Suyas

Su teléfono hacía las veces de cerebro.
Su voz, repetía como un eco opiniones adosadas tanto a las ‘suyas’ que eran casi indistinguibles unas de otras. Y este mecanismo había obrado así por lustros.
Pudo corroborar que en nada se diferenciaban de aquellas que había ido recogiendo, a las que observaba con simpatía, un cariño reservado a la persona por motivos ajenos a las mismas.
Un día, marcado en el calendario digital como viernes 11 de …bre, empezó, dícese dio inicio, a escudriñar lo que traía a cuestas. Encontró, no sin sorpresa, algún conocimiento que, en su momento, lo guardó como opinión. Lo valoraba, lo llevaba como un tesoro olvidado, pero no sabía hasta entonces de su condición.
Sus ojos describían órbitas elípticas que no guardaban reposo siquiera en sueños, al menos los ojos internos. Las puertas del infierno se abrían de par en par, para entrar, para salir. En el umbral había a un lado un cancerbero que, lejos de amedrentar, uno se apenaba de verlo yacer huesudo y moribundo al custodio de semejante empresa. Y al otro lado, un enorme jabalí de unos colmillos largos y filosos, de cuyo escupitajo habría surgido el hombre. El cancerbero llamado Tan daba la orden con un gruñido lastimero para que Athos, el jabalí, atacara cuando un interno quisiese salir. Como contrapartida, Athos emitía unos gemidos histéricos que parecían una estúpida risa, mientras Tan se acurrucaba con la vista perdida en el horizonte, dejando el paso libre al visitante aventurado.
Sus manos obraban cual máquina inerme que reincide en sus acciones, como el crepúsculo que en su iteración pierde observadores, pero en su mística los conmueve, y el observador torna sobre sí embriagado con la prístina visión. Y esa reincidencia opacaba el destino creador que portaban, mas no llegaba a dominarlo en sus fatuos malabares que le daban, ni más ni menos, que el sustento diario.
Su corazón bombeaba y bombardeaba sus arterias de sopor, tedio cotidiano con disfraz de diversión, que le eyectaba una sonrisa paulatina que en cualquier conversación se salía de las comisuras amenazando al interlocutor con morderle las orejas, o al menos es lo que aventuraba Gracie cuando conversaban de amores perdidos y del futuro esquivo.
Su nariz tomaba registros del ambiente que no coincidían con el pronóstico. El olor a putrefacción al pasar por donde los mendicantes recogían las sobras de fast food slow death le abría surcos entre las imágenes que poblaban su pensar.
Su sangre recorría caminos previamente trazados, con bifurcaciones y empalmes donde se desviaba su conducta, cabalgada por su carácter. Al llegar a sus extremidades inferiores, un magma efervescente de prejuicios le aquejaba, propiciándole migrañas inacabables, sostenidas por rígidos tendones.
Su estómago fluctuaba al procesar, y esas fluctuaciones emitían penosos quejidos o segregaban llantos emotivos que pugnaban entre lagrimales por salir de las trincheras.
Su teléfono, que hacía las veces de apéndice, sería extirpado por una cirujana que cumplía funciones de terapeuta en el empíreo, ante el discurso anodino de sus cavilaciones.

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Vida del blog

Podía decirse que el blog estaba vivo, a pesar de que no respiraba el mismo aire que nosotros. En realidad, nosotros respirábamos aire pero no era el mismo en todos lados, ya que muchos lo respirábamos con otros aditivos, polución, smog, alquitrán y demás impurezas. Pero no todos, dependiendo su situación geográfica y económica. El blog estaba vivo, pero no era por mérito propio –exclusivamente- sino por la asistencia de cientos de visitantes que le daban color, como las flores a un cementerio, y eso hacía pensar que el mismo era un lugar donde los visitantes –al menos en principio- estaban tan vivos como el mismo blog.

Pero el blog no despertaba curiosidad alguna, ni tampoco podía decirse que se le rendía pleitesía, o que abrigaba admiración. El blog estaba vivo en términos virtuales porque había movimiento, que es lo que llama la atención, cosa que la quietud no hace, al menos en el observador tuerto.
Dicho movimiento era dado por factores que –cuentan los astrofísicos- están determinados por las órbitas de los planetas, el brillo de las constelaciones, las parábolas de los meteoritos y la indumentaria de las estrellas de Hollywood en noches de gala. Todos los astros de la galaxia –incluso futbolistas de renombre- coincidían en la encumbrada posición del blog ante los innumerables visitantes.

Pero el blog, una tarde de invierno como todas las tardes de invierno en que mueren los árboles, murió, no en términos virtuales sino astrales. Nadie volvió a pisar ese lugar en el ciberespacio caído en desgracia. Los visitantes fueron redirigidos hacia otras distracciones por la Osa Mayor, Mbappé y el anillo de Saturno que dirigían la batuta. Ni siquiera ellos sabían ni comprendían su accionar. El aburrimiento era así, caprichoso, movía las cosas y la gente de un lado para otro.

Con el tiempo o sin él, años después, el blog quedó firmemente enraizado en la nube como un árbol dador de vida, como un olmo que ofrece peras, una ridícula e inverosímil expresión literaria, como un arroyo que lleva, de la fuente al océano, inagotable, manantial de vida que las bestias solían beber en sus orillas.
Cada tanto aparecía un muerto buscando vida, alejado de la subsistencia mundana, y se encontraba con ese reguero de manantial, con ese trasfondo de agua pura que detentaba el blog sumergido en la deep web. Y el muerto bebía y volvía a la vida. Luego se marchaba para volver a morir, o distraerse, según lo que dictaran los astros.
Y así fueron arribando al blog incontables vivos, muertos, bobos y tuertos, otra vez a ponerle condimentos a la sepultura, desde donde resucitó el mismo blog, para asombro de algunos pocos que lo habían dado por muerto. A los vivos le resbalaba vida y muerte. Y muchos bebieron de sus aguas, comieron de sus peras, recobrando vida.
Esto fue mal visto por algunos directores y guionistas en Hollywood, que creían ver mermar sus ventas en productos de merchandising, por lo que solicitaron sea retirado de la existencia.
Pero había un pequeño problema: el blog había cobrado eternidad y ya no podían matarlo; a lo sumo, esconderlo, ocultarlo.
Se les ocurrió eliminar el servidor que lo alojaba y con eso creyeron que sería suficiente para destruirlo.

Hay quienes dicen que hoy el blog está alojado en la red interna de una multinacional de gerentes franceses; otros dicen que el blog sólo es accesible desde el África meridional; y algunos afirman que el blog está sentado a la izquierda del Señor por los siglos de los siglos.
También están los que juran que el blog ha sido visto desde Andrómeda y que se actualiza los jueves por la noche.

Intacta

Otra vez tu y yo frente a frente. Un doble espejo que refleja lo que somos. El silencio cala profundo en nuestros corazones y se instala densamente en el aire que nos circunda. Algunas teclas se interponen y, lejos de separarnos, nos acercan el uno al otro. De la blanca pureza que te caracteriza sólo queda el trasfondo de lo que eres. Sobre ti se imprimen caracteres que dan forma a algo tangible y con el poder intrínseco de la interpretación a la que será sometido. ¿Qué se puede decir de mi que no lo reflejes tú? Lo que se ha dicho y lo que no. Lo que se entiende y lo que queda en el tintero aún por decir. Algunas letras hablarán de ti y te alabarán. Sin embargo, qué decir de esos ojos expectantes que se quedan fijos ante tu radiante luminosidad. Eres el fondo de este texto y casi pasas desapercibida. Pensar que sin ti no habría letra posible. Eres una inagotable posibilidad en la que se puede plasmar la nobleza de un pensamiento profundo o el vil insulto despechado. Pero… ¿de dónde saca sus más valiosos tesoros el hombre? Aquél que te capta en tu simplicidad no olvida que de la nada trascendente que insinúas surgen innumerables hechos que reflejan tu plena vacuidad, que es completa en sí misma. Quien emplea el vocabulario para llegar a otro corazón sabe que en ti se funden acentos, vocales y consonantes, mezclados entre signos comunes que formarán palabras, y crecerán en oraciones, ramificándose en frases ordinarias y de las otras para llegar a aquél que te ignora concentrando su atención en lo propiamente dicho, pero sabiendo que eres tú quien da esa posibilidad de hacer blanco en una aletargada conciencia acostumbrada a pasar por alto la fuente perenne que imparte realidad a la existencia de las cosas.
Y allí sigues tú, intacta como siempre. Pareciera que las letras precedentes no te hubieran tocado.

La dimensión de lo desconocido

 

Arturo había soltado las amarras del pasado ( y por lo tanto su presa sobre el futuro ) y se había sumergido en el presente. Pero no estaba anclado siquiera en el hoy. Su vida no discurría sino que era un entero ahora. Por razones de conveniencia para el lector, esta historia parece transcurrir en el tiempo, pero esto sólo debe tomarse como una cuestión puramente literaria. Arturo como tal había cesado y sólo quedaba su presencia en el eterno ahora; lo que discurría era mera apariencia con ínfulas de historia.

Arturo observa la pantalla delante de él. Una imagen le llama la atención. Es una bailarina de danza clásica disfrazada de pantera rosa, pero con una peculiaridad: no es la pantera rosa, sino un flamenco. Arturo cliquea reiteradamente. Uno de los impulsos de su dedo índice le devuelve una leyenda sobre el monitor indicándole que debe reiniciar la máquina.
-Ya está. –Dice Arturo- Para la próxima, ya sabe, Teodomira, nada de darle clic a cualquier video que aparezca por ahí.
-Gracias, querido. Vos sí que siempre me salvás las papas. –afirma Teodomira al retirar la bandeja de papas del horno.

Arturo cobra por el servicio y se marcha de casa de doña Teodomira. Ésta prende la radio y escucha en las noticias que un huracán se cobra la vida de decenas de personas en el caribe. Arturo camina hasta un quiosco y compra puchos. Y un encendedor. Le da interacción a los objetos que acaba de comprar y pita el cigarrillo. El día está caluroso. A Arturo le suda la frente. Ve pasar un colectivo pero no es el que espera él. Un joven le pide un cigarrillo y Arturo le convida del atado que acaba de comprar. Arturo camina y se detiene frente a una vidriera de artículos electrónicos. Observa lo nuevo que allí se exhibe: un neofly, algunos bricgames y varios smartviews. Arturo piensa. O cree pensar. O simula pensar. Acuden pensamientos que le hacen sospechar que él hace algo –como pensar- cuando en realidad éstos discurren como el tráfico. Se le ocurre comprar un teclado pero revisa sus bolsillos y el efectivo del que dispone le hace caer en la cuenta de que no le alcanza para su propósito y lo descarta. Se acerca el 48 y cuando está delante de Arturo éste se sube en él, previo a hacerle un ademán al chofer con la intención de que entienda que quiere abordarlo. Paga el viaje y se sienta en uno de los primeros asientos libres que encuentra. A su lado está sentada una bella mujer. Tiene una cabellera abultada, con rizos castaños y ojos color miel. Lleva unos aros de oro en sendas orejas y tiene pintados los labios con un plateado llamativo. Arturo la observa con disimulo y procura entablar un diálogo. Poco a poco, descarta cada una de los temas de conversación que se le ocurren: el tiempo, su trabajo, el viaje en colectivo, la elegancia de la mujer. Nada le resulta propicio para comenzar a hablar con ella. De repente, se le ocurre una idea precisa para no incomodarla y, a la vez, iniciar una charla. En ese instante, la mujer le pide permiso para pasar frente a él y abandonar el colectivo, dejando a Arturo con sus esperanzas marchitas. Dialoga con una mujer mayor sentada detrás que le pregunta la hora. Arturo le miente con media hora de diferencia a la que es. Su actitud lo llena de culpa, cree que quizá la señora está con poco tiempo, no de vida, sino porque algo le urge. Pero no es así, la mujer está al pedo como alcornoque en botella vacía.
-Anoche no dormí bien, joven. –dice la mujer- Me quedé pensando en lo que tenía que hacer este día y caí en la cuenta que lo tenía libre para disponer de él como me pareciera. Por lo tanto decidí ir a hacer unas compras al súper para buscar lo que hacía falta. Sabe usted, jabón, champú, café, azúcar, esas cosas.
-¿Yerba? –inquiere Arturo para no quedarse atrás en la conversación.
-También, claro. Nos acostumbramos a los aumentos de precios que somos incapaces de formular una protesta seria. Si nos juntáramos a pedir para que hagan algo al respecto nadie nos creería. Sería como solicitarle al viento cesar en su servicio.
-Cierto, es uno de los males que nos aqueja, pero lo hemos asimilado y vivimos con ese quiste incorporado. –aclara Arturo.

La mujer abre un paquete de galletitas y le convida una a Arturo. Éste toma dos, le agradece y las come una a una. Tienen chispas de chocolate, como le gustan a Arturo. Divisando la proximidad a su destino, Arturo se despide de la mujer y camina hasta el fondo del colectivo. Toca el timbre y cuando la puerta se abre y el colectivo se detiene, emprende la retirada del mismo bajando por la escalinata. Tropieza con un peatón que lo insulta hasta en arameo. Arturo ensaya una disculpa, pero el hombre no parece comprender castellano. Camina hasta la puerta de su casa y al llegar encuentra sentada en el umbral a Nancy, su novia.
-Te esperé toda la mañana. –le dice.
-Estuve trabajando. –acota Arturo.
-Espero que no sea otra de tus típicas mentiras.
-¿Desde cuándo digo mentiras?
-Desde que te conozco. –responde Nancy.
-Entonces debo decir que no me conocés ni pizca.
-Es que no me diste tiempo suficiente para hacerlo.
-¿Y cuánto necesitás? ¿Diez años más?
-Mmmm… podría ser. ¿Tenés apuro? –cuestiona Nancy.
-Terminemos con esto. ¿Querés un café?
-Sí.

Ambos entran a la vivienda donde Arturo hace las veces de local. Prende la radio y se escucha el tema “Beutifull day”. Arturo prepara café para dos. Su novia se sienta en una de las sillas ubicadas alrededor de la mesa. Arturo lleva las tazas con café a la mesa. Lleva también cucharitas y azúcar. Prueba el café y lo encuentra a gusto. Nancy hace lo propio. Sentados frente a frente, Nancy rompe el manto de silencio tras un vacío de sonidos en la radio.
-Arturo, tengo que contarte algo.
-Si es una mala noticia ni me la des. Prefiero no saber.
-Te la voy a contar igual.
-¡¿Ahora?!

En la radio suena el tema “Desde este momento ahora”.

Moneda

Una moneda tiene dos caras: una te dice buen día, la otra, buenas noches. Con la cara te sonríe, con la seca se sonroja. Da la cara cuando ríes, y la cruz cuando le imploras.
Es tanto lo que puede llegar a durar que se han encontrado monedas de cientos de años, un poco corroídas, de tanto volar de mano áspera en mano delicada, de haber estado en bolsillos hasta caer rendida y devaluada sobre tierra firme.
Hay algunas de colección, y muchas que no valen ni una propina. Las monedas ya no las observan ni los niños, como curiosidad, ya que es sabido de qué se trata y a qué puede llegar a equivaler, por qué la puede canjear. Tampoco son contadas las monedas como símbolo de ahorro, pues su peso no equivale a tantos pesos, aunque a veces se cuentan para llegar a una leche o un poco de pan. Los comercios hace años que retacean las monedas y hubo un tiempo en que te daban como vuelto un puñado de caramelos canjeables por mercadería, aunque eso ha quedado en los tiempos en que a la moneda todavía le daba la cara.
La moneda se produce en serie, distante de lo artesanal, y se parece una a otra tanto como difieren unas de otras. Pensada para circular en territorio legislado, la moneda tiene un valor pequeño en comparación con otros valores que se ostentan.
A veces con símbolos patrios, otras con naturales, la moneda circula sin detenerse en los semáforos ni en sendas peatonales, y rueda cuando cae entre los dedos a perderse en algún charco. Los niños la recogen tras la sequía, para luego comprarse un chupetín o arrojarla a la fuente de los deseos más cercana pidiendo un alfajor o un trabajo para sus padres, según su inspiración. Los adultos, por su parte, la dejan ahí, mirándola con desdén, pues el valor que suponen no vale el esfuerzo de agacharse a recogerla. Y los viejos la miran con nostalgia: “Me acuerdo cuando con una de esas pagaba el colectivo…”.

