Domingo vista al mar

Otro domingo que nos tapa la frazada de la lluvia, otro domingo sin sol asomando en la ventana. Otro domingo enredado, ¿O será el mismo? Cada momento tiene un toque único, un pequeño roce con la eternidad que raras veces nos llama la atención, subsumidos en el ansia de captar imágenes a toda velocidad, más rápidos que furiosos, durante el cual pasa el instante -efímero- casi como pasa nuestra vida por la Historia. Pero las historias no siempre tienen correlato, no siempre son novelas magistrales o películas sumamente entretenidas, sino que se cuentan de a sorbos, en pequeños sabores como el café de un domingo del que no sabemos o no tenemos la certeza de considerarlo como único o como uno más, como la mermelada sobre el aroma de la tostada, sí, un poco quemada, como el barro que pisamos al asomarnos a la vida, ese barro que nos da forma, o como la salsa que baña los tallarines con una hoja de laurel en el fondo de la olla. Los sabores, los olores, el primer beso de la mañana, o los primeros «buen día» que llegan, son los deseos de la misma vida que me invitan a descubrirla, a desplegar el día en el iris de los ojos, en el palpitar del corazón, en los pétalos mojados de las rosas que asoman anunciando la primavera, despidiendo el invierno que nos dejó el cerebro helado, cubierto de nieve donde los pensamientos esquían y tropiezan. Los domingos se me da por ningunear, pero no a la gente que goza de los bienes y sufre las miserias como uno y como cualquiera, no, se me da por ningunear los malestares. Hoy, domingo repetido, domingo particular, domingo único, plácido domingo, no hay mal que me hunda, no hay malestar que me acongoje, porque todos saben que el domingo tiene su magia sagrada en la que podemos reposar, es un día en el cual podemos olvidar todos los males de la existencia que nos aquejan, como si fuera un pequeño respiro que se tomara para proseguir el camino de nuestras vidas con la frescura que dan las ideas renovadas. El día se humedece y los truenos son la música de ambiente de un capítulo donde las bicicletas brillan con ausencia. Los colores de las viviendas se desdibujan en tonos grises, los limpiaparabrisas hacen las veces de trabajadores infatigables para aclarar la visión del conductor, claridad que a veces necesitamos tanto como un plato de comida o un vaso de vino para ver las cosas un poco mejor, más serenos. Sí, es domingo, y se refleja en un billete de cincuenta pesos caído en un charco o en un busto del parque Sarmiento bañado con gel, y si bien la lluvia pareciera entristecernos, esa lluvia que le pone una pausa al sentimiento nos dará la pauta para encontrar el brillo de la vida y de las cosas, un domingo perdido en el almanaque, quizás en un rincón de nuestras más lúcidas ocurrencias.

Resurrección ( microcuento )

Era medianoche, hora del brindis, y Arturo literalmente volaba de fiebre, al punto de transpirar más que la copa de champagne de su mano. Pero nunca se enteró. Había dejado de tomarse la temperatura cuando la última semana de octubre descubrió en su anomalía, tras seis días consecutivos, que siempre le daba entre ventisiete y ventiocho grados, por lo que -pensó- si los médicos sabían esto lo iban a querer enterrar. Dicen que cuando el cajón tocó tierra, esa Navidad, todavía el vapor ascendía los ocho metros hasta la visibilidad de sus deudos.

Luna trepanuit

La luna va escalando el firmamento
de estrellas se cubre el pensamiento,
me corren treinta metros el horizonte
es hora de que el corazón lo remonte.

El cielo no está afuera ni está adentro
de la escena vital no es más quel centro,
y cuando sale el sol sobre los tejados
se derriten sentimientos avejentados.

Una frase elaborada (casi atragantada)
espera oportunidad de verse iluminada
y cuando emerge subrepticia evoca
el vuelo de las almas que su voz toca.

La palabra, vapuleada, sutil, victoriosa
por momentos cala hondo esplendorosa,
cuando en otros pasara desapercibida
como estrella fugaz por nuestra vida.

