Cosas que pasan

Estaba frente a un portal que me conducía Dios sabía a dónde. Yo no. Y con eso no quiero negar que de algún modo sea una suerte de dios. Tenía la llave en mi mano pero no me atrevía a abrir. Sentía un cosquilleo en el estómago y no era hambre. Al otro lado me esperaba el destino, por lo que me decidí y abrí. Y no sólo eso, sino que además entré. Bueno, en realidad miento, porque la puerta no conducía a un recinto cerrado sino abierto. Por lo que salí a él. Mi primera impresión fue la de sentir una inmensa soledad. Allí, estaba convencido, no había nadie. Era raro, porque los sueños suelen estar llenos de personajes, pero este no era uno típico, si es que hay sueños típicos. Lo atípico es que sabía que estaba sólo en ese microuniverso, que no era pequeño, pero era sólo mío. Una luz cálida pero no cegadora inundaba el lugar. También había agua, en un pequeño arroyo del cual bebí hasta saciar la sed que sentía en ese momento. La sentí correr por el cuerpo, refrescando mi garganta, hasta reposar en el estómago. De repente, la soledad que creía me abrumaría, se disipó con la presencia de varios ratones corriendo delante de mí en fila. Algunos atravesaron el arroyo y otros parecían zambullirse en él. Todo había cobrado vida con mi mera presencia. Y eso me alegraba. Pronto, unas gaviotas alzaron vuelo sobre mí y se oyó el graznido de varias. Había varias plantas floreciendo junto al arroyo, de los colores más llamativos: celeste, violeta, lila, turquesa, ¡dorado! El aroma que emanaba de ellas era cautivante. Observé el arroyo y estaba poblado de peces naranjas y amarillos de diversos tamaños que nadaban en él. La paz del lugar me colmaba de satisfacción. Todo era perfecto, hasta que apareció frente a mí una figura colosal. Era un gigantesco cíclope que iba destruyendo todo con su mirada de fuego. A medida que avanzaba, quemaba pastizales, flores, árboles y animales. Era sin dudas Shiva, el dios de la devastación. En mi visión aparecía como una forma casi humana, a excepción de que sólo tenía un ojo. Además tenía dos pares de piernas y su piel era de color azul. Tenía una larga cabellera atada con una trenza y varios brazaletes de oro. Se acercó hasta mi posición y el temor me hizo arrodillar. Creí que sería fulminado rápidamente. Sin embargo, Shiva retornó hacia el horizonte desde el cual lo había visto venir y se perdió de mi vista.

La calma había retornado al ambiente. Nuevamente, varias aves acudieron en busca de alimentos, algunas lo tomaban del suelo otras pescando en vuelo del arroyo. Cuando creí que todo se desarrollaría en tranquilidad, grande fue mi sorpresa cuando emergió un magnífico león al trote. Pero allí no había carne que aplacara su hambre, excepto mi figura. Cuando me vio, corrió rápidamente hasta donde estaba y se paró delante de mí. Caí rendido a sus pies implorando que no me comiera y, no sé si por piedad, no lo hizo. Continuó corriendo a toda marcha en dirección opuesta a la que había aparecido frente a mí. Me sobrevino el calor de repente por lo que decidí darme un baño en el arroyo. El agua estaba tibia, pero me refrescó lo suficiente como para disminuir el calor que sentía. Recogí algunas piedras y las lancé sobre el agua haciéndolas golpear varias veces la superficie del arroyo. La última que lancé hizo un movimiento extraño que acaparó mi atención. Luego de golpear tres veces sobre la superficie, retornó hacia mí y golpeó otras tres veces cayendo delante de mis pies. En ese momento pensé: esto sólo puede suceder en un sueño. Y comencé a danzar en el lugar de felicidad. Si era efectivamente un sueño no había nada que temer, ni dioses, ni leones, ni nada. Seguía bailando alegremente cuando delante de mí apareció un cazador con una escopeta. Pude oír que al verme dijo:
-¡Qué rareza! Sería bueno tener su testa colgada en una pared del living.

Luego, pude ver que me apuntó al corazón. La alegría que tenía en ese momento no se vio turbada por aquél hombre y yo continuaba danzando. Cuando me detuve, vi reflejada mi figura sobre el arroyo. Me sorprendió ver que no era mi rostro lo que se veía en el reflejo, sino que era el de una panthera tigris, vulgarmente conocido como tigre blanco. ¿Yo era un tigre? ¿Desde cuándo? No me importaba, era un sueño y me sentía completo en él. Otra voz le dijo que tenga cuidado al disparar de no dañar la cabeza. No sentía el peligro de mi inminente muerte acechándome. Me di vuelta y me lancé sobre el cazador.

Instantáneamente, escuché un sonoro retumbe. Abrí los ojos y vi que la cama estaba a un costado. El piso seguramente estaba tan duro que al caer eso fue lo que escuché. La felicidad que tenía durante el sueño me duró un par de horas hasta que el ajetreo del día la disipó y olvidé aquello. La llegada de la muerte mostraba a las claras que la vida era cuestión de continuar viviendo. Siempre sucede así. Lo cambiante son las circunstancias, las situaciones. Un cazador tendrá una cabeza más adornando su living.

Por mi parte, ya no soy un tigre y para colmo me duele un poco la cadera, algunas costillas y el hombro derecho.

 

Fotografía: Maru Coca

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Los zapatos

El viejo y la vieja del Pachu siempre enseñaban con sus consejos y ocurrencias. Recuerdo aquella tarde de abril en que don Sixto nos enseñaba cómo hacer para entender a los demás.
-Vos tenés que ponerte en los zapatos del otro.
Y doña Carmen agregaba elocuente:
-Pero primero esperá que saque sus pies.

Ana e Inés

Dos amigas que cursaban la carrera de odontología en los años noventa, compartían la habitación de la pensión de Alcira sobre calle 4. Una de ellas, Ana, siempre respondía a destiempo los cuestionamientos de la otra, llamada Inés. Por su parte, Inés alternaba episodios de euforia y depresión, de bronca y alegría a intervalos regulares e irregulares. Ana sentía empatía por su amiga, pero cuando la quería asistir por su depresión, por ejemplo, Inés ya estaba cantando a grito pelado; o cuando la quería acompañar en un baile, Inés ya soltaba el llanto.
Así pasaron sus años de cursada en que Ana Crónica se desenvolvía en tiempos que ya se habían despedido sin que ella lo notara e Inés Table dudaba entre estados anímicos que duraban lo que un suspiro.

Cansancio

A decir verdad, la gente está cansada. Duerme mal y se levanta cansada. O se colma de actividades físicas y/o intelectuales y junta cansancio con el trajín del día. Prende la tele y ya se cansa. Escucha las mismas canciones con diferentes intérpretes y termina cansándose. Cada tanto aparece alguna novedad, como Despacito, pero se lo pasan tantas veces que se va cansando rápidamente. No va al cine porque es cansador; prefiere ver películas en casa, porque si de cansarse se trata, ¿para qué cansarse de más? Hace el amor y termina cansado. No le queda más remedio que comer para despejar el cansancio. Conduce cansado y se despide al caer la noche de los familiares en el hogar y sus amigos virtuales con un dejo de cansancio. Se duerme y sueña que está cansado de todo, y al despertar, no sabe si la pesadilla es la vigilia o el próximo sueño. Espera que termine el año para llegar al descanso, aunque se canse de las fiestas. Festeja y se levanta cansado, pensando: otro año más cansador que el anterior, como todo baile que da sueño. Por eso mira “Soñando con bailar”, porque piensa que bailando va a poder descansar. Pero está tan cansado que no se anima a bailar.

Seguí

Estaba aburrido, demasiado diría, y salí a caminar. En principio solo, pero enseguida se me dio por seguir a un tipo que parecía saber a dónde ir. Al rato me di cuenta que deambulaba sin rumbo, por lo que me dispuse a seguir a una señora que iba con un carrito a paso lento, pero firme. A los pocos metros se metió en una casa, que supuse suya, y la muy descarada me cerró la puerta en la cara con asco. Ahí nomás seguí primero a un joven que entró en un local de comidas, luego a una pareja que me preguntó qué quería por lo que tuve que desistir de seguirlos, y después de un tiempo seguía prácticamente a toda la gente que andaba por ahí, por turnos. Quise seguirlos a todos juntos, pero los destinos no siempre convergen, aunque una muchedumbre que seguí ingresó en un estadio a ver un recital. Algunos me daban charla, mientras que otros me cortaban el rostro. Pero no me preocupa. A mí no me importa eso de llegar a algún lado, eso de estar no es lo mío, lo mío es seguir.

A la misma vez

Había una vez, que no era una simple y sencilla vez, sino más bien una bombucha, cargando en su interior cantidad de agua esperando llegaran los carnavales. Esta vez, la susodicha había cobrado dotes de superioridad y lejos de atenerse a su condición de bombucha de carnaval creía ser verdaderamente una bombacha de campo, por lo que resolvió montar cual jinete sobre un caballo blanco ( que no sería precisamente el de San Martín sino uno más moderno y a la vez actual) en vez de ir a reventarse contra la blusa de una jovencita que esperaba la llegada de la primavera. Pero no sería la primera vez que una bombucha devenida en bombacha caería presa de lo que se conoce como falsa ilusión o ilusión óptica, ya que lo que intentó montar no era efectivamente un caballo blanco sin montura sino que se trataba de una vieja escoba al estilo del vehículo de Cachabacha. Al percibir esto se decepcionó de tal manera que entró en depresión profunda y dejó de pensarse bombacha para considerarse apenas bombilla y pasó a habitar uno de los mates del caserón, el que se usaba para reuniones de amigos. Esta vez, la bombilla del mate ya no participa de las charlas, más allá de que alguno de los partícipes de la ronda que se demorara con pasar el mate y, a su vez, otros le recriminaran si le “está enseñando a hablar”, la bombilla parece no estar interesada y hay quien dice que ya estaría repensando en variar su condición ( o la creencia de la misma ), y hasta aseguran que la pobre ya se cree bombita eléctrica y bomba mediática a la vez.

En línea

Leyó tres líneas.
De tres palabras.
Tres cada línea.
Se detuvo.
Leyó la primera palabra que no entendió y la buscó en el diccionario.
La definición que le dio no lo satisfizo.
Continuó leyendo en el diccionario palabras al azar.
Vaquetón. Tecolote. Santónico.
Tachó la que no había entendido en el libro y sobre ella escribió “aguacha”.
Cerró el libro y lo devolvió.
Encendió la televisión y sintonizó el canal ocho.
Se veía lo que había grabado una cámara de vigilancia.
La imagen mostraba a un hombre robando una panquequería.
De un patrullero bajaron dos policías y lo acribillaron a balazos.
La muchedumbre se acercó a devorar los restos.
Incrédulo, exclamó: ¡Lecteriano!

Ciclos

-¿Y a qué te dedicás?
-Hago trabajos de reciclado en plásticos, metalíferos y de origen vegetal y reordenamiento de desechos urbanos.
-¡Muy bien! ¡Felicitaciones! ¡Qué bárbaro!
-Este…
-A mí me encanta la gente que hace cosas por el medio ambiente.
-Bueno…
-Que se preocupa por el destino que se le da a los residuos.
-Eh…
-Gente que hace cosas para que el mundo sea cada día un poco mejor.
-¡Soy ciruja!
-Ah! Este…Bueno… ¿y cómo te está yendo?

La humedad de los martes

La lluvia de los últimos días había humedecido mis ideas y el pensamiento era una suerte de pantano donde todo terminaba mezclándose en una amalgama de barro y agua, lluvia que prometía continuar este martes para beneplácito de los nostálgicos. Los techos del barrio habían sido castigados con abundante agua llenando las canaletas con ramas y hojas de árboles que sufrían los intempestivos vientos de un noviembre álgido que acariciaba el final de su primera quincena con displicencia. En casa se observaba orden, a excepción de la biblioteca donde siempre se vislumbraba una revolución o al menos era lo que delataba la disposición de los libros y mi mala predisposición a darle un aspecto de pulcritud. La condición de un buen libro, y de todo buen cuento ( y subiendo por las escalinatas que conducen a la divinidad celestial: de toda buena poesía ), era que tenía que mover el piso donde el lector, hoy devenido en espectador, se sentaba a contemplar la realidad con ficción. Y por ese motivo los libros que además de estar vivos y revolucionan al lector como la observación de una delicada mariposa sobre el jazmín del jardín de la casa paterna o del chimango que paciente espera el momento oportuno para llevarse el cadáver de una rata sobre el pavimento, tienden a abrir puertas a nuevas, o desconocidas, dimensiones de la existencia que permanecían ocultas al mismo por cortinas de humo. O tal vez de humedad, cortinas de humedad gestadas por la citada lluvia que otra vez volvía a caer sobre la ciudad. Pensé en mi padre y recordé un cuento que siempre me contaba para poder dormir placenteramente. Era un cuento feliz y hacía unos pocos días me había enterado que no era el único al que se lo contaba, lo cual me sorprendió pero no me dio celos, sino alegría. Darle algo a alguien era brindarle la posibilidad de la felicidad. Un amigo me decía algo parecido en cuanto a la crianza de los perros: dale algo para hacer y se sentirán bien. Nosotros también nos sentimos bien cuando hacemos algo por los demás, nos olvidamos por un momento de nosotros mismos con algún quehacer, alguna ocupación, y en esa distracción hay una suerte de placer inmaterial. Mi padre, que en este momento estaría aburrido sentado frente al ventanal, dejando correr los pensamientos que tendían a un pasado lleno de emociones y sentimientos que dejaron huellas. Se me ocurrió pedirle algunos libros que habían quedado en su casa, por lo que le escribí para que me busque esos libros de Coelho que allí nadie iba a leer. La idea de que el Universo conspiraba me había creado una especie de desvarío que había incendiado mis ideas al punto de olvidar las matemáticas que tanto me habían costado aprender, fuego que sólo apagaban los días lluviosos. Y en este día lluvioso, una casa despelotada como la de mi padre, buscar algunos libros llenos de polvo y humedad era un buen pasatiempo que le permitiría evadir la melancolía. A veces hacemos cosas para sentirnos bien y hacer sentir bien a otros nos devuelve el bienestar como un búmerang. Mi padre no me respondió. Las horas pasaron y la persistente y fina lluvia redundaba. Esos libros no me interesaban como a millones de lectores diseminados por todo el mundo ávidos de su lectura por lo que pensaba venderlos y comprar con ese dinero alguno que fuera de mi agrado, como uno de Ray Bradbury que tenía en la lista de los próximos a adquirir. Mientras preparaba el mate y el ambiente para continuar la lectura de la novela que me había regalado mi hija me llegó un mensaje al celular que me dejó helado:

-“La boluda de Veronica decide cagarse muriendo” encontré, creo que se llama así.

El humor de mi padre siempre me dejaba alguna moraleja y la lluvia de este martes me recordaba que vivir es una buena idea a pesar de la humedad.

 

Historias ínfimas elementales

Margarita vivía en una burbujita coloreada por la luminosidad. Como estaba compuesta de agua y aire, tenía lo elemental para subsistir. Sin embargo, al carecer de tierra, no logró desarrollarse y se marchitó prematuramente.

Patito nadaba en el barrito todas las mañanas. Su cuerpecito estaba cubierto de tierra y agua, por lo que pocos lo reconocían, salvo cuando había buena iluminación. No obstante, el fuego nunca lograba encender su cabecita roja embarrada.

Pollito volaba bajo el solcito entre la tierra y el cielo con el soplar del viento. Cuando tenía sed, descendía a algún charquito y bebía hasta colmarse. Después esperaba que el viento lo levante por el aire nuevamente. Tenía la piel algo chamuscada por haber caído un día sobre una parrilla.

Rosita creció en tierra firme entre piedras luego de un incendio propiciado por un viento estival. Mientras purificaba el aire, cantaba todas las tardes hasta entrar en sueñito profundo. Un día llovió tanto, tanto, que estuvo a punto de ahogarse.

Estrellita caminaba sobre el barro y ascendía por el mar en una danza singular, tomando aire en cada movimiento de caderitas que se apreciaba a plena luz del día cuando se acercaba a la superficie. Un día se asomó, vio un barco prendido fuego y del susto se fue hasta la orilla, donde la encontró un turista cuando se secó.

Elección

-Te había pedido que lo lleves a deporte, ¿Te olvidaste o qué fue lo que pasó?
-Se me hizo tarde, disculpá. -le respondió Eduardo, y añadió- Es que ayer tuve una noche complicada, y me quedé dormido.
-Durmiendo, querrás decir. No podés olvidar que es tu hijo, aunque a veces quisieras disimularlo. -dijo ella.
-No seas tan dramática, es sólo una jornada de deporte la que perdió. De alguna forma, te compensaré.
-No es conmigo con quien estás en deuda y bien lo sabés. Siento que a veces querés llevar el asunto a un terreno diferente. Discúlpate vos con el niño. Veremos qué opina. Sabés que ama practicar deportes. -le dijo ella y cortó la comunicación.

