Serás historia

Dentro de un rato,
serás historia.
Me tomo un trago
y te despido,
de mi memoria.

Quizá me olvide,
de dónde vivo.
Tal vez recuerde,
quizá con pena,
mi amor contigo.

No me hago drama,
me tomo el vino,
sueño a tu hermana.
Todo al catorce
le juego, luego,
en el casino.

Si pierdo plata,
ya no me importa.
Soy ludo, pata,
algo boludo,
que come torta
y usa alpargatas
hechas en USA.

Si al fin recuerdo
mi domicilio,
camino lerdo
subo a mi alcoba
y me recuesto,
duermo una hora.

Quizá el descanso
cure la herida,
me deje manso
y así no sepa
de tu partida.

Al otro día,
ya sin vergüenza,
una poesía
tal vez le escriba
a tu memoria.
Y será, ella,
mi bella historia.

Cuerpos

Una vela apagada sobre la mesa
una sonrisa cálida frente a la acera
tus manos juegan con cierta destreza
mi voz distingue una palabra de cualquiera.

Tus labios se humedecen con los míos
surcan los pensamientos como los ríos
que entre orillas llevan dulce a la par
transmutando en minerales sales del mar.

Y se funden nuestras almas un momento
se confunden nuestros cuerpos, nuestro sexo
las miradas casi pierden el contexto
en el goce nuestro tacto es mandamiento.

Los placeres buscan nuevas expresiones
que se plasman en inarmónicas canciones
generando más tensiones que el hastío
todo sea por contrarrestar el frío.

En tu boca se disloca el filamento
quien hilara, con un beso, pensamiento
que tensara como presa de remordimiento
y mordiera de esa carne el alimento.

El reflejo del amor se da en el roce
en las piernas que al momento buscan pose
en las yemas de los dedos que acarician
en las lenguas que al tocarse nos envician.

El instante se prolonga tras la calma
es la imagen más oblonga de la cama
queda al margen esa historia del pijama
se retuerce la memoria de tu alma.

Se desviven en el encuentro los latidos
desfallecen de epicentro, tan temidos,
los dolores tan feroces sin sabores
que se pierden, en el clímax, los temores.

En tu pubis yacen viejas ilusiones
que realzan miríadas de alucinaciones
que contrastan con reales ensoñaciones
expectantes de dar cauce a las fricciones.

El averno es la impaciencia de los males
las miserias siempre fueron terrenales
nos redimen los fluidos corporales
en el cielo no seremos animales.

 


Fotografía: Manu Coca

Amar

Sufre tontamente
Siente no ser querida,
Olvida amar de repente
que amando se honra la vida.

¿Por qué lloras todavía?
Anda, observa la aurora
inspira a tu alma ahora
que vibre a la luz del día.

Sí, el amor causa desazón
O el sentir deja trabazón
En palabras otrora esenciales
Volviéndose insustanciales.

Qué pena, qué picardía
Que se apague la alegría.
Al día, el ánima sube y baja
La felicidad no viene en caja.

Tu piel suaviza la noche
Caricias que fueran derroche,
Ahora queda este olvido
Y un mundo descolorido.

Metáforas de tormenta
No llegan, ni así la afrenta,
Vivir de ideas no es natural
Donde sucumbe nuestro ideal.

Se entorpece así la razón
Pues levántate y anda, mejor
Que no hay miseria peor
Que ver llorar un corazón.

Y si no hay entendimiento
Que conste el mandamiento
Al amar todo se llena de luz,
Es que al amar, amor eres tú.

Tu existencia no depende

A Car

A veces distraído
Obnubilado
Rendido a tus encantos
Perdido en cuentos,
Proyectando
Creando cosas,
Dibujando rosas
Parecidas a tu corazón
Hablando
Y a veces con razón
Entregado a la labor
Diaria del sustento,
Te observo contento
Cuando te encuentro
Pierde el centro
toda atención,
Me ocupo
Acierto
O me preocupo
De lo incierto,
Y piensas
Y sientes
Me acerco
Te alejas
Insisto
Y en el calor
En esa unión
Somos
El cosmos
Sin interferencias
Sin referencias
En comunión
Como estrellas
De Neptuno
Efímeras, fugaces
Hasta que aves rapaces
Cenan los restos
Que escupe el mar.

Y cada uno
A vivir
A reír
A dormir y soñar
A querer el reencuentro
A confiar.

