Los tres valientes

En Bulubú, un pueblito sin conexión con el resto del mundo, tanto que nadie fuera de él lo ubicaba en el mapa siquiera y nadie dentro sospechaba que el mundo continuaba más allá de los límites establecidos, habían inventado un dispositivo muy entretenido, aunque no demasiado útil, llamado la mente analítica, BLV por sus siglas en dialecto bulubuense, que rápidamente se puso en venta en los almacenes generales del pueblo mediante el cual, quienes lo adquirían, lo ponían en funcionamiento y podían emplear ese precioso tiempo en vivir.
Sólo unos pocos, se estima que tres habitantes, lo compraron. El resto le daba vueltas al asunto, lo encontraba innecesario o redundante, y desistía de hacerlo. La mayoría nunca supo del invento.
De los tres que lo compraron, uno creía que si lo ponía en funcionamiento tenía mucho que perder, por lo que lo dejó sobre la mesa para poder observarlo mejor y encararlo cuando encontrara el coraje de hacerlo, aunque nunca lo encendió. Cada tanto se lo quedaba observando con suspicacia, hasta que lo fue asimilando como al resto del mobiliario del lugar y dejó de llamarle la atención, hasta que lo olvidó.
El segundo, quiso ponerlo en funcionamiento enseguida, pero al enchufarlo el aparato hizo un cortocircuito y saltó la llave térmica. Cuando todo volvió al orden, resolvió que lo mejor sería devolverlo, porque le entró la desconfianza y comenzó a analizar la situación, lo que lo llevó a resignar el dinero que había pagado por él, ya que no se lo quisieron reintegrar, con tal de deshacerse del dispositivo.
El tercero, finalmente, era muy perezoso, y a pesar de que lo había adquirido con entusiasmo, le llevó casi cuarenta años ponerlo en funcionamiento, porque cuando se acordaba que lo tenía la pereza le ganaba y se decía a sí mismo que lo haría después, en otro momento, que estaba cansado, y cosas así.
El día que el BLV entró en funcionamiento, el hombre ya era viejo, muy viejo, y no recordaba ni para qué lo había comprado. Lo enchufó porque todavía sentía esa curiosidad vital que, cuando no se dejaba abatir por la pereza, sentía ganas de experimentar. Lo enchufó y lo prendió, y se sorprendió en una mezcla de alegría y extrañeza, tanto que los vecinos más cercanos, distantes a unos cien metros entre sí, lo oyeron exclamar: ¡Bulubu non siñal!

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