Sombras

Habría que ver si en verdad había una vez en que un hombre observó su sombra bajo el sol y al verla comprobó con cierta incredulidad que no era la suya propia, sino que correspondía a la figura de un centauro. ¿Qué está pasando acá?, fue lo primero que se preguntó. Dio media vuelta y comprobó que el sol no era tal, sino que se trataba de un foco del alumbrado público que iluminaba tanto o más que aquél en pleno verano. Lo observó detenidamente y pudo ver que el mismo proyectaba imágenes como en un cinematógrafo. Le dio la espalda. Se quedó observando una batalla entre un soldado etrusco y el increíble Hulk. La película no era tan mala como presupuso pero igualmente sintió la necesidad de saciar su ansiedad con un cono de pochoclos. Caminó hasta el expendio y quien estaba atendiendo en el lugar no era otro que Pochoclo la pantera. Le pidió un cono grande y pagó con sencillo. No le alcanzó, el pochoclo –dijo Pochoclo- había sufrido el impacto de la inflación y su precio se había disparado un mil por ciento. A regañadientes, el hombre extrajo de su bolsillo tres billetes grandes y pagó. Mientras lo hacía, aquél le narró el final de la película que –dijo- no se cansaba de ver cada vez que tenía la oportunidad. El hombre caminó hasta colocarse bajo el foco-proyector y tomó asiento sobre el tocón de un ciprés. A todo esto, el soldado etrusco estaba manteniendo un romance con Mónaco de Carolina ( no se había dado a entender si era del norte o del sur) y ambos se amaban envueltos en sábanas hechas de telarañas. Una mujer se sentó en el cordón cuneta a observar la proyección, a escasos metros del hombre sentado en el tocón. La telaraña resultó ser de una araña gigantesca que no tardó en aparecer en escena. El soldado etrusco extrajo un fal ( que se lo había obsequiado un joven que había inventado la máquina del tiempo ) y fulminó de un disparo al arácnido. Como contrapartida, el hombre araña apareció y, sin quitarse el traje, irrumpió sobre Mónaco de Carolina. El soldado etrusco salió corriendo y mantuvo un simpático diálogo con el Iscariote, quien colgaba de un árbol del orden de las mirtales. Mirta los interrumpió para preguntarle a qué hora pasaba el 43. En ese momento, otros espectadores que estaban algunos parados en la vereda y otros sentados en la misma comenzaron a abuchear. El hombre se levantó y fue a buscar una gaseosa, dejando el cono con pochoclos sobre el tocón, simbolizando que el lugar no debía ser ocupado. Al volver, todo estaba en su sitio. Miento. Había una mujer con un antifaz sentada sobre el tocón. ¿Y los pochoclos? Los tenía el hombre con sombra de centauro quien se los había llevado en la mano de modo inconsciente. En la otra tenía la gaseosa de lima-limón. El hombre se llamaba Centésimo y su sombra no era realmente la de un centauro sino que correspondía a la de una centolla. Mientras tanto, Mirta se había cansado de esperar el colectivo y se había tomado un sulky. El caballo parecía cansado pero se movía a todo galope. En la improvisada sala de proyección no cabía un alfiler de tanta gente que se había agolpado. Un cocacolero pasaba caminando entre el gentío ofreciendo cafés. En Bogotá, el Cúcuta se ponía uno a cero frente al equipo de los apóstoles. El jugador estaba claramente off side, pero el juez de línea hizo la vista gorda. El eucaliptus se vino abajo por el peso del cuerpo de quien estaba colgado y se salvó. Un hombre en la platea gritó: es un milagro. Los restantes le chistaron. Centésimo le tiró un puñado de pochoclos que aquél, sin dudarlo, se los comió alegremente. En ese momento aparece Hulk malherido y detiene al caballo del sulky, que era comandado por Arturito. Mirta preguntó qué pasaba y el otro les dijo que tenía que pagar un peaje. Les explicó que el dinero se utilizaba para el maquillaje que empleaba en su actuación. “Esta sangre no se la cree nadie”, aclaró. Arturito sacó un puñado de libras y se las entregó al monstruo verde. Entre tanto, Mónaco de Carolina había regresado con su antiguo amor. El cocacolero se paró delante de Centésimo y éste le pidió que le dejara ver la proyección que no daba tregua. El soldado etrusco se puso a danzar al ritmo de la Danza macabra. Mirta besó apasionadamente a Arturito y en el movimiento el sulky volcó. El comandante Volkov se había tildado. Norton estaba obsoleto y ahora todo el mundo usaba el clásico explorer. Sin embargo, Norton salió de la tumba que lo albergaba y entabló una batalla a muerte con Hulk, quien lo estranguló con rabia. Fue su segunda muerte. Mirta le pidió matrimonio a Arturito y éste se lo dio. Le dio el matrimonio Clinton. Mónaco de Carolina se operó las tetas. El soldado etrusco se mostró disconforme con el resultado de la operación. Él quería más busto, por lo que decidió ponerse uno extra. No le quedaba mal, pero no consiguió corpiño en las tiendas que recorrió por lo que decidió andar sin sutien. Mirta se fue con el matrimonio a caminar por una playa cuyas arenas estaban llenas de latas de gaseosas, paquetes de snacks, botellas plásticas y envoltorios de cigarrillos. El muchacho que había inventado la máquina del tiempo hizo su aparición y los espectadores aplaudieron. Era Robin Williams, caracterizado como Saulo de Tarso. Allí fue que se cortó la luz. La gente se retiró maldiciendo. Centésimo observó su sombra nuevamente y no era la de una centolla sino la de un centavo. Efectivamente, tenía la cara de una moneda y sobre el cuello colgaba la cruz.

Por todos los cielos

Pedro, Marcio, Cleto, Martín
Laura, Clara, Juana, Bertín
Julio, Silvio, Miriam, Mariel
Diana, Nadia, Oscar, Ariel.
Todos nombres para llamar
sólo algunos para olvidar.
Hola, ¿cómo es que te va?
Mal, el doctor me sacó la sal,
la madre puta, ¿sabés quién se murió?
Lo tengo en la punta de la lengua,
no me acuerdo cómo se llama
éste que es recontramierda conocido
¡Sarta!¿Cómo te dicen a vos?
No suele responder a ese nombre,
todos le conocen como fulano de tal.
A vos no te conoce ni tu vieja.
¿Cómo andás, vida mía, corazón de sandía?
Dígame su nombre completo por favor.
Éste es de los míos, qué lo tiró,
para acceder, firma y aclaración.
Su nombre, ¿quién se lo otorgó?
Hoy gozo como loco, soy promotor,
llame ya al número que ve en pantalla
compre ahora, consulte a su vendedor.
En esta playa, ¿sunga o malla?
Llamame como más te guste,
te nombro en cada noche de luna,
soldaditos de plomo que fenecen
tienen nombres que perecen en batalla,
mi madre me llamó desde la cuna
le dio nombre a este mundo: embuste.
De todas las flores eres la más hermosa
recuerdo de pimpollo, de sed, mi bella rosa.

Mientras tanto

Entre sacar a pasear al perro, tomarme un vermú con vos,
me quedo con el entuerto de cambiarle las pilas al reloj,
la dicotomía de ver Crónica o untar mermelada Cormillot,
con la paradoja de subir fotos al face o ponerle me gusta
a tu sonrisa de ángel, luego sí, salir corriendo a buscarte
hablarte de Venus, de Roma o amor, verte reír y abrazarte
saltar el puente que divide lógica parca de puras razones
decirte cuánto te quiero, poner un o dos discos de Ramones
contarte un cuento sincero, escuchar qué cosas te asustan
mientras, sacar a pasear al perro, tomarme un vermú con vos.

Hipnosis

César había observado la pantalla con sesuda atención. Leyó un par de comentarios virtuales y reparó en la imagen digital de una mujer esbelta semidesnuda. Se quedó perplejo cuando la pantalla le mostró una leyenda que decía más o menos así: “Usted está en un trance hipnótico, la apariencia de un sueño artificial ha raptado su inherente capacidad de ser uno con lo real. Retroceda”. César tomó literalmente esas palabras y se levantó de la cómoda butaca en la que estaba sentado y dio dos pasos hacia atrás. Una gota de sudor rodó por su frente. La pantalla mostró otra leyenda: “¡Vamos! No sea pueril”. César observó que estaba recibiendo un mensaje privado en el chat que había dejado abierto. Volvió a acomodarse en la silla frente al monitor y leyó el mensaje.
-Estás raro. –decía el mismo. Lo había escrito Vanina.
-Me duele un poco la cabeza. –tipeó César.