No depende de mi
Ni de este amor
Que revistes
Pero es verdad,
Eres, existes
Y esa es la novedad.

La carta perdida

Cuando revisó sus archivos, no la encontró. Buscó entre sus correos antiguos, pero tampoco la halló. Él la recordaba con cierta simpatía, a pesar del carácter disuasorio que poseía en sí misma. Revisó entre todas sus carpetas personales sin suerte. El orden no era una de sus mayores virtudes. Utilizó un buscador en su máquina para buscar entre sus documentos, pero entonces no recordaba las palabras exactas que había utilizado en la misma, por lo que probó con algunos términos sueltos para ver si arribaba a algún resultado satisfactorio. Realizó varias búsquedas en torno al amor, pero no la halló. Refinó su búsqueda de acuerdo al tipo de archivo que podía llegar a ser, pero no la encontró. Hizo lo propio respecto al odio y, no obstante, no arribó al resultado esperado. Tal vez, no la había guardado, pensó.
Sin embargo, él la recordaba con cariño. Si hubiera sido de puño y letra, hasta quizá la tendría colgada en un cuadro en alguna de las paredes de su departamento. Despertaba en sí mismo sentimientos encontrados. Por un lado la atracción. Por el otro, cierto rechazo. Como núcleo central de la misma, la mismísima expresión natural de ser. Porque eso era parte del mismo sentir. No estaba separado, no eran dos cosas. Era parte de un mismo todo.
Volvió a buscar entre sus correos. Quiso recuperar los correos anteriormente eliminados y encontró muchos. Los revisó, uno por uno, pero no estaba la que buscaba. Encontró varias, en diversos tonos de expresión, pero no manifestaban lo mismo. No tenían la calidad de ese sentir tan inequívocamente señalado como único. Esa cualidad no se encontraba en las demás. Quizá en parte de ellas, pero daban lugar a la ambigüedad. No así en la carta que él buscaba.
Él creía que pudo haber sido la última, pero su frágil memoria, tal vez, le jugaba una mala pasada y, quizás, haya sido la primera. ¿Había lugar para semejante confusión? Pudo haber sido el comienzo de una relación con ella, por qué no. Y casi sin lugar a dudas, con ella se pudo haber terminado la misma. Aunque, él y su memoria la asociaban más a una expresión momentánea de descarga de vitalidad que al inicio o la finalización de una relación. No obstante, él recordaba la carta con afecto.
En algún momento, creyó que tal vez la hubiese impreso y buscó también entre sus papeles. Encontró letras de canciones, vieja correspondencia que mantenía con una amistad lejana, algunos manuscritos y también alguno de sus poemas.

Creyéndose en libertad
vagaba tu corazón.
Un día cayó en prisión
hoy vive en seguridad,
tan sólo con la misión
de huir de la soledad.

No encontró la carta. A medida que la buscaba, creía recordar cada una de las palabras que la componían, que le daban cuerpo a la misma. No eran muchas, por eso las recordaba con cierta facilidad. ¿Podría, quizás, reproducirla fielmente en caso de no hallarla? No lo sabía, por eso no detenía la búsqueda. Era, en ese momento que tanto la deseaba, cuando más la recordaba. Siempre con cierta ternura hacia ella. Esa carta lo había puesto en su sitio. Fiel, verdadera, ligera. Sin vueltas, sin rosca de tuerca. Era, lisa y llanamente, la manifestación de un sentimiento. Del sentimiento, por excelencia.
Pensó que, quizá, otra de sus cuentas de correo haya sido el destino que tuvo aquella carta, y allí fue que buscó. Revisó cientos de correos recibidos sin fortuna. Revisó en la papelera, pero no la encontró tampoco allí. Tal vez haya respondido a ella, y allí estaría, también, la carta perdida. Pero fue en vano. No la encontró.
Se tomó su tiempo para pensar. Intentó recordar. Se preparó un café mientras pensaba. Quería reproducirla. Sabía, con total certeza, cómo comenzaba. Así fue que lo apuntó en un nuevo archivo. Quería tenerla nuevamente, y apuntó. Apuntó el encabezado de la carta. Era el siguiente:

“Amor:”

Sabía que no podía ser de otra forma. Las cartas más bellas que había recibido comenzaban así. Por eso la recordaba con cierta simpatía. No dudó. Después, recordaba gran parte del cuerpo de la misma, lo sabía de memoria porque hacía blanco en lo profundo de su ser. Con la completa certeza de saber cuál era el cuerpo de la carta, lo apuntó seguidamente:

“Te odio.”

