Colorín

Cada uno hace su pinta
Como le pinta en ganas
Y todo va quedando pintado
Como un mundo maquillado
Coloreado y decorado
De caprichos y ocurrencias.
Los días lluviosos opacos
Donde los colores resaltan
Las fachadas de las construcciones
Aparecen los intelectuales
Hablando para dar lecciones
A explicar la lógica del todo.

Agua en la piel

Agua que viertes sobre el mantel
Termo caliente, gota en la piel,
Mate a primeras de la mañana
Café con leche tras la ventana.

Medio vacío observas el vaso
De vino está lleno la otra mitad,
Agua cayendo cuando el ocaso
Goza pintando tu libertad.

Desde los ojos se palpa el brillo
Brilla en tus labios, dulce humedad,
Lluvia rodando bajo el flequillo

Sólo una gota en ebria soledad.
Brilla el esmalte de tus colmillos
Fluye agua fresca sin vanidad.

Dimensiones

Hay un mundo que no sale en las noticias
Es la dicha del amor y sus caricias
A la gente no le llama la atención
La ternura no vende en televisión,
La sonrisa del niño cuando asoma
A la vida como signo de paloma
La mirada y el gesto afectuoso
Los consejos del viejo bondadoso
La palabra sincera cuando calma
Todo aquello que te enaltece el alma,
Es un mundo del que no te quieres ir
Donde todo se está por descubrir
La bondad, la gracia, tu contento
Los más nobles humanos sentimientos,
El deseo también de compartir
La radiante ventura del vivir.

Más caras

Me miraba con cara de culo, la podía adivinar detrás del barbijo. Qué cara de culo, pero de culo avinagrado. No sabía bien a qué se debía su actitud, por lo que empecé a suponer cosas: estaría cansado de la cuarentena, se le dificultaba respirar bien, no le gustaba mi rostro, había pisado mierda, etcétera. Como para romper el hielo de la situación, le dije:
-En cualquier momento llegan los goles y desplazan la atención del conteo.
No me dijo nada, seguía en esa pose caracúlica vaya uno a saber por qué. Después, cada quién siguió su ruta.
A los pocos metros, me percaté de que no me había puesto el tapabocas en la interacción, ahí estaba el indicio, ¡oh craso error!
En estos días convulsos, un rostro descubierto es más ofensivo que sátiro en pija.

Temporada de jazmines

Acecha la temporada de jazmines
De floreadas tardes de jardines
Iluminados con azules del ocaso
De peatones aminorando el paso.

Mañanitas de claveles y gladiolos
Saludando en color al nuevo día
Saludando en petalitos de alegría
A las abejas que nunca los dejan solos.

Con cantos de los pájaros contentos
Entre ramas o bajando hacia la acera
La dicha de encontrar los alimentos.

Y la noche, tierna noche de aluminio,
Se contrae en la sensible primavera
Al cobijo y la sombra del plenilunio.

Se me pianta lo que cuento

Se me pianta lo que estaba por contarte,
No tenemos más remedio que artes
Que nos saquen del profundo conflictivo
Panorama de sopor y tedio relativo
Al imán de sensaciones relatadas
Que se esmeran por ser bien representadas
Y no son más que historietas, caricatura
Situaciones de baja literatura
Ambientadas en un odio que subyace
Podredumbre que no cubren los disfraces.

Se me pianta lo te iba a contar,
Si mi alma no pretende remontar
Es momento de escuchar con valentía
Lo que calla ante la aurora la poesía
Que en un verso armado y uniforme
Decanta en la metáfora que conforme
El número que otorgue satisfacción
Para poder pagar la calefacción
En su oficio de ordenar las callejuelas
Donde todos cuentan, tíos y abuelas.

Se me pianta lo que digo, lo que cuento
Y en un rapto lo que olvido te lo invento
El poema que no tiene espectadores
No hipnotiza, no claudica en sinsabores
Cual teatro programado con doble función
Manejar las voluntades, primera condición,
La segunda es doblegarlas con fluidez
Y de yapa lo colman de estupidez.
En fin, no es ser agente de la inteligencia,
En un descuido te roban hasta la decencia.

Domingoz

Un domingo cualquiera
Este domingo incluso
O el anterior,
Se dispone a pensar
No ya en el caprichoso calendario
En el matemático esquelético calendario
Sino en lo azaroso o fortuito
En lo gratuito de la existencia
En la encarecida subsistencia
En la ambivalente supervivencia
En fin, en todo lo que no piensa
Durante el trajín semanal,
Por eso un domingo
Porque pronto es lunes
Y las actividades apremian
Con sus premios y castigos
Con sus bondades
Con el regocijo de la acción
Y el entretenimiento
Con la premisa de cumplir
Por eso en el receso de un domingo
Carente de preocupación
El pensamiento baila
Danza acrobaticamente
En la tarde solitaria
En el yerro conceptual
En la alegría crepuscular
Bajo un manto de preguntas
Que no se le dio por refutar,
Como una transición entre sueños
De la tarde del domingo a la mañana siguiente
Percibe vacío
Siente que se pierde en la nada
Como si fuera algo
O un lago profundo
Donde nadar no alcanza
Hay que flotar
Como nube de azúcar
Con un hilo de voz
Donde se atragantan los gritos de gol
Donde mueren las historias
Donde mueren las palabras
Y algo muere en mi interior.
Cuando las olas cesan
Cuando no todo marea
Reina la calma.
Todos los lunes
Los terapeutas resucitan.

El presente evanescente

Fluye como torrente de residuos
Corriente vertiginosa de desechos,
Restos de recuerdos, movimientos
Entre ellos algún bello pensamiento
Variante de palabras suscitadas
Y un abrazo furtivo en la cascada.

Recorre lo sinuoso en los caminos
Trazando en la memoria los destinos
Que surca los peñascos del trayecto
En un fluir intenso y poco recto,
Es liquido, oscuro, fluorescente
O es ámbar o es cristal evanescente.

Se mira a través suyo, estimulante,
En la felicidad ronda el instante
Como un beso fugaz cálido urgente
Que espabila y nutre en el presente,
Porque a la noche le sigue la aurora
Porque la vida brilla en el ahora.

Términos y condiciones del libro

Compré un libro “usado”, aunque no sé si debería decir más bien un libro leído, mas no tengo esa certeza, tal vez nadie lo leyó aún. Quizás es un libro usado, como efectivamente fue catalogado, pero de un uso cuanto menos dudoso. Si lo pensamos con cuidado, el uso que se le hubiera dado podría ser de lo más heterodoxo posible. Este libro, se podría haber usado para posar la pava o el control remoto, o supliendo la función de una regla o el de un abanico. En fin, del libro que se ponga en venta con la condición haber pasado por otras manos ajenas a las del librero se podría decir, tranquilamente y sin temor a dudas, libro en venta con la desventaja de no ser nuevo.

Una estrella en las tribunas

El relator vociferaba sobre el micrófono, pegado al vidrio de la cabina, en un grito de gol desaforado hasta quedarse casi afónico, con la tribuna enloquecida y los jugadores armando una pirámide humana sobre el banderín del córner, atravesados por los flashes de mil celulares que grabarían la imagen desde infinitos ángulos.
-¡Pavoroso! ¡Inenarrable! -aclamaba el relator desencajado.
Decenas de serpentinas volaban por el aire. Se agitaban las banderas en las tribunas. Había lágrimas y sonrisas entre el griterío eufórico. Los jugadores se iban reincorporando, saliendo uno a uno de la masa homogénea que sepultaban al crack.
-¿De qué planeta te escapaste?-proseguía envalentonado el relator.
El crack se acercó a las plateas donde habían televisores.
-¿Qué dijo? -le preguntó juntando los dedos de la mano derecha a un fanático que no escuchaba por el griterío. Algunos lo seguían envolviendo en abrazos.
Hacía gestos con las palmas hacia abajo para que la gente se calmara. El referí estaba a punto de reanudar las acciones del juego pero el crack le dijo que esperara un poco, y aquél le preguntaba qué pasaba.
La gente en las tribunas un poco se desconcertó, preguntándose unos a otros qué ocurría.
-¿Qué dijo? -volvió a preguntar el crack a un plateísta que le hacía gestos señalando la oreja de no haber escuchado.
Caminó hasta la tribuna lateral y comenzó a subir las escaleras. La gente enmudeció. Todas las miradas convergían en él, en el ascenso tranquilo hacia lo más alto del estadio. Alguno que otro intentó detenerlo, preguntarle qué pasaba, pero él seguia su marcha, hasta que llegó a las cabinas de transmisión.
El relator empalideció cuando el crack le golpeó la ventanilla.
-¡Maestro! -lo saludó el relator titubeante, vacilando.
-¿Qué dijiste? -le endilgó el crack.
Los murmullos le daban suspenso a la situación, una intriga al acontecimiento como un offside dudoso que espera resolución del var.
-Este…ummm…puede ser, ¿de qué planeta te escapaste, fenómeno?
El crack giró la cabeza echando un vistazo a las tribunas, con la gente expectante. Lo miró fijo al relator y le respondió:
-Del pabellón cuarto, en la prisión Floreal Camp, región septentrional de Neptuno. ¿Por?
Silencio stampa. Nadie se atrevió a decirle algo, después de todo estaba entre los mejores de la historia futbolística. Su figura en las tribunas se agigantó. Algunos miraban las estrellas de la noche.
El relator se puso rojo, después su rostro se tornó violáceo, hasta que decantó en un verde pálido de cementerio. El crack dio media vuelta y bajó por las escaleras a un trote lento.
La gente comenzó a corear su nombre. El referí tocó el silbato mientras todos se acomodaban en sus puestos. Le hizo un gesto con el pulgar para confirmar que todo estuviera en orden. El crack asintió con la cabeza. Miró a los jueces de línea y con el brazo extendido, dijo:
-¡Juegue!

Setenta y dos metros

En principio había ausencia de sonidos en el ambiente, levemente interrumpido por algún motor en la lejanía o por alguna trompeta en lo alto.
-Hola¿God?
Sonó el teléfono. Las aves, apacibles, revoloteaban el aire.
-Él habla. -el eco hizo que la voz de trueno trepidara tres veces.
-Necesito armar una estratagema para solucionar -titubeó en un resoplido-… esto. ¿Cómo podemos hacer?
Aguardó respuesta castañeteando los dientes, redistribuyendo los cabellos sobre la frente con los dedos. Observó la altura de las circunstancias.
-Dejá todo en mis manos.-El tic tac del reloj pared daba las doce campanadas. El cielo tronó seco. El clásico sonido de whatsapp anunciaba la llegada de una notificación.
-Gracias Godfredo.

Tapanapias

Entró en crisis el comité de crisis
Saltó de fase con un nuevo envase
Y desde acuario hasta los de piscis
Se movilizaban portando disfraces.

Algunos cubrían nariz y sus bocas
Pero a ninguno le daba vergüenza
Ni siquiera aún a esas viejas locas
Que en las sienes cargan virulencia.

Desde una gripe a un nimio resfrío
Se pescan grises en austeras playas,
Si en este agosto no hace tanto frío
La hipocondria nos mantiene a raya.

Poco atractivo como una enfermedad
Alejado del umbrío océano existencial
Añejo destino en sueños de libertad
Acoplado entusiasmo por lo vivencial.

Pensando el blog

Sin novedades en el ámbito editorial ( Jack debería estar destripando las poesías ) me dispuse darle un tinte de color al blog, más que nada para aquellos que echan un vistazo cuando ingresan por vez primera con curiosidad. Para ello, decoré las páginas Libros ( en la que se puede acceder a mis primeros libros desde cualquier rincón del planeta ) y Recorrida visual ( donde se pueden apreciar las fotografías del amigo Jorge en una galería artística).
La entrada más vista del blog es una poesía titulada Trigal, que no sé por qué razones el buscador Google trae a cientos de visitantes semanales desde distintos países. Es una pena que a través de esa vía lleguen a tal poesía, como carta de presentación, entre tantas publicaciones que tengo al momento en este blog. Digo que es una pena porque esa poesía no creo que “enganche” a nadie para seguir leyendo otras cosas del autor, por lo que son visitas frecuentes pero que no se llevan nada, como otras poesías o cosas más jugosas podrían serlo si se dispusieran a leer. Aunque muchas veces alguien que produce cultura como todo artista sabe qué les gusta a quienes lo siguen pero no sabe por qué lo siguen ( a excepción de los parientes y amigos que lo siguen por el afecto que los une, entre otros motivos ). También puede ser que no tengan motivos y lo siguen por la misma inercia. En fin, propuesta para otro escrito.
Pensando el blog, alejado de la dinámica de las redes sociales, donde lo último causa impacto por diversas razones, lo podríamos llegar a ver como un espacio cultural para curiosear, para distraerse, distenderse y/o entretenerse. Por más que esas no sean funciones implícitas de la literatura, el lector tranquilamente las podría tener presentes. No obstante, habría que hacer una clasificación de lectores ( propuesta para otro escrito ) para distinguir a dónde se dirige la pieza literaria, aunque esto bien lo podríamos obviar entendiendo que el lector –en principio- tiene ansias de leer, y para ello acude a otro que no sea sí mismo ( aquí intervienen los escritores, críticos y profesionales de las letras y la psicología para desmentirlo o darle un cauce diferente al mencionado, alegando que… -complete el formulario- ), por lo tanto podríamos continuar escribiendo con las mismas ansias con las que el lector asiduo u ocasional acomete la lectura, para satisfacción de ambos, quizás, aunque de esto el escritor muchas veces no se entera por recelos del lector.
Si bien durante esta pandemia en Argentina hay indicios de que aumentó la lectura, el consumo de contenidos audiovisuales ( videos, tv, videos musicales, tiktoks, videojuegos, etc. ) se sigue llevando la atención en el grueso popular, por lo que podríamos decir que en aquellos países que no tienen una larga tradición literaria como España ven mermar la cultura en líneas generales y en lo particular ( siempre haciendo mención a los de habla hispana ), que es lo que hace desistir a muchos escritores que no tienen abiertos canales de difusión para dar a conocer sus obras, quedando todo en lo que parece un rinconcito oscuro y virtual, a pesar de lo vívido de sus letras. Ante esto, lo habitual es que se junten entre ellos y apelen a la consigna “te leo para que me leas”, formando normalmente una especie de club, en el que nos damos ánimos para no perder la voz, voz que se pierde en un mar de likes, entre ruidosos motores y el sonido ambiente de un noticiero de televisión.
Por lo pronto, podríamos considerar el blog como un pantallazo de letras para descifrar, como un chispazo de palabras para desentrañar, como una vertiente de agua en la que refrescarse, como un momento que atraviesa el tiempo, como uno de esos colores que forma el arco iris sin mostrarlo, y entonces, sí, luego de la detención, seguir. Porque seguir es lo que nos trajo hasta acá.

