Una estrella en las tribunas

El relator vociferaba sobre el micrófono, pegado al vidrio de la cabina, en un grito de gol desaforado hasta quedarse casi afónico, con la tribuna enloquecida y los jugadores armando una pirámide humana sobre el banderín del córner, atravesados por los flashes de mil celulares que grabarían la imagen desde infinitos ángulos.
-¡Pavoroso! ¡Inenarrable! -aclamaba el relator desencajado.
Decenas de serpentinas volaban por el aire. Se agitaban las banderas en las tribunas. Había lágrimas y sonrisas entre el griterío eufórico. Los jugadores se iban reincorporando, saliendo uno a uno de la masa homogénea que sepultaban al crack.
-¿De qué planeta te escapaste?-proseguía envalentonado el relator.
El crack se acercó a las plateas donde habían televisores.
-¿Qué dijo? -le preguntó juntando los dedos de la mano derecha a un fanático que no escuchaba por el griterío. Algunos lo seguían envolviendo en abrazos.
Hacía gestos con las palmas hacia abajo para que la gente se calmara. El referí estaba a punto de reanudar las acciones del juego pero el crack le dijo que esperara un poco, y aquél le preguntaba qué pasaba.
La gente en las tribunas un poco se desconcertó, preguntándose unos a otros qué ocurría.
-¿Qué dijo? -volvió a preguntar el crack a un plateísta que le hacía gestos señalando la oreja de no haber escuchado.
Caminó hasta la tribuna lateral y comenzó a subir las escaleras. La gente enmudeció. Todas las miradas convergían en él, en el ascenso tranquilo hacia lo más alto del estadio. Alguno que otro intentó detenerlo, preguntarle qué pasaba, pero él seguia su marcha, hasta que llegó a las cabinas de transmisión.
El relator empalideció cuando el crack le golpeó la ventanilla.
-¡Maestro! -lo saludó el relator titubeante, vacilando.
-¿Qué dijiste? -le endilgó el crack.
Los murmullos le daban suspenso a la situación, una intriga al acontecimiento como un offside dudoso que espera resolución del var.
-Este…ummm…puede ser, ¿de qué planeta te escapaste, fenómeno?
El crack giró la cabeza echando un vistazo a las tribunas, con la gente expectante. Lo miró fijo al relator y le respondió:
-Del pabellón cuarto, en la prisión Floreal Camp, región septentrional de Neptuno. ¿Por?
Silencio stampa. Nadie se atrevió a decirle algo, después de todo estaba entre los mejores de la historia futbolística. Su figura en las tribunas se agigantó. Algunos miraban las estrellas de la noche.
El relator se puso rojo, después su rostro se tornó violáceo, hasta que decantó en un verde pálido de cementerio. El crack dio media vuelta y bajó por las escaleras a un trote lento.
La gente comenzó a corear su nombre. El referí tocó el silbato mientras todos se acomodaban en sus puestos. Le hizo un gesto con el pulgar para confirmar que todo estuviera en orden. El crack asintió con la cabeza. Miró a los jueces de línea y con el brazo extendido, dijo:
-¡Juegue!

Setenta y dos metros

En principio había ausencia de sonidos en el ambiente, levemente interrumpido por algún motor en la lejanía o por alguna trompeta en lo alto.
-Hola¿God?
Sonó el teléfono. Las aves, apacibles, revoloteaban el aire.
-Él habla. -el eco hizo que la voz de trueno trepidara tres veces.
-Necesito armar una estratagema para solucionar -titubeó en un resoplido-… esto. ¿Cómo podemos hacer?
Aguardó respuesta castañeteando los dientes, redistribuyendo los cabellos sobre la frente con los dedos. Observó la altura de las circunstancias.
-Dejá todo en mis manos.-El tic tac del reloj pared daba las doce campanadas. El cielo tronó seco. El clásico sonido de whatsapp anunciaba la llegada de una notificación.
-Gracias Godfredo.

Hermeticosas

“Todo es dual; todo tiene polos; todo su par de opuestos”
Hermes Trimegisto

Fui temprano a ver al doctor Bloom pero no lo encontré. En su lugar, entre los pasillos, apareció otro doctor, mucho más joven, que me dijo que llegaría cerca de una hora más tarde de la que había asistido al encuentro. Pegué la vuelta y se veía que el trajín había comenzado mucho más temprano para todo el mundo que el día anterior o, al menos, era la impresión que me daba. Al regresar preparé el mate. No voy a hablar del frío que hace, salvo para decir que los pastos, bien temprano, estaban blancos como el marfil y duros como el granito. Digamos que “hice tiempo” hasta el encuentro con el doctor Bloom, es decir, lo malgasté en naderías, ya que ni siquiera escuché música ese rato ( ¿habrá gente que escuche música como actividad exclusiva y excluyente hoy día?). Comenzó la sucesión de mensajes que no pude atender porque tenía el encuentro que me había tenido pensando en decirle todo lo que le quería decir y cómo hacerlo. Es notorio que es más valioso a mi juicio lo que le tengo para decir que lo que él me diga. No obstante, siempre saco cosas en limpio de lo que me dice o insinúa. Me fui nuevamente a verlo y no había nadie. Caminé por los pasillos y pregunté en el laboratorio. Una joven bioquímica me dijo que había un cartel con los horarios de atención del doctor. Mintió, no había ningún cartel. Me quedé esperando afuera con la intención de verlo aparecer con su andar divertido. Pero nunca llegó. Al rato salió una mujer flaca mal nutrida a la que apenas se le veían los ojos que no sé qué función cumpliría allí diciendo que el doctor hoy no iba a ir, o no podía aseverarlo, que lo más seguro era volver mañana, por lo que me fui sin verlo mordiendo lo que tenía para hablar. Después hablé con il capocannoniere por teléfono y lo encontré de maravillas. Al oírlo, ya en la voz se le notaba un repunte anímico increíble, con el vigor que lo caracteriza, contándome de las mejorías en la salud, por lo que me dejó muy contento.

Al rato empezó la cerbatana de mensajes vía whatsapp. Y entre ellas, lo más rescatable, fue un cuento que me envío el Ingeniero Luiggi a través de un audio. Con su voz grave, interpretando un diálogo -del que no voy a dar detalles- que me gustó. Lo llamativo del asunto, no era la interpretación, que fue impecable como la de un excelente lector, sino que la autoría del cuento era propia, y eso me conmovió porque era inesperado,  además era un buen cuento. Ahora tengo un competidor impensado en la literatura. Debo apurarme a escribir todo lo que imagino, pienso, veo y percibo antes de que otro lo haga por mí y se lleve los laureles de la gloria o los tomates de la detracción de los lectores.

Habría que hablar de solidaridad, como hacen las campañas, para aquellos que esperan afuera en el almacén con temperaturas tan bajas. La gente se queda hablando adentro minutos que pueden ser letales para los que están afuera. Se me hacía larguísima la espera y ya imaginaba que estarían hablando del frío que hace desde que llegaron las lluvias, sin darse cuenta que más frío hace para los que están afuera del almacén. Finalmente, pude entrar cuando una persona salió y no tuve más ingenio que preguntar cómo andaban a los allí presentes, cuestión que derivó en charlas en torno a qué otra cosa que: el frío. Todos nos damos consejos sin que se nos pidan de cómo afrontarlo y nos preguntamos cómo se hace para llevar esta situación. Le preguntaría a mi abogado qué fórmula tiene para ello pero se contagió de covid y está incomunicado. Compré lo que fui a buscar y volví. Vi una publicación que me llamó la atención, que me terminó llevando a encontrar dos editoriales candidatas a publicar mis poesías, por lo que rápidamente me puse en contacto y quedé a la espera de alguna respuesta, aunque el asunto me tiene sin muchas ilusiones por el contexto que parece no ser favorable, según los más criteriosos, para que la gente lea, y nunca lo es. Los momentos de lectura son raptos que el lector, ocasional o asiduo, tiene para “robarle” a otras cosas que le consumen el tiempo del que dispone, según las particularidades de cada uno.

Luego de un tiempo de atenciones, cuidados y ejercicios, vi que todos parecían contentos de emprender el día, y con él la vida, por lo que me desentendí de gente y cosas para atender otras gentes y otras cosas. Uno tiene que desentenderse cotidianamente, es una acción que trae aparejada muchos beneficios. Los hindúes hablan de desapego, pero no sé si a nosotros esa palabra nos dice algo; en cambio, desentender, lo cual no significa descuidar sino todo lo contrario, cuidar y entender que todo puede cuidar de sí mismo dadas las condiciones, me parece que nos dice algo más que lo que oímos de un brahmín. La cuestión es que tuvimos una comunicación visual con El Satélite, como siempre muy jugosa, sin llegar a nada en concreto y siempre yéndonos por las ramas, pasando por la primera película Matrix y el Kybalion que nos dice que la mente es todo, hasta diversas teorías especulativas que llegan a nuestros oídos. El Satélite sabe mucho, de varios temas, pero más que embeberme de su sapiencia me gusta cuando empezamos a divagar en las charlas y se desvían de su cauce natural para entrar en lo especulativo, los delirios con tintes científicos y el viaje imaginario con soluciones chamánicas para los problemas del mundo.

Cuando me estaba yendo por sexta o séptima vez en el día, me llegó la lista de los nuevos ingresos de libros en un reciente descubrimiento de proveedor de libros en la ciudad ( ciudad donde sólo hay una librería con local comercial, dedicada a la venta de libros escolares, principalmente ) y encargué un par, uno de poesía y una novela, que me van a estar llegando en los próximos días. A veces me pregunto por qué entretenerse con letras cuando es más fácil hacerlo con una pelota e incluso tener algún tipo de protagonismo, pero sin buscar respuestas ni justificativos; sencillamente, son cosas que no van por los mismos carriles aunque no opuestos y cada una tiene su cuota de gratificación, de placer, que es lo que nos seduce y nos atrae, y en ellos nos desenvolvemos. Quizás incluso habrá tiempo para escribir las memorias de un goleador o para patear un penal en una cancha de fútbol 5 entre jubilados del rock and roll.

Tres versiones de canto

No sé qué había soñado pero como de costumbre el sueño me dejó pensando en toda suerte de cuestiones a las que no les dedico gran cosa a lo largo del día. Después del café, lo primero que sentí al salir fue el aire helado en el rostro. Como escritor invernal, ahora entiendo el chiste aquél en el que te preguntan capciosamente si vos sabés lo que es el arte, y más que entenderlo lo padezco como todo artista de países en las vías del desarrollo. Un par de gorriones disputaban con bullicio por un poco de luz solar en una rama. Es suposición de mi parte, aunque tal vez me equivoque y juegan al amor. Descubrí los primeros charcos congelados sobre el pavimento, réplicas de pistas de hielo que evitan los motociclistas. A esa hora de la mañana sólo puede haber dos negocios abiertos en el barrio: el forraje y la panadería. Como los perros ya tienen alimento resolví buscar alguno para mí. Entré en la panadería y el contraste de ambientes era muy notorio. Lo cálido del lugar daba mucho placer, y ni hablemos de la degustación culinaria a la que estaba a punto de sucumbir seducido por el aroma exquisito que emanaba de los hornos y las estanterías del local. Regresé por calles distintas a las que había ido, y en el camino encontré una piedra extraña en un lugar poco usual erguida como un tótem al que las hormigas le rendirían un culto pagano, con sacrificios y ofrendas a la deidad si llegaban, atravesando la vereda ante el peligro de los peatones que transitasen el lugar; las que morían en la travesía o ahogadas por las lluvias serían ofrendadas al tótem como muestra de lealtad del pueblo; las que resultasen malheridas de un pisotón serían sacrificadas. Luego, al seguir camino recordé uno de los sueños. Se había hecho un gran silencio, y en el silencio, comenzaron a cantar. Eran cantos desgarradores, lastimeros, una mezcla de tonos agudos como lloriqueos y graves como de truenos, presagiando la tormenta que se avecinaba con oscuros nubarrones. El golpeteo de los tambores con fervor entusiasmaba a los que hacían el coro, coro desprolijo en su lenguaje nativo que no pude comprender. Enseguida, las mujeres se dispusieron a danzar frente a la fogata, con saltos acrobáticos por encima del fuego corriendo un riesgo que las llenaba de adrenalina y las hacía sonreír con cada triunfo. Los dos ancianos que se erguían  entronizados en las rocas empezaron a recitar salmos o poesías cuando aquellos se hubieron callado. Todos nos sentamos alrededor de la fogata para escucharlos hasta que apareció el primer trueno de la bóveda celestial y cayeron las primeras gotas, gordas, gruesas, que pegaban en los cuerpos desnudos de todos los que participaban del ritual, gotas que pronto se transformaron en un aguacero que arreciaba sobre todos y nos tuvimos que guarecer en las chozas. A través de la paja, aún podía ver el fuego y cómo, poco a poco, iba apagándose por la lluvia.