La sentencia

El sol estaba asomando detrás del enorme edificio cuando Pío subió los escalones con cuidado, afirmándose en la baranda metálica. Al lado opuesto, observaba en los rostros de los allí presentes el juicio del mundo como un lastre demasiado pesado para soportar. Con vergüenza y timorato, bajó la cabeza fingiendo mirar cada escalón que pisaba, mientras en su fuero íntimo esquivaba las fulminantes miradas que provenían desde todos los rincones.
Un leve murmullo se escuchaba a su paso. “Miralo”, decía una voz avejentada. Una muchacha se acercó corriendo, se detuvo delante de él y lo escupió sobre el pecho: “¡Miserable!”, le espetó con furia para lanzarse llorando escaleras abajo. Pío continuó la cuesta hacia los tribunales con el semblante alicaído. Volvió a tomar coraje para mirar los rostros de los allí presentes, aunque lo hacía tímidamente, como de soslayo. Ninguno permanecía indiferente a su tibio paso. Creyó ver en un joven un atisbo de aliento, un resabio de comprensión y complicidad; “Estamos con vos”, adivinó. Pese al rechazo general que generaba su presencia, no se observaban signos de violencia explícita, más que miradas inquisidoras, dedos que lo señalaban, o algún comentario soez. Los escalones se le hacían interminables, y para recobrar fuerzas, cada tanto, echaba un vistazo a los que había dejado atrás, ganando impulso para continuar subiendo. No faltaba quien lo estuviera filmando en cada paso que daba, en cada gesto involuntario que vivificaba la situación del juzgado.
El policía que lo escoltaba, de paciencia increíble, en ningún momento intentó apurarle el paso o forzarlo a que subiera a mayor velocidad. Lo dejaba percibir la situación, las miradas, la rabia, el rechazo, aventurando la condena que le cabría, e incluso se tomaba su tiempo para tomar nota él también del marco que envolvía ese tormento.
Cuando subió el último escalón, se afirmó sobre el piso y respiró hondo. Había quienes bajaban y subían a un ritmo ajeno, y observó, detrás suyo, que varias personas habían estado acompañando su andar, pero al intentar mirarlos de frente, estos, como haciéndose los distraídos, o bien conversaban en voz baja entre sí, o miraban a su alrededor o se distraían con sus teléfonos celulares. Eran no más de cinco quienes evitaban el contacto visual con él; los demás, diseminados por las escaleras, lo seguían fustigando con la mirada acusadora.
En la sala había varias personas esperando la sentencia. El fiscal, al verlo ingresar secundado por el policía, se puso de pie y le propinó un irónico aplauso. Las voces eran ecos de lo que ocurría sobre las escaleras, un zumbido indirecto que envolvía el ambiente como un enjambre de abejas. Su abogado lo invitó a sentarse luego de palmearle el hombro. Pío bebió un sorbo de agua y se sentó a esperar la llegada del juez. Entrelazó los dedos de sus manos, que sudaban a pesar del frío, que hacía sentirse a esa hora en la sala. Se quedó observando un cuadro sobre el estrado que daba cuenta de una batalla de otros tiempos y creyó ver en él inspiración para la que daba en el presente: los rifles, eran su pluma; las balas, su tinta; los caballos, sus ideas; los soldados, sus seguidores; el sol, su horizonte. Sintió alivio, con la esperanza extinta, al creer que lo justo, aunque muchas veces tarde, tiene un reconocimiento supremo que excede la vida de una persona.
El juez hizo su aparición en la sala ante el silencio que dio lugar. Se acomodó protocolarmente, dando paso a la lectura de la sentencia. En el ambiente se había generado una cierta ansiedad, con tintes de tensión, por la espera del veredicto que todos preveían, amén de los detalles de la misma.
Durante la lectura, Pío se distrajo pensando en aquellas cosas que más lo habían movilizado durante los últimos años, entre las cuales impulsaba las ideas para una sociedad más justa, justicia que estaba a punto de finiquitar sus intenciones. Pensó en el desamparo, ya no en el suyo, sino en el de tantos que se veían marginados no sólo del sistema económico, sino de la cultura; y él consideraba que un magnífico edificio como el de tribunales había comenzado como un simple pensamiento que, como tantos, luego se materializó, por lo que se sentía en paz por su obrar. Estos, y decenas de pensamientos, se detuvieron en seco al escuchar, de parte del juez, la palabra perpetua, que le heló la sangre y endureció los tendones debajo de la nuca. Ese instante recapituló sobre lo que había estado escuchando sin atención, donde creyó percibir las palabras ´enemigo´ y ´rebelión´, entre tantas otras plagadas de tecnicismos, que estaba muy lejos de comprender.
Al finalizar, en la sala hubo festejos en una tibia excitación que rápidamente se disipó cuando a Pío se lo llevaron atravesándola. Las miradas pasaron a buscar humillarlo, acompañando con risas burlonas, que el mismo Pío ignoró. Un hombre parado en la puerta, vestido elegante, se quitó el sombrero y asintió con la cabeza al verlo de frente. Ese era el veredicto que Pío se llevaba consigo a la cárcel.
Luego, su abogado le explicaría que quedaba inhabilitado de por vida a firmar guiones de cine con su nombre, ni a realizar ningún tipo de publicación en otras ramas del arte con el mismo. No obstante, sin misas ni congregaciones, la sentencia había dado inicio a un culto que se extendería al bajar las escaleras.

Adicción a la dicción

-Su caso es el típico caso de sufrimiento agudo por hablar mal.
-¿Pero qué me dice? Si todo el mundo me alaba por mi dicción.
-No me refiero a cómo se expresa, sino más bien a qué es lo que expresa. Usted puede tener excelentes modos de expresión, pero manifiesta una profunda ignorancia de su propio ser.
-¿Cómo es eso, doctor? No logro entenderlo correctamente.
-¿No ve, González? Otra vez cae en los errores habituales. Usted dice que no logra entender, como si entender fuera un logro. O usted entiende lo que digo o bien no entiende. Es simple, González. Además, usted dice que no entiende correctamente, cuando entender presupone comprender lo que su interlocutor dice. ¿Se puede entender incorrectamente? Insisto,  usted ha hecho un abuso del lenguaje y ahora nos va a llevar varios años corregir su mal, González.
-Veo, doctor. ¿Pero, cuál es, en sí mismo, mi mal, como usted dice?
-Yo no arriesgaría un diagnóstico final. El abuso de la boludez al expresarse lo ha llevado a usted a un estado deplorable del cual no puede comprender siquiera una charla trivial, por muy banal que sea y por muy elocuente que usted sea al hablar. Sin embargo, la estupidez no puede ser considerada una enfermedad. Es un mal que nos aqueja desde hace milenios, sin dudas.
-Insinúa que soy un boludo, doctor.
-¡Pero no, González! Otra vez interpreta mal mis palabras. Intente serenarse y llegaremos a buen puerto. Usted… ¿se considera inteligente González?
-Y… más o menos doctor. Ahora, con lo que me dice, tengo el ánimo por el piso.
-Otra vez González cae en las acrobacias intelectuales que poco provecho le han dado. Cuando usted dice el ánimo, es decir, su alma, ¿cómo puede estar ella, que es lo más elevado en usted, por el piso? Usted debe considerar sus palabras, ellas deben encontrar el cauce por el cual fluir.
-Todo el mundo habla de fluir, parece que está de moda…
-Cuando usted dice todo el mundo, ¿a quiénes tiene en mente? Usted puede conocer mucha gente, pero difícilmente sepa la opinión de todos. Ni siquiera en una elección se sabe la opinión de todos. ¡Qué mal que habla González! Cómo pretende sentirse bien hablando así.
-Bueno doctor, no me rete. Me expreso con lo mejor de mis condiciones. Quisiera tener su comprensión de la vida, pero me parece poco probable que algún día arribe a sus conclusiones.
-Eso es lógico, González. Usted desconoce si esas conclusiones son mías propias o las obtuve estudiando a un tercero. Además, reincide en su mal uso del vocabulario al decir poco probable en lugar de improbable. Usted enfatiza la necesidad de llamar la atención, González, de allí su magnífica forma de comunicarse con los demás.
– Entiendo…
– No, González, si entendiera de verdad usted permanecería en silencio.
– ¿Hay alguna medicina para mi mal, doctor?
– La hay González. Pero nuevamente incurre en los errores al cuestionar, debido a que no es su mal, sino que es UN mal que usted padece. Su mal indica que es propiedad suya, el cual no es el caso.
– Pero en este caso, sí es mi caso.
– Vea, González, si usted quiere desafiarme le tengo que anticipar que usted puede terminar mal. Muy mal.
– No era mi intención, doctor, sólo quería validar sus palabras.
– No, González, no. Usted no quería validarlas sino que quería refutarlas. ¿Por qué insiste en desafiarme, González? ¿Usted desconfía de lo que le digo?
– Me cuesta creer que mi pesar es a causa de mi modo de hablar…
– Nunca dije eso. Lo que le he dicho es que su hablar, no su modo de hacerlo, revela un desconocimiento de sí que le ha causado toda la zozobra en la cual usted se desenvuelve y por la cual usted consulta con especialistas, una y otra vez. Su resistencia a creer muestra a las claras la desconfianza que tiene usted con lo que le digo.
– Disculpe, doctor. Es que es muy difícil confiar…
– Bien, González, reconocerlo es un primer paso, no menos importante que los subsiguientes.
– ¿Cómo continúa el tratamiento, doctor?
– Aquí tiene esta receta, González. Se toma una cada doce horas.
– Bien, ¿eso es todo?
– Eso es tan sólo el comienzo, González. Para continuar, recita esta oración veinte veces al despertar, veinte veces por la tarde y veinte veces antes de irse a dormir todo el mes hasta la próxima vez que me vea. Aquí se la anoté.
– ¿Mi mamá me mima?
– Exacto. Es la mejor forma de limpiar el contenido errático de su psique.
– Bueno, doctor, no sé qué decirle…
– Nada, González, no me diga nada. Vuelva el próximo mes para ver qué resultados obtenemos de todo esto. Es un proceso lento, pero con paciencia y perseverancia se puede superar el mal que a usted lo aqueja.
– Gracias doctor. No tengo otra palabra para agradecerle.
– No hay de qué, González. Le abona a mi secretaria antes de marcharse y le pide un turno para el próximo mes. Hasta entonces.
– Adiós.

La misma historia

-¡Vamos! No nos demoremos o tendremos que pagar un alto precio por ello. ¿Qué esperas para venir? Quizás necesites un empujón para arrancar…
– Voy, voy. ¿Para qué tanto apuro, si al final siempre somos los primeros en llegar?
– Esta vez, con suerte, no seremos los últimos. ¿Estás listo? Raro tú tomándote tu tiempo extra.
– Listo. Vamos. ¿Tienes todo? ¿Dinero, cigarrillos, chicles, aspirinas?
– Enciende el coche de una buena vez. Espero que este aparato no nos falle. Hablé con Karina. Me pidió que la pasemos a buscar. Su remisse no llegó a tiempo y lo canceló. ¿Recuerdas donde vive?
– Era allí por Mitre…
– Exacto. Por momentos parece que la memoria te responde acordemente a la necesidad. Esta noche, por favor, no me humilles en público con tus anécdotas. Nunca terminas de contarlas. Eres el rey de la historia inconclusa. Deberías participar de algún taller literario o arte dramático. Así tal vez aprendas a finalizar tus historias.
– Mis historias son verdaderas.
– Puede ser, pero nadie te toma en serio. Además, si son o no de verdad es irrelevante. Una historia que no transmite más que una vaga sensación… qué importa si es verdadera o es una fábula de tu imaginación. Todos saben que inventas la mitad del asunto.
– Es para darle color, sino sería todo gris. O rosa.
– Para muchos, ya es color de rosa a pesar de tus historias grises pintadas con acuarelas secas. Sólo te pido que, al menos, inventes un final para ellas o mejor ni te atrevas a contarlas.
– Seguiré mi propio latido. A veces una historia sin final vale más por lo que deja abierto a la imaginación del oyente.
– El oyente imagina que eres un idiota. –le dijo María.
Rubén detuvo la marcha del auto en un semáforo en rojo. El tránsito había aflojado bastante a esa hora. A las pocas cuadras recogían a Karina de su casa.
– Hola, preciosa, ¿Cómo has estado viviendo estos días sin mí?
– Hola Rubén, hola Mari, ¿cómo están? Parece que llegaremos tarde esta vez.
– ¿Puedes creer que un jopo nos demoró más de lo podríamos llegar a pensar?
– ¡Un jopo, no te lo creo! Deben haber sido tus uñas y lo quieres culpar al pobre Rubén por ello. Rubén, ¿tienes alguna bella historia para contarnos esta noche? –preguntó Karina.
– Claro que sí mi vida, te elevaré por el aire con la historia de hoy. Recuerda asirte bien fuerte de la silla cuando comiences a oírla.
Llegaron los tres a la cena, mientras todos esperaban impacientes. Aún había lugares vacíos, por lo que no serían los últimos. Se saludaron con otros comensales allí presentes. Luego de un rato, la cena comenzó sin imprevistos. A María y a Rubén les habían asignado un lugar llegando a un extremo de la mesa, junto a la puerta que daba al patio. Rubén estaba cómodo allí, pero a María un poco le disgustaba porque quedaba distante de sus principales amigas, sentadas al otro extremo.
Mientras algunos aún no habían finalizado de comer el postre, Rubén, invitado por su auditorio, comenzó a narrar la historia de la noche, momento que muchos habían estado esperando.
– Comenzábamos a padecer el otoño, cuando el frío se hizo sentir en nuestros huesos. Recuerdo que Carlos me acompañó con la pasión que lo caracteriza. Limpiamos nuestras armas previamente. Nos tomábamos nuestro tiempo. La ansiedad es el peor enemigo. ¿Qué necesidad teníamos de apurarnos? Tomamos un café antes de salir de allí. ¿Les dije dónde limpiábamos las armas? Claro que no les dije. Lo hacíamos en el garaje de Carlos. Era básicamente una revisión. Una vez que tuvimos todo listo, partimos en su camioneta. El campo de Márquez nos estaba esperando. Mientras íbamos de camino al mismo, se me ocurrió que podríamos parar en la cantina de una estación a tomar algo, para entibiar el entripado. Era muy temprano para ser de día y muy tarde para ser de noche. Pedí un whisky y Carlos… Carlos no recuerdo. Creo que también pidió un whisky. No, pidió una medida de tequila. O tal vez dos. Luego de eso, apareció delante nuestro una figura que no distinguíamos si se trataba de una gacela o la cría de un venado. Alguien allí nos dijo que era esto último, por lo que decidimos no dispararle. Me pedí otro whisky, pues había calentado mis entrañas pero mi boca estaba amarga aún. Carlos ya iba por la tercer o cuarta copa de tequila. A unos metros, reposaba un viejo puma, encadenado a una viga del lugar. Se me dio pensar que podía llegar a tener hambre y le lancé la pata de un ciervo. El puma devoró con ahínco. Luego del cuarto whisky, apareció una muchacha que nos preguntó a dónde nos dirigíamos vestidos de soldados, cuestión que suscitó las risas más profundas que podíamos llegar a sentir, y le comentamos que veníamos de la guerra. Carlos aprovechó para narrarle sus proezas, que había volado tres cabezas de un solo disparo, cuando detuvo una bala con un encendedor que llevaba en el bolsillo de su uniforme y cuando me salvó la vida, asesinando al comandante del bando enemigo. Conversamos largamente acerca de la guerra que nos había involucrado y aquella chica pareció tomarnos aprecio. Rechazó nuestra propuesta de tomar algo con nosotros pues, dijo, estaba de viaje y no podía demorarse. La ansiedad, nuestro enemigo. Creo que ya había pedido una séptima medida de whisky cuando comencé a sentir mucho calor. Un calor que había comenzado como una pequeña punzada en el pecho y que luego se fue extendiendo hacia gran parte del cuerpo. Creí que se trataba de exceso de orgullo, pero resultó ser una abeja que inyectaba sustancia propia con su diminuto aguijón sobre mí. Carlos la colocó en un vaso de tequila y la ahogó allí. El cantinero miraba televisión. Pasaban un partido de básquet de alguna liga oriental. El puma rugía dando vueltas a la viga. De repente, el cantinero nos dio la noticia: se había terminado el whisky; no quedaba tequila. Tan sólo cerveza tenía para ofrecernos. Con Carlos decidimos continuar nuestro camino. Al llegar al campo de Márquez, lo primero que observé fueron unas aves volando a unos mil metros. Nos apenó pensar que varias de ellas cesarían su vuelo definitivamente. Decidimos entonces, de común acuerdo con Carlos, que ese día, la muerte se tomaría el día en honor a la vida. Enseguida, emprendimos el regreso, sin trofeos.

Algunos aplaudieron efusivos; los más sensibles lagrimearon. María se cubría el rostro con una bufanda.
Finalizando, Rubén dio un sorbo a la última gota que le quedaba de whisky.

Fotografía: L. M.

La vanidad de las máquinas

 

Era la mañana de un sábado fresco y ventoso cuando Remigio salió de su casa. Caminó hasta el café de la esquina y llamó la atención del mozo tras sentarse en una mesa junto al ventanal que daba a la calle y por el que veía pasar a la gente presurosa para llegar a su trabajo. Pidió un café y esperó pacientemente. Leyó las noticias en el periódico: Desarrollan máquinas capaces de redactar textos de diversos géneros literarios. A Remigio no le sorprendió. Sabía que tarde o temprano las notas periodísticas serían redactadas por computadoras, así como los cuentos, ensayos o las novelas. Lo supo cuando perdió su empleo y Nuria le regaló un libro, “Superar una crisis”. Luego de leerlo, le quedó la sensación de que el autor había recopilado frases y párrafos disponiéndolos en cierto orden pero sin un sentido en que el autor reflejara conocimiento, no sólo de los términos sino de lo que con ellos quería decir. Cualquiera que lo lea en cierto estado de inestabilidad emocional, pensó Remigio, se vería arrastrado por las palabras sin tomar nota de qué era lo que se expresaba con ellas.
La nota explicaba ciertas cuestiones de las nuevas máquinas, como ser: para conjugar verbos las nuevas máquinas disponen de correctores especializados que se encargan de darle el tinte de color al fenómeno tiempo. Además, una amplia gama de sinónimos utiliza el redactor automático que le brinda al texto un sobrio bagaje cultural para beneplácito del lector. Lejos de suponer que con dichas máquinas muchos quedarían sin trabajo, ellas vienen a suplir el tedioso trabajo de expresar lo que al escritor/periodista le cuesta, y éste podrá con el texto en mano darle las pinceladas finales y estampar su firma al final del mismo.
El mozo le había traído su café. Remigio derramó el azúcar en la taza y revolvió. Máquinas y humanos, cavilaba Remigio, pocos verían la diferencia en estos tiempos. Humanoides, pensó. Luego se corrigió: subhumanos, devotos de la maquinización tecnológica. Aparatos subyugados. Conciencias retroiluminadas por haces de neón sumidas en quimeras. Observó sobra una pared una pantalla que la cubría en su totalidad. Bebió un sorbo de café. Una mujer ingresó por la puerta y se dirigió a la mesa donde estaba ubicado Remigio. Corrió la silla y se sentó frente a él.
-Hoy es tu día de suerte. –le dijo.
-Me parece que te confundiste… –dijo Remigio observándola. La mujer vestía un elegante vestido rojo que insinuaba sus curvas. Llevaba el pelo marrón ensortijado suelto y unos colgantes de plata. Sus facciones eran marcadas y sus labios tenían el color de los aros. De ojos verdes y nariz pequeña y puntiaguda, la mujer sonrió.
-Ninguna confusión, hacía tiempo que te quería ver Remigio.
-Veo que sabés mi nombre, pero yo no te conozco.
-Tenés razón, me voy a presentar. Yo soy Alena y te voy a llevar a donde jamás imaginaste.
-¿Disney?
-No, es un poco más lejos que eso.
-¿A conocer el Taj Mahal?
-No, no, más bien es otra dimensión.
-¿El interior de la pirámide de Gizeh?
-No, tarado. Te voy a matar.
-Ah… creía que era un viaje de placer, no de dolor.
-No te preocupes –dijo la mujer-, no te va a doler demasiado. Soy experta. Lo he hecho varias veces y nadie se quejó de mi trabajo.
-¿Cómo podés soportar el cargo de conciencia? –inquirió Remigio.
-Todo trabajo tiene sus daños colaterales. Lo llevo con elegancia, como podrás apreciar.
-Veo. Al parecer, carecés de sensibilidad, si no, no se explica cómo podés liquidar a gente inocente.
-¿Inocente? Todos tenían alguna buena razón para ser liquidados. El último era un estafador incurable.
-De ahí a que merezca la muerte hay un trecho. ¿Por qué no encarcelarlo?
-No habría corregido su obsesión. Era un caso perdido.
-¿Para quién trabajás Alena?
-Me contratan de diversas organizaciones e, incluso, del gobierno. Todos tienen sus motivos pero nadie quiere ensuciarse. Soy la chica del trabajo difícil. Para mí es lo más fácil de hacer.

