Piñas

El gordo le zampó un cajón de naranjas por la espalda que lo tiró al piso. Este, largo como el profesor Jirafales, al levantarse, le sacudió el casco por la cabeza, al grito de “¡te voy a romper el alma!”. Una piña de aquél le dio en el mentón, pero el lungo se la aguantó y respondió con un cross a la mandíbula. Ahí empezaron los gritos de los que se habían metido a separar, hasta ese momento sin éxito. Al gordo lo agarraron entre dos, uno le tenía los brazos desde atrás y el otro lo agarró del cogote para que no se le escapara. Al largo, mientras tanto, lo sostenían tres: un petiso lo agarraba de las rodillas, al tiempo que los otros dos lo contenían uno de cada brazo. Todos enardecidos por la virulencia, como no queriendo entrar en razones, como no entendiendo que las cuestiones se podían arreglar verbalmente. Hasta que reinó la calma luego de las palabras del más sensato, que con el delantal puesto, abrió la boca para apaciguar los ánimos y que se disipen las ansias de disputa:
-Muchachos, hay que mantener el distanciamiento social o vamos todos en cana.
El gordo se colocó el barbijo nuevamente. Los que habían estado separando se dispersaron, a metro y medio, y el lungo recogió el casco, se subió a la moto y se perdió en el horizonte próximo. El del delantal recogió una piña que se había caído y la colocó en el cajón. Ahí me acerqué y le dije sin tantas vueltas: Che, ¿a cuánto tenés el kilo de naranjas?

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