Los poemas

Hay poemas que conmueven
que sorprenden y promueven
la ternura, encanto y pasión
llenos de delirio y decisión
soberbios, pacatos, precisos
de magnas metáforas, concisos
llenos de simbología e ilusión
que al lector se unen por fusión,
poemas regios y preciosos
simples, libres, luminosos
con ritmo, tono y melodía
llenan el espacio de alegría,
hay poemas dulces, bellos
y éste no es uno de ellos.

El filosofósforo

Ping pong de preguntas y respuestas a nuestro filósofo estrella.

-¿Pienso, luego existo?
-No, ni viceversa.
-¿Ser o no ser?
-No ser.
-¿Sólo que sé que no sé nada?
Ni eso.
-¿Sólo existen dos cosas infinitas en el universo?
Tres, con las preguntas.
-¿El conocimiento es poder?
-¿A usté de dónde lo conozco?
-¿Time is money?
-¡Oh yesterday!
-¿La vida es sueño?
¿Cuál?
-¿El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra?
-Cuatro, cinco y la mujer.
-¿Dios ha muerto?
Resucitando.
-¿El sabio puede cambiar de opinión?
-A la luz del alba.
-¿Es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla?
-Callate, infeliz.
-¿Quién se baña en el mismo río dos veces?
Usté.
-¿Puede enseñarle algo a alguien o sólo puede hacerlos pensar?
-Como bien dice.
-Para finalizar, ¿El corazón, tiene razones que la razón ignora?
Habrá que ver.

Los colores del crepúsculo

En el violáceo de las tardes invernales
brotan auras de espectros fantasmales
que suscitan sombrías imaginaciones
como tinta que cambia en las estaciones.

De ellas surgen muchas elucubraciones
con atisbos de un millón de sensaciones
de resabios de armonías celestiales
de divinidades de aspectos originales.

La belleza se observa en ensoñaciones
regocijo en la visión de lagrimales,
que vibran en emoción crepusculares
cuando caen con el sol alucinaciones.

Fotografía de Jorge Guardia

Piñas

El gordo le zampó un cajón de naranjas por la espalda que lo tiró al piso. Este, largo como el profesor Jirafales, al levantarse, le sacudió el casco por la cabeza, al grito de “¡te voy a romper el alma!”. Una piña de aquél le dio en el mentón, pero el lungo se la aguantó y respondió con un cross a la mandíbula. Ahí empezaron los gritos de los que se habían metido a separar, hasta ese momento sin éxito. Al gordo lo agarraron entre dos, uno le tenía los brazos desde atrás y el otro lo agarró del cogote para que no se le escapara. Al largo, mientras tanto, lo sostenían tres: un petiso lo agarraba de las rodillas, al tiempo que los otros dos lo contenían uno de cada brazo. Todos enardecidos por la virulencia, como no queriendo entrar en razones, como no entendiendo que las cuestiones se podían arreglar verbalmente. Hasta que reinó la calma luego de las palabras del más sensato, que con el delantal puesto, abrió la boca para apaciguar los ánimos y que se disipen las ansias de disputa:
-Muchachos, hay que mantener el distanciamiento social o vamos todos en cana.
El gordo se colocó el barbijo nuevamente. Los que habían estado separando se dispersaron, a metro y medio, y el lungo recogió el casco, se subió a la moto y se perdió en el horizonte próximo. El del delantal recogió una piña que se había caído y la colocó en el cajón. Ahí me acerqué y le dije sin tantas vueltas: Che, ¿a cuánto tenés el kilo de naranjas?

La posibilidad infinita

Al enfrentarme a la hoja en blanco se me presenta un desafío para la comunicación, un desafío de supervivencia, en el que tendré que atravesar senderos poco iluminados y sortear obstáculos que irán apareciendo con el correr de las líneas. La misión, entonces, es dar luz allí donde todo era oscuridad y vencer las dificultades que se presenten, dotando de sentido a lo expuesto. Superado el trance ante la impavidez de la hoja en blanco que va ganando color, se puede avanzar en línea –teniendo el horizonte despejado- articulando las formas del decir, del narrar. La hoja en blanco se parece a la mañana, donde todo está por desarrollarse, un mundo incipiente, todo por resolverse, donde nuestros planes que teníamos a priori pueden verse aplazados o relegados por otras cuestiones que surjan de repente y atraigan nuestra atención. Es como planear un discurso que se viera interrumpido por preguntas del oratorio que nos desvían de lo que teníamos pensado decir y nos llevan, persuasivamente, a recorrer otros tópicos cortando el hilo de la narración, que retomáramos una vez respondidas las cuestiones, como ameritaran. También se parece a la noche sin alumbrado público, donde uno se encontrara con un montón de interrogantes que debe dilucidar sin tener una linterna a mano, a tientas en la penumbra, y a medida que va descubriendo las cosas que aparecen, estas pasan a la dimensión de lo conocido, lo que se puede conocer si se tiene la posibilidad de observar. Allí surge lo que estaba velado, incluso como novedad, que es lo que finalmente el lector observa y tiene la posibilidad, con curiosidad, y la facultad de intelección.

Hoja en blanco
sagaz, persuasiva
coloreas la mente
tenaz, discursiva
serás simplemente
el fondo de algo.

Recogí un lápiz Papermate, del que quedaba sólo la mitad del original, y dibujé un paisaje. Un paisaje que no había visto, es decir, que no tenía correlato en la realidad física. Los medios informativos –así como los chimenteros- se apropian de las palabras de una forma grosera, como si fuese el único campo en el que se emplean, de manera unilateral, y de tanto énfasis y repetición, el consumidor de tales ( cuando no de Mileto ) las concibe con el significado vulgar y es el uso corriente que le da. Realidad es una de esas palabras, que no voy a ahondar en este momento, pero es dable la posibilidad de investigación, si hay curiosidad. Decía, entonces, que se plasmó un paisaje ficticio y pasó a cobrar dimensión en la realidad. Me lo quedé observando, como quien observa un colibrí, y me quedé pensando en cómo todo el tiempo pasan cosas de la imaginación a la realidad física mediante el acto creativo, tal como sucede en la literatura, la pintura, la arquitectura, la cocina, la música, etc. La imaginación crea cosas que luego pasan a ser tangibles, pero ¿qué eran antes de materializarse? Hay diferentes grados de creación, según desde dónde partan, y entonces la creatividad puede entenderse también como un proceso de transformación, proceso que puede seguir cierto orden o no, necesariamente, según la disciplina. Y este acto creativo ocurre no sólo a profesionales, sino a cualquiera también -por ejemplo- con los sueños, bajo el umbral de la consciencia.

Fue así que aparecí en diversos sueños de terceros que me han narrado alegremente. Sueños, claro está, en los que no me veía. Es de suponer que no se me podrá acusar de haber hecho algo inaudito, aunque me hayan visto, ni de hacer un uso inapropiado del lenguaje, aunque me hayan escuchado. Los atributos y cualidades que me consagraron en tales episodios de la vida pueden no tener su correspondencia en la práctica diurna, y es probable que mi voz pronunciase cosas que palpablemente yo no diría. Así mismo, las imágenes, siendo espectros de la vigilia, podrían ser tan fantasmales como las del personaje de un cuento y, de ese modo, aparecer y desaparecer antojadizamente, y no por un capricho mío, sino de mi fantasma que anda merodeando en sueños ajenos, alegrando, atemorizando y balbuceando a mis queridos seres más próximos, en situaciones tan vívidas como cualquier otra, aunque con menor frecuencia que la corriente.

El soñador soñado
viajaba en transiciones
de sueños e ilusiones
en cielos y tejados,
y al transitar la tarde
soñaba las tensiones
del día de emociones
de viajes sin alarde.

Dopamina, en la dosis justa, indicada por su médico de cabecera o su virtual amigo. Se consigue en farmacias o en redes sociales. En exceso, se torna adictiva, y como toda adicción puede resultar perniciosa. En carencia, no hay placeres que valgan. Para la misma no se han encontrado sustitutos, pero la dinámica de las redes ha sabido explotar esta vulnerabilidad humana. El deseo de gratificación con una frecuencia inusitada a cambio de prácticamente nada es la norma. Consiga su dosis diaria, en cantidades ilimitadas, y ¡Dése una panzada! Es fácil, rápido y seguro, no hay requisitos;  simplemente, láncese. Comuníquese con imágenes para un diálogo más significativo.

La visión armónica
de la imagen rústica
transportó retórica
a la virgen críptica,
que dulce y neurótica
bebía apocalíptica.

El arte no replica la naturaleza pero nos aproxima. O es una posibilidad cierta. De la naturaleza nuestra despojada de alienación. En lo que me atañe, la literatura es incapaz de producir revoluciones, por eso se han dejado de quemar libros ( aunque sí se concretó la etapa de su total desincentivación a leerlos ), pero es capaz de producir una revolución interna en cada lector, de principiar una transformación. Como detrás de todo lo simbólico, sin la carga de la utilidad, el lenguaje que empleamos a menudo carga consigo el uso corriente que se le da en ciertos ámbitos, y una vez que se hace un rollo con los significados aparece la literatura para desentramar el contenido, para allanar el camino, para aligerar la carga, para iluminar las sombras. A partir de ahí, donde la cuestión de la utilidad de las artes no se plantea, nos brindan posibilidades asequibles que de otro modo nos quedarían en la lejanía del horizonte inalcanzable.

Arte maldito
artes benditas
como agua cae
que el río trae
gracia inaudita
goce infinito.

Finalmente, sucumbimos a la hoja en negro con manchones blancos, cargada de símbolos y connotaciones. A través de ellos, partícipe integral, la comunicación. Como podrá apreciarse, entre línea y línea quizás se vislumbra el origen crítico de lo escrito, como fuente principal de inspiración, dadora de motivos y sentido, creadora y procuradora de artes, razón de reflexiones inocuas o tardías, desafío primero del escritor y última ilusión del lector. Así como el movimiento o el habla nos llaman la atención, en el momento de la lectura debemos tener presente que detrás de todo lo escrito, de lo narrado, habita el quid de la cuestión, donde los críticos debaten si un texto es o no es literatura.

Calle ahora o hable para siempre

Quiero decir algo aunque no sé si este es el espacio adecuado, ni si es el momento oportuno, ni si están dadas las condiciones, ni si hay efectivamente alguien detrás de alguna pantalla como para asimilar lo dicho, ni si el contexto lo permite, ni si la situación es favorable, ni si hay receptor, ni si la plataforma lo considera ofensivo, ni si sería censurado llegado el caso, ni si es del interés general o particular de algún lector, ni si tiene algún grado de trascendencia o relevancia, ni si está a tono con lo que se está hablando, etc. Por lo tanto, al carecer de datos cruciales para toda comunicación, resuelvo, ejecuto y archivo -dejando constancia en acta- que no he de decirlo, mediante este solemne acto.

Vuelos rasantes del espíritu que despega

Me desperté con la música militar con sus trompetas de guerra que sonaban con nitidez pese a la distancia -unos seis kilómetros-, probablemente facilitada su escucha por el silencio circundante a esa hora de la mañana. Se oía como la clásica música de trompeta de películas cuando se preanuncia el fin de la batalla o la sentencia de muerte de un soldado caído. Creí que tendríamos que ceder el territorio si esto acontecía, pero luego, al despabilarme, recordé que no estábamos en guerra, por suerte, y no sucedería lo que imaginaba. Se trataba entonces del saludo reglamentario que da comienzo a la jornada militar y me sentí tranquilo.

La música me hizo pensar que los artistas deben alentar y fomentar la creatividad en todas las ramas del arte y aún por fuera de ellas. El hombre es capaz de crear y de transformar, pensamientos, emociones y ocurrencias en cosas, artísticas o no, capaces de darle satisfacción. El acto creativo recrea al hombre, lo renueva y oxigena. Desarrollar esta habilidad es posible, en diversas áreas, y a la larga templa el carácter, sosiega el espíritu y fomenta la imaginación, cualidades totalmente apreciables en todos los tiempos que nos toquen por vivir. Crear, algo que hasta ese momento no había visto la luz, es darle vida a nuestras inquietudes y curiosidades, lo cual además puede movilizar al observador y llevarlo a generar cosas él mismo; de esto se trata –en parte- el arte, de recrear, y quien consume arte es artista en potencia.

La mañana se la habían devorado los trámites que tuve que hacer. Oficinas y comercios, papeles, firmas y sellados, se llevaron el tiempo hasta el mediodía que, de tener elección, hubiese optado por deleitarme escuchando a Astor Piazzola; pero no fue así, tuve que atender las ocupaciones y necesidades que no se podían postergar y merecían una resolución inmediata. Todo salió como era de esperarse, es decir bien, y me quedaría el resto del día para otras actividades más sustanciosas, si se quiere. La mañana estaba perdida o era un triunfo, era el dilema que me aquejaba al mediodía. Diríamos que se cumplió con la demanda, y a veces cumplir es hacer lo correcto, por lo que no estaba nada mal la forma de proceder, pese a que mis intenciones olvidadas se distanciaban de los hechos. Quedé conforme, y el bandoneón lo escucharía cuando el tiempo generoso me lo obsequiase.