Remigio empezó a sospechar con la última declaración de Alena. ¿Quién era realmente? No tenía la concepción de un asesino a sueldo, aunque detentaba su frialdad. No se preguntaba por los motivos que tendría esa mujer para finiquitarlo sino más bien por qué ella se dedicaba a eso particularmente. Si lo querían asesinar podían hacerlo en cualquier momento, sin excusas. Pero, por qué esta mujer tan elegante destinaba su vida a ello era, para él, un misterio.
-Y bien, ¿por qué aparezco en tu lista? –preguntó Remigio levantando las cejas.
-Consumo en exceso de sustancias tóxicas. Al parecer, eres un mal ejemplo para el resto de los integrantes de la sociedad de la cual sos parte.
-¿Sustancias tóxicas? ¡Apenas si fumo! –protestó.
-¿Te parece poco? Con tu vicio sugerís el camino de la enfermedad y la adicción a tus coterráneos. Esa irresponsabilidad se paga acá y en la China. A propósito de la China, después de vos me toca el caso de un dueño de supermercado chino.
-¿Y ese qué hizo?
-Desconecta las heladeras con lácteos por las noches para ahorrar en electricidad vendiendo productos susceptibles de generar problemas en la salud pública.
-Entiendo… pero matarlo, ¿no es mucho?
-Yo soy parte de este juego, no pongo las reglas. Soy un engranaje más en la inmensa maquinaria de la muerte.

La maquinaria de la muerte, repitió Remigio en su pensamiento, acaso todo estaba orquestado para eliminar a cierta gente como depuración de la sociedad. Era brutal y seguramente injusto, pero estaba sucediendo. ¿Desde cuándo? Quizá desde hacía mucho tiempo y nadie lo sabía, sólo quienes lo llevaban adelante. Pero habría que tener demasiado interés para ejecutarlo. Sin duda aquella mujer debía llevarse unos buenos dividendos por cada hombre que debía ejecutar.
-Te propongo algo, Alena.
-Decime.
-Te pago lo mismo que te pagaron por llevar a cabo el trabajo y me dejás en libertad.
-¿Dinero? ¿Pensás que hago esto por dinero? El dinero no tiene nada que ver en esto.
-¿Y por qué lo hacés? –cuestionó Remigio.
-Todos tenemos que cumplir con nuestros deberes. Huir del destino es cuestión de cobardes.

¿Un destino que la llevaba a matar gente? Qué clase de destino era ese… No podía ser, si no era una elección había algo que a Remigio le empezaba a rondar la cabeza y quería llegar al fondo de la cuestión, así sea lo último que lograra estando en pie. Sacó un cigarrillo y lo encendió. No eran nervios lo que sentía, ahora tenía la ansiedad de alcanzar a ver el panorama completo de la situación. Un fumador empedernido que alguien había decidido borrar de la faz de la tierra por su adicción. ¿Los matarían a todos? Sería un exterminio. Con ello no acabarían los males. Las enfermedades continuarían propagándose entre la gente. Soluciones descabelladas o locuras surgidas de la insensatez de algunos, quizá dirigentes.
-Tengo otra propuesta.
-Decime.
-Cambio mi identidad con la de un moribundo y das tu trabajo por realizado.
-Lo siento. Soy muy exigente conmigo misma y me propongo cumplir con mi obligación a rajatabla. –dijo la mujer. Ella lo observaba fumar. Colocó una mano en la mejilla y lo acarició- Sos lindo, ¿sabés?
-Gracias, vos… sos… muy hermosa, es una lástima que no vaya a poder seguir apreciando tu belleza.
-¿Y por qué no?
-Por eso de que me vas a matar…
-¡Bueno! Pero tengo mis tiempos, eso tal vez pueda esperar. Se me ocurren varias cosas para hacer antes.
-¿Como por ejemplo?
-Vamos a tu casa y te cuento.

Remigio pagó dejando quizá su última propina generosa. Caminaron juntos hasta la vivienda. Colocó la llave y abrió la puerta. Ingresaron a la casa y Remigio le ofreció beber algo. Alena asintió. Dejó su cartera sobre la mesa y rodeó a Remigio con un brazo. Él la abrazó y le acarició la cabeza. Enseguida se besaron. Alena le tomó rápidamente las manos como quitándoselas de su cabellera y lo condujo a la habitación. Ella se quitó el vestido y luego el sutien. Remigio la observó. Era una mujer deslumbrante. Desnudos se recostaron en la cama.
-Decime lo que me dijiste en el café.
-Me cambio la identidad con la de un moribundo y das tu trabajo por cumplido.
-¡Eso no, tontito! Lo de que soy una mujer hermosa.
-Alena, sos la mujer más hermosa que he visto en vida.

La mujer lo besó. Remigio recorrió su cuerpo con las manos hasta llegar a la cabeza. Localizó el interruptor, y esta vez, sin darle tiempo de reacción, la apagó. Se levantó y volvió a vestirse. Encendió un cigarrillo y observó el cuerpo rígido sobre la cama.
-Máquinas y humanos, -dijo Remigio tras dar una pitada- todos tienen su falencia.

 

Viejo amigo

 

En la plaza Belgrano se encontraron dos viejos amigos, no eran viejos ellos tanto como su amistad. El tiempo los había distanciado y ambos, tanto Necius como el otro se alegraron de verse, estrechándose en un fuerte abrazo.
-¿Y a qué te dedicás? –preguntó Necius.
-Hago trabajos de reciclado en plásticos, metalíferos y de origen vegetal y reordenamiento de desechos urbanos. –dijo Mens.
-¡Muy bien! ¡Felicitaciones! ¡Qué bárbaro!
-Este…
-A mí me encanta la gente que hace cosas por el medio ambiente.
-Bueno…
-Que se preocupa por el destino que se le da a los residuos.
-Eh…
-Gente que hace cosas para que el mundo sea cada día un poco mejor.
-¡Soy ciruja!
-Ah! Este…Bueno… ¿y cómo te está yendo?

Mens miraba de reojo una pila de cartones sobre la acera. Necius dio dos pasos atrás cuando un perro oriundo de la calle les pasó cerca. Mens, perceptivo, le hizo una caricia y el perro continuó en busca de algo para comer.
-¿Y cuáles son tus miedos, Necius?
-Que los cojos me cojan, que me puteen los putos, que los mudos me alaben, que la muerte muera, que la soledad me abandone, profetizar y ser oído, vaciarme y ser contenido, nadar en el mar seco de la nada, flotar en el vacío, morir y seguir vivo, vivir y no saber, desconocer lo desconocido, soltar y ser retenido, ganar y ser perseguido, perder lo que no es mío, soñar vestido, dormir ahogado, estar más allá y volver, pensar lo que se ha dicho, decir lo que he callado, ahogarme en un vaso de agua, beberlo y emborracharme.

Mens recogió dos latas de cerveza aplastadas que Necius estaba pisando.
-Todo va a mejorar. –señaló Mens.
-¡Si Dios quiere!
-¿Y si no quiere?
-Habrá que preguntarle… -indicó Necius.
-¡Llamalo!
-Tenés razón. ¡Basta de especular!

Necius llamó ante la expectativa de Mens.
-¡¿Y??!!
-Ocupado.
-¡Siempre lo mismo viejo!
-Si… Si no, es ‘fuera del área de cobertura’.

Unas nubes cubrieron parte del cielo de la mañana.
-Tiempo loco, eh.
-Encima los pronósticos no pegan una. Y los que difunden, paranoiquean con el pronóstico. –se explayó Necius.
-Sí, tenés razón. La semana pasada dieron pronóstico de lluvia tres días seguidos y no pasó nada en 700 kilómetros a la redonda.
-¡Ahí tenés! Yo buscando un paraguas para mañana y seguro que me quedo seco…
-Sí, en tu lugar mejor iría buscando una bufanda por si cambia el viento para mañana.
-¿Qué decís? ¡Con el calor que hace!
-Es verdad, pero con estos cambios de tiempo, no sabés qué pensar.
-Vos no sabrás. Yo sí.
-A ver, ¿Qué sabés? –interrogó Mens.
-Que hace calor.
-Eso lo sabe cualquiera.

Necius observaba la llegada de los colectivos esperando el que tomaría. Se despidieron con otro abrazo, menos cálido que el de su encuentro.
-Bueno, nos vemos. Esperemos que mejore el tiempo. –se saludaron.
-Sí, ojalá.
-¿Sabés qué quiere decir “ojalá”?
-No. Después me contás. –dijo Mens.
-Si me acuerdo. Chau.
-Un gusto verte.

 

 

*Fotografía: Norma Russi

Tres hombres mirando el atardecer

Bruno, Dosindo y Trémulo miraban el atardecer sobre la playa.
-Qué pena, se termina el día. -dijo Bruno con tristeza.
-¡Por fin! Llega la noche.-exclamó Dosindo.
-Vean cómo la luz se extingue sobre las aguas. Observen a las sombras morir. –expresó Trémulo.

Bruno y Dosindo miraban a través de sus pensamientos.
-El día es corto. No alcanza para todo lo que hay que hacer. -dijo Bruno con algo de pesadumbre.
-La noche tendría que durar más. Es poca para celebrar la vida. –acotó Dosindo.
-Escuchen el oleaje, observen el vuelo de esas gaviotas. –señaló Trémulo hacia el este.

Trémulo se dejaba penetrar por los últimos rayos de sol.
-¿Cuándo volverá el día? –se preguntó Bruno.
-¿Cuánto durará la noche? –cuestionó Dosindo con firmeza.
-Miren las figuras de esas muchachas doradas por el manto de luz que se despide. Miren el espectro de la luna al otro lado que, con paciencia, asoma en la escena. –indicó Trémulo con un hilo de voz.

Bruno se puso una campera que tenía sobre la falda. Dosindo extrajo un atado del bolsillo y encendió un cigarrillo.

-Hasta mañana. –dijo Bruno antes de marcharse.
-Buenas noches. –saludó Dosindo luego de levantarse.

Trémulo saludó, tiritando por la fresca brisa. Sus ojos humedecidos miraban al poniente.

 

Fotografía: Manu Coca

Se nos muere la cultura…despacito

-Señores, la literatura ha muerto. -dijo enfático el General- La gente no lee, los pocos que leen leen puras mierdas o leen porque les cuesta dormir y los que quisieran leer no encuentran qué leer entre tanta basura que se escribe a diario. Leer pasó de moda, escribir no. No hay amor por la lectura, sólo adicción en unos pocos casos, deleite en escasos.
-¿Y qué propone, General?
-Tenemos dos opciones: o destruimos todo lo escrito o reducimos notablemente la población del reino.
-Lo escrito son nuestros tesoros de lo que dejó la humanidad. No nos podemos dar el lujo de perderlo. -sentenció el sargento Urrazábal.
-Una pieza de arte tiene valor en tanto haya quien la admire, la contemple, la comprenda.
-¿Destruir todo y comenzar a construir patrimonio cultural desde la bancarrota?
-Es eso o…. -el General dudó por un instante.
-¡Ni pensarlo! Nuestra población podrá estar integrada por necios, brutos y retrógradas, compulsivos, maníacos y neuróticos, pero es sagrada. Cada mujer, cada niño, cada anciano merece nuestro respeto, nuestro cobijo, nuestra dedicación.
-¡Cierto! Además, no podemos obligarlos a leer si ya no les apetece y prefieren dilatar sus pupilas al ritmo del reggaetón o pinchar en dibujos de caritas en pantallas.
-Calma señores -dijo el General- Nadie será aniquilado.
-¡Bravo! -exclamaron varios subalternos al unísono.
-¡Bien!
-¡Bravo General!
-Destruiremos todo lo escrito hasta aquí. Utilizaremos nuestro arsenal para hacerlo de manera metódica, regular y veloz. Hay que hacer una purga cultural.
-De acuerdo. -dijo resignado el sargento Ibáñez. Los otros bajaron sus cabezas y algunos comenzaron a lagrimear.
-Cada uno de ustedes le dará las directivas correspondientes a cada escuadrón especial. -afirmó el General.
-Comprendido, General.
-Usted, sargento Ibáñez, dirigirá la comitiva de seguimiento de destrucción en las redes.
-De acuerdo, General. ¿Por dónde comenzaremos?
-Me destruyen ya mismo el contenido y rastro de todos los putos blogs. ¡Que no quede uno en pie sobre la nube! Empezando por este paupérrimo blog.
-¡Escuadrón!¡ ¡Andando!! Tenemos mucho trabajo por hacer.

 

La comodidad del lector

 

El lector, por norma general y por ley particular, busca lectura con distintas motivaciones, pero una condición para hacerlo es que se encuentre cómodo, tanto en posición como con el libro escogido. Tal es el caso de Augusto, en su papel de lector.

Augusto se encuentra muy cómodo leyendo los terrores de Horacio Quiroga, y puede esperar tranquilamente que de un almohadón sobre un sofá surja un enorme bicho capaz de succionar la vida de la protagonista. También espera y se siente muy cómodo cuando alguien que pasó por todo pueda dar la vuelta al mundo en sólo ochenta días, cuando no existían los aviones ni los vehículos supersónicos. Además, espera tranquilamente que un hombre con dos penes mantenga relaciones sexuales con una mujer de tres tetas, eso no le llama la atención en absoluto. Y está muy cómodo cuando una raza alienígena lleva adelante planes benéficos para el planeta Tierra. En fin, son todas cuestiones más o menos fantásticas pero, imaginables, en cierto sentido.

Ahora lo que Augusto no tolera y le genera cierto rechazo es que un lactobacilus condujera un Audi descapotable, con tres damajuanas vestidas de jean u overoll sobre el asiento trasero, escuchando música chihuahua a todo vapor y que, adaptado a las normas de convivencia y leyes de tránsito de su tiempista, el mismo se detenga en rotores los semáforos rojos que cruzara e, incluso le cediera el paso a los peones del tablero. Tampoco soporta cuando el Audi pincha su manubrio y lo suplen con una corbata que cumple las mismas funciones o, así mismo, cuando alguna de las bellas damajuanas saca a relucir sus enormes tetas de jamón cocido con lo que se ganan muchos elogios, loas y piropos de los pijaflores que, paradójicamente, conducen los lujuriosos vehículos mientras caminan en línea recta por las anchas avenidas que se estrechan al anochecer, como dicta el decreto presidencial; o cuando quieren sorprenderlo fuego con un pararayos instalado sobre una manta raya neocolonial.

Todo eso es, para Augusto, muy incómodo, tanto como creer que cierto camello ha pasado por el ojo de una aguja.

Efectividad

Al bajarse del colectivo, Horacio quiso comprar la revista “Tan sólo vivir”, pero el quiosquero le rechazó el dinero.
-¿Putines? –Cuestionó- Estos el gobierno los sacó de circulación en el 97. ¿En qué planeta vive?

Horacio se quedó reflexionando boquiabierto. Miró el billete con el que había pretendido pagar por la revista y no lo encontró diferente a otros similares con los que había pagado tantas otras veces por artículos o servicios diferentes.
-¿Y ahora con qué se pagan las cosas? –inquirió luego de unos minutos en que estuvo absorto en sus cavilaciones.
-La moneda oficial son los marroquíes. Se utilizan en todo el mundo. Eso lo sabe cualquiera, a menos que viva en un frasco. –le explicó el quiosquero.
-No me enteré del cambio de legislación. Por otro lado, tiene usted razón: acabo de salir de un frasco de mayonesa. –argumentó Horacio cabizbajo.
-La ley no cambió, sólo el papel moneda. Antes, todo era plata en el mundo. Ahora, todo es níquel. Puede cambiar esos billetes en el Banco Comadreja, es el único habilitado para hacerlo.
-¡Qué macana! Quería la revista… –dijo Horacio.
-Llévela. Me la paga cuando vuelva con contante y sonante. O consonante cantante. O cantando al son. O contando al sonar. O sonando constante. O como sea que se diga.
-Bueno, gracias. Hasta pronto. –se despidió Horacio con la revista bajo el brazo.

Quiso parar un fletotaxi, pero recordó que sólo llevaba consigo unos cuantos putines los cuales, según le había dicho el quiosquero, no le servirían para pagar. Además, en Mar del Plata no había fletotaxis, había únicamente taxis, además de los taxiflets. Por lo tanto decidió caminar por la costanera hasta el Banco Comadreja. Al pasar por el casino, preguntó si aceptaban putines.
-Ja ja ja. No me haga reír. –le dijo un hombre que hacía las veces de personal de seguridad.
-Pero parece que lo hice. –añadió Horacio.
-Es una expresión irónica. Una risa falsa, que aunque lo parece no lo es. O aunque lo es, no es genuina y, como tal, no constituye una risa verdadera, sino que simula serlo. –explicó el otro.

Horacio se marchó de ese lugar y decidió seguir caminando por la playa. Él caminaba por la arena de esas playas, descalzo. Observaba, en el trayecto, sus pies. Levantaba arena, jugando, mientras caminaba. Notó que llevaba los pantalones arremangados hasta debajo de las rodillas. Eran pantalones beige. Llevaba con su mano izquierda, colgando sobre su hombro, un sweater, rayado. Blanco y azul. Pudo sentir la brisa correr sobre su rostro. También notó que le entraba tierra en sus ojos. Se pasó la mano por allí y continuó su camino. Observó una pareja corriendo, tomados de la mano, en dirección opuesta a la que él llevaba. Y tras ellos un enorme perro que les dio alcance al pasar en línea a Horacio. Los rodeó y les ladraba, en claro tono amistoso. Horacio los siguió con la mirada y trastabilló con una roca, para luego caer sobre la arena. Observó hacia arriba y una gaviota que pasó sobre él emitió un agudo sonido. En ese instante, se durmió.