Después de cepillarse los dientes tras levantarse, Vanina se preparó una taza de café y desayunó mirando la televisión. Ésta tenía la capacidad de dirigirse a todos los observadores y a ninguno a la vez. A Vanina no le importaba demasiado. Ella optaba por recurrir a su discurso para escapar de sí misma. No lo lograba, pero por momentos se olvidaba por completo de sí y eso era lo que en verdad le daba satisfacción, no el campo de su observación que era mero entretenimiento. Pero ella no era consciente de todo esto, de buena fe creía que su satisfacción era dada por el aparato y sus imágenes. El noticiero que estaba viendo, mientras revolvía con una cuchara el café, narraba los problemas que causaban un mal descanso. El sueño, decía el doctor Craviotto, es fundamental para llevar adelante una vida saludable. Vanina recordó lo que había soñado esa noche: posaba semidesnuda para una revista de tirada numerosa en la que le habían asegurado que iba a ser tapa y con varias páginas dedicadas a ella a todo color. El fotógrafo era un profesional y cuidó los detalles de cada imagen de la modelo, que tomaba con su cámara. Cuando terminó, Vanina se vistió nuevamente y el fotógrafo le dijo que no se haga ilusiones, que sólo había sido un sueño. Ella intentaba demostrarle que lo que decía no era cierto, tomando la cámara y observando algunas imágenes que había captado con la misma. Pero el fotógrafo, serio, insistía que todo era sueño. Vanina estalló en un llanto que la terminó por despertar con la angustia de ver el sueño desarticulado y la alegría de saber que sólo era sueño su sueño. Craviotto insistía con las siete horas de sueño mínimas y su función reparadora. Vanina terminó el café y se dirigió a la parada de colectivos donde los allí presentes jugaban con sus respectivos celulares.

-Qué mal que dormí anoche, la puta madre. –le decía el doctor Craviotto al cameraman, llamado Rafael, mientras el programa televisivo estaba en una pausa comercial.
-El sueño es fundamental para llevar adelante una vida saludable. –acotaba el cameraman.

Aletargado por sus pensamientos que evocaban un pasado feliz, Rafael olvidó encender la cámara y se ganó el reproche del director, quien lo mandó a buscar para tener una plática cara a cara. Estoy harto de su inoperancia, Gutiérrez, le dijo. Y en pocas palabras, lo despidió. Rafael recogió su abrigo y se marchó del estudio de televisión. Lejos de sentirse abatido, lo invadió una sensación de alivio. Su trabajo le deparaba pesar y él quería, desde hacía tiempo, emprender un negocio propio que le permitiera subsistir. Se subió a un taxi y el chofer creyó ver a una rubia preciosa que llevaba minifalda. ¿Qué es lo que hace un taxista seduciendo a la vida?, se preguntó Ricardo, el chofer del vehículo. Condujo el automóvil hasta el domicilio del pasajero y, tras cobrarle el viaje, lo despidió.

Ricardo Altuna, chofer de taxi, coleccionaba almanaques. No lo hacía por los diferentes calendarios que en ellos se exhibían sino por las fotografías al otro lado de los mismos. En ellas se podían observar diversos paisajes, vehículos de competición, aves, perros, estrellas y planetas y hasta, incluso, mujeres desnudas. Ricardo se quedaba durante horas clasificando su colección, encantado con lo que observaba en dichos almanaques. Una vez, en una farmacia, le dieron uno que mostraba un taxi como imagen que resultó ser su propio taxi. El curioso hecho le llamó poderosamente la atención, pero no tanto como cuando una de las modelos desnudas que divisó en otro almanaque, que le dieron en una gomería, era la fotografía de su mujer. Él la increpó duramente con el almanaque en mano y ella atinó a decir que lo hacía por placer. El placer de dar placer, dijo en palabras propias. Roxana –tal era su nombre- acalló las lamentaciones de su marido con un beso y una reafirmación de su amor, del cual dijo que era el único destinatario. Ricardo no tuvo más remedio que declinar su cabeza y, subiéndose al taxi, olvidar el asunto que le había aportado una dosis de ira pasajera.

Cuando el colectivo se detuvo en la parada, Roxana se subió agitando sus largas y bellas piernas debajo de su minifalda. Arriba tenía un top blanco que le marcaba los senos. El chofer, al verla, volteó su cabeza para reparar en esa encantadora figura femenina. Ella saludó con cordialidad y el chofer correspondió el saludo de buena gana. Se acomodó en uno de los asientos delanteros y cruzó su pierna izquierda por encima de la otra, bamboleándola al aire. Extrajo su celular de la cartera y buscó el pronóstico del tiempo. Frío, decía el mismo. Era tarde para volver a buscar un abrigo. En ese momento le llegó un mensaje que, con un sonoro timbre, despertó la atención de más de un pasajero. Incluso del chofer, que observó a la mujer a través del espejo retrovisor. Te estoy esperando, leyó Roxana en el teléfono. El chofer seguía observándola. Roxana respondió brevemente: estoy en camino. Bajó la pierna izquierda y cruzó, esta vez, la derecha por sobre la otra. El chofer, que había quitado la vista del tránsito para no perderle movimiento a la mujer detrás suyo, tocó su frente con la mano al ver el bamboleo de piernas de ella. Un automovilista detrás hizo sonar la bocina. El chofer observó que tenía la luz verde del semáforo que le daba el paso. No obstante un ciclista se había cruzado y esperó a que terminara de pasar delante del colectivo para reemprender la marcha.

El ciclista vio que tenía luz roja pero al ver que el colectivo a un lado no se movía decidió pasar igual. Pedaleó hasta pasar la línea peatonal observando con cuidado no cruzarse con un peatón en el camino. Sobre un edificio, una pantalla gigante mostraba un anuncio de máquinas de afeitar. Al verlo, Cristian, el ciclista, se rascó la barba con una mano y calculó el tiempo que llevaba sin afeitarse. Tres meses clavados, fue el cálculo que hizo. Se detuvo frente a un quiosco y pidió una máquina de afeitar y una gaseosa. Bebió el líquido y guardó la máquina en un bolsillo. Se subió a la bicicleta y pedaleó varias cuadras, tras lo cual vio, en otra pantalla sobre un edificio, el anuncio publicitario de un champú. Cristian reparó en el anuncio sólo para calcular cuánto le había ahorrado en ese producto su prematura calvicie.

Desliz

Los indios no tenían plumas
Los globos no tienen corazón
El mercado no tiene cabeza
El fernet no tiene espuma
Y la mentira ninguna certeza.
Pero en ti encontré una razón
De vivir por vivir con pasión
Aprendí andando en bicicleta
Qué aunque se salga la chaveta
Tiene sentido y una dirección:
Que es el hecho, quizá el desliz
De amar por el amor mismo
De dar, de brindarse uno mismo
De ser y de hacerte feliz.

Cartonero

Era cartonero por derecho propio
su filosofía de la libertad
fue juntar cartones sin robar a otros
y desarmar cajas para juntar más.
Recorrió las calles de todo su reino
recogió cartones y empezó a crecer
para el barrio era nuestro cartonero
nuestro y de la calle que lo vio nacer.
Era cartonero con el sol a cuestas
fiel a su destino y a su proceder
sobre los cartones dormía la siesta
y bajo la lluvia solía amanecer.
Era cartonero y era la ternura
esa que hace falta cada día más
y era una metáfora de la aventura
que con gps no se puede hallar.
Digo cartonero porque es lo que dejamos
que nos despojamos sólo del cartón
era el que juntaba lo que le tiramos
ni siquiera sobras de tu corazón.
Era un callejero y era el personaje
visto tras la puerta de cualquier hogar
y era en nuestro barrio parte del paisaje
como un perro, un bondi y todo lo demás.
Era el cartonero de comprar botellas
y se fue con ellas cuando las bebió
se tomó de golpe todas las estrellas
se cayó rendido y ya no despertó.
Nos dejó cartones como testamento
llenos de esperanza, llenos de ilusión
viaja su recuerdo por los sentimientos
que quedan plasmados en esta canción.
De principio a rabo, amigos míos
era un ser humano nuestro cartonero…

Luminiscencia

El sensei le había dicho a Arturo aquél día en tono monocorde: alcanzarás la iluminación en el instante menos pensado. El que ha recorrido el camino era un japonés bajito de rostro pálido que hablaba muy mal español. Arturo se marchó cabizbajo a la espera del colectivo. En la parada había un hombre con cara de foca y, a su lado, una foca con rostro de hombre, atada a través de un collar.
-Lindo día. –dijo la foca.
-Sí. Está lindo. –agregó Arturo.
-¿Cree que hoy pasará a horario? Me esperan para almorzar abadejo.
-Están viniendo a horario normalmente. –dijo Arturo.