Apelando a las posibilidades de movimiento con las que contamos aquí, me dije, Caminante: hay muchos caminos por los cuales transitar, sendas nuevas que se pueden descubrir, senderos que recorrer, semáforos que desobedecer, miradas por descifrar, rostros que adivinar. Resuelto, me dispuse a caminar por las invernales calles de la ciudad, veredas vestidas de ramas al finalizar la temporada de poda. Caminar me distrae, en el sentido literal del término aparejado al hecho de apartar el ánimo de una idea ( o de varias ) que a veces me rondan y me acucian sin saber la razón, como un pensamiento frenético que se instala y da vueltas y vueltas, cargoseando, como un chiquilín inquieto que sólo se divierte llamando la atención. En este caso, lo que embota es un cúmulo de ideas que no logro disgregar y ver a la luz de qué tratan; quién dice, quizá hasta sea materia literaria, algo incipiente que busca la claridad de la pluma, el vuelo semántico de un texto. Con los datos de los que dispongo, no lo puedo saber aún, pero es como si fuera un ovillo de lana que uno debe desenredar con mucha paciencia si lo quiere tener en limpio, a disposición, para un uso adecuado. Decía entonces, que caminar me distrae, también en el sentido de que me divierte y me alegra. Los médicos lo vienen recomendando con asiduidad y entusiasmo, y es muy conveniente que así sea, cómo método de prevención y, además, por los beneficios inmediatos que trae a la salud integral. Aunque algunos lo recomienden sin bajarse del Logan, es valioso que lo hagan porque mucha de la gente que concurre a consultarlos lo considera palabra santa, aunque muchas otras personas sirvan de guía en varias materias desde otros ámbitos desde que el hombre es hombre, pero su voz no es escuchada con adecuada atención o ni es tenida en cuenta, lo cual viene a figurarse lo mismo. Caminé y caminé, esquivando ramas, postes, canastos de basura, vehículos, chimangos que te miran con sigilo fijamente, peatones y baldosas flojas. Recuerdo que mi primer grupo musical trunco se hubiera llamado “Baldosas flojas”, con el enchastre en pantalones y calzados que su melodía hubiera causado en los oyentes. Pero es algo que no llegó a ser, como tantas otras que quedan en imaginaciones, proyecciones que no se plasman, quedando la sombra de lo que podrían haber sido. Terminé el recorrido satisfecho, pensando en reincidir cada vez que las condiciones lo permitan.

La noche anterior había tenido un sueño desconcertante que no voy a narrar porque sería grotesco. Lo curioso del asunto es que últimamente los sueños están asociados a personas que no creo ver aparecer en los sueños. Es decir, sueño algo: una situación, un drama, lo que sea, asociado a tal persona, lo cual puedo ver nítido al despertar. No obstante, la persona asociada al sueño en cuestión no aparece en el mismo, funciona como si fuera el título del sueño, si se tratase de un cuento. Esto me pasó dos o tres veces en los últimos días y es una curiosidad que merece mi atención, algo que tengo que investigar y profundizar, porque allana el camino en la comprensión de las cosas. Al soñar se transforma parte de la vigilia incluidos pensamientos y sentimientos, y es probable que también suceda a la inversa, aunque de un modo más subliminal.

Por otra parte, en los últimos días no hubo novedades librescas. Ni pude colocar mis primeros libros en nuevas librerías, ni se comunicó Jack, el editor. Llueve copiosamente, estruendosamente, como un anuncio de cambios. Cada vez que llueve con tanta fuerza, el destino tuerce su camino y algo que se dirigía hacia la derecha gira a la izquierda, o viceversa, sorteando obstáculos y dificultades que la naturaleza de las cosas le pone delante, tal como lo hace el cauce de un río. Si llueve, hay planes que se posponen o se reprograman, y sintonizamos con quienes tenemos afinidad. Por lo tanto, es dable esperar que haya novedades en cuanto a mis libros en el corto plazo, o al menos tanta lluvia me ha dado la posibilidad de creer que así sea y con ello evito por un momento pensar en cosas tan poco atractivas como una enfermedad que nos tiene en vilo.

Se equivocó la gaviota,
se equivocaba:
creyó que el mar era el suelo,
creyó que un techo la playa,
vino a volar al cemento
buscando algo para morfar.
Ahora no tiene consuelo
el mar le queda muy lejos
y se olvidó de volar.

He tenido vislumbres de acontecimientos en diversas y variadas situaciones, por ejemplo al leer, por ejemplo al escribir y en otras. Con un libro de Levrero, me pasó no una sino hasta tres veces, que mi pensamiento adelantara lo que estaba por leer, sin que el autor lo hubiera insinuado siquiera. A eso le llamo sintonizar. Pareciera como si uno estuviera en sintonía con el entramado y pudiera tener alguna visión previa sin buscarla. Este tipo de experiencias no es nada novedoso, pero no deja de llamarme la atención. Escribiendo, también me ocurrió algo parecido. Estaba componiendo una poesía, con inspiración, y uno de los versos se plasmó en la realidad a los pocos minutos, sin tratarse de nada estrafalario, pero sí de algo que si uno no presta atención pasa de largo, como si nada ocurriese o no tuviese relación. A eso le llamo sintonizar. Otros hablan de clarividencia o precognición, facultades psíquicas que con algún tipo de entrenamiento se pueden desarrollar. Aunque estoy bastante ocupado en otras cuestiones por lo que me temo que no podré adivinar el futuro ni es mi intención -como lo hacía el Magush de Silvina Ocampo mirando un edificio deshabitado- al menos por algún tiempo.

Últimamente, el blog me ha dado más trabajo de lo deseado debido a la gran cantidad de spam que llega, sobre todo el último mes. Desconozco las intenciones de tal suceso, pero pienso que parte de lo que hacemos como lectores es detectar y desechar spam en la literatura, ya que -como en el habla- es posible distinguir el ruido de lo significativo propiamente dicho, lo sustancioso de la cháchara en el parloteo. Es decir, desechamos a la basura, similarmente a lo que hacemos al preparar una comida o al ingerir una fruta. No obstante, para tal lector resultará spam un libro que a otro lector le resulte significativo, no hay un algoritmo que lo detecte, a priori, dada la variedad de lectores en el universo, Marte incluido ahora con robots recorriendo el planeta rojo.

Finalizando, cabe destacar que a esta altura de mis preocupaciones, con todos los problemas que tenemos a cuestas, con las inquietudes que nos movilizan como seres humanos y a pesar de los dolores que padecemos y nos hacen titubear, que el kilo de bizcochos cueste trescientos pesos me hace pensar que la subsistencia se está haciendo cada día más… ¿onerosa? Al menos en el ejercicio de supervivencia.

Lobizón

Luna dorada sobre el cielo azul
luna plateada en terciopelo gris
luna soleada con sabor de anís
luna que asoma vestida de tul.

Luna porfía en la nítida fantasía
luna brillando sobre el horizonte
luna bailando más allá del monte
luna que pinta todo de poesía.

Diarios de la peste – Extractos

DÍA 007

“Un helicóptero sobrevoló los cielos de la ciudad dificultando el descanso nocturno, por lo que varios amanecieron de mal humor, enturbiando el ambiente matutino normalmente calmo, hecha la excepción del rugir del motor de los camiones. El aire es bastante límpido a pesar del frío, no se observan aves carroñeras en la costa.”

DÍA 028

“Como no tenían fútbol para ver se prendían a las noticias, y cada caso negativo lo festejaban como un gol agónico, aún sabiendo que –contra lo que decía el Prode– el partido se ganaba por goleada”.

DÍA 055

“La escarcha al amanecer le daba el toque de queda a la fauna local que, inmóviles, impertérritos, no acudían a las esquinas –ni gatos ni perros ni ratas ni bueyes- a chapotear en los charcos congelados como sí lo hacían los habitantes humanos en danzas acrobáticas semejantes a las de Disney sobre hielo, quienes, ni lerdos ni perezosos, subían las graciosas grabaciones para entretener a los infectados que mal que mal, subsistían entre angustias y carcajadas.”

DÍA 076

“La filosofía del positivismo vacuo –que se jactaba de vanagloriar una arista del pensamiento, como si sólo hubiese dos en el poliedro mental- trajo aparejada la sensación de que en ésta época de pestes ha caído en descrédito, salvo para los nostálgicos y porfiados, debido a que la mayoría ahora pensaba en negativos, anhelándolos, como método de cursar el trance de la pandemia con la menor cantidad de males posibles”.

DÍA 101

“En épocas de guerra no se hablaba de otra cosa que de caídos, heridos, batallas ganadas y perdidas. Y el sufrimiento ante el temor como denominador común, como factor constante de preocupación y agitación en la ciudad. Era cierto que no había guerra ni cohesión entre la población, que la muerte no tocaba la puerta dos veces, pero las noticias corrían por los vecindarios como un reguero de pólvora que hacía estallar los nervios de los mejores pacientes.”

DÍA 118

“Lo estrambótico se torna hábito. El día muestra un resurgir de la improvisación. Las ánimas se aplacan, los ánimos varían, la imaginación vuela los espacios siderales en torno a pequeños agujeros negros donde divaga. La información redunda, se reinterpreta y se tergiversa por diversas voces. La cuarentanga se bambolea entre el tedio traumático, el estrés cultural y la distracción rítmica que da la escasez de motores”.

Creatividad cotidiana

Mi cabeza ya no funciona como antaño si no tengo una pantalla adelante. Tan es así, que hoy tuve un bloqueo creativo cuando se me desataron los cordones de los zapatos pero, por suerte, después de quince minutos en stand-by miré un tutorial en youtube de cómo hacerlo usted mismo, y ¡¡vieran ustedes cómo quedaron atados esos cordones!!

Lecturas, escritura y nimiedades

Tuve un contacto, breve pero fructífero, con Jack, que sino el destripador, el editor. En principio, accedió a leer mi selección de poesías, lo cual es un avance en este anhelo de publicarlas. A pesar de la corrección y selección minuciosa de las mismas, siempre quedan puntos por colocar, comas que sacar, poemas que excluir, versos que añadir. No obstante, ya no había tiempo para eso: me jugaba la carta que me había dado la baraja y ahora sólo queda esperar a que las condiciones sean propicias. Me parece una buena selección, con rasgos que parecieran seguir al menos una línea con la primera, pero con su toque distintivo para que el lector de aquella pueda sorprenderse, embelesarse y aventurarse en y con la lectura de la segunda. El título ya lo aventuré hace tiempo, veremos su devolución o correspondencia.

Pasaron dos largos días sin escribir y mi consciencia no me lo perdonaba, siento el deber de hacerlo, por vocación, por oficio y por satisfacción. A veces tengo tanto para escribir que el sólo hecho de postergarlo me da escozor, por eso digo que hay que robarle tiempo al tiempo para dedicárselo a aquellas cosas que nos hacen felices, que nos dan la posibilidad de sentirnos bien, sin peros. Tengo más de cien borradores, que como reloj de época, esperan darle cuerda para que hablen. Imagino que saldrán cuentos y poesías con esos disparadores de la imaginación, valga la redundancia, en diversas asociaciones y disociaciones, representaciones y argumentaciones, para darle vida a distintos textos que el lector del mañana ejecutará y dará su veredicto en cuanto a calidad, calidez y esplendor.

Omití decir que estuve con el doctor Bloom. Lo encontré distraído en su disfraz de astronauta protector de virus, escupitajos y malas lenguas, por lo que no pude sacar mucho en limpio. No me prestaba atención, absorto en sus cavilaciones, y eso me incomodó por lo que en vez de hablar de mí, le narré parte de historias del Ingeniero Luiggi como si fuera propia, incluido el cuento que me había enviado vía audio por whatsapp, y le causó gracia, por lo que pude –terminando la consulta- obtener con ello un poco de su atención. Es que la atención es caprichosa, más en estos tiempos en que las pantallas nos distraen a cada momento, por eso pierde su foco rápidamente, para entretenerse con cualquier cosa, y esto también le pasa a los doctores, que tienen que hacer todo un ritual para quitar las distracciones de las salas para dedicarse a sus pacientes. Finalmente, y para no ser descortés, el doctor Bloom me sugirió que el cuento aquél debía ser publicado en algún periódico aunque más no sea digital, o una revista de índole política. Le agradecí la sugerencia y me fui más pronto que tarde.

Llegó a mis manos un librito de Silvina Ocampo que me dejó fascinado. Es una recopilación de cuentos y poesías que se entreveran entre temáticas que van desde el amorodio hasta la muerte, con un estilo propio de quienes cultivaban las letras en Argentina en aquella época, destacando con sus referencias a la literatura universal y el estilo de vida burgués de aquellos años en las pampas húmedas. Asumiendo las distintas posibilidades del narrador, los cuentos pueden asombrar al más cauto y degenerar a los más obstinados. La literatura refinada de Silvina Ocampo es capaz de llegar con pulcritud y deleite a aquél lector que se aventure a su encuentro.

Por otro lado, me llegaron por estos días, también, números de una colección de ciencia ficción que con sólo ver las tapas y espiar un poco sus páginas uno sabe que sucumbirá al placer de leerlo y desentrañar el maremágnum de palabras e imágenes que se me vendrá a la mente cuando proceda a recorrerlas. Faltó -y es una pena- un número especial dedicado a Robert Sheckley que había solicitado, autor de quien he leído sólo dos cuentos, muy buenos, sino uno, ambos. Al parecer, había un error en el catálogo y ese número no estaba incluido, por lo que me quedé con las ganas de recibirlo. Quedé más que satisfecho con esos números de la colección, que voy a leer cuando el ánimo, la meteorología y la inquietud así me lo permitan y/o propicien.