-¿Tiene la “Tan sólo vivir”? –preguntó una mujer que promediaba la cuarta década de existencia.
-No quedó. –Le dijo el quiosquero- Pero le puedo ofrecer la revista “Lulú Ciérnaga”. Es bastante buena, como la otra. ¡Y más barata! –la animó.
-Bueno, deme dos. –Pidió la mujer- Pero diferentes.

El quiosquero le dio dos revistas, que eran similares, pero diferente número de ejemplar. La mujer pagó por las revistas, aunque se quedó mirándolas y cotejando su parecido.
-Oiga, le pedí dos revistas diferentes. Y me está dando dos iguales. –esgrimió la mujer.
-No son iguales. Vea: -dijo el quiosquero tomando las revistas- esta es el ejemplar número 21.707. Esta otra, difiere, es el ejemplar número 21.708.
-¡Usted me está estafando! –Exclamó la mujer con rabia- Me está dando dos revistas con el mismo contenido.
-¿Contenido en dónde?
-En su interior. –argumentó la mujer.
-¿El interior de qué? –interrogó el quiosquero.
-De la revista.
-Disculpe, pero no la entiendo señora. Hice lo que me pidió. El dinero acá no se devuelve. Si quiere otra revista la va a tener que pagar. Acá no aceptamos devoluciones.
-¡Ma´si… metételas en el culo! –manifestó la mujer, que se marchó del lugar sin las revistas que anteriormente se acreditaban en su haber.

El quiosquero la volvió a acomodar en el revistero a una, y guardó la otra en una pila de revistas que tenía a la vista del público. Se acercó una jovencita que con suerte llegaba a los quince años y pidió un ejemplar de la revista Lulú Ciérnaga.
-¿Cuánto es? –preguntó la quinceañera en cuestión.
-Quince putines. –dijo el quiosquero sacando el ejemplar número 21.708 de la pila de revistas.

Un tipo abierto

En el barrio de Malvones, hace unas décadas, la gente era muy cerrada porque con justificadas razones tenían que proteger las estupideces que creían, pues las consideraban de tal modo valiosas, al menos para dejarlas como herencia a la posteridad. Pero Alfio no. Él era un tipo muy abierto, tan abierto era que creía tanto en la esfericidad de la Tierra como en la teoría del terraplanismo; apoyaba el bautismo y la comunión y, al mismo tiempo, arengaba con blasfemias toda herejía; tenía una fe completa en la democracia aunque se manifestaba en toda protesta anarquista con actos vandálicos sobre monumentos de la ciudad, monumentos que llegaba a pintarrajear con aerosoles negros y amarillos; consideraba crucial para el avance de la sociedad el progreso en ciencia y tecnología pero, a su vez, boicoteaba toda difusión científica desacreditando a las mismas por contradecir las inquebrantables leyes de la Edad de Piedra; hablaba con fantasmas acerca de la inmortalidad y le sacaba fotos a los marcianos mientras compartían facturas, café mediante; creía en la ley y el orden y en la transgresión y el caos; a veces se consideraba rebelde conservador; se tragaba todos los periódicos matutinos y desconfiaba de los avisos fúnebres; creía en el horóscopo y en la mano divina; si alguien era muy cerrado como para no escucharlo le hablaba en lengua de señas.
Alfio era un tipo muy abierto, tanto que veía a los chanchos volar y festejaba el día del arquero.

Con inteligencia

En el super, Pedro se quejaba de los precios.
-¡Qué caro todo! ¡Ya no alcanza ni para el papel higiénico!
-Es cierto, por eso más que nunca hay que usar la cabeza. -le dijo un anciano que sabía de crisis económicas.
Al llegar a su casa, Pedro guardó las pocas cosas que había comprado con medio sueldo y se fue para el inodoro. Como no le alcanzó para el papel higiénico resolvió seguir el consejo de aquél anciano. Luego de un gran esfuerzo en el que logró limpiarse bien el culo, exclamó con fastidio:
-Claro, ¡pero me quedan los pelos del bocho llenos de mierda!

 

Incorporación

 

Rómulo leyó el cartel sobre la puerta rústica de madera ajada, escrito a mano, como garabateado por un infante de modo desprolijo y de difícil intelección: INCORPORAMOS PERSONAL. Por un momento, creyó que su deseo por conseguir empleo le estaba obsequiando una ilusión óptica, porque dadas las circunstancias y la malaria general en la ciudad y alrededores un cartel de ese tipo haría que la gente se agolpara en una cola interminable por conseguir la vacante. No obstante, tomó coraje y golpeó la puerta, no una sino tres y hasta cuatro veces hasta que una voz sobria le dio la orden de que pase:
-¡Adelante!
Abrió la puerta con cautela, como desconfiando de la situación, y ésta emitió un chillido agudo seguido por el crujir de las maderas que parecían desprenderse del marco. Cerró despacio y observó el lugar. Había un largo pasillo en cuyos laterales había varias macetas con cactus, malvones y siemprevivas distribuidas a lo largo del mismo. El piso era de baldosas muy antiguas, negras con perlas grises y blancas; las paredes también blancas y sin adornos parecían recién pintadas; el techo estaría a unos tres metros y medio de su testa.
Caminó hasta llegar a una puerta sobre un costado que, comprobó, estaba cerrada con llave. Cuando parecía dudar entre avanzar a la entrada de la puerta que se veía al fondo del pasillo o emprender el regreso y salir por donde la curiosidad lo llevó a entrar, volvió a escuchar la voz, pero ahora le parecía escucharla en reiteradas ocasiones o como si la misma se entonara dentro de un barril que la magnificaba con un coro de voces que le hacía eco:
-¡Adelante! –escuchó nítido y grave.
-Adelante. –seguidamente oyó.
-Adelante. –casi ensimismado.
-Adelante. –como un susurro.

Avanzó hasta la entrada de la puerta que se encontraba abierta y se asomó con cierta precaución. Al entrar, la visión horrorosa que tuvo lo sumió en un terror que lo dejó helado, tieso como mármol. No tuvo el impulso de intentar huir, sus piernas estaban rígidas afirmadas sobre las baldosas, las suelas de los zapatos pegadas con el peso del terror. Lo que vio en la habitación fue mezcla heterogénea de colores y texturas de la envergadura de un elefante, donde asomaban pelos, cabezas, brazos y piernas, manos y cabelleras que sobresalían como extremidades incontables, al menos en un simple vistazo.
-Ve…ve…Vengo por el cartel. –acusó.
Desde la cabeza que estaba en el centro de la forma atípica de imposible descripción donde los rostros emergían con expresiones de júbilo y euforia y manos de diversas tonalidades y dispersas aplaudían toscamente, un rostro angelical le respondió:
-¡Ah perfecto! ¡Bienvenido!
Dicho esto, la forma viva indescriptible absorbió a Rómulo, quien intentó oponer resistencia al magnetismo que lo arrastraba sin mayor éxito, a tal punto que lo engulló sin masticarlo, quedando sólo visible del mismo Rómulo incorporado, tres cuartas partes de su cabeza donde se sumergía el oído derecho, su mano izquierda hasta la altura del antebrazo y tres dedos de su pie derecho que asomaban sobre el mentón de un rostro anciano.
Rómulo emitió una queja lastimera, tratando de defenderse.
-¡Qué pasa! ¡El cartel decía que incorporaban personal!
-No, no, es un malentendido. Incorporamos personas. –le respondió una mujer cuyo torso sobresalía hasta sus tetas por encima de la cabeza de Rómulo.
-¿Y qué comen ustedes? –preguntó Rómulo con el último dejo de preocupación que cargaba.
-Nosotros no comemos, incorporamos personas.

Ya no distinguía entre sus extremidades y las de otros, sentía cada una de ellas como propia, salvo por los pensamientos que le hacían creer que ellos eran otros, representados por sus rostros. Pero esto le duró poco porque sus pensamientos fueron tornándose colectivos y conformaban, junto con la grotesca y gigantesca forma, una unidad. Así, Rómulo fue, poco a poco, lentamente distendido, olvidando sus preocupaciones habituales: conseguir trabajo, qué vestir, la muerte…

Armonía

La mañana, dulce mañana que sólo es hoy, no llega sola, la noche no se va de un sopetón sino que cae de madura en silencio, tan es así que es la música quien le dice al día:
-¡Ven, arriba! Es hora de alegrar corazones.
El día se levanta como un manto sobre el pavimento, canta a través de las aves que desatan la celebración por la existencia. El vuelo sibilante de las palomas al alba transmiten armonía. La naturaleza goza de buena salud y eleva una plegaria de agradecimiento al azul profundo celestial. Todo es paz, musical, el amor del universo está en su quintaesencia. No hay roces, si florece todo es goce. Las flores del jazmín despiertan con su aroma inconfundible para deleite de las abejas. ¿Qué planean las hormigas? ¿Una fuga? Deletrean hojas que servirán de sustento cuando las aguas lleguen. Andan de aquí para allá, transportando, recorriendo, en una suerte de movimiento vital que produce sensaciones de hormigueo en el corazón. El aire es limpio, refrescante por la brisa sud; la luz del día permite observar las penas de la gente que danza al son de la música, frugal, ligera, que olvida el peso del dolor, porque el color de la música eleva. ¡Oh, música divina! ¡Sensual, pulcra, cristalina!
-¡Buen día vecina! ¿Cómo recibe el nuevo día?
-¡Maravilloso, corazón! Sin desazón, con nuevos bríos.
El aire se renueva, hay luz, hay esperanza, el universo danza, el verbo carga su cruz. Observar las maravillas da motivos para entrar en sintonía con la música, pura sinfonía que hasta la dura roca se hace eco. En el pecho: un hueco; se abre el techo dando la bienvenida al sol. Las ramas de las acacias susurran sus bendiciones: ¡Buen día! Y claro que el día es bueno, jovial, fresco y ameno, síntoma de renovación. La luz entreabre las puertas del Paraíso. Los paraísos alegres se estiran despejando sueños, deshojando frutos, desvaneciendo temores, los de los cirrocúmulos sobre las cabezas. Da brincos de gusto el alma cantante, el cuerpo danzante baila, la voz viaja a través del viento ondulante, las palabras llegan al instante.
De pronto, ruge un motor, se oye una bocina, suena un reggaetón.

El libro vivo

¿Pueden objetos inanimados tener ánima?, esa pregunta se hacía Leticia, tras leer la contratapa de un libro en La Antigua, la librería que atendía Óscar Tzorrén y su hijo. Originalmente, La Antigua comenzó con el abuelo de Óscar, pero éste tuvo que hacerse cargo de la misma muy joven, tras el fallecimiento de su madre afectada del corazón desde niña.
Óscar Tzorrén era un hábil comerciante, pero se consideraba mal lector. Como excusa ponía en primer lugar la falta de tiempo, que se lo dedicaba al negocio y a su familia en partes iguales. Tenía respeto por la lectura, pero su función era mantener el negocio en orden, por ello su veneración no era hacia los libros, sino hacia los lectores, que hacían las veces de potenciales clientes. Brevemente, Óscar Tzorrén se dedicaba a conocer a las personas mejor que a los libros que vendía.

-¿Qué le parece este libro, Óscar?-le preguntó Leticia expectante por una respuesta que le infundiera ánimos para comprarlo y leerlo.
-Permítame –dijo Óscar, tomando el libro con delicadeza para echarle un vistazo a la tapa-. Mmm… El título es muy seductor, invita a echarse a correr detrás de la aventura.
-¿Aventura?
-La aventura del descubrimiento, sabe usted. –Y añadió: El conocimiento es como un gran árbol en constante crecimiento, no es algo estático ni místico, pero su camino es el del descubrimiento por estar a veces oculto, no por misterioso, sino por haber quedado cubierto con supersticiones sensacionales. Cada persona posee conocimiento, no como se posee un automóvil, sino que es algo intrínseco e inseparable de la misma. En algunos casos, la persona es conocimiento, lo que se diría en términos populares: un libro abierto. –Óscar leyó ante la atenta mirada de Leticia la primera página del libro. Leyó con pausas, deletreando, como saboreando las palabras del autor- Me aventuro a decir que este libro está vivo, no vivo en el sentido de una proyección, sino abierto a la comunicación con quien recorra sus páginas con lectura curiosa, con la curiosidad natural por descubrir los secretos de la existencia.
-¿Le parece?
-Llévelo, Leticia. Es el último ejemplar y difícilmente vuelva a entrar. Ya no llegan estas excentricidades por aquí. Vea usted –dijo Óscar con énfasis tomando un libro de la pila sobre la mesa que los separaba-, esto es lo que llega por estos días y se vende como pan caliente. Mi madre solía decir que cada lectora encuentra el libro que está escrito para ella y, a partir de allí, su descubrimiento no tiene fin. –Óscar dejó caer el libro de autoayuda sobre la pila con desdén- Leticia, hace años que visita La Antigua y puedo decirle con justeza que ese libro es para usted.

Leticia se fue contenta con el libro bajo el brazo. Caminó por la vereda del sol, esquivando peatones y observando el paisaje de la ciudad con sus colores llenos de luces, reparando en sus olores gratos, evitando los desagradables, todos los sonidos que le daban vida al día con bocinas, motores, charlas y música y miles de objetos que, en su movilidad o en su estatismo, constituían el ambiente de lo dinámicamente actual. ¿Los objetos móviles tienen ánima?, se preguntaba Leticia esperando que el semáforo le diera el paso mientras observaba a los distintos automóviles cruzar la avenida. Alzó la vista en un llamado de atención por el sonido de un avión que surcaba el cielo muy bajo, como recientemente despegado de la corteza terrestre, y lo asimiló sonriente como un guiño del ánima mundi.

 


Fotografía: Jorge Guardia

Perdida en la ciudad

 

Trinidad solía deambular en busca de alimento para su espíritu. La colmaba de satisfacción la puesta del sol casi tanto como el canto del jilguero o el vuelo rasante de los gorriones. Todo eso –se decía- era algo muy común, por tal cosa quien se volvía sofisticado lo pasaba por alto. Pero Trinidad a veces se hastiaba de los motores que hacían, de lo más mundano del ruido, algo pomposo. Por ello, los ruidosos, la llamaban extravagante, pero más por el vagar aquí y allá por la ciudad que por lo más níveo de su sentir que ellos desconocían.
Un día de otoño, caminaba Trinidad escuchando el crujir de las hojas bajo sus zapatos y, al comparar tal placer con el de una buena cena o una particular compañía, lo encontró de un sabor como pocos quizá por la atención que le prestaba y el goce de sentir la libertad cuando todo alrededor parece decaer de un modo natural. Caminó y caminó, no sin alejarse de donde ya no recordaba haber iniciado el paseo ni tampoco acercándose a un destino previamente trazado, dibujando zig zags por los empedrados de la ciudad que pronto se vio cubierta de sombras azarosas que le infundieron cierto temor que se fundían con su propia calma. Titubeante y dubitativa, supo lo que alguno supo: no saber. ¡Oh caramba, vaya paradoja celestial!, exclamó.
Detuvo su marcha, observó la noche, contempló las estrellas buscando una guía y la encontró no ya en el firmamento insondable sino en lo más cetrino de su alma. Trinidad allí comprendió que cada paso engendra el siguiente y la voluntad es la semilla de un magnífico porvenir.

 

 

Fotografía: Jorge Guardia

Poetisa

El silencio puede a veces ser una buena fuente de inspiración, el silencio entendido como soporte sonoro de todo ruido, parloteo, movimientos, etcétera, que son, a su vez, fuente de inspiración para otros, o para aquél mismo que se inspira en el silencio en una mezcla feroz de lo que la vida contiene y de lo que por vida se entiende. Pero Abril prefería buscar la inspiración en otras cosas que no eran cosas, tales como momentos o situaciones vívidas o vividas, imaginadas, creadas o recreadas.
Abril componía poesía con armonía. Unificaba versos como el universo vivifica las palabras divinas. Su talento crecía lento, pero de un modo sostenido por ser tenido vivaz, en un incómodo trayecto cargado de penas, alegrías, sinsabores, malestares, furias y euforias, propias e impropias. Se apropiaba de su decir, tan es así que el canto de Abril llegaba más allá de sus veintipoco abriles hacia la primavera donde el cantar florece. Y crece con cada estrofa, su obra no se malogra, se extiende a través del espacio, discurriendo suave y despacio como nubes intocables, visibles, incalculables, que dan forma a lo inexplicable, firmando frente al magno firmamento con su estirpe, regia poetisa, poetizando la aurora, el ocaso, decorando cada paso, cada gota de rocío y cada nota con su canto, estampando su semblante en su andar estimulante ( a la vista y el olfato, y al sentir por el buen gusto ) que no oculta sus disgustos, y andando viaja escuchando: ¡miren mundo, el sol fecundo, ilumina el candil, ahí va Abril!

 


Fotografía: Manu Coca

El curso

Me inscribí en un curso para dejar de fumar. Y dejé. Pero lo hice antes de empezar el curso. Entonces le pedí a la secretaria que me devuelva la plata porque ya había dejado de fumar.
– ¿Cómo hiciste? -me preguntó Magalí, la secretaria.
– No te sabría decir, de pronto encontré que ya no fumaba -le dije- por eso me había anotado para hacer el curso, pero ya no lo necesito. Por eso te pido que, por favor, me devuelvas el dinero con el que pagué la cuota de ingreso y el primer mes del cursado.
– El efectivo no te lo puedo devolver. Pero si querés podés hacer el curso de todas formas. -me invitó la secretaria.
– Es que no lo necesito. Lo que necesito son los billetes que te entregué cuando me inscribí. -le contesté.
– Te entiendo, pero te apuraste a dejar el sucio hábito, podrías haber esperado, total, qué apuro tenías. Los valores que entregaste no creas que te los voy a devolver. -me dijo con una sonrisa en su rostro, dónde más.
-Entonces no tengo más remedio que hacer la denuncia. No me das alternativas ni mis monedas.
-¿ Cómo que no te doy opciones ? Del metálico: olvídate, pero hacé el curso, así obtenés la retribución justa por tu capital depositado.
– Magalí, por favor, no te pongas en esa actitud de terquedad. Dame mi fortuna y me marcho. -le dije esperando que metiera la mano en la caja para retirar de allí el tesoro y restituírmelo como estaba convencido que era lo que correspondía en un marco social adecuado de consolidada paz y buen diálogo entre sus componentes. Pero no, ella introdujo su mano izquierda en la cartera que tenía consigo, sacó un atado de cigarrillos, lo abrió, sacó uno, lo prendió, me tiró el humo en la cara, y, toscamente, extendió su mano con el paquete en dirección hacia mí y me preguntó:
-¿Querés? -me ofreció.
– Y… bueno, convidame uno, así no pierdo mi patrimonio.