Ni siquiera me dejó decir adiós, pensaba Eduardo, con el tiempo se ha vuelto más ofensiva de lo que solía ser.

Esa misma tarde, Eduardo fue a ver su hijo, quien lo abrazó al verlo llegar.
– Hola, hijo, ¿cómo estás?.
– Bien, papi, ¿qué te pasó hoy que no me llevaste a practicar deporte? -preguntó el pequeño.
– Perdoname, hijo. Estuve trabajando hasta muy tarde y me quedé dormido, por eso no he podido venir por ti.
– ¿Es cierto eso que dice mamá, que estuviste con una mujer toda la noche? -preguntó el chico con cierta desconfianza hacia las palabras de su madre.
– No, bueno… tu madre no me quiere demasiado, ¿sabés? Es por eso que cada vez que puede me difama. No debés preocuparte por ello, ¿está bien?
– Si. -interrumpió el pequeño.
– A veces discutimos porque entre nosotros hay una separación que a es muy difícil subsanar, pero no es así contigo, ¿entiendes? -dijo Eduardo.
– Sí, papi. Papi…
– ¿Qué hijo? Decime.
– ¿Qué quiere decir difamar? -inquirió con curiosidad el chico.
– Difamar es hacer perder la buena fama de uno. Cuando tu madre habla cosas feas de mi, es lo que intenta hacer conmigo, difamarme.
– Ah… pero mamá difama siempre, y no sólo a ti. Ayer dijo que la señora del almacén, Mirta, es una vieja ladrona. Eso es difamar, ¿verdad?
– Sí, aunque también se podría ver como un llano insulto, hijo. Mirá, no te preocupes. Tu madre tiene sus problemas y, como todo ser en edad adulta, los lleva adelante como puede, con lo mejor de sí. Bueno, decime, ¿cómo querés que te compense mi falta de hoy? Te doy dos opciones: podemos ir al cine esta noche o podemos ir a ver el partido el sábado. Bien, ¿qué decidís?
– Ummm… es difícil… creo que prefiero ir al cine a esta noche. -dijo el pequeño.
– Mirá que el partido del sábado es quizá, el más importante del semestre. -le dijo Eduardo, persuadiéndolo.
– Sí, papi, tenés razón. El partido del sábado puede ser importante, pero hoy es más importante para mí pasar un rato con vos esta noche.
– Bien, hijo. Entonces iremos al cine esta noche y también iremos el sábado a ver ese partido. -dijo Eduardo.
– ¡Gracias pa! ¡Qué bueno! No lo puedo creer. Iré a contarle a mamá. -dijo el chico y entró corriendo a la casa.

Al rato, salió la mamá del muchacho. No estaba contenta por el mismo. Lo apenaba la idea de que su padre le fallara nuevamente. Salió a hablarle:
– Mira, Eduardo. Esto es importante para él. Si creés que no podés cumplir con lo que le dijiste, mejor que ni te aparezcas. Me duele verlo apenado. Se hace muchas ilusiones con vos. No hace falta que le falles como lo hiciste conmigo.
– Cumpliré con lo pactado. Aprendé a perdonar, te hará bien a vos misma. -dijo Eduardo.
– ¿Qué sabes de eso, que no has perdonado mi falta? -le dijo ella.
– Ya te he dicho mil veces hasta el cansancio que te he perdonado. Pero no podés pretender que después de dicha falta a nuestra fidelidad continuemos juntos. Entendelo.
– No era necesario separarnos. Fuiste cruel. Sobre todo con el chico.
– No confundas las cosas. Juntas tienden a parecer otras que no son. El muchacho está creciendo sano y suficientemente feliz. Eso no es poco, hoy en día. Y si así lo creés, provéele otras bondades. -le dijo Eduardo.
– Está bien, no quiero discutir, ¿a qué hora venís por él?
– Ocho y media estoy acá.
– Te estará esperando. -le dijo ella y entró a la casa.
Eduardo se fue de allí y regresó puntalmente, como había predicho. Allí lo recibió el pequeño, que estaba vestido impecablemente, bien peinado por su madre y perfumado. Eduardo lo tomó en sus brazos cuando lo vio y el chico lo abrazó fuertemente. Se despidió de su madre y se fueron.
Ya en el cine, mientras esperaban el comienzo de la película, conversaban:
– Qué lástima que mamá no haya podido venir con nosotros…
– Sí, es verdad, hijo. Es una pena.
– Qué bien que la pasamos los tres. ¿Te acordás cuando fuimos al acuario?, ¿Dónde era? -preguntó el chico.
– San Clemente, hijo. Lo recuerdo muy bien. Tu madre parecía feliz con nosotros.
– Ahora no parece feliz, quizá es porque vos no estás, papi.
– Puede ser, hijo, puede ser. Mira, ¡ahí empieza la película! -dijo Eduardo.
– Dame la mano, papi. ¡Espero que no sea de miedo!
– No lo es. Vas a ver que la vamos a disfrutar. -dijo Eduardo tomando a su hijo de la mano.

*Fotografía: Leandro Coca

Poderoso

Y en ese instante, en el que se extendió el beso, el tiempo se detuvo: los trenes chirriaron estridentes frenadas, los aviones quedaron suspendidos en el aire, las niñas paralizadas a medio saltar, los planetas detuvieron sus órbitas, quienes descargaban mercadería la sostuvieron inmóviles y las radios y canales de televisión emitían un eco. Los dioses, en las alturas, pensaron con atino: ¡chocamos! Mas no; ellos despegaron sus labios y se miraron con cariño. El mundo continuaría girando sin que siquiera sospechen del poder de ese amor.

Desaliñada

Se gestaban los albores de una nueva religión, cuando Maira no quiso saber nada del asunto y se marchó llorando desconsolada. Otra vez, su amiga le decía que habían fallado. De repente recibió una llamada inesperada:
– Te estoy esperando en Güemes y Torrevieja. Café Cómo. Me habías dicho que ibas a estar acá, ¿querés que te vaya a buscar? Te espero o muero en el intento.
Paró un taxi y éste no detuvo su marcha. Probó suerte con los siguientes, pero los choferes parecían ignorarla sistemáticamente. Era tal vez su aspecto lo que producía cierto rechazo en ellos. Tal es así, que uno de ellos paró pero seguidamente retomó su marcha sin cargar con sus huesos. Finalmente, un taxi se detuvo y la levantó del pavimento.
– Lo más rápido posible. Güemes y Torrevieja, por favor.
El chofer hizo un gesto de aprobación con la cabeza. Sin embargo, no tenía la menor idea de cómo llegar hasta el lugar solicitado. Tomó la avenida y cruzó el parque. Maira advirtió el movimiento y se lo reprochó instintivamente.
– ¡Oiga! ¿A dónde va?
– ¡Perdón! Creí que había dicho Güiraldes. Disculpe mi confusión. Hace dieciséis horas que estoy arriba de esta lata de atún. –dijo el chofer.
Giró en u cuando tuvo ocasión y regresó tras las huellas del vehículo. De su cabeza brotaban diminutas gotas de sudor que, en caso de ser advertidas, mostrarían su elevada tensión al pasajero de ese momento. Al llegar a una esquina, le preguntó a Maira distendido, buscando aprobación.
– Esta es, ¿no?
– Si toma por esta después va a tener que pasar Zúñiga, antes de toparse con Senegal. Si llega hasta el callejón quién lo saca…
El chofer asintió, continuando por la calle que venía. Su desconcierto era tal, que se le trenzaban las ideas en su cabeza por lo que fingió un dolor en el pecho y estacionó a un costado. Maira se ofreció a llamarle una ambulancia, pero el chofer dijo que se recompondría rápidamente. Sin embargo, le pidió que no lo espere para continuar su camino, pues se tomaría el resto del día. Así fue que Maira intentó detener otro taxi, pero no tuvo la suerte de que alguno de ellos se detenga. Caminó algunas cuadras en dirección opuesta a la puesta del sol y realizó una apuesta de lotería luego de pasar por un puesto de diarios y revistas mal puesto atendido por un tipo apuesto y, puesto que olvidó el nombre de la revista que deseaba adquirir, compró otra propuesta por dicho sujeto del puesto, y adquirió, además, un tornillo en una casa de repuestos que se lo llevó puesto.
Cansada y sin saldo a favor en su teléfono celular, se fue hasta la parada de colectivos más cercana a esperar. Recibe una llamada.
– ¿Vas a venir o me mando a mudar?
– ¡Enfermo! –dijo Maira, cortando la comunicación.
Pasó el colectivo que la llevaría hasta su casa y ella se subió. Un muchacho aturdía a todos con música en su celular. Maira le pidió si podía bajar el volumen del mismo y el joven aceptó de muy mala gana. Tal es así, que a los pocos segundos volvió a subir el volumen, inclusive más aún de lo que estaba en el principio narrado para fastidio de todos. Excepto el propio.
Maira se bajó cuando llegó a la parada cercana a su casa. Distaba a unos doscientos treinta metros de la misma. Mientras caminaba observó que sobre un árbol colgaban un par de medias de nylon que no llamaron su atención aunque lo intentaron. Al llegar, la estaba esperando.
– Otra vez me dejaste plantado ¿Se puede saber qué tenés en la cabeza?
– Aserrín. –le respondió Maira.
– Me podrías haber avisado que no ibas. No tenías impedimento alguno. Un llamado y problema solucionado. ¿Tenés idea cuánto me tuvo esa silla encima? Bueno, me vas a contar qué te pasó o adivino.
– Adiviná.
– Nadie te quiso llevar.
– ¿Viste que no era difícil?
Maira dio media vuelta y salió corriendo por donde había venido. Nadie la siguió. Cuando notó esto, aminoró la marcha y al pasar por el templo entró sin dudarlo. Apareció delante de ella un hombre que le pidió se retire, por favor, pues alegaba que nada podían hacer ya con semejante desaliño.

La intuitiva espera

calle (2)

Aún no eran las cinco. Todavía teníamos tiempo de llegar. Sólo había que esperar que el colectivo pasara en el horario indicado. Ñum miró su reloj una vez más. Pasó un vehículo delante de nosotros. Luego una pareja caminando. Algún perro sin dueños daba vueltas por allí. Pasó un taxi y dudamos entre pararlo o esperar el colectivo. Lo dejamos pasar, quizá, confiados en que el colectivo llegaría a tiempo. Una señora se paró a nuestro lado. Ñum puso música en su teléfono.

Sentirte de cerca…
me enrosco cual tuerca
doy vueltas contigo
giro sin sentido…
Eres tú… eres tú…
Mi condena, vida, mi cadena.

La señora a nuestro lado soplaba impaciente. Quizás la perturbaba la música. Un muchacho se paró también a la espera del colectivo. Aún teníamos tiempo. Pasó un chico corriendo por allí. Pensé en darnos por vencidos y regresar, pero desistí. Había que insistir, no podíamos dar marcha atrás. Una niña se arrimó a quienes esperábamos el colectivo e hizo lo propio. Ñum me expresó con sus ojos su fastidio. ¿Qué podíamos hacer? Lamentaba en aquél momento no haber detenido el taxi que había pasado por allí hace algunos minutos, aunque me habría costado un ojo de la cara pagar el viaje y de momento necesitaba ambos. Una señora mayor avanzaba asistida por un bastón hacia nosotros. La parada de colectivos se fue poblando casi sin darnos cuenta. Pasó un hombre paseando un perro. Ñum miraba esperanzada. En el teléfono sonaba una balada.

Sabes que es por ti
mi desvelo, mi mareo.
Bien sabes que no duermo
que no como, que me enfermo
que entristezco si tú estás.
A ti te canto, enfermedad:
déjame ya en soledad.

-Cómo está tardando… -me dijo una señora a mi lado.
– Hoy parece que más que nunca. Cuando uno está apurado, todo se conjuga para demorarlo a uno más de lo previsto. –le dije.
– A ver, me parece que allá viene.
– No, señora, es un carro atmosférico.
Me di cuenta que el sentido de la vista de la señora estaba notablemente alterado y se lo comenté en el oído a Ñum.
– Es cierto que no veo bien, pero el sentido del oído funciona perfectamente y no soy ninguna vieja chota, ¡maleducado! –me dijo esta amable señora.
Pasaron varios vehículos, pero ninguno de ellos era el que todos los allí presentes estábamos esperando. Un joven pasó vendiendo almanaques. Nadie le compró. No sé si por carecer de efectivo, por indiferencia o porque corría el mes de agosto. Se acercó una pareja de jóvenes a la aglomeración. Luego un anciano. Al pasar un camión, pude ver en la cara de la señora de miopía avanzada cómo se desvanecía la ilusión, a medida que se acercaba, de que este fuera el colectivo que esperaba. Pensé que podríamos dejar el asunto para otro día, pero reincidiríamos en el proceso, cayendo nuevamente en la molesta espera. Sonaba una canción en el teléfono de Ñum que distrajo mis pensamientos.

A ti te espero,
sé algún día llegarás…llegarás.
Aunque espere un año entero
yo te espero, tú vendrás…tú vendrás.
Y si mi espera es en vano,
dicen, todo es vanidad…vanidad.
Es por eso que me ufano,
no entiendo esta libertad…libertad.

Supe en aquél instante que el colectivo, esa tarde, no pasaría. Se lo dije a Ñum.
– Vámonos. No pasará.
– ¡¿Cómo lo sabes?! –preguntó Ñum.
– Sólo lo sé. No pasará
– ¡Lo que me faltaba! –dijo un señor retirándose del lugar.
– ¿Está usted seguro? ¿No estará confundido? Puede ser un error… -dijo la señora casi miope.
– No pasará. Continúe esperando, si así lo desea.
– Chau a todos. –dijo otra señora.
Una niña llamaba por teléfono a su madre para decidir cómo regresar a su hogar. Un muchacho tiró lo que le quedaba de una botella de gaseosa con bronca contra el piso y se marchó. Un joven se colocó su mochila nuevamente y se fue corriendo. Volvió a pasar por allí el joven con los almanaques. Ya no quedaba nadie.
Nos fuimos caminando con Ñum en dirección opuesta a la que habíamos estado mirando y, al oír fuertemente un motor a nuestro lado, nos dimos vuelta para mirar el paso del colectivo que, aunque le hicimos señales desesperadamente, el apático chofer no detuvo su marcha. Con Ñum quedamos mirándonos sin poder asimilar el hecho. Luego, ella me miró con ternura.
– No te preocupes, a veces falla. –me dijo con su dulce voz.

En vano hilvana

Anoche comí brócoli y me dio tortícolis. Me desperté con colitis, pero el médico me dijo que era por la bronquiolitis. Con bronca, encendí un pucho, pero ¡la pucha! me indigné. Sospeché de la ictericia colis. Por las dudas, fotografié sin dudar un colibrí con mi cámara de alto calibre. En la recámara, sentía cólicos, dicen que el coliflor es bueno para la flora intestinal. En el ínterin, con Flor supimos que en el Coliseo proyectaban una de Colin Farrell, pero no llegamos porque el colectivo nunca pasó. De paso les cuento que hay un cuento titulado Colinas como elefantes blancos y que Corina tuvo trillizos hace unos años, y a ellos se lo lee todas las noches.
Ya de noche, sacamos tres corvinas y las hicimos asadas, pero estaban pasadas. Esteban trajo el vino y Héctor, que vino en traje, descorchó. Chocamos las copas sin decir salud, pero nos saludamos bajo la copa del peral. Esperando el postre, colocamos un póster de Dardo Rocha en el comedor para tirarle dardos, pero sólo teníamos dados que le tiramos con gusto y atino. A Esteban le gustaba el ritmo latino, por lo que se vistió de deejay para pasar música a tono. Sonó el teléfono y al levantar el tubo Valentina se dio cuenta que no tenía tono. Esto no pasa seguido. Seguí dominando mis pasos de baile con Flor, que rozaba la euforia. Con furia, Rosaura se besuqueaba con Héctor en el sofá. Sofía se aburría como hongo. ¿Como hongos o longaniza? Estaba Esteban en un pico de indecisión pero con valentía Valentina lo apuró: dale con ese puro espurio. Juró no tocarlo y lo trocó por un bombón helado. Sentado a su lado -azulado vestía- Sofía tosía. Se lo disputaban ambos. ¿Vos querés bombón o cassatta?, le preguntó Héctor a Rosaura. El aura endiablada de Flor me preocupó. Con tupé y dinamismo, encendió la bomba con dinamita que extrajo de la cartera mientras servían las cassattas. En el aire sonaba Sonic Youth y eso sería lo último en escuchar, antes de que la casa ( y la cucha del perro revestida ) volara por el aire, al revés.
Determinamos que estaba loca. Lo catalogamos como el fin de la relación. Y terminamos con la ilación.

No es ninguna novedad

Un comercio llamado Vintage vende novedades. Las novedades son frescas y se venden muy rápido porque todo el mundo está interesado en ellas. Además, a medida que las novedades envejecen son más caras y son más difíciles de conseguir y deja de llamársele novedades. Las novedades siempre han sido un buen negocio pero este comercio lo ha sabido explotar al máximo.

