Quimeras

La mente sólo trata con la materia,
Veloz, intransigente, no descansa
Ni siquiera al despertar en sueños
Viaja por laberintos imaginarios
A situaciones de índole verosímil,
Por ello también se arrastra
Buscando grietas en toda tierra
Entre los rostros de su apariencia,
Que cae rendida cuando en quimeras
Se desentraña de tal su cerrazón
Y en la apertura y la redención
Se propicia el vuelo del espíritu
Que ve en la mente su fiel reflejo
Y ahora es vívida cada estación
Cada persona, cada alma en pena
Está atrapada en una ilusión
Y no da cuenta de sus cadenas
Que la han forjado cual bestia
A andar a tientas en la oscuridad
Y con el rostro desvencijado
Sonriente así bien iluminado
Por la pantalla del celular
O un cigarrillo a la medianoche
Con el mensaje que no va a llegar
Su espera recia ya no le fascina
Y así le hable hasta el Universo
Su desatino no va a escuchar.
Quizá perdido en una entrepierna
Será su grito tan visceral
Que una mañana frente al espejo
Un rostro amorfo sin vertical
Calará onda su verbigracia
Y una afeitada claudicará
Detrás de arrugas y seriedad
Donde la gracia de la retina
Sufre impresiones del más acá
Y ve en la muerte bella mujer
Que lo seduce su escote en ve
Su curvatura, sus largas piernas
Y esa dulzura tiene al hablar:
Acompáñame, no vamos a nadar
ni a ganar, tampoco a perder
No es el inicio, no es el fin;
Sígueme, o te vas a decepcionar.
Ya sin opciones para volar
Y rezagado en su corazón
No hay más asado sobre el tablón
Los displaceres que degustó
Son como hormigas en el sillón
Donde reposa en su porfía
No queda ají ni puta parió
El sabor de la boca y un beso
Que tras rozarlo lo despidió.

1984

La policía del pensamiento
Te busca, te persigue
Te quiere dar escarmiento
No creas que por distinto
Tan sólo es porque pensás
Y es ofender la consigna
De sonreír ya sin más
De ver lados positivos.
Te busca la policía
Y dicen que te investiga
Quieren saber si pensás
Porque eso pasó al olvido
Desde la televisión
Alguno podrás engañar
Pero te van a encontrar
Porque andás diciendo cosas
En contra del capital
Sos difícil de sobornar.
La policía del pensamiento
Tiene agentes hasta en tu casa
Algunos disimulados
Y otros bien declarados
Quieren saber si pensás
Qué cosa no es importante
Flagrante es ya si pensás
Esperan oírte opinar
Para ver si criticás.
La gente es muy susceptible
A la opinión general
Se ampara en el dicho de otro
Temiendo ser descubierto
Por eso todos opinan igual
Dicen que el miedo no es sonso
Y el juicio será similar
Ninguno podrá zafar
Ni lo podrán acallar
Al pensamiento general
Qué nadie supo pensar.
Se te permite decir
Frases que al parecer
Alguno una vez pensó
Mas no se te ocurra creer
Qué sos libre de pensar.
La policía te busca
Dicen que en algo andás
Por eso te van acusar
De lo turbio que vivís
Qué ahora no sos normal
La norma no fue pensar
Tan sólo catalogar
A cada uno en el bar
Y eso no está tan mal
No me vengas a decir
Qué al menos no te aburrís.
La policía del pensamiento
Te pone celda mental
Y de ahí no salís más,
En dicotomías quedás
En las que te vas a embolar
Pero como todo parece
De rítmica similar
Seguro ni cuenta te das
Y si despertás algún día
Te corre la policía.
Además debo decir
Qué todo ya fue pensado
Para que vos puedas comprar
Algún pensamiento embalado.
No te atrevas a pensar
Pues te voy a denunciar.

Jeremías

– Mañana me voy a visitar a tu madre. Le voy a contar de los ríos de color verde, de las aguas vivas del mar oleado, de las arenas y sus costas, del perfume de la espuma y las gaviotas. Le hablaré de algunas nubes, de la paz, de tu mirar y el Sol, un poco de la Luna y de ti. También, hablaré de la vida y las estrellas, un pino, los bosques extintos. Tomaremos un tinto. Reiremos. Viviremos. Le hablaré de la flor de tu jardín, de mi jazmín, le hablaré un poco de sí, de ti, nuevamente, y de mí. Le dejaré dos días después. Ese día, marcharé en rumbo a una playa cálida, del sur patagónico. Inexistente. Allí, le cantaré a quien me oiga, un canto al viento, fugaz. Un soplar solapado, sagaz. Una vibración susurrante, veloz. Y quien lo oiga, en nada se convertirá. Y será. Será vida, y nada, será. De allí, me marcharé hacia el oeste. Visitaré las catacumbas de la tribu Suruí. Me cantarán, me alabarán. Y beberemos, hasta que llegue el día. Y el día será… y todo colmará. Cuando la noche caiga, zarparé. Tomaré el primer buque hundido, misión: adentrarme en lo desconocido. En el que conoceré piratas, loros, tenientes, corvinas y marineras… quizá algunas tostadas de pan salvado. Sin mar, navegaré. Surcaré los pensamientos del humanoide cleptómano, y le recitaré un verso: “Aflojad la mano, dejad el afano. Sabed, es vano. Oíd, hermano”. Y volaré. Bajaré el primer avión que cruzará mi visión. Le detendré y contrataré a la más bella piloto de todos los tiempos habidos y por haber. Y por saber, le pediré: “Mostradme las maravillas de vuestra vida. Quiero ver la tierra con vuestros ojos. Prestádmelos”. Y recorreré los cielos, las nubes, el viento… sin asiento. Y caeré en picada. Justo al abrirse mi paracaídas, gritaré: “¡¡Yo soy Jeremías!!”. Pero nadie lo oirá. Nada será. Y nadaré. En piscinas repletas de bicicletas, algunas sin chavetas. Y un salvavidas hecho pelota, me rescatará. Iré a cataratas. Le operarán. Y allí, todo caerá…

Luego de un suspiro, Jeremías levantó su mirada, volvió a soplar, y con voz tosca, seca, agitó su garganta, y me dijo: -Te entiendo. Anoche comí lentejas y me cayeron densas.

Dos miradas

Observas el vuelo de un ave
de pronto vibra tu nave
parece que llega un mensaje
te invitan a realizar un viaje
vos decís que es suficiente
el divagar de la mente.
Se te cruza una pantalla
que muestra una diva en la playa
imágenes muy pintorescas
y de la calle unas grescas.
A vos no te mueve ni un pelo
el amor posesivo da celos
irradia el entorno de luces
la gente se aferra a las cruces,
olvida que allí en lo profundo
se halla un secreto rotundo
obsesionada por la videncia
de alguna nueva tendencia
llegó el último aparato
lo distraerá un buen rato,
después otra vez a lo mismo
del pensamiento un abismo.

Observas a un avión volando
una paloma viene bajando
trae en la pata un mensaje
que dice que viene de viaje
vos decís qué intrascendente
en qué se ocupa la mente.
Rápido, te calzás la malla
y vas directo a la playa
la gente muy pintoresca
todo es paz, ninguna gresca.
Después te secás el pelo
la dama se cubre con velos
el sol y la luna dan luces
tal vez un día las cruces
recordándonos lo rotundo
de un pensamiento profundo
de quien tuvo la videncia
no lo arrastró la tendencia,
ni era cualquier aparato
pero ha pasado un mal rato.
Y todo, escapar del abismo
el centro eres vos mismo.

La deuda


Te pido que me canceles
aquello que bien me debes.
Ya sé que tal vez no es mucho
ni alcance pa´comprar puchos.

Espero que hoy recuerdes
que un día te lo presté,
por eso ahora devolvé
los pesos que te acerqué.

Si no querés que te mande
matones para el ablande
andá juntando la plata
vendé, no sé, a tu gata.

Ya sé, me dirás, es poco,
tampoco te vuelvas loco,
vos reintegrame la guita
quizá te la cobre con quita.

No te quedes con la espina
ni la gastes en la cantina,
la plata no es de tus minas,
devolvé que esto es Argentina.

Si no querés llegar a algún juicio
tampoco me saques de quicio,
no quieras pasarte de vivo
devolvé nomás mi efectivo.

No olvides que a mi fortuna
le faltan algunos pesos
que presté una noche de luna
mientras compartía quesos.

Que sepas que con esmero,
también, dirás, con dinero
uno acumula riqueza
y no es sólo por destreza.

No olvides que a mi tesoro
lo forman también billetes,
monedas, lingotes de oro,
y deudas con señoretes.

Lo cobro siempre que pueda
lo mío nadie se queda,
ni veinte pesos le ceda
ni así sea una moneda.

Por fin te voy recordando
que me venís adeudando:
dos pesos me estás debiendo,
por hoy basta. Devolviendo.