De pronto, a la distancia, se observó venir el 48. La foca aplaudía alegremente. Los tres abordaron el colectivo, junto con un idiota que llegó corriendo. El chofer le dijo al idiota que coloque su tarjeta en la máquina para costear el viaje pero el idiota no entendía el procedimiento. Arturo regresó tras sus pasos y lo socorrió.
-Gracias. –dijo el idiota.
-No hay de qué. –respondió Arturo.
-No entiendo cómo funciona esta aparatología.
-Cuesta al principio hasta entrar en confianza con la tecnología. –agregó Arturo.
-De los setenta para acá no entiendo un pomo. Las cosas cambian demasiado.

A Arturo le caía simpático el idiota. Se sentaron juntos en un asiento doble, Arturo del lado de la ventanilla. El idiota observaba con curiosidad a un niño que jugaba con un dispositivo electrónico.
-Antes todo era más simple. Ahora hasta entretenerse es complicado. ¿Por qué cambian todo con lo bien que vivíamos?
-Lo hacen para beneplácito del consumidor. Inventan cosas que llaman la atención por lo novedosas, pero no necesariamente hay que utilizar todo lo nuevo que sale al mercado. –explicó Arturo.
-Yo no sé… Pareciera que si uno no compra las novedades uno fuera un idiota. –Dijo el idiota- Pero qué voy a comprar si no entiendo ni cómo se usan.
-Son formas modernas de matar el aburrimiento.
-No veo cómo me puedo divertir con algo así en ésta época donde todo parece brillar en una pantalla.
-Así es, es la era de la luminiscencia. –Agregó Arturo- La virtualización de la inteligencia.
-O la realización de la idiotez. –dijo el idiota.

Arturo se rió. El idiota le despertaba cierta ternura con sus comprensiones. Sin dudas, habían ocurrido cambios drásticos en la sociedad en los últimos años, modificando las costumbres de la gente sobre la tierra como nunca antes había ocurrido, y los que quedaban al margen de los cambios se sentían desorientados en una soledad que los dejaba cavilando en otros tiempos. Tal era el caso del idiota que no había asimilado los cambios. Al colectivo subió un neurópata con temblores. El idiota lo miró y Arturo también le prestó atención.
-¿Qué le pasa? –inquirió el idiota en voz baja.
-Son los nervios. –dijo Arturo.
-Yo cuando me pongo nervioso me tomo un té de tilo y se me pasa.
-Es bueno para eso.

El idiota se despidió de Arturo pero no sabía cómo bajarse. Arturo se levantó y presionó el timbre, el colectivo detuvo su marcha y el idiota se bajó tras agradecerle. A las pocas cuadras, Arturo se bajó. Ya estaba llegando a su casa, cuando un hombre le pidió unas monedas. Buscó en sus bolsillos algo de cambio para darle y se lo tendió. El hombre le agradeció y le convidó un trozo de queso que tenía. Arturo no quiso menospreciarlo y probó un bocado. Luego se despidió y entró en su vivienda. Cuando lo hizo, comprobó que no tenía luz. La claridad del día le permitió comprobar que no había ningún desperfecto en la instalación. ¿Qué había pasado?, se preguntó. Salió de la casa y golpeó en lo de su vecina. Le preguntó si tenía luz y ella le dijo que había un corte hasta el mediodía. Regresó a su casa y se preparó una taza grande de café. Sonó el timbre y Arturo fue hasta la puerta a atender. No era otra que Nancy, su novia, quien llegaba con una docena de facturas en mano, entre las cuales sobresalían las medialunas, las carasucias y las bolas de fraile. Arturo encendió un pequeño cabo de una vela, pues su casa era bastante oscura sin luz artificial, y la colocó sobre la mesa. Nancy tenía un hambre voraz y devoró una bola de fraile de dos mordiscones. Arturo apenas si había probado una medialuna salada.
-Este es un momento mágico. La luz de la vela le da el toque justo de romanticismo a nuestra relación. –dijo Nancy.
-Qué se yo. –dijo Arturo.
-Juntos, bebiendo café, el encuentro esperado se da en condiciones favorables para hacer el amor en una velada soñada.

Caminaron hasta la habitación fundidos en un abrazo interminable. Sus cuerpos se vistieron de piel y sus ropas cayeron dispersas por la habitación. Un beso sentenció la unión del amor en el acto sexual. Nancy tenía la cabellera revoloteada y reposaba sobre el pecho de Arturo. Éste tenía ganas de fumar pero los cigarrillos habían quedado en el comedor. Ella le hablaba del presente y los vaivenes del tiempo. Lo vivido en armonía y el porvenir que se venía. Arturo sólo pensaba en fumar pero se aguantaba las ganas momentáneamente. Después de un rato, ambos se vistieron y volvieron al comedor. Nancy dijo que se iría y no tardó en cumplir con lo prometido, tras despedirse con un beso. Arturo cerró la puerta y se quedó pensando, no en lo acaecido, sino en la vívida imagen de su maestro, evocando aquellas palabras que tanto le habían aclarado su visión de las cosas. De repente, la heladera había empezado a funcionar emitiendo un sonido grave al arrancar el motor. La luz del comedor se había encendido y Arturo se sacó las ganas encendiendo un cigarrillo. Largó una bocanada de humo que cubrió el ambiente. Observó la punta del cigarrillo encendido y miró cómo la vela, consumida en su totalidad, se estaba apagando. Del cigarrillo cayó una brasa sobre el cenicero que hizo un pequeño fogonazo. Arturo, sorprendido, pensó: qué más da. Fuego, amor, humo, ilusión. La vela se apagó completamente dejando un hilo de humo en el aire. En ese momento, alcanza el nirvana.

El tren de la vida

En el tren “A ningún lado”, sube gente dos por tres.
Multitud de jovencitos, hombres, mujeres, gerontes
Todos preguntan: ¿a dónde va este tren? Responden:
A ningún lado. ¡Perfecto! Dicen mirando el andén.
Al costado de la vía ( el tren frena en cada estación )
se agolpa la muchedumbre, entonando una canción:
qué lindo que se viaja/ en este tren concurrido/
tomande mate cocido/ de acá ninguno se baja.

Días grises

No me da tristeza la lluvia
ni días grises que empañan la fiesta
que opacan y embarran la siesta
en mezcla de negro y de blanco
de cabezas gachas en cola de banco
que nos recuerdan en su aleluya
que tras de sí habrá un arco iris
majestuoso, colorido, nada gris
que la luz se esconde y no huye
que el agua purga y todo diluye
y si el techo aguanta este chaparrón
el sol seguirá brillando en mi corazón.

Esperando redención

Cien vidas aún, de muertes sin darne cuenta, han pasado y pasarán. De ser rey, ruin, vil y botella, a salsa, bachata y agasajo. De cortocircuito cerebral a oráculo invernal; de cortometraje sideral a tentáculo carnal. Passeportout, me han llamado justificadamente. Mi vida es morir para vivir, es soñar para despertar, es levantarme para caer. Cien sueños que se mezclan en una canción: stairway to heaven; y al golpear las puertas del cielo los nudillos han sangrado esperando redención. Fugitivo de la intrépida muerte, esquivo de la nostalgia donde la memoria se desvanece, he caído en el olvido, he surgido de lo cautivo del pensamiento, de las cenizas de la desaparición. Cien años, dejando grabada en pinturas rupestres mi historia de los cien cuentos; he legado en poemas terrestres mi obra de los cien versos. Vivo, libre de la melancolía en una eternidad tirana, vivo en principio, vivo al fin. Y vivo tiempos temporales y eternidades superficiales, vivo razones y vivo sentidos. ¡Oh sepulcro! Eres la nadería de la historia. ¡Ah cuna! Eres la greguería de la noria. Escape celestial de mis tormentos, te he hallado en el lecho del romance, donde me rindo a tus encantos. Soberano del amor, erudito sin rencor. Cumplo mi condena sin cadenas, mi leyenda que se extiende entre los duendes que entre risas se han burlado  de mis desdichas. Las alegrías no han faltado y a ellas he sucumbido. Hambre y dolor, presentes en cada existencia. Frío y calor, sentidos en la vivencia. Y la liberación por vía y gracia del amor, que en noches de fiebre y desvaríos me han llevado a soñar que moría de una vez y para siempre.