El paso del tiempo le da un vértigo inusitado al ritmo comercial. Innatural. Con el correr de los minutos, las novedades hacen que todo luzca viejo, donde viejo es sinónimo de indeseado. Es decir que ya no será valorado por nadie. A nadie le interesa lo antiguo, excepto como motivo de distracción, como mera curiosidad con lo exótico, por eso también hay algún que otro pequeño comercio de antigüedades. Pero éstos son escasos y apenas si sobreviven.

Las novedades en Vintage son de variados tipos. Las novedades más destacadas son todo tipo de objetos, obras literarias o musicales, conceptos y teorías, terapias y medicinas, noticias de actualidad e incluso aromas y sabores. Todas las novedades son comercializadas exitosamente en Vintage. A cada momento las novedades que surgen en los diferentes ámbitos científicos, académicos o artísticos llegan a los diferentes locales de Vintage para ser comercializadas. La gente acude en masa a comprar las últimas novedades. Ninguno se quiere quedar atrás, ya que de quedarse se convertiría en un retrasado.

Hay científicos que han realizado diferentes estudios del fenómeno social que resultó ser Vintage, plasmados en conceptos cercanos a la compulsión o al vicio generalizado, pero tales estudios sólo sirvieron para venderse como novedad en Vintage. Ver lo nuevo era el truco más antiguo de la civilización, con el que se captaba la atención de la población. Así, las novedades en los locales de Vintage es lo que nadie se quiere perder. Es excitante y exultante estar al tanto de cada una de las novedades que salen a la venta. Al parecer, según otro estudio, la gente se harta de pensar en un pasado y un futuro y, cansado, busca una salida que sólo prestar su atención a lo actual le brinda esa posibilidad, y lo actual es nada más y nada menos que las novedades del comercio. Por eso, los directivos de la firma se mantienen en la cima del mercado, más allá de que hubo otros que salieron a competir. Ellos saben bien lo que el mercado necesita y se lo dan. Dinero fresco, la gente sigue prefiriendo pájaro en mano que cien volando, y las novedades son el ave más preciado al que la gente puede aspirar a capturar. ¿Es que hay algo acaso más importante que la novedad? Lo último, sin dudas, no era lo nuevo, sino lo más antiguo. Pero, ¿cómo dar su atención a ello? Me temo que de ser tan simple no lo es tanto. Es así que las novedades de Vintage atrapan en sus redes a millones de clientes deseosos de probar, ver, escuchar u oler lo último, aunque ese sólo fuera el principio.

Es sabido que las novedades no daban satisfacción, sólo un receso en la inclemente corriente de deseos, que pronto volvería a clamar su sed que sólo calmaban las novedades de Vintage. ¿Es peor el remedio que la enfermedad? ¿De dónde surge en el hombre este voraz hambre por el consumo de las novedades? Serían tiempos de locura y de ansiedad, sin dudas, y es difícil no caer en él. Vintage es la explotación de un truco milenario en su máxima expresión.

Con el tiempo, los locales de Vintage se expandieron de tal forma que no hay ciudad sin sus locales, red sin sus telarañas, barrio sin sus vendedores. Se dice que todos los comercios, grandes y pequeños, forman parte de la cadena de negocio de novedades Vintage, es el rumor. Y además, se dice que toda persona, sépalo o no, es agente de comercialización de la ideología vintage.

El significado que la gente da a “Vintage” es glorioso o de alta calidad. Otros lo traducen como famoso o extraordinario. Los menos, como clásico o antiguo.

Ya casi nadie recuerda cómo comenzó este comercio al que todos acudimos a conseguir las últimas novedades con el viejo sueño de obtener aquello que, quien sabe nos lo diga, dónde perdimos.

El monitor y el dueño de la cadena

Acabo de comprar un monitor FHEZZ de 47.32 millones de colores. Y como tenía un rato libre, me los puse a contar. ¡Oh! Sorpresa, no llegaba a 46 millones. Entendí que había caído, inocentemente, en una estafa. Pero, una cosa, era segura: sería la última.

Me dirigí al establecimiento de artículos electrónicos donde había adquirido en calidad de precompra, el típico contrato en el que uno compra el elemento en cuestión, lo paga, con su correspondiente doblecuota que cubre: garantía, flete y hurto durante el mismo, propio o de terceros; y que, no obstante, uno se convierte en dueño con título habilitante del mismo, sí y sólo sí, paga la tríptica, que consistía en doblar el valor abonado originalmente, en dos veces de igual monto; es decir, duplicando el valor de la doblecuota.
Ya en el lugar en cuestión, me atendió un joven delgado, con nariz respingada que, curiosamente, pasaba la línea de abertura de su boca con la punta de la misma. Para alguien con problemas auditivos le resultaría complicado leer sus labios al hablar. Me trató muy amablemente cuando le planteé el problema en cuestión. Sin embargo, no me ofreció solución alguna. Pero, no obstante, me invitó a aguardar a que un personal superior, intentara resolver la inquietud que me llevó a ese lugar.
Luego de dos horas, se acercó una joven muchacha, que no llegaría a treinta años de antigüedad sobre la tierra, y me comunicó que ella del asunto, poco entendía. Por lo tanto me sugirió que, en unos instantes, le pasaría la cuestión a su inmediato superior, quien, afanosamente, resolvería sin más, lo dicho.

Al rato -largo y tedioso- se acercó un mozalbete que pasaría sin penas los veinte años, y me invitó a retirarme, aduciendo la fútil cuestión que me movilizó. Le repliqué que, a mi entender, era un asunto de vital importancia, puesto que mi vida no podría tolerar una estafa de tamaña magnitud más. Tras intercambiar opiniones cortésmente unos cuantos minutos, el muchacho me abandonó con la promesa de que le trasladaría el problema a su jefe, no sin antes propinarme un certero cachetazo, acompañado de una clásica palabra:
-¡Estúpido!

Tras unas cuantas horas, en las que me quedé dormido en la sala de espera de ese lúgubre centro de compras de electrónicos, se acercó un niño que no llegaría a nueve años, picando una pelota de baloncesto sobre el piso, que, instantes previos, se había transformado de baldosones en parquet, sin que nadie lo observara. El pequeño, me señaló el techo y cuando miré hacia arriba, el bravucón me arrojó el balón al centro de mi estómago, lo que provocó que me revolcase del dolor. Me indicó que le comunicarían el asunto al dueño de la cadena. Y sería él, quien por fin, me traería desde 687 kilómetros de distancia, en avión, la ansiada solución a mi pesar.

Pasé dos noches allí, aguardando.
Finalmente, esta mañana al despertar, se arrimó a donde me encontraba, una señora con un carrito para transportar a un bebé. No era un carro común. Era un carro dorado, completamente, y al acercarse, pude comprobar que estaba compuesto íntegramente por oro, ruedas inclusive. Quedé anonadado.
La señora, frente a mí, me pidió que tome al niño en brazos, indicando que era el dueño.
–Pppero…. -dije balbuceando, impávido.
– Sólo tómelo. -me dijo con voz firme.
Al alzarlo, el chiquilín, sonrió ampliamente, y tras esto, vomitó mi camisa rayada.

De Plutón, con cariño

Nota previa: este es uno de los primeros relatos que escribí, hace poco menos de cinco años. Para esta publicación no se le modificó siquiera una coma al texto original. La imagen corresponde al eclipse de anoche.

Hace unos meses, se presentó un representante de Plutón, experto en asuntos terrícolas, en la Comitiva para Asuntos Espaciales de la República. El muchacho, delgado, de mediana estatura, cabello corto y prolijo, aparentemente humano él, ¡bah! al cuerpo se lo podía asociar a la raza humana, casi sin discusiones, pero, como portaba consigo una credencial con el cargo mencionado, de dicho planeta, hacía, mínimamente, dudar de su procedencia. Los científicos argentinos, algo incrédulos ellos, se lo tomaron con humor -raro-, y le siguieron el planteo al joven plutonita.
Luego de una exposición de casi dos horas, en las que Toreaux , nombre con el que se dio a conocer el muchacho, explicó de la manera más sintética posible, que su planeta había sufrido la fragmentación en su gravedad natural en una región del mismo, y muchos plutonitas delincuentes de la zona estaban utilizándolo para emigrar hacia otros planetas, lo que resultaba terrible en el balance planetario con respecto a índices de delincuencia interestelar.
Por esa vía, no sólo viajaban ases del hampa galáctica, llamados allí “enrochos”, sino que además era utilizada por hábiles creadores de falsas promesas y vendedores de ilusiones, conocidos como los “credularios”.
Toreaux explicó que tanto enrochos como credularios trabajan en conjunto, intercambiando beneficios. Para ellos, claro. Unos con su habilidad para el engaño, otros con su habilidad para trasladar objetos sin el consentimiento de sus propios dueños. También llevaban adelante sus prácticas solitariamente sin inconvenientes con similares resultados.
Por razones fractales que supo explicar bien, Toreaux mostró, claramente, que la mayoría de estos galactodelincuentes tenían como destino el planeta Tierra. Por lo tanto, el muchacho, visiblemente avergonzado por el accionar de sus coplanentarios, solicitó al grupo de científicos un lugar de lanzamiento para ir desalojando la Tierra de estos atorrantes que habían caído sin autorización, tanto de su planeta origen, como del destinatario.
Para crear la planta de lanzamiento hubo que utilizar varios credularios plutonitas que insistan en los beneficios para los habitantes de la zona, ocultando los verdaderas intenciones de la planta y los inconvenientes que causaría: los cientos de puestos de trabajos que serían para ellos, que la lluvia después de cada lanzamiento traería chocolates y un sinfín de etcéteras. La gente, corrompida, aplaudió.
Luego de instalada la planta de lanzamiento, muchos habitantes de la región esperaban ansiosos el lanzamiento del primer cohete. Pochoclos, garrapiñadas, hasta panchos y hamburguesas eran los olores que predominaban en el ambiente. Otros continuaron con su vida normalmente, sin interesarse en tremendo espectáculo. Dicho cohete llevaría sólo un tripulante, de quien no se daría a conocer su nombre, hasta se cumpla su misión: volver a pisar la luna, clavando, esta vez, la bandera del municipio donde se asentaba la planta. Algarabía y furor reinaba en los pensamientos de esa gente ilusionada.
Días después, los científicos de la Comitiva para Asuntos Espaciales dieron a conocer el resultado de la fracasada misión: el cohete se había desintegrado al atravesar la atmósfera lunar y junto con él, su tripulante: el can Totono.
Sin embargo, se comenta por allí que los científicos escondieron el verdadero resultado de la misión, pues, según dicen, los avergonzaba. El mismo sería una foto que envió Toreaux, el real tripulante, desde un asentamiento en la Luna, donde afirmaba: “No vuelvo a la Tierra ni en broma”.

Intacta

Otra vez tu y yo frente a frente. Un doble espejo que refleja lo que somos, si es que somos, momentáneamente. El silencio cala profundo en nuestros corazones y se instala densamente en el aire que nos circunda. Algunas teclas se interponen y, lejos de separarnos, nos acercan el uno al otro. De la blanca pureza que te caracteriza sólo queda el trasfondo de lo que eres. Sobre ti se imprimen caracteres que dan forma a algo tangible y con el poder intrínseco de la interpretación a la que será sometido. ¿Qué se puede decir de mi que no lo reflejes tú? Lo que se ha dicho y lo que no. Lo que se entiende y lo que queda en el tintero aún por decir. Algunas letras hablarán de ti y te alabarán. Sin embargo, qué decir de esos ojos expectantes que se quedan fijos ante tu radiante luminosidad. Eres casi el fondo de este texto y casi pasas desapercibida. Pensar que sin ti no habría letra posible. Eres una inagotable posibilidad en la que se puede plasmar la nobleza de un pensamiento profundo o el vil insulto despechado. Pero, ¿de dónde saca sus más valiosos tesoros el hombre? Aquél que capta tu simplicidad no olvida que de la nada trascendente que insinúas surgen innumerables reflejos en tu plena vacuidad. Que es completa en sí misma. Quien emplea el vocabulario para llegar a un corazón sabe que en ti se funden acentos, vocales y consonantes, mezclados entre signos comunes que formarán palabras, y crecerán en oraciones, ramificándose en frases ordinarias y de las otras para llegar a aquél que te ignora concentrando su atención en lo propiamente dicho, pero sabiendo que eres tú quien da esa posibilidad de hacer blanco en una aletargada conciencia de ser, acostumbrada a pasar por alto la fuente perenne que imparte realidad a la existencia de las cosas. Y allí sigues tú, intacta como siempre. Pareciera que las letras precedentes no te hubieran tocado.

Séptima

 

Tras caer del balcón de la casa de su novia, Arturo había muerto por sexta vez y según sus cálculos le quedaban de una a tres vidas. Pero una inquietud lo azotó: ¿era todo parte de la misma existencia o vivía diferentes vidas disociadas? Ignoraba si los demás sentían la misma preocupación por conocer la verdad o si les daba lo mismo. Lo cierto era que Arturo yacía sobre el pavimento cuando llegó la ambulancia y lo trasladó al hospital. En el trayecto, una doctora le dijo que estaba vivo de milagro. Él consideraba todo como un milagro, por lo que las palabras de la diplomada poco le decían. De no saber de él, había llegado a observar el mundo, y ese era el milagro primordial que Arturo comprendía. Sin embargo, pensaba en lo rápido que se iba la juventud. La subida a la montaña rusa de la vida era lenta, muy lenta, pero después bajaba tan aceleradamente que no había tiempo de tomar nota de ello. Una vez en el hospital, Arturo recibió asistencia médica y reposó en una de las salas del lugar. A su lado, había un hombre sin rostro. No se puede decir que el hombre era un descarado, pues denostaba su vergüenza al hablar. Simplemente, no tenía rostro ni expresión al hablar. ¿Pero tenía boca? Claro, con todos sus dientes y partes constitutivas que la declaraban como tal. También tenía ojos que le permitían ver a su interlocutor, que en este caso no era otro que Arturo, con quien compartía la habitación, a quien oía a través de dos grandes orejas. Y una nariz larga puntiaguda se asomaba en el frente. Pero todo esto no daba la imagen de una cara, propiamente dicha, sino que eran partes disgregadas sobre un cuerpo en el que ni adivinando se vería un rostro y el hombre carecía así de uno, como el resto de los ciudadanos. No había en él un todo constituyente como para que cualquiera pueda decir: mirá la cara de este tipo. En ese sentido, y sólo en ese, era un tipo diferente. En todos los otros, era uno más.
-¿Qué le pasó a su rostro? –inquirió Arturo, cuestionando no por el hecho de que le haya sucedido algo a él, sino más bien por su ausencia.
-Lo perdí jugando póquer. –respondió el hombre.
-¡A quién se le ocurre apostarlo!
-A mí. –Dijo el hombre secamente- Antes había perdido el auto, la cama y la dignidad. No me quedaba nada más por apostar.
-Son las consecuencias del vicio del juego. ¿Por qué está aquí?
-Apendicitis. ¿A usted qué le pasó?
-Tropecé en un balcón y caí al vacío, que no era tal pues estaba lleno de pavimento y terminé con moretones y varios raspones.
-¡Qué mala pata!
-Dígamelo a mí. Mire cómo tengo el tobillo.
-A usted se lo digo. ¿Hay alguien más acá?
-Era un decir… Oiga, he escuchado que se practican implantes de cara, podría solicitar uno en todo caso para volver a ser como todos.
-También lo he sentido, pero no estoy interesado. Además, mi antiguo rostro ya no lo podré recuperar, seguramente estará muy lejos de aquí, siendo apreciado por vaya usted a saber quiénes.
-Ahora no puedo ir, por la pierna debo permanecer en reposo, pero anóteme la dirección de donde se encuentra su rostro que lo iré a ver en cuanto salga de este maldito hospital.
-Era un decir, joven. ¿Usted no distingue cuando le hablan en serio de cuando no?
-A veces. Ahora no puedo pensar con suficiente claridad como para reparar en la diferencia. –esgrimió Arturo.

Le dolía todo. El efecto de la anestesia se estaba diluyendo y Arturo comenzaba a sentir los embates del dolor causado por la caída. El hombre sin rostro también sentía dolor y gemía y se quejaba de manera alborotada, pues carecía de dignidad. Arturo se aguantaba bastante la molestia. Allí fue que llegó la enfermera de ronda y le preguntó si necesitaban algo. El hombre dijo morfina y Arturo pidió un cigarrillo, pero ambas solicitudes fueron denegadas.
-¡Cómo se pianta la vida! –Dijo el hombre sin rostro- Primero se va la juventud a una velocidad pasmosa. Después se pierde la salud que al menos nos daba cierto margen de error. ¡Y ni hablemos de dinero!
-Así es. –dijo Arturo.
-Uno no piensa en estos problemas cuando es joven y goza de buena salud. Pero deberían advertirlo a uno de lo que le espera por delante en su trayecto a la eternidad. No hay atajos, al parecer. Si me hubieran dicho lo que me esperaba me plantaba a los veinte.
-¿Le parece?
-Sí. Una vida alegre y feliz, corta y fructífera. ¿Qué más se puede pedir? Después de eso empiezan a venir los achaques de la edad, esperando no caer en la senilidad.