Tan sólo le quedaba recordar quién había sido su remitente. Y como su memoria solía jugarle bromas pesadas, resolvió, junto a su sentido común, darle por firma a quien no podía negarse que haya sido verdaderamente ella, para tener, así, una fiel reproducción de la carta perdida. Y lo apuntó:

“Yo.”

Tengo faltas

Tengo la certeza de haber sido un día feliz.
Tengo entre mis labios un beso que no te dí.
Tengo la promesa que me hiciste vos a mí.
Tengo la esperanza de que un día estés aquí.
Tengo alguna imagen que no supe bendecir.
Tengo mientras tanto mil palabras por decir.
Tengo la costumbre de picar el perejil.
Tengo tu sonrisa merodeando en mi jardín.
Tengo tu recuerdo que también me hace reír.
Tengo tus peluches que me entibian al salir.

Falta tu presencia que algún día estaba aquí.
Falta tu mirada que todo hacía relucir.
Falta tu palabra que acercaba paz a mí.
Falta tu cariño que me dabas sin medir.
Falta lo que siempre quise darte y lo perdí.
Falta eso que tuve cuando me hiciste feliz.
Falta que regreses para hacerte a ti un festín.
Falta que me digas que yo he sido un infeliz.
Falta solamente que vos dejes de latir.
Falta un sentimiento que no supe transmitir.

Tengo todo aquello que perdí en mi corazón
solo en la memoria divagando por tu amor.

No me falta nada si te tengo amándome
sólo a ti te pido que sigas buscándome.
Pues no sé realmente en verdad ni dónde estoy,
ni de dónde vengo ni muy bien a dónde voy,
y si me apurás te digo que ni sé quién soy,
sólo que este amor y mi corazón te doy.

Habemus

En el circo, las estrellas,
en el cielo, alguna de ellas,
en tus ojos ilusiones,
y en tu corazón, visiones.

En tu mente, mil canciones,
en tus manos, las pasiones,
en ese oasis, camellos,
y en la cama, tus cabellos.

En tus sueños, eres reina,
en los míos Dios te peina.
En mi canto, ni un boceto
en tu llanto, algún secreto.

En la vida las desdichas,
en la noche, vuelan fichas,
en las luces alucinas,
en la tarde, golondrinas.

En tu alma, mariposas,
en mi corazón reposas.
En el campo, alguna brisa,
en el final, una sonrisa.

La justa medida

A medida que envejecemos
los achaques, los dislates,
los dolores, los olvidos,
los descuidos, los sabores,
los amores, los valores,
los ataques, los remates
los ganamos, los perdemos
pero al viejo lo queremos.

No vuelvas

No quiero tener tu presencia
me he acostumbrado a tu ausencia.
No vuelvas, te fuiste marchando
de a poco, hoy te estoy borrando.

Quedate en tu casa pensando
en lo que perdiste, llorando,
diamante en bruto soñado,
tesoro escondido olvidado.

Quedate, no vuelvas pidiendo
por Dios que te siga queriendo.
Mi alma se ha ido volando
a paisajes serenos buscando.

No vengas con cuentos de nuevo,
lo que me quitaste lo llevo
conmigo, sangrando, es un hueco
el que me dejaste hace eco.

No escribas la carta rogando
volvamos a vivir soñando.
Despierto, mis ojos abiertos
no observan recuerdos inciertos.

Un corazón triste no escucha
palabras que ayer eran lucha,
no quiero tener tu regreso
mi vida contigo es de preso.

Repito, no vengas diciendo
me amas, no creo, sonriendo.
Tu vida gastala jugando
a hacer el amor, evitando.

No extraño tampoco tu boca
tu beso fugaz, estás loca
si creés que te pienso seguido,
lamento haberte conocido.

Quedate, no vengas, no quiero
pensar que a tu lado me muero,
en vida concibo olvidarte
pensar que de mí fuiste parte.

Por fin, me despido escribiendo
mentiras te estuve diciendo.
Te amo como el primer día
volvé y reescribo la poesía.

