El anhelo

La palabra es al espíritu
lo que al cuerpo el alimento
por eso escribo con ímpetu
poesía como escarmiento.

Cada término empleado
puede ser considerado
como un pedazo de pan
o un pez que llena zapan.

Buscando alguna palabra
que impacte en tu corazón
no encuentro ni abracadabra
que te abra en par el portón.

Por momentos, suelo bucear
y entre mil conceptos nadar,
más sólo hallo incertidumbre
no logro encender la lumbre.

Claridad que te ilumine
el camino imperceptible
de retorno, indescriptible,
a tí misma, al que camine.

Volver otra vez no quiero
a tener que repetirte,
ni quisiera ya decirte:
de tanto vivir me muero.

Acaso es que por buscar
palabras dentro del mar
perdido debo regresar,
salvarme de naufragar.

Si en una isla, he de acabar
quizá tu me puedas salvar
llevarme algo para morfar,
poesía o el vocablo triunfar.

Es que acaso la victoria
por siempre nuestra será
hasta tanto la memoria
la recuerde, no olvidará.

Y si rendido no encuentro
la palabra –tenaz- realidad,
la cambio por desencuentro
y entonces la llamo verdad.

Porque a veces por llamar
con otro nombre las cosas
nos podemos encontrar
espinas en vez de rosas.

Por eso le sigo buscando
alimento al corazón,
palabras a la razón
de ser que va navegando.

Encuentro poesía y verdad,
amor, vida y desencanto,
a veces encuentro el llanto
suspiro por la libertad.

Al fin me puedo encontrar
con mil palabras vacías
o llenas como alcancías
y nunca más vacilar.

Curioso ha sido buscar
palabras como alimento.
El espíritu está contento
y otra vez quiere volar.

Anuncios

El arte de pensar

Te sorprendería pensar que la gente no piensa
bueno, en realidad, piensa pero lo pensado lo pensó otro
es decir, uno pensó lo que el resto dice que piensa
el resto adhiere a ese pensamiento que le ha dado otro
lo repite, lo valora, lo malogra, pero no lo piensa
es decir, lo da como pensado por él cuando lo pensó otro
esto no tiene nada de novedoso para el que piensa
la masa acéfala es reacia y haragana para pensar lo otro
por eso le gusta decir que piensa cuando no piensa
le gusta hablar, sí, decir cosas que ha pensado algún otro
de allí surge que es imprescindible oír a quien piensa
para tener algo qué decir en todo tema aunque sea de otro
porque lo pensado, lo dicho, lo hablado no se piensa
se dice así sin más, sin pensar, aunque lo haya pensado otro
eso de pensar pasó al olvido, hoy no queda quien piensa
y si creés que todo esto fue pensado, lo habrá hecho otro
a mí no se me da por pensar, sólo digo lo que se piensa
aunque ese pensar no se haya pensado, sólo dicho por otro
y así sucesivamente, metafóricamente, digo que se piensa
aunque no haya nada que pensar, sólo decir lo que otro
y poner cara de que uno sabe, de que uno piensa
cuando sólo hay palabras volando, palabras de otro
que por ahí tiene un yo, y pienso que soy quien piensa
pero es un simbolismo, ese yo es el yo de algún otro
y se me infla el pecho decir que soy quien piensa
para terminar diciendo cualquier vanidad de otro
o escribo una poesía que parece que te hace pensar.

Despertares

Piloteaba una avioneta a gran altura cuando escuché que uno de los motores había comenzado a fallar. Los dos pasajeros que me acompañaban se mostraron alborotados, pero logré mantenerlos en calma diciéndoles que era normal, típico de este tipo de aviones. Al poco tiempo, el otro motor emitió un sonido estridente y luego se detuvo, dejando un espeso humo negro detrás del ala izquierda de la nave. La mujer que viajaba detrás de mí comenzó a gritar desaforadamente y esta vez no pude hacer nada por acallarla debido a que estaba abocado a la tarea de aterrizar. La nave se precipitaba al vacío y no la podía controlar. Pensaba en Nancy y se me cruzó la vívida imagen de ella diciéndome adiós. La nave se estrelló pero el estruendo del impacto me despertó. Me dolía la cabeza y fui en busca de una aspirina. La tragué ayudada por un poco de agua que serví en un vaso directamente de la canilla y luego miré que el blister de la que había sacado la pastilla decía “veneno”. Quise vomitarla pero ya era tarde. Me abrigué rápidamente y tomé un taxi desesperado. Hacía mucho frío y mis piernas temblaban. Pero no era por el frío. El miedo que sentía se estaba apoderando de mí. Casi paralizado, extraje un billete de cien y le pagué el viaje al chofer de aquél taxi. Golpeé la puerta del consultorio reiteradamente hasta que apareció Monfredi, el doctor que había atendido a mi familia desde que era un infante. Le expliqué la situación, lo que había sucedido y me respondió que era demasiado tarde. Me dijo que tendría que haberlo consultado antes de beber la cápsula, lo cual me pareció lógico pero a la vez ridículo. El doctor sentenció mis horas: te quedan dos horas como mucho, Arturo. No sabía qué hacer sinceramente. ¿Cuáles serían mis últimas visiones del mundo? Quería ver a Nancy, de algún modo me tenía que despedir de ella quien me había acompañado tantísimo tiempo. Cuando un hombre bajó de su vehículo que había estacionado frente al consultorio del doctor Monfredi le di un empujón y le quité las llaves. Conduje lo más rápido que pude, estaba a casi una hora de su casa y el tránsito era bastante fluido como para que no me demorara más tiempo en él del que suponía me llevaría hasta llegar a la casa de Nancy. Lamentablemente, cuando estaba a pocas cuadras de su casa una camioneta impactó el lateral del automóvil que conducía y terminó contra un semáforo. Me había golpeado la cabeza contra el parabrisas que estalló al instante. El conductor de la camioneta se bajó para ver mi estado, pero no pude atender su inquietud pues me quedaba sólo un rato con vida. Salí corriendo y a los pocos metros un dolor en el estómago me hizo retorcer. Me detuve y escupí, sobre la vereda, sangre. Pensaba si el choque me habría estropeado algún órgano o si el veneno ingerido sería el causante de semejante dolor. Ya no podía correr, el dolor era intenso y persistente. Además, encontré que el tobillo izquierdo se me había hinchado sobremanera. Me quité el zapato para evitar el dolor. No obstante, eso no ayudó demasiado. Cojeando, llegué a la casa de Nancy. Toqué timbre y apareció ella con su radiante belleza. Al verla caí sobre las frías y húmedas baldosas de la vereda. Ella gritó mi nombre, que fue lo último que oí antes de despertar. Me lavé los dientes y salí raudo a la casa de Nancy. Hacía tiempo que quería estar con ella y no me bastaba verla en sueños. Al caminar noté que se había levantado un terrible viento cubriendo mis ojos de arena. Había arena por todos lados y no podía siquiera mirar sin tener que cubrir la vista. Caminé y caminé atravesando el viento y la arena hasta que me encontré en un lugar donde no había edificios alrededor ni gente siquiera. ¿Tanto había caminado? Miré para los cuatro puntos cardinales pero el paisaje se observaba igual en todos los ángulos. Arena y más arena era todo lo que se veía. Sólo podía seguir avanzando. Lo hice tratando de que mis zapatos no se entierren demasiado en el terreno, pero igualmente se me llenaron de arena. A lo lejos divisé unas colas de zorro. Tenía sed, mucha sed. Quizá allí habría agua para beber. Llegué al lugar en el que había varias colas de zorro pero no había agua para tomar. Sentía mucho calor y la sed me estaba angustiando. Seguí caminando con las pocas fuerzas que me quedaban. No veía nada. La arena que me rodeaba me había dejado ciego. Grité pidiendo auxilio pero nadie me escuchó. Estaba tan solo que no podía recordar cómo había ido a parar a ese sitio ni tenía a quién recurrir para dejarlo. Tan sólo quería beber algo de agua para continuar mi periplo. ¿A dónde me dirigía? No podía recordarlo. Me arrastré unos pocos metros por la arena, tenía que seguir avanzando como fuera. De repente, oí un sonido agudo, aunque lejano. Parecía un instrumento musical. Era una flauta, lo adivinaba. Lo volví a escuchar y comprendí que era una armónica. Me puse de pie pensando que tal vez sería mi salvación. Desde el sur, observé la figura de un hombre sobre un camello. Estaba salvado. Seguramente tendría agua para darme y reintegrarme la vitalidad que necesitaba para proseguir. El hombre se acercó tocando la armónica. Cuando estuvo a pocos metros me hizo una reverencia quitándose el sombrero que llevaba puesto. Le pregunté si me podría dar agua, que estaba muriendo de sed. Negó mi petición, disculpándose, pero adujo que a escasos kilómetros al norte había un oasis del que podría beber hasta saciarme. Tenía que sacar fuerzas de donde no tenía para llegar al lugar. Me puse en marcha nuevamente detrás del hombre y su camello. Tenía calor pero ya no sudaba, estaba casi totalmente deshidratado. Caminé hasta donde pude, pero el cansancio y la falta de fuerzas me venció. Caí sobre la arena con los labios resecos. El sol pegaba en mi rostro e imaginé que el cielo se cubría de nubes y llovía copiosamente. Cerré los ojos vencido y una gota cayó sobre mi frente. Estaba delirando. Escuchaba cómo la lluvia golpeaba sobre el techo. Otra gota golpeó mi frente. Abrí los ojos y pude ver la mancha de humedad sobre el techo de la cual goteaba el agua que atravesaba el cielo raso. Bebí un vaso de agua y preparé café. Sonó el teléfono y lo atendí prontamente. Era Nancy, me dijo que era una basura y que no me quería ver más. A mí poco me importó, para mi propia sorpresa. Sonó el timbre y fui hasta la puerta a abrir. Era Nancy. Me abrazó y me besó como si no me hubiera visto en meses. Bebimos café y luego hicimos el amor. Nos quedamos remoloneando en la cama, pero no pudimos extender el momento porque tenía que visitar a don Ambrosio que me estaba esperando con sus virus. Cuando llegué a su casa me recibió con mates. Conversamos un rato antes de me que abocara a la tarea de limpiar la máquina. Cuando la encendí el monitor mostró la imagen de un bicho gruñendo. Era un gigantesco insecto. Tomé el mouse y se me desintegró en la mano. Saqué uno que llevaba en mi bolso y lo conecté. La impresora a un costado también había empezado a derretirse, al igual que el teclado. ¿Qué clase de virus había infectado la máquina de don Ambrosio? No lo pude saber porque también se desintegró el monitor y el gabinete. Don Ambrosio se acercó para ver lo sucedido y me culpó increíblemente cuando supo que todo el equipo se había desintegrado y yacían sus partes como una masa amorfa de plástico humeante. De mala forma me invitó a abandonar su casa y el trabajo por incompetente. Me retiré en silencio sin comprender y me tomé el colectivo cuando éste pasó por la parada. Al subirme, la máquina que se ocupaba de cobrar el boleto se desintegró cuando apoyé la tarjeta sobre ella. El chofer me propinó un insulto como nunca antes había oído y me obligó a bajar inmediatamente. Me apoyé sobre un parquímetro cuando para mi sorpresa éste se derritió ante mis ojos. Miré hacia arriba y pude ver que el sol tenía un tinte rosado y estaba en su máximo esplendor. Al bajar la vista pude ver cómo se derretía un inmenso edificio frente a mí. Y luego el contiguo, y luego otros, y luego toda la edificación circundante. Lo más curioso es que la gente continuaba como si nada. Parecía que sólo a mí me llamaba la atención el suceso. Todo se había desintegrado y sólo había gente circulando a pie en las inmediaciones. Desde la vereda de enfrente, alguien me gritó: ¡Arturo! Esa voz particular me despertó y al abrir los ojos y ver la hora, supe que llegaría tarde a la oficina. Ya era hora de cambiar el despertador que no lograba su cometido de despertarme eficientemente a horario, pero no el momento, pues seguía con sueño y tenía toda la mañana por delante para despertar.