Pasta de campeón

El sábado por la mañana es un momento de relajación para todos. Los pibes que no tienen que ir al colegio, los grandes que no laburan, los viejos que tienen cuatro horas de tango en la radio, las amas de casa que se liberan de la tensión de la rutina semanal de la familia. Bueno, para todos no. Detrás del alambrado de la cancha sobre calle Mitre hay varios señores bien vestidos con mucha guita que oyeron hablar de un pibe que es la promesa del club y lo vinieron a ver por única vez. Los dirigentes tienen los nervios de punta y ya están haciendo planes de lo que van a comprar para mejorar el estadio. Uno tiró la idea de sembrar el campo de juego, pero la tierra es árida y dura como una roca para ponerle césped. Hay otro que dice que fue el que lo descubrió en la placita Moreno y le corresponde una parte. Y está el que se fue hasta Buenos Aires a relatarles las maravillas que hace con la pelota este pibe que tiene pasta de campeón: cambia de frente sin mirar, busca el claro cada vez que la pasa, es veloz con la pelota en los pies, gambetea y la pisa, toca y busca la devolución. Son virtudes futbolísticas de unos pocos y a su edad hace una diferencia abismal en la cancha que descoloca a los rivales y emociona a los familiares, tanto propios como ajenos, que van a ver el partidito cada vez que le toca jugar. Pero esta vez la fecha de las divisiones menores se suspendió en toda la liga porque hubo corridas, piedrazos y varios policías heridos en tres canchas de la mayor, y los platos rotos los pagan siempre otros. Los dirigentes no se iban a perder la única posibilidad que tenían de vender al Chelito con los empresarios en el pueblo y organizaron el partido con jugadores del club. Un año de diferencia en la edad entre los pibes no es mucho. El entrenador sugirió mezclar algunos jugadores de las dos categorías para que se note todavía menos. A veces el fanatismo por ganar un juego es más fuerte que la esencia del deporte, y Carmelo, el aguatero del club se tomó esa posibilidad que le dieron de dirigir el otro equipo de pibes como si fuera el momento más esperado pisando los sesenta. Se fue hasta el depósito y buscó un juego de camisetas viejas que le había regalado Olimpo al club tras ganarle la final en la Carrindanga a la quinta por 8 a 1 como reconocimiento al esfuerzo. Alguno dijo que fue una fanfarronada de ellos, pero las guardaron y nunca se habían usado después de aquello. Se las llevó al vestuario visitante y las empezó a repartir con esperanza:
-Carlitos, ¡encará para adelante! Agarrá la pelota y corré. ¡Corré! ¡Corré!
-Luchito, sacá todo. Pelota que ves, la sacás.
-Soldadito, te le pegás al Chelito y no te movés de al lado. ¡Lo seguís por toda la cancha! Que no toque la pelota.
-Fede, cuando te queda alguna cerca, ¡Cerrá los ojos y pateá con todo!

Las camisetas aurinegras más grandes que esos rellenitos formaban un collage en el vestuario visitante que hacía olvidar las paredes descascaradas, los bancos rotos, el piso de cemento y los baños sucios. Carmelo se fue corriendo al depósito porque al juego de camisetas le faltaba un buzo de arquero y volvió con uno gris que sacó del de la cuarta.
-Tomá Gordo, con este hoy no te meten ni un gol.

El pibito morrudo se lo calzó y le quedaba hasta las rodillas. Carmelo los juntó a todos en el centro del vestuario y les dio la última arenga antes del partido de su vida:
-¡Vamos que ganamos! Cuando estén cerca del arco se la dan todos al Fede.

Los pibitos salieron a la cancha todos desordenados, uno corrió para el lado donde estaban los otros con ansiedad esperando que arranque el partidito. Gordo enfiló para el arco y lo vio más grande que cuando entrenaba los jueves a la tarde. El árbitro que era Saralegui, el vocal del club, tocó el silbato varias veces para que los pibes se apuraran. El Chelito pisaba la pelota en el medio de la cancha. Atrás del alambrado Zelarrayán, el presidente del club, lo mira con los ojos humedecidos. A su lado, el tesorero habla con uno de los empresarios y de reojo mira el cielo porque unas nubes amenazan con embarrar el negocio. Los padres y familiares de algunos de los jugadores se desperezan o charlan. Otros están con el mate y los más chiquitos corretean atrás de un perro.

El partidito está por arrancar. El presidente se frota las manos. Carmelo le grita a Luchito como loco. Saralegui nota una irregularidad que no le permite dar comienzo al partido: el 6 de Olimpo está parado al lado del Chelito y no lo deja sacar. El árbitro lo quiere correr pero el 6 no se mueve. Los compañeros del Chelito le gritan para que salga, pero no hace caso. Carmelo le grita pisando la línea de cal, hasta que Soldadito lo mira y ve qué aquél le hace una seña para que se corra y pueda comenzar el partido. El Chelito se la toca al 9 y éste corre para adelante contra la marea aurinegra que se le viene encima. El tesorero le dice a uno de los representantes: ¿Vio cómo la pasó?

Los partidos a esa edad tienen la gracia propia de la inocencia, por lo menos en los años ochenta cuando los goles se ven bajo el cielo y con el olor de la cancha, cuando el instinto animal hace correr a todos los pibes atrás de la pelota. Pero en ese partidito hay dos que no siguen la manada: el Chelito, que busca el espacio para recibir la pelota, y Soldadito, que está pegado al 10, ajeno al movimiento de la redonda salvo cuando le pasa cerca. Chelito se acerca al 8 que justo se pudo parar con la pelota, pero cuando se la quiere dar lo tiene al 6 de Olimpo adelante. Hay un rebote que sale para arriba y da la impresión que va al pecho del Chelito, pero Soldadito cabecea con los ojos abiertos y la manda a un costado. El presidente Zelarrayán va por el quinto pucho antes de que termine el primer tiempo de veinte y Chelito no la tocó después de sacar. Algún compañero cuando lo quiere buscar con la mirada lo divisó de casualidad siempre atrás de una camiseta aurinegra. Terminó el primer tiempo con el cielo totalmente nublado y ni Gordo ni el otro arquerito pudieron palpar qué tan áspera está la pelota este sábado. Carmelo recibe a sus soldaditos y uno por uno le sacude los pelos y los aprueba con alguna palabra o una palmadita en la espalda.

El presidente le dice algo al oído al tesorero y éste sale corriendo a buscar al vocal Saralegui en los vestuarios. “Cobrá un penal como sea”, es la directiva que puede ser la que dé paso a la firma de la venta que tanto desearon. Se escucha la voz eufórica del aguatero del club en el vestuario visitante que no para de dar ánimos y algunas indicaciones a sus jugadores. El tesorero regresa a la tribuna después de pasar por los baños, se acomoda a la derecha del presidente y le hace un gesto con la mirada como diciéndole: ya está.

Arranca el segundo tiempo del partidito con la impaciencia de los empresarios que ante el descuido del presidente mientras prendía un cigarrillo se redujo en número. Una nenita pasa ofreciendo unas tortas fritas pero los caballeros lo último que tienen es hambre. El tesorero la presenta como la hermana del Chelito y alguno le halaga lo bonita que es. La pelota va para los laterales como atraída por el alambrado. Soldadito tiene un número fijo entre las cejas: el 10; el Chelito esa noche va a soñar que está en una prisión del ejército custodiado por seis soldados. Saralegui aprovecha que los familiares están bastante lejos para sugerirle a los compañeros de Chelito cómo tienen que jugar y los alienta, o reprende a los de Olimpo y les cobra fules que nadie ve. Pero el Gordo este sábado es una hormiga viendo el partido bajo ese buzo gigante y el arco inmenso que decoran el escenario y el área que pisa queda a cuarenta metros de la pelota. Carmelo nunca paró de gritar, salvo cuando miró para arriba cuando una gota le pegó en la nariz.

Por ahí Luchito la sacó para arriba y le quedó a Carlitos que corrió con la pelota hasta que se cayó y el rebote sacudió en el pecho de un rival que lo dejó solo a Fede contra el arquerito. Pateó mordido, débil, pero la pelota fue lejos del arquerito pegada al palo derecho. Todas las camisetas aurinegras corrieron a abrazarlo a Fede, menos Gordo que los miraba con un catalejo y Soldadito que miraba los sacachispas del Chelito. Carmelo saltaba al lado del banco y el presidente se prendía el último cigarrillo antes de despedirse de los empresarios de la Capital.

El Chelito saca del medio con el aliento de Saralegui a su lado, pero no se puede desprender de la respiración que no es la suya en la nuca. Los soldaditos de Carmelo ahora disimulan la sonrisa en una concentración como puede ser la de los chicos de su edad en un partidito en el club. El tiempo es el conocimiento que tiene el hombre de la finitud de los espectáculos y al partidito, que le quedaban tres minutos, lo termina la lluvia torrencial que a la pelota mancha y embarró la cancha.

A escritores


¡Ah! ¡Escritores!
Que insistís en decir
cuando no jay lectores
por vender un dólar
cargado de tintas
que naide comprende
tan sólo otros escritores.
¡Ah! ¡Escritores!
leed tú que entiendes
que sueñas volar
y no sólo viajar
sentado en asiento
y llamad a eso vuelo
por surcar el cielo
la turbina altiva.
¡Ah! ¡Escritores!
leed tú que buscas
el encuentro entre letras
palabras que dicen cosas
y frases de mamotretas
que embelesan rosas
y en su firma desluzcan.
¡Ah! ¡Escritores!
de conciencia extensa
y amplio vocabulario
penetrad con su voz
los surcos cerebrales
de todo el parvulario
que con túnica tersa
vendrá con su hoz
a buscaros legendario
para ser inmortales.
¡Ah! ¡Escritores!
No caed en la crueldad
de la sociedad indolente
levantad bien la frente
y decid en voz alta:
leed mis escritos
de paz y de humanidad
en honor a la verdad
a lo bello a lo tierno
a lo simple a lo grato
y pasad un buen rato
al olvidar vuestro infierno.
¡Ah! ¡Escritores!
Cuando haigan lectores
sus textos serán amores.
¡Ah! ¡Escritores!
Que en la gracia divina
su palabra será vitrina
en lo sideral vencedores.
¡Ah! ¡Escritores!
Despojad de sus temores
su insania, sus dolores
y olvidad los sinsabores
de escribir sin colores.
¡Ah! ¡Escritores!
Sin prestigio de antaño
que os salís del rebaño
del montón de escritores
que se jactan vendedores
de mercancías y logros
de pensamientos magros.
¡Ah! ¡Escritores!
Viviréis los honores
de dignidad incipiente
al afrontar irreverente
el desierto lector
que amalgama sector
de cultura y valores.
¡Ah! ¡Escritores!
numérologos obsecuentes
le dirán consecuentes
que su obra literaria
deberá ser mercenaria
de ideología pueril
en seriedad infantil
por numerosos errores.
¡Ah! ¡Escritores!
Que amáis la verdad
la bondad y la dicha
tarde caerá la ficha
de la oscura sociedad.
¡Ah! ¡Escritores!
No busquéis los elogios
su gloria correrá suerte
y en las almas vestigios
de su pureza lírica
quedará como empírica
cuando llegue la muerte
colmará en lo festivo
si el escrito está vivo.
¡Ah! ¡Escritores!
Elevad su tormento
escribid sin lamento
no caigáis en la lucha
y en tono imperativo
decid fuerte: la pucha
que vale la pena estar vivo.
¡Ah! ¡Escritores!
Que empeñáis su falacia
y así perdéis la gracia
rectificad el camino
que no es magro destino
del que escribe sincero
arte imperecedero.
¡Ah! Escritores…

Íntimo

Diariamente hay una mosca que revuela en mi cabeza
o tal vez es un mosquito que susurra mis pensamientos
dentro o fuera, esa mosca, ese mosquito, no tiene sutileza
para hacerse notar y él/ella se mueve al compás del viento
va de aquí, de allá, murmurando, en torbellino de imágenes
aguijonea cada tanto misteriosa este sentir en su murmullo
y a veces me hace creer que más que uno/a son millones
es un mosquito muy pícaro y veloz y sólo sé que dice “yo”.