Esta nueva enfermedad fagocitó la voz de los medios y, con ello, la de muchos interlocutores, que no hace otra cosa que girar sobre un mismo tema. Supongo que en las guerras, ante el miedo de una muerte inminente, habría también soldados que recurrirían al humor, como modo de salvación inmaterial del espíritu. Sin embargo, aquí hay balas que pican cerca y todos los días tenemos novedades de los estragos que ha hecho y está haciendo por doquier, amén de la esperanza científica de encontrar paliativos. Por eso se debe hacer foco en el tránsito de la situación y no en algo que no manejamos nosotros. Las pérdidas, dolor de nuestros días, nos recuerdan muchas cosas, entre ellas que el afecto da valor para afrontar las dificultades y seguir adelante, pese a lo doloroso de la misma.

Me puse en sintonía con El Satélite en charlas no conducentes que nos dejaron divagando a cada quien en lo suyo, en lo difícil de asimilar conocimiento, conocimiento o comprensión que puede dar alivio a una situación determinada, en por qué cierta gente se aferra a una creencia o varias que no le dan tranquilidad ni sosiego, pero que es capaz de defender hasta el punto de la ofensa. Acercamos posiciones, pero no hubo encuentro, por lo que cambiamos de sintonía a la espera de un nuevo acercamiento. El Satélite, como he dicho, sabe y mucho, y no acepta que su interlocutor no sepa, por lo que exige, al menos, opinión o veredicto, aún desde el desconocimiento o el desinterés por el tema que se esté tratando, y eso resulta un poco incómodo, más cuando no tengo ni remotas ganas de emitir juicio u opinión.

Estimo que las primeras impresiones de la mañana, lo que recibimos tanto visual, como auditivas o gustativas, son las que condicionan el resto del día, estados anímicos, claridad en la comunicación y demás.  Spinetta rasgaba la guitarra con alevosía, su voz casi no se percibía hasta que un agudo canto salía de los parlantes, alegando “no estar atado a ningún sueño ya”. El perrito rasguñaba la puerta pidiendo atención, alimento o algo por el estilo; sabía bien que tenía alimento suficiente como para querer un poco de atención esta mañana no tan fría como las anteriores. Esa moto que pasaba tenía un desperfecto en el caño de escape que le hacía emitir explosiones como de una granada cada treinta metros. Las teclas al escribir esto sonaban al compás de Almendra, salvo cuando mis dedos se detenían rascando la cabeza en busca de poner en funcionamiento el cerebro, quizás aletargado por el recuerdo. Un gorrión canturreaba sobre el árbol que da a la ventana, y pronto otros se unieron al coro. Sorber el mate me hacía recordar tradiciones, rondas de amigos riendo y conversando en el living de mi casa paterna. Los coolers o ventiladores de la computadora trabajan sin descanso en  una vibración que no me molesta ni me saca de mis cavilaciones, pero hacen notar su presencia. Otra canción de Spinetta callaba ahora en los parlantes y me permitía escuchar el ruido de mis vísceras reclamando, tal vez, alguna ingesta. Ahora el gorrión había formado una banda musical aprovechando que los perros se quedaban a dormir hasta muy entrada la mañana y no los correteaban si descendían a picotear algo en las veredas o a tomar un baño en los charcos. Mi respiración era intermitente. Los zapatos apenas se sentían al dar unos pasos hasta el baño, podía estar tranquilo de no interrumpir el descanso de nadie en la casa. El correr del agua siempre me da la sensación de estar en pleno contacto con la naturaleza. Se oyó el primer ladrido de la mañana y los vehículos ahora aparecían más regularmente. Un conductor encendió un cigarrillo al doblar por la esquina. Tosí un poco por una carraspera en la garganta. Ya aparecían los camiones con su rugir detrás del silencio interrumpido. Al rato, el hipo se había hecho presente en mi organismo. Si bien por la noche no tendría ni tiempo ni intención de recordar estas nimiedades, serían la base de lo que el día me estaba obsequiando: una caminata placentera, charlas fructíferas, un beso delicioso.

Hermeticosas

“Todo es dual; todo tiene polos; todo su par de opuestos”
Hermes Trimegisto

Fui temprano a ver al doctor Bloom pero no lo encontré. En su lugar, entre los pasillos, apareció otro doctor, mucho más joven, que me dijo que llegaría cerca de una hora más tarde de la que había asistido al encuentro. Pegué la vuelta y se veía que el trajín había comenzado mucho más temprano para todo el mundo que el día anterior o, al menos, era la impresión que me daba. Al regresar preparé el mate. No voy a hablar del frío que hace, salvo para decir que los pastos, bien temprano, estaban blancos como el marfil y duros como el granito. Digamos que “hice tiempo” hasta el encuentro con el doctor Bloom, es decir, lo malgasté en naderías, ya que ni siquiera escuché música ese rato ( ¿habrá gente que escuche música como actividad exclusiva y excluyente hoy día?). Comenzó la sucesión de mensajes que no pude atender porque tenía el encuentro que me había tenido pensando en decirle todo lo que le quería decir y cómo hacerlo. Es notorio que es más valioso a mi juicio lo que le tengo para decir que lo que él me diga. No obstante, siempre saco cosas en limpio de lo que me dice o insinúa. Me fui nuevamente a verlo y no había nadie. Caminé por los pasillos y pregunté en el laboratorio. Una joven bioquímica me dijo que había un cartel con los horarios de atención del doctor. Mintió, no había ningún cartel. Me quedé esperando afuera con la intención de verlo aparecer con su andar divertido. Pero nunca llegó. Al rato salió una mujer flaca mal nutrida a la que apenas se le veían los ojos que no sé qué función cumpliría allí diciendo que el doctor hoy no iba a ir, o no podía aseverarlo, que lo más seguro era volver mañana, por lo que me fui sin verlo mordiendo lo que tenía para hablar. Después hablé con il capocannoniere por teléfono y lo encontré de maravillas. Al oírlo, ya en la voz se le notaba un repunte anímico increíble, con el vigor que lo caracteriza, contándome de las mejorías en la salud, por lo que me dejó muy contento.

Al rato empezó la cerbatana de mensajes vía whatsapp. Y entre ellas, lo más rescatable, fue un cuento que me envío el Ingeniero Luiggi a través de un audio. Con su voz grave, interpretando un diálogo -del que no voy a dar detalles- que me gustó. Lo llamativo del asunto, no era la interpretación, que fue impecable como la de un excelente lector, sino que la autoría del cuento era propia, y eso me conmovió porque era inesperado,  además era un buen cuento. Ahora tengo un competidor impensado en la literatura. Debo apurarme a escribir todo lo que imagino, pienso, veo y percibo antes de que otro lo haga por mí y se lleve los laureles de la gloria o los tomates de la detracción de los lectores.

Habría que hablar de solidaridad, como hacen las campañas, para aquellos que esperan afuera en el almacén con temperaturas tan bajas. La gente se queda hablando adentro minutos que pueden ser letales para los que están afuera. Se me hacía larguísima la espera y ya imaginaba que estarían hablando del frío que hace desde que llegaron las lluvias, sin darse cuenta que más frío hace para los que están afuera del almacén. Finalmente, pude entrar cuando una persona salió y no tuve más ingenio que preguntar cómo andaban a los allí presentes, cuestión que derivó en charlas en torno a qué otra cosa que: el frío. Todos nos damos consejos sin que se nos pidan de cómo afrontarlo y nos preguntamos cómo se hace para llevar esta situación. Le preguntaría a mi abogado qué fórmula tiene para ello pero se contagió de covid y está incomunicado. Compré lo que fui a buscar y volví. Vi una publicación que me llamó la atención, que me terminó llevando a encontrar dos editoriales candidatas a publicar mis poesías, por lo que rápidamente me puse en contacto y quedé a la espera de alguna respuesta, aunque el asunto me tiene sin muchas ilusiones por el contexto que parece no ser favorable, según los más criteriosos, para que la gente lea, y nunca lo es. Los momentos de lectura son raptos que el lector, ocasional o asiduo, tiene para “robarle” a otras cosas que le consumen el tiempo del que dispone, según las particularidades de cada uno.

Luego de un tiempo de atenciones, cuidados y ejercicios, vi que todos parecían contentos de emprender el día, y con él la vida, por lo que me desentendí de gente y cosas para atender otras gentes y otras cosas. Uno tiene que desentenderse cotidianamente, es una acción que trae aparejada muchos beneficios. Los hindúes hablan de desapego, pero no sé si a nosotros esa palabra nos dice algo; en cambio, desentender, lo cual no significa descuidar sino todo lo contrario, cuidar y entender que todo puede cuidar de sí mismo dadas las condiciones, me parece que nos dice algo más que lo que oímos de un brahmín. La cuestión es que tuvimos una comunicación visual con El Satélite, como siempre muy jugosa, sin llegar a nada en concreto y siempre yéndonos por las ramas, pasando por la primera película Matrix y el Kybalion que nos dice que la mente es todo, hasta diversas teorías especulativas que llegan a nuestros oídos. El Satélite sabe mucho, de varios temas, pero más que embeberme de su sapiencia me gusta cuando empezamos a divagar en las charlas y se desvían de su cauce natural para entrar en lo especulativo, los delirios con tintes científicos y el viaje imaginario con soluciones chamánicas para los problemas del mundo.

Cuando me estaba yendo por sexta o séptima vez en el día, me llegó la lista de los nuevos ingresos de libros en un reciente descubrimiento de proveedor de libros en la ciudad ( ciudad donde sólo hay una librería con local comercial, dedicada a la venta de libros escolares, principalmente ) y encargué un par, uno de poesía y una novela, que me van a estar llegando en los próximos días. A veces me pregunto por qué entretenerse con letras cuando es más fácil hacerlo con una pelota e incluso tener algún tipo de protagonismo, pero sin buscar respuestas ni justificativos; sencillamente, son cosas que no van por los mismos carriles aunque no opuestos y cada una tiene su cuota de gratificación, de placer, que es lo que nos seduce y nos atrae, y en ellos nos desenvolvemos. Quizás incluso habrá tiempo para escribir las memorias de un goleador o para patear un penal en una cancha de fútbol 5 entre jubilados del rock and roll.

Tres versiones de canto

No sé qué había soñado pero como de costumbre el sueño me dejó pensando en toda suerte de cuestiones a las que no les dedico gran cosa a lo largo del día. Después del café, lo primero que sentí al salir fue el aire helado en el rostro. Como escritor invernal, ahora entiendo el chiste aquél en el que te preguntan capciosamente si vos sabés lo que es el arte, y más que entenderlo lo padezco como todo artista de países en las vías del desarrollo. Un par de gorriones disputaban con bullicio por un poco de luz solar en una rama. Es suposición de mi parte, aunque tal vez me equivoque y juegan al amor. Descubrí los primeros charcos congelados sobre el pavimento, réplicas de pistas de hielo que evitan los motociclistas. A esa hora de la mañana sólo puede haber dos negocios abiertos en el barrio: el forraje y la panadería. Como los perros ya tienen alimento resolví buscar alguno para mí. Entré en la panadería y el contraste de ambientes era muy notorio. Lo cálido del lugar daba mucho placer, y ni hablemos de la degustación culinaria a la que estaba a punto de sucumbir seducido por el aroma exquisito que emanaba de los hornos y las estanterías del local. Regresé por calles distintas a las que había ido, y en el camino encontré una piedra extraña en un lugar poco usual erguida como un tótem al que las hormigas le rendirían un culto pagano, con sacrificios y ofrendas a la deidad si llegaban, atravesando la vereda ante el peligro de los peatones que transitasen el lugar; las que morían en la travesía o ahogadas por las lluvias serían ofrendadas al tótem como muestra de lealtad del pueblo; las que resultasen malheridas de un pisotón serían sacrificadas. Luego, al seguir camino recordé uno de los sueños. Se había hecho un gran silencio, y en el silencio, comenzaron a cantar. Eran cantos desgarradores, lastimeros, una mezcla de tonos agudos como lloriqueos y graves como de truenos, presagiando la tormenta que se avecinaba con oscuros nubarrones. El golpeteo de los tambores con fervor entusiasmaba a los que hacían el coro, coro desprolijo en su lenguaje nativo que no pude comprender. Enseguida, las mujeres se dispusieron a danzar frente a la fogata, con saltos acrobáticos por encima del fuego corriendo un riesgo que las llenaba de adrenalina y las hacía sonreír con cada triunfo. Los dos ancianos que se erguían  entronizados en las rocas empezaron a recitar salmos o poesías cuando aquellos se hubieron callado. Todos nos sentamos alrededor de la fogata para escucharlos hasta que apareció el primer trueno de la bóveda celestial y cayeron las primeras gotas, gordas, gruesas, que pegaban en los cuerpos desnudos de todos los que participaban del ritual, gotas que pronto se transformaron en un aguacero que arreciaba sobre todos y nos tuvimos que guarecer en las chozas. A través de la paja, aún podía ver el fuego y cómo, poco a poco, iba apagándose por la lluvia.