Hay cuentos que son reveladores, pero hay otros que son disparadores de la motivación, de la vocación. Uno de estos últimos es “El milagro secreto”, de Borges, el cual es como una alegoría de la vida misma y, si bien el protagonista escribe, se podría tratar de un cocinero, un músico o un hombre de negocios tranquilamente si el lector lo considera. Seguí caminando hasta llegar a casa. Comí unos pocos bizcochos, que aún estaban tibios, preparé el mate, puse a andar el lavarropas y se disipó el manto de silencio que cubría el ambiente. Comenzaron las charlas, los camiones y la música. No fue hasta media mañana, al oír un perro, cuando tuve un atisbo de otro de los sueños que había tenido en la noche: Estaba en un recital y se produjo un silencio muy pronunciado que generó inquietud y expectativa. Algo pasaba en los parlantes o el equipo de sonido. Los técnicos corrían de un lado a otro ante la impaciencia del público. El bajista se arrimó a la primera fila y acompañó al público que había comenzado a cantar, aunque más atrás sólo se escuchaba el canto del público, las voces desaforadas de la muchedumbre. El cantante pateó un parlante con rabia, ni siquiera les podía dar un mensaje esperanzador o decirle que les devolverían el valor de las entradas si no solucionaban  el desperfecto. La gente seguía y seguía cantando siempre la misma canción, principalmente el estribillo, repitiéndose hasta el cansancio. Con el correr de los minutos, y la desesperación de sonidistas y técnicos, la desesperanza de la banda -que creí reconocer como No te va gustar– por ver fracasar el recital y el desconcierto del público, los cantos se convirtieron en bulla y griterío, incluso hubo forcejeos y algunas piñas volaron por el aire. Muchos comenzaron a retirarse, otros querían subirse al escenario, pero el personal de seguridad actuó rápidamente para impedirlo; de hecho, varios fueron arrojados entre los otros con una fuerza bestial y uno me cayó encima. Hubo corridas, gases, y banderas incendiadas. La banda hizo gestos de disculpas y se marchó. La voz cantante del grupo intentó decir algunas palabras al público pero nadie lo escuchó. Todos oscilaban entre el fervor y la desazón, o una mezcla de ambos. Furia y desilusión también enturbiaban el ambiente. Los cantos habían cesado. Quedaba el humo y los reproches por lo bajo entre la gente que se retiraba del estadio, caminando lentamente, prometiendo volver.

Sonaban las notificaciones del hot sale en el celular, que no atendía, y llamó el cartero, que sí atendí. El mate se había enfriado por lo que tuve que calentar el agua. Aproveché para cambiar la yerba, esta vez por Verdeflor. Atendí a los perros que, a pesar del frío, celebraban la mañana. El mecánico había comenzado a trabajar con los motores, que se hacían escuchar a pesar de la distancia. Envié varios mensajes pero todavía cada quien estaría con sus sueños a cuestas, por lo que no respondían. Un carro tirado por un caballo pasó como casi todas las mañanas, antes del mediodía, que se me venía encima como un tren a todo vapor y pronto otras actividades, noticias apareciendo y quehaceres me llevarían a dejar lo que tenía pensado para el día. Al observar el caballo, recordé el otro sueño que me inquietó durante el descanso nocturno. En mis cuentos no hay espacio para la guerra, al menos en la cosecha hasta la fecha, pero en mis sueños pareciera que sí, y al parecer era un soldado. Un grupo de cinco comenzaron a cantar. Estaban atemorizados por el horror de lo acaecido minutos antes. Los otros soldados no decían nada, aparentemente aguardaban alguna orden del coronel. Entonaron una canción que León Gieco había hecho popular: Como la cigarra. Y aquellos cantaban “tantas veces me mataron” en un coro auténtico, como si lo hubiesen estado ensayando hacía meses. Los soldados que los rodeaban y apuntaban con los fusiles M46 se miraban entre ellos sin comprender el acto de aquellos. El soldado Henry Pierce ( alguien lo nombró ) se reía con ahínco en una carcajada que estremecía a los improvisados cantantes, aunque no tanto como para interrumpirlos, pues seguían abrazados entonando “tantas veces me morí”. De repente, sonó el intercomunicador del soldado Pierce con órdenes del coronel: ejecútelos. La balacera de los fusiles M46 no se hizo esperar y acabó con el canto de los cinco soldados, que supe en ese momento eran desertores. No alcancé a escuchar nada más luego de que el silencio vuelva a cubrir todo el ambiente. Me alejé, con una lágrima rodando por mis mejillas que no supe que había salido de mis lagrimales hasta que la sentí en los labios. Ya estaba bastante lejos de aquella matanza y supe que no me iban a escuchar cuando entoné el verso final: “Sin embargo estoy aquí, resucitando”.

A pesar de los cantos, el silencio, la música que me acompaña en la mañana, no tengo registros del orden de tales sueños, más que como vino su tenue visualización en la vigilia. Lo que me queda en limpio es que tendría que haber aprendido idiomas para comprender el canto de los nativos, cosa que todavía estoy a tiempo de hacer. y que en los recitales los rituales pueden fallar. El soldado me recordó que en Henry -librería en Bahía Blanca- se pueden conseguir mis libros.

Rafaelle

En su huída… ¿o tal vez fue una caída?, se encontró con un Sustituto. Y lo encontró confortable y cómodo y lleno de virtuosismo; entretenido, voraz y cargado de dinamismo. No obstante, poco a poco, sin que su ser consciente lo notara, sin notar el frío fue perdiendo por así decirlo la palabra, luego por así llamarlo el idioma, luego -por si la tuviera- la voz, quizás sin saber del dolor hasta la carucha. Lentamente, muy despacio como todos los procesos que ocurren dentro, se acomodó al ambiente, se amoldó a la norma, encalló en la horma. Y lo llamó Realidad. ¡Oh Inmaculada Imagen de la Perplejidad! ¡Ahórranos la visión tortuosa donde las almas gimen de espanto y obséquianos la melodía de las mentes luminosas!


Allí termina la historia que aquí se narra, pero no la suya.
Aún perduran rastros de su sombra al caminar. Aún quedan vestigios de su parloteo en el aire. Aún, especialmente aún, amaina el viento cuando siente su paso.

La ventana

Veo el mundo a través de una ventana. Diga mal: veo un mundo a través de ella. Es un mundo de pensamientos, de poses, de broncas, de descargas emocionales; la aparente cercanía que ostentan las redes se traduce en lejanía de las sensibilidades que participan. Es más común sentir antipatías y rechazos que penetrar en el pensamiento de otra persona. Así y todo la gente se lanza a la ventana, se muestra -o muestra un retazo de historia- y espera una gratificación a la belleza, al ingenio, a la sobreexcitación o al poder de seducción. Si el pez muerde el anzuelo habrá pique. No se perciben olores desagradables y eso parece ser un gran avance; tampoco hay rastros de perfumes que perseguir, hemos perdido el olfato de goleador, es un ambiente libre de vahos alcohol y humo de tabaco. El tacto intuye la luz y a ella se encamina: no hay piel que tocar, rostros que acariciar, labios que besar. Eso podrá darse a posteriori de acuerdo a las mareas, la dirección del viento y la virulencia de las olas chocando contra las rocas. Mientras tanto, surfeamos, construimos castillos en la arena y, desde ya, nadamos mar adentro. Hay elogios que se repiten hasta el cansancio, como las acciones de un robot arterioesclerótico; y los insultos son un reguero de verborrea cual sustitutos de trincheras medievales donde las batallas convergen en una guerra de opiniones. Los artistas no tienen cabida ni refugio, más que como mero artificio lógico que les hiciera creer que todos viven en un mismo mundo imaginario: allí cada uno, cada partícipe, hace su propio show, tiene una historia para contar o es un producto en venta al mejor postor y hay muchos espectadores en la tribuna que aplauden o silban, según el caso, alabando o reprobando, según el gusto. Aunque el espacio es redundante ( uno puede llegar a ver diez veces lo mismo en cuestión de minutos ) hay lugar para todos, pues es sabido que este agujero negro iluminado se tragará a quien ose penetrar en sus aposentos. Entretenido, variopinto, vanidoso, formal, opaco, funesto, alegre, colorido, banal, divertido, se lo puede observar como un océano de escasa profundidad: diríamos un charco donde embarrar los zapatos y caminar por sus aguas recorriendo ese mundo que se imprime ante nuestra vista. Pero he ido demasiado lejos con la visión, por lo que corro una cortina ante la ventana, apago la luz, enciendo un cigarrillo y observo, al otro lado de la ventana, una luna virtual sobre el astral firmamento.

Criterio

En los antros posmodernos de formateos cerebrales, les instalaban dinosaurios y dinero, bien desde chiquitos, estampados en la sien con alevosía como dispositivos conductuales, como para que se forjaran un criterio lóbrego que los conduzca por la viñas irascibles del Señor de la pesquisa.

Golpeaban la puerta

Dejó de buscar la felicidad entre las cosas, en las iluminadas calles, en la sonoridad de las palabras dulces, entre las gentes felices, en la fugaz imagen, en la frugal ingesta. Se acostó a dormir, después del diurno trajín, y soñó. Soñó una y mil veces que golpeaban la puerta. En uno de esos sueños, se levantó y fue a abrir. Era la felicidad.
Primero espió por la mirilla y vio una sombra. Luego, le quitó el pasador a la puerta y, finalmente, abrió. La felicidad irradiaba. La miró desde la punta de los zapatos hasta la cabeza. Luego, embelesado, le dijo:
-Disculpe, ¿Qué desea?

El increíble caso del doctor Bloom

La inspiración viene y va en una danza narcótica que me hace deletrear estreno, en cada serie, anagrama de Ernesto, deudor serial. Como he dicho por allí, a leer se aprende leyendo, interpretando, descifrando y reinterpretando como un actor su papel, la lectura, lo que el texto presenta como un desafío. Reincido en la lectura como tema de escritura, cual si fuera un anatema de la época, prescribe la libertad y el maniqueísmo lector, se bifurcan los senderos del jardín y uno debe tomar una decisión, pues es nuestro deber ser resolutivos, darle fin a la tonada y no quedar inconclusos ( esta redundancia –puesto que todo lo que comienza ha de tener un final- queda como un exabrupto propio del cambio indispensable de voz en el relato ante la atenta mirada del lector voraz que ha de mantener la compostura cuando el mismo se rebele a la doctrina gramatical del bien decir y escape de los carriles que le señalaban andar trechos ya recorridos por reconocidos escritores para “hacerse camino” y explorar los surcos que el hombre no ha pisado, no por escasez de curiosidad o carencia de espíritu aventurero, sino porque todo ha de estar alambrado con el cartel retén de “propiedad privada” que los priva de aquello ) ya que ello presentaría una indecisión ruda, una suerte de duda pragmática librando al azar o al destino -que están claramente diferenciados por la Real Academia Española de Letras Arábigas y Números Primos Incaicos en su apartado “Nociones relativas al absolutismo semántico” de la treceava edición, revisión cuarta, por lo que nadie puede presentar formalmente una queja aduciendo no saberlo- que le depare una especificidad en la comprensión lectora de tales enunciados, denunciando crudeza en sus actos y finales abiertos, plagados de omisiones y falaz verosimilitud que tragaríamos con mucho gusto a sol y a sombra, si la sensación térmica no fuera un decreto presidencial contra la debacle cultural que supondría la batalla diurna de palomas y loros barranqueros al momento del baño templado, en horas frías. Esto, dicho así, puede pasar por alto muchas cosas, a saber:
-La necesidad de hacer todo entendible para un garbanzo.
-El deseo de comunicación lúdica con la espora.
-El intercurso sexual de la creatividad que da luz al brote textual.
-La capacidad de lector para compenetrarse con la historia.
-La penetración de la historia en la mente.
-El vuelo apoteósico que recorre la lectura en la claridad.
-La necesidad de claridad para pintarrajear conceptos maculados.
-La inmaculada concepción de la obra artística de fruta abrillantada.
En síntesis y resumidas cuentas, nada en literatura, chapotea en garabatos literarios con la excusa de sacudirse la modorra y escaparle a la siesta, festival criollo al que asisten los valientes herederos del mundo.
Como les iba diciendo, la inspiración no llega en todas sus vertientes: como musa, como energía, como palabra creadora, como ansias de colmar de letras una hoja en blanco a fines comunicativos. No señores. Llega en alguna de ellas o en vano resulta la espera. El doctor Bloom me dijo:
-No hables con tus lectores, los confundes no con tus palabras sino a unos con otros, piensas que John Carridge es Eleonor Rusvelt o crees que Pía Maroja es Mariquita la piojosa, y eso –para el lector- es un absurdo, una ridiculez también. La deificación del escritor es cosa de siglos anteriores, donde la gente carecía de tamaña imaginación ni tampoco había o existían los estímulos actuales.
-La edificación de conceptos rutinarios tiene cimientos endebles, nadie construye castillos en el aire para habitarlos. –retruqué.
-Su caso, aunque insólito, es alentador. Como podrá comprobar, la cantidad de visitantes de un videoclip pueril y vergonzoso en promedio es de dos millones, incluso hay quienes repiten la visita tres y hasta cuatro veces, lo cual nos dice mucho, no ya del videoclip que podría prometer el oro y el moro, sino de los indirectamente afectados. Si trasladamos la estadística a lo estrictamente literario, el promedio nos da que el diez por ciento de los seguidores son –a su vez, o al mismo tiempo, o en su defecto- lectores. De ahí a que lean lo suyo media un abismo de contextura tersa, de manto lúgubre y, por si fuera poco, del orden virtual. Esto sin dudas quiere decir que el carisma que detenta la pieza artística no seduce –por más ahínco- como lo haría una obra pictórica, ni mucho menos una pieza musical.
-Estamos hablando el mismo idioma, con diferencias extáticas. –le añadí a su verborrea.
-En tanto, una azafata de línea de bandera alterna su atención con la coquetería, manteniendo a los viajeros en estado sereno y complacido. Su texto, no logra conmover ni hacia el llanto, ni a la ira, ni a la codicia, ni al contrapunto, ni siquiera llega al esputo que derramaría sobre la hoja un ojeroso cansado de lidiar con él. Pero, hete aquí, ese es un punto a favor, ya que verá el ranking de ventas, por ejemplo el de este mes, y tenemos entre los títulos más vendidos a gente del orden del plioceno, meramente adaptada a la tecnología actual, con tintes de verdulero amaestrado.
-¿Entonces, doc?
-Crear y crear, esa ruta vertiginosa que no reposa, es un camino de idas y vueltas, de ideas y volteretas, de idus y volteos, donde la emancipación de la palabra está al caer. Y, llegado ese punto, caduca la comprensión por lo que habría que resguardarse, colchón adentro, del bravo mar existencial, inmisericorde con la pereza, la dejadez y la habladuría. Y por hablar nomás, llegamos a la conclusión de que todo lo que tiene un comienzo ha de concluir, así sin más, por demás.
-Entiendo…
El doctor Bloom tiene la capacidad de dejarme pensando por horas. He pasado noches pensando entre sueños en sus palabras. Es más, sus palabras daban por nacimiento a diversos sueños entretenidos. Es raro sacar conclusiones, ni apresuradas ni meditadas. Si bien es claro que lo que dice el doctor es cierto, por momentos a algunas cosas me niego a ponerle fin.

