Sencillas y tiernas

Palabras, palabrotas, palabritas, palabras que van hilvanando el camino, que lo destejen y lo vuelven a tejer, palabras que cruzan puentes entre el corazón y la razón, puentes entre la sinrazón y la sensatez, palabras cautivas de domingos en libertad ( Libertad esquina Corrientes, Libertad esquina Triunvirato, esquina Belgrano) que se escapan entre los dedos que las plasman en una pantalla efímera creyendo que de eso también trata lo eterno, palabras libres que mueren en cautiverio, palabras simples, palabras toscas que se confunden con palabrotas, ¿palabras grandes, palabras malas? Guerra. Palabras balas que al salir al aire matan, palabras científicas ( bronquitis: dícese de una pequeña inflamación por bronca ) que transmiten conocimiento, palabras que van y vienen y dan vueltas y regresan, retroceden, avanzan, suben como el pan, bajan como la calidad de la música de moda, se mueven como la dinámica del universo, palabrotas que se escupen con rabia y otras que trazan sensaciones de tranquilidad, palabritas, que se esbozan en cartas, por WhatsApp, en un post, palabritas de ilusión lejos de la televisión, palabritas perdidas en un chat: te quiero, disculpame, te espero con mates, palabritas que no cotizan en bolsa, que no habitan las poesías, que no valen tanto como las criptomonedas. Palabras para pensar, palabritas para soñar, palabras para vivir, palabritas para sonreírle a la suerte, ¿Tenemos algo más, en estos bolsillos secos, acartonados? Y en el aire, con palabritas, se van construyendo los castillos que poblarán nuestros corazones cuando baje el telón apalabrado, un domingo cualquiera.

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Y a las tres

Son las 3 y cuarto, plena madrugada o múltiple trasnoche, y Eulalio mira el reloj sobre la pared. Es un reloj muy antiguo, tan antiguo que data de antes de su llegada al planeta. Lo mira como si le rezara, como si le rogara que avance con menos parsimonia que ese irreverente tic tac, o en tal caso como pidiéndole que retroceda, o que se quede quieto o algo distinto y duda si sacarle las pilas que le posibilitan el movimiento perpetuo. La duda lo carcome, lo invade, lo precipita a la impavidez. Hay quienes dicen que el día ya dio comienzo pero Eulalio no le da crédito porque todavía, a las 3 y veinte, no vio el amanecer, hecha la excepción de unas cuantas imágenes que daban fe en otro punto, desde otro ángulo, con otra panorámica. Está a horas de cambiar el auto, porque Eulalio piensa que cambiar o no cambiar es la cuestión que lo conduce por la vida desde los últimos 19 minutos en los que estuvo petrificado mirando el reloj, y ahora, arrancando el clavo que lo sostenía en la pared, cae y se estrella contra los cerámicos, siendo las 3 y venticinco. Eulalio camina hasta la ventana y observa: ventanas, cielo, un gato blanco transitando sobre una cornisa.