Sociedad de fachadas

¡Ah! Sociedad de fachadas
de máscaras y encrucijadas,
asomad el rostro a cámaras
de vacuidad y algunas caras
que hace rato no dicen nada
al tiempo que desfachatada
posa y habla como si supiera
fraude propio de esta era
donde dicen más emoticones
que el sonido de las canciones.
Oíd hermano la voz latente:
sed humano, sed noble gente
que bajo ese manto superficial
está la dicha -regia- magistral
la dulce dimensión existencial
de armónica sinfonía sideral
donde sólo vive en libertad
(uno en esta mágica realidad)
quien sincero a ella se arrima
cual estrofa y termina en rima.

Oda al silencio

Manto sideral, espacio acústico
soporte vital de término rústico
interín entre cada vocablo soltado
alfa y omega del discurso dado.

Unidad cristalina que teje
el entramado sonoro que deje,
brecha en el tiempo hablado
apariencia durante lo soñado,
métrica rítmica de lo expresado
totalidad vacua de lo narrado.

Cercanía en la pureza del alma
puñado de palabras en la palma
mutua expresión y comprensión
engranaje milenario de la unión.
Fortuito patrón de la libertad
insustituible rector de realidad.

Momento eterno que complace
inclusión inteligible que disfrace
ruidos, símbolos, sonidos
en el tiempo vibran reunidos.

Donde no hay ninguna verdad,
todo mundo puede hablar.
Donde brilla magna la verdad,
todo mundo ha de callar.

Libre

La belleza de tu risa
calidez en tu sonrisa
tu palabra tan serena
sin un resabio de pena.

La alegría matutina
tu locura vespertina
tu nocturna calidez
y tu canto, una embriaguez.

Tu diáfana mirada
tu llanto, una cascada
tu berrinche cotidiano
la suavidad de tus manos.

La caricia palpitante
tu silencio susurrante
compañía penetrante
profunda acompañante.

Tu sincera gratitud
tu verdad, una actitud,
tu magna libertad
eres pura realidad.

Pocas veces comprendida
ni buscada, eres temida
por aquellos que te evaden
diversas técnicas persuaden.

Por todos tan sentida
con la vida comprometida
pero con ninguno casada
de todos y libre, mi amada.

Tan simple como una vela
iluminas con sólo tu estela,
eres pulcra claridad
bien amada soledad.

Infinitum

Bajo la sombra de un viejo y frondoso sauce en el fondo de la quinta, reposaba semidormido Demetrio. Interrumpió su descanso el crujido emitido por una rama que se quebró cuando una comadreja se posó sobre ella. Demetrio alzó la vista y pudo ver al animalejo haciendo acrobacias para mantenerse sobre el árbol. De hecho, no sólo hacía acrobacias sino que además hacía malabares con envases de cerveza, puesto que tenía dotes de artista y se habría desempeñado como animador en un circo ambulante que, de pueblo en pueblo, divertía a los concurrentes que, estupefactos pero agradecidos, contemplaban el show del animal, entre otros variopintos espectáculos. Demetrio cruzó su pierna izquierda por sobre la restante y volvió apoyar su espalda contra el tronco del sauce. A su lado descansaba el mate ya frío sobre un tronco que otrora conformara un gran pino. Se le apeteció fumar de su vieja pipa por lo que la cargó con abundante tabaco con tranquilidad pero persistentemente y, tras encenderla e inhalar, lanzó una bocanada de humo que se disipó luego en el ambiente. A algunos metros de distancia divisó una figura irreconocible. No supo, en ese momento, si se trataba de un anciano afirmado sobre un bastón, o de una mujer elegantemente vestida, un felino parado sobre sus patas traseras, un ave de alas cortas o simplemente era un espejo que lo reflejaba al que no le había prestado atención con anterioridad. Pero no era esto último pues la forma avanzó sigilosamente en dirección al sauce y Demetrio, que se había puesto de pie desde que estaba fumando, estaba quieto apoyado sobre el árbol. Conforme la figura avanzó, Demetrio fue observando algunas particularidades, a saber: sobre la cabeza llevaba un casco negro; una barba tupida asomaba por debajo del mismo; llevaba guantes a pesar del calor agobiante que hacía; vestía todo de azul, incluso los zapatos que llevaba calzados.
-Buen día. –dijo Demetrio.
-Buen día. –dijo el otro quitándose el casco.
-¿Qué lo trae por acá?
-Aquella moto que ve allá. –dijo aquél señalando algo lejano sobre el camino.
-Ya veo… pero le pregunto cuál es el motivo de su visita.
-Ninguno en particular. Lo observé fumando desde allí y quería saber si me podría convidar algunas pitadas.
-¡Desde ya, hombre! –dijo Demetrio tendiéndole la pipa- Tenga, es tabaco del bueno.

El hombre se presentó como Alcides y comentó que hacía una hora estaba buscando la salida del pueblo, sin éxito. Había girado aparentemente en círculos, pasando reiteradamente por idénticos lugares una y otra vez, a pesar de lo pequeño que era el sitio. Demetrio sonrió y le explicó con paciencia que la salida del pueblo era diferente a cualquier lugar conocido.
-Para salir -le dijo-, debe entrar. Usted ha estado sólo en la periferia. –aclaró.
-Y claro, me quería ir, no quedarme.
-Verá –dijo Demetrio aclarando la garganta-, Infinitum ha sido diseñado por un hombre que construía laberintos para parques de diversiones y demás. Cuando empezaron a construir el pueblo, los trabajadores que se decidían a marcharse no hacían más que ensanchar las construcciones del lugar. Quienes llegaban, por su parte, al no hallar la salida tenían la opción de asentarse, por lo que resolvían construir. Así, poco a poco, este lugar fue creciendo no sólo en construcciones, sino lo que es mucho más en fama y leyenda, por eso son pocos los que llegan y menos aún los que desean marcharse. Hay un cartel afuera que advierte sobre esta situación, debería haberle prestado atención. O quizás, pensándolo cuidadosamente, dicho cartel ya no esté advirtiendo a los visitantes. De todas formas, puedo darle un indicio de cómo encontrar la salida.
-Lo escucho atentamente. –dijo Alcides.
-Si usted da vueltas y recorre el lugar no la hallará jamás. Simplemente, deje de girar y la salida estará ante usted en menos de lo que canta un gallo.
-¿Quiere decir que no tengo escapatoria?
-No he hecho otra cosa más que indicarle cómo salir de aquí. –dijo Demetrio tras pitar de la pipa.
-Una pregunta más…
-Sí, cómo no. –dijo Demetrio.
-¿Usted por qué no se fue?
-Yo me fui hace rato.

Alcides se quedó pensando. Desconfió de las palabras que oyó y, montando su moto, recorrió el lugar. Efectivamente, allí donde terminaban las construcciones no había caminos, parajes, vegetación. Ni siquiera puede decirse que era un desierto el lugar, pues no lo era. Intentó recordar el lugar por el que había llegado, era un camino angosto de tierra de una sola mano y había, al ingresar, una estación de servicio donde cargó combustible. Recorrió el lugar en busca de la estación, pero no la halló. El pueblo tendría apenas diez o doce manzanas donde se habían asentado los habitantes y no más que eso. No había caminos para salir ni para entrar. Sin embargo, Alcides estaba “dentro”. Detuvo su moto y dejó el casco sobre ella.
-Bien… parece que estoy confinado a pasar el resto de mis días aquí.

Alcides construyó una casa en un terreno del pueblo. Se dedicó a plantar los alimentos que le dieron su sustento, además de criar una vaca que producía leche para su consumo y otros derivados que aprendió a fabricar, y criar gallinas ponedoras. Aunque nunca pudo irse del pueblo, aprendió a vivir feliz en él y comprendió que aquellas palabras mostraban la verdadera salida de Infinitum.

Un día de intenso calor, vio llegar a un joven que hacía un periplo como mochilero. El muchacho se le acercó y le preguntó por la salida.
-Verá –dijo Alcides- para salir usted debe entrar.