No decaigas

No te dejes abatir por el mundo
alza la mirada, observa el cielo
tras cada estrella es lo profundo
ocurre así en tu alma tras el velo.

No te dejes vencer por lo terreno
vanagloria jactanciosa de su orgullo
en su estirpe vanidosa del murmullo,
que tu espíritu se revele a tí sereno.

No te dejes sucumbir a tu camino
que no hay como cumplir el destino
con la vista puesta en el firmamento
sempiterno nuestro sino sin tormento.

No te dejes arrastrar por la corriente
que te lleva hacia aguas tumultuosas
abismales y de orillas pedregosas
que te hunden con su pétreo referente.

No te dejes malgastar a tus talentos
y tus dotes magistrales que encubren
lo glorioso del vivir cuando deslumbren
a las almas que se apenan en lamentos.

No te dejes decaer ante el ocaso
de la sociedad que pierde el paso
de lo bello de lo simple de lo tierno
que te invita a perecer en el averno.

No te dejes abatir, vencer, ni arrastrar
no te dejes decaer, sucumbir, malgastar
que tu espíritu te eleve por encima
de la mentira, del engaño, del sopor
que le quite importancia a tu dolor
en el cielo de la gloria está tu cima.

Maremágnum

-La gente no lee, Vinicius. Es un hecho.
-Disiento contigo, Artemius. La gente lee, pero lee basura. Lee etiquetas de botellas, lee diálogos de series, lee doctrinas de autoayuda, lee frases y lee canciones. Lee también nombres y lee gestos. Lee siluetas y lee formas. Lee todo lo que se le presenta, como emoticones y grabaciones, Artemius.
-Si bien es cierto tu pensar, querido Vinicius, me refiero a que la gente ha dejado de leer literatura, para dar paso a otro tipo de lectura, un sesgo de lo que fue -Artemius torció la nariz, moviendo incluso el negro bigote, lo que llamó la atención de Vinicius- antaño. La celeridad de la vida posmoderna le ha quitado motus a la lectura, y no es sólo por el bombardeo masivo de mensajes que carecen de mensaje, sino porque se la ha vejado al orden de la inoperancia. Hasta se ha dicho que es un entretenimiento vetusto.
-Coincido, Artemius. ¿Qué puede decirnos Poe a esta altura de la civilización en que programamos teléfonos y filmamos el espacio? -Vinicius alzó los brazos en modo triunfal.
-Nada. Es un pobre imbécil.
-Pobres los imbéciles que le destinan su insania a la literatura, que creen que vender un millar de ejemplares es sinónimo de éxito, que tener su cuenta bancaria en movimiento les da vértigo, que…
-Que escriben como si estuvieran hablando con su pareja, ¡que escriben!, ¿qué escriben? -Artemius arqueó las cejas confundido, al tiempo que se refugiaba en el vaso de licor.
-Eso mismo quisiéramos ya saber. Éstos muchachitos que escriben imitando modelos consagrados, pongamos por caso Borges… ¿qué pensaría Verlaine de sus poesías filosóficas? “Piensa que de algún modo, ya estás muerto”, nos dice en su epitafio. ¿Piensa? ¡Eso ha pasado de moda, Artemius! -Vinicius se levantó de la silla invitando a un brindis, pero Artemius se contuvo agachando la cabeza.
-Desde ya, Vinicius, desde ya. Si no da rédito, si no ofrece ventaja alguna, no es motivo para pensarlo.
-¿Pensarlo, Artemius? “No hay tiempo para pensar/No hay tiempo para entender/No hay tiempo para vivir/Ni un tiempo para morir./La Biblia quedó obsoleta/Vigentes siguen tus tetas”, nos dice el poeta descarriado. Y cuánta razón ha de tener…
-Cierto es que todo lo cierto encierra desazón.
-¡Oh, Artemius! Lo has expresado bellamente. Es la desilusión, regla vital, a la que descendemos del maremágnum de la confusión existencial. Y la literatura no escapa a ella.
-Bien dicho, Vinicius. ¿Crees que acaso la misma reencontrará los canales por los cuales fluir entre aquellos dignos de mis letras?
-Tus letras no tienen dignidad alguna, querido Artemius. Lamento decírtelo por el aprecio mutuo que nos tenemos y la confianza que nos liga, es preferible que lo sepas de mis labios y no de un detractor de tu obra.
-Igualmente, duele… -Artemius bebió. Vinicius lo siguió.
-Ánimo. Hoy día lo que cunde es literatura clase Z a precio de bacanes. También la hay gratis, pero es aún más dolorosa. Tus letras pasarán desapercibidas por la crítica.
-¡Oh Vinicius! Si supieras cuánto ha costado delinear el argumento de mis poesías, la tesis de mis cuentos, la fuerza centrípeta de mis relatos y el motín de mis novelas. ¿Y a cambio? La desilusión, regla vital, a la que descendemos del maremágnum de la confusión existencial. Y mi literatura, al parecer, no escapa a ella.
-La gente no lee, Artemius, es un hecho.
-Mis letras no tienen dignidad alguna, querido Vinicius. Me duele reconocerlo por el aprecio mutuo que nos tenemos y la confianza que nos liga, pero es preferible que lo sepas de mis labios y no de un adulador de mi obra, antes que la leas. -Vinicius bebió. Artemius lo siguió.
-Escribes como si estuvieras hablando con tu mujer, que escribes…¿qué escribes?
-¿Escribir, Vinicius? “No hay tiempo para escribir/Ni tiempo para leer/No hay tiempo para saber/Ni tiempo para entender/La Biblia ya caducó/En un rato lo harás tú”, nos dice el profeta encrucujado. Pero no ha de tener razón…
-Si bien es cierto tu pensar, querido Artemius, pienso que la gente ha dejado de leer literatura, para dar paso a otro tipo de lectura, un sesgo de lo que fue -Vinicius torció la nariz, moviendo incluso el blanco bigote, lo que llamó la atención de Artemius- antaño. La celeridad de la vida posmoderna le ha quitado motus a la escritura, y no es sólo por el bombardeo masivo de mensajes que carecen de mensaje, sino porque se la ha vejado al orden de la inapetencia. Hasta se ha pensado que es un esparcimiento vetusto.
-Disiento contigo, Vinicius. La gente escribe, pero escribe basura. Escribe etiquetas de snacks, escribe diálogos de telenovelas, escribe poesías de autoayuda, escribe fraseos y escribe alguna especie de canciones sin armonía. Escribe también consejos que nunca emplearía y escribe sus logros. Escribe lo que debe ser y lo que hay que hacer. Escribe todo lo que se le presenta entre sus juicios, escribe todo como si se tratara de emoticones y de grabaciones, querido Vinicius.
-Desde ya, Artemius, desde ya. Si no da rédito, si no ofrece ventaja alguna, no es motivo para desearlo.
-¡Oh, Vinicius! Lo has expresado bellamente. -Artemius se levantó de la silla invitando a un brindis, pero Vinicius se contuvo agachando la cabeza.
-Igualmente, duele… -Vinicius bebió. Artemius lo siguió.

Más allá

Detrás de cada poesía,
se esconde un sentir, alegría.
Detrás de cada poema,
muere en tristeza una pena.

Entre letras y algún signo,
nacen estrofas y un himno.
Entre mi vida y tu mente,
a veces hay un abismo.

Por eso te habla mi alma,
te pinta tu día, da calma,
te habla de bellos sentires,
que vergüenza, no me mires.

Te canta en suaves pensamientos,
dulzura, nobles sentimientos,
tararea melodías, si escuchas,
tu vida es paz, ahora sin luchas.

Tu alma se llena, así, de gozo,
mi corazón es puro alborozo.
No te prometo ilusiones,
ni así lo haga en visiones.