Al sur de la frontera

No sé qué ocurre detrás de la pantalla que les muestra este texto, pero por estos lares llueve, y llueve más adentro que afuera. Será por las goteras, goteras en los sentimientos al ver a través de las pantallas, al recorrer las calles, las miserias que se viven y que padece nuestra gente, sentimientos encontrados porque, claro, así mismo se gozan de los bienes que la vida ofrece. Sí, hay cuestiones de injusticia que podemos corregir con entusiasmo, y siempre podemos dar una mano a quien lo requiera, pero hay otras que en el mundo maquinal escapan a nuestra jurisdicción, a nuestro ámbito del quehacer y es allí donde una palabra cálida, sentida, puede aliviar los malestares como la medicina que llega justo cuando nuestros males se acrecientan, cuando la esperanza se marchita como el frío invierno en un suave chillido musical de la mente. Necesitamos un nosotros que prescinda del ustedes, por anexo, por humanidad o por lo que corno fuera, un nosotros bien entendido, un tú-y-yo sin conjunciones que nos separen, algo que sólo ocurre con la maravilla que place la música que nos invita a bailar. Llueve, casi lo había olvidado estando empapado de agua destilada, y es una lluvia que nos invita a buscar refugio y a soñar, como lo hacen los niños sin pretextos, aunque con los berrinches típicos porque querrían seguir jugando. La calle es tan gris como el domingo, pero los lectores tienen 32 mil colores en las pantallas que le impiden ver. El día no es triste, ni alegre, ni divertido, es el cuadro que pintamos con los pinceles del alma, esperando, sintiendo, conversando, escuchando, dando un poco de cada uno de nosotros cuando un ser humano se acerca con curiosidad y dialogamos acerca del porvenir, de nuestra gente, de esta lluvia insidiosa que no nos permite acariciar la primavera.

Fotografía de Jorge Guardia

Doblan las campanas

Suenan las campanas
todas las mañanas
suenan seguidillo
salvo los domingos
que se van al bingo
nuestros monaguillos.

Pero por las noches
se pasean en coches
( cuando cantan grillos
allá en las afueras
o aquí en las aceras )
nuestros monaguillos.

Se toman el vino
cuando el arzobispo
la sangre de Cristo
sirve con atino
y miran muy pillos
nuestros monaguillos.

Pero las sotanas
blancas y lejanas
nunca se les mancha
cuando en banda ancha
navegan sencillos
nuestros monaguillos.

Nos cortan los pastos
juntan con rastrillos
mastican las hostias
se van con sus novias
lejos de ser castos
nuestros monaguillos.

Tocan las campanas
para despertarnos
todas las mañanas
para convocarnos,
pero en la liturgia
duermen la vigilia
sueñan sentadillos
nuestros monaguillos.

Los poetas

Los poetas caminamos entre líneas,
algunos van silbando una canción
otros van pensando lindas rimas
pero todos al tuntún del corazón.

Los poetas creamos desorganizados,
(tenemos orden en nuestro desorden)
disparamos los poemas disfrazados
como flechas, esperando que lleguen.

Sus puntas no lastiman, inocentes,
son palabras tan suaves, derretidas,
que acarician heridas impertinentes.

Los poetas, subibajas de emociones,
alter-egos de almas incomprendidas
dan vida en versos sin pretensiones.

¡Los Blogs Nadie los Ve!

Hace una semana, mi amor, estaba conversando y quiso contar las cosas que hacía. En consecuencia, mencionó mi blog. Me pareció curioso lo que me contó en términos de secreto. Se acercó y me susurro casi al oído: -mira, ellos dicen que los blogs nadie los ve. -Es cierto, le dije. Él me miró con […]

¡Los Blogs Nadie los Ve!

Por gente que piensa lindo y escribe lindo como Karol, es por la que hay muchos blogs tanto como el suyo que vale la pena leerlos.

Lecturas óptimas

Muy recomendable lectura la del libro «El sueño del tsunami» de Martín Cristal. Ocho cuentos magníficos, a cuál mejor, con una inventiva admirable y un desarrollo de impecables condiciones. Gratificante y más que placentera lectura.

Cuenta el autor que, además, se lo puede escuchar a través de Spotify.

Editorial: Dábale arroz

Puntuación de la casa: ⭐⭐⭐⭐🎶