Apuesta al amor

La batalla de Cepeda


Cepeda nunca tenía suerte en el amor.
Había conocido a una dulce muchacha, que, tras unos meses de noviazgo, le dijo que quería tomarse un tiempo para pensar y no lo volvió a llamar. Aún. Quizá todavía lo esté pensando. Se sabe que lleva su tiempo arribar a conclusiones que brinden algún tipo de satisfacción.
Sin embargo, en el juego, la timba, era de lo más afortunado que se había dado a conocer. Sin ir más lejos, ayer se ganó 7 mil en la tómbola de Montevideo, porque el muchacho que le hizo la jugada pifió en el número que había querido jugar Cepeda y, éste, la quintuplicó por pálpito, según explicó.
Anteriormente salía con Marisa, quien lo abandonó diciendo que con él perdió el tiempo y la risa. Esa misma noche, a Cepeda poco le importó. Fue al casino y se llevó catorce lucas y el coche de su vecino, que se lo ganó jugando un partido de truco. Lo festejó comiendo lasaña sin tuco.
Cuando salía con Filomena, ésta lo dejó para abocarse al estudio de la quena. Cepeda no lo pudo creer, pero para apaciguar su pena, apostó el sueldo a la segunda docena, ganando también una plena que pagó el postre y la cena, dejando su barriga llena.
Tuvo por novia a la petisa de Elisa, que ni bien un poco creció, ahí nomás pereció. El médico dijo que fue paro, a Cepeda le pareció raro. Se fue al bingo manejando su Twingo y llenó tres cartones. Se llevó el pozo acumulado y también ganó una partida de dados.
De joven, Cepeda invitaba a salir a lindas jovencitas a quienes deseaba llevar a pasear en su destartalada motocicleta, pero todas se negaban poniendo alguna ingenua excusa, ocultando, toscamente, su desinterés tanto en la humanidad de Cepeda como en la maquinaria de su moto. Él, ni lerdo ni perezoso, jugaba pronto con sus amigos largas partidas de póquer en las que se gastaba su mensualidad, llevándose cuantiosos pozos que pagarían, luego, una moto tipo chopera 250 cc, mejorando sus armas de seducción.
No obstante, no fue sino María quien a su vida llegaría. Con ella además pasearía, en moto sin alboroto. A ella, Cepeda amaría y le preguntó si se casaría. Ahí fue que la bella María, un poco se asustaría y a Cepeda, al fin, dejaría. Otra vez, Cepeda, en soledad, decide jugarle a su edad. Lo agarra en la matutina y, lo dobla, en la vespertina.
Así es la triste vida de Cepeda, forrado en guita está el pobre. A veces le llega algún sobre, firmado por una querida. Le pide disculpas, de antemano, diciendo que su amor es vano; que ella prefiere no verle. Escribirle y, de lejos, quererle.
Hoy, Cepeda visita a su terapeuta. Ella sugiere, seguido, que la vida a veces compensa. Amor duradero, poco. Dinero ligero, un toco. Cepeda se va contento, luego de cada escarmiento, pagando jugosas sesiones que dan a olvidar obsesiones.

La noche oscura del alma está estrellada

Puedo escribir los versos más tristes ésta noche
escribir por ejemplo: “la noche está estrellada
y tiritan, azules, los astros a lo lejos”,
pero en vez de escribir toda esa paparruchada
que nadie comprenderá, me tomaré un buen fernet
y esperaré con paciencia, sonriente y feliz
que todo se vaya de a poco a la mierda.
Y veré mi cadáver pasar por la esquina
entre el llanto amoroso y la risa vecina
que recordará con ternura mi gracia feroz
cuando lleve el cajón con flores el coche
a despedir con alegría y sin rencores
a saludar a queridas y viejos amores,
que los muertos caminen es un artilugio
pero occiso que hable es un privilegio
de la dicha divina que toca al vivirla
pues la muerte es una sola y hay que morirla.

Desliz

Los indios no tenían plumas
Los globos no tienen corazón
El mercado no tiene cabeza
El fernet no tiene espuma
Y la mentira ninguna certeza.
Pero en ti encontré una razón
De vivir por vivir con pasión
Aprendí andando en bicicleta
Qué aunque se salga la chaveta
Tiene sentido y una dirección:
Que es el hecho, quizá el desliz
De amar por el amor mismo
De dar, de brindarse uno mismo
De ser y de hacerte feliz.