Parábola de las miserias

Porque el neoliberalismo es como un hombre que se va lejos, y antes de irse llama a sus siervos y le entrega sus miserias.
A uno le dio cinco miserias, a otro dos miserias y al otro una miseria; a cada uno conforme a su aspiración, y luego se fue lejos.
Y el que había recibido cinco miserias, fue y negoció en la bolsa, y ganó otras cinco miserias.
Asimismo, el que había recibido dos, ganó otras dos miserias con los bancos.
Pero, el que había recibido una miseria, fue y cavó un pozo y enterró la miseria de su señor, para poder vivir feliz sin miseria alguna.
Después de mucho tiempo, regresó el señor de aquellos siervos y arregló cuentas con ellos.
Y llegando el que había recibido cinco miserias, trajo otras cinco miserias, diciendo: “Señor, cinco miserias me entregaste, toma, he ganado otras cinco miserias sobre ellas”.
El Señor dijo: “bien, buen siervo y fiel, en lo poco has sido fiel, en lo mucho te pondré. Ponte a cargo de éstas diez empresas de una de nuestras multinacionales. Despide gente, precariza los contratos, flexibiliza horarios que tenemos que producir más miserias”.
Llegando también el que había recibido dos miserias, dijo: “Señor, dos miserias me entregaste; aquí tienes, he ganado otras dos miserias sobre ellas”.
Su señor le dijo: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré. Ponte a cargo de éstas cinco empresas de otra de nuestras multinacionales. Recorta presupuestos en salud e higiene, viáticos y vacaciones. Busca mano de obra barata en algún país subdesarrollado y despide al resto que tenemos que producir más miserias”.
Pero llegando también el que había recibido una miseria, dijo: “Señor, te conocía que eres hombre duro y severo, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual me contuve para subsistir, y fui y escondí tu miseria en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo”.
Respondiendo su señor, le dijo: “Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí. Por lo tanto, debías haberle dado mi miseria a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses, y todas las miserias devengadas”.
“Quitadle, pues, la miseria, y dásela al que tiene diez miserias. Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más, muchas miserias más; y al que no tiene, aún lo que tiene le será quitado”.
“Y al siervo hereje del sistema echadle afuera a algún país socialista; allí será el llanto y el dolor de muelas”.

Nada menos, nada más

No hay intención de diálogo
ni siquiera la hay de monólogo
no hay aquí escondido un mensaje
esto es como decir nada
pero decirlo para que Usted se entere
y sepa que aquí nada se dice,
no es como otros que esconden
diciendo cosas con apariencia
que en definitiva dicen nada
pero al hacer tanto ruido
parece como si eso fuera algo.
Aquí no. Nada se dice claramente
y si Usted lee lo sabrá al fin y al cabo
porque desde un principio se dijo
que no había aquí siquiera diálogo
ni mucho menos monólogo
ni tan sólo escondido un mensaje.
Esto no es como esos escritos
donde el lector intrépido descubre
que el autor, pillo, escondió entre frases
algún tipo de o insinuó algún mensaje,
no Señor, de ninguna manera
aquí Usted no será engañado
en ese sentido puede estar tranquilo
porque no tiene que destripar mensaje
entre líneas, entre versos, entre frases
ya que no lo hay ni se da a entender.
Esto es como un decir, pero no
un decir algo, sino un decir nada
que aunque contenga letras, palabras
signos y puntos nada se dice
y así podríamos continuar hasta el hartazgo
el suyo, claro está, porque aquí nadie
se harta, ya que nadie dice lo que se dice
ni nadie lo podrá llamar la nada, el vacío
o cosas por el estilo para darle sensación
de algo, porque si la nada fuera algo
no sería por cierto esa nada a la que hace
mención aquél que habla de ella, ¿no?
Entonces, qué digo entonces, quién
dice entonces que nada se ha dicho
y se ha dicho por demás muy bien
puede Usted darse por satisfecho
o en caso contrario seguir buscando
en textos, palabras, versos y frases
algo que se haya dicho, que se diga
aunque efectivamente sea nada
porque no me vengan a decir
que se dice algo, puede ser algo
pero ese algo es un disfraz de nada
y no de la nada, que sabemos que no es
algo, tampoco es culpa de las palabras
que señalan e indican, pobres,
haciendo el trabajo pesado de la comunicación
para que después venga Usted y diga:
¡ah! Sí, eso es algo. No, Señor,
no hay que confundir lírica sin métrica
con mensaje, con diálogo, con monólogo,
las palabras ya tienen su propio peso
es por eso que Usted confunde eso
con algún tipo de comunicación
pero para la comunicación hacen falta dos
y aquí sólo está Usted, con un texto delante
y abajo un botón que dice me gusta.

Carta a mis lectores

Punta Alta, 7 de agosto de 2017

Queridos lectores:

En éstos tiempos donde -más que nunca- leer es un placer y sólo pueden darse ese lujoso gusto aquellos que tienen algún tipo de fe en las letras, es interesante ver cómo se desenvuelven éstas entre nuestros conceptos previamente adquiridos y qué lugar le damos a lo que leemos entre las telarañas de lo preconcebido. Es por ello que al escribir ( y por ende, ustedes, al leer ) la comunicación puede tornarse fluida y estrecha entre dos sensibilidades, en éste caso el autor y el lector, o se vea tristemente entorpecida pues lo expuesto no tenga ninguna llegada al mismo, sea porque lo expresado no le dice nada, no le agrada o le es indiferente. En todo caso, mucho de lo escrito tiene que ver con lo vivido por ambos, por lo pensado, por lo creído, por lo entendido, y de allí surge la posibilidad de una comunicación entre el autor, con su escrito, con el lector, a través del mismo. Ésto trae aparejadas dos cuestiones: una, es que el lector se interese por la obra del autor del escrito y quiera conocer más; la otra, es que el lector se involucre con el escrito y tenga interés en comprender lo expuesto. En ambos casos, la comunicación se abre a nuevas dimensiones, más allá de que el lector tenga algún tipo de relación o no con el autor. Dicho esto, no quiero dejar pasar la oportunidad de invitarlos a visitar mi segundo blog, a quienes no lo conocen, Circo lunar ( https://circolunar.wordpress.com ), donde podrán encontrar textos de diversa índole, desestructurados, descatalogados, desgreñados y -casi- desintegrados, donde podrán leer y degustar más letras del mismo autor, con diversas cuestiones expuestas e indicios de otras no tan expuestas.

lunar2

Si bien, la cultura que embebe al autor, dada por su país de origen y residencia, los medios, la educación y demás, y al lector a veces puede ser una distancia insalvable, si se han interesado por algo de lo que aquí publicado es claro que tenemos cosas en común en nuestro carácter de seres humanos y es por ello que puede haber claramente comunicación, placer en la lectura, reflexión y alegría entre las letras y diversos y variopintos motivos para seguir los blogs, y con seguir no quiero decir apretar el botón donde dice seguir, sino interesarse en la obra del autor de los mismos que está destinada al lector. Al día de la fecha, hay publicadas más de trescientas entradas, entre cuentos, poesías y diversos textos, además de los cuentos y narraciones que pueden descargar aquí mismo, por lo que no se pueden quejar, al menos de aburrimiento, en todo caso sus protestas y reproches podrán viajar por otros canales, por lo que deberé pulir mis nuevos textos para seducirlos.

Sin más de momento, espero disfruten su visita por La otra mitad y nos veremos, letras mediante.

Saludos, Leandro.

El anhelo

La palabra es al espíritu
lo que al cuerpo el alimento
por eso escribo con ímpetu
poesía como escarmiento.

Cada término empleado
puede ser considerado
como un pedazo de pan
o un pez que llena zapan.

Buscando alguna palabra
que impacte en tu corazón
no encuentro ni abracadabra
que te abra en par el portón.

Por momentos, suelo bucear
y entre mil conceptos nadar,
más sólo hallo incertidumbre
no logro encender la lumbre.

Claridad que te ilumine
el camino imperceptible
de retorno, indescriptible,
a tí misma, al que camine.

Volver otra vez no quiero
a tener que repetirte,
ni quisiera ya decirte:
de tanto vivir me muero.

Acaso es que por buscar
palabras dentro del mar
perdido debo regresar,
salvarme de naufragar.

Si en una isla, he de acabar
quizá tu me puedas salvar
llevarme algo para morfar,
poesía o el vocablo triunfar.

Es que acaso la victoria
por siempre nuestra será
hasta tanto la memoria
la recuerde, no olvidará.

Y si rendido no encuentro
la palabra –tenaz- realidad,
la cambio por desencuentro
y entonces la llamo verdad.

Porque a veces por llamar
con otro nombre las cosas
nos podemos encontrar
espinas en vez de rosas.

Por eso le sigo buscando
alimento al corazón,
palabras a la razón
de ser que va navegando.

Encuentro poesía y verdad,
amor, vida y desencanto,
a veces encuentro el llanto
suspiro por la libertad.

Al fin me puedo encontrar
con mil palabras vacías
o llenas como alcancías
y nunca más vacilar.

Curioso ha sido buscar
palabras como alimento.
El espíritu está contento
y otra vez quiere volar.