Mientras espero

-¿Qué pasa, compañero? ¿Se ha quedado sin inspiración? -Me dijo el hombre, vestido con su uniforme militar, que me había estado observando cabizbajo con un lápiz en la mano golpeando repetidamente sobre el papel.
-Puede ser, camarada –dije-. ¿Acaso sabe usted cómo combatirlo?
-Claro que sí. Hay que llamarla implorándole su aparición. Algunos dicen que es cuestión de sentarse y que ella vendrá. Otros hablan de dejarse llevar por ella ni bien se hace presente. Yo tengo una fórmula que nunca falla.
-Pues debería facilitármela, camarada. –dije, mientras observaba las insignias en su uniforme.
-Con mucho gusto, pero me temo que no será gratis.
-¿Así que la inspiración ahora tiene un precio?
-Como todo. Ni siquiera hablar es gratis hoy en día. El llamado a la inspiración también tiene su costo.
-Ya me parecía que tanta amabilidad no podía ser sin ningún interés.
-¡Vamos, compañero! ¿Quiere saber de qué se trata o prefiere quedarse con la espina?
-Tengo curiosidad por saber, pero no tengo demasiado dinero. ¿Cuánto me va a costar?
-Para los resultados que brinda, su costo es ínfimo. Su nombre es ideina. Vea, compañero. –me dijo el hombre dándome una de las píldoras.
-¿Ideina?
-Sí. Tiene los componentes activos que propician la aparición de las ideas. Viene en dosis de 200 y 500 miligramos, para cuando no surge nada.
-¿Se toma así nomás esta… droga?
-Oiga, no tiene por qué hablar con ese desprecio. Ideina ha salvado la carrera artística de unos cuantos. Si le nombrara, se quedaría pasmado.
– Entiendo, ¿me podría dar algún ejemplo? –dije por curiosidad.
– Roberto Fontanarrosa hubo un tiempo en que no podía crear sin ideina.
-¡Qué bárbaro! El negro, no lo puedo creer. Tan ocurrente…
-¿Vio?
-¿Cómo es que no supe de esta píldora antes?
-Compañero… ¿qué esperaba? ¿Un anuncio publicitario en la televisión?
-No, claro que no. Qué cómico sería. Y… ¿tiene alguna contraindicación tomar esta píldora?
-Quien la tome puede sufrir mareos, vértigos, diarrea y/o alucinaciones en alguna que otra medida.
-¡Qué problema si viene la inspiración junto con algo de eso! ¿No? Habrá que ir al baño con una libreta y lápiz. ¿Cuánto dura el efecto de la píldora?
– Son cuatro horas de inspiración ininterrumpida. Bueno, compañero, ¿va a comprarla o no?
-Estoy indeciso… bueno, deme dos.

Le pagué al general por las píldoras y debo decir que no me resultaron para nada baratas. Tomar una de esas píldoras iba a hacer que lo piense dos veces al menos. A decir verdad, no tenía miedo tanto por el costo sino más por la adicción a la que podía caer. La inspiración… ¿cómo decirlo? A veces no viene. Entonces uno se sienta y escribe cosas que bien podrían haberse no escrito. Que no valían la pena, como muchas de las cosas que todos en mayor o menor medida hemos leído hasta acá. Y bueno, tenía la esperanza, siempre la esperanza en nosotros, de que con esta pildorita podamos sortear el problema de la inspiración. Pero no. Me tomé una y me senté a esperar. Se me ocurrieron varias cosas, pero era más de lo mismo: alienígenas de visita a la Tierra que le enseñan el sentido de la vida al ser humano, el hombre solo ante la inmensidad del universo descubriendo todos los secretos del ser, la mujer que deja al hombre en nombre del amor a otro hombre se da cuenta de que el amor es un juego vanidoso, historias de amor en parejas adolescentes capaces de conmover a un hombre mayor, viajes interplanetarios del hombre en el futuro gracias a los avances tecnológicos descubriendo nuevos mundos en los cuales desarrollar la vida humana, la historia de un hombre que descubre el amor a través de sus hijos y amistades prescindiendo del amor por una sola mujer, gente que fabrica pastillas que producen efectos insólitos en sus consumidores, en fin, más de lo mismo. Así estuve cerca de cinco horas sin que se me ocurran cosas nuevas diferentes a las de la inspiración habitual y pensé que nuevamente había caído en una estafa. No sería la primera vez. Esperemos que sea la última. Todavía me queda la otra píldora. No creo que la tome, estoy decepcionado sinceramente. Además me asusté un poco cuando se me apareció Sor Juana Inés de la Cruz montando un caballo blanco y me dijo: subí que te llevo a dar el mejor paseo de tu vida. Me parece que voy a seguir esperando que la inspiración llegue de manera natural. Si bien, sé que hay cosas que no se compran, a veces, caemos en la tentación de probar para ver qué pasa… y nada, les narro la experiencia para que no caigan en la trampa como me tocó caer a mí.

El beneficio de la duda

No saber qué va a pasar, como si algo pasara, tiene sus beneficios. Eso me decía Ahíto cuando le preguntaba acerca de nuestras excursiones, acerca de qué esperábamos encontrar, filmar, fotografiar u observar, sencillamente.
Salimos un viernes de abril y en el baúl cargábamos, entre telescopios y cámaras, la heladerita llena de cervezas. Recuerdo que atravesábamos la tarde cuando estábamos llegando al monte Pirámide, en el cordón serrano de las pampas. Junto con Véctor, los tres ascendimos al mismo hasta que nos encontró la noche, allá en lo alto.
-Ya estuve probando jonca –dijo Véctor, siempre dramático-. El M me queda chico, y según me dijo un médium de confianza, al más allá hay que viajar cómodo. –enfatizó- Así que ¡Vamos con el extra large!
-¡Cortala, boludo! –le paré el carro- Lo único que te queda largo son los años por vivir.
-Y si no es en el más allá, será en el más acá, otra vez. –añadió Ahíto.
-Ustedes no tienen sentido del humor, se les avejentó el espíritu.

Las primeras cervezas refrescaron nuestras gargantas. Ahíto colocó un telescopio sobre el trípode y comenzó la observación. ¡Era una noche magnífica! El cielo se puede apreciar en todo su esplendor en espacios abiertos, tanto que impresiona. Divisó un avión que surcaba los aires y le pedí que me dejara observar. Pude ver a un anciano vomitando con claridad. O lo intuí. Estrellas fugaces caían al norte y al oeste. Al otro lado, se mostraban algunas pequeñas nubes que impedían, momentáneamente, vislumbrar la Cruz del Sur.

Después Véctor se puso a boludear con el telescopio. Miraba el auto allá abajo, las luces de la ciudad a lo lejos, los vehículos que iluminaban la ruta…
-La próxima excusión es de pesca. –dijo, ya cansado.
No pasaba nada, solo la refrescante amargura de la cerveza por nuestras gargantas. Ninguno, ni siquiera Ahíto, esperaba que pasara algo, no éramos espectadores privilegiados de algún suceso. Era una noche de abril ( ¿Era abril?) que todavía no había traído el frío, eso explicaba las cervezas, la charla y el cielo despejado, una ventana abierta, indescifrable, para nosotros. Había dicho que era viernes pero la noche me permitió, al menos, dudar. Ante nosotros se desplegaba un calendario novedoso que nada tenía que ver con el gregoriano. Véctor vio una luz descendiendo sobre el campo que le llamó la atención y Ahíto se hizo cargo del telescopio, mientras me pedía que preparara la videocámara.
Aparentemente, la distancia del objeto de observación era de unos tres kilómetros y medio. Ahíto nos narraba lo que iba viendo:
-Una especie de avión plano… dos luces… hay movimientos. Aterrizó en el empedrado viejo.

Había en ese lugar un camino antiguo, abandonado por el gobierno, que atravesaba las rutas paralelas del cordón serrano. Nadie lo usaba, estaba muy estropeado por los años y la dejadez.

-Descargaron algo…cajas. –proseguía Ahíto.
Véctor y yo nos miramos con asombro, el asombro propio de esas situaciones que suceden, cuando nada pasa. La noche cobraba intensidad. La noche, la apacible noche, entraba en una fase de actividad neuronal.
-Se van. –nos dijo Ahíto. Y vimos despegar la aeronave en sentido opuesto al que la habíamos visto aterrizar sobre el empedrado.
Los tres nos pusimos a debatir qué acción emprender. Sentíamos total curiosidad por verificar lo que había sucedido. Ahíto decía que las cajas estaban allí, las habían dejado, lo cual nos inquietaba un poco. Resolvimos que teníamos que ir al lugar. Las opciones que teníamos eran dos: en auto, bordeando el cordón serrano, por ruta hasta llegar al empedrado; o caminando, atravesando el campo, bajando del monte Pirámide. Con la primera opción, estimamos, tardaríamos dos horas; la segunda, que fue la finalmente decidimos, menos de media hora.
Véctor se quedó a guardar los equipos, los telescopios y las cervezas que quedaron, en el auto, mientras Ahíto y yo emprendimos la misión, sólo con la videocámara y linternas.
En el camino nos asustamos cuando se nos apareció un pequeño zorro a unos metros, que quedó filmado con nitidez, para luego salir huyendo entre los pastizales. Cruzar una zona de cardos espinosos fue lo más complicado de la travesía. Estábamos a pocos metros del empedrado cuando Ahíto me pidió que filmara.
Finalmente, llegamos. Estábamos a unos doscientos metros de las cajas, según había estimado él. A medida que caminábamos las pudimos ver. Eran entre ocho y diez cajas, grandes, del tamaño de una motocicleta cada una.
Mientras no dejaba de filmar con intensa curiosidad, Ahíto con un cortaplumas abrió una. Lo que había dentro nos desconcertó. Entre blancos y rojos, pudimos leer claramente “Marlboro”. Rápidamente, abrió otra caja que estaba a un lado, para un resultado lapidario: “Phillip Morris”.
Me pidió que dejara de filmar. Bajé la cámara y la guardé en el estuche. Luego me la colgué al hombro, al tiempo que Ahíto abría otra caja.
-Camel. –dijo, yo había quedado un poco atrás.- Es un cargamento de cigarrillos.
-Podría haber sido peor. –le dije. Ahíto entendió.
-Vámonos antes que vengan. Esto se puede poner feo.
-Sí, mejor rajemos.
La llegada de un Vespa al empedrado desde el oeste no nos dio tiempo siquiera a poner los pies sobre el campo. Con las luces altas, atiné a responder con la linterna. Una figura desgarbada se bajó del auto, que mantenía las luces encendidas y el motor en marcha. Parado al costado del mismo, preguntó quiénes éramos y qué hacíamos allí.
-Bueno –respondió con displicencia Ahíto-, es un poco la pregunta que nos hacemos todos.
-¡Vamos! –retrucó la voz metálica y aguda- ¡No se hagan los tontos! Querían los cigarros.
-No, señor. Vinimos por curiosidad. –le dije sinceramente- No sabíamos con qué nos íbamos a encontrar.
El tipo bajó las luces y apagó el motor. Caminó unos pasos hacia nosotros y lo iluminé con la linterna. Tenía una cabeza triangular, de color verduzco, y en el centro un ojo pequeño. Vestía un sobretodo que le cubría toda la piel. No pude ver sus manos hasta que nos amenazó con un arma. Eran escuálidas.

-¡Lárguense! –nos indicó.
Comenzamos a andar, campo adentro, cuando nos llamó nuevamente.
-¡Un momento! Dénme el bolso ese. –se refería al estuche con la videocámara.
Se lo arrojé resignado. Caminamos otra vez, atravesando los cardos espinosos, y ya desde la espesura miramos hacia atrás, observando la sombra del tipo, subiendo el cargamento al carro que arrastraba el Vespa.
Ahíto había quedado enmudecido. Bordeamos el monte Pirámide, ya muy cansados, hasta llegar al auto. Véctor bebía cerveza, recostado sobre el capot.
-¡Muchachos! ¡Creí que los había raptado un marciano! ¿Qué vieron? ¿Qué había?
-Si te lo dijéramos, no creerías. –le dije con fatiga.
-¡Vamos! Concédanme el beneficio de la duda.
-Cigarros. –dijo Ahíto por fin.
-¿Cigarros?
-Es hora de largarnos de acá.
-Ya les dije, la próxima excusión es de pesca. –sentenció Véctor.

