Literatura universal ( Microcuento )

Un hombre nació, vivió decorosamente, sorteó dificultades, se enredó en otras, entabló relaciones, destrabó compromisos, tuvo problemas -es cierto- pero no por ello se amilanó, se desanimó, fue un ferviente entusiasta, incluso quizás trabajó, creyó, creó, se desilusionó, amó la vida por momentos, estuvo en guerra con la existencia, hizo lo que todos hacen. Murió. Pero el final nos deja una enseñanza.

El sota ( Microcuento)

Ayer te llamé, pero no estabas. Barajé la posibilidad de encontrarte en el café. Cuando me quise acordar, ya te había olvidado. ¿Dónde te habías metido? Esperé. Fumé dos pitadas y me asquié. Guita no me sobra, pero un pucho es un pucho, y lo guardé. Había mucha gente caminando. Inicié una conversación con la vecina de mesa. Jodimos, bromeamos y en un momento incluso nos abrazamos. Kiosco cerca para comprar forros no veía. Largamos la carcajada.
-Mirá, sería bueno continuar con esto en un ambiente más cálido. ¿No te parece?
¡Ñandúes y comadrejas! Oí su sensual voz generarme un cosquilleo que bajaba desde el cerebro hasta mi entrepierna. Podría avanzar y tirarme a la pileta, pero algo que vi en su cartera me hizo dudar. Quizás era cuestión de… Reculé. Siempre recuerdo las palabras de mi amigo Marlon que me invitaban a desconfiar. Tomate un tiempo y pensá, me decía. ¿Usted qué haría? Viérame en semejante situación, de calor en ebullición. Wanda Nara, fea a su lado, me dijo que tardé mucho en decidirme y se fue, antes de responderme cuando le pregunté por su nombre. Xiomara, imaginé.
-¿Yo? Zoilo, la hubiésemos pasado bien. -le grité, pero ya iba cruzando la avenida y creo que no me escuchó.

EL BASURAL ( Microcuento )

Los desechos de la ciudad se reúnen para conversar, una bolsa habla de hermandad, una caja de falta de humanidad.
-¿A vos por qué te tiraron?
-Dicen que huelo mal y no sirvo para nada, casi como a un anciano que mandan al asilo.
-A mí me dijeron que soy descartable. ¿A vos te parece? Como naipe en el chinchón me tratan.
-Bueno, pero la sacaste barata, te podrían haber reciclado.
-Esto debe ser el purgatorio. De acá nos mandan a ese infierno que llaman el basural. –dijo la caja.
-No creo que lleguemos a tanto, yo por mi parte volveré y seré botella.
-¡Ahhh el viejo anhelo de volver! De reminiscencias y nostalgias de la buena vida, cuando éramos útiles.

SESIÓN ( Microcuento )

A fines de los 90, Julio, en su curiosidad juvenil, se dispuso a estudiar psicología, pero no porque tenía intenciones de ejercer la profesión, sino para tener un conocimiento más cabal de las cosas y la gente. Fue así, que tras leer un bibliorato gordo y pesado de numerosas sintomatologías, llegó con justeza y convicción, luego de un estudio exhaustivo de sí mismo y el conocimiento al que acababa de acceder, a diagnosticarse todo, al menos todo lo que se detallaba en esa publicación, desde obsesiones y pasando por manías hasta la inmortalidad.
Y quién sabe si hoy día en las sesiones semanales de psicoanálisis con el doctor Bloom que tan bien le sientan ( pese a que las realiza acostado ) no descubre algo más de su ser.