Viejo tren

En el pueblo era el viejo tren el que traía las novedades. O mejor dicho, aquellos que llegaban en el viejo tren al pueblo arribaban con alguna novedad, y esto era así porque el pueblo siempre parecía el mismo: la iglesia, la escuela, el almacén y el potrero eran los que le daban alguna dinámica, además de la llegada del viejo tren, claro está. Porque en el pueblo todo parece ser más lento, o al menos la armonía que se visualiza en los movimientos de la gente es diferente al de una ciudad. Y ni hablemos si la comparación se hace con una metrópolis, son dos mundos distintos.
El viejo tren pasaba por la ciudad cada martes, cada jueves y cada sábado. Normalmente, si no había ningún contratiempo, lo hacía rondando las 11 am. De ahí seguía su trayecto hasta la capital Buenos Aires. En esos pasos que hacía por el pueblo el viejo tren, raras veces descendía algún pasajero. El último jueves de cada mes, don Anselmo Costas regresaba al pueblo tras cobrar su jubilación. Esto era conocido por todos, ya que don Anselmo traía algún presente para sus vecinos más allegados: un licor de dulce de leche para doña Victoria Alcides, cigarros importados para el padre Eustaquio Maldivas, peras o duraznos en almíbar para doña María Dolores Tíboli viuda de Guantes, entre otros.
Don Anselmo había sido maquinista en años de su madurez por lo que conocía bien el viejo tren. Disfrutaba ese viaje de placer que hacía cada mes, recorría la ciudad con asombro ante los cambios arquitectónicos, comerciales y de vestimenta en la dinámica ciudad. Con renovados aires, volvía muy contento a narrar las novedades que por esos años aparecían cada mes, en un auge que no se detendría, ya que las modas pasaron a ser efímeras, y esa efimeridad de las cosas era la nueva moda.
Un último jueves de junio, don Anselmo Costas regresó al pueblo, arribando a las 11:14 horas. En el andén, lo esperaba María Dolores Tíboli viuda de Guantes y el padre Eustaquio, de quienes había un fuerte rumor en el pueblo de que tendrían un amorío clandestino, no porque doña María Dolores tuviera algún compromiso, más allá de sus encuentros con don Anselmo Costas, sino por el celibato y voto de castidad del padre Eustaquio, lo que lo ponía contra las cuerdas ante la curia, en caso de que el rumor corriera fuera del pueblo. Pero a nadie fuera del pueblo le interesa qué cosas suceden en el pueblo, todo es puertas adentro, aunque el pueblo siempre tenga las puertas abiertas.

Ese jueves, don Anselmo Costas cumplía 77 años, de ahí que lo hayan ido a recibir para hacerle saber lo que era querido, pero no sólo por ellos, sino por todos aquellos que lo conocían en el pueblo; es decir, todos. Lo felicitaron por llegar maravillosamente saludable a esa edad y lo acompañaron a su casa, a pocos metros de la estación. Allí los estaban esperando los demás habitantes del pueblo para agasajarlo. Doña Victoria Alcides había preparado tortas: una de chocolate, una de chantilly y una de vainilla. Tres tortas eran suficientes para convidar a todos lo invitados. Acompañaron la celebración con mates algunos, té otros y café los restantes. Los niños, por su parte, estaban en la escuela, con ánimos de empezar las vacaciones y pasar el día en el potrero, sin tener que dedicarle tanto tiempo a los deberes escolares, aunque la maestra Vanina siempre tenía, con algo de malicia, la idea de que sería bueno para ellos tener alguna tarea que hacer durante el receso invernal.

El momento de degustar las tortas de doña Victoria Alcides era esperado por todos, o casi todos. Ella las hacía tan dulces que contrastaban con el mate amargo que las acompañaba. El padre Eustaquio era uno de los que más las esperaba, cansado de comer hostias, por eso cada vez que sabía que llegaba alguna celebración con tortas de chocolate de por medio, prefería hacer un ayuno el día anterior para hacerle lugar a unas cuantas porciones en lo que sentía como un placer extremo.
Cuando iba por la quinta porción de torta, doña María Dolores le reprochó que no se moderara con la ingesta:
-¡Padre Eustaquio, se va a descomponer! ¿No le parece que ya ha comido demasiado?
El padre Eustaquio se limitaba a negar con la cabeza, mientras masticaba con el buche lleno, los labios pintados de chocolate y la sotana cubierta de migas. Cuando terminaba la porción, interrumpía la conversación para dar una respuesta:
-Ya lo ha dicho San Agustín, Dios lo que más odia después del pecado es la tristeza, porque nos predispone al pecado. –aseveraba, mientras se servía otra porción de torta.

El ánimo festivo de los presentes se extendió por algunas horas que postergaron su siesta habitual. En el ínterin, mientras algunos ya se habían retirado, apareció Vanina, la maestra del pueblo, para saludar a don Anselmo Costas y degustar las tortas de doña Victoria, si es que todavía estaba a tiempo de hacerlo. La generosidad del pueblo era tal, que la misma doña Victoria le había apartado una porción de cada una a la maestra porque sabía que llegaría más tarde que el resto de los convidados y con menos posibilidades de probar esas delicias que tanto éxito tenían en cada celebración. La maestra Vanina, que deslumbraba con su rostro angelical, tenía predilección por la torta de vainilla y se desvivía por el café, incluso llegando a tomar tres tazas al día.
Pero ese último jueves de junio la maestra llegó a la casa de don Anselmo Costas con una novedad que los embargaría de tristeza. Se tomó su tiempo para anoticiar a los presentes mientras bebía el café. En un momento en que la excitación disminuyó, cobró valor y les dijo a quienes tenía alrededor:
-El sábado es la última llegada del viejo tren.
Muchos se llenaron de pasmo, al tiempo que otros quisieron saber más. El rumor había corrido varias veces por el pueblo, durante gobiernos de distintos colores, pero esta vez iba en serio. Doña María Dolores sollozaba con el consuelo del padre Eustaquio a su lado. Los tiempos cambiaban y las cosas cambiaban con ellos.

Años después, a los habitantes del pueblo con el oído lleno de costumbres, les parecía escuchar la llegada del viejo tren cada martes, cada jueves y cada sábado, pero las novedades habían encontrado otros canales por los cuales llegar.

 

 

*Fotografía: Jorge Guardia

Cosas que pasan

Estaba frente a un portal que me conducía Dios sabía a dónde. Yo no. Y con eso no quiero negar que de algún modo sea una suerte de dios. Tenía la llave en mi mano pero no me atrevía a abrir. Sentía un cosquilleo en el estómago y no era hambre. Al otro lado me esperaba el destino, por lo que me decidí y abrí. Y no sólo eso, sino que además entré. Bueno, en realidad miento, porque la puerta no conducía a un recinto cerrado sino abierto. Por lo que salí a él. Mi primera impresión fue la de sentir una inmensa soledad. Allí, estaba convencido, no había nadie. Era raro, porque los sueños suelen estar llenos de personajes, pero este no era uno típico, si es que hay sueños típicos. Lo atípico es que sabía que estaba sólo en ese microuniverso, que no era pequeño, pero era sólo mío. Una luz cálida pero no cegadora inundaba el lugar. También había agua, en un pequeño arroyo del cual bebí hasta saciar la sed que sentía en ese momento. La sentí correr por el cuerpo, refrescando mi garganta, hasta reposar en el estómago. De repente, la soledad que creía me abrumaría, se disipó con la presencia de varios ratones corriendo delante de mí en fila. Algunos atravesaron el arroyo y otros parecían zambullirse en él. Todo había cobrado vida con mi mera presencia. Y eso me alegraba. Pronto, unas gaviotas alzaron vuelo sobre mí y se oyó el graznido de varias. Había varias plantas floreciendo junto al arroyo, de los colores más llamativos: celeste, violeta, lila, turquesa, ¡dorado! El aroma que emanaba de ellas era cautivante. Observé el arroyo y estaba poblado de peces naranjas y amarillos de diversos tamaños que nadaban en él. La paz del lugar me colmaba de satisfacción. Todo era perfecto, hasta que apareció frente a mí una figura colosal. Era un gigantesco cíclope que iba destruyendo todo con su mirada de fuego. A medida que avanzaba, quemaba pastizales, flores, árboles y animales. Era sin dudas Shiva, el dios de la devastación. En mi visión aparecía como una forma casi humana, a excepción de que sólo tenía un ojo. Además tenía dos pares de piernas y su piel era de color azul. Tenía una larga cabellera atada con una trenza y varios brazaletes de oro. Se acercó hasta mi posición y el temor me hizo arrodillar. Creí que sería fulminado rápidamente. Sin embargo, Shiva retornó hacia el horizonte desde el cual lo había visto venir y se perdió de mi vista.

La calma había retornado al ambiente. Nuevamente, varias aves acudieron en busca de alimentos, algunas lo tomaban del suelo otras pescando en vuelo del arroyo. Cuando creí que todo se desarrollaría en tranquilidad, grande fue mi sorpresa cuando emergió un magnífico león al trote. Pero allí no había carne que aplacara su hambre, excepto mi figura. Cuando me vio, corrió rápidamente hasta donde estaba y se paró delante de mí. Caí rendido a sus pies implorando que no me comiera y, no sé si por piedad, no lo hizo. Continuó corriendo a toda marcha en dirección opuesta a la que había aparecido frente a mí. Me sobrevino el calor de repente por lo que decidí darme un baño en el arroyo. El agua estaba tibia, pero me refrescó lo suficiente como para disminuir el calor que sentía. Recogí algunas piedras y las lancé sobre el agua haciéndolas golpear varias veces la superficie del arroyo. La última que lancé hizo un movimiento extraño que acaparó mi atención. Luego de golpear tres veces sobre la superficie, retornó hacia mí y golpeó otras tres veces cayendo delante de mis pies. En ese momento pensé: esto sólo puede suceder en un sueño. Y comencé a danzar en el lugar de felicidad. Si era efectivamente un sueño no había nada que temer, ni dioses, ni leones, ni nada. Seguía bailando alegremente cuando delante de mí apareció un cazador con una escopeta. Pude oír que al verme dijo:
-¡Qué rareza! Sería bueno tener su testa colgada en una pared del living.

Luego, pude ver que me apuntó al corazón. La alegría que tenía en ese momento no se vio turbada por aquél hombre y yo continuaba danzando. Cuando me detuve, vi reflejada mi figura sobre el arroyo. Me sorprendió ver que no era mi rostro lo que se veía en el reflejo, sino que era el de una panthera tigris, vulgarmente conocido como tigre blanco. ¿Yo era un tigre? ¿Desde cuándo? No me importaba, era un sueño y me sentía completo en él. Otra voz le dijo que tenga cuidado al disparar de no dañar la cabeza. No sentía el peligro de mi inminente muerte acechándome. Me di vuelta y me lancé sobre el cazador.

Instantáneamente, escuché un sonoro retumbe. Abrí los ojos y vi que la cama estaba a un costado. El piso seguramente estaba tan duro que al caer eso fue lo que escuché. La felicidad que tenía durante el sueño me duró un par de horas hasta que el ajetreo del día la disipó y olvidé aquello. La llegada de la muerte mostraba a las claras que la vida era cuestión de continuar viviendo. Siempre sucede así. Lo cambiante son las circunstancias, las situaciones. Un cazador tendrá una cabeza más adornando su living.

Por mi parte, ya no soy un tigre y para colmo me duele un poco la cadera, algunas costillas y el hombro derecho.

 

Fotografía: Maru Coca

Los zapatos

El viejo y la vieja del Pachu siempre enseñaban con sus consejos y ocurrencias. Recuerdo aquella tarde de abril en que don Sixto nos enseñaba cómo hacer para entender a los demás.
-Vos tenés que ponerte en los zapatos del otro.
Y doña Carmen agregaba elocuente:
-Pero primero esperá que saque sus pies.

Ana e Inés

Dos amigas que cursaban la carrera de odontología en los años noventa, compartían la habitación de la pensión de Alcira sobre calle 4. Una de ellas, Ana, siempre respondía a destiempo los cuestionamientos de la otra, llamada Inés. Por su parte, Inés alternaba episodios de euforia y depresión, de bronca y alegría a intervalos regulares e irregulares. Ana sentía empatía por su amiga, pero cuando la quería asistir por su depresión, por ejemplo, Inés ya estaba cantando a grito pelado; o cuando la quería acompañar en un baile, Inés ya soltaba el llanto.
Así pasaron sus años de cursada en que Ana Crónica se desenvolvía en tiempos que ya se habían despedido sin que ella lo notara e Inés Table dudaba entre estados anímicos que duraban lo que un suspiro.

Cansancio

A decir verdad, la gente está cansada. Duerme mal y se levanta cansada. O se colma de actividades físicas y/o intelectuales y junta cansancio con el trajín del día. Prende la tele y ya se cansa. Escucha las mismas canciones con diferentes intérpretes y termina cansándose. Cada tanto aparece alguna novedad, como Despacito, pero se lo pasan tantas veces que se va cansando rápidamente. No va al cine porque es cansador; prefiere ver películas en casa, porque si de cansarse se trata, ¿para qué cansarse de más? Hace el amor y termina cansado. No le queda más remedio que comer para despejar el cansancio. Conduce cansado y se despide al caer la noche de los familiares en el hogar y sus amigos virtuales con un dejo de cansancio. Se duerme y sueña que está cansado de todo, y al despertar, no sabe si la pesadilla es la vigilia o el próximo sueño. Espera que termine el año para llegar al descanso, aunque se canse de las fiestas. Festeja y se levanta cansado, pensando: otro año más cansador que el anterior, como todo baile que da sueño. Por eso mira “Soñando con bailar”, porque piensa que bailando va a poder descansar. Pero está tan cansado que no se anima a bailar.

Seguí

Estaba aburrido, demasiado diría, y salí a caminar. En principio solo, pero enseguida se me dio por seguir a un tipo que parecía saber a dónde ir. Al rato me di cuenta que deambulaba sin rumbo, por lo que me dispuse a seguir a una señora que iba con un carrito a paso lento, pero firme. A los pocos metros se metió en una casa, que supuse suya, y la muy descarada me cerró la puerta en la cara con asco. Ahí nomás seguí primero a un joven que entró en un local de comidas, luego a una pareja que me preguntó qué quería por lo que tuve que desistir de seguirlos, y después de un tiempo seguía prácticamente a toda la gente que andaba por ahí, por turnos. Quise seguirlos a todos juntos, pero los destinos no siempre convergen, aunque una muchedumbre que seguí ingresó en un estadio a ver un recital. Algunos me daban charla, mientras que otros me cortaban el rostro. Pero no me preocupa. A mí no me importa eso de llegar a algún lado, eso de estar no es lo mío, lo mío es seguir.

A la misma vez

Había una vez, que no era una simple y sencilla vez, sino más bien una bombucha, cargando en su interior cantidad de agua esperando llegaran los carnavales. Esta vez, la susodicha había cobrado dotes de superioridad y lejos de atenerse a su condición de bombucha de carnaval creía ser verdaderamente una bombacha de campo, por lo que resolvió montar cual jinete sobre un caballo blanco ( que no sería precisamente el de San Martín sino uno más moderno y a la vez actual) en vez de ir a reventarse contra la blusa de una jovencita que esperaba la llegada de la primavera. Pero no sería la primera vez que una bombucha devenida en bombacha caería presa de lo que se conoce como falsa ilusión o ilusión óptica, ya que lo que intentó montar no era efectivamente un caballo blanco sin montura sino que se trataba de una vieja escoba al estilo del vehículo de Cachabacha. Al percibir esto se decepcionó de tal manera que entró en depresión profunda y dejó de pensarse bombacha para considerarse apenas bombilla y pasó a habitar uno de los mates del caserón, el que se usaba para reuniones de amigos. Esta vez, la bombilla del mate ya no participa de las charlas, más allá de que alguno de los partícipes de la ronda que se demorara con pasar el mate y, a su vez, otros le recriminaran si le “está enseñando a hablar”, la bombilla parece no estar interesada y hay quien dice que ya estaría repensando en variar su condición ( o la creencia de la misma ), y hasta aseguran que la pobre ya se cree bombita eléctrica y bomba mediática a la vez.

En línea

Leyó tres líneas.
De tres palabras.
Tres cada línea.
Se detuvo.
Leyó la primera palabra que no entendió y la buscó en el diccionario.
La definición que le dio no lo satisfizo.
Continuó leyendo en el diccionario palabras al azar.
Vaquetón. Tecolote. Santónico.
Tachó la que no había entendido en el libro y sobre ella escribió “aguacha”.
Cerró el libro y lo devolvió.
Encendió la televisión y sintonizó el canal ocho.
Se veía lo que había grabado una cámara de vigilancia.
La imagen mostraba a un hombre robando una panquequería.
De un patrullero bajaron dos policías y lo acribillaron a balazos.
La muchedumbre se acercó a devorar los restos.
Incrédulo, exclamó: ¡Lecteriano!

Ciclos

-¿Y a qué te dedicás?
-Hago trabajos de reciclado en plásticos, metalíferos y de origen vegetal y reordenamiento de desechos urbanos.
-¡Muy bien! ¡Felicitaciones! ¡Qué bárbaro!
-Este…
-A mí me encanta la gente que hace cosas por el medio ambiente.
-Bueno…
-Que se preocupa por el destino que se le da a los residuos.
-Eh…
-Gente que hace cosas para que el mundo sea cada día un poco mejor.
-¡Soy ciruja!
-Ah! Este…Bueno… ¿y cómo te está yendo?