El arte de pensar

Te sorprendería pensar que la gente no piensa
bueno, en realidad, piensa pero lo pensado lo pensó otro
es decir, uno pensó lo que el resto dice que piensa
el resto adhiere a ese pensamiento que le ha dado otro
lo repite, lo valora, lo malogra, pero no lo piensa
es decir, lo da como pensado por él cuando lo pensó otro
esto no tiene nada de novedoso para el que piensa
la masa acéfala es reacia y haragana para pensar lo otro
por eso le gusta decir que piensa cuando no piensa
le gusta hablar, sí, decir cosas que ha pensado algún otro
de allí surge que es imprescindible oír a quien piensa
para tener algo qué decir en todo tema aunque sea de otro
porque lo pensado, lo dicho, lo hablado no se piensa
se dice así sin más, sin pensar, aunque lo haya pensado otro
eso de pensar pasó al olvido, hoy no queda quien piensa
y si creés que todo esto fue pensado, lo habrá hecho otro
a mí no se me da por pensar, sólo digo lo que se piensa
aunque ese pensar no se haya pensado, sólo dicho por otro
y así sucesivamente, metafóricamente, digo que se piensa
aunque no haya nada que pensar, sólo decir lo que otro
y poner cara de que uno sabe, de que uno piensa
cuando sólo hay palabras volando, palabras de otro
que por ahí tiene un yo, y pienso que soy quien piensa
pero es un simbolismo, ese yo es el yo de algún otro
y se me infla el pecho decir que soy quien piensa
para terminar diciendo cualquier vanidad de otro
o escribo una poesía que parece que te hace pensar.

Despertares

Piloteaba una avioneta a gran altura cuando escuché que uno de los motores había comenzado a fallar. Los dos pasajeros que me acompañaban se mostraron alborotados, pero logré mantenerlos en calma diciéndoles que era normal, típico de este tipo de aviones. Al poco tiempo, el otro motor emitió un sonido estridente y luego se detuvo, dejando un espeso humo negro detrás del ala izquierda de la nave. La mujer que viajaba detrás de mí comenzó a gritar desaforadamente y esta vez no pude hacer nada por acallarla debido a que estaba abocado a la tarea de aterrizar. La nave se precipitaba al vacío y no la podía controlar. Pensaba en Nancy y se me cruzó la vívida imagen de ella diciéndome adiós. La nave se estrelló pero el estruendo del impacto me despertó. Me dolía la cabeza y fui en busca de una aspirina. La tragué ayudada por un poco de agua que serví en un vaso directamente de la canilla y luego miré que el blister de la que había sacado la pastilla decía “veneno”. Quise vomitarla pero ya era tarde. Me abrigué rápidamente y tomé un taxi desesperado. Hacía mucho frío y mis piernas temblaban. Pero no era por el frío. El miedo que sentía se estaba apoderando de mí. Casi paralizado, extraje un billete de cien y le pagué el viaje al chofer de aquél taxi. Golpeé la puerta del consultorio reiteradamente hasta que apareció Monfredi, el doctor que había atendido a mi familia desde que era un infante. Le expliqué la situación, lo que había sucedido y me respondió que era demasiado tarde. Me dijo que tendría que haberlo consultado antes de beber la cápsula, lo cual me pareció lógico pero a la vez ridículo. El doctor sentenció mis horas: te quedan dos horas como mucho, Arturo. No sabía qué hacer sinceramente. ¿Cuáles serían mis últimas visiones del mundo? Quería ver a Nancy, de algún modo me tenía que despedir de ella quien me había acompañado tantísimo tiempo. Cuando un hombre bajó de su vehículo que había estacionado frente al consultorio del doctor Monfredi le di un empujón y le quité las llaves. Conduje lo más rápido que pude, estaba a casi una hora de su casa y el tránsito era bastante fluido como para que no me demorara más tiempo en él del que suponía me llevaría hasta llegar a la casa de Nancy. Lamentablemente, cuando estaba a pocas cuadras de su casa una camioneta impactó el lateral del automóvil que conducía y terminó contra un semáforo. Me había golpeado la cabeza contra el parabrisas que estalló al instante. El conductor de la camioneta se bajó para ver mi estado, pero no pude atender su inquietud pues me quedaba sólo un rato con vida. Salí corriendo y a los pocos metros un dolor en el estómago me hizo retorcer. Me detuve y escupí, sobre la vereda, sangre. Pensaba si el choque me habría estropeado algún órgano o si el veneno ingerido sería el causante de semejante dolor. Ya no podía correr, el dolor era intenso y persistente. Además, encontré que el tobillo izquierdo se me había hinchado sobremanera. Me quité el zapato para evitar el dolor. No obstante, eso no ayudó demasiado. Cojeando, llegué a la casa de Nancy. Toqué timbre y apareció ella con su radiante belleza. Al verla caí sobre las frías y húmedas baldosas de la vereda. Ella gritó mi nombre, que fue lo último que oí antes de despertar. Me lavé los dientes y salí raudo a la casa de Nancy. Hacía tiempo que quería estar con ella y no me bastaba verla en sueños. Al caminar noté que se había levantado un terrible viento cubriendo mis ojos de arena. Había arena por todos lados y no podía siquiera mirar sin tener que cubrir la vista. Caminé y caminé atravesando el viento y la arena hasta que me encontré en un lugar donde no había edificios alrededor ni gente siquiera. ¿Tanto había caminado? Miré para los cuatro puntos cardinales pero el paisaje se observaba igual en todos los ángulos. Arena y más arena era todo lo que se veía. Sólo podía seguir avanzando. Lo hice tratando de que mis zapatos no se entierren demasiado en el terreno, pero igualmente se me llenaron de arena. A lo lejos divisé unas colas de zorro. Tenía sed, mucha sed. Quizá allí habría agua para beber. Llegué al lugar en el que había varias colas de zorro pero no había agua para tomar. Sentía mucho calor y la sed me estaba angustiando. Seguí caminando con las pocas fuerzas que me quedaban. No veía nada. La arena que me rodeaba me había dejado ciego. Grité pidiendo auxilio pero nadie me escuchó. Estaba tan solo que no podía recordar cómo había ido a parar a ese sitio ni tenía a quién recurrir para dejarlo. Tan sólo quería beber algo de agua para continuar mi periplo. ¿A dónde me dirigía? No podía recordarlo. Me arrastré unos pocos metros por la arena, tenía que seguir avanzando como fuera. De repente, oí un sonido agudo, aunque lejano. Parecía un instrumento musical. Era una flauta, lo adivinaba. Lo volví a escuchar y comprendí que era una armónica. Me puse de pie pensando que tal vez sería mi salvación. Desde el sur, observé la figura de un hombre sobre un camello. Estaba salvado. Seguramente tendría agua para darme y reintegrarme la vitalidad que necesitaba para proseguir. El hombre se acercó tocando la armónica. Cuando estuvo a pocos metros me hizo una reverencia quitándose el sombrero que llevaba puesto. Le pregunté si me podría dar agua, que estaba muriendo de sed. Negó mi petición, disculpándose, pero adujo que a escasos kilómetros al norte había un oasis del que podría beber hasta saciarme. Tenía que sacar fuerzas de donde no tenía para llegar al lugar. Me puse en marcha nuevamente detrás del hombre y su camello. Tenía calor pero ya no sudaba, estaba casi totalmente deshidratado. Caminé hasta donde pude, pero el cansancio y la falta de fuerzas me venció. Caí sobre la arena con los labios resecos. El sol pegaba en mi rostro e imaginé que el cielo se cubría de nubes y llovía copiosamente. Cerré los ojos vencido y una gota cayó sobre mi frente. Estaba delirando. Escuchaba cómo la lluvia golpeaba sobre el techo. Otra gota golpeó mi frente. Abrí los ojos y pude ver la mancha de humedad sobre el techo de la cual goteaba el agua que atravesaba el cielo raso. Bebí un vaso de agua y preparé café. Sonó el teléfono y lo atendí prontamente. Era Nancy, me dijo que era una basura y que no me quería ver más. A mí poco me importó, para mi propia sorpresa. Sonó el timbre y fui hasta la puerta a abrir. Era Nancy. Me abrazó y me besó como si no me hubiera visto en meses. Bebimos café y luego hicimos el amor. Nos quedamos remoloneando en la cama, pero no pudimos extender el momento porque tenía que visitar a don Ambrosio que me estaba esperando con sus virus. Cuando llegué a su casa me recibió con mates. Conversamos un rato antes de me que abocara a la tarea de limpiar la máquina. Cuando la encendí el monitor mostró la imagen de un bicho gruñendo. Era un gigantesco insecto. Tomé el mouse y se me desintegró en la mano. Saqué uno que llevaba en mi bolso y lo conecté. La impresora a un costado también había empezado a derretirse, al igual que el teclado. ¿Qué clase de virus había infectado la máquina de don Ambrosio? No lo pude saber porque también se desintegró el monitor y el gabinete. Don Ambrosio se acercó para ver lo sucedido y me culpó increíblemente cuando supo que todo el equipo se había desintegrado y yacían sus partes como una masa amorfa de plástico humeante. De mala forma me invitó a abandonar su casa y el trabajo por incompetente. Me retiré en silencio sin comprender y me tomé el colectivo cuando éste pasó por la parada. Al subirme, la máquina que se ocupaba de cobrar el boleto se desintegró cuando apoyé la tarjeta sobre ella. El chofer me propinó un insulto como nunca antes había oído y me obligó a bajar inmediatamente. Me apoyé sobre un parquímetro cuando para mi sorpresa éste se derritió ante mis ojos. Miré hacia arriba y pude ver que el sol tenía un tinte rosado y estaba en su máximo esplendor. Al bajar la vista pude ver cómo se derretía un inmenso edificio frente a mí. Y luego el contiguo, y luego otros, y luego toda la edificación circundante. Lo más curioso es que la gente continuaba como si nada. Parecía que sólo a mí me llamaba la atención el suceso. Todo se había desintegrado y sólo había gente circulando a pie en las inmediaciones. Desde la vereda de enfrente, alguien me gritó: ¡Arturo! Esa voz particular me despertó y al abrir los ojos y ver la hora, supe que llegaría tarde a la oficina. Ya era hora de cambiar el despertador que no lograba su cometido de despertarme eficientemente a horario, pero no el momento, pues seguía con sueño y tenía toda la mañana por delante para despertar.

No decaigas

No te dejes abatir por el mundo
alza la mirada, observa el cielo
tras cada estrella es lo profundo
ocurre así en tu alma tras el velo.

No te dejes vencer por lo terreno
vanagloria jactanciosa de su orgullo
en su estirpe vanidosa del murmullo,
que tu espíritu se revele a tí sereno.

