Al sur de la frontera

No sé qué ocurre detrás de la pantalla que les muestra este texto, pero por estos lares llueve, y llueve más adentro que afuera. Será por las goteras, goteras en los sentimientos al ver a través de las pantallas, al recorrer las calles, las miserias que se viven y que padece nuestra gente, sentimientos encontrados porque, claro, así mismo se gozan de los bienes que la vida ofrece. Sí, hay cuestiones de injusticia que podemos corregir con entusiasmo, y siempre podemos dar una mano a quien lo requiera, pero hay otras que en el mundo maquinal escapan a nuestra jurisdicción, a nuestro ámbito del quehacer y es allí donde una palabra cálida, sentida, puede aliviar los malestares como la medicina que llega justo cuando nuestros males se acrecientan, cuando la esperanza se marchita como el frío invierno en un suave chillido musical de la mente. Necesitamos un nosotros que prescinda del ustedes, por anexo, por humanidad o por lo que corno fuera, un nosotros bien entendido, un tú-y-yo sin conjunciones que nos separen, algo que sólo ocurre con la maravilla que place la música que nos invita a bailar. Llueve, casi lo había olvidado estando empapado de agua destilada, y es una lluvia que nos invita a buscar refugio y a soñar, como lo hacen los niños sin pretextos, aunque con los berrinches típicos porque querrían seguir jugando. La calle es tan gris como el domingo, pero los lectores tienen 32 mil colores en las pantallas que le impiden ver. El día no es triste, ni alegre, ni divertido, es el cuadro que pintamos con los pinceles del alma, esperando, sintiendo, conversando, escuchando, dando un poco de cada uno de nosotros cuando un ser humano se acerca con curiosidad y dialogamos acerca del porvenir, de nuestra gente, de esta lluvia insidiosa que no nos permite acariciar la primavera.

Fotografía de Jorge Guardia

¡Los Blogs Nadie los Ve!

Hace una semana, mi amor, estaba conversando y quiso contar las cosas que hacía. En consecuencia, mencionó mi blog. Me pareció curioso lo que me contó en términos de secreto. Se acercó y me susurro casi al oído: -mira, ellos dicen que los blogs nadie los ve. -Es cierto, le dije. Él me miró con […]

¡Los Blogs Nadie los Ve!

Por gente que piensa lindo y escribe lindo como Karol, es por la que hay muchos blogs tanto como el suyo que vale la pena leerlos.

El muro que no cae

El antiguo corrector ortográfico de mi teléfono, al escribir la palabra “otro” me la cambiaba automáticamente por “muro”. Lógicamente, esto obedecía a que los números que representaban cada letra eran los mismos. Sin embargo, cuántas veces nos encontramos ante un muro en el otro, insensible como piedra, sordo como tapia, cuando lo único que necesitábamos, antes de que nos venciera el sueño, era una palabra sentida. No obstante, la Vida misma siempre busca llegar al que está buscando, quizá de un modo incomprensible, y esa palabra, ese aliento vital, nos llega desde una página, desde un diálogo en una película, cuando el alma se ahoga en el lago del desaliento. Por eso, aunque duela y sea costoso, lo mejor es resistir, no ceder los terrenos conquistados, porque cada paso que hemos dado en el camino, incluidos los pasos en falso, nos han enseñado a caminar mejor, a mantenernos erguidos ante la indiferencia y a no reflejar con nuestros actos todo aquello que nos doblega en la calidad humana, cuando la única luz que alcanzamos a observar es la del fondo de las pantallas de los televisores que nos han entrenado para ser dóciles espectadores de nuestra propia vida. Y quizás, de tanto oír con desgano que somos seres de luz, un día lleguemos a luminarias.

Epifanía de escritores

No sé cómo vienen ustedes, mis estimados colegas de pluma que manchan de tinta las flores, con vuestros lectores en estos tiempos, pero a mí me lee a diario nada más ni nada menos que nuestro criollo y nunca bien ponderado Don Corrector Ortográfico, estratega de la parapsicología y videncias y gerente de viáticos imperecederos. Con esto no quiero despertar vuestra envidia, si no los lee ni mi abuela resucitada, ni mucho menos, cuando obsequian con palabras bonitas, crudas, resecas grandes sensaciones que colmarían de emoción a una mortaja, pero baste con decirle que hay que seguir afilando el lápiz, que hay que entintar la hoja en blanco con los mejores sentimientos en pos de las generaciones venideras, no claudicar ante el avance de la hermenéutica, y sobre todo hay que darle cauce al río verbal para que los lectores del mañana tengan la posibilidad de dormir calentitos y soñar, porque este mundo lo soñaron nuestros antepasados y mal que mal tiene su toque de belleza en los jardines primaverales de la cultura, con entrada libre a cambio de un paquete de arroz, y en los museos apostados en las mazmorras de la civilización encontraremos, sin descifrar, los papiros que nos indiquen la ruta de regreso a nuestras más bellas ensoñaciones. Por eso y por mucho más, escribid al alba y al poniente, escribidle a la bella durmiente, escribidle a la gente, que si alguien os lee, un solo varón, habremos vencido al convenio colectivo de la estolidez que nos tenía sojuzgados a la intemperie de la idolatría pop, guardados en un rincón, como una planta de potus sin regar, esperando la muerte. Recordad que alguien leerá el título de vuestras vidas y se colmará de gozo.

La hora de la lectura

Compro libros que no sé si la vida me va a permitir leerlos, no sé si el tiempo me ofrendará la posibilidad de concederme las horas necesarias para enfrascarme, entre el trajín de lo cotidiano y los quehaceres, entre la voz que sale y se desmigaja y el poniente que me dice que el día se tira a reposar. Los tengo en un rincón, despojados del valor de mercado, como quien espera estacionar el vino, para degustarlos y sacarle el jugo cuando los minutos no me cobren peaje, para cuando la aventura sobre un caballo me diga: ¿Vamos a dar un paseo?