La humedad de los martes

La lluvia de los últimos días había humedecido mis ideas y el pensamiento era una suerte de pantano donde todo terminaba mezclándose en una amalgama de barro y agua, lluvia que prometía continuar este martes para beneplácito de los nostálgicos. Los techos del barrio habían sido castigados con abundante agua llenando las canaletas con ramas y hojas de árboles que sufrían los intempestivos vientos de un noviembre álgido que acariciaba el final de su primera quincena con displicencia. En casa se observaba orden, a excepción de la biblioteca donde siempre se vislumbraba una revolución o al menos era lo que delataba la disposición de los libros y mi mala predisposición a darle un aspecto de pulcritud. La condición de un buen libro, y de todo buen cuento ( y subiendo por las escalinatas que conducen a la divinidad celestial: de toda buena poesía ), era que tenía que mover el piso donde el lector, hoy devenido en espectador, se sentaba a contemplar la realidad con ficción. Y por ese motivo los libros que además de estar vivos y revolucionan al lector como la observación de una delicada mariposa sobre el jazmín del jardín de la casa paterna o del chimango que paciente espera el momento oportuno para llevarse el cadáver de una rata sobre el pavimento, tienden a abrir puertas a nuevas, o desconocidas, dimensiones de la existencia que permanecían ocultas al mismo por cortinas de humo. O tal vez de humedad, cortinas de humedad gestadas por la citada lluvia que otra vez volvía a caer sobre la ciudad. Pensé en mi padre y recordé un cuento que siempre me contaba para poder dormir placenteramente. Era un cuento feliz y hacía unos pocos días me había enterado que no era el único al que se lo contaba, lo cual me sorprendió pero no me dio celos, sino alegría. Darle algo a alguien era brindarle la posibilidad de la felicidad. Un amigo me decía algo parecido en cuanto a la crianza de los perros: dale algo para hacer y se sentirán bien. Nosotros también nos sentimos bien cuando hacemos algo por los demás, nos olvidamos por un momento de nosotros mismos con algún quehacer, alguna ocupación, y en esa distracción hay una suerte de placer inmaterial. Mi padre, que en este momento estaría aburrido sentado frente al ventanal, dejando correr los pensamientos que tendían a un pasado lleno de emociones y sentimientos que dejaron huellas. Se me ocurrió pedirle algunos libros que habían quedado en su casa, por lo que le escribí para que me busque esos libros de Coelho que allí nadie iba a leer. La idea de que el Universo conspiraba me había creado una especie de desvarío que había incendiado mis ideas al punto de olvidar las matemáticas que tanto me habían costado aprender, fuego que sólo apagaban los días lluviosos. Y en este día lluvioso, una casa despelotada como la de mi padre, buscar algunos libros llenos de polvo y humedad era un buen pasatiempo que le permitiría evadir la melancolía. A veces hacemos cosas para sentirnos bien y hacer sentir bien a otros nos devuelve el bienestar como un búmerang. Mi padre no me respondió. Las horas pasaron y la persistente y fina lluvia redundaba. Esos libros no me interesaban como a millones de lectores diseminados por todo el mundo ávidos de su lectura por lo que pensaba venderlos y comprar con ese dinero alguno que fuera de mi agrado, como uno de Ray Bradbury que tenía en la lista de los próximos a adquirir. Mientras preparaba el mate y el ambiente para continuar la lectura de la novela que me había regalado mi hija me llegó un mensaje al celular que me dejó helado:

-“La boluda de Veronica decide cagarse muriendo” encontré, creo que se llama así.

El humor de mi padre siempre me dejaba alguna moraleja y la lluvia de este martes me recordaba que vivir es una buena idea a pesar de la humedad.

 

Historias ínfimas elementales

Margarita vivía en una burbujita coloreada por la luminosidad. Como estaba compuesta de agua y aire, tenía lo elemental para subsistir. Sin embargo, al carecer de tierra, no logró desarrollarse y se marchitó prematuramente.

Patito nadaba en el barrito todas las mañanas. Su cuerpecito estaba cubierto de tierra y agua, por lo que pocos lo reconocían, salvo cuando había buena iluminación. No obstante, el fuego nunca lograba encender su cabecita roja embarrada.

Pollito volaba bajo el solcito entre la tierra y el cielo con el soplar del viento. Cuando tenía sed, descendía a algún charquito y bebía hasta colmarse. Después esperaba que el viento lo levante por el aire nuevamente. Tenía la piel algo chamuscada por haber caído un día sobre una parrilla.

Rosita creció en tierra firme entre piedras luego de un incendio propiciado por un viento estival. Mientras purificaba el aire, cantaba todas las tardes hasta entrar en sueñito profundo. Un día llovió tanto, tanto, que estuvo a punto de ahogarse.

Estrellita caminaba sobre el barro y ascendía por el mar en una danza singular, tomando aire en cada movimiento de caderitas que se apreciaba a plena luz del día cuando se acercaba a la superficie. Un día se asomó, vio un barco prendido fuego y del susto se fue hasta la orilla, donde la encontró un turista cuando se secó.

Elección

-Te había pedido que lo lleves a deporte, ¿Te olvidaste o qué fue lo que pasó?
-Se me hizo tarde, disculpá. -le respondió Eduardo, y añadió- Es que ayer tuve una noche complicada, y me quedé dormido.
-Durmiendo, querrás decir. No podés olvidar que es tu hijo, aunque a veces quisieras disimularlo. -dijo ella.
-No seas tan dramática, es sólo una jornada de deporte la que perdió. De alguna forma, te compensaré.
-No es conmigo con quien estás en deuda y bien lo sabés. Siento que a veces querés llevar el asunto a un terreno diferente. Discúlpate vos con el niño. Veremos qué opina. Sabés que ama practicar deportes. -le dijo ella y cortó la comunicación.

Ni siquiera me dejó decir adiós, pensaba Eduardo, con el tiempo se ha vuelto más ofensiva de lo que solía ser.

Esa misma tarde, Eduardo fue a ver su hijo, quien lo abrazó al verlo llegar.
– Hola, hijo, ¿cómo estás?.
– Bien, papi, ¿qué te pasó hoy que no me llevaste a practicar deporte? -preguntó el pequeño.
– Perdoname, hijo. Estuve trabajando hasta muy tarde y me quedé dormido, por eso no he podido venir por ti.
– ¿Es cierto eso que dice mamá, que estuviste con una mujer toda la noche? -preguntó el chico con cierta desconfianza hacia las palabras de su madre.
– No, bueno… tu madre no me quiere demasiado, ¿sabés? Es por eso que cada vez que puede me difama. No debés preocuparte por ello, ¿está bien?
– Si. -interrumpió el pequeño.
– A veces discutimos porque entre nosotros hay una separación que a es muy difícil subsanar, pero no es así contigo, ¿entiendes? -dijo Eduardo.
– Sí, papi. Papi…
– ¿Qué hijo? Decime.
– ¿Qué quiere decir difamar? -inquirió con curiosidad el chico.
– Difamar es hacer perder la buena fama de uno. Cuando tu madre habla cosas feas de mi, es lo que intenta hacer conmigo, difamarme.
– Ah… pero mamá difama siempre, y no sólo a ti. Ayer dijo que la señora del almacén, Mirta, es una vieja ladrona. Eso es difamar, ¿verdad?
– Sí, aunque también se podría ver como un llano insulto, hijo. Mirá, no te preocupes. Tu madre tiene sus problemas y, como todo ser en edad adulta, los lleva adelante como puede, con lo mejor de sí. Bueno, decime, ¿cómo querés que te compense mi falta de hoy? Te doy dos opciones: podemos ir al cine esta noche o podemos ir a ver el partido el sábado. Bien, ¿qué decidís?
– Ummm… es difícil… creo que prefiero ir al cine a esta noche. -dijo el pequeño.
– Mirá que el partido del sábado es quizá, el más importante del semestre. -le dijo Eduardo, persuadiéndolo.
– Sí, papi, tenés razón. El partido del sábado puede ser importante, pero hoy es más importante para mí pasar un rato con vos esta noche.
– Bien, hijo. Entonces iremos al cine esta noche y también iremos el sábado a ver ese partido. -dijo Eduardo.
– ¡Gracias pa! ¡Qué bueno! No lo puedo creer. Iré a contarle a mamá. -dijo el chico y entró corriendo a la casa.

Al rato, salió la mamá del muchacho. No estaba contenta por el mismo. Lo apenaba la idea de que su padre le fallara nuevamente. Salió a hablarle:
– Mira, Eduardo. Esto es importante para él. Si creés que no podés cumplir con lo que le dijiste, mejor que ni te aparezcas. Me duele verlo apenado. Se hace muchas ilusiones con vos. No hace falta que le falles como lo hiciste conmigo.
– Cumpliré con lo pactado. Aprendé a perdonar, te hará bien a vos misma. -dijo Eduardo.
– ¿Qué sabes de eso, que no has perdonado mi falta? -le dijo ella.
– Ya te he dicho mil veces hasta el cansancio que te he perdonado. Pero no podés pretender que después de dicha falta a nuestra fidelidad continuemos juntos. Entendelo.
– No era necesario separarnos. Fuiste cruel. Sobre todo con el chico.
– No confundas las cosas. Juntas tienden a parecer otras que no son. El muchacho está creciendo sano y suficientemente feliz. Eso no es poco, hoy en día. Y si así lo creés, provéele otras bondades. -le dijo Eduardo.
– Está bien, no quiero discutir, ¿a qué hora venís por él?
– Ocho y media estoy acá.
– Te estará esperando. -le dijo ella y entró a la casa.
Eduardo se fue de allí y regresó puntalmente, como había predicho. Allí lo recibió el pequeño, que estaba vestido impecablemente, bien peinado por su madre y perfumado. Eduardo lo tomó en sus brazos cuando lo vio y el chico lo abrazó fuertemente. Se despidió de su madre y se fueron.
Ya en el cine, mientras esperaban el comienzo de la película, conversaban:
– Qué lástima que mamá no haya podido venir con nosotros…
– Sí, es verdad, hijo. Es una pena.
– Qué bien que la pasamos los tres. ¿Te acordás cuando fuimos al acuario?, ¿Dónde era? -preguntó el chico.
– San Clemente, hijo. Lo recuerdo muy bien. Tu madre parecía feliz con nosotros.
– Ahora no parece feliz, quizá es porque vos no estás, papi.
– Puede ser, hijo, puede ser. Mira, ¡ahí empieza la película! -dijo Eduardo.
– Dame la mano, papi. ¡Espero que no sea de miedo!
– No lo es. Vas a ver que la vamos a disfrutar. -dijo Eduardo tomando a su hijo de la mano.

*Fotografía: Leandro Coca

Poderoso

Y en ese instante, en el que se extendió el beso, el tiempo se detuvo: los trenes chirriaron estridentes frenadas, los aviones quedaron suspendidos en el aire, las niñas paralizadas a medio saltar, los planetas detuvieron sus órbitas, quienes descargaban mercadería la sostuvieron inmóviles y las radios y canales de televisión emitían un eco. Los dioses, en las alturas, pensaron con atino: ¡chocamos! Mas no; ellos despegaron sus labios y se miraron con cariño. El mundo continuaría girando sin que siquiera sospechen del poder de ese amor.

Desaliñada

Se gestaban los albores de una nueva religión, cuando Maira no quiso saber nada del asunto y se marchó llorando desconsolada. Otra vez, su amiga le decía que habían fallado. De repente recibió una llamada inesperada:
– Te estoy esperando en Güemes y Torrevieja. Café Cómo. Me habías dicho que ibas a estar acá, ¿querés que te vaya a buscar? Te espero o muero en el intento.
Paró un taxi y éste no detuvo su marcha. Probó suerte con los siguientes, pero los choferes parecían ignorarla sistemáticamente. Era tal vez su aspecto lo que producía cierto rechazo en ellos. Tal es así, que uno de ellos paró pero seguidamente retomó su marcha sin cargar con sus huesos. Finalmente, un taxi se detuvo y la levantó del pavimento.
– Lo más rápido posible. Güemes y Torrevieja, por favor.
El chofer hizo un gesto de aprobación con la cabeza. Sin embargo, no tenía la menor idea de cómo llegar hasta el lugar solicitado. Tomó la avenida y cruzó el parque. Maira advirtió el movimiento y se lo reprochó instintivamente.
– ¡Oiga! ¿A dónde va?
– ¡Perdón! Creí que había dicho Güiraldes. Disculpe mi confusión. Hace dieciséis horas que estoy arriba de esta lata de atún. –dijo el chofer.
Giró en u cuando tuvo ocasión y regresó tras las huellas del vehículo. De su cabeza brotaban diminutas gotas de sudor que, en caso de ser advertidas, mostrarían su elevada tensión al pasajero de ese momento. Al llegar a una esquina, le preguntó a Maira distendido, buscando aprobación.
– Esta es, ¿no?
– Si toma por esta después va a tener que pasar Zúñiga, antes de toparse con Senegal. Si llega hasta el callejón quién lo saca…
El chofer asintió, continuando por la calle que venía. Su desconcierto era tal, que se le trenzaban las ideas en su cabeza por lo que fingió un dolor en el pecho y estacionó a un costado. Maira se ofreció a llamarle una ambulancia, pero el chofer dijo que se recompondría rápidamente. Sin embargo, le pidió que no lo espere para continuar su camino, pues se tomaría el resto del día. Así fue que Maira intentó detener otro taxi, pero no tuvo la suerte de que alguno de ellos se detenga. Caminó algunas cuadras en dirección opuesta a la puesta del sol y realizó una apuesta de lotería luego de pasar por un puesto de diarios y revistas mal puesto atendido por un tipo apuesto y, puesto que olvidó el nombre de la revista que deseaba adquirir, compró otra propuesta por dicho sujeto del puesto, y adquirió, además, un tornillo en una casa de repuestos que se lo llevó puesto.
Cansada y sin saldo a favor en su teléfono celular, se fue hasta la parada de colectivos más cercana a esperar. Recibe una llamada.
– ¿Vas a venir o me mando a mudar?
– ¡Enfermo! –dijo Maira, cortando la comunicación.
Pasó el colectivo que la llevaría hasta su casa y ella se subió. Un muchacho aturdía a todos con música en su celular. Maira le pidió si podía bajar el volumen del mismo y el joven aceptó de muy mala gana. Tal es así, que a los pocos segundos volvió a subir el volumen, inclusive más aún de lo que estaba en el principio narrado para fastidio de todos. Excepto el propio.
Maira se bajó cuando llegó a la parada cercana a su casa. Distaba a unos doscientos treinta metros de la misma. Mientras caminaba observó que sobre un árbol colgaban un par de medias de nylon que no llamaron su atención aunque lo intentaron. Al llegar, la estaba esperando.
– Otra vez me dejaste plantado ¿Se puede saber qué tenés en la cabeza?
– Aserrín. –le respondió Maira.
– Me podrías haber avisado que no ibas. No tenías impedimento alguno. Un llamado y problema solucionado. ¿Tenés idea cuánto me tuvo esa silla encima? Bueno, me vas a contar qué te pasó o adivino.
– Adiviná.
– Nadie te quiso llevar.
– ¿Viste que no era difícil?
Maira dio media vuelta y salió corriendo por donde había venido. Nadie la siguió. Cuando notó esto, aminoró la marcha y al pasar por el templo entró sin dudarlo. Apareció delante de ella un hombre que le pidió se retire, por favor, pues alegaba que nada podían hacer ya con semejante desaliño.

La intuitiva espera

calle (2)

Aún no eran las cinco. Todavía teníamos tiempo de llegar. Sólo había que esperar que el colectivo pasara en el horario indicado. Ñum miró su reloj una vez más. Pasó un vehículo delante de nosotros. Luego una pareja caminando. Algún perro sin dueños daba vueltas por allí. Pasó un taxi y dudamos entre pararlo o esperar el colectivo. Lo dejamos pasar, quizá, confiados en que el colectivo llegaría a tiempo. Una señora se paró a nuestro lado. Ñum puso música en su teléfono.

Sentirte de cerca…
me enrosco cual tuerca
doy vueltas contigo
giro sin sentido…
Eres tú… eres tú…
Mi condena, vida, mi cadena.

La señora a nuestro lado soplaba impaciente. Quizás la perturbaba la música. Un muchacho se paró también a la espera del colectivo. Aún teníamos tiempo. Pasó un chico corriendo por allí. Pensé en darnos por vencidos y regresar, pero desistí. Había que insistir, no podíamos dar marcha atrás. Una niña se arrimó a quienes esperábamos el colectivo e hizo lo propio. Ñum me expresó con sus ojos su fastidio. ¿Qué podíamos hacer? Lamentaba en aquél momento no haber detenido el taxi que había pasado por allí hace algunos minutos, aunque me habría costado un ojo de la cara pagar el viaje y de momento necesitaba ambos. Una señora mayor avanzaba asistida por un bastón hacia nosotros. La parada de colectivos se fue poblando casi sin darnos cuenta. Pasó un hombre paseando un perro. Ñum miraba esperanzada. En el teléfono sonaba una balada.

Sabes que es por ti
mi desvelo, mi mareo.
Bien sabes que no duermo
que no como, que me enfermo
que entristezco si tú estás.
A ti te canto, enfermedad:
déjame ya en soledad.

-Cómo está tardando… -me dijo una señora a mi lado.
– Hoy parece que más que nunca. Cuando uno está apurado, todo se conjuga para demorarlo a uno más de lo previsto. –le dije.
– A ver, me parece que allá viene.
– No, señora, es un carro atmosférico.
Me di cuenta que el sentido de la vista de la señora estaba notablemente alterado y se lo comenté en el oído a Ñum.
– Es cierto que no veo bien, pero el sentido del oído funciona perfectamente y no soy ninguna vieja chota, ¡maleducado! –me dijo esta amable señora.
Pasaron varios vehículos, pero ninguno de ellos era el que todos los allí presentes estábamos esperando. Un joven pasó vendiendo almanaques. Nadie le compró. No sé si por carecer de efectivo, por indiferencia o porque corría el mes de agosto. Se acercó una pareja de jóvenes a la aglomeración. Luego un anciano. Al pasar un camión, pude ver en la cara de la señora de miopía avanzada cómo se desvanecía la ilusión, a medida que se acercaba, de que este fuera el colectivo que esperaba. Pensé que podríamos dejar el asunto para otro día, pero reincidiríamos en el proceso, cayendo nuevamente en la molesta espera. Sonaba una canción en el teléfono de Ñum que distrajo mis pensamientos.

A ti te espero,
sé algún día llegarás…llegarás.
Aunque espere un año entero
yo te espero, tú vendrás…tú vendrás.
Y si mi espera es en vano,
dicen, todo es vanidad…vanidad.
Es por eso que me ufano,
no entiendo esta libertad…libertad.