Arturo se quedó dormido en la cama donde reposaba. No oyó nada cuando ingresó el médico a observar el estado de los pacientes, ni cuando entró el apostador que le había ganado el rostro al hombre de la cama contigua. Tampoco oyó la voz de Nancy, su novia, que en el sueño le decía: hay que ser salame para tropezar en el balcón. Tal vez era eso mismo lo que Arturo pensaba del suceso. Que era un salame. Por eso no le sorprendió cuando despertó aterrorizado porque un sánguche de salame devoraba su cuerpo, masticándolo sin compasión. El sandwich mostraba signos humanos en su apariencia, tales como cierta simpatía y una verborragia poco usual en esa especie. Cuando despertó, Arturo vio al hombre a su lado más alegre que antes, con una expresión en su rostro ( el apostador se había apiadado de él y se lo reintegró en un acto de verdadero altruismo ) que denotaba cierta felicidad.
-Se lo ve mejor. –dijo Arturo.
-Me siento con la frescura renovada ahora que recuperé mi rostro. Además, el dolor ha cesado bastante en su ataque contra mí y eso me permite desentenderme un poco del asunto. Pronto estaré nuevamente en el ruedo, apostando con un par de reyes.
-Tenga cuidado con eso, no sea cosa que se arrepienta de perder lo poco que le queda.
-¡Bah! El que no juega en la vida paga el precio de tomarla seriamente, y es un costo muy elevado por cierto. –Dijo el hombre con rostro afable.
-Sí, es cierto, pero no por ello hay que perder cualquier cosa en un partido de naipes. –argumentó Arturo.
-Me parece que usted argumenta por temor.
-¿Temor? ¿Qué temor?
-Tiene miedo de perder.
-No, por favor. No tengo nada que perder.
-¿Está seguro? Tengo una propuesta para hacerle…
-¿En qué está pensando? –inquirió Arturo.
-Me gusta su reloj. Le apuesto el mío a que me voy antes que usted de este maldito hospital.
-Hecho. –Dijo Arturo poniéndose de pie- Si quiere se lo puede ir sacando porque ya me voy.

El texto

Había una vez un papel en blanco, que de a poco, letra a letra, palabra por palabra, de punta a punto, fue cobrando vida, transformándose en El texto.
Se dice que, desde su comienzo, el mismo no decía mucho, era más bien parco, escueto, pero con el pasar de los términos fue haciéndose paso entre el público por su locuacidad. Si bien, pocos conocieron de cerca el crecimiento del mismo, muchos lo reconocieron recién cuando éste fue grande, aunque su grandeza no era tal para sí mismo, ya que de él poco hablaba y no aceptaba cumplidos, salvo contadas excepciones. Mientras se desarrollaba, él ocupaba sus quehaceres en mantener la serenidad, no por saber de la eternidad sino, más bien, para no dejarse arrastrar por la celeridad de las demandas periódicas. A diario, mantenía el orden en sí mismo ocupándose de llevar una simple, pero pulcra, puntuación.
El texto se mostraba indiferente tanto a elogios como a críticas, lo que le daba un sentido de equilibrio, rechazando ambas posturas. Si bien, hay quienes quisieron darle un tinte de ambigüedad, El texto era concluyente.
Cada tanto, aparecía un nuevo párrafo donde El texto se manifestaba abiertamente. Había quienes pensaban que éste carecía de contenido, pero El texto no les contrariaba, pues creía que ese adjetivo era insustancial. También estaban quienes le criticaban su desinterés general, pero El texto poca importancia le daba a ese tipo de críticas, confirmando la exactitud de las mismas. Claro que había quienes atribuían ese estado como  propio de su ecuanimidad, pero no había palabras en que El texto lo reconociera. Otros lo calificaban como de gran negación; él sólo parecía indicar, con pudor, que no era para tanto. A veces, algunos se quedaban un buen rato, leyéndolo, saboreándolo, pero no arribaban a conclusiones demasiado satisfactorias a pesar del impacto de la primera lectura. Otros, procedían a una segunda lectura para ver si podían extraer algo más de él, pero era en vano: él ya había dado todo de sí. Es verdad que hubo quienes lo quisieron replicar, pero El texto no sería el mismo, evidentemente.
Según se desprende de El texto, la firmeza del mismo está basada en alguna franca convicción, que transmite lisa y llanamente, aunque quienes lo han analizado, nunca se han puesto de acuerdo en certificar qué es concretamente aquello que expresa el mismo. Se dividen las aguas entre los que aducen tenacidad superlativa y los que alegan capricho o berrinche. No obstante, El texto no daba indicios de inclinarse ni por una ni por otra posición. Fue así, que otros analistas oportunistas quisieron imponer su postura de que El texto se declaraba en estado de perfección, pero el mismo se negó rotundamente.
Están quienes dicen que El texto era el sentir general de negativa a la explotación comercial de sí mismo brindándose gratuitamente por considerarse moralmente con la frente en alto, pero El texto se opuso tajantemente. Quizá esperaba retribución de alguna índole, pensaron entonces, aunque El texto también lo negó, reiterándose.
Hubo quienes, inexactamente, lo quisieron catalogar en primera instancia de antipático, pero El texto crecía en simpatía mientras se esparcía entre quienes lo leían, y en algunos hasta propiciaba algarabía, dicha o alegría. A otros parecía, simplemente, nada les decía.
Seguramente, también estarán aquellos que opinen de El texto sin siquiera conocerlo. Para ellos y para todos aquellos que deseen conocerlo, cito literalmente El texto:
“No.
No.
Y no.”

El lenguaje irreverente del ser

Llegué tarde desde que caminé desde el andén del tren, entre Esteche y Hernández. Me puse suéter verde y regresé. El mequetrefe del jefe me entretiene:
-¡Pérez! ¡Dele que me olvidé del cable!
Es bastante impaciente. Me pide boludeces y que le deje el volquete libre. Me alejé. Después me encontré billetes en el sobre de Inés, le apoyé el paquete:
-¡Qué ojete que tenés! Tocame el pene.
-¡Callate, pedante! ¡Comete ese bife! -me dice después del golpe de revés.
-¿Querés coger? Subite. Tenés goce libre.
-Depende… ¿tenés detergente? -me retuerce el marote Inés.
-¿Qué tenés en el pesebre? -le retruqué entre dientes.
-¿Querés ver? Llamame el viernes. Silbame antes.
Se fue diligente y elegantemente. Miré ese traste. Me quedé caliente y retomé el viaje. En frente, divisé el plumaje de ese orate de Méndez. Medité verle y hablarle. Crucé valientemente. Le dije:
-¡Levantate salame! ¿Qué hacés en el durmiente?
-Me tiré. Me enfermé. Me engripé y me vacuné. Me quedé conforme.
-¡Paciente torpe, Méndez! Entregate, tenés que vender.
-Never. El pupitre que fue del desguace es suficiente.
-¿Compraste el desodorante el jueves? -le pregunté.
-El miércoles. Empecé clases de ajedrez en el “Godínez”. Es buen deporte.
-Te felicité anteriormente. Escuchame: traete el soporte del tele de led. -le dije.
-Que el elefante demente celebre el martes trece, Pérez. Enterate, siempre puede haber peces soeces.
-Hacete coger, deficiente.
Le dejé. Es imberbe Méndez, me trae languidez. Regresé en serie. Visualicé el remisse de Andrés. Le detuve.
-Llevame.
-Tenés que pagarme.
-Ponele…
-Jodete. Que te lleve el presidente.
Se fue. Me quedé en el café. Metete en el toilet, me dije. Tomé el cel. Llamé entre heces y papeles. Atiende Inés:
-¿Quién es?
-Pérez. Te silbé antes.
-Contame, ¿tenés leche en el estuche?
-Decime, ¿querés verme? Te llevé flores este mes.
-Querete, Pérez. ¿Tenés que ser petulante? Podés amarme, besarme, siempre que toques suavemente este clavel.
-Disculpame, en vez de hacer que se me seque el tanque podés abrirte.
-Te perdoné. Volvé. Trae chocolates que te dejen inconsciente.
-Inés, te pregunté y pendiente escucharte quedé.
-¿Qué te aflige?
-Decime, ¿me querés?
-Despreocupate, prendé el follaje que este bosque arde.
Corté. Seré infame. Siempre que me olvide, recordaré desde el alféizer: el comprender de mujer me hace doler, es menester atender ese saber. Me senté en el retrete y estornudé.

Pinceladas III

 

Estoy en la carnicería esperando que digan en voz alta mi número. Faltan dos. Un hombre recibe un llamado por teléfono y se va a atender afuera. Dicen mi número y pido dos kilos de asado y otros tantos de vacío. Pago con tarjeta, además, la bolsa de leña y algo de pan. Es domingo y ya se ve el humo invadiendo el aire sobre las casas de Punta Alta. No sé si menos que antes. El antes y el después son meras conjeturas. Cuando estoy por arrancar con el fuego llega mi cuñado y me dice que lo hace él, mientras que ya empezó por el vino. Aprovecho para darle unas pinceladas a las rejas que me dan la sensación de que brindan seguridad. Por lo menos si un ladrón se le ocurre saltarlas lo mínimo que espero es que se pinche un huevo. Alguien ya preparó mates y se acerca para ofrecerme uno. Me limpio las manos manchadas con pintura con un poco de aguarrás y lo bebo. El vecino me pregunta si tengo internet; le digo que hoy no conecté ningún dispositivo así que no sé. Vuelve al rato para avisarme que ya tenía conexión, pero andaba lenta. Se escuchan las últimas campanadas tocadas por un monaguillo. Es temprano para el asado, pero tarde para ir a misa. Por suerte la congregación en facebook está abierta las veinticuatro horas. Miro las rejas y considero que el trabajo está cumplido. Me voy a caminar con el perro. Una vecina hace lo mismo y los animales se olfatean entre sí. A mi olfato llega el olor de algún pollo que ya está sobre la parrilla. En un quiosco que atienden desde la ventana adornado con globos multicolores pido un paquete de pastillas. Pago y espero el vuelto que no va a llegar porque parece que el precio era justo el billete que entregué. Está justo, me dice la niña que me atiende, y me voy. En una esquina el asfalto se hundió y un cráneo ocupando funciones públicas pergeñó la idea de poner un cartel que indique que hay un badén. Pobre el burro que pone el lomo. El perro ya está con la lengua afuera y a mí me duelen las piernas por lo que empezamos a emprender la vuelta a casa. Me detiene una compañera de colegio que no recuerdo y me acuerdo del cuento del tío. Los recuerdos parecen darle placer, como si lo que apareciera en la pantalla de la memoria fuera de un tiempo feliz. Sin embargo no, en ese tiempo todo era igual, pero el fin de una historia parecía inexistente y la juventud no tenía preocupaciones a la vista ni problemas por resolver. Nos despedimos con un beso y cada quien retorna a lo que lo atañe. Los perros ladran atrás de las rejas y detrás de los portones de las casas, cuando escuchan pasar al que me acompaña. Pocos autos por la calle circulan sin la prisa de la semana. Hay boletas de partidos políticos en el buzón de una casa abandonada a su suerte esperando la sucesión por los herederos, si es que los tuvo, y enfrente un automóvil de otra época que duró más que lo estimado: un Ford T bordó. Adelante de ese, un Ford Ka del mismo color, que extrañamente no sufrió un boicot mediático por la connotación política. Suena la sirena de los bomberos y varios perros empiezan a aullar. No hay remisses, ni motos que hagan demasiado ruido y casi no se ven colectivos. Pasan algunas lanchas o kayaks, pero todavía no está lloviendo. Llegamos a casa y la mesa está casi lista con diversas ensaladas sobre ella. Está la familia, los niños, el vino, el asado, pero tengo la sensación de que algo falta. Me siento en el sillón y busco un párrafo de Kafka que no publican en internet.

Pinceladas II

Me detiene un hombre para preguntarme cómo hace para salir a Bahía y cortésmente le señalo el camino. Como vista gratuita tendrá el cementerio local para confirmar que el tiempo es limitado. Una pareja de recién enamorados me pregunta dónde encontrar un cine y, con rubor, le indico el mismo camino que al anterior caballero. Desapareció la pantalla grande acá, pero las domésticas siguen creciendo a paso firme. Otros pasan hablando por celular sin tener mucho por decir. Y los más jóvenes siguen chateando creyendo que están conversando. Baja de un camión un hombre de gruesos bigotes y me pide que le indique algún hotel barato para pasar la noche. Los más barato es pensar; el aire acondicionado y el agua potable han subido al compás de la inflación. Un perro anda suelto buscando algo para comer entre unas bolsas de desperdicios. Continúo caminando y observo a un pintor retocando la fachada de una casa de frente marrón con vivos blancos. Veo muchas casas que no tienen ventanas a la calle. Los que miran afuera lo hacen a través de la tecnología de la época. Tal vez por las ventanas a la calle lo hace sólo alguna viejecita que ya hizo lo que tenía por hacer en vida y nada más le queda esperar. O quienes esperan que algún cliente ingrese a sus locales de venta al público. Uno entra a una rotisería tras dejar el auto en marcha y me pide que si veo que vienen los agentes de tránsito les diga que es un minuto. No me alcanza a escuchar cuando le digo que me estoy yendo. No sé dónde voy, pero me alejo, lo que quiere decir que me acerco a otra cosa o lugar. Bueno, un lugar es un conjunto de cosas. O un vacío de cosas en todo caso como un desierto, aunque no tanto porque hay tierra, espacio, fuego, aire, pero escasea el agua. Tengo sed y me compro una coca en el camino. En la calle no hay vendedores de ningún tipo. Si te tocan el timbre tenés dos posibilidades: o te vienen a cobrar o buscan fieles para las religiones que quedaron de pie. Si es visita te llaman por teléfono desde la puerta y si es un remisse te toca bocina. Suena una bocina y miro para ver quién está detrás de los vidrios polarizados, pero el saludo es para una mujer que viene caminando de frente y agita la mano en señal de que el saludo era para ella. Uno toca bocina y desde el auto que atraviesa la calle transversalmente le responden. Nadie grita “diario” y al afilador se lo escucha una ocasión cada semestre, pero bastante seguido se escucha por un altoparlante que todavía compran calefones. Pienso en el calefactor y considero que lo tengo que hacer ver antes de que llegue el invierno. De paso me compro una frazada que en esta época no sé por qué parecen menos costosas. Me dicen que todavía no entraron, debe ser por eso. De inversiones no sé nada, pero por las dudas pregunto el precio del ladrillo. Antes de cruzar por la esquina miro para ver si viene algún vehículo y veo que en calle Luiggi hay cinco contenedores y un ciruja en dos de ellos buscando hacerse unos pesos con lo que derrama el capital. Después te dicen que no hay laburo o que los jóvenes no tienen porvenir en la ciudad si no entran a la fuerzas. Hay un personaje que en su locura le da un tono de color a las calles corriendo los autos. Había otro que tomaba vino con el mate sentado en la vereda. Una chica que apenas supera los veinte años tiene más tinta en la piel que sangre en las venas. La miro y me sonríe. Hace calor y esta noche de verano no habrá bailes ni sueños.

Sosiego

Estaba cansado por el trajín de la semana, los conflictos sociales, la parálisis creativa y la turbulencia política. No obstante, salí a caminar. Estaba anocheciendo y el andar casi a tientas en la penumbra de la ciudad me despejó las ideas, templó mi ánimo y apaciguó mi espíritu exaltado. Al emprender el regreso, recorrí un camino hasta hoy desconocido por el que vislumbré nuevas arquitecturas y luminarias modernas. Unas cuadras antes de llegar a casa escuché una voz que me saludaba.
-¡Leo! ¡Leo!
Miré en todas direcciones y, aunque creía reconocer la voz, mi cansancio y la miopía me impedían encontrar al portavoz ya entrada la noche. Inmóvil, como estatua recién tallada, lo escuché nuevamente aún sin divisarlo:
-¿¡No me vé o so ciego?!