Uno

Cada día que termina la función
que nos cubre la noche y su telón
me pregunto qué será de esta ilusión,
de este sueño con ritmo de canción
de existir y ser uno más del montón
que ha dejado por la vida el corazón.

Uno más que se llena de esperanza
que al compás del vivir vive la danza.
Uno más que entre risas e ilusiones
se abre paso entre miserias y millones.
Uno más que es el mismo pese a todo
que trabaja y se divierte codo a codo.
Uno más, singular, entre tanta gente
como muchos que respiran de repente
ese aire de magia, de luz, ese ambiente
pulcro, benévolo, gentil, inteligente
donde se valida la existencia -capaz-
de saber que cada uno es uno más
y al ser uno en unidad es como el oro
que se funde pieza a pieza cual tesoro.

Sublime

La luz es tan veloz, que el hombre-hormiga
viajando a mil por hora, con ritmo de tango
llorón y compadrito, escuchando reggaetón
se confundió, salió de la catacumba, fango,
donde el croar de las ranas suena a canción
sin letra: está todo dicho, aunque no lo diga.

Todo se va llenando de emoticones, me gusta
escuchar canciones que nadie oyó, cuidado
con las caretas ( y las veletas ) que a diario
venden falacias económicas en el mercado.
Hay un cantante que a nuestro abecedario
le agregaría letras: alfa u omega; me asusta.

El chat es popular, pero el arte irá muriendo
se habla por ahí, se dicen cosas, los claveles
y mariposas tienen precio, que nadie regateó
la música no es pulcra, sublime, en los laureles
que otrora conquistó, sueños, el genio despertó
el arpa tocaremos,con precisión, al ir subiendo.

Y en esa melodía, ritmo de rock, escucharemos
en voz de algarabía un ruiseñor, y dormiremos.

Se repite

Se repite el hombre en su camino
repite palabras, se repite su destino
se repite su tormento y su desatino
repite su plegaria, su llanto, su oración
se repiten sus actos, su voz y su pasión
se repite mi poesía, de rimas e ilusión.
¿Por qué más que poesía, una canción?
Por la constante, arpegiada, repetición.

Sin fortuna

Álvaro caminó hasta la parada de colectivos. Allí esperaban, impacientes, próximos pasajeros. Esperó su colectivo, el que lo llevaría de regreso a su departamento. Mientras lo hacía, vio pasar caminando cerca de sí a Galíndez, a quien notó con un gesto de preocupación en el rostro.
– Adiós, Galíndez, le dijo Álvaro alzando su mano.
– Hola Alvarito, ¿cómo anda usted?, preguntó Galíndez deteniendo su marcha, ¿espera el colectivo por aquí?
– Sí, señor, parece que viene con alguna demora. ¿A dónde va usted?
– Estoy yendo a ver a mi anciana madre. Está mal, sabe usted, problemas de salud y propios de la edad. Es mañosa la vieja. Bueno, Alvarito, prosigo, que siga usted bien, dijo Galíndez despidiéndose.
– Adiós, esperemos que mejore su madre, saludó Álvaro.
– Gracias, pero lo dudo. Hasta luego.
Al rato llegó el colectivo. Álvaro se subió y vio que el mismo venía sobrecargado de gente. Buscó un asiento libre, pero no encontró uno, por lo que se acomodó como pudo en el pasillo, apoyándose en una butaca ocupada por una señora mayor. Se oía el resoplar de más de un pasajero, en clara queja por el malestar de un viaje incómodo. Una pareja hablaba entre susurros, como queriendo crear para sí mismos una atmósfera circunscripta sólo a ellos. Otro hombre observaba por la ventanilla las casas y los edificios. Álvaro siguió observando el interior del colectivo y divisó, sentada en el fondo, en un rincón, a Nancy, una novia que había tenido en sus años de juventud. Quiso acercarse, pero fue imposible por estar atestado de gente. La notó aún más bella que cuando salían juntos, que tenía la desgracia de por ser tan linda atraer las miradas, hasta de gente no deseada. Le hizo un gesto con la mano, saludando, pero no fue percibido por ella. Observó sus facciones bien marcadas, seguramente estaría haciendo algún tipo de gimnasia, determinó. Observó sus cabellos bien cuidados, pensando que lo bueno mejoraba con el tiempo. Un tramo del recorrido más adelante, Nancy se bajó del colectivo y Álvaro sintió el deseo de intercambiar unas palabras ahogándose dentro de él mismo. La buscaré y la llamaré, pensó, seguramente se alegrará después del tiempo que habían pasado juntos.
Esa misma tarde, ya en la comodidad de su hogar, Álvaro entró en su cuenta de Facebook y buscó a Nancy. La encontró rápidamente, y leyó, en su último estado público, lo siguiente: “Hoy lo ví. Está pelado, panzón y encima ciego, lo saludé tres veces en el colectivo y ni me vio. O se hizo el distraído, que puede ser porque ya lo era bastante en su momento. Gracias a la vida por haberme llevado por otro camino”. Mierda, pensó Álvaro. Desistió tristemente de su idea de contactarse con Nancy, no sin antes dejarle un mensaje privado: No te creas que sos Michelle Pfeifer, estás bastante venida a menos, últimamente. Además, te saludé y la que no vio fuiste vos, quizá se te atrofiaron los nervios ópticos después de tantos años, le escribió.
Luego de un rato, sonó el teléfono. Era Nancy. Fue breve: “Escuchame bien, trozo de adoquín, el estado que publiqué era para mi padre, a quien no veía hace catorce años y me cayó mal volver a cruzarme con él después de su separación. El cariño que te guardaba acaba de irse por el inodoro. Agradezco por no haberme cruzado con vos, que estás tremendamente idiota. No te vuelvas a dirigir a mi, sin antes hacer treinta y cinco años de terapia, salame napolitano”. Y cortó. Álvaro tiró el celular de la bronca que le dio su propia estupidez, nacida de un malentendido, con tanta mala fortuna que el mismo dio contra la canilla de la cocina y ésta se salió de lugar. El agua salió instantáneamente como un chorro hacia arriba, inundando todo el comedor. Álvaro quiso colocarla nuevamente en su sitio, pero su torpeza se lo impidió, por lo que se le ocurrió taparla con un trapo lo mejor que supo y llamar al plomero. A su teléfono celular le había entrado agua, por lo que había dejado de funcionar. Se fue a buscarlo a su casa. Ya casi de noche, cuando llegó, lo atendió la mujer del mismo:
– Buenas noches, saludó Álvaro, disculpe la hora y la molestia, ¿se encuentra Galíndez? Tengo una urgencia, dijo.
– En estos momentos está velando a su madre, sepa disculpar, dijo la señora de Galíndez.
– Mierda, qué mala suerte, dijo Álvaro teniendo en mente su inconveniente y no el propio de Galíndez suscitado por el deceso de su madre.
– Ya tenía sus buenos años, era cuestión que se la lleve el tiempo.
– Bueno, gracias de todas formas. Adiós, se despidió Álvaro.
– Adiós, saludó la señora, y cerró la puerta.
Álvaro tras perder un colectivo a escasos metros de la parada, se tomó el siguiente de regreso a su casa. Cuando se bajó, miró hacia arriba y en el mismo iba Nancy, otra vez, quien esta vez lo miraba fijamente desde atrás de una ventanilla y, al instante de ser percibida por Álvaro, le levantó el dedo mayor de su mano izquierda y el colectivo prosiguió su rumbo. Álvaro, indignado, pasó por una agencia de lotería y se compró una raspadita, para ver si cambiaba su racha de mala suerte. Pero no, le salieron una campana, un trébol y un arlequín.

Palabra autorizada

Hay gente que necesita siempre una autoridad
que le diga a diario, que le venda, alguna verdad
un periodista, un gobernante aunque mienta
un sicólogo pago, que justifique lo que sienta.
Una ciencia, que le diga lo que ya sabía
un doctor que ratifique lo que conocía.
A menudo se ampara en la voz de un profeta
o en la letra, la palabra autorizada de un poeta,
que se ajuste, que rectifique lo que bien piensa,
o sus actos tengan raíces en lo que dice la prensa
que lo cerciore algún libro en prosa, un cantante
para salir airoso del trance, que le diga un amante
un amigo, un vecino, que lo dicho es certero
que le haga creer, considerar que es valedero.
Necesita una palabra, una voz o un millón o cien
un crítico, que le diga que esta poesía está bien.