Vivir sin más, ves, no es poco,
a veces, tu rostro evoco.
Me esconde la luz del día,
detrás de cada poesía.

La logia de Theo

A mis queridos hermanos.

 

Con Ramiro, hace cientos de decenas de años, cuando éramos grandes, entramos a una casa abandonada aspirando a un poco de sosiego en la virulenta sociedad y nos encontramos rápidamente con tres sorpresas inexplicables: primero, no estaba abandonada, pues la misma estaba llena de gente que como nosotros buscaba un lugar de tranquilidad; segundo, no habíamos entrado sino que apenas la habíamos observado a través de una hendija que permeaba luz; y tercero, no se trataba de una casa, sino que era…un… planeta.

***

Después del susto que nos llevamos, corrimos a toda velocidad hasta un hospital semiderruido. Recorrimos los pabellones en busca de alguna medicina que disipara el dolor de estómago y las náuseas que sentíamos en el vértigo del descubrimiento, pero los pocos doctores que encontramos estaban demasiado ocupados jugando póquer y no nos daban pelota. A lo lejos, en un pasillo oscuro, nos pareció ver la figura de una enfermera. Le dimos alcance y nos quedamos mirando sus manos en las que llevaba doce jeringas llenas de líquidos viscosos en cada una de ellas. Cuando alzamos la vista, nos dimos cuenta que era Mariana, radiante y coqueta, y se alegraba de volver a vernos después de tantas décadas. Le explicamos un poco lo que nos pasaba pero se negó tajantemente a pichicatearnos alguna medicina, pues decía que nuestro mal era de orden teológico y no estomacal. Tratamos de explicarle que todos creemos aún incluso cuando estemos en desacuerdo los unos con los otros o, también, cuando lo neguemos, que las diferencias son sólo superficiales y verbales y en la profundidad reconocemos la unidad. Pero ella estaba retratándonos con su celular en medio de las explicaciones y cuando ascendían las fotografías a su muro, aprovechamos para rajar.

***

Atravesamos toda la región hasta llegar a la costa. El viento nos despejó un poco las ideas, pero no los temperamentos. Algunos se bañaban en las aguas cálidas a pesar del frío. De algún lugar se empezó a escuchar una música que desconocíamos ni tampoco reconocíamos la procedencia. Tal vez habría parlantes sobre la costanera pero nuestra miopía no nos permitía encontrarlos. Es Chayanne, dijo Ramiro. Y le prestamos atención a la letra: un niño siempre es el rey…del amor. Discutimos el asunto entre los dos, exponiendo cuestiones que derivaron en una conversación de bueyes perdidos en la que divagamos un buen trecho, hasta que apareció Rolo, cabalgando, y nos reventó la burbuja en que estábamos respirando, con una sentencia fulminante: la única verdad es la realidad, nos dijo en tono firme y rostro severo. Después sonrió fraternalmente y se alejó a todo galope hasta que lo perdimos de vista a los pocos metros. Caminamos en la misma dirección y encontramos una mano. Nos preguntamos si sería la que arrojó la primera piedra.

***
En el crepúsculo de nuestra desazón, tras siglos de preguntas, nos quedamos dormidos entre tamariscos y palmeras que nos respondían en silencio y con paciente benevolencia. Soñamos durante setecientas noches, los sueños de todos los hombres hasta que despertamos en uno en común. Como teníamos hambre arrojamos las redes al mar, pero sólo recogimos todo tipo de basura: botellas, empaques, cartones y latas vacías. Muy cerca nuestro había una sombrilla multicolor. Nos acercamos y allí estaba, nada más ni nada menos que Gabi, nuestra divina hermana. Estábamos muy emocionados los tres y, mientras comíamos unos bizcochos tomando mate, nos pusimos al día conversando varios lustros ininterrumpidamente. De la radio nos invadían con todo tipo de preocupaciones, pero ella la apagó y, nuevamente, sentimos la paz que reinaba bajo los pies del hombre. “Él tiene el mundo en sus manos”, nos dijo luego. Nosotros miramos hacia la orilla y vimos que venía corriendo un niño-rey con una sonrisa natural que apenas conocíamos por fotos, llevando una enorme pelota que se asemejaba a un planeta. “Theo, lógico”.

 

Tus lágrimas aplacarán mi sed

Anoche, mi estimado amigo y colega Carol Lewin se suicidó. Previamente, me había narrado la novela que venía preparando y recién había comenzado a escribir. Con eje en un novedoso sistema electrónico digital en el que la gente se encontraba en un lugar virtual, denominado holorgasmia, para encontrarse en alguna privacidad que el mundo les había arrebatado, ya que todo, absolutamente todo era telefilmado debido a que la población temblorosa lo había aceptado dócilmente para alcanzar algún tipo de seguridad que la naturaleza de sus integrantes le negaba, y era sólo allí donde lograban el encuentro que había sido inviable en la escena local. Además, cierto sector de la población había comenzado a utilizar unos cascos que le brindaban todos los datos que requería de su interlocutor en frente con un golpe de vista: historia clínica, antecedentes policiales, currículum, etc. y el mismo se había popularizado. Sin embargo, la novela no tenía como pretensión anticipar la facultad de todos estos dispositivos electrónicos ya en circulación y la creciente y envalentonada sumisión del gentío a la dominación tecnológica, sino que eran el soporte de una narración paralela al discurso hegemónico que se debatía entre los beneplácitos de la época y la adormecida conciencia que lejos de buscar su máxima expresión se empalagaba con deliciosos chocolates y dulces caramelos de la era. Lo trágico de la vida del hombre no es ver cómo sus sueños se esfuman, sino más bien cómo sus pesadillas se desarrollan. La poética de la razón difícilmente sería comprendida en tiempos de exiliada sensatez. Pero Carol Lewin dejó su impronta y la existencia tragándose su celular.

Observa

Hay gente que mira sin ver.
Mira un auto y ve su valor
Una casa y ve cuánto sale
Un ser humano que cuánto tiene
Un celular como que va y viene
Un niño que será doctor
Un joven, su benefactor.
Y así sucesivamente procede
Mirando cosas, haciendo cuentas
Sin importar belleza o color
Si es sensible, profundo, veraz
Pues su materialismo es tenaz
Y no importa si serán ciertas
Las cosas, sólo cuenta es tener
Valorización y juicio de todo
Monetarizar quizá hasta el lodo
Para que lo encuentre la muerte
Rodeado de cosas de costo superlativo
Que le haga creer que al morir sigue vivo
Y trocó moneda por algo de suerte.

En el arte también sucede
Que ve pintura y paga fortuna
Para ostentar, su valor no su arte
Y así, todo así, malogrado
Sigue esa gente sin ver que precede
El remate en verso que aquí sale
Como corolario de lo expresado:
Que ve poesía y no sabe lo que vale.

El ladrón de poesías

Recolecto votos. Junto opiniones
recojo juicios, dichos, emoticones
palabras sueltas, conceptos, ideas
todo lo que diga aunque no lo crea
me viene al pelo para crear cuentos
poesías, relatos y hasta garabatos
pueden ser sobremesas o inventos
improvisaciones entre aparatos.
Usted desembuche lo que tiene
dígalo sin miramientos, mi bella
que al crear entre versos hace mella.
La capacidad por decir se sostiene
y aunque le parezca un tanto ridículo
no suponga que es pobre un artículo,
cada coma o punto tiene su peso
en una poesía, incluso el bostezo
pues aquí lo dicho es un acierto
y se lo debemos a su propia mente
que arroja palabras constantemente
dígame acaso si ésto no es cierto.
Por eso le robo al hablar lo que dice
lo tomo, lo saboreo, le doy forma
y sale de usted una poesía sin norma
le estampo la firma y digo que la hice.
( No obstante, me siento ruin, un vil ladrón
pues dichos versos se los debo a su corazón)

Elogio a la torpeza

Mis poesías se han plagado de aduladores
entre mis versos, las metáforas, hay belleza
que la capta un alma simple en su sonrisa
mas nadie me ha dicho que algunas peores
son tan malas, son tan torpes, que sus rimas
son basura de hojalata, pura hez lírica
no me dicen que no llegan, ya sin crítica
que más que poesías parecen doctrinas,
no me han dicho que ésto que brindo a diario
que creía tan sublime, es tosco y grotesco
y por creerles sus elogios, mis queridos,
he quedado en la ruina de la gloria, incomprendido,
sabiendo que mis palabras son el cesto
que tejen literario un excelso calendario.

Bajo el sol

Todo es nuevo bajo el sol. Cualquier cosa se puede mostrar, diciendo, miren acá, esto es nuevo, aunque el material del que esté hecho ya es en los siglos que nos han precedido. El hombre que busca los repuestos para su motor tiene manchas de grasa nuevas. La señora con el changuito que hace las compras lleva un limón nuevo. La joven que pasa con los libros bajo el brazo viste un suéter nuevo. El ave que canta en pleno vuelo realiza un canto fresco, nuevo. La brisa trayendo aire limpio es la novedad del día.

Cualquier cosa aprovecha el hombre para colmar su corazón este día. Aún sabiendo que su quehacer no será eterno, él se entrega voluntariamente a la cotidianeidad de lo nuevo. Yo no voy a dar mi corazón a inquirir ni buscar con sabiduría todo lo que se hace bajo el cielo; ese penoso trabajo que dio Dios a los hombres, pero que se ocupe él. No voy a andar mirando todas las cosas que se hacen bajo el sol, para luego decir: miren aquí, todo es vanidad y aflicción para el espíritu. No. No voy a dedicar mi corazón a conocer la sabiduría, ni tampoco a entender las locuras y los desvaríos, para saber después que también esto es aflicción para el espíritu. A mayor conocimiento, mayor dolor, parecería ser el lema de todo filósofo que no ha llegado a comprender, por eso lo repito como un papagayo.