La carta perdida

Cuando revisó sus archivos, no la encontró. Buscó entre sus correos antiguos, pero tampoco la halló. Él la recordaba con cierta simpatía, a pesar del carácter disuasorio que poseía en sí misma. Revisó entre todas sus carpetas personales sin suerte. El orden no era una de sus mayores virtudes. Utilizó un buscador en su máquina para buscar entre sus documentos, pero entonces no recordaba las palabras exactas que había utilizado en la misma, por lo que probó con algunos términos sueltos para ver si arribaba a algún resultado satisfactorio. Realizó varias búsquedas en torno al amor, pero no la halló. Refinó su búsqueda de acuerdo al tipo de archivo que podía llegar a ser, pero no la encontró. Hizo lo propio respecto al odio y, no obstante, no arribó al resultado esperado. Tal vez, no la había guardado, pensó.
Sin embargo, él la recordaba con cariño. Si hubiera sido de puño y letra, hasta quizá la tendría colgada en un cuadro en alguna de las paredes de su departamento. Despertaba en sí mismo sentimientos encontrados. Por un lado la atracción. Por el otro, cierto rechazo. Como núcleo central de la misma, la mismísima expresión natural de ser. Porque eso era parte del mismo sentir. No estaba separado, no eran dos cosas. Era parte de un mismo todo.
Volvió a buscar entre sus correos. Quiso recuperar los correos anteriormente eliminados y encontró muchos. Los revisó, uno por uno, pero no estaba la que buscaba. Encontró varias, en diversos tonos de expresión, pero no manifestaban lo mismo. No tenían la calidad de ese sentir tan inequívocamente señalado como único. Esa cualidad no se encontraba en las demás. Quizá en parte de ellas, pero daban lugar a la ambigüedad. No así en la carta que él buscaba.
Él creía que pudo haber sido la última, pero su frágil memoria, tal vez, le jugaba una mala pasada y, quizás, haya sido la primera. ¿Había lugar para semejante confusión? Pudo haber sido el comienzo de una relación con ella, por qué no. Y casi sin lugar a dudas, con ella se pudo haber terminado la misma. Aunque, él y su memoria la asociaban más a una expresión momentánea de descarga de vitalidad que al inicio o la finalización de una relación. No obstante, él recordaba la carta con afecto.
En algún momento, creyó que tal vez la hubiese impreso y buscó también entre sus papeles. Encontró letras de canciones, vieja correspondencia que mantenía con una amistad lejana, algunos manuscritos y también alguno de sus poemas.

Creyéndose en libertad
vagaba tu corazón.
Un día cayó en prisión
hoy vive en seguridad,
tan sólo con la misión
de huir de la soledad.

No encontró la carta. A medida que la buscaba, creía recordar cada una de las palabras que la componían, que le daban cuerpo a la misma. No eran muchas, por eso las recordaba con cierta facilidad. ¿Podría, quizás, reproducirla fielmente en caso de no hallarla? No lo sabía, por eso no detenía la búsqueda. Era, en ese momento que tanto la deseaba, cuando más la recordaba. Siempre con cierta ternura hacia ella. Esa carta lo había puesto en su sitio. Fiel, verdadera, ligera. Sin vueltas, sin rosca de tuerca. Era, lisa y llanamente, la manifestación de un sentimiento. Del sentimiento, por excelencia.
Pensó que, quizá, otra de sus cuentas de correo haya sido el destino que tuvo aquella carta, y allí fue que buscó. Revisó cientos de correos recibidos sin fortuna. Revisó en la papelera, pero no la encontró tampoco allí. Tal vez haya respondido a ella, y allí estaría, también, la carta perdida. Pero fue en vano. No la encontró.
Se tomó su tiempo para pensar. Intentó recordar. Se preparó un café mientras pensaba. Quería reproducirla. Sabía, con total certeza, cómo comenzaba. Así fue que lo apuntó en un nuevo archivo. Quería tenerla nuevamente, y apuntó. Apuntó el encabezado de la carta. Era el siguiente:

“Amor:”

Sabía que no podía ser de otra forma. Las cartas más bellas que había recibido comenzaban así. Por eso la recordaba con cierta simpatía. No dudó. Después, recordaba gran parte del cuerpo de la misma, lo sabía de memoria porque hacía blanco en lo profundo de su ser. Con la completa certeza de saber cuál era el cuerpo de la carta, lo apuntó seguidamente:

“Te odio.”

Tan sólo le quedaba recordar quién había sido su remitente. Y como su memoria solía jugarle bromas pesadas, resolvió, junto a su sentido común, darle por firma a quien no podía negarse que haya sido verdaderamente ella, para tener, así, una fiel reproducción de la carta perdida. Y lo apuntó:

“Yo.”

Los libros

En mi casa de la infancia, los libros ocupaban un rol preponderante, por eso los cuidábamos mucho. Tal es así, que cada vez que se rompía la pata de alguna cama ( las camas antaño eran de peor calidad ) unos cuantos libros la sustituían. Nunca supe bien qué decían esos libros, ni de dónde salían, pero nunca regresaban a la biblioteca. Ocupaban durante años un sitio bajo las camas, cumpliendo una función impensada ( impensada por el autor ) pero de gran utilidad para el hogar. Con el tiempo la biblioteca, un mueble rústico con puertas vidriadas que rescaté y mi mujer está empeñada en tirar, fue mermando su variedad, la cantidad de libros disminuyó considerablemente. Libro que salía, no volvía. Hace unos años, unos chiquilines ingresaban al garage donde la biblioteca juntó polvo durante años y se fueron llevando los últimos hasta que un cartel con birome y un alambre los detuvo en su afán afanil: “si te agarro te mato”.

Por el desagüe

Esta mañana me pasó algo curioso. Entré al inodoro y salí por el del vecino. Caminé embadurnado en líquidos cloacales y materia fecal por la habitación en busca de una toalla para limpiarme un poco, pero no la hallé. Regresé al baño y me di una ducha con detergente para higienizarme bien. Cuando me estaba secando con una remera, por el inodoro asomó un vecino ( otro ) que estaba buscando enajenado a su mujer que se había fugado con el panadero por el desagüe del bidet.

Hacer carrera

Si te explicara las razones de por qué mi carrera artística quedó trunca no me las creerías. No obstante, puedo recordarte los papeles que me ha tocado desempeñar a lo largo de mi trayectoria para envidia de más de uno. Te podría narrar cómo llegué a interpretar diversos roles, pero nada de cuestiones menores. No señor. Todas para la pantalla grande. Me he llegado a topar con grandes de la época, gente que hoy descansa en paz, estrellas de ayer que iluminan el firmamento de los nuevos artistas, para qué nombrar. Pero, ¿por qué motivo me voy a quedar sólo en la narración cuando podemos pasar a lo pictórico? Acá tengo la colección de mis papeles en cine en estos videos. Como ves, no son muchos; sin embargo son mucho más de lo que cualquier actor de esos del montón puede llegar a aspirar. ¿Vos sabés cuántos darían la vida misma por haber ocupado mi lugar? Sobre todo en “Milagro de medianoche”. Hubo cierta crítica que quiso minimizar el papel, como dando a entender que es un papel menor, casi irrelevante. ¿A vos te parece que un canillita puede ser irrelevante? No señor. Es un papel que exige una máxima concentración. Pero, ¿para qué quedarnos en el ámbito de la narración? Esta parte la vamos a adelantar porque no viene al caso. Acá es cuando Julen sufre el accidente; después en el hospital lo conoce a Giles. Ahí lo ves. ¡Qué pareja, mi dios! Es de esas parejas que pueden hacer de un mal guión una excelente película. Vamos a seguir adelantando porque toda esta parte no tiene la mayor importancia. Por eso vamos directo a mi participación y vos me dirás si te parece de menor relevancia. Acá está. Mirá. Minuto 48, de los segundos 22 a 25. Sí, son 3 segundos en pantalla. ¡Mirá qué fondo! Pasa Giles Fanduzzi, ni más ni menos y ¿quién está detrás? ¡Ahí me ves! Sí, es verdad, se me cayó una revista, pero ¿qué querías? Hay que tenerlo a Giles a un par de metros y que no te tiemblen las piernas. Pará que retrocedo y lo vemos de nuevo. Ahí está. ¡Qué barbaridad! Sabés que después no lo volví a ver a Giles. Estuve cerca en la filmación, pero entre peinadores, maquilladoras y vestuaristas el tipo está siempre rodeado por cincuenta. Con ese papel inscribí mi nombre en la historia grande del cine. La crítica nunca me lo reconoció. Si no tenés ciertos enganches te ningunean. Te basurean, entendés. A los tipos no se les inmuta un pelo. Mirá que hablé con uno de los más influyentes en aquella oportunidad. Le fui franco, le dije que un papel así merecía que me dedique al menos una columna en el diario en el que escribía, que creo que el hombre del que te hablo era del diario Perfil. Y no, ni cinco de bola me dio. No obstante, mi carrera continuó en pleno auge siguiendo su curso ascendente. Si bien es cierto que no serían muchos papeles más, no hay que desmerecer el rol que cumplí en “La dama y el ruin señor”. Sé que se habló mucho después de esa interpretación, pero a veces es más importante llegar así al público que pasar desapercibido, ¿qué querés que te diga? Pero basta de parloteo, vamos directo a los bifes. En esta película me tuvo de compañero Robert Sullivant, que hace las veces del ruin Winston, que ahí ves en pantalla. Te digo que trabajaba bastante bien el guacho. Las veintisiete estatuillas que se llevó en su carrera bien merecidas las tuvo. Acá estoy, minuto 32, segundos 13 a 15. Lo pongo en cámara lenta porque te quiero explicar algo, para que se entienda bien. Mientras en primer plano lo vemos pasar al ruin Winston, ahí atrás, el de la bicicleta soy yo. Como ves, me estampo contra esa camioneta blanca que estaba estacionada ahí. Te quiero explicar bien dos puntos: el primero, tiene que ver con la bicicleta, porque te cuento que esa bicicleta que usamos en la película no es con la que estuve ensayando. No señor. La otra tenía frenos a contrapedal, además estaba bien inflada y ésta no. Esta era más linda, qué se yo, tenía más chiches, setenta y dos velocidades, pero tenés que frenar con las manos, entendés. Y lo segundo que quiero aclarar es que cuando ensayamos, lo que había estacionado ahí era un autito chiquito, de esos de dos puertas que para manejar te tenés que sentar arriba de las rodillas, entendés. Y cuando llegó la hora de actuar me encuentro con el armatoste ese ahí, qué se yo, un poco que me abataté y cuando quise frenar con los pies me desayuno que la bicicleta era de las que tiene los frenos en el manubrio, ¿qué querés que te diga? Y si, la crítica no tiene piedad de esas cosas. Pero seguí adelante con lo mío por amor al arte, entendés. No me quedé en eso, aunque podría haber bajado los brazos en ese momento. Pero no, de tozudo nomás. Y así fue como logro otro papel, que si bien no es de las mejores interpretaciones que me tocó realizar, se destaca porque la filmamos mar adentro en el “Coloso III”. Además, te recuerdo que en esa película actuó nada más ni nada menos que Linda Moon. Sí, vos me vas a decir que era una adolescente, pero que una estrella como ella me haya tenido como compañero en el inicio de su trayectoria me llena de orgullo. Te digo que para esta película estuve seis meses trabajando de mozo. Porque a mí los papeles que desempeño me gusta llevarlos bien adentro. Me gusta entender el corazón del personaje, entendés. Además, como la escena es en un crucero, estuve navegando dos meses para perderle el temor. Y si, un poco me mareaba, no te lo voy a negar. Pero bueno, me la banqué bastante bien después de todo. No vomité ni nada. Pero, ¿para qué quedarnos en las palabras cuando podemos ir directamente a la acción? Ahí vamos. Esa es Linda, creo que tenía dieciséis años ahí. O diecisiete. Porque durante la filmación cumplió años y se lo festejamos entre todos. Acá estoy actuando. Minuto 29, segundos 8 al 20. Este fue un papel bastante largo en pantalla, comparado con mis otras interpretaciones. Creo que fue de lo más extenso que realicé. Sí, ya sé, la crítica no me la dejó pasar. Pero yo te lo puedo explicar. Vos ahí me ves simulando que le sirvo la comida a esa señora. No, no es mímica. Pasó que olvidé cargar lo que tenía que llevar. Creo que el que me descuidó fue el director. Él tiene que estar en esos detalles. A mí si me dan para que sirva un plato de ravioles o un vaso vacío lo mismo me da. ¿Me vas a decir que no es un papel jugado? Fue la mejor escena. La crítica, como de costumbre, te da con un hacha. Algunos argumentaron que si contrataban mimos o clowns les salía más barato que pagarle a un actor. En fin, ¿qué querés que te diga?

Y ese fue mi último papel. Después de esa película me presenté en varios castings, pero sin fortuna. Además, con pavada de currículum, digo acá me entran a llamar de todos lados. Pero no. La crítica es jodida, entendés. Después de eso me llamaban para hacer de mimo en distintas fiestas. Fiestas infantiles. Pero no quería saber nada. No señor. Lo mío es hacer carrera en la pantalla grande. Y así fue. Mi carrera artística quedó trunca prematuramente. Pero no te voy a explicar las razones ahora. No señor. Si te cuento, capaz que no me creerías.

Cambio de planes

Este mediodía ocurrió lo increíble, no sé si todos estarán al tanto. Al tiempo que se descongelaba Walt Disney, se desmomificaba Tután Kamón. Ambos están en perfecto estado de conservación, conservan intactos sus signos vitales pero, al no ejercitarlo, han perdido la facultad del habla, su fluidez. Según algunos intérpretes, Kamón estaría interesado en saber qué ocurrió durante los últimos años con su reino en que disfrutaba su siesta, mientras que Disney pidió la colección completa de la discografía de Ricardo Arjona. A ambos se les negó las solicitudes, y se los puso a hacer algo productivo para la maquinaria capitalista neoliberal. Como nadie los entiende cabalmente ( pues han perdido también su capacidad de transmitir sensaciones ) no se sabe si lo aceptan gustosos, a regañadientes o lo estarían rechazando. No es conocido tampoco si es lo que han planificado previo a su deceso.
Los que pretenden resurgir en un futuro posterior al de sus muertes, tengan en cuenta que la gente también cambia.

Viene

Viene un canelón caminando y te dice: Hola, ¿Verdura? No, alelí con arroz, le respondés bajando la voz. No te escucho, dice el bocado, y vos das media vuelta y así te limpiás la nariz, por si sale un loco. ¡Colorado 23! Grita el saltimbanqui cubierto de crema de leche, ensartado con algún cubierto. No es cierto, me parece, le replicás vos, y ahí termina la escena.

La película termina con un final conmovedor, pero vos estás distraída, pensando en otra cosa, y no lo ves. Todos aplauden de pie, llorando de estupefacción, pidiendo “una más” al unísono, excepto el morrón envuelto que se quedó sin vos.

Ayer ibas a venir, y viniste, cuando te ibas. Como vino, no hay iva, ni ibas, al final no viniste y ese fue el principio.

Entonces, sonaba una melodía armoniosa en tus pensamientos, no tenía estrofas, ni poema alguno. Ahí pensaste: es de Neptuno. Aquella noche, recomenzó. La hoja en blanco, escribiste vos: Gracias por tanto, mi loco hermoso. Eternamente, teneme al tanto…

Olor a gol

Basado en “El veterano”, relato de Martín Díaz, quien conserva los derechos de autor

El olor a átomo impregnaba todo el ambiente familiar y era impresionante cómo le despertaba los sentidos. Temprano, ya antes de despertar, había empezado con la ceremonia de los sábados. Le había dicho a la gorda que cocine unas pastas para estar liviano a la hora del partido. Su amabilidad y benevolencia potenciadas ese día pasaban desapercibidos en su ritual de entrar en partido mucho antes que el rival pise la cancha. Enrolló las vendas, preparó las canilleras, estiró las medias y el pantalón de fútbol… y cuando abre ese húmedo ropero para sacar el par de botines le da la sensación que tiene en sus manos la joya más preciada. Cada noche con la bruja, la cena en familia, el café matinal de cada lunes antes de la semana laboral, la cervecita y picada con los muchachos del miércoles, el asueto del viernes en el trabajo, los domingos con el viejo viendo el partido por la tele, todos son sueños lejanos, muy lejanos o borrosos y se olvidan en la yema de sus dedos. ¡Cuánta ilusión en un pedazo de cuero! Las vendas giran sobre los pies casi al compás de las agujas del reloj, pero mientras las medias y el pantalón lo visten él aprovecha la libertad de vuelo del pensamiento y ya está pensando la próxima jugada que hará. Los botines en sus pies le piden que ate fuerte los cordones y el reloj en la pared le dice que es la hora de partir hacia la cancha. La ansiedad lo invade y un cosquilleo en el estómago no pasa inadvertido. Qué deporte visceral, si los hay. Llegó el momento, lo sabe, ahora no puede dudar. De la casa hasta la cancha hay una cuadra de distancia. Rodeada de altos y frondosos árboles, las redes ya están colocadas y preparadas para asistir a los arqueros cuando su estirada sea insuficiente, las líneas están bien pintadas por lo que hoy no habrá discusiones estériles con el arbitraje. ¡Ahí está! El lugar más sagrado del mundo, un monumento a la vida: la cancha de mi barrio. La querida Juventud Unida, donde tantas glorias jugaron, como el Colo Vidal, fullback impasable por ningún frente, el Quelito Almada, el wing izquierdo más rápido de la pampa, el Lungo Cárdenas, centrofowar de esos que no ves en ningún lado y muchos otros que después los venían a buscar los clubes de la liga o alguno de afuera para jugar un regional, con decirte que hasta mi viejo hizo incontables goles en ese arco, aquél donde está esa casita rústica y mal pintada. Pero incontables porque en ese tiempo nadie llevaba la cuenta y hasta les daba un poco de vergüenza repasarlos verbalmente, las estadísticas vinieron mucho después para enmarañar el deporte y llevarse una buena tajada mercantil. Sin embargo, él no se los acuerda, se le presenta de vez en cuando el instante en que tiró la pelota por arriba del travesaño con el arco vacío. Las cosas que se presentan por única vez en vida son las que más se quedan grabadas en el registro memorial. Las que te sacan del abombamiento, como el fútbol de los sábados, como ese sánguche de mortadela que esperaba junto al mate cocido después del partido que nunca llegó por una derrota que puso en tela de juicio la actitud del equipo dentro del campo de juego. El grupo ya está reunido y el Pelado está dando indicaciones. Me miran y me dicen: ¡Apurate, Tinchín! La puta madre, hay que firmar la planilla. Es un trámite que no me distrae pero me jode un poco la burocracia en este deporte. Mientras estoy en la fila para estampar la firma escucho algunos consejos del entrenador: ¡Vos no te compliqués! ¡Reventala para arriba nomás! Que se vaya a cagar, quién me dice lo que voy a hacer en la cancha. Me tiran la camiseta y me la coloco. En la panza queda un poco estirada. Entro a la cancha con la pierna derecha dando saltitos y haciendo la señal de la cruz con la mano sobre el torso. Acá no falta nada. Está todo listo, es el momento sublime para el que pisa el césped. El partido va a empezar, entre algunos se miran, dan la orden y arranca. Detrás de la línea de cal lo veo a mi pibe, ¿ está nervioso o ya siente el perfume del gol? El Pelado cambia de frente y Pancho me la tira larga. Como lateral con proyección que soy, arranco con todo y siento el puntazo que me sacude el muslo.