Epifanía ( microcuento )

Más allá de los argumentos de Darwin, por momentos más que un mono me siento el árbol del que desciende, con anchas y profundas raíces, sediento, un refugio para ciertos pájaros que vuelan y vuelan para anidar en mí. Y también me siento la sombra debajo, en la que los perros reposan y beben el agua que gentilmente les ofrece la vecina. Mis sueños, en tanto que árbol, son el viento que mece, la lluvia que baña, el sol que vivifica y una mirada cómplice. Todo lo demás es vigilia, despierto, casi casi como los hombres que pasan caminando y me arrancan las hojas y los niños que me quiebran las ramas y los borrachos que me orinan, muriendo y renaciendo con las estaciones bajo el haz de luz de luna que me nombra:
-¿Estás durmiendo, Evaristo?

Raras veces le contesto.

La depresión le vigila los pasos

La vida se le presenta con baches a Eduardo, como el pavimento, con huecos vacíos, con pozos anímicos, tras una marea de gente ansiosa, tras un mar de apatía e indiferencia, tras un vendaval de impresiones que el vivir diurno ofrece despojándolo de los sueños. El ritmo fluye, la vilipendiada armonía se enturbia con el ronroneo de los diversos motores, la música se torna mecánica, las voces metálicas, los abrazos se postergan, los puños se chocan en señal de disidencia. La antojadiza normalidad le muestra coreografías de danzas frenéticas y circulares. La moda atropella cualquier intento de reflexión, lo embiste, lo arrolla, y la ambulancia hace el resto del trabajo sucio. Dolores y penas se quedan en las profundidades, dentro, esperando el proceso que las purgue, esperando el retorno a algún atisbo de felicidad, aunque más no sea momentánea.
Esperar que el afuera le traiga lo que no está adentro, lo que no está en ningún lado, esperar palabras, rascar la superficie, observar imágenes en movimiento, fotografías estáticas, el correr del arroyo, el vuelo de las aves, el tránsito vehicular, el ajedrecístico tránsito vehicular, observar y escuchar, aburrirse, morir en el intento de vivir, respirar profundamente para refutarlo, hablar para negar la muerte, dar consuelo, llorar a mares, despertar con alegría, despertar con sueño, despertar sin levantarse, despertar en la oscuridad, despertar muy tarde para estar despierto, despertar porque es el único remedio. Y luego suspirar, y luego inspirar, dar vueltas en la cama, dar vueltas las ideas, dar vueltas los pelos, la cabeza, recorre la casa, dar vueltas por la ciudad sin mirar nada como si fuera la primera vez, sin mirar, mirando al cruzar la calle, mirando vidrieras, mirando pasar la gente, la gente común, la gente en su mundo, en el mundo en común, mirando a los que trabajan, a los que duermen, a los que andan, y luego caminar o más bien deambular, con los pies rozando las baldosas, tropezar. Subirse al auto y olvidar, manejar y no pensar, volver y recordar. Prender la televisión y buscar, buscar, buscar. Apagarla y dormir, y en el transcurso soñar. Desayunar a las 3pm. Y en el intento de hacer cosas, las cosas lo van haciendo. Erguirse, doblegarse, redoblar la apuesta. Limpiar todo, purgarlo, limarlo, extirpar impurezas. Mirar el espejo de reojo, con desconfianza, con cautela, con expectación, con sorpresa. Sonreír. No, no era lo que pensaba Eduardo: Era lo que pensaba. Pero ya no. Levantarse, una vez más, levantarse y andar.

Resurrección ( microcuento )

Era medianoche, hora del brindis, y Arturo literalmente volaba de fiebre, al punto de transpirar más que la copa de champagne de su mano. Pero nunca se enteró. Había dejado de tomarse la temperatura cuando la última semana de octubre descubrió en su anomalía, tras seis días consecutivos, que siempre le daba entre ventisiete y ventiocho grados, por lo que -pensó- si los médicos sabían esto lo iban a querer enterrar. Dicen que cuando el cajón tocó tierra, esa Navidad, todavía el vapor ascendía los ocho metros hasta la visibilidad de sus deudos.