Esperando redención

Cien vidas aún, de muertes sin darne cuenta, han pasado y pasarán. De ser rey, ruin, vil y botella, a salsa, bachata y agasajo. De cortocircuito cerebral a oráculo invernal; de cortometraje sideral a tentáculo carnal. Passeportout, me han llamado justificadamente. Mi vida es morir para vivir, es soñar para despertar, es levantarme para caer. Cien sueños que se mezclan en una canción: stairway to heaven; y al golpear las puertas del cielo los nudillos han sangrado esperando redención. Fugitivo de la intrépida muerte, esquivo de la nostalgia donde la memoria se desvanece, he caído en el olvido, he surgido de lo cautivo del pensamiento, de las cenizas de la desaparición. Cien años, dejando grabada en pinturas rupestres mi historia de los cien cuentos; he legado en poemas terrestres mi obra de los cien versos. Vivo, libre de la melancolía en una eternidad tirana, vivo en principio, vivo al fin. Y vivo tiempos temporales y eternidades superficiales, vivo razones y vivo sentidos. ¡Oh sepulcro! Eres la nadería de la historia. ¡Ah cuna! Eres la greguería de la noria. Escape celestial de mis tormentos, te he hallado en el lecho del romance, donde me rindo a tus encantos. Soberano del amor, erudito sin rencor. Cumplo mi condena sin cadenas, mi leyenda que se extiende entre los duendes que entre risas se han burlado  de mis desdichas. Las alegrías no han faltado y a ellas he sucumbido. Hambre y dolor, presentes en cada existencia. Frío y calor, sentidos en la vivencia. Y la liberación por vía y gracia del amor, que en noches de fiebre y desvaríos me han llevado a soñar que moría de una vez y para siempre.

Libre

La belleza de tu risa
calidez en tu sonrisa
tu palabra tan serena
sin un resabio de pena.

La alegría matutina
tu locura vespertina
tu nocturna calidez
y tu canto, una embriaguez.

Tu diáfana mirada
tu llanto, una cascada
tu berrinche cotidiano
la suavidad de tus manos.

La caricia palpitante
tu silencio susurrante
compañía penetrante
profunda acompañante.

Tu sincera gratitud
tu verdad, una actitud,
tu magna libertad
eres pura realidad.

Pocas veces comprendida
ni buscada, eres temida
por aquellos que te evaden
diversas técnicas persuaden.

Por todos tan sentida
con la vida comprometida
pero con ninguno casada
de todos y libre, mi amada.

Tan simple como una vela
iluminas con sólo tu estela,
eres pulcra claridad
bien amada soledad.

De caras y de caretas

De caras y de caretas se va llenando el valle.
De genios y de idiotas está plagada la calle.
De ideas y opiniones se va formando el lenguaje.
De medias, toallas, calzones se carga el equipaje.

De puntos suspensivos…se va creando el suspenso
De pasión y amor efusivo se va gestando lo intenso.
De rimas y versos sugestivos se fragua la seducción.
De gestos y dulces vocablos se entabla conversación.
De silencio, pausa y teatro se da una buena actuación.
De encanto, calor y roces va creciendo esta relación.

De risas, abrazos y besos se va curtiendo la algarabía.
De haber dicho casi todo se va terminando la poesía.
De muchas acumulaciones el mundo se repartió.
De haberte querido tanto mi corazón se partió.

Ocaso

El agua no moja
el sol no calienta
las placas de Crónica
nunca fueron rojas
el viento no sopla
el fuego no quema
poesías y coplas
nunca fueron buenas
el azúcar no endulza
ya Charly lo dijo
la luna no asoma
estrellas no brillan
ni puntos ni comas
están puestos bien
la muerte no existe
ni sorgo ni alpiste
degluten las aves
no vuelan las naves
en el firmamento
los niños no dicen
ahí viene un tutú
ni en mi corazón
mi cielo eres tú
pero por tus besos
pierdo la razón.
.

Sueña la humanidad

Sueña el hombre ser grande
tan monstruoso que asusta.
Sueña la dulce niña inocente
tan sólo quiere un megusta.

Sueñan el déspota y el tirano
arrasar con las poblaciones,
sueña el pobre niño jugando
alegría pintada en emoticones.

Sueñan el vil y el rastrero
cómo joder al hermano,
sueña en el vientre materno
criatura con ser humano.

Sueña el avaro, el mezquino
cuánto acaparar más poder
sueña triste el inquilino
poder pagar un alquiler.