Vasta, reina

Para ese tiempo ya era un hecho el mate inteligente, que se cebaba sin necesidad de un cebador y guardaba un registro de los gustos de cada uno de los participantes de la ronda. Inclusive, el mate se tomaba sin la necesidad de succionar pues tenía un sistema mediante el cual cuando advertía los labios sobre la bombilla el mate enviaba su tradicional líquido en la cantidad justa, con la temperatura exacta, carente de polvo, con la fuerza necesaria para llegar directamente hasta el estómago y a velocidad precisa.

Por supuesto que existía el libro inteligente, el cual era leído sin necesidad del lector, llevando todo lo que contenía directamente a la conciencia de quien lo tomara en sus manos en una fracción de segundo, creando una sensación en la práctica incomparable con otra. De esa forma, había quienes leían en sólo un momento la cantidad de libros que le hubiese tomado la duración de su existencia fenoménica y lo que era más destacable es que se había eliminado la necesidad de comprender los escritos, descartando la tediosa tarea de distinguir entre obras buenas, regulares, malas y de terror.

Para ese entonces ya se habían inventado los cubiertos inteligentes, que pinchaban y cortaban la ración de alimento exacta de cada comensal, ateniéndose a los gustos del mismo respetando el tamaño justo preferido para ingerir. Cada uno podía así relajarse durante el acto mecánico previo a deglutir y darle otra distracción a las manos que durante tanto tiempo habían estado relegadas al papel de la servidumbre.

Existía el calzado inteligente, el cual advertía el faltante de baldosas sobre las veredas evitando pisar pozos, esquivando baldosas flojas que escondían agua debajo de sí mismas evitando de esa manera las célebres manchas por haber sido salpicado. El mismo también regulaba el paso de quien los usara de acuerdo al agrado que sentía por el paisaje, que apreciaba a cada momento de su andar.

Todas las cosas eran inteligentes, además del televisor. El papel era inteligente además de higiénico. El fuego era inteligente además de vivo. El alimento era inteligente además de light. El aire era inteligente por fin. La silla era inteligente además de la mesa. Las ventanas eran inteligentes además de infinitas. El jabón era inteligente además de tocador. La paz es importante además de la inteligencia. El vino era inteligente además de embriagador. La música era inteligente además de la electrónica y la física. La materia era inteligente además del espíritu. La goma era inteligente además del lápiz. En fin, todas las cosas alcanzaron el grado de inteligencia necesario para ser consideradas inteligentes, incluso el presente texto.

De esa manera, cuando todas las cosas finalmente fueron inteligentes indudablemente la inteligencia pudo prescindir de la humanidad. Y lo hizo. No quedó nadie sobre la tierra porque la inteligencia era vasta en sí misma.

Tan sólo quedó usted con un texto delante, las manos ocupadas y con un pie afuera de la inteligencia.

Incompatibles

-¡Qué hacés incompatible!
-¿Cómo andás incongruente?
-Acá andamos. ¿Vos? ¿Incorregible como siempre?
-Incomparable, querrás decir.
-No, quise decir insobornable.
-¿Yo, insobornable? ¿A qué debo tal intrincada devoción?
-A que te guardo un insustituible amor.
-Afecto, será, infeliz.
-No, es más bien un cariño interminable.
-Yo también te quiero, inútil.
-Tanto como querer no es lo que siento, no me interpretes mal.
-No lo hago, intento comprenderte pero caigo en acrobacias intelectuales que me llevan a inclinarme a pensar que sos inherentemente homosexual.
-Intempestiva declaración la tuya. Incidentalmente he ingerido algún inmigrante.
-Sabía que tenías inclinaciones inquietantes. ¿Cómo anda tu inquilino?
-Intacto. Es inteligente e intelectual. Se aplica en su investigación.
-¿En qué se inmiscuye?
– Se inquieta en interrogatorios interplanetarios. Él insinúa la inmortalidad, pero sufre insomnio.
-¡Qué inepto! Deberíamos interrumpir su inusitado estudio.
-No, su inequívoca indagación involucra indios. Dejémoslo.
-Insisto, deberíamos invocar su infancia para socorrerlo.
-Olvidémoslo, es inocente. Vive su propio infierno.
-Ingenuo, por momento eres inhumano.
-Inhalo un olor nauseabundo, ¿qué será?
-Es intenso, proviene del interior.
-Ingresemos.
-Yo me voy. Intuyo que de esa inopia no pueden ser flores.
-Veo que hay heces incandescentes. Es indeseable, como la inflación.
-Vámonos antes de que nos inculpen.
-Galopemos hacia la inmensidad, infame.
-Tu insulto es inexorable, aunque inerte.
-No fue mi intención infligirte daño, sino infundirte coraje para largarnos de aquí.
-Entonces finiquitemos inmediatamente este instante de inmovilidad.
-¡Espera! El inquilino viene con el inodoro incrustado en el trasero.
-¡Intrigante! ¿Insinúas que son los gases?
-Inspeccionemos el insólito episodio.
-Es inagotable tu espíritu inquisidor.
-Innato.

Sobre una hoja de tilo

Lo que me pasó es de no creer. Iba caminando en dirección este-oeste, sobre calle 7 de marzo antes de llegar a Pueyrredón y había un charco justo contra el cordón cuneta. Encima del charco, una hojita amarillenta flotaba, de unos 5 centímetros de diámetro. Aparentemente era la hoja de un tilo. Encima de la hoja, lo vi clarito, había un saltimbanqui que me hacía morisquetas. Y sobre la hoja, tenía delante una especie de dedal en el que recolectaba las propinas que la gente le dejaba. De repente, un gnomo con una gaita salió del charco y se puso a tocar. El saltimbanqui se puso a danzar y se agolpó cantidad de gente alrededor del charco que las propinas rápidamente sobrepasaban la capacidad del dedal. Del tilo descendió un arlequín del tamaño de los otros que, con una flauta, se sumó a la orquesta. La gente estaba como loca de contenta y algunos lo empezaron a filmar, videos que ya se pueden ver en youtube desde esta tarde. Lo trágico fue que un boludo le dejó de propina una moneda de 2 pesos y la hojita no aguantó el peso, con lo que se hundieron los tres. Nosotros los quisimos rescatar, nos metimos con kayaks y botes inflables, tiramos salvavidas y sogas para ver si los sacábamos pero fue imposible. Lo único que pudimos pescar fue la gaita. A la moneda la dejamos ahí y alrededor del charco levantamos un muro. Desde esta noche todos van al mismo y lo utilizan como fuente de deseos. Le pusieron luces y quedó muy lindo, resplandeciente. Antes de volver había un loco que, tirando una moneda, pedía que el agua se convierta en vino.

Érase una bes. Tia.

¡Se me escapó la tortuga! Hice como el avestruz y me olvidé del asunto, se ve que tengo pájaros en la cabeza. Después lo quise resolver, pero soy un asno. No daba para más sudando como cerdo, casi me vuelvo el mono que encontró el reloj. Decí que como como un gorrión y mi silbido de canario le puso música al día porque pájaro que comió, voló, decían los viejos, o algo así; tengo memoria de elefante aunque como perro fiel nunca muerdo la mano que da de comer. Por eso finiquité el asunto con astucia de zorro.
¡Caracoles! A veces soy listo como delfín.

Despedir

Era la mañana de un día martes. Un martes cualquiera. Temprano. Hacía calor. Se oía el canto de los pájaros sobre los árboles aledaños. Se oía también, el paso de automóviles por la calle fuera. De repente, sonó el timbre.
-¿Quién es?, preguntó Hugo Ronsell.
-“El cartero”, dijo una voz al otro lado de la puerta.
Hugo buscó las llaves.
-“Telegrama”, dijo el cartero.
Hugo firmó. “NOTIFICÁMOSLE –leía- QUEDA CESANTE EN SU EMPLEO A PARTIR DEL DÍA … “. El impacto en sí fue tremendo. Primero se sentó pensativo, buscando respuestas. Se tomaba el rostro primero, luego la cabeza. Se levantó de su asiento, caminó dando vueltas un rato por toda la casa. Aceleraba su paso a medida que lo hacían también sus pensamientos, y se detenía, cada tanto, cuando no le encontraba lógica al asunto. “Si bien, lo he estado esperando –pensaba- , nunca creí que fuera así, tan brusco. Tal vez si me hubiesen dado un indicio”. Seguía pensando: “Parece que era lo que deseaba, pero cayó como un veneno en mis entrañas”.
Al cabo de un rato, en que Hugo se dio un baño y, luego, tomó una taza grande de café, se dirigió a un estudio jurídico con el que ya había tenido algún trato en ocasión de un accidente de tránsito que lo había visto envuelto. Allí lo recibió la secretaria del abogado Garismendi, y le pidió que aguardara al doctor un momento. Luego de varios minutos de espera, fue atendido por el doctor.
Al mediodía, Hugo pasó por un café y pidió un cortado con un tostado de jamón y queso. Tomó el diario para distenderse un poco. Hojeó la sección espectáculos. No quiso saber nada de temas de actualidad ni política. Allí, en una nota, entrevistaban a una joven que había dado a luz durante un recital de La Portuaria. Era todo un acontecimiento, luego de los alumbramientos en recitales de Babasónicos, Los Tipitos y Los del fuego, éste resultaba ser el primero en un estadio de básquet, pero no durante un partido de dicho deporte, ya que hubo dos recordados partos en Quilmes – Chascomús Unido y Ferro Carril Oeste – Ciclista. Luego repasó los clasificados del día, pero no estaba de buen ánimo para encarar su búsqueda en ese momento, tras el reciente golpe. Menos aún, luego de leer en necrológicas el anuncio:

♣ Hugo Ronsell ( Q.E.P.D. ) A un año de tu partida,
cada minuto que pasé sin ti te extrañé más.
Cada recuerdo que acudió a mí me embargó en llanto,
si fue de ti. Tus palabras, claras, prudentes. Tu
compañía, cálida, en paz. Hoy siento que ya no estás.
Después de un año, sé que te vas. Espero, descanses ya.
La vida debe continuar más allá de nuestros deseos.
Te amé desde el primer al último día.
Geraldine Arias.

Hugo se quedó pensativo. Intentó recordar si conocía a alguna joven con ese nombre. Pasó por su memoria un tenue recuerdo de una chica que había conocido alrededor de 15 años atrás, por un breve tiempo. Pero creía estar seguro que llevaba otro apellido. Guerín o Guerni. Lo descartó. Bueno, no debe ser para mí, se dijo. Será un homónimo. Alguien que lleve el mismo nombre. ¿Será un pariente lejano?, pensó. Curioso, mínimamente. Además, no estaba muerto. Por un instante dudó. Observó la fecha del diario: indicaba que se trataba exactamente de un año posterior al día. Se levantó con el diario en su mano, y se acercó a una mesa próxima donde un hombre tomaba un café.
-Oiga -le dijo Hugo- me puede decir qué pasa con este diario, me extraña qué ha pasado con la fecha que indica.
El hombre tomó el diario, observó lo que Hugo pretendía que viera. Dio vueltas las páginas una y otra vez. Luego dijo:
Al parecer en las páginas pares figura un año, en las impares otro. Debe ser un error de imprenta. Curioso.
Hugo le agradeció y se volvió a ubicar en su mesa.
Un instante después, se le acercó una niña que no tendría más de 11 años. Le mostró colocando sobre la mesa unas estampitas, gesto que Hugo rechazó con un gesto.
– Tengo hambre, dijo la pequeña.
Hugo respondió:
-Mira, niña, si no estudias tendrás hambre toda tu vida.
Ella tomó las estampitas, tomó una y la dejó sobre la mesa:
– Es San Cayetano. Se la regalo. Algún día la va a necesitar -le dijo con una sonrisa amplia, pero carente de vitalidad.
– Toma -le dijo Hugo extendiendo su tostado hacia la niña- puedes quedarte con él. Al menos hoy no pasarás hambre. Perdona por lo que dije anteriormente. A veces la gente grande estamos absortos en nuestros propios asuntos y no prestamos la atención necesaria a quien pretende algo nuestro. Fingimos que no nos importa, para dar preferencia a nuestro pequeño problema creyendo ser superior. Con tu actitud me has mostrado que he sido un necio. ¿Cómo te llamas?
– Geraldine. Geraldine Arias. Vivo con mi padre y dos hermanitos. Nuestra madre falleció hace 3 años y mi padre enfermó y perdió su empleo. Por la mañana reparto estampitas para ayudar en el hogar. A la tarde voy al colegio.
El impacto en Hugo fue tan fuerte que trastabilló de su silla. La niña saludó y se marchó de allí. Hugo la siguió con la vista, reflexivo. La siguió mirando cuando al cruzar la vereda fue embestida lentamente por un auto, que frenó en el choque. La niña cayó al pavimento. Hugo salió corriendo en dirección a ella, como mucha gente que se agolpó alrededor. “Apártense, dejen espacio. Estoy con ella”, dijo Hugo al llegar. Hugo se agachó para verla y notó el temor en su rostro. La revisó, y al parecer, no encontraba grandes heridas. Tras el toque, el señor que conducía aquél automóvil frenó. El golpe fue pequeño, la caída menor.
Al rato llegó la ambulancia y Hugo pidió acompañarla. Se sentó a su lado, puso la mano sobre su rostro y le decía, dulcemente: ”Todo está bien… todo está bien… todo está bien…”. Llegaron al hospital, se le hizo el estudio correspondiente, y un médico le dijo a Hugo:
-Va a estar bien, fue sólo lo que usted vio.
Luego, la pequeña dormía. Sobre una mesita, al lado de su cama, estaba el tostado de jamón y queso.

Urgencia

Vicente se había preparado unos mates. Sentado en el comedor, mientras tomaba uno, aparece su hijo con cierta urgencia.
-Viejo, necesito urgente el coche. El Tecla se quebró una pata acá en la canchita y lo tenemos que llevar al hospital. No sabés cómo está.
– Me imagino. Sangre por todos lados y vos encima querés que te largue el auto así nomás. Y todo por un raspón.
– No, viejo. Tiene una quebradura que se le salen todos los huesos de la piel.
– Si, son cosas que pasan. Gajes del oficio, se le dicen. Si jugaba de árbitro esas cosas no le pasan. Aunque por ahí se ligaba un botellazo en la marola.
– Bueno, ¿me prestás el auto o nos llevás vos al hospital?
– ¿Por esa pavada? Vayan caminando, ¿qué serán? Veinte, veinticinco cuadras, así de paso le afloja el hematoma a ese infeliz…
– ¡Qué hematoma! Te digo que se que-bró.
– ¿Si es para tanto por qué no llaman una ambulancia? Los pibes de hoy en día no sé en qué tienen la cabeza… piensan en boludeces. ¿Para qué practicar un deporte de verdad que te podés raspar como ese infeliz del Tecla cuando te podés quedar en tu casa calentito y limpio, apretás dos botones y jugás como si fueras el 9 del Real de Madrid? Hay cosas que no se explican…
– Chau viejo, gracias.
– El diablo sabe por diablo, pero más sabe tu viejo. No por mucho ayudar a Dios se madruga más temprano.