No te dejes sucumbir a tu camino
que no hay como cumplir el destino
con la vista puesta en el firmamento
sempiterno nuestro sino sin tormento.

No te dejes arrastrar por la corriente
que te lleva hacia aguas tumultuosas
abismales y de orillas pedregosas
que te hunden con su pétreo referente.

No te dejes malgastar a tus talentos
y tus dotes magistrales que encubren
lo glorioso del vivir cuando deslumbren
a las almas que se apenan en lamentos.

No te dejes decaer ante el ocaso
de la sociedad que pierde el paso
de lo bello de lo simple de lo tierno
que te invita a perecer en el averno.

No te dejes abatir, vencer, ni arrastrar
no te dejes decaer, sucumbir, malgastar
que tu espíritu te eleve por encima
de la mentira, del engaño, del sopor
que le quite importancia a tu dolor
en el cielo de la gloria está tu cima.

Maremágnum

-La gente no lee, Vinicius. Es un hecho.
-Disiento contigo, Artemius. La gente lee, pero lee basura. Lee etiquetas de botellas, lee diálogos de series, lee doctrinas de autoayuda, lee frases y lee canciones. Lee también nombres y lee gestos. Lee siluetas y lee formas. Lee todo lo que se le presenta, como emoticones y grabaciones, Artemius.
-Si bien es cierto tu pensar, querido Vinicius, me refiero a que la gente ha dejado de leer literatura, para dar paso a otro tipo de lectura, un sesgo de lo que fue -Artemius torció la nariz, moviendo incluso el negro bigote, lo que llamó la atención de Vinicius- antaño. La celeridad de la vida posmoderna le ha quitado motus a la lectura, y no es sólo por el bombardeo masivo de mensajes que carecen de mensaje, sino porque se la ha vejado al orden de la inoperancia. Hasta se ha dicho que es un entretenimiento vetusto.
-Coincido, Artemius. ¿Qué puede decirnos Poe a esta altura de la civilización en que programamos teléfonos y filmamos el espacio? -Vinicius alzó los brazos en modo triunfal.
-Nada. Es un pobre imbécil.
-Pobres los imbéciles que le destinan su insania a la literatura, que creen que vender un millar de ejemplares es sinónimo de éxito, que tener su cuenta bancaria en movimiento les da vértigo, que…
-Que escriben como si estuvieran hablando con su pareja, ¡que escriben!, ¿qué escriben? -Artemius arqueó las cejas confundido, al tiempo que se refugiaba en el vaso de licor.
-Eso mismo quisiéramos ya saber. Éstos muchachitos que escriben imitando modelos consagrados, pongamos por caso Borges… ¿qué pensaría Verlaine de sus poesías filosóficas? “Piensa que de algún modo, ya estás muerto”, nos dice en su epitafio. ¿Piensa? ¡Eso ha pasado de moda, Artemius! -Vinicius se levantó de la silla invitando a un brindis, pero Artemius se contuvo agachando la cabeza.
-Desde ya, Vinicius, desde ya. Si no da rédito, si no ofrece ventaja alguna, no es motivo para pensarlo.
-¿Pensarlo, Artemius? “No hay tiempo para pensar/No hay tiempo para entender/No hay tiempo para vivir/Ni un tiempo para morir./La Biblia quedó obsoleta/Vigentes siguen tus tetas”, nos dice el poeta descarriado. Y cuánta razón ha de tener…
-Cierto es que todo lo cierto encierra desazón.
-¡Oh, Artemius! Lo has expresado bellamente. Es la desilusión, regla vital, a la que descendemos del maremágnum de la confusión existencial. Y la literatura no escapa a ella.
-Bien dicho, Vinicius. ¿Crees que acaso la misma reencontrará los canales por los cuales fluir entre aquellos dignos de mis letras?
-Tus letras no tienen dignidad alguna, querido Artemius. Lamento decírtelo por el aprecio mutuo que nos tenemos y la confianza que nos liga, es preferible que lo sepas de mis labios y no de un detractor de tu obra.
-Igualmente, duele… -Artemius bebió. Vinicius lo siguió.
-Ánimo. Hoy día lo que cunde es literatura clase Z a precio de bacanes. También la hay gratis, pero es aún más dolorosa. Tus letras pasarán desapercibidas por la crítica.
-¡Oh Vinicius! Si supieras cuánto ha costado delinear el argumento de mis poesías, la tesis de mis cuentos, la fuerza centrípeta de mis relatos y el motín de mis novelas. ¿Y a cambio? La desilusión, regla vital, a la que descendemos del maremágnum de la confusión existencial. Y mi literatura, al parecer, no escapa a ella.
-La gente no lee, Artemius, es un hecho.
-Mis letras no tienen dignidad alguna, querido Vinicius. Me duele reconocerlo por el aprecio mutuo que nos tenemos y la confianza que nos liga, pero es preferible que lo sepas de mis labios y no de un adulador de mi obra, antes que la leas. -Vinicius bebió. Artemius lo siguió.
-Escribes como si estuvieras hablando con tu mujer, que escribes…¿qué escribes?
-¿Escribir, Vinicius? “No hay tiempo para escribir/Ni tiempo para leer/No hay tiempo para saber/Ni tiempo para entender/La Biblia ya caducó/En un rato lo harás tú”, nos dice el profeta encrucujado. Pero no ha de tener razón…
-Si bien es cierto tu pensar, querido Artemius, pienso que la gente ha dejado de leer literatura, para dar paso a otro tipo de lectura, un sesgo de lo que fue -Vinicius torció la nariz, moviendo incluso el blanco bigote, lo que llamó la atención de Artemius- antaño. La celeridad de la vida posmoderna le ha quitado motus a la escritura, y no es sólo por el bombardeo masivo de mensajes que carecen de mensaje, sino porque se la ha vejado al orden de la inapetencia. Hasta se ha pensado que es un esparcimiento vetusto.
-Disiento contigo, Vinicius. La gente escribe, pero escribe basura. Escribe etiquetas de snacks, escribe diálogos de telenovelas, escribe poesías de autoayuda, escribe fraseos y escribe alguna especie de canciones sin armonía. Escribe también consejos que nunca emplearía y escribe sus logros. Escribe lo que debe ser y lo que hay que hacer. Escribe todo lo que se le presenta entre sus juicios, escribe todo como si se tratara de emoticones y de grabaciones, querido Vinicius.
-Desde ya, Artemius, desde ya. Si no da rédito, si no ofrece ventaja alguna, no es motivo para desearlo.
-¡Oh, Vinicius! Lo has expresado bellamente. -Artemius se levantó de la silla invitando a un brindis, pero Vinicius se contuvo agachando la cabeza.
-Igualmente, duele… -Vinicius bebió. Artemius lo siguió.

Más allá

Detrás de cada poesía,
se esconde un sentir, alegría.
Detrás de cada poema,
muere en tristeza una pena.

Entre letras y algún signo,
nacen estrofas y un himno.
Entre mi vida y tu mente,
a veces hay un abismo.

Por eso te habla mi alma,
te pinta tu día, da calma,
te habla de bellos sentires,
que vergüenza, no me mires.

Te canta en suaves pensamientos,
dulzura, nobles sentimientos,
tararea melodías, si escuchas,
tu vida es paz, ahora sin luchas.

Tu alma se llena, así, de gozo,
mi corazón es puro alborozo.
No te prometo ilusiones,
ni así lo haga en visiones.

Vivir sin más, ves, no es poco,
a veces, tu rostro evoco.
Me esconde la luz del día,
detrás de cada poesía.

La logia de Theo

A mis queridos hermanos.

 

Con Ramiro, hace cientos de decenas de años, cuando éramos grandes, entramos a una casa abandonada aspirando a un poco de sosiego en la virulenta sociedad y nos encontramos rápidamente con tres sorpresas inexplicables: primero, no estaba abandonada, pues la misma estaba llena de gente que como nosotros buscaba un lugar de tranquilidad; segundo, no habíamos entrado sino que apenas la habíamos observado a través de una hendija que permeaba luz; y tercero, no se trataba de una casa, sino que era…un… planeta.

***

Después del susto que nos llevamos, corrimos a toda velocidad hasta un hospital semiderruido. Recorrimos los pabellones en busca de alguna medicina que disipara el dolor de estómago y las náuseas que sentíamos en el vértigo del descubrimiento, pero los pocos doctores que encontramos estaban demasiado ocupados jugando póquer y no nos daban pelota. A lo lejos, en un pasillo oscuro, nos pareció ver la figura de una enfermera. Le dimos alcance y nos quedamos mirando sus manos en las que llevaba doce jeringas llenas de líquidos viscosos en cada una de ellas. Cuando alzamos la vista, nos dimos cuenta que era Mariana, radiante y coqueta, y se alegraba de volver a vernos después de tantas décadas. Le explicamos un poco lo que nos pasaba pero se negó tajantemente a pichicatearnos alguna medicina, pues decía que nuestro mal era de orden teológico y no estomacal. Tratamos de explicarle que todos creemos aún incluso cuando estemos en desacuerdo los unos con los otros o, también, cuando lo neguemos, que las diferencias son sólo superficiales y verbales y en la profundidad reconocemos la unidad. Pero ella estaba retratándonos con su celular en medio de las explicaciones y cuando ascendían las fotografías a su muro, aprovechamos para rajar.

***

Atravesamos toda la región hasta llegar a la costa. El viento nos despejó un poco las ideas, pero no los temperamentos. Algunos se bañaban en las aguas cálidas a pesar del frío. De algún lugar se empezó a escuchar una música que desconocíamos ni tampoco reconocíamos la procedencia. Tal vez habría parlantes sobre la costanera pero nuestra miopía no nos permitía encontrarlos. Es Chayanne, dijo Ramiro. Y le prestamos atención a la letra: un niño siempre es el rey…del amor. Discutimos el asunto entre los dos, exponiendo cuestiones que derivaron en una conversación de bueyes perdidos en la que divagamos un buen trecho, hasta que apareció Rolo, cabalgando, y nos reventó la burbuja en que estábamos respirando, con una sentencia fulminante: la única verdad es la realidad, nos dijo en tono firme y rostro severo. Después sonrió fraternalmente y se alejó a todo galope hasta que lo perdimos de vista a los pocos metros. Caminamos en la misma dirección y encontramos una mano. Nos preguntamos si sería la que arrojó la primera piedra.