Sueña el pueblo y la esperanza
que brille (al fin) el amor y la paz,
sueña la humanidad en su danza
que el sueño sea verdad… capaz.

Quesería

¿Qué será del ensueño vespertino?
¿Qué será de las marcas del destino?
¿Qué será de las huellas del camino?
¿Qué será de lo que ha vertido el vino?

¿Qué será de tu beso matutino?
¿Qué será del malogrado desatino?
¿Qué será de ese luto del vecino?
¿Qué será del deceso repentino?

¿Qué será del recuerdo memorable?
¿Qué será del secreto inenarrable?
¿Qué será del vocablo impronunciable?
¿Qué será del suceso inexplicable?

¿Qué será de ese amigo entrañable?
¿Qué será de esa música adorable?
¿Qué será del sopor insoportable?
¿Qué será de ese poema admirable?

Al natural

En la naturaleza suelo escuchar
de las ranas, dulce croar,
de los gatos, tierno maullar,
del canario, bello cantar,
del ratón, dale cliquear
y de ti, vida mía, roncar.

Cada mañana suelo pensar
cómo me pude olvidar
de esa manera de actuar
tan frágil, sublime, de estar
en este escenario vital
que vida has osado llamar.

Si tu mirada puede ocultar
tu amor por mí sin piedad,
a ello he de considerar
quizá una falta a la verdad,
que tú has olvidado buscar
por temer a la libertad.

El libre sentir de expresar
con gozo, alegría y pensar
que lindo es vivir a la par
en dúplex, cantar y brillar
bien alto, reír y volar,
al amor un poco jugar.

El juego tan dulce de amar
nos puede algún día tocar,
quizá tú has de participar
y amando a la vida llegar
muy hondo, profundo calar,
tu alma mi cielo alcanzar.

De noche me gusta cantar,
un día te puedo encantar
y tu vida así trastocar,
tal vez te has de maravillar
con lo que puedas escuchar.
Por eso ahora debo callar.

Quisiera sólo acariciar…
termino y te dejo soñar.

Fuego

Analía estaba recostada sobre el sofá cuando Michigan se le acercó. Tenía los ojos desorbitados y la cara desencajada, sin embargo le habló serenamente:
– Ana, quiero que mires en dirección a mis pupilas. Encontré que hay algo que no está bien.

Analía intentó mirar sus pupilas pero los ojos de Michigan giraban incesantemente dibujando elipses imaginarias.
– ¿Te sentís bien? –le preguntó Analía.
– Sí, ¿notaste algo raro?
– Veo algo, pero intentá mirarme a los ojos.
– Bueno, dale.

Los ojos de Michigan continuaban girando. Analía le sostuvo la cabeza con ambas manos e intentó mirar directamente a los ojos, pero éstos continuaban girando sin control.
– No puedo. –le dijo Analía.
– Bueno, no te preocupes. Lo quise hacer frente al espejo pero me resultó imposible.
– ¿Tenés idea qué puede ser?
– No, pero sospecho de algo.
– ¿De qué sospechás? ¿Te cayó mal la lasagna?
– Nada más cerca. Además, no comí lasagna, comí albóndigas. –dijo Michigan.
– ¿Qué tal estaban?
– Bien, pero se quemaron un poco.
– ¿Cómo se te van a quemar las albóndigas?
– No me hago ese tipo de preguntas.
– ¿Y qué te preguntás vos? –le dijo Analía.
– No sé.
– Yo me pregunto todo el tiempo por qué suceden las cosas.
– Lo hacés como pasatiempo. Para no morirte de aburrimiento.
– ¿Y vos qué sabés?
– Algo. O tal vez sea nada.
– ¡Cantá todo! –dijo Analía que se había levantado del sofá y le apuntaba con un tenedor.
– Pará, pará, no es tan fácil…
– Dale que no tengo todo el día. A las cinco me espera Lara para ir a comprar adoquines.
– Bueno, sentate porque esto te puede llegar a doler. –dijo Michigan.

