lectura como la escritura pueden tornarse adictivas, un placer ¿sano?, un lujo del que nada se ostenta, una manera vertiginosa de pasar el tiempo, un trance espiritual en el llano mundanal. En la lectura, por una parte, uno descubre y redescubre todo el tiempo; seguir el hilo de un autor si bien no conduce a la fuente de pensamiento, nos lleva por un río de ellos cargada de dinamismo, de diversas emociones por las que transita, el reflejo de sentimientos vívidos, la complicidad en pasiones, en manías, obsesiones, la plasticidad en el habla o asombrarse con las formas del decir, son unas pocas cosas de tantas que nos brinda un buen libro, por ejemplo. Y no es que todos los libros tengan alma, pero pueden tener rastros de ella algunos de ellos, o en principio se vislumbra algo más que sólo lo material que nos obsequia la mente.
Al leer, el tiempo se percibe de manera diferente o pasa a segundo plano, no resulta tan relevante como en otras actividades que ameritan una medición del mismo. En parte coincido con Levrero que puede llegar a ser tanto ocio como trabajo, dependiendo de la actitud a la hora de la lectura, que puede ser un momento de dispersión tanto como de concentración, ya que no se puede desestimar los pensamientos que vuelan con la imaginación. A veces hay que trabajar un texto al leerlo, en otras e incluso en las mismas nos sumerge en una fuente de belleza y placer no comparables con otro tipo de ellos, o sólo equiparables en la sensación que nos produce. Leer, si bien no es para todos lo mismo, nos puede proporcionar una forma de irrupción en el pensar, que muchas veces por hábito se torna mecánico, y facilitarnos la tarea de observar desde otros ángulos, desde otros puntos de vista una situación, sentimientos, creencias y demases. Y viajar por el espacio mental sin moverse del sillón.
Otra cuestión que es notable a partir de la lectura de literatura, es que el arte moviliza y genera más arte todavía. Las creaciones que se dan parten de otras creaciones y se diversifican tanto que se verifica aquello de Da Vinci que el libro tiene innumerables hijos. Y como esto ya forma parte de la escritura, dejamos para otra entrada la reflexión de por qué la escritura también puede ser adictiva ( como podrá notar el lector, esto es sólo una excusa para seguir escribiendo ).