Hay cuentos que son reveladores, pero hay otros que son disparadores de la motivación, de la vocación. Uno de estos últimos es “El milagro secreto”, de Borges, el cual es como una alegoría de la vida misma y, si bien el protagonista escribe, se podría tratar de un cocinero, un músico o un hombre de negocios tranquilamente si el lector lo considera. Seguí caminando hasta llegar a casa. Comí unos pocos bizcochos, que aún estaban tibios, preparé el mate, puse a andar el lavarropas y se disipó el manto de silencio que cubría el ambiente. Comenzaron las charlas, los camiones y la música. No fue hasta media mañana, al oír un perro, cuando tuve un atisbo de otro de los sueños que había tenido en la noche: Estaba en un recital y se produjo un silencio muy pronunciado que generó inquietud y expectativa. Algo pasaba en los parlantes o el equipo de sonido. Los técnicos corrían de un lado a otro ante la impaciencia del público. El bajista se arrimó a la primera fila y acompañó al público que había comenzado a cantar, aunque más atrás sólo se escuchaba el canto del público, las voces desaforadas de la muchedumbre. El cantante pateó un parlante con rabia, ni siquiera les podía dar un mensaje esperanzador o decirle que les devolverían el valor de las entradas si no solucionaban  el desperfecto. La gente seguía y seguía cantando siempre la misma canción, principalmente el estribillo, repitiéndose hasta el cansancio. Con el correr de los minutos, y la desesperación de sonidistas y técnicos, la desesperanza de la banda -que creí reconocer como No te va gustar– por ver fracasar el recital y el desconcierto del público, los cantos se convirtieron en bulla y griterío, incluso hubo forcejeos y algunas piñas volaron por el aire. Muchos comenzaron a retirarse, otros querían subirse al escenario, pero el personal de seguridad actuó rápidamente para impedirlo; de hecho, varios fueron arrojados entre los otros con una fuerza bestial y uno me cayó encima. Hubo corridas, gases, y banderas incendiadas. La banda hizo gestos de disculpas y se marchó. La voz cantante del grupo intentó decir algunas palabras al público pero nadie lo escuchó. Todos oscilaban entre el fervor y la desazón, o una mezcla de ambos. Furia y desilusión también enturbiaban el ambiente. Los cantos habían cesado. Quedaba el humo y los reproches por lo bajo entre la gente que se retiraba del estadio, caminando lentamente, prometiendo volver.

Sonaban las notificaciones del hot sale en el celular, que no atendía, y llamó el cartero, que sí atendí. El mate se había enfriado por lo que tuve que calentar el agua. Aproveché para cambiar la yerba, esta vez por Verdeflor. Atendí a los perros que, a pesar del frío, celebraban la mañana. El mecánico había comenzado a trabajar con los motores, que se hacían escuchar a pesar de la distancia. Envié varios mensajes pero todavía cada quien estaría con sus sueños a cuestas, por lo que no respondían. Un carro tirado por un caballo pasó como casi todas las mañanas, antes del mediodía, que se me venía encima como un tren a todo vapor y pronto otras actividades, noticias apareciendo y quehaceres me llevarían a dejar lo que tenía pensado para el día. Al observar el caballo, recordé el otro sueño que me inquietó durante el descanso nocturno. En mis cuentos no hay espacio para la guerra, al menos en la cosecha hasta la fecha, pero en mis sueños pareciera que sí, y al parecer era un soldado. Un grupo de cinco comenzaron a cantar. Estaban atemorizados por el horror de lo acaecido minutos antes. Los otros soldados no decían nada, aparentemente aguardaban alguna orden del coronel. Entonaron una canción que León Gieco había hecho popular: Como la cigarra. Y aquellos cantaban “tantas veces me mataron” en un coro auténtico, como si lo hubiesen estado ensayando hacía meses. Los soldados que los rodeaban y apuntaban con los fusiles M46 se miraban entre ellos sin comprender el acto de aquellos. El soldado Henry Pierce ( alguien lo nombró ) se reía con ahínco en una carcajada que estremecía a los improvisados cantantes, aunque no tanto como para interrumpirlos, pues seguían abrazados entonando “tantas veces me morí”. De repente, sonó el intercomunicador del soldado Pierce con órdenes del coronel: ejecútelos. La balacera de los fusiles M46 no se hizo esperar y acabó con el canto de los cinco soldados, que supe en ese momento eran desertores. No alcancé a escuchar nada más luego de que el silencio vuelva a cubrir todo el ambiente. Me alejé, con una lágrima rodando por mis mejillas que no supe que había salido de mis lagrimales hasta que la sentí en los labios. Ya estaba bastante lejos de aquella matanza y supe que no me iban a escuchar cuando entoné el verso final: “Sin embargo estoy aquí, resucitando”.

A pesar de los cantos, el silencio, la música que me acompaña en la mañana, no tengo registros del orden de tales sueños, más que como vino su tenue visualización en la vigilia. Lo que me queda en limpio es que tendría que haber aprendido idiomas para comprender el canto de los nativos, cosa que todavía estoy a tiempo de hacer. y que en los recitales los rituales pueden fallar. El soldado me recordó que en Henry -librería en Bahía Blanca- se pueden conseguir mis libros.

Cómo escribir poesía de ciencia ficción

En derredor de un planetoide
o viajando en un asteroide
plasma con sigilo un verso
que atraviese todo el universo.

Estampa con tinta el corazón
desde Mercurio hasta Plutón,
que haga un trecho a la luna
el poema, cual canción de cuna.

En atención al gran concurso
inyéctale zinc al extraterrestre,
metáforas de alien, como recurso.

No olvides cargar en la nave
alegorías un tanto pedestres,
humano en lo sideral, es clave.

Recorre el infinito cosmos
evadiendo lo que, creo, somos,
comparando civilizaciones
y que rime con tus creaciones.

Por último, no menos importante
deja estrellas de vista intrigante,
no cultives nobles sentimientos
en el espacio sabes que no hay viento.

Días y problemas


Esta semana tuvimos algunos problemas de esos que aparecen para sacarte de lo rutinario, cosas imprevistas pero previsibles o al menos factibles. Entre ellas, se rompió el lavarropas que ya venía castigado, con un funcionamiento que dejaba mucho que desear. En principio me lo tomé tranquilo, sabiendo que le tenía que buscar una solución rápida y económica. El sábado vino Maratón e insistió en que quería verlo y meterle mano. No quería molestarlo pero su personalidad me llevó a ceder y dejarlo que haga lo que le parezca. Contra mi pronóstico, encontró la falla de por qué el lavarropas no arrancaba en ningún programa: se trataba del cierre electrónico de la tapa frontal. En un arreglo que le había hecho yo, para que pudiera cerrar la tapa, el electrónico se había soltado ( aunque estimo que tal vez se soltó en uno de los centrifugados cuando dejó de funcionar ) y los programas no detectaban el cierre de la puerta, por eso es que no iniciaban. Habremos estado cerca de dos horas para que quede finalmente en funcionamiento y bien presentado, ya que mostraba otros desperfectos de orden estético; lo que más tiempo nos llevó fue encontrar los tornillos adecuados para cada ensamble. Es increíble la cantidad y variedad de tornillos en existencia. Después lo probamos con ropa que había quedado sin lavar y el funcionamiento fue impecable.
Cambiando de tema, descubrí un sitio en Internet que te permite escuchar radios de casi cualquier lugar de la Tierra, desde FM hasta AM. Anoche me quede escuchando “Uruguayeces”, en Radio Maragata, y me di un gran gusto con ese paseo musical de tan rico espectro armónico-melodioso. A decir verdad, no fue un descubrimiento propio este sitio, sino que me lo había pasado Maratón en algún momento que no le presté demasiada atención al asunto pero que había guardado entre los favoritos. Ahora, mientras escribo esto, radio Maragata mutó drásticamente de la delicia cultural de música local al popular internacional, bastante soso, Enrique Iglesias, lo que me lleva a viajar a Ciudad de la Costa y escuchar radio Versos compartidos, donde pasan algo de Ratablanca,  para continuar con Ricardo Arjona, ¡vaya manera de atravesar el Río de la Plata!
Gran parte de las radios de frecuencia modulada se repiten unas a otras, como si los encargados de pasar música no tuvieran gustos musicales propios, o estos se hubieran amalgamado en una masa compacta que no les permitiera elegir qué música pasar, en nombre del gusto de una supuesta mayoría, que también carece de gusto propio, pero en este caso sin opciones ya qua la música que se le ofrece se repite hasta que queda embutida en la corteza cerebral de los oyentes como un rítmico tic-tac.
Otro de los problemas que se suscitó estos últimos días no era en realidad un problema en sí, sino que había estado intentando ponerme en contacto con algún editor para que acceda a leer mi segunda selección de poesías y se dignase a publicarlas. De cuatro, sólo dos me respondieron y ¡con mucha amabilidad! ( Santos Locos y Caleta Olivia ), pese a la situación de pandemia, virus, incertidumbre y preocupación en la que estamos inmersos. Ambos me dijeron que no tienen pensando publicar nada, salvo intentar “sacar” lo que les quedaba pendiente, postergado por lo acaecido. Uno de ellos me señaló, además, que para las editoriales pequeñas es un momento pésimo. En este momento se me ocurre recordar varios artículos o publicaciones en los que hablo del escaso interés en la literatura, al menos en la parte de población que me toca conocer un poco más de cerca, pero no quiero ahondar en el tema ahora, para eso los escribí en su momento y están por allí publicados donde cae cada tanto algún internauta a echarle un vistazo, pero vale decir que no es solamente una apreciación mía sino también de editores que manejan y entienden la cuestión comercial, ya que qué mejor situación para vender libros que estando la gente obligada a permanecer en sus casas. Sencillamente, hay escaso interés. Maratón me sugirió que busque publicar en España, cuestión que ni se me pasa por la cabeza, entre tanta gente miles de versos mejor versada que yo estimo que no tendrían casi valor mis textos, si bien en el blog son leídos por muchos españoles, al menos con curiosidad. De momento, me queda insistir con alguna editorial con las que aún no tuve contacto y esperar una respuesta favorable a mis intenciones, aunque es incierto.
Otro de los problemas (y vaya si es un problema) de estos días es cómo pasar el frío y no morir en el intento. Esta zona está más cerca de ser antártica que caribeña, por lo que las temperaturas bajas ya se tornan intolerables. Por momentos me canso de sólo pensar en el frío que estamos pasando y de hablar de él, que ya no sé cómo combatir, después de acumular prenda sobre prenda. Habrá que hacer alguna instalación para los próximos inviernos, y una salamandra se muestra como una buena posibilidad, al menos para poder escribir unas líneas decentes que no tiriten sobre la pantalla. Cuando salga a la calle, habrá que apechugar y usar bufanda.
Luego de un tiempo, las redes sociales se me tornan predecibles. Hoy día, parece más fácil ser algoritmo que persona. Como toda adicción, me comen la cabeza como un Pac-man, y urge hacerse un espacio-tiempo no-virtual donde vivir. Las bondades que me ofrecen contrastan con el tiempo que siento perdido por no ocuparme de otras cosas, que se lo puedo dedicar a gente en persona y a leer y escribir, actos mucho más sustanciosos, jugosos y si se quiere lúdicos, que me producen mayor movilización y satisfacción. Por eso las dejé en suspenso hace unos cuantos días ( días en los que leí varios libros deliciosos ), sin desatenderlas, pero tampoco darles una atención desmesurada y poco afín a las cosas que sinceramente me interesan.
El otro problema que surge en estos últimos tiempos son los vaivenes en la salud de mis seres queridos y allegados, lo que incluye el padecimiento de tanta gente con esta enfermedad y las que ya existían, pues cuando la salud trastabilla todo parece bambolear y uno se carga de tristezas. Si bien sé que toda situación es transitoria y luego se tiende al equilibrio, no dejan de ser momentos de inestabilidad, drama y penurias. No obstante, me tranquiliza aquello que leí por allí, creo que en alguna revista no partidaria de los conocimientos impartidos por la NASA, en el que dicen que en la creación de un próximo Universo, la salud sería tan contagiosa como la risa.

Ajetreo

¡Qué día complicado! Compuse propuse repuse dispuse
Compaginé imaginé encaraginé
Divagué vagué amagué sufragué
Empaqué opaqué saqué destaqué
Vestí resistí desistí insistí revestí y todavía tengo tiempo de existir en modo virtual.

En mi sueño eres tú

Otro sueño que se esfuma
Esperanza de esta pluma
Por darle voz al corazón
Que navega sin timón.

Otro sueño a la deriva
Sin embargo sigue viva
La connotación lasciva
De esta lengua primitiva.

Otro sueño que despiertan
Disgresiones encubiertas,
Conclusiones tan inciertas
Que ni al viento lo conviertan.

Otro sueño que se aplaza
Que derrapa y se desplaza
Cual paloma de la plaza
Picoteando una calabaza.

Otro sueño, otra muerte
Me engaña y me divierte,
Y aunque no tenga la suerte
Tengo el gusto de quererte.

Rafaelle

En su huída… ¿o tal vez fue una caída?, se encontró con un Sustituto. Y lo encontró confortable y cómodo y lleno de virtuosismo; entretenido, voraz y cargado de dinamismo. No obstante, poco a poco, sin que su ser consciente lo notara, sin notar el frío fue perdiendo por así decirlo la palabra, luego por así llamarlo el idioma, luego -por si la tuviera- la voz, quizás sin saber del dolor hasta la carucha. Lentamente, muy despacio como todos los procesos que ocurren dentro, se acomodó al ambiente, se amoldó a la norma, encalló en la horma. Y lo llamó Realidad. ¡Oh Inmaculada Imagen de la Perplejidad! ¡Ahórranos la visión tortuosa donde las almas gimen de espanto y obséquianos la melodía de las mentes luminosas!


Allí termina la historia que aquí se narra, pero no la suya.
Aún perduran rastros de su sombra al caminar. Aún quedan vestigios de su parloteo en el aire. Aún, especialmente aún, amaina el viento cuando siente su paso.