Yo no le diría a mi corazón que lo probaría con alegrías, para que goce de distintos bienes, porque sé que él me mandaría al demonio. La risa me dijo: me haces llorar, y el placer me dijo: che, qué bueno que está esto. Iba a llenar mi estómago de vino y otros deliciosos licores, pero mi corazón dijo: ¡shhh! no hagas ruido que estoy durmiendo. Entonces imaginé que agrandaba mi obra, que edificaba casas, que plantaba viñas, me hice huertos y jardines para plantar en ellos árboles frutales, muchas cosas más realicé, incluso guardé montones de plata y oro para que cuando no pueda hacer cosas algún otro las haga por mí. Y miré todo lo que habían hecho por mí, y les dije: che, esto también me aflige el espíritu, ¿no lo habrán hecho debajo del sol? Entonces me avivé, pensando que lo mismo que le pasa al tonto le pasa al sabio, por lo que ¿Para qué voy a trabajar para hacerme más sabio? No hay que ser tan pelotudo. Además, del sabio y del tonto todos se han de olvidar en los días venideros, y es más, por muy sabio que seas también te alcanza la muerte. Después de pensar esto dije: pucha, tan tonto no soy. Entonces vi la vida con otros ojos y agradecí este milagro que significa estar vivo por ahí. Agradecí el trabajo que había hecho bajo el sol, el cual a mi muerte otros lo habrán de tomar para sí. Entonces, otra vez, mi corazón se llenó de alegría por todo el trabajo hecho aunque no distinguía si sería al tonto o al sabio en quienes caería la obra que había realizado. Porque a pesar de los dolores que dan los días y de las molestias que da el trabajo, el corazón así reposa colmado de satisfacción. Hay algo mejor que buscar la alegría en cosas como comer, beber o hurgarse el ombligo, que es alegrar el alma del hombre. Por eso, se puede decir que Dios le da sabiduría y conocimiento al hombre que le agrada, pero al que le cae mal por lo que fuera lo tienta a juntar montones de cosas para matarlo de tanto acumular. De guacho nomás.

Estoy sospechando de que también esto es vanidad, ¿o será que no hay nada nuevo bajo el sol? Cuando sea el tiempo de hacerlo lo estudio adecuadamente.

Signos de la era

Era que pregonaba individualismo
Era de luces, cámaras y acciones
No hubo quién, raro, en el abismo
Que en el show revelara direcciones
Tan siquiera un reflejo de ti mismo
Chimpancé que forjaba relaciones,
Se encariña con mascotas y exitismo
Le festeja al esquema tentaciones.
Hay verdugos del neoliberalismo
Que triunfan en todas las defunciones.
El aplauso ni tan sólo es eufemismo
Es un signo de una era de emoticones.

El venado

Mientras bebía un café, Arturo leía las noticias del día anterior. Entre ellas, una hablaba de la muerte de un policía que accionó su arma sin querer mientras la limpiaba. Al revolver la taza, Arturo observó una mosca que se paró en el borde de la misma. Esta tenía dos cuernos que sobresalían de su cabeza y él, lejos de espantarla, la contempló. Una rareza de la naturaleza, pensó. Levantó la taza para beber y el insecto huyó volando. Tras permanecer leyendo varias notas periodísticas, terminó de beber el café y llamó al mozo para pagar. Cuando éste se hizo presente, Arturo observó dos protuberancias en la frente del empleado que antes no había notado. Intentando ocultar con disimulo su atención, pagó por lo que había consumido y se marchó. Al salir, un perro le movía la cola jugando con una rama. Arturo la recogió y se la tiró lejos. El can pronto volvió corriendo y cuando Arturo lo miró vio que el mismo tenía dos cuernos en la cabeza. Le pareció raro, pero pensó que tendría alguna cruza con cabra o algo parecido y se desentendió del asunto. Caminó hasta la parada de colectivos y allí había un anciano esperando impacientemente. Arturo lo miró detenidamente. El hombre vestía un ambo gris y llevaba un sombrero del mismo color. Sobre el mismo, se extendían a través de unos agujeros unos cuernos parecidos a los de un alce. Evidentemente, salían desde la cabeza misma de aquél hombre.
-Lindo día. –dijo Arturo para entablar un diálogo.
-¿Qué tiene de lindo? Es un día como cualquier otro.
-El tiempo es agradable. No hay humedad ni hace demasiado calor.
-¿Y con eso se contenta?
-¿Por qué no? Hay que estar agradecido…

El hombre se subió al colectivo que se detuvo frente a él. Arturo no se animó a preguntar por su cornamenta. Luego, subió al colectivo que estaba esperando y al hacerlo vio que el chofer ostentaba sobre su testa un par de cuernos magníficos, largos y brillantes. Se sentó al fondo del ómnibus que estaba casi vacío. La música que se escuchaba lo tranquilizó por un momento. Extrajo de un bolsillo un libro que llevaba consigo y se quedó leyéndolo en el trayecto. Al bajarse, la calle estaba desértica. Bueno, no tan vacía pues había allí sobre la vereda una paloma blanca. Cuando Arturo la observó no pudo creer lo que tenía delante: la misma tenía sobre su cabeza dos blancos cuernos. Al pasar cerca, el ave emprendió raudo vuelo hacia el firmamento y se perdió de la vista de Arturo. Caminó hasta su casa, a unos treinta metros y abrió la puerta al llegar con una de las llaves. Se sentó sobre el sofá y, al poco tiempo, sonó el timbre. Cuando fue a atender vio entreabriendo la puerta que se trataba del cartero. No fue menor su sorpresa cuando observó que éste tenía dos cuernos doblados en la cabeza.
-Certificada. –dijo el cartero.
-Lindo día, ¿verdad?
-¿Qué le ve de lindo?
-Temperatura agradable, no hay viento, ni llueve.
-Agradezcamos también que no nieva ni caen bombas.

No supo cómo encarar la conversación acerca de los cuernos del cartero, que ya había observado de distintas formas y tamaños en otra gente. El tema de por sí le llamaba drásticamente la atención, pero no tenía a quién recurrir. Firmó la planilla del cartero y se despidió. Ingresó nuevamente a la vivienda y abrió la carta que había recibido. Era de su amigo Enrique, que estaba viviendo en Bogotá hacía unos meses. En ella, le narraba sus dificultades económicas y un mal trance que sufrió con una mujer. Cuando terminó de leerla, retornó a su pensamiento la idea de averiguar el origen de aquellos cuernos. Desistiendo de la posibilidad de preguntarle directamente a quien los llevara en su cabeza por pudor o vergüenza, sólo le quedaba averiguar con Nancy, su novia, si es que ella sabía de qué se trataba el asunto. Algo que dedujo de todo aquello era que sólo lo había visto en hombres. ¿Se había cruzado con alguna mujer? Si, en el colectivo había dos damas y ninguna llevaba cuernos. Y de los animales no podía determinar su sexo. Se tomó un taxi a la casa de su novia. El taxista, por supuesto, llevaba en su cabeza dos largos y delgados cuernos. Ya no le llamaban tanto la atención el hecho de saber que todos los tenían, sino sólo sus extravagantes y diversas formas. Pagó el viaje y se bajó en la puerta de la casa de su novia. Tocó el timbre y enseguida estaba ella en la puerta.
-¡Arturo! ¿Qué hacés acá?
-Te vine a ver. Además, hay algo que me inquieta.

Ella lo besó y luego ambos ingresaron a la vivienda.
-Creo que estoy viendo visiones.
-¿Por qué? ¿Qué viste?
-Todo el mundo tiene cuernos.
-Ah, sí, es normal porque ya entró en vigencia el decreto.
-¿Qué decreto?
-El decreto presidencial que obliga a los machos a implantarse cuernos. Según estudios científicos, los animales que tienen cuernos sólo atacan en defensa y nunca a las hembras. Así, desaparecerán los asesinatos y el maltrato a la mujer. Me parece una medida sensata.
-Es una locura.
-Mirale el lado bueno. Con cuernos se termina aquello de la gastada por infidelidad ya que todos están en las mismas condiciones.
-¿Y me los voy a tener que poner?
-El viernes. Como vivís en babia, yo misma te saqué el turno.
-Qué desgracia…No sé si darte las gracias.
-Decime, ¿qué te gustaría? ¿De okapi, de cabra, de antílope?
-Creo que de jirafa.

Linyera

Soy –casi- un muerto de hambre,
que renace solamente pa´ comer.
Soy los restos del hombre,
los despojos que ya no se quieren ver.

Soy lo que quedó de un ser
despreciado, que ella no supo conocer.
Soy lo que sobra al paisaje,
soy el camino y cobro peaje.

Soy tu esquiva y tenue mirada
que al pasar sigue, como si nada.
Soy como un pez, dentro de un frasco,
dejan comida, tal vez por asco.

Soy una lata de atún vacía,
de la ciudad soy la alcancía.
Soy una mano pidiendo pan,
si pido queso algunos dan.

Soy un valiente que ha abandonado,
y hay quien dice: es un desdichado.
Soy un faltante, soy la carencia,
soy lo que sobra a la delincuencia.

Soy peor que nada, soy desazón,
soy sólo un alma sobre el cartón.
Soy una antigua guerra perdida,
un gran laberinto soy sin salida.

Soy el presente, soy el destino,
tal vez me ayudes a comprar vino.
Soy un linyera, no un peregrino,
soy otro croto en tu camino.

Soy una mano extendida al paso,
una moneda dejá en mi vaso.
Soy un testigo de la pobreza,
alguien ha dicho: pobre cabeza.

Soy la vergüenza en tu sociedad,
soy impostor de la realidad,
porque creés que soy pordiosero
y soy un rey pidiendo dinero.

Tengo algún vicio, maravilloso,
es disfrazarme y sentirme hermoso.
Soy vanidoso, pero de bello
no tengo nada, sólo el cabello.

Soy engreído, y a la mañana
me gusta verte, cada semana,
que a veces digas: pobre alma en pena,
y en mi palacio reír en la cena.

Soy el último rey de copas,
soy naipe roto, de sucias ropas.
Soy espejismo, soy un mendigo
que a veces no soy lo que te digo.