***
En el crepúsculo de nuestra desazón, tras siglos de preguntas, nos quedamos dormidos entre tamariscos y palmeras que nos respondían en silencio y con paciente benevolencia. Soñamos durante setecientas noches, los sueños de todos los hombres hasta que despertamos en uno en común. Como teníamos hambre arrojamos las redes al mar, pero sólo recogimos todo tipo de basura: botellas, empaques, cartones y latas vacías. Muy cerca nuestro había una sombrilla multicolor. Nos acercamos y allí estaba, nada más ni nada menos que Gabi, nuestra divina hermana. Estábamos muy emocionados los tres y, mientras comíamos unos bizcochos tomando mate, nos pusimos al día conversando varios lustros ininterrumpidamente. De la radio nos invadían con todo tipo de preocupaciones, pero ella la apagó y, nuevamente, sentimos la paz que reinaba bajo los pies del hombre. “Él tiene el mundo en sus manos”, nos dijo luego. Nosotros miramos hacia la orilla y vimos que venía corriendo un niño-rey con una sonrisa natural que apenas conocíamos por fotos, llevando una enorme pelota que se asemejaba a un planeta. “Theo, lógico”.

 

Tus lágrimas aplacarán mi sed

Anoche, mi estimado amigo y colega Carol Lewin se suicidó. Previamente, me había narrado la novela que venía preparando y recién había comenzado a escribir. Con eje en un novedoso sistema electrónico digital en el que la gente se encontraba en un lugar virtual, denominado holorgasmia, para encontrarse en alguna privacidad que el mundo les había arrebatado, ya que todo, absolutamente todo era telefilmado debido a que la población temblorosa lo había aceptado dócilmente para alcanzar algún tipo de seguridad que la naturaleza de sus integrantes le negaba, y era sólo allí donde lograban el encuentro que había sido inviable en la escena local. Además, cierto sector de la población había comenzado a utilizar unos cascos que le brindaban todos los datos que requería de su interlocutor en frente con un golpe de vista: historia clínica, antecedentes policiales, currículum, etc. y el mismo se había popularizado. Sin embargo, la novela no tenía como pretensión anticipar la facultad de todos estos dispositivos electrónicos ya en circulación y la creciente y envalentonada sumisión del gentío a la dominación tecnológica, sino que eran el soporte de una narración paralela al discurso hegemónico que se debatía entre los beneplácitos de la época y la adormecida conciencia que lejos de buscar su máxima expresión se empalagaba con deliciosos chocolates y dulces caramelos de la era. Lo trágico de la vida del hombre no es ver cómo sus sueños se esfuman, sino más bien cómo sus pesadillas se desarrollan. La poética de la razón difícilmente sería comprendida en tiempos de exiliada sensatez. Pero Carol Lewin dejó su impronta y la existencia tragándose su celular.

Observa

Hay gente que mira sin ver.
Mira un auto y ve su valor
Una casa y ve cuánto sale
Un ser humano que cuánto tiene
Un celular como que va y viene
Un niño que será doctor
Un joven, su benefactor.
Y así sucesivamente procede
Mirando cosas, haciendo cuentas
Sin importar belleza o color
Si es sensible, profundo, veraz
Pues su materialismo es tenaz
Y no importa si serán ciertas
Las cosas, sólo cuenta es tener
Valorización y juicio de todo
Monetarizar quizá hasta el lodo
Para que lo encuentre la muerte
Rodeado de cosas de costo superlativo
Que le haga creer que al morir sigue vivo
Y trocó moneda por algo de suerte.

En el arte también sucede
Que ve pintura y paga fortuna
Para ostentar, su valor no su arte
Y así, todo así, malogrado
Sigue esa gente sin ver que precede
El remate en verso que aquí sale
Como corolario de lo expresado:
Que ve poesía y no sabe lo que vale.

El ladrón de poesías

Recolecto votos. Junto opiniones
recojo juicios, dichos, emoticones
palabras sueltas, conceptos, ideas
todo lo que diga aunque no lo crea
me viene al pelo para crear cuentos
poesías, relatos y hasta garabatos
pueden ser sobremesas o inventos
improvisaciones entre aparatos.
Usted desembuche lo que tiene
dígalo sin miramientos, mi bella
que al crear entre versos hace mella.
La capacidad por decir se sostiene
y aunque le parezca un tanto ridículo
no suponga que es pobre un artículo,
cada coma o punto tiene su peso
en una poesía, incluso el bostezo
pues aquí lo dicho es un acierto
y se lo debemos a su propia mente
que arroja palabras constantemente
dígame acaso si ésto no es cierto.
Por eso le robo al hablar lo que dice
lo tomo, lo saboreo, le doy forma
y sale de usted una poesía sin norma
le estampo la firma y digo que la hice.
( No obstante, me siento ruin, un vil ladrón
pues dichos versos se los debo a su corazón)

Elogio a la torpeza

Mis poesías se han plagado de aduladores
entre mis versos, las metáforas, hay belleza
que la capta un alma simple en su sonrisa
mas nadie me ha dicho que algunas peores
son tan malas, son tan torpes, que sus rimas
son basura de hojalata, pura hez lírica
no me dicen que no llegan, ya sin crítica
que más que poesías parecen doctrinas,
no me han dicho que ésto que brindo a diario
que creía tan sublime, es tosco y grotesco
y por creerles sus elogios, mis queridos,
he quedado en la ruina de la gloria, incomprendido,
sabiendo que mis palabras son el cesto
que tejen literario un excelso calendario.

Bajo el sol

Todo es nuevo bajo el sol. Cualquier cosa se puede mostrar, diciendo, miren acá, esto es nuevo, aunque el material del que esté hecho ya es en los siglos que nos han precedido. El hombre que busca los repuestos para su motor tiene manchas de grasa nuevas. La señora con el changuito que hace las compras lleva un limón nuevo. La joven que pasa con los libros bajo el brazo viste un suéter nuevo. El ave que canta en pleno vuelo realiza un canto fresco, nuevo. La brisa trayendo aire limpio es la novedad del día.

Cualquier cosa aprovecha el hombre para colmar su corazón este día. Aún sabiendo que su quehacer no será eterno, él se entrega voluntariamente a la cotidianeidad de lo nuevo. Yo no voy a dar mi corazón a inquirir ni buscar con sabiduría todo lo que se hace bajo el cielo; ese penoso trabajo que dio Dios a los hombres, pero que se ocupe él. No voy a andar mirando todas las cosas que se hacen bajo el sol, para luego decir: miren aquí, todo es vanidad y aflicción para el espíritu. No. No voy a dedicar mi corazón a conocer la sabiduría, ni tampoco a entender las locuras y los desvaríos, para saber después que también esto es aflicción para el espíritu. A mayor conocimiento, mayor dolor, parecería ser el lema de todo filósofo que no ha llegado a comprender, por eso lo repito como un papagayo.

Yo no le diría a mi corazón que lo probaría con alegrías, para que goce de distintos bienes, porque sé que él me mandaría al demonio. La risa me dijo: me haces llorar, y el placer me dijo: che, qué bueno que está esto. Iba a llenar mi estómago de vino y otros deliciosos licores, pero mi corazón dijo: ¡shhh! no hagas ruido que estoy durmiendo. Entonces imaginé que agrandaba mi obra, que edificaba casas, que plantaba viñas, me hice huertos y jardines para plantar en ellos árboles frutales, muchas cosas más realicé, incluso guardé montones de plata y oro para que cuando no pueda hacer cosas algún otro las haga por mí. Y miré todo lo que habían hecho por mí, y les dije: che, esto también me aflige el espíritu, ¿no lo habrán hecho debajo del sol? Entonces me avivé, pensando que lo mismo que le pasa al tonto le pasa al sabio, por lo que ¿Para qué voy a trabajar para hacerme más sabio? No hay que ser tan pelotudo. Además, del sabio y del tonto todos se han de olvidar en los días venideros, y es más, por muy sabio que seas también te alcanza la muerte. Después de pensar esto dije: pucha, tan tonto no soy. Entonces vi la vida con otros ojos y agradecí este milagro que significa estar vivo por ahí. Agradecí el trabajo que había hecho bajo el sol, el cual a mi muerte otros lo habrán de tomar para sí. Entonces, otra vez, mi corazón se llenó de alegría por todo el trabajo hecho aunque no distinguía si sería al tonto o al sabio en quienes caería la obra que había realizado. Porque a pesar de los dolores que dan los días y de las molestias que da el trabajo, el corazón así reposa colmado de satisfacción. Hay algo mejor que buscar la alegría en cosas como comer, beber o hurgarse el ombligo, que es alegrar el alma del hombre. Por eso, se puede decir que Dios le da sabiduría y conocimiento al hombre que le agrada, pero al que le cae mal por lo que fuera lo tienta a juntar montones de cosas para matarlo de tanto acumular. De guacho nomás.

Estoy sospechando de que también esto es vanidad, ¿o será que no hay nada nuevo bajo el sol? Cuando sea el tiempo de hacerlo lo estudio adecuadamente.

Signos de la era

Era que pregonaba individualismo
Era de luces, cámaras y acciones
No hubo quién, raro, en el abismo
Que en el show revelara direcciones
Tan siquiera un reflejo de ti mismo
Chimpancé que forjaba relaciones,
Se encariña con mascotas y exitismo
Le festeja al esquema tentaciones.
Hay verdugos del neoliberalismo
Que triunfan en todas las defunciones.
El aplauso ni tan sólo es eufemismo
Es un signo de una era de emoticones.