Aquellos que todo lo saben

Escribo para que no leas, leo para no escuchar, escucho para que no hables y hablo para poder callar. La gente sólo escucha lo que quiere escuchar, hay un deseo previo que antecede al orador y si éste nos complace, le prestaremos atención; caso contrario, hay mucha gente hablando.
Eso decían los visitantes interplanetarios de nuestra Tierra: es un lugar con mucha gente que habla. Poco decían del lugar, el lugar era precisamente la gente, las estructuras pasaban a segundo plano y los paisajes poco llamaban la atención de aquellos, que sólo se interesaban en gente. En fin, como nosotros, que nos envolvemos en frazadas hechas de cuerpos, ideas y sentimientos cuando tenemos frío y nos zambullimos en mares hechos de cuerpos, emociones y pensamientos cuando hace calor. Y dicen –bien- que la sal cura las heridas, mas nosotros no estamos heridos, estamos más bien como Stella: Artois. Y quien se adentra en la lectura puede salir malherido o, al menos, todas sus concepciones previas corren el riesgo de hacerse añicos o, al menos, de encontrar otro enfoque, una vuelta de tuerca al punto de vista arraigado. No así aquellos, que todo lo saben. ¿Y por qué vienen? Sencillamente curiosidad.
Uno de ellos, alto, robusto, semejante a un pívot de básquet, blanquecino, parecía dirigir la comitiva con ademanes bruscos hacia la tropilla, pronunciando toda suerte de sonidos ininteligibles para mí. Los demás asentían, o eso era lo que me parecía desde la observación atenta que hacía de la situación. De repente, el grandote subió y los demás arremetieron con furia por la escalinata detrás de él, casi atropellándose los unos a los otros. Serían no menos de veinte, con indumentaria de colores parcos y oscuros, a rayas. Luego de un leve sonido agudo, comenzaron a crujir las hojas secas y los troncos sobre los que se asentaba el navío, que en un rápido despegue se alejó de mi visión, perdiéndose en el horizonte en breves milisegundos.
Todavía me pregunto por qué no me habrán querido llevar y optaron por dejarme sin la compañía de mi amigo Fermín. Él descreía de estas cosas, al punto de tacharme de loco cuando le hablaba de las apariciones que hacían en uno u otro punto del espacio terrestre, cuando le mostraba los archivos desclasificados de la NASA que daban cuenta de valiosos testimonios de su llegada o de las misiones que se filtraban a través de radios que interceptaban su mensaje y habían podido decodificar. Fermín, más Dios que ateo, sólo creía en la verdad, libre de ambigüedades y de contradicciones culturales. Tal vez mi perorata haya sido capaz de inocularle la duda en tales ámbitos, no lo sé, tal vez. O quizás de tanto escucharme quiso obtener algo en mano que no pudiese refutar y a las pruebas me remito ahora él está… bueno, vaya uno a saber dónde se encuentra Fermín.
Por lo pronto, espero que se encuentre bien. Aquí lo espero para que me cuente, con lujo de detalles, la travesía sideral.

Buenos aires

Con sesudas reflexiones se va purgando el ambiente, se libera de impurezas, de las partículas de pensamientos retorcidos que expelen los caños de escape de los colectivos, automóviles y camiones; también de las motocicletas a vapor que lanzan humeantes sentimientos de rechazo al mundo moderno con sonoros rugidos de puerco espín. En las calles todo sigue igual: los gorriones buscan alimento desde bien temprano el amanecer y hacen migas con palomas, mientras los chimangos posan sobre los postes del tendido telefónico acechando algún resto de carne que dejen los perros, que son los amos del vecindario, con respeto al peatón y desconfianza de todo tipo de carteros, ciclistas y cartoneros. Y que no se le ocurra pisar las veredas a un rengo, porque va a tener que recordar lo que era correr con el atropello canino de estos ejes de la discordia. En concordato y a tono con el movimiento de los vehículos que atraviesan la avenida y cruzan las callecitas del barrio, los que realizan el reparto de mercadería, luego de escupir, se sacan la tensión que les provoca la rutina con la descarga física de energía al bajar las pesadas cajas y cajones desde los acoplados. No hay parejas ni enamorados caminando de la mano, ni niños corriendo o andando en bicicleta, no hay pelotas rodando ni gente grabando en los celulares. ¿De qué se trata todo esto? La normalidad perdió todos sus velos y se muestra desnuda, delgada, raquítica, afeada. Si uno no la conociera, probablemente se la confundiría con la muerte despojada de túnica. El aire es más limpio de lo que he dicho; basta con respirar profundo para vivir eternamente o hallar la fuente de la juventud, tan huidiza en las memorias de los literatos. Pero, ¿quién quiere juventud? La regresión es una perversión de una mente cansada, agotada, saturada de placer, como el que da la luz del día tras el crepúsculo rosado, ocre, amarillento, anaranjado que vaticina que el día llega cargado de bendiciones, y que el pesado sueño parece desdibujarse ante la aparición. Quién diría que la luna se apaga, así nomás, como un acto simple de delicadeza y reverencia. Salud. Y vida, desde ya, vida es todo lo que hay. No basta con hacer menciones a las frases que, recortadas con decoro, simulan reflexión, no, no basta. En el ambiente, bañado de silencios, un emoji vale más que mil palabras.

Fotografía de Jorge Guardia

Tubérculos

Me salió un tubérculo en el medio de la cara. Ahí justo debajo de los ojos, por encima de la boca. ¿Qué hacía ese tubérculo incrustado en el rostro? ¿Cómo había llegado a asomar sin que antes siquiera lo intuyera como un grano o alguna imperfección? Qué distraído soy. Era como tener una papa, una batata, colgando de frente. La quise retirar, con cuidado de no dañarme, pero era imposible, estaba literalmente adherida al rostro. La examiné con cuidado y observé que tenía dos orificios por debajo, realmente una rareza. Me lavé bien el rostro para detenerme a pensar qué podía hacer con ese tubérculo. Lo seguí observando con sigilo, cuidadosamente. Tenía entendido que los tubérculos proliferaban en buenas condiciones ambientales, ¿y si me seguían apareciendo otros en el rostro? ¿Cómo me miraría la gente si tenía la cara llena de tubérculos? Me llené de pasmo.
Estaba decidido a consultar un doctor, cuando recordé que en la biblioteca tenía un libro de anatomía lleno de polvo. Me puse a leer y luego de horas de investigación llegué a la conclusión de que el tubérculo no es otra cosa que una cosa misteriosa llamada ´nariz´, cuya función es respirar y percibir los olores.
Y así lo hice, respiré profundo, con un poco de alivio. Por un momento me sentí una huerta orgánica.

QEPD

Había tomado por costumbre mirar, en el diario local, las necrológicas. No lo hacía nomás por curiosidad sino porque esperaba alguna reacción de mi parte al ver mi nombre escrito allí, con una fecha de caducidad. Era una motivación con poca sabiduría, pero me entretenía. El tiempo era arena entre mis dedos y sospechaba que cierto día, no muy lejano, llegaría a su fin, la guadaña tocaría mi puerta y ya nada sería lo que fuera hasta entonces. ¿Y qué era hasta entonces? Poco más que lo hasta allí conocido. En principio, no es que lo esperara con deseo o lo rechazara por temor. No. Mis cartas ya estaban jugadas, sólo era cuestión de que el croupier pagara la apuesta o me dejara en la calle, de los dos lo uno. No temía perder, pero me intrigaba saber. Ese era el punto en cuestión: saber. Había dudas e inquietudes que no se habían despejado.
Hay un dicho que dice que la curiosidad mató al gato, pero si no tuviéramos el instinto de curiosidad seríamos sólo un tronco de madera que deambula insensible y sin voluntad como mera subsistencia de las especies más bajas. Seríamos una especie de gusano vestido de frac.
Mientras tanto, sigo esperando y curioseando a cada momento. Por lo pronto ya tengo tallado el epitafio en la lápida para dejar constancia de mi legado. Dice Nicasio, mi nombre, junto a mi apellido y debajo la leyenda: “Aquí ya sé”, con la que espero sembrar la curiosidad en la posteridad.

El venado

Mientras bebía un café, Arturo leía las noticias del día anterior. Entre ellas, una hablaba de la muerte de un policía que accionó su arma sin querer mientras la limpiaba. Al revolver la taza, Arturo observó una mosca que se paró en el borde de la misma. Esta tenía dos cuernos que sobresalían de su cabeza y él, lejos de espantarla, la contempló. Una rareza de la naturaleza, pensó. Levantó la taza para beber y el insecto huyó volando. Tras permanecer leyendo varias notas periodísticas, terminó de beber el café y llamó al mozo para pagar. Cuando éste se hizo presente, Arturo observó dos protuberancias en la frente del empleado que antes no había notado. Intentando ocultar con disimulo su atención, pagó por lo que había consumido y se marchó. Al salir, un perro le movía la cola jugando con una rama. Arturo la recogió y se la tiró lejos. El can pronto volvió corriendo y cuando Arturo lo miró vio que el mismo tenía dos cuernos en la cabeza. Le pareció raro, pero pensó que tendría alguna cruza con cabra o algo parecido y se desentendió del asunto. Caminó hasta la parada de colectivos y allí había un anciano esperando impacientemente. Arturo lo miró detenidamente. El hombre vestía un ambo gris y llevaba un sombrero del mismo color. Sobre el mismo, se extendían a través de unos agujeros unos cuernos parecidos a los de un alce. Evidentemente, salían desde la cabeza misma de aquél hombre.
-Lindo día. –dijo Arturo para entablar un diálogo.
-¿Qué tiene de lindo? Es un día como cualquier otro.
-El tiempo es agradable. No hay humedad ni hace demasiado calor.
-¿Y con eso se contenta?
-¿Por qué no? Hay que estar agradecido…

El hombre se subió al colectivo que se detuvo frente a él. Arturo no se animó a preguntar por su cornamenta. Luego, subió al colectivo que estaba esperando y al hacerlo vio que el chofer ostentaba sobre su testa un par de cuernos magníficos, largos y brillantes. Se sentó al fondo del ómnibus que estaba casi vacío. La música que se escuchaba lo tranquilizó por un momento. Extrajo de un bolsillo un libro que llevaba consigo y se quedó leyéndolo en el trayecto. Al bajarse, la calle estaba desértica. Bueno, no tan vacía pues había allí sobre la vereda una paloma blanca. Cuando Arturo la observó no pudo creer lo que tenía delante: la misma tenía sobre su cabeza dos blancos cuernos. Al pasar cerca, el ave emprendió raudo vuelo hacia el firmamento y se perdió de la vista de Arturo. Caminó hasta su casa, a unos treinta metros y abrió la puerta al llegar con una de las llaves. Se sentó sobre el sofá y, al poco tiempo, sonó el timbre. Cuando fue a atender vio entreabriendo la puerta que se trataba del cartero. No fue menor su sorpresa cuando observó que éste tenía dos cuernos doblados en la cabeza.
-Certificada. –dijo el cartero.
-Lindo día, ¿verdad?
-¿Qué le ve de lindo?
-Temperatura agradable, no hay viento, ni llueve.
-Agradezcamos también que no nieva ni caen bombas.

No supo cómo encarar la conversación acerca de los cuernos del cartero, que ya había observado de distintas formas y tamaños en otra gente. El tema de por sí le llamaba drásticamente la atención, pero no tenía a quién recurrir. Firmó la planilla del cartero y se despidió. Ingresó nuevamente a la vivienda y abrió la carta que había recibido. Era de su amigo Enrique, que estaba viviendo en Bogotá hacía unos meses. En ella, le narraba sus dificultades económicas y un mal trance que sufrió con una mujer. Cuando terminó de leerla, retornó a su pensamiento la idea de averiguar el origen de aquellos cuernos. Desistiendo de la posibilidad de preguntarle directamente a quien los llevara en su cabeza por pudor o vergüenza, sólo le quedaba averiguar con Nancy, su novia, si es que ella sabía de qué se trataba el asunto. Algo que dedujo de todo aquello era que sólo lo había visto en hombres. ¿Se había cruzado con alguna mujer? Si, en el colectivo había dos damas y ninguna llevaba cuernos. Y de los animales no podía determinar su sexo. Se tomó un taxi a la casa de su novia. El taxista, por supuesto, llevaba en su cabeza dos largos y delgados cuernos. Ya no le llamaban tanto la atención el hecho de saber que todos los tenían, sino sólo sus extravagantes y diversas formas. Pagó el viaje y se bajó en la puerta de la casa de su novia. Tocó el timbre y enseguida estaba ella en la puerta.
-¡Arturo! ¿Qué hacés acá?
-Te vine a ver. Además, hay algo que me inquieta.

Ella lo besó y luego ambos ingresaron a la vivienda.
-Creo que estoy viendo visiones.
-¿Por qué? ¿Qué viste?
-Todo el mundo tiene cuernos.
-Ah, sí, es normal porque ya entró en vigencia el decreto.
-¿Qué decreto?
-El decreto presidencial que obliga a los machos a implantarse cuernos. Según estudios científicos, los animales que tienen cuernos sólo atacan en defensa y nunca a las hembras. Así, desaparecerán los asesinatos y el maltrato a la mujer. Me parece una medida sensata.
-Es una locura.
-Mirale el lado bueno. Con cuernos se termina aquello de la gastada por infidelidad ya que todos están en las mismas condiciones.
-¿Y me los voy a tener que poner?
-El viernes. Como vivís en babia, yo misma te saqué el turno.
-Qué desgracia…No sé si darte las gracias.
-Decime, ¿qué te gustaría? ¿De okapi, de cabra, de antílope?
-Creo que de jirafa.

El viejo ante el espejo

-La vida virtual te mantiene expectante.-me dijo Humberto a tono con lo que expresaba.
-Esperamos mucho de ese mundillo. –le dije para seguirle la corriente, no porque considerara que él me estuviera revelando algo muy importante.
-Efectivamente, estamos a la espera de que ocurra algo grandioso. Podemos darnos una panzada de efectos audiovisuales que nunca nos dejan satisfechos.
-Me encanta la memografía. –le dije, dándole a entender que no estaba del todo de acuerdo con sus dictados. Además, me encantaba usar esa palabra, que no sé si era la más apropiada, para la cultura que embebía a la comunicación a través de memes.