Si digo que soy sólo un engaño,
no se me quita dándome un baño.
Soy fantasía real como vos
que no sabés muy bien lo que sos.

Pero hoy no quiero atormentarte,
por ahí, quien te dice que soy el arte.
Que soy poesía en tu alma secreta,
que soy la vía que dio la receta.

Pues algo cierto te he dicho hoy
y es que tan sólo soy lo que soy.

Evolución

Progresan los emoticones
evolucionan los patacones
fotografías y caretas
financieras bicicletas.
Cansa tu cara de selfin
la inteligencia del delfín
¿Hay algo que comprender?
Aquí todo es cuestión de ver.
Es lindo observar cuando ríes
cuando crujes, bailas, sonríes,
cuando una palabra o pavada
toca tu alma encantada.

Contacto astral

( primer capítulo del libro “Contacto astral” )

Cuando lo llamaron, esa noche, Arturo atendió sobresaltado. Creyéndose aún parte del sueño, tomó el tubo y preguntó quién hablaba.
– Soy Quique. Parece que te encontré dormido. Tengo algo importante que contarte. Decime si venís vos o busco otro interlocutor.
– Ahora voy. Dame unos minutos que me visto.

Se vistió cansinamente Arturo, lavó su rostro y se fue hasta la cochera. Al llegar a la misma, notó que no había tomado la llave del automóvil. Regresó hasta el departamento y observó una figura femenina que golpeaba la puerta de su departamento.
– ¿A quién busca?
– Hola Arturo. Necesito hablar un momento con vos. Decime que tenés cinco minutos para mí.
– Gladys, pasá, pasá. Si no te alcanza con cinco tengo hasta diez. Después me tengo que ir por un asunto.

Al ingresar al departamento, comprobó que Gladys había estado llorando recientemente. Ella le habló de su constante batallar con su pareja, de su aparentemente interminable disputa con él.
– Me tiene harta. Un día está todo bien, al otro no lo puedo ni ver. De a ratos está de buen humor, de repente no le podés ni hablar porque todo lo irrita. Me tiene podrida.
– Mandalo a cagar.
– ¡Ya le dije! Pero vuelve otra vez, pidiendo perdón. Está bueno dos horas y al rato, otra vez, sonado. No sé, para mí que sufre de vértigo.
– ¿Vértigo? Pero si viven en un primer piso nomás. –inquirió Arturo.
– Lo que pasa es que soy muy versátil. A veces con mis palabras lo elevo a dimensiones que el pobre no está preparado para sentir y se marea. Le hablo de amor, de vida, de eternidad y es demasiado etéreo para él. Quisiera que le hable de básquet y milanesas.
– Que se las haga él, vos no estás para fritangas.
– Es lo que le vengo diciendo. ¿Y qué hace? Llama a una casa de comidas y se las pide ahí. Encima las tengo que pagar yo. ¿A vos te parece?
– ¡Qué injusticia! –exclamó Arturo- Vos te merecés algo mejor. No sé qué le viste a ese gandul. Vení, dame un beso.
Gladys se acercó y lo besó. Arturo recordó:
– ¡Quique! Me voy. No derrames tus lágrimas en vano. Pensá en otra cosa, ¿Por qué no me escribís un poema?
– Me voy a tomar una copita de ron.

Arturo tomó las llaves del auto y se fue hasta la cochera. Estuvo un buen rato dándole arranque al mismo. Es el burro, pensó Arturo, lo tendría que cambiar. Se fue hasta casa de Quique. Cuando llegó encontró todo muy oscuro. No se vislumbraba ni un pequeño haz de luz de ningún tipo. Ni siquiera algún pequeño reflejo de un led. Qué raro, pensó Arturo. Tocó el timbre y le pareció que no sonó. Insistió y comprobó su sospecha: no sonaba. Golpeó fuerte.
– ¡Quique! –llamó.
Nadie respondía su llamado. Volvió a golpear. Una, dos, tres veces más. Al rato, desde el techo de la casa le chistaron.
– Arturo. –le hablaron con voz muy baja- ¡Arturo!
– ¿Eh? ¿Qué hacés ahí? Hace media hora que estoy tirando la puerta abajo.
– ¡Shhh! Da la vuelta por el patio y subite por atrás. Dejé la escalera al lado de la puerta trasera para que te resulte más fácil.
– ¿Qué pasa? ¿Te busca la policía? –preguntó Arturo.
– Hacé lo que te digo, ahora te cuento.

Arturo fue hasta el patio y subió por la escalera al techo de la casa. Quique tenía las manos vendadas y un sombrero que le cubría toda la cabeza y gran parte del rostro.
– ¿Qué hacés disfrazado? –le dijo Arturo.
– Callate, salame. No sabés en el lío que me metí. Estuve revisando los últimos correos y resulta que tenía correspondencia de Asuntos Espaciales. Lo leí una semana después, lamentablemente. Me contactaron porque, parece ser que recibieron ondas de Marte, en las cuales descifraron que yo iba a ser el próximo en ser raptado por los científicos de allá. Me seleccionaron por un estudio que me hice el mes pasado. Se ve que les gusté. Asuntos me ofreció protección, pero no confío en el gobierno. Mirá, aquél de la esquina es uno de los marcianos.
– A mi me parece un tipo común…
– ¿Y qué esperabas, un monstruo deforme? Ese le hace de campana a los científicos. Acá no me pueden llevar. Pero Asuntos está buscando cualquier excusa para que la policía me arreste y sea llevado con ellos. Quieren saber por qué me buscaban de Marte. Estos guachos…
– ¿Y ahora qué vas a hacer? –preguntó Arturo.
– Pedí asilo en Plutón. Pero no me pueden llevar hasta que libere el paso.
– ¿Estuviste tomando?
– No seas boludo, che. Por eso te llamé a vos. Me tenés que abrir el camino, sino soy achura.
– ¿Y si dejás que te lleven los de Asuntos Espaciales? Capaz que te hacen un interrogatorio y te largan en seguida.
– Ni loco. Me voy a Plutón, ya lo decidí.
– No volvés a la Tierra ni en la puta vida…
– Con la tecnología que tienen, me toma un día de viaje. Estoy una semanita, se les vence el plazo para raptar a los marcianos y pego la vuelta. Después si querés nos vamos al casino. –le dijo Quique.
– ¿Cómo que se les vence el plazo?
– El gobierno le autoriza un rapto por semana. Si no lo utilizan, los multan y pierden dos turnos. Tienen que esperar toda la vuelta. Acordate que Neptuno tiene plazo de veintiún días.
– Yo qué sé ¿Ahora para qué me necesitás a mí?
– ¿Trajiste el celular?
– Si. –respondió Arturo.
– Este el plan: hacés una llamada a quien gustes. La llamada tiene que durar el tiempo necesario hasta que me rescaten de Plutón. Mientras hablás, tenemos que ir hasta el café Tocayo, que es donde pactamos el rescate. Con tu conexión satelital, los marcianos no pueden hacer nada para intervenir. Si no se corta la llamada no hay ningún peligro, excepto que la policía haya encontrado la excusa necesaria para llevarme.
– Bueno, dale, ¿en qué nos vamos?
– En tu auto, el mío quedó en el taller. –le contestó Quique.

El auto de Arturo puso resistencia para arrancar. Quique logró que el mismo arranque con bastante dificultad. Mientras tanto, Arturo iba hablando por teléfono.
– Venite para casa que tengo un licorcito para que degustemos juntos. –decía la voz de una mujer.
– En un rato voy. Sabés que no te abandono y menos cuando más necesitás. ¿Qué se sabe del innombrable?
– Me parece que ahí llegó. Creo que te voy a tener que cortar.
– ¡No! No me cortés ahora.
– ¡Que no corte! ¡Que no corte! –exclamó Quique gritando.
– Escondete en el baño y seguime hablando. Me encanta tu dulce voz. –le dijo Arturo.
– Después te llamo, vida de mi vida. –dijo Gladys y cortó.
– Cortó. ¿Ahora qué hacemos?

Quique pisó el freno en la mitad de la calle y se bajó corriendo del auto perdiendo el sombrero en el mismo, en dirección a un camino sin luz. Arturo, se asomó por la ventanilla y le gritó:
– ¡Loco de mierda! ¡Volvete a la luna y quédate un año!

Se sentó Arturo en el asiento del conductor e intentó darle arranque al automóvil, el cual seguía fallando. Mientras lo hacía, un hombre se le acercó. Le dijo:
– Disculpe, señor, estoy un poco perdido y no conozco bien el lugar ¿Me puede decir para dónde queda Saturno?

( El libro completo se puede descargar aquí )

De palabras

Frases que son memorables
recuerdos insoportables
la palabra detestable
un sentido indescifrable.

Un insulto camuflado
en elogios disfrazado,
un concepto equivocado
por otro distorsionado.

Una palabra de aliento
quejas y algún lamento
si amar es un sentimiento
repleto está el pensamiento.

Oraciones y poesías
expresiones y alegrías
la voz de todos los días
gritos de algarabía.

Un sermón o un discurso,
el dictado en otro curso,
la cultura la sostiene
la mente así se entretiene.

De un himno, su nacimiento,
de canciones, presentimiento,
en la tabla, mandamiento,
en lo eterno sólo un momento.

La palabra está en eso
y está la flor del cerezo,
dando vida en cada instante
asistiendo hasta un infante.

Es ella que vitalmente
te despierta en el presente
A veces causa un descuido
si no sirve mejor lo olvido.

Es vida y también camino
que transita el peregrino
que busca, acaso, verdad
y halla, así, libertad.

Pues libre de haber andado
diversos caminos transitado
así puede reconocer
lo ilimitado del ser.

No ser nada no es mentira
si lo dice el que delira
ser todo parece poco
si lo afirma un pobre loco.

Entonces, ¿acaso somos
un libro o algunos tomos
de una historia ficticia,
si una palabra te acaricia?