Carga virtual

Encendí la computadora y apareció un cartel que decía “Cargando” y mostraba un indicador de progreso que no avanzaba. Amagué a reiniciarla cuando observé otro cartel que decía “¡Espere!”, por lo que decidí hacerle caso a la máquina y aguardar algunos minutos más, puesto que disponía de tiempo adicional para cedérselo a la misma y que ella los utilice para lo que le plazca, si es que algo le placía.
Luego de un tiempo en que no dio indicios de progreso alguno, el indicador avanzó apenas una mísera línea. Ni siquiera indicaba en pantalla el porcentaje de carga que ya había completado, por lo que, si quisiera saberlo, debía hacer el cálculo correspondiente al gráfico que tenía frente a mí. Pero lo rechacé, debido a que no tenía otra opción más que esperar por lo que sería inútil saber los detalles del proceso. Verdaderamente, tenía otra opción, que era reiniciar la máquina, pero la había descartado en el momento en que decidí esperar aquél proceso de carga.
En un momento, me pareció ver otro cartel iluminado sobre la pantalla durante un breve instante para, después, desaparecer rápidamente: “Estúpido”, decía. Dudé. Quizá fuera producto de mi propia ansia de ver completada aquella carga. Miré mi reloj, habían pasado once minutos sin que haya ningún avance. Me agaché hacia donde estaba el gabinete central de la máquina, harto, con la clara intención de reiniciarla, cuando en la pantalla apareció un cartel: “Paciencia, por favor”. Parece que sabe leer mis pensamientos, pensé. “Sí”, indicó un cartel en la pantalla. Esa es una respuesta que, aunque parece contundente, en este caso es muy ambigua. Ahora mismo podría estar pensando cualquier cosa y esta máquina, al tan sólo decir sí, no está indicando nada más allá de eso. “Así es” apareció en pantalla. El indicador mostraba un pequeño avance. Peor es nada, pensé. La máquina no mostró leyenda alguna en pantalla, tan sólo seguía allí ese gráfico. Observé mi reloj nuevamente: ocho minutos más habían transcurrido. De mi frente cayeron un par de gotas de sudor. No hacía calor, pero mi mente bullía. A dónde iremos a parar, pensé, y en pantalla apareció una imagen de un vertedero cloacal, en un instante inferior a un suspiro. Luego, continuó allí el gráfico mostrando que la carga había avanzado una línea más. Eso no pude haberlo imaginado, la imagen apareció delante de mí, aunque no podría probarlo. ¿En verdad esta máquina podía saber qué es lo que estaba pensando delante de ella? “Nuevamente, sí”, fue lo que leí en ese momento en la pantalla. Apareció otro cartel: “Espere. Tranquilo”. La máquina mostraba signos volitivos. Intenté buscar formas de pensamiento que neutralicen la lectura de la máquina, pero fue imposible. Sentía que me rendía ante una inteligencia superior, que, además ahora, tenía acceso a los recovecos más profundos de mi ser.
Volví a mirar mi reloj: diecisiete minutos más habían pasado. “Lo estamos cargando”, decía el cartel en pantalla, que pronto se corrigió a “Estamos cargándolo” y un tiempo después retornó a su estado habitual simple de “Cargando”. ¡¿Cuánto puede tardar una carga?!, pensé enérgicamente, mientras en pantalla aparecía una breve explicación:

El proceso de carga puede demorar algunos minutos
debido a que durante el mismo intervienen diversos factores,
dependiendo del potencial de su equipo.
Por favor, tenga paciencia y sepa disculpar la molestia.

Eso no evacuaba mis dudas con respecto al tiempo que me demandaría, ya que habían pasado demasiados minutos, más de los que podía esperar. Además, no tenía bien en claro qué es lo que estaba cargando la máquina allí y, cuando apareció este pensamiento en mí, simultáneamente, en pantalla apareció otro cartel:

Estamos cargando PAPEL:
Programa de Adaptación de Personal al Entorno Lunático.

De qué diablos me está hablando, pensé, si nunca cargué ese programa en esta máquina, yo sólo quería jugar una partida de tetris, porque estaba triste. En pantalla apareció otro cartel indicando que PAPEL, era un programa secreto de los servicios espaciales de la nación y había sido instalado con mi autorización, contrato que los servicios espaciales tenían firmados por mí.
Intenté recordar cuándo pude haber firmado tal contrato, pero no logré hacerlo. Ya sé, pensé, y luego pensé detenidamente la siguiente oración: quisiera saber cuándo y dónde firmé el contrato en el que autorizaba a instalar el programa. Inmediatamente, en la pantalla apareció un cartel que decía:

Soy un programa, no el genio de la lámpara de Aladino.

Maldición, es demasiado listo. No sabía cómo despojarme del asunto.
El reloj indicaba que habían pasado treinta y dos minutos más, y el indicador de carga mostraba apenas una línea de avance. Tomé una franela y la pasé sobre la pantalla para quitarle el polvillo que en ella había. “Gracias”, decía un cartel sobre la misma. El indicador de progreso se quedó, pareciera, detenido. Al menos no avanzaba en el tiempo que deseaba. Tengo que ir al baño, pensé, mientras en la pantalla un cartel decía “No, todavía” y desaparecía luego para dar paso al habitual “Cargando”. Quizás es uno de esos programas graciosos para asustar niños, creí. Si tan sólo tiro del cable enchufado en el tomacorriente de la pared el asunto estaría liquidado. Otro cartel en pantalla me llenó de pasmo: “Tire del cable y el liquidado será Ud.”. Nada podía hacer. La espera me había paralizado. El indicador no avanzaba. Mi reloj se había detenido. Mis párpados se habían quedado inmóviles. No sabía cuánto tiempo había transcurrido. La oscuridad de la habitación y el silencio que había allí no me permitían determinar si alrededor mío todo continuaba con normalidad.
De pronto, por una claraboya, emergió majestuosa, la luna. No pude girar mi cabeza para verla, puesto que mi cuello estaba tieso, pero al verla de reojo allá en lo alto, cierta paz acudió a mí y respiré profundamente con cierta calma que había perdido desde que esperé esa condenada carga. Volví a mirar la pantalla, pero no había indicios de avance.
De repente, apareció delante de mí un nuevo cartel:

El proceso de carga ha fallado.
Por favor, reinicie la máquina.

Allí fue, entonces, que quedé en la disyuntiva, de si obedecer al programa o no, por temor a que, nuevamente, me vuelva a cargar el desgraciado.

De caras y de caretas

De caras y de caretas se va llenando el valle.
De genios y de idiotas está plagada la calle.
De ideas y opiniones se va formando el lenguaje.
De medias, toallas, calzones se carga el equipaje.

De puntos suspensivos…se va creando el suspenso
De pasión y amor efusivo se va gestando lo intenso.
De rimas y versos sugestivos se fragua la seducción.
De gestos y dulces vocablos se entabla conversación.
De silencio, pausa y teatro se da una buena actuación.
De encanto, calor y roces va creciendo esta relación.

De risas, abrazos y besos se va curtiendo la algarabía.
De haber dicho casi todo se va terminando la poesía.
De muchas acumulaciones el mundo se repartió.
De haberte querido tanto mi corazón se partió.

Los poemas

Hay poemas que conmueven
que sorprenden y promueven
la ternura, encanto y pasión
llenos de delirio y decisión
soberbios, pacatos, precisos
de magnas metáforas, concisos
llenos de simbología e ilusión
que al lector se unen por fusión,
poemas regios y preciosos
simples, libres, luminosos
con ritmo, tono y melodía
llenan el espacio de alegría,
hay poemas dulces, bellos
y éste no es uno de ellos.

Vivir

Es la ideología de añares de “te veo mal, te maltrato”.
Es la insensibilidad, la falacia, la superficialidad.
Es lo que un indio dijo: mentir es violencia.
Es acumular bienes en nombre de los bisnietos y mi noción de yo.
Es rendir cuentas a quien sabe quién.
Es creerse vivo por joder.
Es saberse idiota y perecer.
Es tener para creer ser.
Es pensarse superlativo por coger.
Es comer y no sentir.
Es hablar y no pensar.
Es juntar para asombrar.
Es soñar acaparar.
Es dormir, no despertar.
Es morir.