La ventana

Veo el mundo a través de una ventana. Diga mal: veo un mundo a través de ella. Es un mundo de pensamientos, de poses, de broncas, de descargas emocionales; la aparente cercanía que ostentan las redes se traduce en lejanía de las sensibilidades que participan. Es más común sentir antipatías y rechazos que penetrar en el pensamiento de otra persona. Así y todo la gente se lanza a la ventana, se muestra -o muestra un retazo de historia- y espera una gratificación a la belleza, al ingenio, a la sobreexcitación o al poder de seducción. Si el pez muerde el anzuelo habrá pique. No se perciben olores desagradables y eso parece ser un gran avance; tampoco hay rastros de perfumes que perseguir, hemos perdido el olfato de goleador, es un ambiente libre de vahos alcohol y humo de tabaco. El tacto intuye la luz y a ella se encamina: no hay piel que tocar, rostros que acariciar, labios que besar. Eso podrá darse a posteriori de acuerdo a las mareas, la dirección del viento y la virulencia de las olas chocando contra las rocas. Mientras tanto, surfeamos, construimos castillos en la arena y, desde ya, nadamos mar adentro. Hay elogios que se repiten hasta el cansancio, como las acciones de un robot arterioesclerótico; y los insultos son un reguero de verborrea cual sustitutos de trincheras medievales donde las batallas convergen en una guerra de opiniones. Los artistas no tienen cabida ni refugio, más que como mero artificio lógico que les hiciera creer que todos viven en un mismo mundo imaginario: allí cada uno, cada partícipe, hace su propio show, tiene una historia para contar o es un producto en venta al mejor postor y hay muchos espectadores en la tribuna que aplauden o silban, según el caso, alabando o reprobando, según el gusto. Aunque el espacio es redundante ( uno puede llegar a ver diez veces lo mismo en cuestión de minutos ) hay lugar para todos, pues es sabido que este agujero negro iluminado se tragará a quien ose penetrar en sus aposentos. Entretenido, variopinto, vanidoso, formal, opaco, funesto, alegre, colorido, banal, divertido, se lo puede observar como un océano de escasa profundidad: diríamos un charco donde embarrar los zapatos y caminar por sus aguas recorriendo ese mundo que se imprime ante nuestra vista. Pero he ido demasiado lejos con la visión, por lo que corro una cortina ante la ventana, apago la luz, enciendo un cigarrillo y observo, al otro lado de la ventana, una luna virtual sobre el astral firmamento.

Criterio

En los antros posmodernos de formateos cerebrales, les instalaban dinosaurios y dinero, bien desde chiquitos, estampados en la sien con alevosía como dispositivos conductuales, como para que se forjaran un criterio lóbrego que los conduzca por la viñas irascibles del Señor de la pesquisa.

Golpeaban la puerta

Dejó de buscar la felicidad entre las cosas, en las iluminadas calles, en la sonoridad de las palabras dulces, entre las gentes felices, en la fugaz imagen, en la frugal ingesta. Se acostó a dormir, después del diurno trajín, y soñó. Soñó una y mil veces que golpeaban la puerta. En uno de esos sueños, se levantó y fue a abrir. Era la felicidad.
Primero espió por la mirilla y vio una sombra. Luego, le quitó el pasador a la puerta y, finalmente, abrió. La felicidad irradiaba. La miró desde la punta de los zapatos hasta la cabeza. Luego, embelesado, le dijo:
-Disculpe, ¿Qué desea?

Lo quiero todo

“I WANT IT ALL
AND I WANT IT NOW”
QUEEN



A menudo, es muy común que uno, en el fondo, no sepa con exactitud qué es lo que quiere, y esto se traduce en un querer muchas y variadas cosas, incluso contradictorias. Un vivo ejemplo es querer leer y escribir al mismo tiempo, o querer escuchar música –un lindo piano de fondo- e interpretar una canción, o simplemente mirar un partido de fútbol y querer realizar las acciones de juego sentado en el sofá. Todas estas cosas se dan, infinidad de veces, como por inercia, al intentar patear la pelota en alguna situación que se visualiza dada o al corear cierta canción de estribillo conocido o al correr rápidamente a anotar algo que, mientras leo “La novela luminosa”, surge como inspiración o corolario de lo expresado por el autor. El impulso a mover los dedos al compás de la música me llevar a teclear palabras –letras, para ser más gráfico, que luego forman esas palabras que van surgiendo- y a decir cosas que nunca se sabe si a alguien le puede llegar a interesar, pero que imprimen dinamismo a la lectura aunque no se trate de acciones propiamente dichas, ya que muchas veces la acción transcurre y discurre en la esfera mental del lector, disparadas por algunos términos e incluso por la memoria cuando la imaginación comience a tejer y éste se aleje del texto para imbuirse en una actividad mucho más significativa –si se quiere- para él, como puede ser el recuerdo presencial de un gol o un patadón descomunal, una canción insufrible que no deja de aquejarlo o una novela que leyó seducido por el título que tiene poco de luminosa y casi nada de novelesco, pero que en su descubrimiento personal esas cosas lo gratifican en cierta forma, sea por atracción o por rechazo, y le hacen proseguir andando en la búsqueda de las diversas apariencias del placer. En síntesis, lo quiero todo pero no quiero el frío extremo, por lo que lo tengo que combatir con una decena de prendas, calefacción, calor humano, etc. Y he ahí la contradicción que, también, con el calor sofocante se hace imperioso querer un paliativo ( aire acondicionado, bebidas frescas, etc. ). Quiero el amor y no quiero los celos; quiero el tabaco y no quiero la tos; quiero la amistad y no quiero el desprecio. Lo más claro del asunto es que el paquete ha de venir completo con sus contrapartidas, con sus caras opuestas, con su nivel de efectos secundarios –si se quiere- que parecen ser inherentes a la cosa misma por lo que deberían, cómo método en algún inciso de un hipotético Manual de Supervivencia, leer las contraindicaciones del prospecto, aunque bien sé que las conozco y el error, el desatino, no está en querer esas cosas sino en rechazar lo que el paquete completo trae aparejado cuando uno quiere tales cosas. Pero me pasa con todo, por eso es que me detengo, cada vez que quiero algo, a pensar ( no digo a dudar de que efectivamente lo quiero ) si quiero además ese otro “algo” que trae adosado aquello que quiero. Sin ir muy lejos, el martes compré un libro( entre otros ): me gustó el título, me gustó la tapa y me gustó la reseña; no obstante, en ese momento no dejé de pensar que estaba comprando decepción y así y todo lo compré, me lancé a la aventura del descubrimiento. El libro se llama “Sueños mecánicos” y es una de mis próximas lecturas, por lo que no puedo adelantar si en ese caso lo que quería trajo además otras cosas que no quería, aunque es claro que será así, y no por culpa del libro sino de mi querer, o mejor dicho, por culpa de no aceptar con decoro que cada vez que quiero algo ese algo carga cosas que no esperaba cuando resolví aceptar el desafío de quererlo. Y así sucede con los procesos naturales a menudo: uno quiere vida, pero no quiere dolor, pérdida, vejez, decrepitud, y todo se puede combatir desde diversos ángulos de los cuales tanto la lectura como la escritura son algunos de ellos, que atenúan el declive natural pero que no dejan de ser cosas secundarias del querer inicial, aparejadas a ese impulso que dio comienzo y vida a todo lo que trajo. En resumen, el deseo atrae y es muy noble y digno que así sea, natural, pero que muchas veces pierde fuerza por diversas razones y no se da cumplimiento al mismo y, quién te dice, no sean esos “efectos secundarios” o daños colaterales los que trabajen en su contra y lo boicoteen para que no llegue lo deseado trayendo lo otro, no tan deseado.
Otra de las variantes que podrían hacer que el deseo pierda fuerza es querer cosas muy vagas, o quererlo muy vagamente. El deseo mismo, por su propio impulso del querer, atraerá algo no muy definido ( vale una aclaración: cuando digo que el deseo atrae no estoy diciendo que le estemos pidiendo a un genio o a una fuente de los deseos arrojando una moneda para su cumplimiento; esta atracción nos puede llevar a una serie de acciones para dar cumplimiento al deseo. El influjo de atracción del deseo hace que lo deseado se aproxime a uno por ese impulso inicial, o lo tengamos en foco, y éste se contextualice –no quiero decir “materialice” porque es válido para deseos inmateriales, aunque podría aplicarse también ese término- con todo lo que ello implica ). Esto se da mucho a la hora de leer: quiero leer pero no sé con qué me voy a encontrar. A la hora de comer: quiero comer pero no sé qué sabor tendrá ni cómo me caerá. Y en infinidad de situaciones frecuentes o esporádicas. De allí resulta que muchas veces uno se repite a la hora de desear porque va en pos de un resultado conocido, el deseo busca el efecto que me produce el arribo de lo deseado. En esos casos, el deseo se ha mecanizado, como los sueños de mi libro, y hay gente que se regodea en la mecánica de las cosas, les resulta más familiar o más cercano, o sencillamente más fácil de llevar adelante, de digerir.
Pero no nos detengamos en ello, pues desear para nosotros es tan natural como dar luz para el sol, aunque sean fuerzas contrapuestas: una centrífuga y la otra centrípeta, dar y tomar. Y en este toma y daca que es nuestra vida en el mundo, hay mucho para dar y mucho por querer, por aprender, por transmitir, comunicar y muchos libros por saborear que a veces nos producen sueños mecánicos, de engranajes bien aceitados y motores que rugen al ritmo de nuestros deseos.

“TEN CUIDADO LO QUE DESEAS,
PUES PUEDE SUCEDER HOY”
DREAD MAR I

Adán busca información

En su búsqueda de información, Adán no cuenta con la información con la que ya cuenta. Digamos, él ya tiene una información parcial del asunto ( asunto que no viene al caso en este momento ) y es ella misma quien lo lleva en una dirección, o más bien, lo conduce a completarla, a seguirle el hilo o lo que fuera que lo motiva a continuar en esa línea de pensamiento, en esa búsqueda ( buscar puede ser pensar, o involucrarse en el pensar que, aunque el trabajo lo haya hecho algún otro, lo conduce a pensar o tener en mente algo ya en sí mismo). Bien, decíamos que Adán ignora, desconoce o no le da mayor importancia ni relevancia a la información con la que ya cuenta, que puede ser minúscula o muy vasta, dependiendo del asunto que esté manejando ( asunto que no viene al caso en este momento ) y en el que se esté desentrañando esa búsqueda de completud o de lo que fuera que esté elucubrando. Entonces, Adán se lanza de lleno a la búsqueda partiendo desde lo que indicamos y hacia un destino desconocido, desconocido hasta ese momento para él. Probablemente acude a Google, porque es el buscador más popular, después del cerebro humano, claro está, al menos en innumerables casos, ecuación que podría invertirse en muchos otros donde éste último trabaja peor que los autómatas conocidos pero que aún así, a pesar de ello, sigue en funciones y una de ellas, sino la principal, es la búsqueda ( de innumerables cosas que tampoco vienen al caso en este momento, pero el lector encontrará en sus búsquedas habituales o poco frecuentes, objetivas o insustanciales ). Sin mayor aventura que lanzarse a la búsqueda o porque es justamente eso lo que lo desvela, Adán se tira de cabeza a la pileta de información que la mente humana ( con sus mayores conocimientos, con sus grados de inteligencia y estupidez, con su sapiencia y sus obsesiones ) ha sabido brindar a la humanidad en su mejor versión a través de un mar inabarcable que contiene –no diremos todo – casi todo, pero dispuesto de un modo que sólo es accesible si sabe leer la información proporcionada. Su búsqueda no se limita al encontrar información parcial, sino que se expande con cada hallazgo y, si se torna obsesivo con el asunto ( asunto que no viene al caso en este momento ), la búsqueda no tendrá fin. En el peor de los casos, sustituto. Quizás otra búsqueda inspirada en la anterior. Para resumir, Adán cree con el hallazgo, con lo que encuentra, que la búsqueda se ha completado y, de momento, se da por satisfecho.
No sabe, no lo tiene en cuenta o no le da mayor relevancia, al hecho de que la información con la que ahora cuenta es la base de búsquedas subsiguientes, cuando el cerebro en el trajín comience a buscar y, de pronto, Adán se encuentre navegando en los resultados de Google con tan sólo una cadena de palabras.

Adicción a la lectura

Tanto la lectura como la escritura pueden tornarse adictivas, un placer ¿sano?, un lujo del que nada se ostenta, una manera vertiginosa de pasar el tiempo, un trance espiritual en el llano mundanal. En la lectura, por una parte, uno descubre y redescubre todo el tiempo; seguir el hilo de un autor si bien no conduce a la fuente de pensamiento, nos lleva por un río de ellos cargada de dinamismo, de diversas emociones por las que transita, el reflejo de sentimientos vívidos, la complicidad en pasiones, en manías, obsesiones, la plasticidad en el habla o asombrarse con las formas del decir, son unas pocas cosas de tantas que nos brinda un buen libro, por ejemplo. Y no es que todos los libros tengan alma, pero pueden tener rastros de ella algunos de ellos, o en principio se vislumbra algo más que sólo lo material que nos obsequia la mente.
Al leer, el tiempo se percibe de manera diferente o pasa a segundo plano, no resulta tan relevante como en otras actividades que ameritan una medición del mismo. En parte coincido con Levrero que puede llegar a ser tanto ocio como trabajo, dependiendo de la actitud a la hora de la lectura, que puede ser un momento de dispersión tanto como de concentración, ya que no se puede desestimar los pensamientos que vuelan con la imaginación. A veces hay que trabajar un texto al leerlo, en otras e incluso en las mismas nos sumerge en una fuente de belleza y placer no comparables con otro tipo de ellos, o sólo equiparables en la sensación que nos produce. Leer, si bien no es para todos lo mismo, nos puede proporcionar una forma de irrupción en el pensar, que muchas veces por hábito se torna mecánico, y facilitarnos la tarea de observar desde otros ángulos, desde otros puntos de vista una situación, sentimientos, creencias y demases. Y viajar por el espacio mental sin moverse del sillón.
Otra cuestión que es notable a partir de la lectura de literatura, es que el arte moviliza y genera más arte todavía. Las creaciones que se dan parten de otras creaciones y se diversifican tanto que se verifica aquello de Da Vinci que el libro tiene innumerables hijos. Y como esto ya forma parte de la escritura, dejamos para otra entrada la reflexión de por qué la escritura también puede ser adictiva ( como podrá notar el lector, esto es sólo una excusa para seguir escribiendo ).