Él se quedó pensativo, revisó las notificaciones de su celular, envió un mensaje de audio en el que dijo algo así como “si no las encontrás, deberías buscarlas con los ojos abiertos”, pareciéndome que le hablaba a un nieto; no quise preguntarle.
-La felicidad adopta expresiones cuanto menos misteriosas –soltó-; lo que para mí es una estupidez, a otro le ofrece una fuente de carcajadas. Y viceversa. –Humberto soltó una risa estruendosa-. Disculpame, hay recuerdos que son muy inoportunos, no como esos programados.
Humberto se sirvió otra copa y nos ofreció, haciendo las veces de anfitrión. Asentí. Lidia entró a la sala y preguntó si se nos apetecía algo. Le reproché la falta de tacto por la interrupción, pero Humberto me calmó y le dijo que con unos canapés estábamos bien.
-Nos han creado la necesidad de tener hechos en la palma de la mano, y por si fuera poco, a cada instante. Decime, Patricio, ¿te pusiste a pensar lo que es un hecho?
-Nunca lo pensé profundamente –le dije para sacarme la pregunta de encima-, supongo que es algo que no se puede refutar.
-Y aunque se refute, seguiría siendo un hecho. –me dijo tras una pausa para beber.

Recogí el celular que había dejado en el posabrazos del sillón y revisé las notificaciones. Tenía varios mensajes, pero ninguno en carácter de urgente. Las urgencias habían pasado a segundo plano, todo era inmediato mejor dicho. En mi caso siempre respondía a la brevedad, porque creía que en la otra punta de la conexión estarían a la espera de una respuesta satisfactoria, pero en el fondo coincidía con Humberto en que estábamos incompletos, o teníamos esa creencia de la carencia, de algo que nos faltaba y que alguien nos podía completar, lo que incluía el sexo, el amor, la amistad y la paternidad. Todo esto se me ocurría mientras observaba a Humberto beber la copita de ron, aunque filtré lo que tenía por decirle, más que nada porque lo conocía hacía mucho tiempo y él tenía por costumbre soltarme una cantidad de palabras bienintencionadas que a veces me resultaban una molestia, más que nada por mi torpeza para seguirle el hilo de sus razonamientos.
-Pero volveríamos a la dicotomía entre hechos y palabras, hoy por hoy, fuera de discusión en el grueso popular. –le dije para salir de mis cavilaciones.
-No.-dijo en seco-. No hablo de eso, querido Patricio. Me refiero a que se le ha dado el carácter de hecho a muchas cosas que no lo son, que siguen siendo palabras, descripciones, narraciones, opiniones, números, vistas, clics.

No dejaba de beber, tras cada oración que nos propinaba. Lidia entró con los canapés. Los apoyó sobre la mesita y dijo que si precisábamos algo se lo hiciéramos saber. Humberto, gentil, agradeció. A él le gustaba ser escuchado, como a quien tiene algo por decir. No le importaba mucho si su interlocutor tenía dotes de estúpido, por lo cual buscaba no ponerme en evidencia, aunque él me conocía bastante como para saber que no era un erudito. La llegada de las redes le quitó vigor a su voz, quizá fueron los años pero hablaba como quien no quiere la cosa, aunque nunca dejaba de hablar. Ni de beber. Cada vez se le notaban más arrugas a su aspecto sereno, a su pausa al hablar, a su cálida mirada cuando nadie comprendía sus alocuciones.
-Los damos por hechos, aunque no fueron declarados como tales. –dijo Bretón, por fin.
-Exacto. –Reivindicó Humberto- Cualquier menudencia que nos llame la atención lo damos por hecho, lo tomamos como un hecho en la imaginación. La procesión va por dentro, decía y con razón un viejo refrán. Y mirá que para que te hable de algo viejo tienen que haber transcurrido años y cosas en esa misma imaginación, que ya no es la de antaño. –Precisó.

Me serví un canapé para tragarme las palabras. Nunca me gustaba contradecirlo, no tenía sus comprensiones como para discutir a su altura. No se trataba de saber más, él siempre lo decía, el conocimiento de las cosas es infinito y hoy, más que nunca, está a disposición. Una vez quise incomodarlo, dándome aires de filósofo culto, le pregunté:
-Humberto, ¿podés enseñarle a un hombre o sólo podés ayudarlo a pensar?
Su respuesta me ruborizó y me sumió en un incómodo silencio, no como esos silencios que compartíamos:
-Como bien decís, Patricio, como bien decís.

Comprendí que buscarle la quinta pata al gato tenía sus consecuencias. No había forma de ponerlo incómodo porque siempre tenía un as bajo la manga, era difícil agarrarlo desprevenido en temas que manejaba a piacere. Pero nosotros, principalmente Bretón y yo, lo mirábamos con curiosidad y discutíamos qué pensaría Humberto cuando se mirara ante el espejo de la sociedad actual. Él nos había dicho en reiteradas ocasiones que no lo veía como un espejo, sino como se mira un espectáculo, alegre, triste.
-Muy pintoresco, por cierto. –añadía.

Emotivo o deprimente, pero espectáculo al fin. Nosotros seguíamos perdidos entre imágenes que se nos presentaban a diario, y las charlas con Humberto parecían de otro contexto, de un calibre que no encontrábamos en ningún rincón. Su apacible expresión nos permitía distendernos ante la tensión que se había tornado habitual en nosotros.
-Alguien entiende algo de una manera posible entre tantas y divulga esa comprensión.-agregó- Entonces, esa comprensión por diversos factores se populariza y todos repiten la comprensión ya en carácter de conocimiento. Este se replica fácil y rápidamente sin haber sido comprendido, ¿me siguen?
-Sí, sí. –dijo Bretón.

En mi caso era difícil seguirlo, como había dicho. La velocidad de mis pensamientos me impedía seguir los de otros. Luego, insistió con el hecho de que el conocimiento estaba ampliamente disponible y, además, era infinito. Se enredó en una discusión con Bretón que no presté demasiada atención y me avoqué a atender mensajes vía celular.
-Pero, ¿no sigue siendo lo que era entonces? –inquirió Humberto con una marcada pausa entre cada palabra de la pregunta.
-Puede ser, pero ya no lo tomamos como tal. –respondió Bretón con aire triunfal.
-Exactamente. –soltó Humberto tras dar otro sorbo a la copita de ron.

Bretón se sirvió un canapé, mientras que Humberto y yo nos enfrascamos en el celular. Después leyó un comentario para que nosotros escuchemos, pero no le prestamos demasiada atención, el espacio que compartíamos no era el mismo que el espacio mental. Allí todo estaba ocupado, repleto a rebosar de cosas, en su mayoría virtuales. Aunque Humberto seguía usando esa palabra para saber de qué estábamos hablando, él decía que la línea que separaba a lo virtual se había desvanecido, porque aquello había pasado a formar parte de lo cotidiano. Para los que habíamos visto el desarrollo compartíamos esa formulación, pero para los más chicos era intrínseco a la vida -como para nosotros lo fuera el aire casi sin darnos cuenta o las creencias heredadas- y les resultaba complejo pensar fuera de ello, por lo que cualquier crítica que les cayera eran cosas de viejos que no entendían la actualidad, y el espejo ante el cual nos mirábamos era esa juventud.
-Que cree saberlo todo. –decía Humberto bebiendo, siempre bebiendo, apacible.

La visión mítica

Íbamos camino a la playa, en el Roll Royce de Maratón Díaz, cuando vimos que desde la garita de vigilancia nos hacían señas para que detengamos la marcha. Maratón, obediente, desaceleró y estacionó unos metros pasando la garita. El oficial que hacía las veces de vigilante se acercó al vehículo y asomó sus barbas a la ventanilla donde Maratón ejercía la conducción. Lo observé detenidamente, con atención en su rasa barba.
-A este tipo lo conozco. -le dije a Maratón.
-Sí, creo que es el de la tele.-me dijo en voz baja.
-¡Claro! Es Vigilio. ¿Te acordás que nos regateó un voto vez pasada?
Nuestra conversación con Maratón fue interrumpida por una tos seca de Vigilio.
-Disculpen… ¿van para allá? -dijo Vigilio señalando el puerto.
-Sí. ¿A qué viene la pregunta?-dijimos casi en una voz.
-Este trabajo me tiene podrido. Quiero ir a recorrer un poco las costas. ¿Me llevan?
Maratón me echó una mirada escrutando. Asentí con la cabeza.
-¡Suba! -señaló Maratón.
El ex vigilante y ex oficial subió al coche agradecido. Enseguida se pusieron a debatir en torno a la política, cómplices en sus obras para la sociedad, que nadie le encomendó. Mientras, observaba por la ventanilla lo que me parecía la caída de un meteorito, paralelo a la ruta por la que viajábamos. Maratón, de vista perfecta, me cortó la inspiración:
-Es un ovni. -sentenció. Y en el primer cruce, ante el silencio de los tres, se metió por un camino rural.
Ninguno observaba ya el camino. Nadie recordaba la playa ni sabíamos distinguir si la radio emitía un reggaeton o un tango, abismados por la aparición que se había suspendido delante nuestro, contrastando con lo que quedaba de ocaso.
-No puede ser.-repetía una y otra vez Vigilio
Maratón había detenido el coche y el motor se apagó sin interacción de la llave. El platillo, que se mantenía suspendido, había comenzado a descender delante de nuestras narices muy lentamente, hasta que aterrizó. El impacto en nuestros corazones era tal que sólo oíamos nuestras respiraciones intermitentes.
De pronto, paralizándonos por completo, salvo nuestro sentido de la vista, una escotilla de la nave, que octuplicaba el ancho del Roll Royce, se abrió, elevándose.
Una silueta se asomó e inmediatamente una especie de escalera se desplegó delante. Nuestro asombro no nos daba tregua. Estábamos solos ante el fenómeno. ¡Miento! Detrás del vehículo había un turista en bicicleta. A quien suponíamos sería el primer alienígena en tener contacto con seres humanos se le había dado por poner mayor suspenso a la situación. No alcanzábamos a distinguir, tras la sombra de la aeronave, correctamente su figura. Pero lo imaginábamos extraño. Todo era suposición en nuestros pensamientos pues la oscuridad, a esa altura, nublaba cualquier atisbo de visión.
A todo esto, que el alienígena no descendía, el turista, a nuestra derecha, se nos había adelantado y avanzaba rápidamente, habiendo dejado la bicicleta detrás del Roll Royce. En su andar, nos distrajo y no alcanzamos a ver el reingreso de la escalera pero sí el cerrar de la puerta de la aeronave. La misma, elevándose en espiral, desapareció de nuestra vista.
Quedamos pasmados, en una especie mezcla de éxtasis con desilusión. El turista se dio vuelta, y Vigilio lo reconoció:
-¡Es Reviro! ¿Qué hace Reviro acá?.-inquirió.
Reviro Monfrinotti era un aclamado e ilustre filmador de eventos paranormales y había dado varias conferencias por todo el globo y en diversos medios.
Se acercó, con una sonrisa amplia, y exclamó:
-¡Lo tengo todo! ¡Todo!-señalando su celular.
Los cuatro quedamos impávidos. Habíamos estado a un instante del momento que cambiaría nuestras vidas, y probablemente el de la humanidad. Pronto en redes sociales un video de la penumbra, grabado en vga, se haría viral.

El crack

Pinceladas sobre “Pasta de campeón ( la verdadera historia)”, un relato de Martín Díaz.

En verano, el sol parte la tierra en dos. Sobre la parte en la que pisan los gentíos, queda una pendiente que hace que los autos desciendan a los balnearios y sus ocupantes caigan con ánimo festivo sobre las aguas que otra vez los devuelven a la orilla, pero éstos en una insistencia pueril intentan doblegar la fuerza de la inmensidad que los refresca y le hace olvidar todo lo demás, y la escena se repite hasta el cansancio de aquellos o hasta que son tragados por la otra. De un modo u otro, indefectiblemente vence el mar. Del otro lado de la tierra, los días en el barrio son largos, y el fútbol se juega de la mañana a la noche. Dependiendo la cantidad de los partícipes, si son dos, el juego es un arco a arco. Si de repente aparecen un par más, se juega un veinticinco o se corta la calle con dos ladrillos en una punta y dos camisetas en la otra armándose un picado. En éstos casos la jugada se invalida cada tanto al grito de ¡Bici! o cuando algún conductor en su auto considera que su lugar en el mundo fue un error del destino y se dispone a cruzar el abismo que lo acerque al océano y lo aleje del estupor. Pero a las tres de la tarde, siempre ( pero siempre ) estaba ahí en el parque. Un muchacho alto, con no muy buena forma física, de zapatillas negras, las medias blancas hasta las rodillas, un pantalón largo cortado sobre las rodillas, de chomba de vestir un poco gastada por los años y un gorro de lana bicolor que le tapaba los rulos. Cada tanto pasaba algún transeúnte que no sabía de qué lado de la tierra le tocaba vivir, y al atravesar la cancha su desconcierto crecía, pues la misma cruzaba todos los juegos –como hamacas, toboganes, calesitas e incluso algún monumento- que eran un obstáculo más dentro del mismo partido. Los arcos, desde ya, no tenían travesaño, lo que disparaba peleas interminables para determinar los goles; a veces algunos se iban a las manos, pero enseguida la redonda volvía a rodar y todo se olvidaba rápidamente. Como árbitro no había, cada quien cobraba lo que cobraba y todos estaban de acuerdo con esta reglamentación natural del juego, la cual le daba más respetabilidad y dinamismo a cada encuentro. Éste muchacho era descendiente de tano y, como tal, un tanto fanfarrón, pero de corazón criollo, que cualquiera con un poco de sensibilidad la vislumbraba en el brillo de sus ojos claros o en la rispidez de su sonrisa. A veces, cansado, se sentaba a mirar el partido que raramente se detenía y lo veías tomando un poco de agua desde atrás del arquero. La diferencia entre los pibes de los clubes y acá en el parque es el estado físico. Pero acá, vienen de todas partes y se comen goleadas y apenas si la ven pasar. El otro día vinieron tres de Carasucias y no la vieron ni cuadrada. ¿Sabés qué pasa? El fútbol  es un juego de vivos, acá no hay categorías, puede jugar tanto un nene como un veterano, y el instinto con la pelota se desarrolla como un embrión sin que nadie le enseñe cómo tiene que crecer y los que juegan acá escuchan hablar de escuelas futbolísticas y si no les dan el cargo de director o alguno superior no quieren saber nada. Acá el partido termina cuando ya no queda luz, si es que no se cansaron todos antes y ya no quieren jugar. Y si bien, el encuentro de cada día hace olvidar el resultado del día anterior, ganar lo es todo. El gordo, que en el parque juega de local, tira paredes con el tobogán, usa los árboles como cortina y busca la devolución con un mástil, es crack. Pisa la pelota y mete un caño de taco para pasarlo por arriba cuando el defensor queda desparramado por el piso y define con un toque suave que ni el mejor arquero adivina. Cada tanto pasa entre dos al feroz grito de ¡Ole! y esos se quedan masticando bronca mirando cómo se la cucharea al arquero. O amaga para un lado y sale para el otro, y el defensor parece un molinete de metegol que no sabe dónde está la pelota. Si nadie sabe lo que es la felicidad lo puede ver jugar al gordo y dar cuenta de que no sólo existe, sino que es posible encontrarla en vida. Algunos dicen que si no estuviera gordo jugaría en otro lado. Pero si está gordo es porque respira fútbol al levantarse, come fútbol todos los días, e incluso se le va la mano con el postre, que también es fútbol. Cuando el partido termina él no se entera de los elogios que le propinan los demás porque al caer el sol empiezan a fabricar y hay que aprovechar la temporada estival. ¿Sabés cuántos jugadores salieron del parque que después llegaron a jugar en primera? ¡Un montón! Y ni te imaginás las de veces que me quisieron llevar a mí. Pero no. Los clubes son una mentira. ¡Se la pasan corriendo! pensando horas qué van a hacer cuando llegue el partido y si le tirás una pelota no saben ni para qué sirve. ¡No se divierten nunca! Para colmo, si no tenés algún arreglo, con suerte, comés banco todos los sábados y a la redonda recién la mirás por la tele, con nostalgia. Lo mío es acá. Todos saben que tengo pasta de campeón, a mí nadie me la va a contar. El fútbol es esto papá, es picardía, viveza, no es para cualquiera, y si querés jugar vení al parque a las tres que ahí siempre te voy a esperar.