Supe en aquél instante que el colectivo, esa tarde, no pasaría. Se lo dije a Ñum.
– Vámonos. No pasará.
– ¡¿Cómo lo sabes?! –preguntó Ñum.
– Sólo lo sé. No pasará
– ¡Lo que me faltaba! –dijo un señor retirándose del lugar.
– ¿Está usted seguro? ¿No estará confundido? Puede ser un error… -dijo la señora casi miope.
– No pasará. Continúe esperando, si así lo desea.
– Chau a todos. –dijo otra señora.
Una niña llamaba por teléfono a su madre para decidir cómo regresar a su hogar. Un muchacho tiró lo que le quedaba de una botella de gaseosa con bronca contra el piso y se marchó. Un joven se colocó su mochila nuevamente y se fue corriendo. Volvió a pasar por allí el joven con los almanaques. Ya no quedaba nadie.
Nos fuimos caminando con Ñum en dirección opuesta a la que habíamos estado mirando y, al oír fuertemente un motor a nuestro lado, nos dimos vuelta para mirar el paso del colectivo que, aunque le hicimos señales desesperadamente, el apático chofer no detuvo su marcha. Con Ñum quedamos mirándonos sin poder asimilar el hecho. Luego, ella me miró con ternura.
– No te preocupes, a veces falla. –me dijo con su dulce voz.

En vano hilvana

Anoche comí brócoli y me dio tortícolis. Me desperté con colitis, pero el médico me dijo que era por la bronquiolitis. Con bronca, encendí un pucho, pero ¡la pucha! me indigné. Sospeché de la ictericia colis. Por las dudas, fotografié sin dudar un colibrí con mi cámara de alto calibre. En la recámara, sentía cólicos, dicen que el coliflor es bueno para la flora intestinal. En el ínterin, con Flor supimos que en el Coliseo proyectaban una de Colin Farrell, pero no llegamos porque el colectivo nunca pasó. De paso les cuento que hay un cuento titulado Colinas como elefantes blancos y que Corina tuvo trillizos hace unos años, y a ellos se lo lee todas las noches.
Ya de noche, sacamos tres corvinas y las hicimos asadas, pero estaban pasadas. Esteban trajo el vino y Héctor, que vino en traje, descorchó. Chocamos las copas sin decir salud, pero nos saludamos bajo la copa del peral. Esperando el postre, colocamos un póster de Dardo Rocha en el comedor para tirarle dardos, pero sólo teníamos dados que le tiramos con gusto y atino. A Esteban le gustaba el ritmo latino, por lo que se vistió de deejay para pasar música a tono. Sonó el teléfono y al levantar el tubo Valentina se dio cuenta que no tenía tono. Esto no pasa seguido. Seguí dominando mis pasos de baile con Flor, que rozaba la euforia. Con furia, Rosaura se besuqueaba con Héctor en el sofá. Sofía se aburría como hongo. ¿Como hongos o longaniza? Estaba Esteban en un pico de indecisión pero con valentía Valentina lo apuró: dale con ese puro espurio. Juró no tocarlo y lo trocó por un bombón helado. Sentado a su lado -azulado vestía- Sofía tosía. Se lo disputaban ambos. ¿Vos querés bombón o cassatta?, le preguntó Héctor a Rosaura. El aura endiablada de Flor me preocupó. Con tupé y dinamismo, encendió la bomba con dinamita que extrajo de la cartera mientras servían las cassattas. En el aire sonaba Sonic Youth y eso sería lo último en escuchar, antes de que la casa ( y la cucha del perro revestida ) volara por el aire, al revés.
Determinamos que estaba loca. Lo catalogamos como el fin de la relación. Y terminamos con la ilación.

No es ninguna novedad

Un comercio llamado Vintage vende novedades. Las novedades son frescas y se venden muy rápido porque todo el mundo está interesado en ellas. Además, a medida que las novedades envejecen son más caras y son más difíciles de conseguir y deja de llamársele novedades. Las novedades siempre han sido un buen negocio pero este comercio lo ha sabido explotar al máximo.

El paso del tiempo le da un vértigo inusitado al ritmo comercial. Innatural. Con el correr de los minutos, las novedades hacen que todo luzca viejo, donde viejo es sinónimo de indeseado. Es decir que ya no será valorado por nadie. A nadie le interesa lo antiguo, excepto como motivo de distracción, como mera curiosidad con lo exótico, por eso también hay algún que otro pequeño comercio de antigüedades. Pero éstos son escasos y apenas si sobreviven.

Las novedades en Vintage son de variados tipos. Las novedades más destacadas son todo tipo de objetos, obras literarias o musicales, conceptos y teorías, terapias y medicinas, noticias de actualidad e incluso aromas y sabores. Todas las novedades son comercializadas exitosamente en Vintage. A cada momento las novedades que surgen en los diferentes ámbitos científicos, académicos o artísticos llegan a los diferentes locales de Vintage para ser comercializadas. La gente acude en masa a comprar las últimas novedades. Ninguno se quiere quedar atrás, ya que de quedarse se convertiría en un retrasado.

Hay científicos que han realizado diferentes estudios del fenómeno social que resultó ser Vintage, plasmados en conceptos cercanos a la compulsión o al vicio generalizado, pero tales estudios sólo sirvieron para venderse como novedad en Vintage. Ver lo nuevo era el truco más antiguo de la civilización, con el que se captaba la atención de la población. Así, las novedades en los locales de Vintage es lo que nadie se quiere perder. Es excitante y exultante estar al tanto de cada una de las novedades que salen a la venta. Al parecer, según otro estudio, la gente se harta de pensar en un pasado y un futuro y, cansado, busca una salida que sólo prestar su atención a lo actual le brinda esa posibilidad, y lo actual es nada más y nada menos que las novedades del comercio. Por eso, los directivos de la firma se mantienen en la cima del mercado, más allá de que hubo otros que salieron a competir. Ellos saben bien lo que el mercado necesita y se lo dan. Dinero fresco, la gente sigue prefiriendo pájaro en mano que cien volando, y las novedades son el ave más preciado al que la gente puede aspirar a capturar. ¿Es que hay algo acaso más importante que la novedad? Lo último, sin dudas, no era lo nuevo, sino lo más antiguo. Pero, ¿cómo dar su atención a ello? Me temo que de ser tan simple no lo es tanto. Es así que las novedades de Vintage atrapan en sus redes a millones de clientes deseosos de probar, ver, escuchar u oler lo último, aunque ese sólo fuera el principio.

Es sabido que las novedades no daban satisfacción, sólo un receso en la inclemente corriente de deseos, que pronto volvería a clamar su sed que sólo calmaban las novedades de Vintage. ¿Es peor el remedio que la enfermedad? ¿De dónde surge en el hombre este voraz hambre por el consumo de las novedades? Serían tiempos de locura y de ansiedad, sin dudas, y es difícil no caer en él. Vintage es la explotación de un truco milenario en su máxima expresión.

Con el tiempo, los locales de Vintage se expandieron de tal forma que no hay ciudad sin sus locales, red sin sus telarañas, barrio sin sus vendedores. Se dice que todos los comercios, grandes y pequeños, forman parte de la cadena de negocio de novedades Vintage, es el rumor. Y además, se dice que toda persona, sépalo o no, es agente de comercialización de la ideología vintage.

El significado que la gente da a “Vintage” es glorioso o de alta calidad. Otros lo traducen como famoso o extraordinario. Los menos, como clásico o antiguo.

Ya casi nadie recuerda cómo comenzó este comercio al que todos acudimos a conseguir las últimas novedades con el viejo sueño de obtener aquello que, quien sabe nos lo diga, dónde perdimos.

El monitor y el dueño de la cadena

Acabo de comprar un monitor FHEZZ de 47.32 millones de colores. Y como tenía un rato libre, me los puse a contar. ¡Oh! Sorpresa, no llegaba a 46 millones. Entendí que había caído, inocentemente, en una estafa. Pero, una cosa, era segura: sería la última.

Me dirigí al establecimiento de artículos electrónicos donde había adquirido en calidad de precompra, el típico contrato en el que uno compra el elemento en cuestión, lo paga, con su correspondiente doblecuota que cubre: garantía, flete y hurto durante el mismo, propio o de terceros; y que, no obstante, uno se convierte en dueño con título habilitante del mismo, sí y sólo sí, paga la tríptica, que consistía en doblar el valor abonado originalmente, en dos veces de igual monto; es decir, duplicando el valor de la doblecuota.
Ya en el lugar en cuestión, me atendió un joven delgado, con nariz respingada que, curiosamente, pasaba la línea de abertura de su boca con la punta de la misma. Para alguien con problemas auditivos le resultaría complicado leer sus labios al hablar. Me trató muy amablemente cuando le planteé el problema en cuestión. Sin embargo, no me ofreció solución alguna. Pero, no obstante, me invitó a aguardar a que un personal superior, intentara resolver la inquietud que me llevó a ese lugar.
Luego de dos horas, se acercó una joven muchacha, que no llegaría a treinta años de antigüedad sobre la tierra, y me comunicó que ella del asunto, poco entendía. Por lo tanto me sugirió que, en unos instantes, le pasaría la cuestión a su inmediato superior, quien, afanosamente, resolvería sin más, lo dicho.

Al rato -largo y tedioso- se acercó un mozalbete que pasaría sin penas los veinte años, y me invitó a retirarme, aduciendo la fútil cuestión que me movilizó. Le repliqué que, a mi entender, era un asunto de vital importancia, puesto que mi vida no podría tolerar una estafa de tamaña magnitud más. Tras intercambiar opiniones cortésmente unos cuantos minutos, el muchacho me abandonó con la promesa de que le trasladaría el problema a su jefe, no sin antes propinarme un certero cachetazo, acompañado de una clásica palabra:
-¡Estúpido!

Tras unas cuantas horas, en las que me quedé dormido en la sala de espera de ese lúgubre centro de compras de electrónicos, se acercó un niño que no llegaría a nueve años, picando una pelota de baloncesto sobre el piso, que, instantes previos, se había transformado de baldosones en parquet, sin que nadie lo observara. El pequeño, me señaló el techo y cuando miré hacia arriba, el bravucón me arrojó el balón al centro de mi estómago, lo que provocó que me revolcase del dolor. Me indicó que le comunicarían el asunto al dueño de la cadena. Y sería él, quien por fin, me traería desde 687 kilómetros de distancia, en avión, la ansiada solución a mi pesar.

Pasé dos noches allí, aguardando.
Finalmente, esta mañana al despertar, se arrimó a donde me encontraba, una señora con un carrito para transportar a un bebé. No era un carro común. Era un carro dorado, completamente, y al acercarse, pude comprobar que estaba compuesto íntegramente por oro, ruedas inclusive. Quedé anonadado.
La señora, frente a mí, me pidió que tome al niño en brazos, indicando que era el dueño.
–Pppero…. -dije balbuceando, impávido.
– Sólo tómelo. -me dijo con voz firme.
Al alzarlo, el chiquilín, sonrió ampliamente, y tras esto, vomitó mi camisa rayada.

De Plutón, con cariño

Nota previa: este es uno de los primeros relatos que escribí, hace poco menos de cinco años. Para esta publicación no se le modificó siquiera una coma al texto original. La imagen corresponde al eclipse de anoche.

Hace unos meses, se presentó un representante de Plutón, experto en asuntos terrícolas, en la Comitiva para Asuntos Espaciales de la República. El muchacho, delgado, de mediana estatura, cabello corto y prolijo, aparentemente humano él, ¡bah! al cuerpo se lo podía asociar a la raza humana, casi sin discusiones, pero, como portaba consigo una credencial con el cargo mencionado, de dicho planeta, hacía, mínimamente, dudar de su procedencia. Los científicos argentinos, algo incrédulos ellos, se lo tomaron con humor -raro-, y le siguieron el planteo al joven plutonita.
Luego de una exposición de casi dos horas, en las que Toreaux , nombre con el que se dio a conocer el muchacho, explicó de la manera más sintética posible, que su planeta había sufrido la fragmentación en su gravedad natural en una región del mismo, y muchos plutonitas delincuentes de la zona estaban utilizándolo para emigrar hacia otros planetas, lo que resultaba terrible en el balance planetario con respecto a índices de delincuencia interestelar.
Por esa vía, no sólo viajaban ases del hampa galáctica, llamados allí “enrochos”, sino que además era utilizada por hábiles creadores de falsas promesas y vendedores de ilusiones, conocidos como los “credularios”.
Toreaux explicó que tanto enrochos como credularios trabajan en conjunto, intercambiando beneficios. Para ellos, claro. Unos con su habilidad para el engaño, otros con su habilidad para trasladar objetos sin el consentimiento de sus propios dueños. También llevaban adelante sus prácticas solitariamente sin inconvenientes con similares resultados.
Por razones fractales que supo explicar bien, Toreaux mostró, claramente, que la mayoría de estos galactodelincuentes tenían como destino el planeta Tierra. Por lo tanto, el muchacho, visiblemente avergonzado por el accionar de sus coplanentarios, solicitó al grupo de científicos un lugar de lanzamiento para ir desalojando la Tierra de estos atorrantes que habían caído sin autorización, tanto de su planeta origen, como del destinatario.
Para crear la planta de lanzamiento hubo que utilizar varios credularios plutonitas que insistan en los beneficios para los habitantes de la zona, ocultando los verdaderas intenciones de la planta y los inconvenientes que causaría: los cientos de puestos de trabajos que serían para ellos, que la lluvia después de cada lanzamiento traería chocolates y un sinfín de etcéteras. La gente, corrompida, aplaudió.
Luego de instalada la planta de lanzamiento, muchos habitantes de la región esperaban ansiosos el lanzamiento del primer cohete. Pochoclos, garrapiñadas, hasta panchos y hamburguesas eran los olores que predominaban en el ambiente. Otros continuaron con su vida normalmente, sin interesarse en tremendo espectáculo. Dicho cohete llevaría sólo un tripulante, de quien no se daría a conocer su nombre, hasta se cumpla su misión: volver a pisar la luna, clavando, esta vez, la bandera del municipio donde se asentaba la planta. Algarabía y furor reinaba en los pensamientos de esa gente ilusionada.
Días después, los científicos de la Comitiva para Asuntos Espaciales dieron a conocer el resultado de la fracasada misión: el cohete se había desintegrado al atravesar la atmósfera lunar y junto con él, su tripulante: el can Totono.
Sin embargo, se comenta por allí que los científicos escondieron el verdadero resultado de la misión, pues, según dicen, los avergonzaba. El mismo sería una foto que envió Toreaux, el real tripulante, desde un asentamiento en la Luna, donde afirmaba: “No vuelvo a la Tierra ni en broma”.

Intacta

Otra vez tu y yo frente a frente. Un doble espejo que refleja lo que somos, si es que somos, momentáneamente. El silencio cala profundo en nuestros corazones y se instala densamente en el aire que nos circunda. Algunas teclas se interponen y, lejos de separarnos, nos acercan el uno al otro. De la blanca pureza que te caracteriza sólo queda el trasfondo de lo que eres. Sobre ti se imprimen caracteres que dan forma a algo tangible y con el poder intrínseco de la interpretación a la que será sometido. ¿Qué se puede decir de mi que no lo reflejes tú? Lo que se ha dicho y lo que no. Lo que se entiende y lo que queda en el tintero aún por decir. Algunas letras hablarán de ti y te alabarán. Sin embargo, qué decir de esos ojos expectantes que se quedan fijos ante tu radiante luminosidad. Eres casi el fondo de este texto y casi pasas desapercibida. Pensar que sin ti no habría letra posible. Eres una inagotable posibilidad en la que se puede plasmar la nobleza de un pensamiento profundo o el vil insulto despechado. Pero, ¿de dónde saca sus más valiosos tesoros el hombre? Aquél que capta tu simplicidad no olvida que de la nada trascendente que insinúas surgen innumerables reflejos en tu plena vacuidad. Que es completa en sí misma. Quien emplea el vocabulario para llegar a un corazón sabe que en ti se funden acentos, vocales y consonantes, mezclados entre signos comunes que formarán palabras, y crecerán en oraciones, ramificándose en frases ordinarias y de las otras para llegar a aquél que te ignora concentrando su atención en lo propiamente dicho, pero sabiendo que eres tú quien da esa posibilidad de hacer blanco en una aletargada conciencia de ser, acostumbrada a pasar por alto la fuente perenne que imparte realidad a la existencia de las cosas. Y allí sigues tú, intacta como siempre. Pareciera que las letras precedentes no te hubieran tocado.

Séptima

 

Tras caer del balcón de la casa de su novia, Arturo había muerto por sexta vez y según sus cálculos le quedaban de una a tres vidas. Pero una inquietud lo azotó: ¿era todo parte de la misma existencia o vivía diferentes vidas disociadas? Ignoraba si los demás sentían la misma preocupación por conocer la verdad o si les daba lo mismo. Lo cierto era que Arturo yacía sobre el pavimento cuando llegó la ambulancia y lo trasladó al hospital. En el trayecto, una doctora le dijo que estaba vivo de milagro. Él consideraba todo como un milagro, por lo que las palabras de la diplomada poco le decían. De no saber de él, había llegado a observar el mundo, y ese era el milagro primordial que Arturo comprendía. Sin embargo, pensaba en lo rápido que se iba la juventud. La subida a la montaña rusa de la vida era lenta, muy lenta, pero después bajaba tan aceleradamente que no había tiempo de tomar nota de ello. Una vez en el hospital, Arturo recibió asistencia médica y reposó en una de las salas del lugar. A su lado, había un hombre sin rostro. No se puede decir que el hombre era un descarado, pues denostaba su vergüenza al hablar. Simplemente, no tenía rostro ni expresión al hablar. ¿Pero tenía boca? Claro, con todos sus dientes y partes constitutivas que la declaraban como tal. También tenía ojos que le permitían ver a su interlocutor, que en este caso no era otro que Arturo, con quien compartía la habitación, a quien oía a través de dos grandes orejas. Y una nariz larga puntiaguda se asomaba en el frente. Pero todo esto no daba la imagen de una cara, propiamente dicha, sino que eran partes disgregadas sobre un cuerpo en el que ni adivinando se vería un rostro y el hombre carecía así de uno, como el resto de los ciudadanos. No había en él un todo constituyente como para que cualquiera pueda decir: mirá la cara de este tipo. En ese sentido, y sólo en ese, era un tipo diferente. En todos los otros, era uno más.
-¿Qué le pasó a su rostro? –inquirió Arturo, cuestionando no por el hecho de que le haya sucedido algo a él, sino más bien por su ausencia.
-Lo perdí jugando póquer. –respondió el hombre.
-¡A quién se le ocurre apostarlo!
-A mí. –Dijo el hombre secamente- Antes había perdido el auto, la cama y la dignidad. No me quedaba nada más por apostar.
-Son las consecuencias del vicio del juego. ¿Por qué está aquí?
-Apendicitis. ¿A usted qué le pasó?
-Tropecé en un balcón y caí al vacío, que no era tal pues estaba lleno de pavimento y terminé con moretones y varios raspones.
-¡Qué mala pata!
-Dígamelo a mí. Mire cómo tengo el tobillo.
-A usted se lo digo. ¿Hay alguien más acá?
-Era un decir… Oiga, he escuchado que se practican implantes de cara, podría solicitar uno en todo caso para volver a ser como todos.
-También lo he sentido, pero no estoy interesado. Además, mi antiguo rostro ya no lo podré recuperar, seguramente estará muy lejos de aquí, siendo apreciado por vaya usted a saber quiénes.
-Ahora no puedo ir, por la pierna debo permanecer en reposo, pero anóteme la dirección de donde se encuentra su rostro que lo iré a ver en cuanto salga de este maldito hospital.
-Era un decir, joven. ¿Usted no distingue cuando le hablan en serio de cuando no?
-A veces. Ahora no puedo pensar con suficiente claridad como para reparar en la diferencia. –esgrimió Arturo.