Negoción

Carlos se puso un negocio de pensamientos. Colocó unos cuantos muy lindos, profundos, reflexivos, en fin una gran variedad en la vidriera, que no tardaron en llamar la atención de los que paseaban por el centro. Al principio, se llenó de curiosos, que le daban movimiento al local que de lunes a sábado estaba repleto, atestado de gente.
Pero le va mal, pobre. En dos meses no vendió un puto pensamiento, a pesar de que le rebajó el precio. El último curioso que pasó por el negocio de Carlos le dijo que estaban bien, accesibles, pero no tenía lugar donde meterlos.

Pasen y vean, señores

RÉPLICA EN MINIATURA DE CÓMO SE CONFORMA EL MUNDO DEL QUEHACER

Hay uno que hace algo, bueno o malo, útil o inútil, eso lo determina un consorcio de 70 personas. Hay uno que limpia y ordena lo que el otro hace o deshace. Hay dos o tres que aplauden lo que el otro hizo. Hay 10 que apenas si comen y se enteran de lo que hizo y hay 15 que se dan la gran vida a costa de lo que el otro hizo. El resto son unas 900 personas que miran toda la escena sentados en un sofá o acostados en una cama, reprueban, juzgan lo hecho y el estado de cosas, alzan la voz diciendo cosas como: ¿¡Pero por qué nadie hace nada?! Qué injusticia. Y luego se van o se quedan a dormir.

Claro, es un mundo pequeño, visto desde las anteojeras de un alazán, una réplica en miniatura de unas pocas personas en el ámbito del quehacer, digamos unas mil personas, y nadie lo extrapolaría a escala global porque hay muchísima gente, infinidad, que ha hecho cosas por los demás, por el mundo o por la vida misma y lo hace a diario pero eso no tiene incidencia en la práctica del quehacer cotidiano, que tanto nos da que hablar a los charlatanes de turno.

Arena de mar

Ufff…hay tantas cosas que nos pueden salvar del sufrimiento como la medicina adecuada: un amor, la sonrisa de una hija, terapias clásicas o alternativas, la palabra justa, un arte, la artesanía, un momento a solas, un coito, el primer mate de la mañana, una película espantosa, una frase en sentido figurado, la cebolla y el morrón, respirar profundo hasta perder el aliento, mirar la luna, el vino, la noche de paz, Jesús, una melodía armónica, la voz de un cantante, la letra de una canción, un libro o un pasaje de él, decir lo que pensamos, callar, afrontar el dolor, resolver un problema, resolver otro, recordar y olvidar, olvidar o recordar, besar, amar, sentir, gozar, escribir desde el alma, desde las venas, desde las tripas, razonar, entrar en razón, amar ( sí, una y otra vez ), cantar en la calle, recitar poesías, Darío, caminar mientras, caminar durante, caminar a pesar de, contar los años, perder la cuenta, soñar, dormir, despertar, inventar, crear, transformar, hablar sin decir tanto, decir sin hablar mucho, salvar, dar más, pedir, trabajar, escuchar a alguien, la amistad, oír, vivir. Pero hay algo que no podemos salvar, y es el instante que pasa y, sin aviso, se va.

Actualizate, Gastón!

-Hola Gastón, ¡tanto tiempo!
-¿Tanto tiempo de qué? Si nos vimos ayer…
-¿Cómo anda la familia?
-La familia bien, pero yo no.
-No sé si alegrarme o sentirme triste. Decime qué puedo hacer por vos.
-No, no puedo delegarlo, lamentablemente. ¿Puedo pasar al baño?
-Pasá, pasá. Lo único vas a tener que arreglarte sin el inodoro. Lo mandamos a sacar.
-¿Por qué tomaron semejante medida?
-Era obsoleto. Pertenece a otra época.
-¿Y ahora qué hago?
-Actualizate. Bajate los últimos drivers y en todo caso leé el manual.
-No entiendo Miguel. ¿Dónde hacen sus necesidades ustedes?
-Evacuamos por los poros como todo el mundo moderno. Vos estás out.
-Che, ¿Qué es ese olor?
-Perdón, no te avisé que estaba cagando.