Analía se sentó en una silla del comedor. Michigan se acercó con un vaso lleno que Analía bebió. Enseguida lo escupió.
– ¡¿Qué es esto?! –exclamó Analía.
– Una receta de mi abuela para el dolor de codos.
– ¡Es horrible!
– Ella lo preparaba mejor. A mí se me pasa la medida del ron.
– Bueno, decime todo lo que me tenés que decir.
– ¿Por dónde empiezo? –preguntó Michigan.
– ¡Por el principio!
– ¿Te acordás cuando estabas tirada esa noche, vomitando, que te pagué el taxi para que puedas volver a casa?
– No me acuerdo.
– ¿No te acordás por los efectos del alcohol o porque preferís no acordarte?
– Me da igual.
– Bueno, esa noche me quedaste debiendo cien pesos. Quiero que me los devuelvas. Pero eso no es todo.
– ¿Qué más? Mirá que si vamos a reprochar tengo unos cuantos para hacerte. –le dijo Analía.
– Hubo un día que me pediste trescientos para comprarte un pijama. Nunca te compraste el pijama. Quiero los trescientos.
– Ahora no tengo plata así que me vas a tener que esperar.
– ¿Esperar? ¿Qué tengo que esperar?
– Que cobre tu seguro de vida.
– Dejé de pagarlo hace tiempo.
– ¡Por qué no me lo dijiste antes! Le adelanté mil pesos al sicario que contraté. ¡Ahora andá a reclamarle a Montoto!
– No te aflijas. De alguna manera los vamos a recuperar. –le dijo Michigan abrazándola.
– Eso me pasa por confiar en la gente. ¿Cuándo voy a aprender?
– No te preocupes, hay cosas peores en la vida.
– ¿Cuáles?
– Caminar en el fango, escupir para arriba, un dolor de columna.
– Uhm…Tengo mis dudas. –dijo Analía.
– Evacualas.
– ¿Me querés?
– Hace tiempo que no. Perdoname.
– Está bien, te perdono. Pero que sea la última vez.
– ¿O sea que soy libre?
– No. No te hagas el inocente.
– ¿De qué me vas a acusar?
– De maltrato infantil.
– Pero si vos no sos una niña, Ana.
– Tenés razón.
– Entonces, ¿puedo confiar en vos? –preguntó Michigan.
– ¿Para qué?
– Tengo que contarte algo que me tiene un poco angustiado.
– Desembuchá.
– Tengo una seria sospecha de que nosotros no somos nada.
– ¿Te olvidaste que nos casamos hace ocho años?
– No, sí, ya sé. No es eso. Tratá de entenderme la puta que te parió.

Analía le tiró con un vaso que Michigan pudo esquivar antes de que golpee en su cabeza. El vaso se estrelló contra una pared provocando que los pedacitos de vidrio se esparcieran por todo el comedor. Luego, Michigan intentó calmarla. Analía se serenó y volvió a sentarse.
– ¿Cómo te sentís?
– Ahora estoy un poco mejor.
– Tomate una de éstas. –le dijo Michigan mientras le daba una píldora. Analía la comió.
– ¿Qué es?
– Mandarina. –dijo Michigan.
– Estoy un poco confundida.
– Tranquila. Se te va a pasar. Vas a ver que todo va a estar bien.
– No te creo. Para mí que me querés empomar.
– Algo de eso puede haber.
– Te amo, mi Michifuz.
– Ana, sabés que estuve pensando… y no llegué a ninguna conclusión.
– ¡Eso es fantástico!
– Si, pienso lo mismo, pero tengo alguna inquietud que me llama un poco la atención. Pensaba que tal vez todo esto no sea nada. Ni vos, ni yo. Ni nuestra historia.
– Pero yo existo, no me lo podés negar. –dijo Analía.
– Te lo niego rotundamente. –dijo Michigan y recibió un sopapo en la mejilla izquierda.
– Perdón, se me fue un poquito la mano.
– Me dolió.
– Aguantátela, para eso sos hombre. A ver, mirame a los ojos. Ahora puedo ver tus pupilas, las tenés dilatadas, ¿o siempre las usás así?
– Debe ser porque estuve mirando luces cuatro horas seguidas.
– ¿La televisión?
– No, una linterna.
– Ah.
– El sábado es mi cumpleaños, te lo recuerdo con tiempo para que no vengas con las manos vacías.
– Te espera un regalo sorpresa.
– ¿Un BM?
– No llego a tanto.
– Entonces no quiero nada.
– A algún otro le va a gustar lo que compré. –dijo Analía.
– No tengo consuelo.
– No seas tonto, estás pensando bobadas. ¿Qué puede ser tan malo? La infelicidad sólo existe en las historias de ficción. Nosotros vivimos felices por siempre.
– Lo decís porque sospechás que somos fantasía. Además, estoy podrido de comer perdices. De vez en cuando me vendría bien un lechón. Un cordero.
– Tengo que contarte algo.
– Decime. Nada puede empeorar a esta altura del partido.
– ¿Cómo va?
– 4 a 1. –respondió Michigan.
– Vas a ser papá. –le dijo Analía.
– ¿Y me lo decís así nomás? ¿Cuándo te enteraste?
– Anoche, me contó Camila. Está de dos meses ya.
– ¡Qué alegría que me das! –exclamó Michigan.
– Esto habría que celebrarlo. Destapá el champagne.