Palabrerío

No podía decirse que había un tenue silencio, ya que se oía, claramente contrastante el ruido de motores y de lavarropas, de ventiladores y de secarropas, de automóviles a toda marcha y de camiones que se detenían a cargar y descargar mercadería, motocicletas que pasaban dejando estelas de humo y de aviones que surcaban el cielo a gran velocidad, de taladros agujereando alguna pared y percutores haciendo lo propio, desmalezadoras cortando el césped y sierras eléctricas serruchando ramas que se escuchaban caer pesadamente sobre el suelo, helicópteros que volaban a baja altura y camionetas destartaladas que hacían ruido de chapas flojas, y por si resultara escaso, el viento sin identidad que mecía las ramas de los árboles con furia. Había entonces ruido, sí, como el que propiciaba las implosiones de miles de universos a cada instante, y la música, con su magia, nos hacía proseguir, olvidando el dolor, la enfermedad y la muerte que atemorizaban con aterrizar como planeadores pidiendo pista sobre nosotros, que esquivábamos con elegancia. La intelectualidad era un drama que observábamos desde la primera fila, que a veces nos hacía reír, otras preocupar y en otras ocasiones no entendíamos qué era lo que expresaba. En estos casos, lo mejor que podíamos hacer era desentendernos, mirar con lejanía y oír el ruido de las palabras lo menos posible para no sentirnos afectados por la virulencia del palabrerío, tal como tantos millones de años de los cuales dataran los científicos para que la vida sea siempre y solamente ahora. El silencio, entonces, era sólo el trasfondo de la escena, entre palabra y palabra, el espacio sonoro entre cada acción que nos permitía intuir la paz, esa serenidad inexpresable, inexpugnable cuando estás en ella. “La música sería imposible sin el silencio”, me dijiste. Asentí, no quería discutir.
-No, no es eso. No querés pensar. O no ves que lo inútil hace posible la utilidad de las cosas. –me reprochaste sin mirarme a los ojos, atravesándome y yéndote con la visión hasta perderte en el horizonte. Quisiste retratar el momento, pero me negué diciéndote que la magia no sale en fotos.
-Eso ni siquiera es tuyo, lo sacaste de una canción.-insististe. Te expliqué que lo que entra se transforma y se devuelve, pero estabas muy preocupada posando, para que la sonrisa parezca natural, no tenías atención para otras cosas, como la palabra, tan devaluada en los tiempos corrientes. Podríamos subvertir el silencio con miles de palabras sin decir nada, o al menos nada de peso, como el peso de cualquier imagen o video en un disco rígido.
-Incluso en la música, que pasó de escucharse a verse, perdió peso la palabra.
-Sos vos quien no tiene palabra. –seguiste con reproches.
-Para muestra, basta un botón.
-No entiendo tu desazón. Ahora podés decir lo que quieras con cientos de emojis.

Me caí de sólo pensarlo. Ni siquiera atinaste a tenderme la mano.
-Estás cansado… –dijiste algo más pero una procesión de camiones me impidió escucharte- …las acciones se sirven de la palabra para la comunicación, las expresiones no necesariamente comunican, son sólo eso: expresión.
-Sí, eso lo puedo entender.
-¿Entonces?
Fue entonces que me tomaste de la mano y nos quedamos sin palabras. La ciudad seguía obsequiando ruido, pero nosotros nos íbamos por la melodía que oíamos mediando miradas. Siempre quedaba algo por decir, esas charlas nunca se agotaban, le dábamos vueltas como rodeando una piscina a la que temíamos lanzarnos, sin saber si estaría demasiado fría el agua como para nadar en ella. No era cuestión de decir mucho más, a veces para avanzar bastaba un paso en falso, teníamos calor y el verano se anunciaba con coloridas imágenes de playas lejanas, tragos decorados y recitales tropicales. Nuestro viaje había comenzado hacía tiempo, era puro movimiento y parecía no tener destino físico. Podíamos olvidar el silencio cada vez que quisiéramos decir algo, levantando el tono para expresarlo por encima de la sonoridad de tantos motores, de tantas palabras en la cabeza erguida que nos oye.
-El tacto es comunicación. –me susurraste al oído.

Sin fortuna

Álvaro caminó hasta la parada de colectivos. Allí esperaban, impacientes, próximos pasajeros. Esperó su colectivo, el que lo llevaría de regreso a su departamento. Mientras lo hacía, vio pasar caminando cerca de sí a Galíndez, a quien notó con un gesto de preocupación en el rostro.
– Adiós, Galíndez, le dijo Álvaro alzando su mano.
– Hola Alvarito, ¿cómo anda usted?, preguntó Galíndez deteniendo su marcha, ¿espera el colectivo por aquí?
– Sí, señor, parece que viene con alguna demora. ¿A dónde va usted?
– Estoy yendo a ver a mi anciana madre. Está mal, sabe usted, problemas de salud y propios de la edad. Es mañosa la vieja. Bueno, Alvarito, prosigo, que siga usted bien, dijo Galíndez despidiéndose.
– Adiós, esperemos que mejore su madre, saludó Álvaro.
– Gracias, pero lo dudo. Hasta luego.
Al rato llegó el colectivo. Álvaro se subió y vio que el mismo venía sobrecargado de gente. Buscó un asiento libre, pero no encontró uno, por lo que se acomodó como pudo en el pasillo, apoyándose en una butaca ocupada por una señora mayor. Se oía el resoplar de más de un pasajero, en clara queja por el malestar de un viaje incómodo. Una pareja hablaba entre susurros, como queriendo crear para sí mismos una atmósfera circunscripta sólo a ellos. Otro hombre observaba por la ventanilla las casas y los edificios. Álvaro siguió observando el interior del colectivo y divisó, sentada en el fondo, en un rincón, a Nancy, una novia que había tenido en sus años de juventud. Quiso acercarse, pero fue imposible por estar atestado de gente. La notó aún más bella que cuando salían juntos, que tenía la desgracia de por ser tan linda atraer las miradas, hasta de gente no deseada. Le hizo un gesto con la mano, saludando, pero no fue percibido por ella. Observó sus facciones bien marcadas, seguramente estaría haciendo algún tipo de gimnasia, determinó. Observó sus cabellos bien cuidados, pensando que lo bueno mejoraba con el tiempo. Un tramo del recorrido más adelante, Nancy se bajó del colectivo y Álvaro sintió el deseo de intercambiar unas palabras ahogándose dentro de él mismo. La buscaré y la llamaré, pensó, seguramente se alegrará después del tiempo que habían pasado juntos.
Esa misma tarde, ya en la comodidad de su hogar, Álvaro entró en su cuenta de Facebook y buscó a Nancy. La encontró rápidamente, y leyó, en su último estado público, lo siguiente: “Hoy lo ví. Está pelado, panzón y encima ciego, lo saludé tres veces en el colectivo y ni me vio. O se hizo el distraído, que puede ser porque ya lo era bastante en su momento. Gracias a la vida por haberme llevado por otro camino”. Mierda, pensó Álvaro. Desistió tristemente de su idea de contactarse con Nancy, no sin antes dejarle un mensaje privado: No te creas que sos Michelle Pfeifer, estás bastante venida a menos, últimamente. Además, te saludé y la que no vio fuiste vos, quizá se te atrofiaron los nervios ópticos después de tantos años, le escribió.
Luego de un rato, sonó el teléfono. Era Nancy. Fue breve: “Escuchame bien, trozo de adoquín, el estado que publiqué era para mi padre, a quien no veía hace catorce años y me cayó mal volver a cruzarme con él después de su separación. El cariño que te guardaba acaba de irse por el inodoro. Agradezco por no haberme cruzado con vos, que estás tremendamente idiota. No te vuelvas a dirigir a mi, sin antes hacer treinta y cinco años de terapia, salame napolitano”. Y cortó. Álvaro tiró el celular de la bronca que le dio su propia estupidez, nacida de un malentendido, con tanta mala fortuna que el mismo dio contra la canilla de la cocina y ésta se salió de lugar. El agua salió instantáneamente como un chorro hacia arriba, inundando todo el comedor. Álvaro quiso colocarla nuevamente en su sitio, pero su torpeza se lo impidió, por lo que se le ocurrió taparla con un trapo lo mejor que supo y llamar al plomero. A su teléfono celular le había entrado agua, por lo que había dejado de funcionar. Se fue a buscarlo a su casa. Ya casi de noche, cuando llegó, lo atendió la mujer del mismo:
– Buenas noches, saludó Álvaro, disculpe la hora y la molestia, ¿se encuentra Galíndez? Tengo una urgencia, dijo.
– En estos momentos está velando a su madre, sepa disculpar, dijo la señora de Galíndez.
– Mierda, qué mala suerte, dijo Álvaro teniendo en mente su inconveniente y no el propio de Galíndez suscitado por el deceso de su madre.
– Ya tenía sus buenos años, era cuestión que se la lleve el tiempo.
– Bueno, gracias de todas formas. Adiós, se despidió Álvaro.
– Adiós, saludó la señora, y cerró la puerta.
Álvaro tras perder un colectivo a escasos metros de la parada, se tomó el siguiente de regreso a su casa. Cuando se bajó, miró hacia arriba y en el mismo iba Nancy, otra vez, quien esta vez lo miraba fijamente desde atrás de una ventanilla y, al instante de ser percibida por Álvaro, le levantó el dedo mayor de su mano izquierda y el colectivo prosiguió su rumbo. Álvaro, indignado, pasó por una agencia de lotería y se compró una raspadita, para ver si cambiaba su racha de mala suerte. Pero no, le salieron una campana, un trébol y un arlequín.

Sosiego

Estaba cansado por el trajín de la semana, los conflictos sociales, la parálisis creativa y la turbulencia política. No obstante, salí a caminar. Estaba anocheciendo y el andar casi a tientas en la penumbra de la ciudad me despejó las ideas, templó mi ánimo y apaciguó mi espíritu exaltado. Al emprender el regreso, recorrí un camino hasta hoy desconocido por el que vislumbré nuevas arquitecturas y luminarias modernas. Unas cuadras antes de llegar a casa escuché una voz que me saludaba.
-¡Leo! ¡Leo!
Miré en todas direcciones y, aunque creía reconocer la voz, mi cansancio y la miopía me impedían encontrar al portavoz ya entrada la noche. Inmóvil, como estatua recién tallada, lo escuché nuevamente aún sin divisarlo:
-¿¡No me vé´ o so´ ciego?!

Una canción en mi pensamiento

Estaba pensando y, no mentira, estaba cantando, no no no mentira, estaba tarareando, no tampoco, estaba silbando una canción o en mi imaginación creía que ese sonido que salía de mis labios se asimilaba a cierta canción, cuando, de repente, para mi sorpresa, la pasaron por la radio y me dí cuenta que no sólo no se parecían en nada el silbido y la canción, entonces me puse a cantarla pero como era en inglés, las vocalizaciones no coincidían tampoco y además sonaba desacompasada, por lo que quise sacarla con la guitarra y ahí sí, por fin, la saqué y me saqué esa espina de encima, esa molestia porque a mí no hay música que se me resista. La saqué sin remordimiento, sintonicé otra emisora que hablaban de actualidad.