Ambivalencias

Salvadores y salvados
van por el mismo lado,
poetas y cretinos
tienen mismo destino,
ministros y soretes
se van por el retrete,
santos e hijos de puta
siguen la misma ruta,
cínicos y escultores
todos serán rumores,
asesinos y valientes
volverán a la fuente,
cobardes y fuertes
corren la misma suerte,
maniáticos y doctorados
todos serán olvidados,
profetas y pelotudos
se quedarán sin escudos,
débiles y mendigos
ya no serán testigos,
magnates y gentiles
se volverán sutiles.

Ocaso

El agua no moja
el sol no calienta
las placas de Crónica
nunca fueron rojas
el viento no sopla
el fuego no quema
poesías y coplas
nunca fueron buenas
el azúcar no endulza
ya Charly lo dijo
la luna no asoma
estrellas no brillan
ni puntos ni comas
están puestos bien
la muerte no existe
ni sorgo ni alpiste
degluten las aves
no vuelan las naves
en el firmamento
los niños no dicen
ahí viene un tutú
ni en mi corazón
mi cielo eres tú
pero por tus besos
pierdo la razón.
.

Sobria

La acusan de ser infantil
neurótica, simple, pueril;
dicen cosas de esta poesía
que tiene una triste alegría
no es profunda, no llega
no conmueve y no pega
no seduce y aún no trasluce
que no dice nada se deduce;
a todo ello ha de considerar
que algo de razón debe dar.
Mas no es que sea vanidosa
la poesía es sobria, orgullosa
podrán ver los que la sigan
que no le afecta lo que digan.

La quinta revelación

-Veintidos, a la cabeza. –dijo Arturo al empleado de la agencia.
-¿Nacional o provincia?
-A las dos.
-¿Vespertina o nocturna?
-A las dos.
-¿Cuánto le quiere jugar?
-Dos a cada una.

Arturo pagó y se fue. Al pasar por un quiosco compró un encendedor y un atado de cigarrillos. Abrió con una mano el atado y, luego, con la misma extrajo un cigarrillo que encendió seguidamente. Al exhalar, el humo formó una figura en el aire. Era una cabeza. Se quedó contemplándola y pudo ver que se asemejaba a la figura de un prócer representado en el billete de dos. ¿Era una señal? ¿O sólo se la estaba imaginando? Volvió a exhalar humo y la figura, lejos de disiparse, creció.
-Hola, soy Bartolomé. –dijo una voz frente a él.

En el aire había una densa neblina con una visibilidad de algunos pocos metros. La figura formada por el humo se mantenía visible frente a Arturo. Se quedó observando estupefacto sin reacción ni respuesta.
-Hola. –Insistió la voz- Tengo algo que decirte.
-¿Qué sucede? –preguntó por fin.
-Estuve viendo todo y has sido víctima de una estafa. Esa boleta no es la ganadora.
-¿Y cómo sabes si aún no se ha sorteado?
-Todo ya ha sucedido, sólo que tu concepción del tiempo no te permite conocer los sucesos hasta tanto se revelen.
-¿Vienes del futuro? –preguntó Arturo contrariado.
-Más bien del pasado. O mejor, ni vengo ni voy, sólo las cosas se mueven.

El humo se disipó y Arturo pudo ver frente a él la silueta de un hombre vestido con un sobretodo. Llevaba un sombrero sobre su grisácea testa. Tenía en su mano izquierda una pipa de la cual acababa de inhalar. Arturo dio una pitada al cigarrillo.
-Y bien, qué número se supone que va a salir.
-Ya salió, el cuarenta y ocho.
-Il morto qui parla. –dijo Arturo.
-Así es. Repite en las cuatro jugadas.
-Bueno… lo tendré en cuenta. –dijo Arturo.
-Cuando cobre la apuesta, recuérdeme. Adiós.

El hombre se perdió entre la niebla. Arturo dio la última pitada al cigarrillo y arrojó la colilla al suelo. Dio media vuelta como para volver a ingresar en la agencia de quiniela, pero pensó que todo ello era un disparate. Nadie puede predecir el futuro y mucho menos un número en un sorteo, el cual era puro azar. Se marchó del lugar caminando a paso lento pero firme. En su recorrido, tropezó con una mujer a la cual no había visto. Había comenzado a llover. Caía una garúa finita que mojaba su gabán levemente. Llegó a su casa y echó leña en la salamandra para calentar el ambiente. Luego la encendió e hizo lo propio con la televisión. El sorteo había comenzado y la pizarra mostraba que en la ubicación número tres había salido favorecido el número 1022. Arturo maldijo. Se preparó una taza de café y se sentó cerca de la salamandra. Desde allí observó en la televisión los sorteos de lotería. Sacó de su bolsillo un vuelto que tenía para acomodarlo en su billetera. Uno de los billetes de dos captó su atención. Tenía inscripta una leyenda con birome azul la cual decía:

Si te toca este billete
no compres barrilete
ni lo gastes en cerveza
hay un número escondido
que va a ser favorecido.
Jugá todo a la cabeza.

Arturo buscó algún número en el reverso pero no encontró nada. Miró la numeración del billete y observó que era de la serie B, y el número era 48.484.848. Coincidencias de la casualidad, pensó Arturo. Inmediatamente, salió el primer puesto en el sorteo de la lotería provincial. Era el 4848.
-¡La puta madre! –exclamó Arturo.

No quiso ver más. Apagó el televisor con el control remoto, que luego se le cayó al piso. Al mismo se le había salido la tapa del compartimento donde iban las pilas y éstas habían rodado por el suelo. Buscó un paraguas y se puso nuevamente el gabán. Salió a la calle y comprobó que la lluvia había cesado y hasta se podía ver sol poniéndose detrás de los edificios y algunas nubes. Qué tiempo loco, pensó Arturo. Llegó a la parada de colectivos y esperó junto a un hombre la llegada del mismo. Como no pasaba la línea que esperaba, decidió tomarse el 48 y caminar unas cuadras luego, que también lo dejaba bastante cerca de la casa de su novia. Durante el trayecto, divisó sobre un asiento a un lado al hombre que le había vaticinado los sorteos. Arturo se puso de pie y se sentó a su lado.
-Bartolomé.
-¿Lo conozco? –inquirió el hombre.
-Usted me dijo qué números saldrían sorteados hace unas horas, ¿recuerda?
-Lo siento, mi memoria es muy mala. A esta altura, todo se disipa rápidamente.
-Pero… ¿Cómo sabía usted…?
-Aquí me bajo yo. –Dijo el hombre y se puso de pie- Su novia está en este momento manteniendo relaciones con un joven apuesto. Tal vez lo vea salir de su casa.
-¿Cómo?

Arturo le cedió el paso y el hombre se bajó del colectivo. Arturo se quedó mirándolo por la ventanilla. Pudo ver que el mismo extraía la pipa de su bolsillo y la cargaba con tabaco. El colectivo dobló y Arturo lo perdió de vista. Al llegar a donde debía bajarse, tocó el timbre de la puerta trasera para hacerlo. Caminó presuroso hasta la casa de su novia y cuando estaba a unos ochenta metros vio salir a un muchacho que se despedía de ella con un beso. ¿Se besaron en la boca o fue un beso en la mejilla? La distancia le impidió saber con certeza. Caminó rápido hasta la puerta pero ya la había cerrado. Tocó timbre y esperó. Pronto ella abrió la puerta.
-¡Arturo!
-¿Quién era ese?
-¿De quién me estás hablando? –preguntó ella.
-Dale, Nancy, no te hagás la distraída. Ese que acaba de irse. ¿Quién era?
-No sé de qué me hablás. Estoy sola. ¿Vas a pasar?
-Bueno…

Arturo ingresó a la vivienda. No observó nada fuera de lugar. Miró desde el umbral de la habitación la cama que estaba hecha impecablemente.
-¿Me vas a decir con quién estabas recién?
-No estaba con nadie, Arturo. ¿Te volviste loco?
-Si no estabas con nadie, decime, ese sombrero ahí colgado de quién es.
-Tuyo, salame. Te lo dejaste el domingo.
-Es verdad… Pero, entonces, ¿por qué hay dos tazas de café en la pileta?
-No tenía ganas de lavar. Tomé dos tazas para mantenerme despabilada así podía estudiar.
-Suena creíble… pero, no veo que hayas estado estudiando.
-Ya guardé todo porque me estaba yendo a la peluquería, ¿me querés acompañar?
-No, dejá, prefiero volver mañana. ¿Cuándo rendís?
-El viernes.
-Entonces vuelvo el viernes así podés prepararte para el examen.
-Dale mi amor.