El venado

Mientras bebía un café, Arturo leía las noticias del día anterior. Entre ellas, una hablaba de la muerte de un policía que accionó su arma sin querer mientras la limpiaba. Al revolver la taza, Arturo observó una mosca que se paró en el borde de la misma. Esta tenía dos cuernos que sobresalían de su cabeza y él, lejos de espantarla, la contempló. Una rareza de la naturaleza, pensó. Levantó la taza para beber y el insecto huyó volando. Tras permanecer leyendo varias notas periodísticas, terminó de beber el café y llamó al mozo para pagar. Cuando éste se hizo presente, Arturo observó dos protuberancias en la frente del empleado que antes no había notado. Intentando ocultar con disimulo su atención, pagó por lo que había consumido y se marchó. Al salir, un perro le movía la cola jugando con una rama. Arturo la recogió y se la tiró lejos. El can pronto volvió corriendo y cuando Arturo lo miró vio que el mismo tenía dos cuernos en la cabeza. Le pareció raro, pero pensó que tendría alguna cruza con cabra o algo parecido y se desentendió del asunto. Caminó hasta la parada de colectivos y allí había un anciano esperando impacientemente. Arturo lo miró detenidamente. El hombre vestía un ambo gris y llevaba un sombrero del mismo color. Sobre el mismo, se extendían a través de unos agujeros unos cuernos parecidos a los de un alce. Evidentemente, salían desde la cabeza misma de aquél hombre.
-Lindo día. –dijo Arturo para entablar un diálogo.
-¿Qué tiene de lindo? Es un día como cualquier otro.
-El tiempo es agradable. No hay humedad ni hace demasiado calor.
-¿Y con eso se contenta?
-¿Por qué no? Hay que estar agradecido…

El hombre se subió al colectivo que se detuvo frente a él. Arturo no se animó a preguntar por su cornamenta. Luego, subió al colectivo que estaba esperando y al hacerlo vio que el chofer ostentaba sobre su testa un par de cuernos magníficos, largos y brillantes. Se sentó al fondo del ómnibus que estaba casi vacío. La música que se escuchaba lo tranquilizó por un momento. Extrajo de un bolsillo un libro que llevaba consigo y se quedó leyéndolo en el trayecto. Al bajarse, la calle estaba desértica. Bueno, no tan vacía pues había allí sobre la vereda una paloma blanca. Cuando Arturo la observó no pudo creer lo que tenía delante: la misma tenía sobre su cabeza dos blancos cuernos. Al pasar cerca, el ave emprendió raudo vuelo hacia el firmamento y se perdió de la vista de Arturo. Caminó hasta su casa, a unos treinta metros y abrió la puerta al llegar con una de las llaves. Se sentó sobre el sofá y, al poco tiempo, sonó el timbre. Cuando fue a atender vio entreabriendo la puerta que se trataba del cartero. No fue menor su sorpresa cuando observó que éste tenía dos cuernos doblados en la cabeza.
-Certificada. –dijo el cartero.
-Lindo día, ¿verdad?
-¿Qué le ve de lindo?
-Temperatura agradable, no hay viento, ni llueve.
-Agradezcamos también que no nieva ni caen bombas.

No supo cómo encarar la conversación acerca de los cuernos del cartero, que ya había observado de distintas formas y tamaños en otra gente. El tema de por sí le llamaba drásticamente la atención, pero no tenía a quién recurrir. Firmó la planilla del cartero y se despidió. Ingresó nuevamente a la vivienda y abrió la carta que había recibido. Era de su amigo Enrique, que estaba viviendo en Bogotá hacía unos meses. En ella, le narraba sus dificultades económicas y un mal trance que sufrió con una mujer. Cuando terminó de leerla, retornó a su pensamiento la idea de averiguar el origen de aquellos cuernos. Desistiendo de la posibilidad de preguntarle directamente a quien los llevara en su cabeza por pudor o vergüenza, sólo le quedaba averiguar con Nancy, su novia, si es que ella sabía de qué se trataba el asunto. Algo que dedujo de todo aquello era que sólo lo había visto en hombres. ¿Se había cruzado con alguna mujer? Si, en el colectivo había dos damas y ninguna llevaba cuernos. Y de los animales no podía determinar su sexo. Se tomó un taxi a la casa de su novia. El taxista, por supuesto, llevaba en su cabeza dos largos y delgados cuernos. Ya no le llamaban tanto la atención el hecho de saber que todos los tenían, sino sólo sus extravagantes y diversas formas. Pagó el viaje y se bajó en la puerta de la casa de su novia. Tocó el timbre y enseguida estaba ella en la puerta.
-¡Arturo! ¿Qué hacés acá?
-Te vine a ver. Además, hay algo que me inquieta.

Ella lo besó y luego ambos ingresaron a la vivienda.
-Creo que estoy viendo visiones.
-¿Por qué? ¿Qué viste?
-Todo el mundo tiene cuernos.
-Ah, sí, es normal porque ya entró en vigencia el decreto.
-¿Qué decreto?
-El decreto presidencial que obliga a los machos a implantarse cuernos. Según estudios científicos, los animales que tienen cuernos sólo atacan en defensa y nunca a las hembras. Así, desaparecerán los asesinatos y el maltrato a la mujer. Me parece una medida sensata.
-Es una locura.
-Mirale el lado bueno. Con cuernos se termina aquello de la gastada por infidelidad ya que todos están en las mismas condiciones.
-¿Y me los voy a tener que poner?
-El viernes. Como vivís en babia, yo misma te saqué el turno.
-Qué desgracia…No sé si darte las gracias.
-Decime, ¿qué te gustaría? ¿De okapi, de cabra, de antílope?
-Creo que de jirafa.

Linyera

Soy –casi- un muerto de hambre,
que renace solamente pa´ comer.
Soy los restos del hombre,
los despojos que ya no se quieren ver.

Soy lo que quedó de un ser
despreciado, que ella no supo conocer.
Soy lo que sobra al paisaje,
soy el camino y cobro peaje.

Soy tu esquiva y tenue mirada
que al pasar sigue, como si nada.
Soy como un pez, dentro de un frasco,
dejan comida, tal vez por asco.

Soy una lata de atún vacía,
de la ciudad soy la alcancía.
Soy una mano pidiendo pan,
si pido queso algunos dan.

Soy un valiente que ha abandonado,
y hay quien dice: es un desdichado.
Soy un faltante, soy la carencia,
soy lo que sobra a la delincuencia.

Soy peor que nada, soy desazón,
soy sólo un alma sobre el cartón.
Soy una antigua guerra perdida,
un gran laberinto soy sin salida.

Soy el presente, soy el destino,
tal vez me ayudes a comprar vino.
Soy un linyera, no un peregrino,
soy otro croto en tu camino.

Soy una mano extendida al paso,
una moneda dejá en mi vaso.
Soy un testigo de la pobreza,
alguien ha dicho: pobre cabeza.

Soy la vergüenza en tu sociedad,
soy impostor de la realidad,
porque creés que soy pordiosero
y soy un rey pidiendo dinero.

Tengo algún vicio, maravilloso,
es disfrazarme y sentirme hermoso.
Soy vanidoso, pero de bello
no tengo nada, sólo el cabello.

Soy engreído, y a la mañana
me gusta verte, cada semana,
que a veces digas: pobre alma en pena,
y en mi palacio reír en la cena.

Soy el último rey de copas,
soy naipe roto, de sucias ropas.
Soy espejismo, soy un mendigo
que a veces no soy lo que te digo.

Si digo que soy sólo un engaño,
no se me quita dándome un baño.
Soy fantasía real como vos
que no sabés muy bien lo que sos.

Pero hoy no quiero atormentarte,
por ahí, quien te dice que soy el arte.
Que soy poesía en tu alma secreta,
que soy la vía que dio la receta.

Pues algo cierto te he dicho hoy
y es que tan sólo soy lo que soy.

Evolución

Progresan los emoticones
evolucionan los patacones
fotografías y caretas
financieras bicicletas.
Cansa tu cara de selfin
la inteligencia del delfín
¿Hay algo que comprender?
Aquí todo es cuestión de ver.
Es lindo observar cuando ríes
cuando crujes, bailas, sonríes,
cuando una palabra o pavada
toca tu alma encantada.

Contacto astral

( primer capítulo del libro “Contacto astral” )

Cuando lo llamaron, esa noche, Arturo atendió sobresaltado. Creyéndose aún parte del sueño, tomó el tubo y preguntó quién hablaba.
– Soy Quique. Parece que te encontré dormido. Tengo algo importante que contarte. Decime si venís vos o busco otro interlocutor.
– Ahora voy. Dame unos minutos que me visto.

Se vistió cansinamente Arturo, lavó su rostro y se fue hasta la cochera. Al llegar a la misma, notó que no había tomado la llave del automóvil. Regresó hasta el departamento y observó una figura femenina que golpeaba la puerta de su departamento.
– ¿A quién busca?
– Hola Arturo. Necesito hablar un momento con vos. Decime que tenés cinco minutos para mí.
– Gladys, pasá, pasá. Si no te alcanza con cinco tengo hasta diez. Después me tengo que ir por un asunto.

Al ingresar al departamento, comprobó que Gladys había estado llorando recientemente. Ella le habló de su constante batallar con su pareja, de su aparentemente interminable disputa con él.
– Me tiene harta. Un día está todo bien, al otro no lo puedo ni ver. De a ratos está de buen humor, de repente no le podés ni hablar porque todo lo irrita. Me tiene podrida.
– Mandalo a cagar.
– ¡Ya le dije! Pero vuelve otra vez, pidiendo perdón. Está bueno dos horas y al rato, otra vez, sonado. No sé, para mí que sufre de vértigo.
– ¿Vértigo? Pero si viven en un primer piso nomás. –inquirió Arturo.
– Lo que pasa es que soy muy versátil. A veces con mis palabras lo elevo a dimensiones que el pobre no está preparado para sentir y se marea. Le hablo de amor, de vida, de eternidad y es demasiado etéreo para él. Quisiera que le hable de básquet y milanesas.
– Que se las haga él, vos no estás para fritangas.
– Es lo que le vengo diciendo. ¿Y qué hace? Llama a una casa de comidas y se las pide ahí. Encima las tengo que pagar yo. ¿A vos te parece?
– ¡Qué injusticia! –exclamó Arturo- Vos te merecés algo mejor. No sé qué le viste a ese gandul. Vení, dame un beso.
Gladys se acercó y lo besó. Arturo recordó:
– ¡Quique! Me voy. No derrames tus lágrimas en vano. Pensá en otra cosa, ¿Por qué no me escribís un poema?
– Me voy a tomar una copita de ron.