Michigan destapó la botella y sirvió champagne en dos copas.
– ¿Por qué brindamos?
– Por el amor. –dijo Analía.
– Brindemos por eso. Y brindemos porque somos vida. Brindemos por ser apenas un chispazo en la conciencia del lector.
– Pero… pronto nos olvidará.
– Entonces por fin te podré besar. -dijo Michigan.
– No puedo esperar tanto. –dijo Analía y lo besó apasionadamente.

Mi voz al viento

En vez de tatuarme tu nombre,
o una frase, de algún hombre,
sólo gusto en recitarte,
a vos, vida, bello arte.

Así es, que brindo mi voz
al viento y su paso veloz.
Suave brisa te atraviesa,
te colma de aire y pureza.

Es tu inteligencia innata,
inmemorial, verdadera.
No como de tu heladera,
yo vivo en una batata.

Pantriste comer maní,
indio vestirse de yin.
Tu hermana gusta de mí,
le pinto un lindo jardín.
Anoche, durmiendo, dormí.
Tu alma, no tiene fin.

Dime, amor, vida, preciosa
¿Por qué adoras cualquier cosa,
y no esta vida, qué hermosa,
el agua, dulce, una rosa?

No olvides cómo llegaste
hasta mí, si me buscaste.
Así, expreso con gozo:
¡Libertad! Chau calabozo.
Era tu imaginar una pena.
¿La mar? Estaba serena.

Confurcio

No conozco el significado de las palabras. Por eso, cuando, por ejemplo, digo que me pica la barriga en realidad quise decir pasame el talco. Mi novia está acostumbrada y tenemos una comunicación profunda más allá de mi torpeza lingüística. Ella tiene una sensibilidad increíble que jamás conocí en otra maceta. Su nombre es Llanta, pero de carajo le digo piropo. A veces me trae el descalabro cuando todavía estamos durmiendo y se me vuelca la almohada para ver qué pasa. Si de buen humor estamos te besé. Sino pegame un sopapo. Piropo no me habla maldiciéndome, pero me levanto y tomo uno. En el café hay un soretito, entonces le tiro con la cadena y el sucio bicho escapa por la azucarera. Abro una radio porque soy ducho. ¡Ésto es una tibia!, gritó un piropo. Ella la sube al calefactor y besame un jamón. ¿Con queso?, te pregunta. Zitarrosa de mi plebeyo jardín, le dijo. Él ya incinera la melódica campaña al tocar el disco, hasta que me basta y se dirigió al orfanato.

Con mi roberto Hermano es igual porque nos llevamos comiendo perro y gato. No me enamora él. A veces me dirá que soy un  colon irritable o que me haga el pelotero didáctico. Entretanto le paso la bola. Si tomamos mates, qué frío están. Charlamos, sí, con pocos peros. El ademán me daría que confundo los terminales y los cuentos que son una distorsión o no de helechos. ¿Pero es así? No. Mi roberto tampoco simpatiza con resentimientos que expresamos y le doy la razón. No está en pedo. Como es mutuo el final nos amamos a trompadas cadáver que nos despidamos a brazo partido.

Con Laura, tu marido, me pasa lo parecido. Ella no mira tus novelas porque dice que sos un director del montón y prefiere escuchar un libro de Victoria Laplaza. El amor nos llevó a traer quintillizos inmundos: mayonesa, arándano, ventiluz, etcétera, caramelo y telescopio. ¡El otro no, che! compuso un poeta que Laura se leyó y me dirigió al deber de aprendizaje de puntos insignificantes, pero no le entendí como guiso, decile que me mande al zeimer. Antes me preguntará alguna que me ha dejado confundido: ¿Myanmar? Pero como reconozco el significado de las parábolas le preparo un adjetivo de jabón y le unto mortadela. ¿Eso? Es amor (No).