La inmoralidad de los inmortales

¿Qué perdura en este mundo? Una estatua ecuestre puede durar cientos de años, pero finalmente se funde y da nueva forma a otro jinete. Mi fotografía caduca a la velocidad de las noticias irrelevantes que salen con frecuencia cardíaca al tiempo que el rostro que la animó se avejenta con lentitud animal. La arquitectura garantiza un confort por un período más extenso que lo que duran apenas las penas, las glorias y el fatuo éxtasis de los triunfos. De parabienes, las cosas que compro y no se pudren ni corroen son viejas para el mercado en un santiamén y pronto darán vida a los cerros residuales de la civilización. Todo conjunto que se crea como construcción social es una metáfora del individuo, dando sensación de continuidad, un retazo de la existencia como síndrome del imperio, el mundo o la sociedad. La pilcha se desgasta, los pelos se caen, la sangre se dona. El berretín de que la vida es una sola fue apropiado para envilecer el consumo como mística del capitalismo. Las obras pictóricas se admiran durante siglos pero el vaivén del entramado artístico las relega al olvido. Los inmortales trascienden con su obra, o mejor dicho su obra trasciende la muerte, he aquí la inmoralidad sublime con que desentraña la cultura aquella pieza viva que descubre el hombre, como el Sol que ha estado allí, al unísono de su haz de luz, nosotros, las estrellas y el arte genuino. Esto lo revelan los beduinos al afirmar: nada será eternizado, lo eterno es siempre, de hecho polvo.

Fundamental

Antes que nada, soy fundamentalmente humano. Humanista hasta la médula y humanoide hasta el cerebroide, sin cédula. Soy fanático del fanatismo, aunque un poco escéptico del escepticismo. Agnóstico soy de vez en cuando y, en temporada baja, gestáltico. Cuando hace frío psicótico y en el verano soy calentón. Paranoico en la cola del súper y Supermario en los videojuegos. Jugador empedernido, ex fumador de Particulares y particularmente estúpido. Soy ingenioso en las finanzas y financista en la cobranza. Pobre de mente y demente espiritual. Mi fortuna no tiene igual. Soy riestra de hincha y cabeza de ajo. Soy menos que nadie y nada menos que todo. Soy asesino de moscas y mosquita muerta. Soy carmelito descalzo y calzo mocasines en otoño. Soy noble, soy un roble y visto sin moño. Soy mostachol de trigo candeal con salsa bolognesa sin queso. Soy un queso a las cartas. Soy cartero. Soy multifunción en la cocina, polifuncional en la cancha y no funciono en la oficina. Soy oficinista, malabarista, médico, patético, abogado, dopado, locutor, fumador, tachero, fachero, macho, facho, morrudo, boludo, timbero, fulero, conquistador de continentes, silbador prominente, lector, hueco, escritor, chueco, espectador, seco, melómano, mitómano, seductor, constructor, constipado, equilibrado, hombre bien parado, joven con hambre, viejo con calambres y soy sujeto tácito. Soy televidente y soy visionario. Soy evidente y no tengo horario. Soy republicano, república y anónimo. Soy conocido, conocimiento y conocedor. Soy vergonzoso y soy caradura. Soy contradictorio pero soy de lo más simple. Soy una luminaria sin peros. Soy lúcido, calvo, barbudo, lampiño, huraño, sociable, testarudo, apreciable y soy un peludo abombado. Empleado esmerado y empleador cagador. Soy cagón y soy un sorete. Soy valiente y uso bonete. Soy simpático, carismático, higiénico, fotogénico, soy asmático y hago fletes. También soy celíaco y sería bueno de no ser tan malo a los dados pero la gasto en los juegos de mente. Soy ocurrente y soy como el resto de la gente. Soy diferente, soy igual que los demás y soy un referente. Soy referí. Soy independiente. Soy funesto y soy suertudo. Soy un pelotudo sin importancia. Soy inteligencia sin trascendencia. Soy apenas mormón y soy demasiado glotón. Soy rubio de cabello negro. Soy un cabecita negra de corazón bonachón. Soy un corazón negro sin cabeza. Soy un hijo de puta y homosexual. Soy homofóbico y sexópata. Soy hetero y soy burócrata. Soy mujeriego y soy telépata. Soy reprimido, represor, gestor, opresor, oprimido. Supremamente atractivo. Soy afectivo con el efectivo. Soy supervisor de colectivo y soy colectivero superior. Soy querido. Soy sincero. Soy cornudo y aventurero. Soy padre, tío, cupido, hijo, hermano, cantante, amigo, marido, novio, sultano, compañero, abuelo, amante, sobrino, mengano, beduino, cuñado, bovino, nieto y vigilante. Soy seguidor, soy perseguido, soy persecutor y soy percutido. Soy curtido y chapado a la antigua. Soy moderno moderadamente, de algún modo actualizado y soy moderador. Soy moderado y charlatán. Soy callado y holgazán. Soy trabajador y soy trabalenguas. Soy destapador oficial de cervezas en bares clandestinos. Soy oficial de cabeza. Soy clandestino y tengo documentación que lo prueba. Soy probablemente un documento, soy de un país vecino. Soy un documental. Soy argentino. Soy siervo y soy servil. Soy un servidor, soy servido y soy servidumbre. Soy lumbre y soy lumbrera. Soy luneta trasera. Soy la delantera de Italia noventa. Soy del ochenta y soy un bocho. Soy pavo y estoy chocho. Soy romántico y un poco asqueroso. Soy bello y soy sarnoso. Soy pulcro, vulgar, digno, leal y soy un mugroso. Soy vegetariano y soy oriundo. Soy extranjero, profeta, nativo, inquilino, berreta y como actor de telenovela soy gracioso y soy inmundo. Soy artista, esquimal, payaso, licenciado, chofer, bufón, carenciado, liberal, equilibrista, mago, marginal, ciudadano, director, extra, pintor, barrendero y gerente de banco. Soy un pobre diablo y soy un señor. Soy un caballero y un admirador. Soy muy admirado, olímpicamente ignorado, medallista olímpico y soy ignorante. Soy un salame, soy ciruja y soy elegante. Soy bastante granuja y soy pedante. Soy un poco brujo y estimulante. Soy filántropo, crítico, crédulo, engreído, desconfiado, malhablado, presumido, sonámbulo, cítrico y antropófago. Soy robusto y lustrabotas. Soy adinerado sin par. Soy el presidente de una academia de letras detrás de bambalinas. Soy académico como una prima y analfabeto con respeto al peatón en la esquina. Soy irrespetuoso, soy majestuoso, soy recto, zaparrastroso y soy botánico. Soy bruto y soy ecuménico. Soy básicamente un delirante crónico y un cronista de delirios ajenos. Soy básico y soy ajeno a los complejos. Soy un don nadie sin don. Soy un don Juan. Soy donante de órganos de Juan. Soy orgánico. Soy organismo y soy organizado. Soy desorden. Soy caótico y desordenado. Soy ordenador y no acato órdenes. Soy un subordinado. Soy un organigrama literario. Soy tranquilo, locuaz, proclive, tenaz, infame, mordaz, osado, capaz. Soy incapaz de matar una hormiga. Soy una hormiga de la comunicación. Soy comunicador, comunicado y comunicando. Soy común y extraordinario. Soy como un código binario. Soy decimal y no tengo códigos. Soy en principio antropólogo. Soy al final un androide odontólogo. Soy oncólogo y soy de cáncer, soy un cangrejo psicólogo. Soy de a ratos un espejo. Soy como un gato muy viejo. Soy un perro de cuatro. Soy bípedo y soy lánguido. Soy un torpedo y soy un bramido. Soy brahmán y soy protestante. Soy una protesta mutante. Soy terrícola y soy carnívoro. Soy un cavernícola herbívoro. Soy un vegetal y soy un vejiga, soy un mal chef egresado del Iga. Soy cliente, paciente, ansioso y bondadoso. Soy amable y vanidoso. Soy culpable y perezoso. Soy Inodoro Pereyra. Soy indolente, interesante, culposo, interesado y soy doloroso. Soy un dolor de cabeza. Soy un cerebro privilegiado. Soy un descerebrado. Soy un monumento tallado. Soy una estatua de bronce. Soy inquieto y no tengo un cobre. Soy cobrador en bicicleta y uso gomina. Soy una máquina y una carreta en la banquina. Soy corredor de bolsa y mozo de magra propina. Soy animal pero no sé cuál. Soy cualquiera. Soy de madera. Soy un millonario de veraz. Soy un acaudalado sin causa. Soy improvisado y soy automático. Soy un autómata fallado. Soy autosuficiente. Soy eficiente e insuficiente. Soy insufrible. Soy divertido y me aburro normalmente. Soy subnormal. Soy más normal que la gente. Soy un normando, soy navegante y soy comandante. Soy como todo caminante. Soy peregrino y adicto al vino tinto. Soy albino y soy un extinto babuino. Soy baboso y soy divino. Soy abonado al casino. Soy cada tanto malhumorado. Soy un primor, soy desubicado y soy primitivo. Soy un rubor colorado. Soy cromosoma equis y una incógnita sin solución. Soy solucionador de problemas, resuelvo algoritmos y diagramo esquemas. Soy algebraico y pego mosaicos. Soy maestro, soy obrero y soy doctor. Soy un motor de tractor. Soy tracto, trayecto y no tengo tacto ni trayectoria. Tampoco tengo memoria, historia, ni pactos pero lo soy. Soy un lenguaje abstracto. Soy concreto y soy un desastre. De sastre no tengo secretos. Soy secretario y soy propietario. Soy detective privado. Soy chacarero, soy chatarrero y soy proletario. Soy sepulturero y estrafalario. Soy ordinario y soy pendenciero. Soy pacifista severo. Soy pacífico y soy análogamente atlántico.
Después de todo este cántico, soy fundamentalmente océano. O sea no soy lo que fui.

Palabra perdida

Estaba escribiendo un cuento y cuando promediaba el nudo de la cuestión, se me escapó una palabra. La busqué infructuosamente en el diccionario, sin suerte. Pero no me apichoné y la busqué también en gugle, aunque no estaba ahí. Consulté con expertos que me dijeron que si no estaba ahí era porque no existía, pero ¿qué eran las palabras antes de llegar a la existencia? Era la oportunidad de darle vida, aunque eso sería parte de la discusión de si las palabras estaban vivas, o se les infundía vida al mencionarlas o era letra muerta, meros símbolos que facilitaban la comunicación. Mientras tanto, trenzados en debate, la palabra seguía sin aparecer aunque mantenía en la mente su presencia, como la de un fantasma sin nombre que merodea las habitaciones de la casa en los momentos en que el resto duerme. Releí el cuento, hasta donde había perdido la palabra y no pude deducir si se trataba de un monosílabo, una onomatopeya, un vigoroso verbo o un insustancial sustantivo. Lo único que tenía claro era que se trataba de una palabra que estaba pronta, no digo ya de inmediato, a hacer su aparición en el mismo. ¿Y qué papel jugaría ella en el cuento? ¿Qué rol cumpliría? ¿Qué funciones? Bueno, eso indudablemente lo dirían las líneas subsiguientes y, hasta quizás, las precedentes. Había algo, como una espina clavada en un dedo, que le impedía al cuento proseguir en su desarrollo tendiente a un desenlace específico, y la palabra perdida era sino importante, crucial; sin ella, cualquier camino emprendido sería otro diferente a aquél que hubiese recorrido naturalmente como fluye el río hacia el mar, sorteando las vicisitudes del terreno. Aunque valía la pena preguntarse si el artificio narrativo de un cuento se trataba de algo natural, por muchas aristas naturales que contenga y/o describa. Pero no me quería escapar del tema e irme por las ramas por temor -quizá justificado- a perderme como cierta palabra que cuando estaba pronta a aparecer en el cuento, escapó. Y con esto no quiero decir que no se la haya capturado, que alguien la haya retenido o pronunciado o que tal vez reposa en una poesía de Rubén Darío, sino que escapó de mi alcance y el cuento quedará trunco o sepultado hasta tanto regrese, se presente, la reconozca y le dé su lugar en el mismo, ocupando el espacio para el cual fue pensada, como cada gota de lluvia en otoño que moja la tierra, cumple su cometido y, luego entonces sí, desaparece.

El sapo y la oruga

Una tarde de lluvia tenue, se encontraron un sapo y una oruga en el cordón cuneta de la calle Alem. La oruga se quedó mirando la fisonomía del sapo con curiosidad, mientras este cazaba al vuelo una mosca.
-Disculpame -le dijo el sapo a la oruga que prestaba atención a los detalles de la escena-, es que hoy no desayuné.
-Te entiendo -sostuvo la oruga-. A mí no me pasa porque siempre tengo alimento cerca, salvo que me manden al exilio en un desierto o a un octavo piso. Pero, ¿Nunca pensaste que esa mosca pudo ser una gran personalidad o una gran moscalidad en su caso, y vos te la devorás así tan a la ligera?
-Sí, lo pensé, pero la cadena alimenticia es así, qué le vamos a hacer. Cuando hay hambre, hay hambre hermano.
-Se nota que no te preocupa -dijo la oruga mientras ascendía a la vereda, por si las moscas-, no obstante, quizá esa mosca fue un ancestro tuyo antes de ser mosca, puede haber sido tu tátarabuelo ¿no te parece?
-No lo creo, los sapos somos siempre sapos, y en contadas veces, somos príncipes. ¿Pero moscas? Ni siquiera como castigo divino sería posible. Además, ¿vos qué sos, defensor de moscas y ausentes?
-En absoluto -dijo la oruga caminando hacia atrás-. Puedo ver que tu entendimiento en esta materia es muy limitado, querido amigo, sin embargo ¿No creés en vidas pasadas? ¿No pensaste que antes de esto pudiste ser otra “cosa”?
-Creáse o no, antes fui profesor de aeróbica, censista, bacán, peluche, licenciado en química, trapecista y médico de cabecera; pero siempre en condición de sapo, antes no recuerdo. -dijo el sapo dando un saltito hacia la oruga, que ya había empezado a trepar un cedro.
-Si, puede ser, pasa que olvidar es tan común como recordar. Pudiste haber sido además de príncipe y luego rey, un sultán o un zar, pero hombre.
-¡Qué sé yo!¡Es creer o reventar! -exclamó el sapo con entusiasmo.
Y eso fue lo último que dijo, antes de que lo aplaste un auto que estacionaba en el lugar.

