Ruso

Bajo la lluvia torrencial, un hombre con un paraguas se acercó al toldo de la carnicería que me guarecía de la tormenta. Caminaba lento a paso firme, como batallando el viento. Me llamó la atención que llevaba el paraguas colgado del brazo e ilógicamente no sobre su cabeza. ¡Pero qué torpeza, hombre! Estaba empapado hasta los tobillos. Me preguntó por la calle Ayacucho y le dije en ruso que no hablaba español. Eran las únicas palabras que sabía, aunque dudo que las hubiera entendido si hablara el idioma. Dio media vuelta y se marchó en dirección opuesta. Por regla general, desconfío de los idiotas.

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