Los tres valientes

En Bulubú, un pueblito sin conexión con el resto del mundo, tanto que nadie fuera de él lo ubicaba en el mapa siquiera y nadie dentro sospechaba que el mundo continuaba más allá de los límites establecidos, habían inventado un dispositivo muy entretenido, aunque no demasiado útil, llamado la mente analítica, BLV por sus siglas en dialecto bulubuense, que rápidamente se puso en venta en los almacenes generales del pueblo mediante el cual, quienes lo adquirían, lo ponían en funcionamiento y podían emplear ese precioso tiempo en vivir.
Sólo unos pocos, se estima que tres habitantes, lo compraron. El resto le daba vueltas al asunto, lo encontraba innecesario o redundante, y desistía de hacerlo. La mayoría nunca supo del invento.
De los tres que lo compraron, uno creía que si lo ponía en funcionamiento tenía mucho que perder, por lo que lo dejó sobre la mesa para poder observarlo mejor y encararlo cuando encontrara el coraje de hacerlo, aunque nunca lo encendió. Cada tanto se lo quedaba observando con suspicacia, hasta que lo fue asimilando como al resto del mobiliario del lugar y dejó de llamarle la atención, hasta que lo olvidó.
El segundo, quiso ponerlo en funcionamiento enseguida, pero al enchufarlo el aparato hizo un cortocircuito y saltó la llave térmica. Cuando todo volvió al orden, resolvió que lo mejor sería devolverlo, porque le entró la desconfianza y comenzó a analizar la situación, lo que lo llevó a resignar el dinero que había pagado por él, ya que no se lo quisieron reintegrar, con tal de deshacerse del dispositivo.
El tercero, finalmente, era muy perezoso, y a pesar de que lo había adquirido con entusiasmo, le llevó casi cuarenta años ponerlo en funcionamiento, porque cuando se acordaba que lo tenía la pereza le ganaba y se decía a sí mismo que lo haría después, en otro momento, que estaba cansado, y cosas así.
El día que el BLV entró en funcionamiento, el hombre ya era viejo, muy viejo, y no recordaba ni para qué lo había comprado. Lo enchufó porque todavía sentía esa curiosidad vital que, cuando no se dejaba abatir por la pereza, sentía ganas de experimentar. Lo enchufó y lo prendió, y se sorprendió en una mezcla de alegría y extrañeza, tanto que los vecinos más cercanos, distantes a unos cien metros entre sí, lo oyeron exclamar: ¡Bulubu non siñal!

Autodidacta

Generalmente, cuando de alguien se dice que es o fue autodidacta, el profesor y el alumno coinciden en la misma persona. Digo esto porque vi un cartel muy llamativo donde dictan un curso para ser autodidacta. El problema, como se imaginará el lector, es que al acometer la tarea de aprender a través de otros la forma, el método y o las técnicas para aprender de y por uno mismo se incurre en una contradicción en sí misma, en la cual uno acepta aprender de otros lo que debería aprender por sí mismo para llegar a ser lo que promete dicho curso, que inclusive otorga un certificado: Fulano completó sus estudios del curso y ahora es autodidacta calificado. Y no está mal, sólo que es como el que copia las respuestas y luego debe recetar una aspirina y termina recetando morfina porque le sonaba de algún lado, poniendo en duda sus facultades. En fin, les cuento todo esto porque me inscribí en dicho curso y aprobé con ocho, pero ahora, antes de querer aprender por mi cuenta justo ahora que tengo la certificación que me avala, me inscribí en un curso para aprender a desaprender, en el cual espero -sobre todo- desaprender lo aprendido y comenzar a recorrer el sendero del conocimiento de las cosas y del mundo pero, esta vez, aprendiendo por mí mismo, si es que no desaprendo lo aprendido en el último curso.