Será que sencillamente
lo que es lo es simplemente
sin un asomo de duda.
Lo dijo mejor un Buda.

Abecedario fantástico cantable

A…: Anoche llamó Ana, avisó que todos se están volviendo pelotudos.
B…: ¡Bestias! ¿Cómo pasó? ¿Qué pudo haber sido? ¡Brutal!
C…: Creen que se disparó. ¡Caput! Estalló la hilarante megahipercandórica. César dijo que fue accidente. Cuando algunos se inclinan a pensar que la tiraron los hunos, otros sin inclinarse suponen que fueron otros.

En eso llega CH…, chamuscado, corriendo, agitado, demacrado, con cara de chanta: Che, ¿se enteraron? Chocamos. “Decí que no vivimos en un frasco…”, dijo D… y detalló: “…excepto P…, que parece precario, todavía no concretó el escape”.
F… (flameando sobre una pata, la izquierda, la derecha era de fibra de vidrio): Fácil, que alguno regrese el tiempo atrás, como en la ficción. Sería fabuloso, fenomenal. Funcionarían las fábricas febriles filosóficas.
E…: Eso ya se hizo. Te explico: no funcionó. Esa idea expiró. Estimamos fue estafa. Estudiaban eternizar la estolidez.

En aquél instante apareció G… vigoroso, con todo su esplendor, en su apogeo y aclaró la situación: Gente, aún no sucedió, absténganse de graznar, ustedes están superponiendo acontecimientos imaginarios nacidos de los divagues de sus pensamientos divergentes. El regente gestiona guardar agua. Aguantemos, en la guantera tengo algo. La gloria no es sólo gregaria. “Ma´ ¿qué diche este pelotudo?” -moduló M…, arqueando las cejas en un movimiento melódico-. H…, que acudió haciendo heces hidalgamente, enmudecido, no habló. I…, instintivamente, inquirió: ¿Quién informa que indisolublemente dieron indicios de indignantes ridículos itinerarios? Ineptos.
Q…: ¿Quién quería coloquio? Comuníquese. -dijo mientras bajaba la escalera que comunicaba con la planta alta, la más elevada, la superior, la de arriba, aquella que está allí.
N…: Nadie te nombró, ¿sos nabo?
J…: Jacinta eres juerga juglar. Das jaqueca, a mi juicio, ja ja. -aulló jocosamente con lágrimas en los ojos.
K…: Keniata tenía que ser Karina. Te vas a quedar ronco de reírte tanto.

Luego, lentamente, cual lascivo ladrón, se aproximó L… dando alabanzas, cantaba la mar estaba serena, y atrás llegó LL… que llevaba llamativamente la llave de quien lo acompañaba: su llameante compañero. Era Ñ…, que masticaba restos de ñandú añejo. “Rápido”, sentenció R…, “Rajemos, que viene V… vibrando cual vendaval”. T… tomó tres tranvías, tras cartón, treinta y tantos tequilas y así, tristemente, terminaría trasteando en Turquía, mientras S… salía silbando suavemente, en soledad.
X…: Estamos demasiado excitados, exultantes. Sedientos de éxito. Exhumemos a W…, ¿Recuerdan que lo pateó un wincofón? O… quedó boquiabierto.
U… (usando un megáfono unicolor): Utilicen la salida de emergencia. Usen mamelucos, los eunucos sobretodo. Acaban de clausurar la usina.

En aquél instante, apareció Z… de un zarpazo montando a Plata, astuto tal zorro fuera, con el grito a viva voz: “¡Zarpemos! Zánganos. ¡Cazaremos a esa raza de zapallos aunque pasemos zozobra!”.
Y… Cada quien estuvo contento, ese fue el final del cuento.

Sombras

Habría que ver si en verdad había una vez en que un hombre observó su sombra bajo el sol y al verla comprobó con cierta incredulidad que no era la suya propia, sino que correspondía a la figura de un centauro. ¿Qué está pasando acá?, fue lo primero que se preguntó. Dio media vuelta y comprobó que el sol no era tal, sino que se trataba de un foco del alumbrado público que iluminaba tanto o más que aquél en pleno verano. Lo observó detenidamente y pudo ver que el mismo proyectaba imágenes como en un cinematógrafo. Le dio la espalda. Se quedó observando una batalla entre un soldado etrusco y el increíble Hulk. La película no era tan mala como presupuso pero igualmente sintió la necesidad de saciar su ansiedad con un cono de pochoclos. Caminó hasta el expendio y quien estaba atendiendo en el lugar no era otro que Pochoclo la pantera. Le pidió un cono grande y pagó con sencillo. No le alcanzó, el pochoclo –dijo Pochoclo- había sufrido el impacto de la inflación y su precio se había disparado un mil por ciento. A regañadientes, el hombre extrajo de su bolsillo tres billetes grandes y pagó. Mientras lo hacía, aquél le narró el final de la película que –dijo- no se cansaba de ver cada vez que tenía la oportunidad. El hombre caminó hasta colocarse bajo el foco-proyector y tomó asiento sobre el tocón de un ciprés. A todo esto, el soldado etrusco estaba manteniendo un romance con Mónaco de Carolina ( no se había dado a entender si era del norte o del sur) y ambos se amaban envueltos en sábanas hechas de telarañas. Una mujer se sentó en el cordón cuneta a observar la proyección, a escasos metros del hombre sentado en el tocón. La telaraña resultó ser de una araña gigantesca que no tardó en aparecer en escena. El soldado etrusco extrajo un fal ( que se lo había obsequiado un joven que había inventado la máquina del tiempo ) y fulminó de un disparo al arácnido. Como contrapartida, el hombre araña apareció y, sin quitarse el traje, irrumpió sobre Mónaco de Carolina. El soldado etrusco salió corriendo y mantuvo un simpático diálogo con el Iscariote, quien colgaba de un árbol del orden de las mirtales. Mirta los interrumpió para preguntarle a qué hora pasaba el 43. En ese momento, otros espectadores que estaban algunos parados en la vereda y otros sentados en la misma comenzaron a abuchear. El hombre se levantó y fue a buscar una gaseosa, dejando el cono con pochoclos sobre el tocón, simbolizando que el lugar no debía ser ocupado. Al volver, todo estaba en su sitio. Miento. Había una mujer con un antifaz sentada sobre el tocón. ¿Y los pochoclos? Los tenía el hombre con sombra de centauro quien se los había llevado en la mano de modo inconsciente. En la otra tenía la gaseosa de lima-limón. El hombre se llamaba Centésimo y su sombra no era realmente la de un centauro sino que correspondía a la de una centolla. Mientras tanto, Mirta se había cansado de esperar el colectivo y se había tomado un sulky. El caballo parecía cansado pero se movía a todo galope. En la improvisada sala de proyección no cabía un alfiler de tanta gente que se había agolpado. Un cocacolero pasaba caminando entre el gentío ofreciendo cafés. En Bogotá, el Cúcuta se ponía uno a cero frente al equipo de los apóstoles. El jugador estaba claramente off side, pero el juez de línea hizo la vista gorda. El eucaliptus se vino abajo por el peso del cuerpo de quien estaba colgado y se salvó. Un hombre en la platea gritó: es un milagro. Los restantes le chistaron. Centésimo le tiró un puñado de pochoclos que aquél, sin dudarlo, se los comió alegremente. En ese momento aparece Hulk malherido y detiene al caballo del sulky, que era comandado por Arturito. Mirta preguntó qué pasaba y el otro les dijo que tenía que pagar un peaje. Les explicó que el dinero se utilizaba para el maquillaje que empleaba en su actuación. “Esta sangre no se la cree nadie”, aclaró. Arturito sacó un puñado de libras y se las entregó al monstruo verde. Entre tanto, Mónaco de Carolina había regresado con su antiguo amor. El cocacolero se paró delante de Centésimo y éste le pidió que le dejara ver la proyección que no daba tregua. El soldado etrusco se puso a danzar al ritmo de la Danza macabra. Mirta besó apasionadamente a Arturito y en el movimiento el sulky volcó. El comandante Volkov se había tildado. Norton estaba obsoleto y ahora todo el mundo usaba el clásico explorer. Sin embargo, Norton salió de la tumba que lo albergaba y entabló una batalla a muerte con Hulk, quien lo estranguló con rabia. Fue su segunda muerte. Mirta le pidió matrimonio a Arturito y éste se lo dio. Le dio el matrimonio Clinton. Mónaco de Carolina se operó las tetas. El soldado etrusco se mostró disconforme con el resultado de la operación. Él quería más busto, por lo que decidió ponerse uno extra. No le quedaba mal, pero no consiguió corpiño en las tiendas que recorrió por lo que decidió andar sin sutien. Mirta se fue con el matrimonio a caminar por una playa cuyas arenas estaban llenas de latas de gaseosas, paquetes de snacks, botellas plásticas y envoltorios de cigarrillos. El muchacho que había inventado la máquina del tiempo hizo su aparición y los espectadores aplaudieron. Era Robin Williams, caracterizado como Saulo de Tarso. Allí fue que se cortó la luz. La gente se retiró maldiciendo. Centésimo observó su sombra nuevamente y no era la de una centolla sino la de un centavo. Efectivamente, tenía la cara de una moneda y sobre el cuello colgaba la cruz.

Por todos los cielos

Pedro, Marcio, Cleto, Martín
Laura, Clara, Juana, Bertín
Julio, Silvio, Miriam, Mariel
Diana, Nadia, Oscar, Ariel.
Todos nombres para llamar
sólo algunos para olvidar.
Hola, ¿cómo es que te va?
Mal, el doctor me sacó la sal,
la madre puta, ¿sabés quién se murió?
Lo tengo en la punta de la lengua,
no me acuerdo cómo se llama
éste que es recontramierda conocido
¡Sarta!¿Cómo te dicen a vos?
No suele responder a ese nombre,
todos le conocen como fulano de tal.
A vos no te conoce ni tu vieja.
¿Cómo andás, vida mía, corazón de sandía?
Dígame su nombre completo por favor.
Éste es de los míos, qué lo tiró,
para acceder, firma y aclaración.
Su nombre, ¿quién se lo otorgó?
Hoy gozo como loco, soy promotor,
llame ya al número que ve en pantalla
compre ahora, consulte a su vendedor.
En esta playa, ¿sunga o malla?
Llamame como más te guste,
te nombro en cada noche de luna,
soldaditos de plomo que fenecen
tienen nombres que perecen en batalla,
mi madre me llamó desde la cuna
le dio nombre a este mundo: embuste.
De todas las flores eres la más hermosa
recuerdo de pimpollo, de sed, mi bella rosa.