Le dolía todo. El efecto de la anestesia se estaba diluyendo y Arturo comenzaba a sentir los embates del dolor causado por la caída. El hombre sin rostro también sentía dolor y gemía y se quejaba de manera alborotada, pues carecía de dignidad. Arturo se aguantaba bastante la molestia. Allí fue que llegó la enfermera de ronda y le preguntó si necesitaban algo. El hombre dijo morfina y Arturo pidió un cigarrillo, pero ambas solicitudes fueron denegadas.
-¡Cómo se pianta la vida! –Dijo el hombre sin rostro- Primero se va la juventud a una velocidad pasmosa. Después se pierde la salud que al menos nos daba cierto margen de error. ¡Y ni hablemos de dinero!
-Así es. –dijo Arturo.
-Uno no piensa en estos problemas cuando es joven y goza de buena salud. Pero deberían advertirlo a uno de lo que le espera por delante en su trayecto a la eternidad. No hay atajos, al parecer. Si me hubieran dicho lo que me esperaba me plantaba a los veinte.
-¿Le parece?
-Sí. Una vida alegre y feliz, corta y fructífera. ¿Qué más se puede pedir? Después de eso empiezan a venir los achaques de la edad, esperando no caer en la senilidad.

Arturo se quedó dormido en la cama donde reposaba. No oyó nada cuando ingresó el médico a observar el estado de los pacientes, ni cuando entró el apostador que le había ganado el rostro al hombre de la cama contigua. Tampoco oyó la voz de Nancy, su novia, que en el sueño le decía: hay que ser salame para tropezar en el balcón. Tal vez era eso mismo lo que Arturo pensaba del suceso. Que era un salame. Por eso no le sorprendió cuando despertó aterrorizado porque un sánguche de salame devoraba su cuerpo, masticándolo sin compasión. El sandwich mostraba signos humanos en su apariencia, tales como cierta simpatía y una verborragia poco usual en esa especie. Cuando despertó, Arturo vio al hombre a su lado más alegre que antes, con una expresión en su rostro ( el apostador se había apiadado de él y se lo reintegró en un acto de verdadero altruismo ) que denotaba cierta felicidad.
-Se lo ve mejor. –dijo Arturo.
-Me siento con la frescura renovada ahora que recuperé mi rostro. Además, el dolor ha cesado bastante en su ataque contra mí y eso me permite desentenderme un poco del asunto. Pronto estaré nuevamente en el ruedo, apostando con un par de reyes.
-Tenga cuidado con eso, no sea cosa que se arrepienta de perder lo poco que le queda.
-¡Bah! El que no juega en la vida paga el precio de tomarla seriamente, y es un costo muy elevado por cierto. –Dijo el hombre con rostro afable.
-Sí, es cierto, pero no por ello hay que perder cualquier cosa en un partido de naipes. –argumentó Arturo.
-Me parece que usted argumenta por temor.
-¿Temor? ¿Qué temor?
-Tiene miedo de perder.
-No, por favor. No tengo nada que perder.
-¿Está seguro? Tengo una propuesta para hacerle…
-¿En qué está pensando? –inquirió Arturo.
-Me gusta su reloj. Le apuesto el mío a que me voy antes que usted de este maldito hospital.
-Hecho. –Dijo Arturo poniéndose de pie- Si quiere se lo puede ir sacando porque ya me voy.

El texto

Había una vez un papel en blanco, que de a poco, letra a letra, palabra por palabra, de punta a punto, fue cobrando vida, transformándose en El texto.
Se dice que, desde su comienzo, el mismo no decía mucho, era más bien parco, escueto, pero con el pasar de los términos fue haciéndose paso entre el público por su locuacidad. Si bien, pocos conocieron de cerca el crecimiento del mismo, muchos lo reconocieron recién cuando éste fue grande, aunque su grandeza no era tal para sí mismo, ya que de él poco hablaba y no aceptaba cumplidos, salvo contadas excepciones. Mientras se desarrollaba, él ocupaba sus quehaceres en mantener la serenidad, no por saber de la eternidad sino, más bien, para no dejarse arrastrar por la celeridad de las demandas periódicas. A diario, mantenía el orden en sí mismo ocupándose de llevar una simple, pero pulcra, puntuación.
El texto se mostraba indiferente tanto a elogios como a críticas, lo que le daba un sentido de equilibrio, rechazando ambas posturas. Si bien, hay quienes quisieron darle un tinte de ambigüedad, El texto era concluyente.
Cada tanto, aparecía un nuevo párrafo donde El texto se manifestaba abiertamente. Había quienes pensaban que éste carecía de contenido, pero El texto no les contrariaba, pues creía que ese adjetivo era insustancial. También estaban quienes le criticaban su desinterés general, pero El texto poca importancia le daba a ese tipo de críticas, confirmando la exactitud de las mismas. Claro que había quienes atribuían ese estado como  propio de su ecuanimidad, pero no había palabras en que El texto lo reconociera. Otros lo calificaban como de gran negación; él sólo parecía indicar, con pudor, que no era para tanto. A veces, algunos se quedaban un buen rato, leyéndolo, saboreándolo, pero no arribaban a conclusiones demasiado satisfactorias a pesar del impacto de la primera lectura. Otros, procedían a una segunda lectura para ver si podían extraer algo más de él, pero era en vano: él ya había dado todo de sí. Es verdad que hubo quienes lo quisieron replicar, pero El texto no sería el mismo, evidentemente.
Según se desprende de El texto, la firmeza del mismo está basada en alguna franca convicción, que transmite lisa y llanamente, aunque quienes lo han analizado, nunca se han puesto de acuerdo en certificar qué es concretamente aquello que expresa el mismo. Se dividen las aguas entre los que aducen tenacidad superlativa y los que alegan capricho o berrinche. No obstante, El texto no daba indicios de inclinarse ni por una ni por otra posición. Fue así, que otros analistas oportunistas quisieron imponer su postura de que El texto se declaraba en estado de perfección, pero el mismo se negó rotundamente.
Están quienes dicen que El texto era el sentir general de negativa a la explotación comercial de sí mismo brindándose gratuitamente por considerarse moralmente con la frente en alto, pero El texto se opuso tajantemente. Quizá esperaba retribución de alguna índole, pensaron entonces, aunque El texto también lo negó, reiterándose.
Hubo quienes, inexactamente, lo quisieron catalogar en primera instancia de antipático, pero El texto crecía en simpatía mientras se esparcía entre quienes lo leían, y en algunos hasta propiciaba algarabía, dicha o alegría. A otros parecía, simplemente, nada les decía.
Seguramente, también estarán aquellos que opinen de El texto sin siquiera conocerlo. Para ellos y para todos aquellos que deseen conocerlo, cito literalmente El texto:
“No.
No.
Y no.”

El lenguaje irreverente del ser

Llegué tarde desde que caminé desde el andén del tren, entre Esteche y Hernández. Me puse suéter verde y regresé. El mequetrefe del jefe me entretiene:
-¡Pérez! ¡Dele que me olvidé del cable!
Es bastante impaciente. Me pide boludeces y que le deje el volquete libre. Me alejé. Después me encontré billetes en el sobre de Inés, le apoyé el paquete:
-¡Qué ojete que tenés! Tocame el pene.
-¡Callate, pedante! ¡Comete ese bife! -me dice después del golpe de revés.
-¿Querés coger? Subite. Tenés goce libre.
-Depende… ¿tenés detergente? -me retuerce el marote Inés.
-¿Qué tenés en el pesebre? -le retruqué entre dientes.
-¿Querés ver? Llamame el viernes. Silbame antes.
Se fue diligente y elegantemente. Miré ese traste. Me quedé caliente y retomé el viaje. En frente, divisé el plumaje de ese orate de Méndez. Medité verle y hablarle. Crucé valientemente. Le dije:
-¡Levantate salame! ¿Qué hacés en el durmiente?
-Me tiré. Me enfermé. Me engripé y me vacuné. Me quedé conforme.
-¡Paciente torpe, Méndez! Entregate, tenés que vender.
-Never. El pupitre que fue del desguace es suficiente.
-¿Compraste el desodorante el jueves? -le pregunté.
-El miércoles. Empecé clases de ajedrez en el “Godínez”. Es buen deporte.
-Te felicité anteriormente. Escuchame: traete el soporte del tele de led. -le dije.
-Que el elefante demente celebre el martes trece, Pérez. Enterate, siempre puede haber peces soeces.
-Hacete coger, deficiente.
Le dejé. Es imberbe Méndez, me trae languidez. Regresé en serie. Visualicé el remisse de Andrés. Le detuve.
-Llevame.
-Tenés que pagarme.
-Ponele…
-Jodete. Que te lleve el presidente.
Se fue. Me quedé en el café. Metete en el toilet, me dije. Tomé el cel. Llamé entre heces y papeles. Atiende Inés:
-¿Quién es?
-Pérez. Te silbé antes.
-Contame, ¿tenés leche en el estuche?
-Decime, ¿querés verme? Te llevé flores este mes.
-Querete, Pérez. ¿Tenés que ser petulante? Podés amarme, besarme, siempre que toques suavemente este clavel.
-Disculpame, en vez de hacer que se me seque el tanque podés abrirte.
-Te perdoné. Volvé. Trae chocolates que te dejen inconsciente.
-Inés, te pregunté y pendiente escucharte quedé.
-¿Qué te aflige?
-Decime, ¿me querés?
-Despreocupate, prendé el follaje que este bosque arde.
Corté. Seré infame. Siempre que me olvide, recordaré desde el alféizer: el comprender de mujer me hace doler, es menester atender ese saber. Me senté en el retrete y estornudé.

Pinceladas III

 

Estoy en la carnicería esperando que digan en voz alta mi número. Faltan dos. Un hombre recibe un llamado por teléfono y se va a atender afuera. Dicen mi número y pido dos kilos de asado y otros tantos de vacío. Pago con tarjeta, además, la bolsa de leña y algo de pan. Es domingo y ya se ve el humo invadiendo el aire sobre las casas de Punta Alta. No sé si menos que antes. El antes y el después son meras conjeturas. Cuando estoy por arrancar con el fuego llega mi cuñado y me dice que lo hace él, mientras que ya empezó por el vino. Aprovecho para darle unas pinceladas a las rejas que me dan la sensación de que brindan seguridad. Por lo menos si un ladrón se le ocurre saltarlas lo mínimo que espero es que se pinche un huevo. Alguien ya preparó mates y se acerca para ofrecerme uno. Me limpio las manos manchadas con pintura con un poco de aguarrás y lo bebo. El vecino me pregunta si tengo internet; le digo que hoy no conecté ningún dispositivo así que no sé. Vuelve al rato para avisarme que ya tenía conexión, pero andaba lenta. Se escuchan las últimas campanadas tocadas por un monaguillo. Es temprano para el asado, pero tarde para ir a misa. Por suerte la congregación en facebook está abierta las veinticuatro horas. Miro las rejas y considero que el trabajo está cumplido. Me voy a caminar con el perro. Una vecina hace lo mismo y los animales se olfatean entre sí. A mi olfato llega el olor de algún pollo que ya está sobre la parrilla. En un quiosco que atienden desde la ventana adornado con globos multicolores pido un paquete de pastillas. Pago y espero el vuelto que no va a llegar porque parece que el precio era justo el billete que entregué. Está justo, me dice la niña que me atiende, y me voy. En una esquina el asfalto se hundió y un cráneo ocupando funciones públicas pergeñó la idea de poner un cartel que indique que hay un badén. Pobre el burro que pone el lomo. El perro ya está con la lengua afuera y a mí me duelen las piernas por lo que empezamos a emprender la vuelta a casa. Me detiene una compañera de colegio que no recuerdo y me acuerdo del cuento del tío. Los recuerdos parecen darle placer, como si lo que apareciera en la pantalla de la memoria fuera de un tiempo feliz. Sin embargo no, en ese tiempo todo era igual, pero el fin de una historia parecía inexistente y la juventud no tenía preocupaciones a la vista ni problemas por resolver. Nos despedimos con un beso y cada quien retorna a lo que lo atañe. Los perros ladran atrás de las rejas y detrás de los portones de las casas, cuando escuchan pasar al que me acompaña. Pocos autos por la calle circulan sin la prisa de la semana. Hay boletas de partidos políticos en el buzón de una casa abandonada a su suerte esperando la sucesión por los herederos, si es que los tuvo, y enfrente un automóvil de otra época que duró más que lo estimado: un Ford T bordó. Adelante de ese, un Ford Ka del mismo color, que extrañamente no sufrió un boicot mediático por la connotación política. Suena la sirena de los bomberos y varios perros empiezan a aullar. No hay remisses, ni motos que hagan demasiado ruido y casi no se ven colectivos. Pasan algunas lanchas o kayaks, pero todavía no está lloviendo. Llegamos a casa y la mesa está casi lista con diversas ensaladas sobre ella. Está la familia, los niños, el vino, el asado, pero tengo la sensación de que algo falta. Me siento en el sillón y busco un párrafo de Kafka que no publican en internet.

Pinceladas II

Me detiene un hombre para preguntarme cómo hace para salir a Bahía y cortésmente le señalo el camino. Como vista gratuita tendrá el cementerio local para confirmar que el tiempo es limitado. Una pareja de recién enamorados me pregunta dónde encontrar un cine y, con rubor, le indico el mismo camino que al anterior caballero. Desapareció la pantalla grande acá, pero las domésticas siguen creciendo a paso firme. Otros pasan hablando por celular sin tener mucho por decir. Y los más jóvenes siguen chateando creyendo que están conversando. Baja de un camión un hombre de gruesos bigotes y me pide que le indique algún hotel barato para pasar la noche. Los más barato es pensar; el aire acondicionado y el agua potable han subido al compás de la inflación. Un perro anda suelto buscando algo para comer entre unas bolsas de desperdicios. Continúo caminando y observo a un pintor retocando la fachada de una casa de frente marrón con vivos blancos. Veo muchas casas que no tienen ventanas a la calle. Los que miran afuera lo hacen a través de la tecnología de la época. Tal vez por las ventanas a la calle lo hace sólo alguna viejecita que ya hizo lo que tenía por hacer en vida y nada más le queda esperar. O quienes esperan que algún cliente ingrese a sus locales de venta al público. Uno entra a una rotisería tras dejar el auto en marcha y me pide que si veo que vienen los agentes de tránsito les diga que es un minuto. No me alcanza a escuchar cuando le digo que me estoy yendo. No sé dónde voy, pero me alejo, lo que quiere decir que me acerco a otra cosa o lugar. Bueno, un lugar es un conjunto de cosas. O un vacío de cosas en todo caso como un desierto, aunque no tanto porque hay tierra, espacio, fuego, aire, pero escasea el agua. Tengo sed y me compro una coca en el camino. En la calle no hay vendedores de ningún tipo. Si te tocan el timbre tenés dos posibilidades: o te vienen a cobrar o buscan fieles para las religiones que quedaron de pie. Si es visita te llaman por teléfono desde la puerta y si es un remisse te toca bocina. Suena una bocina y miro para ver quién está detrás de los vidrios polarizados, pero el saludo es para una mujer que viene caminando de frente y agita la mano en señal de que el saludo era para ella. Uno toca bocina y desde el auto que atraviesa la calle transversalmente le responden. Nadie grita “diario” y al afilador se lo escucha una ocasión cada semestre, pero bastante seguido se escucha por un altoparlante que todavía compran calefones. Pienso en el calefactor y considero que lo tengo que hacer ver antes de que llegue el invierno. De paso me compro una frazada que en esta época no sé por qué parecen menos costosas. Me dicen que todavía no entraron, debe ser por eso. De inversiones no sé nada, pero por las dudas pregunto el precio del ladrillo. Antes de cruzar por la esquina miro para ver si viene algún vehículo y veo que en calle Luiggi hay cinco contenedores y un ciruja en dos de ellos buscando hacerse unos pesos con lo que derrama el capital. Después te dicen que no hay laburo o que los jóvenes no tienen porvenir en la ciudad si no entran a la fuerzas. Hay un personaje que en su locura le da un tono de color a las calles corriendo los autos. Había otro que tomaba vino con el mate sentado en la vereda. Una chica que apenas supera los veinte años tiene más tinta en la piel que sangre en las venas. La miro y me sonríe. Hace calor y esta noche de verano no habrá bailes ni sueños.

Sosiego

Estaba cansado por el trajín de la semana, los conflictos sociales, la parálisis creativa y la turbulencia política. No obstante, salí a caminar. Estaba anocheciendo y el andar casi a tientas en la penumbra de la ciudad me despejó las ideas, templó mi ánimo y apaciguó mi espíritu exaltado. Al emprender el regreso, recorrí un camino hasta hoy desconocido por el que vislumbré nuevas arquitecturas y luminarias modernas. Unas cuadras antes de llegar a casa escuché una voz que me saludaba.
-¡Leo! ¡Leo!
Miré en todas direcciones y, aunque creía reconocer la voz, mi cansancio y la miopía me impedían encontrar al portavoz ya entrada la noche. Inmóvil, como estatua recién tallada, lo escuché nuevamente aún sin divisarlo:
-¿¡No me vé o so ciego?!