Empacho

Estos gatos viscerales se empacharon de banal disertación de mentecatos, que a la hora de servir el postre tenían las barrigas tan llenas de melancolía que no les cabía una dulce poesía ni la tentadora armonía de una bella melodía.

Atención psicológica

Por favor, a los sicólogos que mandan a sus pacientes a escribir como método o sustituto de terapia, nadie les niega que tiene sus bondades, pero traten de darle otro cauce a los enredos psíquicos, no sé, digamos mándenlos a aprender otros oficios como barman de sindicatos, limpieza de catedrales o confección de banderas y escudos para países incipientes, o en todo caso alternen la terapia con el aprendizaje de esquí acuático o escalar el Altiplano. Vamos licenciados, que suden un poco esos cerebros, y no es que quiera inmiscuirme en sus asuntos lacanianos, es que en el rubro somos muchos locos compitiendo por la atención de unos pocos lectores sensatos.

Jugarreta

Como si fuera un juego verbal, casi por diversión, me identifico con alguna frase por un momento, es decir encuentro un reflejo de mí en ella, algo en lo que vislumbro mi ser o parte de él, tanto en lo que fue, lo que es o el devenir, es decir, lo que deseo, y allí cristalizo lo que se puede expresar con palabras acerca suyo. Pero ese momento en el que vive el reflejo verbal se desvanece rápidamente, quizás al otro día, horas más horas menos, por lo que busco frenéticamente, lascivamente, en otra frase reencontrarme con lo que perdí. Entonces, perdido entre palabras, lo busco en lo que tengo a mano: una imagen vieja o distorsionada, un reflejo en el espejo salpicado de pasta dental, una sombra en la pared. Sin embargo no me convence la ilustración, siento que es como deducir un cuerpo a partir de una uña. Por momentos, con restos de alivio y dejos de distracción, considero que no tiene mucha importancia encontrarme, pues en el fondo pienso que uno no puede perder su ser ( lo que sos, es para siempre, decía un amigo con aval de sabio ), sino que lo que cuenta -y al fin de cuentas vale- es buscar; la misma y sola búsqueda, ante la cómoda proposición de los materiales dados, proporciona el vigor necesario para sustentar y darle el valor justo a las vivencias.

En el antro literario

En el antro literario
se dice entre infelices
que Oscar Wilde no era humilde,
que Baudelaire vivió del aire.
Neruda no tenía dudas
que Bukowsky le daba al whisky
que Cervantes era elegante
y que Quevedo no veía un pedo.
Fontanarrosa salteaba baldosas
Jardiel Poncela cosía la suela
Rubén Darío pasaba frío
y Galeano fumaba en verano.
Se dice en las biografías
que todos con sus manías
los escritores rumiantes
seductores o pedantes
manchaban su voz de tinta
y su palabra se pinta
de acuarelas en la tela,
que Lope de Vega ahora navega
donde Alfonsina lee cansina
o donde Sábato lustra el zapato.
Los libros que han dejado
hoy se leen en el tejado
como gatos bosquimanos
por complacidos humanos
que pernoctan, letras mediante,
en viajes imaginarios estimulantes.
Se ha dicho y no se confirma
que alguno obsequió su firma
y en más de una dedicatoria
regaló frases conciliatorias,
si Lugones, o quien se supone,
si Shakespeare o quien te parece
han escrito no pocas veces
como Kafka algún proceso
que asemeja un retroceso,
será Eco quien deje en seco
el vaso de vino, como Calvino,
ya que a Verne no le concierne
si Chesterton odiaría el reguetón
y tanto Poe como Defoe
escribían y componían
cual mansas macabras danzas
al escuchar llover y al luchar
con pandemonios sin moños
y que en la estación del otoño
Chejov nunca lo dejó
ni al vicio ni al sano juicio,
que Quiroga dejó la toga
y Felisberto daba conciertos,
cuando Coehlo les dé consuelo
o Stephen King se suba al ring
a la sazón de Ruiz Zafón
con el temple de la razón
naufragaremos en sus plumas
o en carnavales de espumas
que Machado nos ha legado
poesía de plusvalía
y mientras aquí anochecía
en Murakami amanecía,
si Saramago sería un mago
o si Bolaño celebró al año
de hacer un curso al concurso
o de emplear sus recursos
para estampar la composición
de su regia posición,
se dice y se comenta
que un error no es afrenta
que el escritor es solitario
y habla con el abecedario,
que escribe con maestría
a la luz de una vela o al día
con desparpajo, con gallardía
su alma que claman por siglos
los lectores que con sigilo
se pierden, se compenetran
y en otros mundos se adentran,
de Borges a Macedonio
de grandes hasta un retoño
si no los ven lo imaginan
lo que plasman o adivinan
en holgada literatura
de clara mente tan pura,
y nos nos regocijamos
leyendo nos aventuramos
a descifrar el contexto
a saborear un buen texto
pues la lectura es pretexto
para pasar un buen rato
y, claro, si el libro es grato
lo conjuramos contentos,
la voz, el quinto elemento.

El increíble caso del doctor Bloom

La inspiración viene y va en una danza narcótica que me hace deletrear estreno, en cada serie, anagrama de Ernesto, deudor serial. Como he dicho por allí, a leer se aprende leyendo, interpretando, descifrando y reinterpretando como un actor su papel, la lectura, lo que el texto presenta como un desafío. Reincido en la lectura como tema de escritura, cual si fuera un anatema de la época, prescribe la libertad y el maniqueísmo lector, se bifurcan los senderos del jardín y uno debe tomar una decisión, pues es nuestro deber ser resolutivos, darle fin a la tonada y no quedar inconclusos ( esta redundancia –puesto que todo lo que comienza ha de tener un final- queda como un exabrupto propio del cambio indispensable de voz en el relato ante la atenta mirada del lector voraz que ha de mantener la compostura cuando el mismo se rebele a la doctrina gramatical del bien decir y escape de los carriles que le señalaban andar trechos ya recorridos por reconocidos escritores para “hacerse camino” y explorar los surcos que el hombre no ha pisado, no por escasez de curiosidad o carencia de espíritu aventurero, sino porque todo ha de estar alambrado con el cartel retén de “propiedad privada” que los priva de aquello ) ya que ello presentaría una indecisión ruda, una suerte de duda pragmática librando al azar o al destino -que están claramente diferenciados por la Real Academia Española de Letras Arábigas y Números Primos Incaicos en su apartado “Nociones relativas al absolutismo semántico” de la treceava edición, revisión cuarta, por lo que nadie puede presentar formalmente una queja aduciendo no saberlo- que le depare una especificidad en la comprensión lectora de tales enunciados, denunciando crudeza en sus actos y finales abiertos, plagados de omisiones y falaz verosimilitud que tragaríamos con mucho gusto a sol y a sombra, si la sensación térmica no fuera un decreto presidencial contra la debacle cultural que supondría la batalla diurna de palomas y loros barranqueros al momento del baño templado, en horas frías. Esto, dicho así, puede pasar por alto muchas cosas, a saber:
-La necesidad de hacer todo entendible para un garbanzo.
-El deseo de comunicación lúdica con la espora.
-El intercurso sexual de la creatividad que da luz al brote textual.
-La capacidad de lector para compenetrarse con la historia.
-La penetración de la historia en la mente.
-El vuelo apoteósico que recorre la lectura en la claridad.
-La necesidad de claridad para pintarrajear conceptos maculados.
-La inmaculada concepción de la obra artística de fruta abrillantada.
En síntesis y resumidas cuentas, nada en literatura, chapotea en garabatos literarios con la excusa de sacudirse la modorra y escaparle a la siesta, festival criollo al que asisten los valientes herederos del mundo.
Como les iba diciendo, la inspiración no llega en todas sus vertientes: como musa, como energía, como palabra creadora, como ansias de colmar de letras una hoja en blanco a fines comunicativos. No señores. Llega en alguna de ellas o en vano resulta la espera. El doctor Bloom me dijo:
-No hables con tus lectores, los confundes no con tus palabras sino a unos con otros, piensas que John Carridge es Eleonor Rusvelt o crees que Pía Maroja es Mariquita la piojosa, y eso –para el lector- es un absurdo, una ridiculez también. La deificación del escritor es cosa de siglos anteriores, donde la gente carecía de tamaña imaginación ni tampoco había o existían los estímulos actuales.
-La edificación de conceptos rutinarios tiene cimientos endebles, nadie construye castillos en el aire para habitarlos. –retruqué.
-Su caso, aunque insólito, es alentador. Como podrá comprobar, la cantidad de visitantes de un videoclip pueril y vergonzoso en promedio es de dos millones, incluso hay quienes repiten la visita tres y hasta cuatro veces, lo cual nos dice mucho, no ya del videoclip que podría prometer el oro y el moro, sino de los indirectamente afectados. Si trasladamos la estadística a lo estrictamente literario, el promedio nos da que el diez por ciento de los seguidores son –a su vez, o al mismo tiempo, o en su defecto- lectores. De ahí a que lean lo suyo media un abismo de contextura tersa, de manto lúgubre y, por si fuera poco, del orden virtual. Esto sin dudas quiere decir que el carisma que detenta la pieza artística no seduce –por más ahínco- como lo haría una obra pictórica, ni mucho menos una pieza musical.
-Estamos hablando el mismo idioma, con diferencias extáticas. –le añadí a su verborrea.
-En tanto, una azafata de línea de bandera alterna su atención con la coquetería, manteniendo a los viajeros en estado sereno y complacido. Su texto, no logra conmover ni hacia el llanto, ni a la ira, ni a la codicia, ni al contrapunto, ni siquiera llega al esputo que derramaría sobre la hoja un ojeroso cansado de lidiar con él. Pero, hete aquí, ese es un punto a favor, ya que verá el ranking de ventas, por ejemplo el de este mes, y tenemos entre los títulos más vendidos a gente del orden del plioceno, meramente adaptada a la tecnología actual, con tintes de verdulero amaestrado.
-¿Entonces, doc?
-Crear y crear, esa ruta vertiginosa que no reposa, es un camino de idas y vueltas, de ideas y volteretas, de idus y volteos, donde la emancipación de la palabra está al caer. Y, llegado ese punto, caduca la comprensión por lo que habría que resguardarse, colchón adentro, del bravo mar existencial, inmisericorde con la pereza, la dejadez y la habladuría. Y por hablar nomás, llegamos a la conclusión de que todo lo que tiene un comienzo ha de concluir, así sin más, por demás.
-Entiendo…
El doctor Bloom tiene la capacidad de dejarme pensando por horas. He pasado noches pensando entre sueños en sus palabras. Es más, sus palabras daban por nacimiento a diversos sueños entretenidos. Es raro sacar conclusiones, ni apresuradas ni meditadas. Si bien es claro que lo que dice el doctor es cierto, por momentos a algunas cosas me niego a ponerle fin.

La crítica mordaz

Y ese libro era la prueba viviente de la vacuidad. Sí, considerábamos que estaba muy bien escrito pero no decía nada; por eso admitíamos que el vacío cobraba vida tanto en la observación como en la lectura. Era una vulgar forma de decir que lo habíamos leído, incluso con entusiasmo exagerado, premonitorio de la alegría que nos otorgaría el hecho de terminarlo de una buena vez y sacárnoslo de encima. Pero basta de hablar de lecturas que a nadie le interesan, ellos estaban interesados en sagas, rezagados a la hora de la serie donde los muertos sobreviven, y pierden la cabeza como unos cuantos ciudadanos a la hora de emitir opinión. No, no era eso lo que esperaban los lectores sino dramatismo, sensación, espectacularidad. Eso, espectáculo, un espacio donde aplaudir, gimotear, gritar y morirse de espanto, perdidos en la soledad de la lectura, en la admonitoria vivencia del batir de palmas, de la euforia, del ronroneo del gato sobre la falda o al lado del sofá. Nos preguntábamos por el énfasis que hacían grupos de lectura por convertir tal actividad en un supremo atractivo de masas, en un elegante motivo de reunión pública anunciada como un evento de magnitudes desproporcionadas, de imaginaria psicodelia popular que sólo encaramaban unos pocos y obcecados contendientes cuya transversalidad a la hegemonía tecnológica era capaz de irrumpir contra todas las tendencias que vigorizaban el poder de la imagen sobre la palabra. En resumidas cuentas, el autor no creaba otra cosa que imágenes a través de la palabra escrita y competía, desde ese ángulo, por la atención de aquellos seres perplejos, complejos y horizontales que se disponían a pasar un buen momento, lo cual no siempre lo conseguía, según sus estimaciones, la apreciación de su labor, y la consecuente bipolaridad que acechaba sus estados anímicos. No obstante, ellos se divertían en tanto que nosotros arremetíamos con suspicaz crítica cobrando suculentas sumas por el  entramado verbal que no hacía otra cosa que despertar la voracidad lectora entre los que nos seguían por morbo, raptos de inteligencia o somera curiosidad.