Mientras tanto

Entre sacar a pasear al perro, tomarme un vermú con vos,
me quedo con el entuerto de cambiarle las pilas al reloj,
la dicotomía de ver Crónica o untar mermelada Cormillot,
con la paradoja de subir fotos al face o ponerle me gusta
a tu sonrisa de ángel, luego sí, salir corriendo a buscarte
hablarte de Venus, de Roma o amor, verte reír y abrazarte
saltar el puente que divide lógica parca de puras razones
decirte cuánto te quiero, poner un o dos discos de Ramones
contarte un cuento sincero, escuchar qué cosas te asustan
mientras, sacar a pasear al perro, tomarme un vermú con vos.

Hipnosis

César había observado la pantalla con sesuda atención. Leyó un par de comentarios virtuales y reparó en la imagen digital de una mujer esbelta semidesnuda. Se quedó perplejo cuando la pantalla le mostró una leyenda que decía más o menos así: “Usted está en un trance hipnótico, la apariencia de un sueño artificial ha raptado su inherente capacidad de ser uno con lo real. Retroceda”. César tomó literalmente esas palabras y se levantó de la cómoda butaca en la que estaba sentado y dio dos pasos hacia atrás. Una gota de sudor rodó por su frente. La pantalla mostró otra leyenda: “¡Vamos! No sea pueril”. César observó que estaba recibiendo un mensaje privado en el chat que había dejado abierto. Volvió a acomodarse en la silla frente al monitor y leyó el mensaje.
-Estás raro. –decía el mismo. Lo había escrito Vanina.
-Me duele un poco la cabeza. –tipeó César.

Después de cepillarse los dientes tras levantarse, Vanina se preparó una taza de café y desayunó mirando la televisión. Ésta tenía la capacidad de dirigirse a todos los observadores y a ninguno a la vez. A Vanina no le importaba demasiado. Ella optaba por recurrir a su discurso para escapar de sí misma. No lo lograba, pero por momentos se olvidaba por completo de sí y eso era lo que en verdad le daba satisfacción, no el campo de su observación que era mero entretenimiento. Pero ella no era consciente de todo esto, de buena fe creía que su satisfacción era dada por el aparato y sus imágenes. El noticiero que estaba viendo, mientras revolvía con una cuchara el café, narraba los problemas que causaban un mal descanso. El sueño, decía el doctor Craviotto, es fundamental para llevar adelante una vida saludable. Vanina recordó lo que había soñado esa noche: posaba semidesnuda para una revista de tirada numerosa en la que le habían asegurado que iba a ser tapa y con varias páginas dedicadas a ella a todo color. El fotógrafo era un profesional y cuidó los detalles de cada imagen de la modelo, que tomaba con su cámara. Cuando terminó, Vanina se vistió nuevamente y el fotógrafo le dijo que no se haga ilusiones, que sólo había sido un sueño. Ella intentaba demostrarle que lo que decía no era cierto, tomando la cámara y observando algunas imágenes que había captado con la misma. Pero el fotógrafo, serio, insistía que todo era sueño. Vanina estalló en un llanto que la terminó por despertar con la angustia de ver el sueño desarticulado y la alegría de saber que sólo era sueño su sueño. Craviotto insistía con las siete horas de sueño mínimas y su función reparadora. Vanina terminó el café y se dirigió a la parada de colectivos donde los allí presentes jugaban con sus respectivos celulares.

-Qué mal que dormí anoche, la puta madre. –le decía el doctor Craviotto al cameraman, llamado Rafael, mientras el programa televisivo estaba en una pausa comercial.
-El sueño es fundamental para llevar adelante una vida saludable. –acotaba el cameraman.

Aletargado por sus pensamientos que evocaban un pasado feliz, Rafael olvidó encender la cámara y se ganó el reproche del director, quien lo mandó a buscar para tener una plática cara a cara. Estoy harto de su inoperancia, Gutiérrez, le dijo. Y en pocas palabras, lo despidió. Rafael recogió su abrigo y se marchó del estudio de televisión. Lejos de sentirse abatido, lo invadió una sensación de alivio. Su trabajo le deparaba pesar y él quería, desde hacía tiempo, emprender un negocio propio que le permitiera subsistir. Se subió a un taxi y el chofer creyó ver a una rubia preciosa que llevaba minifalda. ¿Qué es lo que hace un taxista seduciendo a la vida?, se preguntó Ricardo, el chofer del vehículo. Condujo el automóvil hasta el domicilio del pasajero y, tras cobrarle el viaje, lo despidió.

Ricardo Altuna, chofer de taxi, coleccionaba almanaques. No lo hacía por los diferentes calendarios que en ellos se exhibían sino por las fotografías al otro lado de los mismos. En ellas se podían observar diversos paisajes, vehículos de competición, aves, perros, estrellas y planetas y hasta, incluso, mujeres desnudas. Ricardo se quedaba durante horas clasificando su colección, encantado con lo que observaba en dichos almanaques. Una vez, en una farmacia, le dieron uno que mostraba un taxi como imagen que resultó ser su propio taxi. El curioso hecho le llamó poderosamente la atención, pero no tanto como cuando una de las modelos desnudas que divisó en otro almanaque, que le dieron en una gomería, era la fotografía de su mujer. Él la increpó duramente con el almanaque en mano y ella atinó a decir que lo hacía por placer. El placer de dar placer, dijo en palabras propias. Roxana –tal era su nombre- acalló las lamentaciones de su marido con un beso y una reafirmación de su amor, del cual dijo que era el único destinatario. Ricardo no tuvo más remedio que declinar su cabeza y, subiéndose al taxi, olvidar el asunto que le había aportado una dosis de ira pasajera.

Cuando el colectivo se detuvo en la parada, Roxana se subió agitando sus largas y bellas piernas debajo de su minifalda. Arriba tenía un top blanco que le marcaba los senos. El chofer, al verla, volteó su cabeza para reparar en esa encantadora figura femenina. Ella saludó con cordialidad y el chofer correspondió el saludo de buena gana. Se acomodó en uno de los asientos delanteros y cruzó su pierna izquierda por encima de la otra, bamboleándola al aire. Extrajo su celular de la cartera y buscó el pronóstico del tiempo. Frío, decía el mismo. Era tarde para volver a buscar un abrigo. En ese momento le llegó un mensaje que, con un sonoro timbre, despertó la atención de más de un pasajero. Incluso del chofer, que observó a la mujer a través del espejo retrovisor. Te estoy esperando, leyó Roxana en el teléfono. El chofer seguía observándola. Roxana respondió brevemente: estoy en camino. Bajó la pierna izquierda y cruzó, esta vez, la derecha por sobre la otra. El chofer, que había quitado la vista del tránsito para no perderle movimiento a la mujer detrás suyo, tocó su frente con la mano al ver el bamboleo de piernas de ella. Un automovilista detrás hizo sonar la bocina. El chofer observó que tenía la luz verde del semáforo que le daba el paso. No obstante un ciclista se había cruzado y esperó a que terminara de pasar delante del colectivo para reemprender la marcha.

El ciclista vio que tenía luz roja pero al ver que el colectivo a un lado no se movía decidió pasar igual. Pedaleó hasta pasar la línea peatonal observando con cuidado no cruzarse con un peatón en el camino. Sobre un edificio, una pantalla gigante mostraba un anuncio de máquinas de afeitar. Al verlo, Cristian, el ciclista, se rascó la barba con una mano y calculó el tiempo que llevaba sin afeitarse. Tres meses clavados, fue el cálculo que hizo. Se detuvo frente a un quiosco y pidió una máquina de afeitar y una gaseosa. Bebió el líquido y guardó la máquina en un bolsillo. Se subió a la bicicleta y pedaleó varias cuadras, tras lo cual vio, en otra pantalla sobre un edificio, el anuncio publicitario de un champú. Cristian reparó en el anuncio sólo para calcular cuánto le había ahorrado en ese producto su prematura calvicie.

Desliz

Los indios no tenían plumas
Los globos no tienen corazón
El mercado no tiene cabeza
El fernet no tiene espuma
Y la mentira ninguna certeza.
Pero en ti encontré una razón
De vivir por vivir con pasión
Aprendí andando en bicicleta
Qué aunque se salga la chaveta
Tiene sentido y una dirección:
Que es el hecho, quizá el desliz
De amar por el amor mismo
De dar, de brindarse uno mismo
De ser y de hacerte feliz.