De una habitación sale Ana María, se para frente a un espejo y mientras se peina le habla a su marido.
– Vicente, ¿qué quería el Matías que andaba tan apurado?
– Andá a saber qué quería el borrego ese. Siempre te viene con cuentos. Habrá aprendido de vos.
– ¿De mí?
– Sí, claro que de vos. ¿Te acordás cuando nos vino con la historia esa de que le había robado la gorra a un policía? Pálido estaba de lo asustado que vino.
– Pero era verdad. La gorra la tiene en un cajón. –dice Ana María.
– ¿Qué va a tener ese? Mirá que el policía le va a prestar la gorra al infeliz del Matías…
– ¿Prestar? El Matías se la robó a la gorra. O no te acordás que tuvimos que ir a declarar a la comisaría…
– No creo. Hay cosas que no se explican. ¿O vos pensás que el policía le va a prestar la gorra al Matías? Decime, para qué. ¿Para qué? Tenía una fiesta de esas, ¿cómo se les dice? Jálogüin. Me imagino al Matías disfrazado de policía y me da escalofrío.
– No, viejo, Halloween es otra cosa. –dice Ana María.
– ¿Vos qué sabés? Capaz que hablamos de lo mismo pero con distintas palabras. Tantos años de discusión tirados a la basura. ¿Qué vamos a hacer con tantos años de discusión? Capaz que sacamos algo en limpio. ¿Quién te dice? Vos que le creés todo a ese infeliz del Matías, ¿me querés decir para qué vino recién?
– Pero si yo no lo vi, estuvo hablando con vos.
– ¿Conmigo? –pregunta Vicente confundido.
– Sí, viejo, con vos.
– Cómo te gusta contrariarme…
– Vicente, sacá el auto que me tenés que llevar a lo de Chelita. Me está esperando con unas tortafritas. Dale que después le pido que me dé algunas para vos. Seguro que ya me guardó, sabe que te encantan.
– ¡Uh! La última vez que comí de esas porquerías me indigesté. Me hiciste acordar y ahora me dieron unas arcadas… agghhh
– No, viejo, eso fue con los canelones de la Gladys.
– Agghhh…
– Dale, viejo. Llevame que estoy llegando tarde.
– Pero a vos te parece que con los mates recién preparados tenga que dejar todo para sacar el auto, llevarte hasta lo de esa amiga tuya que, vamos a ser honesto, es una infeliz. No me lo niegues. Te tengo que llevar a lo de esa infeliz y después venís toda angustiada porque no puede seguir viviendo sin ese que tuvo por marido, que extraña y no sé qué más. ¿Para eso querés que saque el auto ahora? Aguantá. En una hora me tengo que ir a buscar unos destornilladores a la ferretería.
– Me están esperando Vicente. –le dice Ana María con cierta impaciencia en sus gestos.
– Que espere. O vos conocés a alguien que se haya muerto por esperar. Capaz que se murió de viejo y esperando, pero la causa no fue la espera misma. Eso te lo discuto a muerte. Paro cardiorespiratorio, en todo caso. Además, tanto apuro para qué, me querés decir. Después venís toda así, ¿cómo se dice? Acongojada. ¿Y todo por qué? Por haber estado tres horas escuchando los lamentos de esa otra infeliz.
– Chau, me voy en taxi. –se despide Ana María.

Vicente se ceba un mate y, luego, lo toma. Se levanta, va hasta donde tiene la radio y sintoniza otra emisora. Calienta un poco el agua de la pava y vuelve a ubicarse en el mismo lugar del comedor. Entre tanto, entra Dani, su hija menor acompañada de una amiga.
– Hola pa.
– Hola chiquita, ¿trajiste visitas a casa? –dice Vicente mientras saluda con un beso a cada una.
– No, pa. Ceci me acompañó hasta casa para ver si la podés llevar hasta la suya. Hoy no hay colectivos por paro de choferes.
– Y no es para menos. ¿A vos te parece poner el lomo todo el día por dos pesos que no te alcanzan ni para pagarte un chegusán? Lo único que falta es que se tengan que pagar el combustible para poder trabajar. ¿En qué cabeza cabe? En la mía seguro que no. No sé cuánto estarán cobrando, pero te digo que igual es poco. Además, te cruzás con un atorrante que no tiene nada mejor que hacer…¿y? ¿Qué hacés? Le tenés que romper la marola con el volante.
– Bueno pa. ¿La llevamos?
– ¿A tu edad sabés cuántos kilómetros caminaba por día? Treinta y dos. Diez para ir a la escuela, diez para volver y doce haciendo los mandados a la vieja. Tu abuela, descansa en paz. Todos los días. Cinco kilos de papas, dos calabazas. Después el pan de lo de don Octavio, la leche del tambo… Y acá tu amiga que no puede caminar ¿cuánto?
– ¡Qué se yo! ¿5 kilómetros?.
– Cinco kilómetros. No me hagás reír que me vas a hacer volcar el mate. Ahora, decime, vos querés que deje todo así, que apague la radio, saque el auto y deje el mate recién hecho para llevar a tu amiga hasta la otra punta con qué excusa más ingenua: el paro de choferes. Contate otra porque con esa no vamos a ningún lado.
– Vamos afuera que te acompaño hasta la esquina Ceci. –le dice Dani a su amiga y se retiran de la casa.

Vicente se levanta con la pava, le agrega agua y la pone al fuego a calentar. Pocos minutos después, vuelve a entrar Dani mientras Vicente está hurgando en la heladera.
– Chiquita, ¿viste donde quedó el salamín que me compré la otra noche?
– No quedó. Se lo terminó el Mati con el Tecla ayer.
– ¡Si serán infelices!

Vicente tomó las llaves del auto y salió urgente de la casa. Dani lo miraba desde la ventana. En eso, ve que su padre deja el auto estacionado frente a la casa, se baja e ingresa a la misma.
– Chiquita, vigilame la pava que dejé sobre el fuego que ahora vengo. Voy hasta la fiambrería.
– Si, pa. –le respondió Dani, mientras reflejaba su expresión declarando por lo bajo: hay cosas que no se explican.

Apuesta al amor

La batalla de Cepeda


Cepeda nunca tenía suerte en el amor.
Había conocido a una dulce muchacha, que, tras unos meses de noviazgo, le dijo que quería tomarse un tiempo para pensar y no lo volvió a llamar. Aún. Quizá todavía lo esté pensando. Se sabe que lleva su tiempo arribar a conclusiones que brinden algún tipo de satisfacción.
Sin embargo, en el juego, la timba, era de lo más afortunado que se había dado a conocer. Sin ir más lejos, ayer se ganó 7 mil en la tómbola de Montevideo, porque el muchacho que le hizo la jugada pifió en el número que había querido jugar Cepeda y, éste, la quintuplicó por pálpito, según explicó.
Anteriormente salía con Marisa, quien lo abandonó diciendo que con él perdió el tiempo y la risa. Esa misma noche, a Cepeda poco le importó. Fue al casino y se llevó catorce lucas y el coche de su vecino, que se lo ganó jugando un partido de truco. Lo festejó comiendo lasaña sin tuco.
Cuando salía con Filomena, ésta lo dejó para abocarse al estudio de la quena. Cepeda no lo pudo creer, pero para apaciguar su pena, apostó el sueldo a la segunda docena, ganando también una plena que pagó el postre y la cena, dejando su barriga llena.
Tuvo por novia a la petisa de Elisa, que ni bien un poco creció, ahí nomás pereció. El médico dijo que fue paro, a Cepeda le pareció raro. Se fue al bingo manejando su Twingo y llenó tres cartones. Se llevó el pozo acumulado y también ganó una partida de dados.
De joven, Cepeda invitaba a salir a lindas jovencitas a quienes deseaba llevar a pasear en su destartalada motocicleta, pero todas se negaban poniendo alguna ingenua excusa, ocultando, toscamente, su desinterés tanto en la humanidad de Cepeda como en la maquinaria de su moto. Él, ni lerdo ni perezoso, jugaba pronto con sus amigos largas partidas de póquer en las que se gastaba su mensualidad, llevándose cuantiosos pozos que pagarían, luego, una moto tipo chopera 250 cc, mejorando sus armas de seducción.
No obstante, no fue sino María quien a su vida llegaría. Con ella además pasearía, en moto sin alboroto. A ella, Cepeda amaría y le preguntó si se casaría. Ahí fue que la bella María, un poco se asustaría y a Cepeda, al fin, dejaría. Otra vez, Cepeda, en soledad, decide jugarle a su edad. Lo agarra en la matutina y, lo dobla, en la vespertina.
Así es la triste vida de Cepeda, forrado en guita está el pobre. A veces le llega algún sobre, firmado por una querida. Le pide disculpas, de antemano, diciendo que su amor es vano; que ella prefiere no verle. Escribirle y, de lejos, quererle.
Hoy, Cepeda visita a su terapeuta. Ella sugiere, seguido, que la vida a veces compensa. Amor duradero, poco. Dinero ligero, un toco. Cepeda se va contento, luego de cada escarmiento, pagando jugosas sesiones que dan a olvidar obsesiones.

Apariciones

Ya estaba amaneciendo pero Arturo no se había enterado del suceso. Caminaba por un sendero rodeado de cipreses cuando en el medio del camino observó una ardilla corriendo. La siguió con la mirada hasta verla trepar a uno de los árboles. En la copa había una comadreja agazapada. Se inclinó para recoger una piña y cuando la tuvo en una mano descubrió que no era una piña, sino que era un grifo. Lo abrió y de allí empezó a correr un pequeño reguero. Se enjuagó el rostro, sentía calor. La sombra que daban los árboles no le permitió ver la luz. Sin embargo, vio con claridad cuando la ardilla se le vino encima. Arturo la pudo esquivar y el animal corrió hasta otro ciprés, donde trepó con agilidad. Un mosquito rondaba su cabeza. Arturo observó que un yaguareté se asomó entre los árboles a cierta distancia. Empezó a sudar. Se ocultó tras un ciprés y el mosquito parecía seguirlo. El yaguareté se desplazaba armoniosamente por el bosque en dirección a Arturo. Éste espiando bajo la copa del árbol notó que el felino se había dado cuenta de su presencia y empezó a correr en dirección contraria. El yaguareté lo persiguió y cuando estaba a pocos metros Arturo tropezó con una rama y cayó de cara al suelo. Se dio vuelta y observó al animal de frente, a tres metros, rugir. En ese momento de terror, el mosquito lo picó en el rostro y Arturo despertó.
Se dio una ducha y cuando se estaba secando observó el reflejo de su rostro en el espejo y tenía allí la marca de la picadura del insecto. Menos mal que sólo fue un mosquito, pensó Arturo, ese tigre me iba a devorar. Se preparó un café y recogió el periódico que le habían dejado junto a la puerta. Mientras revolvía con la cuchara en la taza, de la misma emergió una figura extraordinaria, aunque diminuta. Tenía un torso musculoso y rostro de león. Sobre la espalda, dos enormes alas de cóndor y sus pies eran filosas garras de águila. Arturo lo contempló. Alucino otra vez, dijo Arturo. Tomó la figura con su mano y la alzó para observarla mejor. La colocó en su hombro izquierdo y bebió un sorbo de café. De repente, oyó una voz.
-Arturo, sorete duro.

Miró en todas direcciones buscando la procedencia de aquella voz. Caminó hasta la habitación y comprobó que estaba vacía. De nuevo, una voz lejana se hizo escuchar.
-Arturo, sorete duro.

Observó por la ventana ingresar la claridad de la luz del día. Cuando iba a dar otro sorbo al café, se detuvo a ver la aparición de otra magnífica silueta en la taza. Ésta tenía la corpulencia de un oso, el rabo de un tigre, sus manos eran garras de buitre y el rostro de un hombre calvo y huesudo. La colocó en su hombro derecho y terminó de beber el café. Cuando se estaba cepillando los dientes el hombrecillo con cuerpo de oso le habló.
-Arturo, llévame a conocer a Nancy.
-Ahora está trabajando, no podemos ir.
-¿Qué te parece si vamos al zoológico entonces?
-De acuerdo. –dijo Arturo con la boca llena de pasta dental.

Caminó hasta la parada de colectivos y esperó el 48. Una mujer a su lado observaba con atención las figuras sobre Arturo.
-Lindas mascotas. –Le dijo- ¿Qué son?
-Ardillas. –dijo Arturo.
-Nunca tuve de esas. ¿Muerden?
-No, pero pican.

Llegó el colectivo y ambos lo abordaron. El chofer llevaba un sombrero vistoso del que sobresalía una especie de árbol navideño con un juego de luces titilando adornado con unas cuantas estrellas y bolitas brillantes. Arturo se sentó en un asiento de la fila de asientos dobles, del lado de la ventanilla, quedando el asiento contiguo libre. Delante de él, una pareja compuesta por una joven de pelo corto rubio, de bello rostro, y un muchacho de pelo largo negro, de rostro infame. Ella le decía que sabía que lo de una tal María con él era cierto, pero él negaba descaradamente. Ella le decía que tenía testigos, pero él los desprestigiaba aduciendo que eran gente de baja reputación y de poca credibilidad. Al lado de Arturo se sentó un testigo de Jehová que le empezó a conversar de las normas que regían el universo, según su fe. El muchacho le habló de un destino de gloria si Arturo cooperaba con los designios que él profesaba. Arturo accedió, más que nada para no contrariar al joven, y se ganó su lugar en el paraíso. Contento, se bajó cuando estaba próximo al zoológico y se dirigió en principio a la jaula de los leones. El macho y la hembra dormían apaciblemente allá abajo. Dos cachorros se mordían jugueteando. El hombrecillo en su hombro derecho miró con curiosidad.
-Tienen hambre.-dijo luego.
-Seguramente.
-No tienen espacio para correr libremente.

El leoncillo en su hombro izquierdo lanzó un formidable rugido que estremeció a Arturo. El león en lo bajo despertó de su siesta y correspondió el rugido. Luego intercambiaron rugidos uno y otro, desafiándose mutuamente. Arturo caminó hasta la jaula de las aves, donde un precioso pavo real extendió su llamativa cola cuando lo vio llegar. Las aves parecían contentas y volaban de una rama a otra, e incluso algunas cantaban. Otras comían y bebían sin medida. El leoncillo voló y se coló a la jaula por una pequeña abertura. Algunas aves se espantaron al verlo tan cerca y otras, en cambio, se acercaron y volaron con él. Después de un rato, el leoncillo emprendió el regreso al hombro izquierdo de Arturo. Luego se dirigió a la jaula de los monos y allí observó un chimpancé que le quitaba piojos a otro y se los comía. Arturo observó atentamente el movimiento de los primates.
-Ser o no ser. –Dijo el hombrecillo en su hombro- Es, al parecer, cómo de la nada ha llegado todo a ser, un misterio inextricable.
-Así es. –Dijo Arturo- Un misterio. –Repitió- Como tú.
-Vayamos a ver las jirafas. –sugirió el hombrecillo.

Caminó hasta el sector donde se encontraban las jirafas. Sólo había dos que comían las hojas de unos árboles. El leoncillo rugió y las jirafas miraban para ver de dónde provenía aquél rugido. Lo observaron a Arturo y luego continuaron devorando las hojas. Arturo ya estaba bastante aburrido del espectáculo cuando el hombrecillo le habló.
-Cuántas maravillas que ofrece la diversidad. –dijo.
-¿Cuántas?
-Muchas. Infinidades. No se sacia el ojo de ver.
-Creo que por hoy he visto suficiente. Volvamos.
-Quiero ver un oso. –argumentó el hombrecillo.
-No hay osos en este zoo. –explicó Arturo.
-¿Qué tal uno en la televisión? Podrías alquilar una película de osos.
-De acuerdo. –dijo Arturo.

Emprendieron el regreso en colectivo y una mujer señalando a Arturo, le dijo a su hijo que observara los títeres. El niño quedó fascinado. Se bajaron en la esquina de un videoclub. Arturo alquiló dos películas de osos. Una de animaciones, la otra de caza. El hombrecillo estaba entusiasmado. Cuando llegaron a la vivienda, Arturo puso a reproducir una película y las dos criaturas se sentaron a observarla. Se trataba de Kung Fu Panda, y ambas la miraban con deleite mientras comían pochoclos que Arturo había comprado en el camino.

Mientras tanto, Arturo estaba leyendo un pequeño libro que trataba superficialmente el tema alucinaciones. En él, se narraban historias de apariciones frecuentes, como santos y mesías, vírgenes y demonios, delante de personas devotas. El mismo no arrojaba luz sobre la conciencia de Arturo, pero se entretuvo bastante leyéndolo. Cuando finalizó, reparó que en el sillón donde habían estado sentadas las criaturas no había rastros de ninguna de ellas. La película había terminado y sobre la imagen se leían los créditos. Arturo se preparó un café y lo revolvió con temor, temor que desapareció gradualmente cuando pudo degustarlo sin ninguna controvertida aparición. Un mosquito rondaba su cabeza. Arturo lo espantó con su mano. En ese momento, de la habitación, emergió un yaguareté.