Arturo tomó las llaves del auto y se fue hasta la cochera. Estuvo un buen rato dándole arranque al mismo. Es el burro, pensó Arturo, lo tendría que cambiar. Se fue hasta casa de Quique. Cuando llegó encontró todo muy oscuro. No se vislumbraba ni un pequeño haz de luz de ningún tipo. Ni siquiera algún pequeño reflejo de un led. Qué raro, pensó Arturo. Tocó el timbre y le pareció que no sonó. Insistió y comprobó su sospecha: no sonaba. Golpeó fuerte.
– ¡Quique! –llamó.
Nadie respondía su llamado. Volvió a golpear. Una, dos, tres veces más. Al rato, desde el techo de la casa le chistaron.
– Arturo. –le hablaron con voz muy baja- ¡Arturo!
– ¿Eh? ¿Qué hacés ahí? Hace media hora que estoy tirando la puerta abajo.
– ¡Shhh! Da la vuelta por el patio y subite por atrás. Dejé la escalera al lado de la puerta trasera para que te resulte más fácil.
– ¿Qué pasa? ¿Te busca la policía? –preguntó Arturo.
– Hacé lo que te digo, ahora te cuento.

Arturo fue hasta el patio y subió por la escalera al techo de la casa. Quique tenía las manos vendadas y un sombrero que le cubría toda la cabeza y gran parte del rostro.
– ¿Qué hacés disfrazado? –le dijo Arturo.
– Callate, salame. No sabés en el lío que me metí. Estuve revisando los últimos correos y resulta que tenía correspondencia de Asuntos Espaciales. Lo leí una semana después, lamentablemente. Me contactaron porque, parece ser que recibieron ondas de Marte, en las cuales descifraron que yo iba a ser el próximo en ser raptado por los científicos de allá. Me seleccionaron por un estudio que me hice el mes pasado. Se ve que les gusté. Asuntos me ofreció protección, pero no confío en el gobierno. Mirá, aquél de la esquina es uno de los marcianos.
– A mi me parece un tipo común…
– ¿Y qué esperabas, un monstruo deforme? Ese le hace de campana a los científicos. Acá no me pueden llevar. Pero Asuntos está buscando cualquier excusa para que la policía me arreste y sea llevado con ellos. Quieren saber por qué me buscaban de Marte. Estos guachos…
– ¿Y ahora qué vas a hacer? –preguntó Arturo.
– Pedí asilo en Plutón. Pero no me pueden llevar hasta que libere el paso.
– ¿Estuviste tomando?
– No seas boludo, che. Por eso te llamé a vos. Me tenés que abrir el camino, sino soy achura.
– ¿Y si dejás que te lleven los de Asuntos Espaciales? Capaz que te hacen un interrogatorio y te largan en seguida.
– Ni loco. Me voy a Plutón, ya lo decidí.
– No volvés a la Tierra ni en la puta vida…
– Con la tecnología que tienen, me toma un día de viaje. Estoy una semanita, se les vence el plazo para raptar a los marcianos y pego la vuelta. Después si querés nos vamos al casino. –le dijo Quique.
– ¿Cómo que se les vence el plazo?
– El gobierno le autoriza un rapto por semana. Si no lo utilizan, los multan y pierden dos turnos. Tienen que esperar toda la vuelta. Acordate que Neptuno tiene plazo de veintiún días.
– Yo qué sé ¿Ahora para qué me necesitás a mí?
– ¿Trajiste el celular?
– Si. –respondió Arturo.
– Este el plan: hacés una llamada a quien gustes. La llamada tiene que durar el tiempo necesario hasta que me rescaten de Plutón. Mientras hablás, tenemos que ir hasta el café Tocayo, que es donde pactamos el rescate. Con tu conexión satelital, los marcianos no pueden hacer nada para intervenir. Si no se corta la llamada no hay ningún peligro, excepto que la policía haya encontrado la excusa necesaria para llevarme.
– Bueno, dale, ¿en qué nos vamos?
– En tu auto, el mío quedó en el taller. –le contestó Quique.

El auto de Arturo puso resistencia para arrancar. Quique logró que el mismo arranque con bastante dificultad. Mientras tanto, Arturo iba hablando por teléfono.
– Venite para casa que tengo un licorcito para que degustemos juntos. –decía la voz de una mujer.
– En un rato voy. Sabés que no te abandono y menos cuando más necesitás. ¿Qué se sabe del innombrable?
– Me parece que ahí llegó. Creo que te voy a tener que cortar.
– ¡No! No me cortés ahora.
– ¡Que no corte! ¡Que no corte! –exclamó Quique gritando.
– Escondete en el baño y seguime hablando. Me encanta tu dulce voz. –le dijo Arturo.
– Después te llamo, vida de mi vida. –dijo Gladys y cortó.
– Cortó. ¿Ahora qué hacemos?

Quique pisó el freno en la mitad de la calle y se bajó corriendo del auto perdiendo el sombrero en el mismo, en dirección a un camino sin luz. Arturo, se asomó por la ventanilla y le gritó:
– ¡Loco de mierda! ¡Volvete a la luna y quédate un año!

Se sentó Arturo en el asiento del conductor e intentó darle arranque al automóvil, el cual seguía fallando. Mientras lo hacía, un hombre se le acercó. Le dijo:
– Disculpe, señor, estoy un poco perdido y no conozco bien el lugar ¿Me puede decir para dónde queda Saturno?

( El libro completo se puede descargar aquí )

De palabras

Frases que son memorables
recuerdos insoportables
la palabra detestable
un sentido indescifrable.

Un insulto camuflado
en elogios disfrazado,
un concepto equivocado
por otro distorsionado.

Una palabra de aliento
quejas y algún lamento
si amar es un sentimiento
repleto está el pensamiento.

Oraciones y poesías
expresiones y alegrías
la voz de todos los días
gritos de algarabía.

Un sermón o un discurso,
el dictado en otro curso,
la cultura la sostiene
la mente así se entretiene.

De un himno, su nacimiento,
de canciones, presentimiento,
en la tabla, mandamiento,
en lo eterno sólo un momento.

La palabra está en eso
y está la flor del cerezo,
dando vida en cada instante
asistiendo hasta un infante.

Es ella que vitalmente
te despierta en el presente
A veces causa un descuido
si no sirve mejor lo olvido.

Es vida y también camino
que transita el peregrino
que busca, acaso, verdad
y halla, así, libertad.

Pues libre de haber andado
diversos caminos transitado
así puede reconocer
lo ilimitado del ser.

No ser nada no es mentira
si lo dice el que delira
ser todo parece poco
si lo afirma un pobre loco.

Entonces, ¿acaso somos
un libro o algunos tomos
de una historia ficticia,
si una palabra te acaricia?

Será que sencillamente
lo que es lo es simplemente
sin un asomo de duda.
Lo dijo mejor un Buda.

Abecedario fantástico cantable

A…: Anoche llamó Ana, avisó que todos se están volviendo pelotudos.
B…: ¡Bestias! ¿Cómo pasó? ¿Qué pudo haber sido? ¡Brutal!
C…: Creen que se disparó. ¡Caput! Estalló la hilarante megahipercandórica. César dijo que fue accidente. Cuando algunos se inclinan a pensar que la tiraron los hunos, otros sin inclinarse suponen que fueron otros.

En eso llega CH…, chamuscado, corriendo, agitado, demacrado, con cara de chanta: Che, ¿se enteraron? Chocamos. “Decí que no vivimos en un frasco…”, dijo D… y detalló: “…excepto P…, que parece precario, todavía no concretó el escape”.
F… (flameando sobre una pata, la izquierda, la derecha era de fibra de vidrio): Fácil, que alguno regrese el tiempo atrás, como en la ficción. Sería fabuloso, fenomenal. Funcionarían las fábricas febriles filosóficas.
E…: Eso ya se hizo. Te explico: no funcionó. Esa idea expiró. Estimamos fue estafa. Estudiaban eternizar la estolidez.

En aquél instante apareció G… vigoroso, con todo su esplendor, en su apogeo y aclaró la situación: Gente, aún no sucedió, absténganse de graznar, ustedes están superponiendo acontecimientos imaginarios nacidos de los divagues de sus pensamientos divergentes. El regente gestiona guardar agua. Aguantemos, en la guantera tengo algo. La gloria no es sólo gregaria. “Ma´ ¿qué diche este pelotudo?” -moduló M…, arqueando las cejas en un movimiento melódico-. H…, que acudió haciendo heces hidalgamente, enmudecido, no habló. I…, instintivamente, inquirió: ¿Quién informa que indisolublemente dieron indicios de indignantes ridículos itinerarios? Ineptos.
Q…: ¿Quién quería coloquio? Comuníquese. -dijo mientras bajaba la escalera que comunicaba con la planta alta, la más elevada, la superior, la de arriba, aquella que está allí.
N…: Nadie te nombró, ¿sos nabo?
J…: Jacinta eres juerga juglar. Das jaqueca, a mi juicio, ja ja. -aulló jocosamente con lágrimas en los ojos.
K…: Keniata tenía que ser Karina. Te vas a quedar ronco de reírte tanto.

Luego, lentamente, cual lascivo ladrón, se aproximó L… dando alabanzas, cantaba la mar estaba serena, y atrás llegó LL… que llevaba llamativamente la llave de quien lo acompañaba: su llameante compañero. Era Ñ…, que masticaba restos de ñandú añejo. “Rápido”, sentenció R…, “Rajemos, que viene V… vibrando cual vendaval”. T… tomó tres tranvías, tras cartón, treinta y tantos tequilas y así, tristemente, terminaría trasteando en Turquía, mientras S… salía silbando suavemente, en soledad.
X…: Estamos demasiado excitados, exultantes. Sedientos de éxito. Exhumemos a W…, ¿Recuerdan que lo pateó un wincofón? O… quedó boquiabierto.
U… (usando un megáfono unicolor): Utilicen la salida de emergencia. Usen mamelucos, los eunucos sobretodo. Acaban de clausurar la usina.

En aquél instante, apareció Z… de un zarpazo montando a Plata, astuto tal zorro fuera, con el grito a viva voz: “¡Zarpemos! Zánganos. ¡Cazaremos a esa raza de zapallos aunque pasemos zozobra!”.
Y… Cada quien estuvo contento, ese fue el final del cuento.