Tiempo para soñar

“Mucha calma para pensar
y tener tiempo para soñar”.  Joao Gilberto

Sagrada la vida que asoma a la herida, en psiquis y en soma sagrada y querida; la parca temida, aliada y rendida, rinde pleitesía al coraje y bravía, al valor valentía, al follaje que se nutre del calor, que no tiene pudor al cambiar de atuendos, que le da dividendos a las formas de vida, cobrándolo enseguida con el canto del ave que suave y titubeante desgrana la mañana, y al emprender vuelo saltando del suelo irá atravesando brindando consuelo. Leyendo textos viejos, me encuentro y me recreo, me pierdo, me distiendo, se abre un abanico de posibilidades a la hora de la escritura que uno no sabe ( la ciencia cierta del no saber ) si dirigirse hacia aquí o hacia allí, o al más allá de las palabras. Toda vida es aquí, lo que soñemos tiende a ser aquí, el encuentro, la voz, los proyectos, y vidas por venir, se desarrollan florecen decaen justamente aquí, al amanecer precisamente cuando las aves inclinan la balanza de la belleza sobre las cosas feas o que nos disgustan. Lo cultural marca el ritmo de vida: días que se mueven, horarios que se estancan, semanas inocentes, tardes de sabores que exprimen los sentidos. Hace falta música para que el aire vibre y suene la melodía proverbial que acaricie el espíritu por encima de la libido, materia o sustancia ígnea de la unión con la mujer que descansa ahora en la cama esperando el anuncio de un nuevo día. Nuevo como el aire que respiro, nuevo como el alba, nuevo como el canto vivo, nuevo como el escrito que se extiende de tinta sobre la faz blanca de la hoja, nuevo que se renueva al parpadear y al silabear estas frases, hasta que la suerte los separe. En la salud y en la enfermedad comprendemos que estar vivo es otra suerte, una suerte de milagro si se quiere, apreciándolo en su máximo esplendor al recobrar la salud, olvidada cuando se tiene ya que obra como norma. Cuando hay salud es posible pensar y cuando irrumpe la enfermedad esta se lleva gran caudal de atención, hasta que nos volvemos médicos especialistas en tales cuestiones que atraviesan el cuerpo. Y pudiendo pensar, los sueños aparecen –siempre que el tiempo no nos devore- y con ellos los deseos: de progreso, de bienestar, de felicidad. Tener tiempo es vivir, independientemente de la actividad en que recaiga el tiempo, el cual podría ser de construcción, de reflexión, de inflexión, de inventiva, de siembra o de narrar los vaivenes del mismo tiempo, como pasatiempo. El tiempo no puede traer la solución a todos nuestros problemas, pero que tengamos tiempo para resolverlos es parte de la solución. Por otro lado, no todo son problemas: hay desafíos, caminos sinuosos, obstáculos al avance, en fin, situaciones que nos piden atención y otras que es mejor desestimar; por eso reloj, no marques las horas, deja que mis pasos me revelen los secretos más profundos de este ser. Las creaciones del tiempo, variopintas, quedan vetustas con sus correteos; los sueños están al presente, vivaces, para olvidarlos luego con nuevos sueños o con el ajetreo del tiempo, con cada hilo de pensamiento que nos lleva hacia montañas y cordilleras cubiertas de nubes, nubes de palabras, imágenes y sensaciones que pronto brotarán en discursos académicos o comerciales, ofreciendo algún modo o alternativa para vencer el tiempo, vaya paradoja del destino, cuando el tiempo venza, y el ocaso de los sueños pinte todo el paisaje con su luz.

Mientras espero

-¿Qué pasa, compañero? ¿Se ha quedado sin inspiración? -Me dijo el hombre, vestido con su uniforme militar, que me había estado observando cabizbajo con un lápiz en la mano golpeando repetidamente sobre el papel.
-Puede ser, camarada –dije-. ¿Acaso sabe usted cómo combatirlo?
-Claro que sí. Hay que llamarla implorándole su aparición. Algunos dicen que es cuestión de sentarse y que ella vendrá. Otros hablan de dejarse llevar por ella ni bien se hace presente. Yo tengo una fórmula que nunca falla.
-Pues debería facilitármela, camarada. –dije, mientras observaba las insignias en su uniforme.
-Con mucho gusto, pero me temo que no será gratis.
-¿Así que la inspiración ahora tiene un precio?
-Como todo. Ni siquiera hablar es gratis hoy en día. El llamado a la inspiración también tiene su costo.
-Ya me parecía que tanta amabilidad no podía ser sin ningún interés.
-¡Vamos, compañero! ¿Quiere saber de qué se trata o prefiere quedarse con la espina?
-Tengo curiosidad por saber, pero no tengo demasiado dinero. ¿Cuánto me va a costar?
-Para los resultados que brinda, su costo es ínfimo. Su nombre es ideina. Vea, compañero. –me dijo el hombre dándome una de las píldoras.
-¿Ideina?
-Sí. Tiene los componentes activos que propician la aparición de las ideas. Viene en dosis de 200 y 500 miligramos, para cuando no surge nada.
-¿Se toma así nomás esta… droga?
-Oiga, no tiene por qué hablar con ese desprecio. Ideina ha salvado la carrera artística de unos cuantos. Si le nombrara, se quedaría pasmado.
– Entiendo, ¿me podría dar algún ejemplo? –dije por curiosidad.
– Roberto Fontanarrosa hubo un tiempo en que no podía crear sin ideina.
-¡Qué bárbaro! El negro, no lo puedo creer. Tan ocurrente…
-¿Vio?
-¿Cómo es que no supe de esta píldora antes?
-Compañero… ¿qué esperaba? ¿Un anuncio publicitario en la televisión?
-No, claro que no. Qué cómico sería. Y… ¿tiene alguna contraindicación tomar esta píldora?
-Quien la tome puede sufrir mareos, vértigos, diarrea y/o alucinaciones en alguna que otra medida.
-¡Qué problema si viene la inspiración junto con algo de eso! ¿No? Habrá que ir al baño con una libreta y lápiz. ¿Cuánto dura el efecto de la píldora?
– Son cuatro horas de inspiración ininterrumpida. Bueno, compañero, ¿va a comprarla o no?
-Estoy indeciso… bueno, deme dos.

Le pagué al general por las píldoras y debo decir que no me resultaron para nada baratas. Tomar una de esas píldoras iba a hacer que lo piense dos veces al menos. A decir verdad, no tenía miedo tanto por el costo sino más por la adicción a la que podía caer. La inspiración… ¿cómo decirlo? A veces no viene. Entonces uno se sienta y escribe cosas que bien podrían haberse no escrito. Que no valían la pena, como muchas de las cosas que todos en mayor o menor medida hemos leído hasta acá. Y bueno, tenía la esperanza, siempre la esperanza en nosotros, de que con esta pildorita podamos sortear el problema de la inspiración. Pero no. Me tomé una y me senté a esperar. Se me ocurrieron varias cosas, pero era más de lo mismo: alienígenas de visita a la Tierra que le enseñan el sentido de la vida al ser humano, el hombre solo ante la inmensidad del universo descubriendo todos los secretos del ser, la mujer que deja al hombre en nombre del amor a otro hombre se da cuenta de que el amor es un juego vanidoso, historias de amor en parejas adolescentes capaces de conmover a un hombre mayor, viajes interplanetarios del hombre en el futuro gracias a los avances tecnológicos descubriendo nuevos mundos en los cuales desarrollar la vida humana, la historia de un hombre que descubre el amor a través de sus hijos y amistades prescindiendo del amor por una sola mujer, gente que fabrica pastillas que producen efectos insólitos en sus consumidores, en fin, más de lo mismo. Así estuve cerca de cinco horas sin que se me ocurran cosas nuevas diferentes a las de la inspiración habitual y pensé que nuevamente había caído en una estafa. No sería la primera vez. Esperemos que sea la última. Todavía me queda la otra píldora. No creo que la tome, estoy decepcionado sinceramente. Además me asusté un poco cuando se me apareció Sor Juana Inés de la Cruz montando un caballo blanco y me dijo: subí que te llevo a dar el mejor paseo de tu vida. Me parece que voy a seguir esperando que la inspiración llegue de manera natural. Si bien, sé que hay cosas que no se compran, a veces, caemos en la tentación de probar para ver qué pasa… y nada, les narro la experiencia para que no caigan en la trampa como me tocó caer a mí.

Inconclusas (3)

“Muchas personas que escriben y se circunscriben con ello como escritores destinan el caudal de sus preocupaciones, desvelos, inquietudes, recelos, dedicación, resquemores y esfuerzos concentrando temores y deseos mayoritariamente en cómo las verá el público y qué imagen tendrán de ellos que en sus obras literarias, entendiendo con ello que aquél prefiere imaginar una vida fantástica a leer y vivenciar fantasías de su imaginación”.

Extracto de Inconclusas, de Albert de Bom Passar.

Juegos

Se suspenden los Juegos de la Buena Voluntad por la mala voluntad de los directivos que no tienen siquiera voluntad de organizarlos. Esperemos que los participantes conserven voluntad de la buena para participar en los próximos juegos, a voluntad. Y este edicto concluye aquí, por falta de voluntad tanto del que suscribe para hacerlo como de los lectores de tales enunciados, hastiados en malograda voluntad de leerlos.



Refranero impopular

Lo bueno, si bueno, dos veces bueno.

Dios madruga a quien lo ayuda.

De boca cerrada no salen moscas.

La tercera es la Reserva.

Hazte la fama y échate a firmar autógrafos.

Dios aprieta pero no aboga.

Si te he visto en Face, no me acuerdo.

Lo cortés no quita lo caliente.

Contigo pan y cebolla, hambre, frío y cuarentena.

El que busca, algo se le perdió.

El que a hierro mata tiene una fundición de acero.

Un calvo saca a otro calvo la peluca.

La invención es lo que cuenta.

¿Más claro querés el frente? Echale agua.

Amor con amor no pega, pero rima.

Mañana será otro día denominado hoy.

Para muestra basta un botón que lo manda en cana.

Lo barato sale menos que lo caro.

Sarna con gusto es un asco. Puaj.

El pez por la boca muerde.

Hoy por tí, mañana por las dudas.

Pinceladas XIII

En el principio fue la pintura, después vino la palabra y la palabra vino, y llegó la embriaguez de dar las primeras pinceladas y contemplar todo pintado de colores. Como no teníamos nombres para los colores, sólo coloreábamos a secas, en un mullido silencio que se ahogaba en onomatopeyas guturales. Al recorrer el empedrado de la ciudad, observo –cuando no mis pasos- el enrejado negro que muestran los frentes de las viviendas sobre la avenida, protegiendo los jardines de enamorados que quisieran robar las rosas y claveles para llevarle, como golpe de gracia, a sus enamoradas, cuando no a sus muertos. Dentro, observando sagaces, viejecitas con pocos rulos espían entre las cortinas blancas y desteñidas que alguno de ellos cumpla su cometido para dar parte a la policía, aunque bien saben que éstos ni se inmutan por el robo de flores, moneda corriente en el romancero criollo. Las acacias, tan corrientes por aquí, se balancean al gong del viento y al son del reguetón que propone todo vehículo que pasa, como si escuchar otro tipo de música fuera quedarse afuera de la posibilidad de saborear una obra artística, cuando no musical. La pintura es el arte más antiguo, incluso mucho más antiguo de lo que le otorgue la magra historieta escrita de algún buen historiador. Por eso observo las fachadas, una de ellas dibujada, cargada de pinceladas multicolor, con margaritas y puertas dibujadas para que deguste un buen saboreador. Pienso que tomarle una fotografía es una picardía, avasalla la obra artística e inhibe la logística del turista que se acerque al lugar por mera curiosidad, cuando no por placer de la observación viva. Pero ese césped formidable dibujado y magistralmente pintado no me cohíbe de relatarlo aquí; el que quiere ver, que vea. Allí está, de día iluminado con maestría, de noche cuando no de gallardía, o bien por eclipse lunar o bien por luminaria estelar. Los portones del vecindario niegan el hecho artístico del pintor que, en esos casos, se erige en hereje del oficio para trazar, con máquina, una lápida de tinte profesional. Y la gente allí pega carteles y pegatinas que espantan asustando con perros fuleros o tortugas que muerden para que nadie, ni Testigos de Jehová, se atrevan a acercarse ni mucho menos a tocar el timbre, sin percatarse que tales portones ya espantan a cualquier alma por su exigüidad pictórica, ni llaman la atención de los más sensibles ni sensatos. La lógica hace las veces de paredón con grafitis mal pintarrajeados que detiene la intrusión de alguien que no es bienvenido al hogar y que detenta, a lo alto, metros y metros de púas por si este osara no entender el mensaje de los ladrillos, el cemento y la pintura en aerosol de los que quieren decir algo al mundo y no saben qué ni cómo. Por eso observo que tampoco es relevante decir tal o cual cosa ni gritarla bien fuerte por más certeza que otorgue, sino que lo mejor es dar las pinceladas acordes al lienzo, a la hoja o a la pared que esperan por un observador atento a la comunicación, pues tampoco es cuestión de decirlo a los cuatro vientos, ni a las ocho lluvias otoñales, ni a las doce nevadas de la historia puntaltense. Y reparando en las historias, observo pinturas que cuentan historias o intentan hacerlo, en tanto que hay otras que crean historias, que no son breves, y hay otras que atraviesan historias hasta desandarlas, en cuyos casos me quedo pétreo de frente a la fuente de vida que nutre y calma. No con menor aplomo, observo la pintura que cubre la moral de los monumentos en el parque, cubriendo también las fechas en que se declararon amoríos adolescentes, fechas que nadie recordaría de no ser por los arqueólogos que vendrán, tiempo ha, a levantar dicha pintura ósea de la humanidad. El aroma de los pinos cautivos dispersa y relaja mi respiración, que divaga entre pensamientos, pinceladas y palabreríos que forman la imaginación que teje el relato. Me reitero en las pinceladas porque escribir es, también, pintar palabras.

Mímica en la literatura

Se escribe mucho y bien
Que dice poco y mal,
Letra blanda se desubica
Literatura que comunica
En un relato o cien
O en poemas sin final.

Cómo decirlo y a quién
Como degustar sin sal
Al silabear la mímica
En videos sin métrica.
Se le soltó el sutien
Al construir sin cal.

Al pronunciar la frase
No es enunciar verdades
Sólo esbozar retórica
Que a veces suena lógica
Y si cambia de envase
Sostiene veleidades.

A la postre, expresase
Repitiendo nimiedades
Que ni pobre ni rica
De oropel nos salpica,
Y el canto que versase
Contiene sus bondades.