Pareciera

A veces, globalizados, la vida es un scroll de pantalla, con mucho para mirar, poco para conservar o retener. Las imágenes se convierten en un río caudaloso, en un torrente vertiginoso sin mucho por decir, más que detractar nuestra atención. ¿Y quién es el beneficiario? Lindo título para una película. Antaño, la vida se comparaba a una película, hoy es un scroll cuasi infinito donde la muerte se nos presenta como un pantallazo azul, tieso, inexpresable, en el que esperamos que aparezca el técnico que venga a solucionar el desperfecto o nos restaure a valores de fábrica para reemprender nuestro camino en las viñas del Scroll.

Leer es una avenida de poco tránsito

Con la lectura el día tiene un paso lento. El trajín de los peatones son frases u oraciones que parecieran pasar como la señora va con los años y el gorro a cuestas hacia el almacén, o como el hombre camina con la barba por la mañana atravesando el aguanieve en busca de un atado de cigarrillos que le permitan pensar en otra cosa, y no en los males de la vida, que se disuelve como humo en el ambiente. Las palabras caminan, lento pero firme. Nunca en fila india, sino dispersas, noctámbulas, quizás con un hilo conductor que las lleva como buen pastor a las ovejas a un prado verde y a un afluente. Con la lectura, la vida se torna calma, como cuando la hamaca de las frustraciones se detiene y dejamos de prestarle atención, la atención de niños, al movimiento y nos centramos, nos enfocamos, en el paisaje que nos rodea como esa madre al niño que busca el refugio, el calor, y empieza a conocer el amor. Los puntos suspensivos propician la pausa justa para atarse los cordones y proseguir el camino sin tropiezos. Los puntos seguidos son como el parpadeo de los ojos, como el suspiro que nos permite llenar los pulmones, y continuar apalabrando el aire. Detenerse en una palabra, en una oración, puede transformar nuestra vida. Pero no hay tiempo para detenerse, porque el texto prosigue, porque el trajín continúa, porque esta lluvia no cesa, porque la música nos hace bailar para no perder la silla cuando se detenga. Y vaya si hemos bailado… Por eso continúa este periplo, por este sendero. Porque el camino que recorro aún no está trazado, y caminar es ir viendo cómo se abren las puertas de lo que fuimos, de lo que somos, de lo que seremos.

SEGUIDORES AL OTRO LADO DE LA VENTANA

Por costumbre o hábito, suelo publicar en este blog directamente mis textos, generalmente cuentos o poesías, y también algunos otros que no tienen una estructura bien definida, por lo cual no me detengo un momento a hablar del hecho que consiste en llevar un blog adelante, salvo desde el punto de vista de la escritura. Pero en esta ocasión, quería agradecerle a quienes se detienen unos minutos a leer por aquí, por este espacio ¿virtual? y dejan su huella con un like, si es que tienen cuenta en WordPress, o algún comentario de aquellos más osados o a los que la lectura les ameritó decir algo al respecto.
Cuando escribo y publico espero que lo expuesto pueda llegar a gustarles y si transmite algo más, mucho mejor, pero a la hora de crear a través de la palabra uno no sabe ni a quiénes ni de dónde serán los que les pueden gustar mis publicaciones, por diversos motivos culturales, etarios, intereses, etc. Por lo tanto, les agradezco a cada uno de los que visitan y visitaron al día de hoy este lugar, llamado La otra mitad, en referencia a que es el lector la otra mitad de cada texto, es decir, cada uno de ustedes.
Un abrazo.

Borradores, dilema existencial

Por un momento, en la vida de cualquier escritor ( no se diría en la carrera del escritor, ni aunque fuese una carrera filmíca, como aquella “Carrera contra la muerte”, en la cual se anticipaba la carrera fílmica de un joven terminator ), sea esta prolífica, versada, copiosa o farfullada en cimbronazos, que el material acumulado en la carpeta de “borradores” supera holgadamente un mal guión argumental de una serie bien actuada, con atributos visuales más que llamativos, de doce temporadas que constasen de ocho capítulos en cada una de ellas, en el que puede llegar a repensar el curso a propiciarle a todas aquellas ideas y no-tan-acabadas-ideas, es decir, a todas aquellas semillas de ocurrencias o raptos de lucidez esquiva, decíamos, por un momento, en la vida del escritor, del narrador, del poeta, del cuentista, del novelista, del sonetista, del redactor ideólogo, del que desea detener el flujo de los pensamientos con una cadena de palabras que rompan las cadenas y otorguen fluidez a la vida del escritor y, por supuesto, a la del lector ocasional sólo por un momento, los borradores acumulados en tal carpeta tienen dos opciones, dos naipes de la baraja para jugar, como luces y sombras de una ciudad en la noche que, alternativamente, posan y se desdibujan con cada aleteo de los murciélagos. Y amigos míos, en esta gótica ciudad global, no hay batihéroes que lo rescaten en su labor de darle rigor, sentido, coherencia y o lo que desee brindar o expresar a través de su pluma por lo cual, o bien jugará una carta, lo que probablemente le dé la posibilidad de jugar una cuantas cartas más, o jugará la otra carta, que quién les dice, no se convierta en carta ( la actualización cuatro-punto-zero dirá que no se trata de una carta, sino de un email o un largo mensaje vía whatsapp al que le clavarán el visto, sin ser leído como co rres pon de. Pero en fin, amigos, ustedes saben y conocen el valor de la intención ).