Ella lo abrazó y le dio un cálido beso que Arturo correspondió. Luego se despidieron y él se marchó caminando en dirección opuesta a la que había recorrido para llegar. Su ritmo era lento pero decidido. Estaba a pocas cuadras de la sala de cine a la que solían ir juntos y resolvió que podía distenderse un poco con alguna proyección. Cuando estaba a punto de sacar el boleto, alguien le chistó detrás. Él se dio vuelta y el hombre del sobretodo con la pipa en la mano lo saludó.
-¿Qué quiere ahora? –cuestionó Arturo.
-Le mintió descaradamente.
-¿Cómo dice?
-Lo que oye. Subestimó su inteligencia con mentiras para dispersar niños.
-¿A usted le parece?
-Desde luego. Sólo le quería advertir una cosa: la proyección del film no terminará bien.
-Ha visto la película parece…
-No hablo de eso, sino de lo que sucederá en la sala. Lo preferible sería que no ingresara, aunque podrá evitar el incidente si se retira quince minutos antes de que culmine.

Arturo se dio vuelta y pagó la entrada al cine. Se proyectaba “Sirena de Bergerac”. La película lo mantuvo entretenido un buen rato pero no tenía demasiado vértigo por lo que su desarrollo fue bastante lento hasta promediando la película. Cuando quedaban alrededor de quince minutos para el final de la misma, en la entrada del cine se produjo un incendio que puso a la gente, que había llenado la sala, en un estado de exaltación. El film se interrumpió y las luces se encendieron. Varios –incluido Arturo- corrieron hasta la salida de emergencia, pero la misma estaba sellada. El griterío era unánime. La gente arrojaba sus gaseosas a las telas que rápidamente habían entrado en combustión. Un hombre se acercó corriendo con un matafuegos, pero al accionarlo comprobó que no tenía carga. Algunos tosían por el humo inhalado. Otros corrían de un lado al otro de la sala. Finalmente, llegó una dotación de bomberos que pudo apagar el incendio en pocos minutos. Hubo gente que necesitó atención médica. Arturo cuando pudo salir de la sala se marchó indignado. En la calle todo estaba muy oscuro. La noche caía sobre el asfalto y los faroles no se habían encendido aún. El cielo estaba nublado y caían algunas gotas de lluvia. Arturo abrió el paraguas y encendió un cigarrillo. Caminó unas pocas cuadras y paró un taxi. En el auto se escuchaba la octava sinfonía de Beethoven. Cuando llegó a destino, Arturo pagó y se bajó. Sobre la acera, estaba, pipa en mano, el hombre del sobretodo. Arturo lo reconoció inmediatamente.
-¿Qué hace usted acá? ¿Me está siguiendo?
-¿Cómo podría? –Dijo el hombre- Más bien usted sigue mis pasos.
-Yo vine a ver a mi madre.
-Hace mal. Su madre tiene una enfermedad altamente contagiosa. Además, le va a atiborrar el pensamiento contándole de la muerte de sus amigas de toda la vida.

Golpeó la puerta y, luego de un tiempo, salió su madre con un pañuelo cubriendo las fosas nasales.
-¡Arturo! ¿Qué hacés por acá? Me encontrás hecha pelota.
-¿Qué te pasa mamá?
-Tengo una peste que me tiene a la miseria.

Ambos ingresaron a la vivienda. La madre estornudó. Había olor a enfermería o a medicamentos. Sobre la mesa había un nebulizador. La madre de Arturo le habló durante más de media hora de sus amigas fallecidas, dos en el último año, y todas las demás bastante tiempo atrás, pero que seguía extrañando. Arturo se despidió y cuando le estaba por dar un beso, estornudó. Salió caminando y la noche era aún más oscura que al entrar. Los pocos focos que, dispersos, emitían alguna luz, era tan débil que sólo iluminaban apenas un sector tenuemente. No llovía, pero el frío se hacía sentir. Caminó hasta la parada de colectivos y allí estaba, una vez más, el hombre del sobretodo.
-Se pescó un resfriado. –le dijo.

Arturo sacó un pañuelo descartable y se limpió. El hombre continuaba con la pipa en su mano que acababa de encender. El hombre se quitó el sombrero y lo sacudió. Pasaron varios colectivos pero ninguno subió. Arturo esperaba el veintidós.
-¿Hace mucho que espera?
-Treinta años. –dijo el hombre.
-Me refiero al colectivo. –aclaró Arturo.
-No espero colectivo alguno. Sólo quiero ver cuando se lo lleve la parca.
-¿A mi?
-Si. Es cuestión de minutos.
-¿Y no podría haberme advertido de esto antes?
-Lo siento. Sólo puedo anticipar hechos con cierta antelación. Pero quédese tranquilo, que no va a dolerle nada.
-Bueno, gracias.

Arturo sacó un cigarrillo y lo encendió. Tras toser divisó la figura de un hombre cubierto con una túnica negra portando una afilada hoz caminando en dirección hacia él. Cuando estuvo cerca lo reconoció: era la muerte. Estaba más delgada que de costumbre. Temblando dejó caer el cigarrillo al suelo y el cuerpo se desplomó.
-Vení conmigo Arturo. –dijo la muerte.
-¿A dónde vamos?
-Quiero mostrarte unas cosas…

El cadáver quedó tendido en el piso. Arturo y la muerte caminaron a la par. Ya no pudo ver al hombre del sobretodo que había quedado atrás ni a su cuerpo, en el suelo. El paisaje había cambiado drásticamente de la penumbra de la noche y los edificios a una claridad inusitada en un lugar vacío donde reinaba la calma.
-Las historias a veces revelan algún secreto. –Dijo la muerte- Otras veces apenas si propician esbozar una sonrisa con sus contradicciones. ¿Querés un cigarrillo?

Volverán esas musas fugitivas

Volverán esas musas fugitivas
otra vez con sus cantos a inspirar
y de nuevo con la pluma y con la tinta
escuchando escribirás.

Pero aquellas que lejos de inspirarte
te hacían temblar y tiritar
con sus cantos de guerra y de violencia
esas…¡no volverán!

Volverán cabalgando cual jinetes
las musas en todo su esplendor
llenando tus papales de hermosura
poesía y seducción.

Pero aquellas lúgubres y vanidosas
que te hervían la sangre al delirar
cuyas lágrimas caían noche y día
esas…¡no volverán!

Volverán en amor, prosa y gemidos
sus palabras ardientes a inspirar
tu corazón, tu sexo, tu latido
vibrando escribirá.

Pero si no les das todos tus sentidos
ni te abres con su regia inspiración
por más haikus que escribas… desengáñate
¡una mierda serán!

Cristalino

Nada estaba pensando
Cuando, para mi sorpresa,
Un pensamiento acudió.
Lo acogí con ternura
Le brindé calor, lo arropé,
Y hoy día lo llevo presente
Y le cuento a tol mundo orgulloso:
Mire usted, no deje de mirar,
Vea que bello pensamiento
Qué pulcro, sensual y cristalino.
¿De dónde lo ha sacado? ¿Es suyo?
Me preguntan los vecinos,
Lleve, lleve, les digo bondadoso,
Más se comparte, mayor su crecimiento.
Y la gente va contenta nuevamente
Con un bello pensamiento en el bolsillo.
Ahora surgen, cada tanto, de repente,
Pensamientos simples y maravillosos
Que le alegran la vida a toa la gente.
Los comparten, los reparten, como vos
Que das todo lo mejor de corazón.
Y por eso le pedí un favor a Dios
Que te lleve a tu casita esta canción.

Tándem

No es que la vida se nos vaya
Es que la muerte se nos viene.

No es que no hallemos sentido
Es que sintamos el vivir.

No es que muramos de a poco
Es que despilfarramos tiempo a lo loco.

No es que cosechemos triunfos
Es que compartamos la cosecha.

No es que se gane o se pierda
Es que se acumula y se va a la mierda.

No es que el amor se ha perdido
Es que lo hayas conocido.

No es que la vida es injusta
Es que es variada y asusta.

No es que la vida no diga
Es que sensibles la oiremos.

No es que el mundo será destruido
Es que el bochinche hace ruido.

No es que no sé lo que digo
Es que lo dicho se pegue contigo.

No es que un día no la contemos
Es saber que contás conmigo.