Cartonero

Era cartonero por derecho propio
su filosofía de la libertad
fue juntar cartones sin robar a otros
y desarmar cajas para juntar más.
Recorrió las calles de todo su reino
recogió cartones y empezó a crecer
para el barrio era nuestro cartonero
nuestro y de la calle que lo vio nacer.
Era cartonero con el sol a cuestas
fiel a su destino y a su proceder
sobre los cartones dormía la siesta
y bajo la lluvia solía amanecer.
Era cartonero y era la ternura
esa que hace falta cada día más
y era una metáfora de la aventura
que con gps no se puede hallar.
Digo cartonero porque es lo que dejamos
que nos despojamos sólo del cartón
era el que juntaba lo que le tiramos
ni siquiera sobras de tu corazón.
Era un callejero y era el personaje
visto tras la puerta de cualquier hogar
y era en nuestro barrio parte del paisaje
como un perro, un bondi y todo lo demás.
Era el cartonero de comprar botellas
y se fue con ellas cuando las bebió
se tomó de golpe todas las estrellas
se cayó rendido y ya no despertó.
Nos dejó cartones como testamento
llenos de esperanza, llenos de ilusión
viaja su recuerdo por los sentimientos
que quedan plasmados en esta canción.
De principio a rabo, amigos míos
era un ser humano nuestro cartonero…

Luminiscencia

El sensei le había dicho a Arturo aquél día en tono monocorde: alcanzarás la iluminación en el instante menos pensado. El que ha recorrido el camino era un japonés bajito de rostro pálido que hablaba muy mal español. Arturo se marchó cabizbajo a la espera del colectivo. En la parada había un hombre con cara de foca y, a su lado, una foca con rostro de hombre, atada a través de un collar.
-Lindo día. –dijo la foca.
-Sí. Está lindo. –agregó Arturo.
-¿Cree que hoy pasará a horario? Me esperan para almorzar abadejo.
-Están viniendo a horario normalmente. –dijo Arturo.

De pronto, a la distancia, se observó venir el 48. La foca aplaudía alegremente. Los tres abordaron el colectivo, junto con un idiota que llegó corriendo. El chofer le dijo al idiota que coloque su tarjeta en la máquina para costear el viaje pero el idiota no entendía el procedimiento. Arturo regresó tras sus pasos y lo socorrió.
-Gracias. –dijo el idiota.
-No hay de qué. –respondió Arturo.
-No entiendo cómo funciona esta aparatología.
-Cuesta al principio hasta entrar en confianza con la tecnología. –agregó Arturo.
-De los setenta para acá no entiendo un pomo. Las cosas cambian demasiado.

A Arturo le caía simpático el idiota. Se sentaron juntos en un asiento doble, Arturo del lado de la ventanilla. El idiota observaba con curiosidad a un niño que jugaba con un dispositivo electrónico.
-Antes todo era más simple. Ahora hasta entretenerse es complicado. ¿Por qué cambian todo con lo bien que vivíamos?
-Lo hacen para beneplácito del consumidor. Inventan cosas que llaman la atención por lo novedosas, pero no necesariamente hay que utilizar todo lo nuevo que sale al mercado. –explicó Arturo.
-Yo no sé… Pareciera que si uno no compra las novedades uno fuera un idiota. –Dijo el idiota- Pero qué voy a comprar si no entiendo ni cómo se usan.
-Son formas modernas de matar el aburrimiento.
-No veo cómo me puedo divertir con algo así en ésta época donde todo parece brillar en una pantalla.
-Así es, es la era de la luminiscencia. –Agregó Arturo- La virtualización de la inteligencia.
-O la realización de la idiotez. –dijo el idiota.

Arturo se rió. El idiota le despertaba cierta ternura con sus comprensiones. Sin dudas, habían ocurrido cambios drásticos en la sociedad en los últimos años, modificando las costumbres de la gente sobre la tierra como nunca antes había ocurrido, y los que quedaban al margen de los cambios se sentían desorientados en una soledad que los dejaba cavilando en otros tiempos. Tal era el caso del idiota que no había asimilado los cambios. Al colectivo subió un neurópata con temblores. El idiota lo miró y Arturo también le prestó atención.
-¿Qué le pasa? –inquirió el idiota en voz baja.
-Son los nervios. –dijo Arturo.
-Yo cuando me pongo nervioso me tomo un té de tilo y se me pasa.
-Es bueno para eso.

El idiota se despidió de Arturo pero no sabía cómo bajarse. Arturo se levantó y presionó el timbre, el colectivo detuvo su marcha y el idiota se bajó tras agradecerle. A las pocas cuadras, Arturo se bajó. Ya estaba llegando a su casa, cuando un hombre le pidió unas monedas. Buscó en sus bolsillos algo de cambio para darle y se lo tendió. El hombre le agradeció y le convidó un trozo de queso que tenía. Arturo no quiso menospreciarlo y probó un bocado. Luego se despidió y entró en su vivienda. Cuando lo hizo, comprobó que no tenía luz. La claridad del día le permitió comprobar que no había ningún desperfecto en la instalación. ¿Qué había pasado?, se preguntó. Salió de la casa y golpeó en lo de su vecina. Le preguntó si tenía luz y ella le dijo que había un corte hasta el mediodía. Regresó a su casa y se preparó una taza grande de café. Sonó el timbre y Arturo fue hasta la puerta a atender. No era otra que Nancy, su novia, quien llegaba con una docena de facturas en mano, entre las cuales sobresalían las medialunas, las carasucias y las bolas de fraile. Arturo encendió un pequeño cabo de una vela, pues su casa era bastante oscura sin luz artificial, y la colocó sobre la mesa. Nancy tenía un hambre voraz y devoró una bola de fraile de dos mordiscones. Arturo apenas si había probado una medialuna salada.
-Este es un momento mágico. La luz de la vela le da el toque justo de romanticismo a nuestra relación. –dijo Nancy.
-Qué se yo. –dijo Arturo.
-Juntos, bebiendo café, el encuentro esperado se da en condiciones favorables para hacer el amor en una velada soñada.

Caminaron hasta la habitación fundidos en un abrazo interminable. Sus cuerpos se vistieron de piel y sus ropas cayeron dispersas por la habitación. Un beso sentenció la unión del amor en el acto sexual. Nancy tenía la cabellera revoloteada y reposaba sobre el pecho de Arturo. Éste tenía ganas de fumar pero los cigarrillos habían quedado en el comedor. Ella le hablaba del presente y los vaivenes del tiempo. Lo vivido en armonía y el porvenir que se venía. Arturo sólo pensaba en fumar pero se aguantaba las ganas momentáneamente. Después de un rato, ambos se vistieron y volvieron al comedor. Nancy dijo que se iría y no tardó en cumplir con lo prometido, tras despedirse con un beso. Arturo cerró la puerta y se quedó pensando, no en lo acaecido, sino en la vívida imagen de su maestro, evocando aquellas palabras que tanto le habían aclarado su visión de las cosas. De repente, la heladera había empezado a funcionar emitiendo un sonido grave al arrancar el motor. La luz del comedor se había encendido y Arturo se sacó las ganas encendiendo un cigarrillo. Largó una bocanada de humo que cubrió el ambiente. Observó la punta del cigarrillo encendido y miró cómo la vela, consumida en su totalidad, se estaba apagando. Del cigarrillo cayó una brasa sobre el cenicero que hizo un pequeño fogonazo. Arturo, sorprendido, pensó: qué más da. Fuego, amor, humo, ilusión. La vela se apagó completamente dejando un hilo de humo en el aire. En ese momento, alcanza el nirvana.

El tren de la vida

En el tren “A ningún lado”, sube gente dos por tres.
Multitud de jovencitos, hombres, mujeres, gerontes
Todos preguntan: ¿a dónde va este tren? Responden:
A ningún lado. ¡Perfecto! Dicen mirando el andén.
Al costado de la vía ( el tren frena en cada estación )
se agolpa la muchedumbre, entonando una canción:
qué lindo que se viaja/ en este tren concurrido/
tomande mate cocido/ de acá ninguno se baja.

Días grises

No me da tristeza la lluvia
ni días grises que empañan la fiesta
que opacan y embarran la siesta
en mezcla de negro y de blanco
de cabezas gachas en cola de banco
que nos recuerdan en su aleluya
que tras de sí habrá un arco iris
majestuoso, colorido, nada gris
que la luz se esconde y no huye
que el agua purga y todo diluye
y si el techo aguanta este chaparrón
el sol seguirá brillando en mi corazón.

Esperando redención

Cien vidas aún, de muertes sin darne cuenta, han pasado y pasarán. De ser rey, ruin, vil y botella, a salsa, bachata y agasajo. De cortocircuito cerebral a oráculo invernal; de cortometraje sideral a tentáculo carnal. Passeportout, me han llamado justificadamente. Mi vida es morir para vivir, es soñar para despertar, es levantarme para caer. Cien sueños que se mezclan en una canción: stairway to heaven; y al golpear las puertas del cielo los nudillos han sangrado esperando redención. Fugitivo de la intrépida muerte, esquivo de la nostalgia donde la memoria se desvanece, he caído en el olvido, he surgido de lo cautivo del pensamiento, de las cenizas de la desaparición. Cien años, dejando grabada en pinturas rupestres mi historia de los cien cuentos; he legado en poemas terrestres mi obra de los cien versos. Vivo, libre de la melancolía en una eternidad tirana, vivo en principio, vivo al fin. Y vivo tiempos temporales y eternidades superficiales, vivo razones y vivo sentidos. ¡Oh sepulcro! Eres la nadería de la historia. ¡Ah cuna! Eres la greguería de la noria. Escape celestial de mis tormentos, te he hallado en el lecho del romance, donde me rindo a tus encantos. Soberano del amor, erudito sin rencor. Cumplo mi condena sin cadenas, mi leyenda que se extiende entre los duendes que entre risas se han burlado  de mis desdichas. Las alegrías no han faltado y a ellas he sucumbido. Hambre y dolor, presentes en cada existencia. Frío y calor, sentidos en la vivencia. Y la liberación por vía y gracia del amor, que en noches de fiebre y desvaríos me han llevado a soñar que moría de una vez y para siempre.

Sociedad de fachadas

¡Ah! Sociedad de fachadas
de máscaras y encrucijadas,
asomad el rostro a cámaras
de vacuidad y algunas caras
que hace rato no dicen nada
al tiempo que desfachatada
posa y habla como si supiera
fraude propio de esta era
donde dicen más emoticones
que el sonido de las canciones.
Oíd hermano la voz latente:
sed humano, sed noble gente
que bajo ese manto superficial
está la dicha -regia- magistral
la dulce dimensión existencial
de armónica sinfonía sideral
donde sólo vive en libertad
(uno en esta mágica realidad)
quien sincero a ella se arrima
cual estrofa y termina en rima.