La gran barata

Entra un equipo de rugby a un minimercado, todos recontrasudados, con barro hasta en las orejas, pero, no obstante, los tipos muy educados.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes.

El empleado asintió con la cabeza, un poco sorprendido por la mala fama que tenían estos deportistas y máxime cuando salían en grupo. Uno de ellos, que parecía ser el capitán, tomó la palabra y preguntó por el precio de la hambuerguesa, que lucían a la vista ya preparadas para comer.

-100 pesos. -dijo el empleado.

Los rugbiers se miraron entre ellos.

-Es cara.

-Es cara.

-Es cara. -dijeron los quince.

El capitán preguntó por el precio de la cerveza, precisamente la lata de Heinekken de medio litro.

-90 pesos. -respondió el empleado.

Los rugbiers, con una tranquilidad propia de golfistas, se miraron entre ellos y dijeron uno tras otro:

-Es cara.

-Es cara.

-Es cara.

El capitán, inmutable, volvió a tomar la palabra, esta vez para preguntar por el precio de la picada, cuyas bandejas se observaban detrás del vidrio de una heladera exhibidora.

-150 pesos -dijo el empleado impertérrito.

Los rugbiers, cuyo sudor no cesaba de gotear el mosaico del local, se volvieron a mirar entre ellos y uno a uno dijeron:

-Es cara.

-Es cara.

-Es cara.

El empleado los miraba detrás del mostrador y, cuando los vio girar y creyó que se iban, los rugbiers tomaron posiciones de frente como en su mejor scrumm con un grave y sostenido grito de guerra:

-¡¡¡¡Escaramuza!!!!!!!!!!

Arrasaron con hamburguesas, picadas y latas de Heinekken, cayendo otros productos a su paso cual huracán, mientras el empleado, acurrucado en un rincón, debajo de un mostrador veía pasar al capitán, en la cola de los alegres rugbiers, con una tira de salamines colgando del cuello a título de medalla.

4G

Segundo Décima era un rockero de cuarta. Pero de no cuarta categoría como podría presuponer algún desprevenido, sino de cuarta generación. Cuando todos iban por la segunda, él metía quinta a fondo. Sin embargo, no fue sino hasta su sexto disco cuando lo reconocieron en una premiación en la que había sido ternado como artista revelación. Segundo, no obstante, se rebeló y no asistió a la entrega quedando la estatuilla en manos de su manager, quien la vendería luego para comprar chocolates. Décima tenía la particularidad de haber sido el primero en fundar un quinteto de vientos en esa categoría musical. Una de las canciones de dicho disco, titulado “Noveno cuarteto” disparó algún tipo de controversia con sus colegas. Parte de su letra daba parte de la filosofía que encaraba Décima en aquél tiempo:
A Dios gracias, existe el olvido
santo remedio final
en el que se desvanece mi mal.

Los más agitados fueron sin dudas Los tipitos, quienes pusieron el gritito en el cielo. Segundo Décima, lejos de retractarse, lo reafirmó en sucesivas canciones posteriores, sobre todo en el octavo hit del duodécimo disco ( dicho sea de paso, éste alcanzó a ser Disco de Níquel con las ventas al público en su primer año ), que sentenciaba en un pasaje del mismo:
La memoria en su tiranía
no cumplirá la promesa,
finalmente te olvidaré
tengo absoluta certeza
fue falsa la travesía
de mí te desterraré.

A pesar de sus numerables logros, Décima cayó con su último disco ( el vigésimo ) en el olvido del público. Los jóvenes no escuchaban sus canciones ni las tomaban en consideración. Los más veteranos, por su parte, reconocían que Segundo había perdido el ímpetu que caracterizó sus comienzos en la música. Se despidió con más pena que gloria dejando su vocación definitivamente tras la trágica muerte de su mujer, la afamada actriz Gloria Penna, en un accidente automovilístico. Hoy Décima pasa sus días recluido en su chalet de la cuarta avenida, alejado de la música, a la cual no destina ni una décima de segundo de su vida.

Las viñas de la seño

Hoy me levanté con un corazón generoso, de ánimo benevolente, con ganas de hacer bien en un mundo opaco y gris donde se veían cabezas gachas y aflicción. Anduve buscando toda la mañana la oportunidad para obrar, pero ésta me resultaba esquiva. No obstante, eso no me amilanó y persistí por la tarde, a pesar de que ninguna viejita siquiera pedía mi ayuda para cruzar la calle o ni un gato arriba de un árbol lloraba para que lo bajen. Cuando el sol caía y me disponía a regresar a mi casa y dormir ( los lunes por la mañana suelen ser difíciles ) divisé en la vereda de enfrente un hombre caminando a toda prisa, pero había notado una anomalía. Lo perseguí raudo, a la mayor velocidad de la que podía ser capaz. El hombre parecía asustado o perturbado por mi presencia siguiendo sus pasos. Logré dar con él luego de unos trescientos metros, ya que el buen hombre también había acelerado su andar. Le toqué el hombro, vaticinando un triunfo, y le dije eufórico:
-¡Señor! Tiene los cordones desatados.
El hombre en una mueca mezcla de susto y comprensión me dio las gracias. Me marché victorioso a reconfortarme con un merecido descanso, no sin dejar de pensar que mi obra de bien del día había salvado una vida.

Don Zárate

Érase una vez, un hombre desgarbado que poseía el don de la adivinación. Este buen hombre se decía que tenía poderes de clarividencia y podía predecir sucesos futuros a los cuales el ser humano común y corriente no tenía acceso hasta tanto hayan sucedido y pueda acceder a la solicitada información.
Este hombre era consultado diariamente acerca de cuestiones cruciales para los interesados que lo visitaban, tales como: cuándo conoceré al amor, me despedirán de mi empleo o no, conseguiré el ansiado ascenso, qué número de lotería sale esta noche, tendré suerte en esta vida sino en cuál, cómo estará de salud mi madre, a qué hora pasa el cuarenta y tres, etcétera.
En sus comienzos, este hombre no cobraba dinero por sus videncias, sino que pedía a cambio algún alimento o abrigo y el hombre, así, no tenía necesidades extraordinarias, pero con el tiempo vio la posibilidad de generar cuantiosos ingresos monetarios por su don y fue así que empezó a cobrar en efectivo para hacer sus lecturas del destino. Y no eran menores las tarifas que cobraba por ello. Tan altos eran sus aciertos que la gente acudía cada vez con mayor asiduidad y, además, en mayor cantidad, multiplicándose por la buena fama que había cobrado este hombre, apellidado Zárate.
Aunque nunca reveló el secreto de su clarividencia, sus logros eran fantásticos y con tal nivel de exactitud que la gente muchas veces quedaba pasmada cuando sucedía aquello que había sido vaticinado por Don Zárate sin ambigüedad, porque fácil era dar indicios de sucesos catalogados en etiquetas como decir: algo bueno te sucederá en tal aspecto; o decir: encontrarás al amor, por citar ejemplos, eran situaciones que poco le decían a quien deseara investigar el hilo de la trama de su historia antes de que haya sucedido. No obstante, muchos recurrían a este tipo de, equívocadamente, llamados videntes, con el propósito de apaciguar su penar, más que para adelantarse al destino. Escuchaban lo que deseaban y se iban felices.
Fue así, que Don Zárate pudo ver claramente la muerte de la hermana de un hombre que lo visitó, y se lo reveló sin rodeos. El hombre nada pudo hacer para prevenir dicho suceso, aunque quiso advertírselo sin ser oído.
En otra oportunidad, Don Zárate predijo la quiebra de una floreciente empresa de calzados en la cual todos serían despedidos, indicando la fecha, inclusive. Quien oyó, desconfió de esas palabras y quedó sumido en pavor cuando su empresa presentó la quiebra a los pocos meses, perdiendo él y todos sus compañeros su empleo y única fuente de ingresos para sus hogares.
Un día se presentó a Don Zárate una mujer visiblemente angustiada por una reciente separación que había sufrido y él le vaticinó el regreso de su pareja a los dos días, diciéndole la hora, incluso, en que golpearía a su puerta. Sucedió exactamente como Don Zárate predijo.
Así, la gente cada vez acudía a Don Zárate con mayor dependencia de lo que él mismo hubiera deseado. Al tiempo que se acercaban a diario mayor cantidad de gente, la salud de Don Zárate empeoraba a tal punto que perdió más de diez kilogramos en dos meses, quedando en un estado de impactante escualidez. Un día, Don Zárate reunió a toda la gente que lo visitó en ese momento y les comunicó lo que se avecinaba, inevitable: su propia muerte, indicando la fecha exacta de su propia desaparición. La gente tuvo reacciones dispares. Algunos se lo tomaron con calma, otros entraron en desesperación, otros lloraron sin consuelo por el afecto que los unía.
Sin embargo, la tristeza y la pena que sentían por aquél hombre era casi unánime.
Días previos a la fecha anunciada para su muerte, Don Zárate dejó de atender al público, agonizando en su lecho. Todos allí se dispusieron a preparar el funeral, con el consentimiento de Don Zárate.
Llegada la fecha, quienes lo fueron a buscar para velar encontraron a Don Zárate con una vitalidad renovada y un aspecto vigoroso. Radiante y visiblemente contento. Incrédulos ellos, preguntaron qué le había sucedido, a lo que Zárate respondió:
– Aparentemente, perdí el don.

Pagaré

La otra tarde estaba aburrido y salí de shopping. Como el efectivo era escaso, sólo me compré una opinión. Me ofrecieron envolvérmela, pero desistí y me la llevé puesta. Cuando salía para regresar, pude ver que a un anciano se le caía una opinión del bolsillo del pantalón al subir al auto. La recogí, subí al Peugeot y lo seguí para devolvérsela, pero no logré alcanzarlo. Llegué a casa y mi mujer, lejos de recibirme con un beso, me propinó dos opiniones y mi hija otras tantas. Harto, prendí la tele y recogí diez/once opiniones casi sin darme cuenta. Metí las manos en los bolsillos buscando los cigarrillos pero sólo encontré las llaves y varias opiniones. Me levanté y me fui hasta el kiosco. Pedí un Camel y cuando quise pagar con opiniones el kiosquero me corrió a patadas. Ahí me di cuenta que era tarde, estaba cansado por el trajín y cuando quise darte las buenas noches caí en el hecho de que sólo puedo ofrecerte mi modesta opinión.

Hedor

La convivencia siempre fue difícil. Conflictiva. Disputas de grandes, travesuras de chicos. Los grandes que por la noche se hastiaban de los chicos y se enfrascaban delante del televisor. Y antes de mandar a los chicos a la escuela al otro día, para restarles vivacidad, había que sentarlos delante de la tele. Era un método que funcionaba a costa de vida. En la escuela, cuando el docente se veía superado por la vívida inteligencia del niño comenzaba un severo dictado ( en el mejor de los casos ) o les hacía sacar una hoja a todos ( en el peor ) pagando hasta los pobres tontos. Hay algo en la imagen, que encandila, que enceguece, que es el poder de detener el devenir, poder de quienes somos víctimas, rehenes. Ese poder es nada más ni nada menos que la muerte, bah! Porque si hay algo que impacta de toda belleza es su carácter vivaz. Blancanieves muerta espanta a cualquier príncipe.
Así las cosas, y visto que funcionaba, la hegemonía de la pantalla no se quedaría sólo ahí. Videojuegos y redes para los chicos, redes y porno para los grandes, se destacaban. Y fútbol para todos. Y ese mundo tosco, para nada sublime, se propagaría cual enfermedad virósica entre la gente cegada, sin distinción, donde la sensibilidad duerme o yace moribunda en el seno de un cigarrillo pestilente.

De colección

Éramos chicos para algunas cosas, pero no tanto para otras. Sin embargo, en ese tiempo, a la cerveza le sentíamos gusto a pis de gato. O al menos eso es lo que creíamos, ya que nunca habíamos probado pis de gato ni lo pensábamos hacer. No obstante, había una corriente que nos llevaba a coleccionar latas de cerveza y, en un comercio algo lejano vendían unas latas que no teníamos y las queríamos a toda costa para llenar nuestras habitaciones. Juntamos nuestros ahorros y compramos tres latas. No queríamos la cerveza, que sería nuestro néctar predilecto de otras noches, sino simplemente las latas. Abrimos una y la probamos: pis de gato. No había dudas. La vaciamos en la vereda. Esa y las otras dos latas. El carnicero salió enfurecido por el enchastre que habíamos hecho con la espuma y nos mandó a mudar. Al llegar a casa, comenté lo sucedido, pero mi viejo, que por ese entonces ya era mi viejo, me aleccionó: ¡No! Está mal; vos tenés que traerme la lata, yo me tomo la cerveza y después te doy la lata vacía. ¡Tomá!
Con los precios actuales, espero que mi hija empiece a coleccionar cajitas de cigarrillos, que dice que tienen olor a escape de rastrojero.

La visión mítica

Íbamos camino a la playa, en el Roll Royce de Maratón Díaz, cuando vimos que desde la garita de vigilancia nos hacían señas para que detengamos la marcha. Maratón, obediente, desaceleró y estacionó unos metros pasando la garita. El oficial que hacía las veces de vigilante se acercó al vehículo y asomó sus barbas a la ventanilla donde Maratón ejercía la conducción. Lo observé detenidamente, con atención en su rasa barba.
-A este tipo lo conozco. -le dije a Maratón.
-Sí, creo que es el de la tele.-me dijo en voz baja.
-¡Claro! Es Vigilio. ¿Te acordás que nos regateó un voto vez pasada?
Nuestra conversación con Maratón fue interrumpida por una tos seca de Vigilio.
-Disculpen… ¿van para allá? -dijo Vigilio señalando el puerto.
-Sí. ¿A qué viene la pregunta?-dijimos casi en una voz.
-Este trabajo me tiene podrido. Quiero ir a recorrer un poco las costas. ¿Me llevan?
Maratón me echó una mirada escrutando. Asentí con la cabeza.
-¡Suba! -señaló Maratón.
El ex vigilante y ex oficial subió al coche agradecido. Enseguida se pusieron a debatir en torno a la política, cómplices en sus obras para la sociedad, que nadie le encomendó. Mientras, observaba por la ventanilla lo que me parecía la caída de un meteorito, paralelo a la ruta por la que viajábamos. Maratón, de vista perfecta, me cortó la inspiración:
-Es un ovni. -sentenció. Y en el primer cruce, ante el silencio de los tres, se metió por un camino rural.
Ninguno observaba ya el camino. Nadie recordaba la playa ni sabíamos distinguir si la radio emitía un reggaeton o un tango, abismados por la aparición que se había suspendido delante nuestro, contrastando con lo que quedaba de ocaso.
-No puede ser.-repetía una y otra vez Vigilio
Maratón había detenido el coche y el motor se apagó sin interacción de la llave. El platillo, que se mantenía suspendido, había comenzado a descender delante de nuestras narices muy lentamente, hasta que aterrizó. El impacto en nuestros corazones era tal que sólo oíamos nuestras respiraciones intermitentes.
De pronto, paralizándonos por completo, salvo nuestro sentido de la vista, una escotilla de la nave, que octuplicaba el ancho del Roll Royce, se abrió, elevándose.
Una silueta se asomó e inmediatamente una especie de escalera se desplegó delante. Nuestro asombro no nos daba tregua. Estábamos solos ante el fenómeno. ¡Miento! Detrás del vehículo había un turista en bicicleta. A quien suponíamos sería el primer alienígena en tener contacto con seres humanos se le había dado por poner mayor suspenso a la situación. No alcanzábamos a distinguir, tras la sombra de la aeronave, correctamente su figura. Pero lo imaginábamos extraño. Todo era suposición en nuestros pensamientos pues la oscuridad, a esa altura, nublaba cualquier atisbo de visión.
A todo esto, que el alienígena no descendía, el turista, a nuestra derecha, se nos había adelantado y avanzaba rápidamente, habiendo dejado la bicicleta detrás del Roll Royce. En su andar, nos distrajo y no alcanzamos a ver el reingreso de la escalera pero sí el cerrar de la puerta de la aeronave. La misma, elevándose en espiral, desapareció de nuestra vista.
Quedamos pasmados, en una especie mezcla de éxtasis con desilusión. El turista se dio vuelta, y Vigilio lo reconoció:
-¡Es Reviro! ¿Qué hace Reviro acá?.-inquirió.
Reviro Monfrinotti era un aclamado e ilustre filmador de eventos paranormales y había dado varias conferencias por todo el globo y en diversos medios.
Se acercó, con una sonrisa amplia, y exclamó:
-¡Lo tengo todo! ¡Todo!-señalando su celular.
Los cuatro quedamos impávidos. Habíamos estado a un instante del momento que cambiaría nuestras vidas, y probablemente el de la humanidad. Pronto en redes sociales un video de la penumbra, grabado en vga, se haría viral.