Muy tarde, zona Atlántica

Era muy temprano en un mundo que no dormía, y muy tarde en una aldea que no vivía, pero cuya respiración espasmódica sentían los turistas que arribaban a buscar dulce de leche, yerba, mates calabazas y ponchos de alpaca. Los dólares pintaban el paisaje yermo de un verde cobrizo que reflejaban los ojos azules de los comerciantes. Llegaban de Mallorca, de Lyon principalmente, también de Amsterdam, de Barcelona, Bilbao, de Palermo Italia, pero también de los barrios de Palermo y Recoleta, de Mendoza, de Andalucía, de Messina y de Belgrado, y otros más difíciles de entender, pero que al hablar el idioma mercantil y monetario, todo resultaba mucho más sencillo. Nadie sabía qué era lo que convertía a la aldea, o la había convertido, en un lugar de gran atractivo para la alta alcurnia. Los lugareños creían que eran sus manjares, otros más reflexivos lo atribuían a la calidez de sus playas y la prensa porteña señalaba a la naturaleza silvestre de todo el ambiente como la principal fuerza centrípeta para que gente de distintas latitudes resolviera pasar quince días, quizás los más sublimes quince días, de sus vidas en Pehuen Có. Sin embargo, era muy tarde para presenciar un espectáculo que no se vería en las pantallas de Netflix, pero que los que tuvieron la suerte de observarlo, en el parque donde los mastodontes y el tigre dientes de sable vigilaban la llegada de una pareja de portorriqueños, que hasta ese momento habían creído haberlo visto todo, pintado de Mickey, que los dejó estupefactos, erectos, rígidos como la Movediza, al punto que ninguno de los presentes pudo fotografiar ni filmar el excepcional suceso, salvo Gerri, el avispado ahijado del dueño de la cantina Cicerón, que ahora está en tratativas con la televisión para vender el registro fílmico, lo que puede llegar a dar que hablar, ya que a los que narraron lo sucedido los trataron de borrachos, delirantes y de haber construido el relato de una alucinación colectiva digna de una secta de piojosos que buscan trascendencia en drogas y estimulantes, alterando el orden público.
Mientras tanto, Gerri se divierte mirando cosas graciosas en Tik Tok.

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