Mercancías

En el mundo hoy todo es mercancía
desde envasar humo a inflar globos
crear trajes de caperucita y el lobo
festejar goles o escribir poesía
picar piedras o un ramo de perejil
o evocar un canto a la Pachamama,
acá el que no compra no mama
y el que no vende es un gil.

Fotografía: Mariana Coca

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La gran barata

Entra un equipo de rugby a un minimercado, todos recontrasudados, con barro hasta en las orejas, pero, no obstante, los tipos muy educados.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes.

El empleado asintió con la cabeza, un poco sorprendido por la mala fama que tenían estos deportistas y máxime cuando salían en grupo. Uno de ellos, que parecía ser el capitán, tomó la palabra y preguntó por el precio de la hambuerguesa, que lucían a la vista ya preparadas para comer.

-100 pesos. -dijo el empleado.

Los rugbiers se miraron entre ellos.

-Es cara.

-Es cara.

-Es cara. -dijeron los quince.

El capitán preguntó por el precio de la cerveza, precisamente la lata de Heinekken de medio litro.

-90 pesos. -respondió el empleado.

Los rugbiers, con una tranquilidad propia de golfistas, se miraron entre ellos y dijeron uno tras otro:

-Es cara.

-Es cara.

-Es cara.

El capitán, inmutable, volvió a tomar la palabra, esta vez para preguntar por el precio de la picada, cuyas bandejas se observaban detrás del vidrio de una heladera exhibidora.

-150 pesos -dijo el empleado impertérrito.

Los rugbiers, cuyo sudor no cesaba de gotear el mosaico del local, se volvieron a mirar entre ellos y uno a uno dijeron:

-Es cara.

-Es cara.

-Es cara.

El empleado los miraba detrás del mostrador y, cuando los vio girar y creyó que se iban, los rugbiers tomaron posiciones de frente como en su mejor scrumm con un grave y sostenido grito de guerra:

-¡¡¡¡Escaramuza!!!!!!!!!!

Arrasaron con hamburguesas, picadas y latas de Heinekken, cayendo otros productos a su paso cual huracán, mientras el empleado, acurrucado en un rincón, debajo de un mostrador veía pasar al capitán, en la cola de los alegres rugbiers, con una tira de salamines colgando del cuello a título de medalla.

Comunicaciones telefónicas

-¡Buenas tardes! ¿Hablo con el titular de la línea?
-Sí, él habla.
-¿Me podría pasar con el suplente?
——

-Buen día Señor. Lo llamo por el inodoro.
-¡Mierda! ¡Cómo avanza la tecnología!
——

-Buen día. ¿Está el señor Señor?
-Sí. ¿De parte de quién?
-Dígale que de parte de Quién.
——

-¡Señor! Lo estamos llamando de la compañía Compañía para ofrecerle un nuevo beneficio.
-¡Oh! ¡Qué bien! ¿Y en qué consiste el beneficio?
-Con este beneficio que le ofrecemos usted obtendrá nuevos beneficios.
-¡Oh! ¡Qué bien! ¿Y en qué consisten esos beneficios?
-Con esos nuevos beneficios que le ofrecemos usted obtendrá nuevos beneficios consistentes en obtener nuevos beneficios.
-¡Oh! ¡Qué bien! ¿Y en qué consisten esos nuevos beneficios? …
——

-Señor, lo estamos llamando para verificar si su línea ya está habilitada.
-No. Sigue cortada.
-Bueno, seguimos trabajando en su reparación. Disculpe las molestias.
——

-¡Hola! ¿Se encuentra el señor Ramón Schwartzemblieggert?
-No. Aquí vive Ramón Schwartzemblieggerzj.
-Ah. Disculpe. Que tenga buen día.
——

-¡Hola! ¿Hablo con usted?
-Sí, efectivamente él habla.
-¿Le molestaría dejarnos a solas?

De colección

Éramos chicos para algunas cosas, pero no tanto para otras. Sin embargo, en ese tiempo, a la cerveza le sentíamos gusto a pis de gato. O al menos eso es lo que creíamos, ya que nunca habíamos probado pis de gato ni lo pensábamos hacer. No obstante, había una corriente que nos llevaba a coleccionar latas de cerveza y, en un comercio algo lejano vendían unas latas que no teníamos y las queríamos a toda costa para llenar nuestras habitaciones. Juntamos nuestros ahorros y compramos tres latas. No queríamos la cerveza, que sería nuestro néctar predilecto de otras noches, sino simplemente las latas. Abrimos una y la probamos: pis de gato. No había dudas. La vaciamos en la vereda. Esa y las otras dos latas. El carnicero salió enfurecido por el enchastre que habíamos hecho con la espuma y nos mandó a mudar. Al llegar a casa, comenté lo sucedido, pero mi viejo, que por ese entonces ya era mi viejo, me aleccionó: ¡No! Está mal; vos tenés que traerme la lata, yo me tomo la cerveza y después te doy la lata vacía. ¡Tomá!
Con los precios actuales, espero que mi hija empiece a coleccionar cajitas de cigarrillos, que dice que tienen olor a escape de rastrojero.