La burocracia de los vivos

El hombre yacía sobre el camastro entubado, con máscara de oxígeno y con cables que colgaban de sus brazos hacia el soporte metálico parado a un costado del mismo. Cada tanto sollozaba o pugnaba por respirar. Apenas abría los ojos, echaba un nublado vistazo a la habitación y volvía a cerrarlos.
-Umpiérrez…Umpiérrez –le hablaba la enfermera, esperando alguna reacción. Luego, cuando el hombre entreabría los ojos le preguntaba cómo estaba.
-Bien, nena, bien. –respondía el hombre con la poca fuerza que tenía, ya con los ojos cerrados.

La enfermera le hacía los controles correspondientes, aplicaba la inyección de turno y se marchaba con todos los aparatos a cuestas.
El hombre ya no razonaba con facilidad. Por momentos soñaba que estaba en una playa de esas con estatus de paradisíacas, por la vista y la tranquilidad que ostentan en comparación con el ajetreo, el ruido y la suciedad de otros lugares como metrópolis menos cercanos a lo que cualquiera imagina como un paraíso; y en el sueño, jugaba con unos amigos que parecía conocer de siempre, hasta que algo estaba por despertarlo y el hombre, consciente, se despedía:
-Todavía no me puedo quedar. Nos veremos en un rato. –decía en el sueño antes de abrir los ojos, dejando el sueño con la tristeza de hacerlo y la ilusión de regresar.

-Bien Umpiérrez –decía el doctor-, usted no está muerto de casualidad, o más bien por esas cosas que la ciencia poco explica, o al menos hasta donde llegan mis conocimientos clínicos.
-Al menos admite que es poco lo que sabe, doctor. –le replicaba el hombre hablando a través de la mascarilla, cuya voz salía con una estela de eco a través de la misma.
-Poco o suficiente, la cuestión es que a usted sólo le queda esperar. No podemos hacer nada más de lo que prescribí a las enfermeras, pero lamentablemente usted, Umpiérrez, se nos va.
-No pienso ir a ningún lado, y menos sin certificado de defunción. ¿Me lo podría firmar, doctor?
-A su debido tiempo, a su debido tiempo, Umpiérrez. –el doctor haciendo un gesto negativo con la cabeza, daba media vuelta y se retiraba de la habitación.

El hombre inicialmente falleció. Se sacó la mascarilla de oxígeno, se desentubó y se retiró los cables que le colgaban de los brazos y del pecho para luego retirarse de la habitación de cuidados intensivos y dirigirse a la cafetería del hospital. Caminó por largos pasillos en chancletas y sólo con un camisolín verde manzana que le dejaba la espalda al descubierto.

Al llegar a la cafetería, pidió un café y dos medialunas. El empleado que atendía allí lo miró fijo y le dijo:
-Señor, ¿usted no está muerto acaso?
-Efectivamente.-respondió vigoroso el hombre.
-Entonces no pretenderá que lo atendamos como si estuviera vivo.
-Joven, usted debe atender a todo el mundo por igual, sin distinciones entre vivo o muerto, joven o viejo, rico o pobre, enfermo o sano, macho o hembra.
-Acá sólo atendemos a los vivos. Los muertos no me mueven un pelo.

El hombre le surtió un cachetazo que lo despeinó.
-Está bien, está bien. Vamos a hacer una excepción con usted. Acomódese que le llevo el café.
-Gracias.

Tras beber el café y hojear las noticias del día, el hombre regresó a la habitación donde había estado varios días, se vistió y recogió sus adminículos y cuando se estaba por marchar del lugar fue interceptado por una enfermera que le recriminó haberse ido de la habitación de cuidados intensivos sin haber avisado.
-Señorita, los muertos no andan dando explicaciones de sus acciones ni rinden cuentas de las mismas porque para los vivos no tienen sustancia.
-Igualmente tendría que haber avisado. Además, ¿cómo anda por ahí entre los vivos sin llevar el certificado de defunción? Cualquiera lo podría confundir, imagínese hasta dónde podría llegar el malentendido.
-¡Bah! ¿Cuántos muertos caminan entre los vivos sin ser notados? ¿Usted los nota? Seguro que no, solamente tiene el recuerdo basado en su ausencia con el carácter de vivo. Sin embargo, ahí están, pugnando por tomar un café o luchando para cobrar su jubilación, o el seguro de vida…
-El seguro de vida lo cobran los vivos, no los muertos.
-…o haciendo los trámites necesarios para llevar una muerte digna, discutiendo inútilmente con la burocracia de los vivos.
-Y bueno, señor, no se hubiera muerto y todo sería más sencillo para usted.
-Claro, señorita, usted lo plantea como si fuera una cuestión de elección, cuando no hubo tal. Nadie me dijo dónde tenía que firmar si quería seguir vivo o tenía la intención de llevar esta muerte. –dijo el hombre ya con fastidio- ¿Está listo el certificado de defunción? Lo voy a necesitar para unas cuantas cuestiones de papelerío.
-No, el doctor todavía no lo firmó. ¿A dónde quiere que se lo enviemos? –inquirió la enfermera.
-Despreocúpese, lo vendré a buscar en unos días, cuando no haya más remedio.
-Disculpe Umpiérrez, usted ya no tiene remedio, le recuerdo que está muerto.
-¡Como sea! –refunfuñó el hombre. Y se marchó.

Tuvo la intención de tomar un colectivo, pero los distintos choferes se negaron a llevarlo, con excusas como de que sólo transportaban vivos, de que el colectivo no era un coche fúnebre, de que el convenio les prohibía trasladar cadáveres, etc. y no atendían ninguna de sus peticiones por más que insistiera con tesón, por lo que resolvió irse caminando hasta la Dependencia de Seguridad Social. Cuando cruzaba la zona céntrica, una niña que iba de la mano de quien sería su abuela, mirando al hombre le dijo a ésta:
-¡Mirá abuela! ¡Un muertito!
La abuela se horrorizó
-¡Ahhhh! ¡Un muerto! ¡Ahhh! ¡Llamen a una ambulancia!
-¿Qué pasa señora? –le preguntó un policía que estaba vigilando el orden en la zona.
-¡Un muerto! ¡Un muerto!  -decía la abuela señalando al hombre que proseguía caminando delante de ellos. El policía llamó por handy a la comisaría.
-¡Atención, atención! Tenemos un muerto caminando en Avenida Passo al dos mil cien. ¡Repito! Un muerto caminando en Avenida Passo al dos mil cien. Espero órdenes para proceder.
Otro hombre gritó desaforado:
-¡Ahhh! ¡Un muerto! –y tras decirlo cayó desmayado sobre la acera. El policía inmediatamente volvió a llamar por handy y pidió la asistencia de una ambulancia.
La gente se agolpó en el lugar, deteniendo su andar. Algunos alrededor de Umpiérrez, a quien miraban con una mezcla de horror, asombro y curiosidad, otros alrededor del hombre que se había desmayado. El hombre forcejeó un poco con quienes lo rodeaban, abriéndose paso entre los vivos y se dio a la fuga mientras el agente policial se había avocado a la tarea de despejar a quienes rodeaban al otro, hasta tanto reciba atención médica.

Tras esperar varios números delante, llegó el turno de ser atendido.
-¿Apellido?
-Umpiérrez.
-¿Nombre?
-Ángel.
-¿Edad?
-No, ya no corre.
-¿Cómo dice?
-¡¿No ve que estoy muerto?! –enfatizó el hombre como si la apariencia lo delatara.
-Ah claro, usted es un ángel.
-Disculpe, señorita, pero no tengo tiempo que perder. Uno nunca sabe cuánto durará esta muerte.
-Sinceramente, lo compadezco. Me dan mucha pena los muertos. –dijo la dependiente.
-Compadézcase de los vivos mejor, que con sus frágiles certezas construyen castillos en el aire.
-¿Y la muerte qué certezas le dio a usted?
-Ninguna, o quizá la única certeza valedera. Quién sabe.
-Igualmente acá sin el certificado de defunción no le vamos a poder realizar el trámite. Es un papel necesario e indispensable.
-¿Y no podría hacer una excepción? –sugirió el hombre con una sonrisa que lo confundía entre los vivos.
-Señor, no lo podemos atender como a uno vivo. El reglamento de la institución lo prohíbe. Mande a algún pariente suyo con el certificado y con todo gusto lo atendemos.

El hombre tras despedirse se retiró de la Dependencia y caminó y caminó y caminó, no sin antes sortear diversos obstáculos que detuvieron su marcha, como ser vivos que le querían vender cosas, viejos muertos conocidos que le daban charla de su recordada vida o de su nutrida muerte, otros muertos que le pedían algún consejo o guía para llevar una buena muerte, vivos que lo señalaban como algo a desterrar o a enterrar, vivos que se lo confundían con uno de ellos, muertos que se lo confundían con uno vivo, muertos que mendigaban, vivos que pisoteaban, muertos que aconsejaban, vivos lúcidos que le palmeaban el hombro y lo felicitaban por llevar una serena muerte y otros tantos que, por algún motivo u otro, le impedían llegar temprano a la playa de sus sueños.


Astrónomo

 

Cierta noche, un astrónomo se encontró con un poeta y le recriminó:
-Lo que usted dice es mentira; no hay estrellas impacientes, ni satélites errantes, ni cometas sugerentes, ni planetas comediantes. Hay que hablar con propiedad y cada cosa tiene su nombre para ello. Mientras uno se devana los sesos para una mejor comprensión del cosmos, a otro se le da por reducirlo a un pomposo verso. –proseguía el astrónomo.
El poeta aguardó en silencio el reproche del astrónomo. Cuando éste acabó, le dijo:
-Es cierto, aunque paradójicamente no es menos cierta una poesía que un libro de astronomía. La astronomía se basa en la observación y la nominación, de lo cual la poesía no está exenta ni carece de ellos, sin eludir descripciones. En algún punto ambas coinciden y divergen en sus designaciones, por lo cual a usted le parece tan disímiles, la una de la otra. No obstante, el trabajo del poeta no merma en la lectura de su poesía, así como el del astrónomo no se agota cuando un observador nombra lo mismo que él ha visto y nombrado; ambos no se contraponen, ni se complementan, y hasta podría decirse que sólo son puntos de vista y maneras de hablar, describir e interpretar lo inexplicable. Tenemos ciertos condicionamientos, cada uno en su área, por lo cual a veces hay disrupción en los discursos de uno y otro, lo cual se presta a confusión en algunos casos como el planteado por usted.
-Bien, viéndolo de ese modo, creo que tendré que volver a leer sus poesías desde otro punto de vista. –dijo el astrónomo.
-Hasta luego, buen hombre. –saludó el poeta.
-Hasta luego, señor. –Se despidió el astrónomo.

El poeta se quedó mirando a lo alto, entre los rascacielos, como intentando descifrar con perspicacia el nombre de aquella estrella fugaz que caía delante de su vista, a lo lejos detrás del bosque de eucaliptus.

Urgencia

 

Vicente se había preparado unos mates. Sentado en el comedor, mientras tomaba uno, aparece su hijo con cierta urgencia.
-Viejo, necesito urgente el coche. El Tecla se quebró una pata acá en la canchita y lo tenemos que llevar al hospital. No sabés cómo está.
– Me imagino. Sangre por todos lados y vos encima querés que te largue el auto así nomás. Y todo por un raspón.
– No, viejo. Tiene una quebradura que se le salen todos los huesos de la piel.
– Si, son cosas que pasan. Gajes del oficio, se le dicen. Si jugaba de árbitro esas cosas no le pasan. Aunque por ahí se ligaba un botellazo en la marola.
– Bueno, ¿me prestás el auto o nos llevás vos al hospital?
– ¿Por esa pavada? Vayan caminando, ¿qué serán? Veinte, veinticinco cuadras, así de paso le afloja el hematoma a ese infeliz…
– ¡Qué hematoma! Te digo que se que-bró.
– ¿Si es para tanto por qué no llaman una ambulancia? Los pibes de hoy en día no sé en qué tienen la cabeza… piensan en boludeces. ¿Para qué practicar un deporte de verdad que te podés raspar como ese infeliz del Tecla cuando te podés quedar en tu casa calentito y limpio, apretás dos botones y jugás como si fueras el 9 del Real de Madrid? Hay cosas que no se explican…
– Chau viejo, gracias.
– El diablo sabe por diablo, pero más sabe tu viejo. No por mucho ayudar a Dios se madruga más temprano.

De una habitación sale Ana María, se para frente a un espejo y mientras se peina le habla a su marido.
– Vicente, ¿qué quería el Matías que andaba tan apurado?
– Andá a saber qué quería el borrego ese. Siempre te viene con cuentos. Habrá aprendido de vos.
– ¿De mí?
– Sí, claro que de vos. ¿Te acordás cuando nos vino con la historia esa de que le había robado la gorra a un policía? Pálido estaba de lo asustado que vino.
– Pero era verdad. La gorra la tiene en un cajón. –dice Ana María.
– ¿Qué va a tener ese? Mirá que el policía le va a prestar la gorra al infeliz del Matías…
– ¿Prestar? El Matías se la robó a la gorra. O no te acordás que tuvimos que ir a declarar a la comisaría…
– No creo. Hay cosas que no se explican. ¿O vos pensás que el policía le va a prestar la gorra al Matías? Decime, para qué. ¿Para qué? Tenía una fiesta de esas, ¿cómo se les dice? Jálogüin. Me imagino al Matías disfrazado de policía y me da escalofrío.
– No, viejo, Halloween es otra cosa. –dice Ana María.
– ¿Vos qué sabés? Capaz que hablamos de lo mismo pero con distintas palabras. Tantos años de discusión tirados a la basura. ¿Qué vamos a hacer con tantos años de discusión? Capaz que sacamos algo en limpio. ¿Quién te dice? Vos que le creés todo a ese infeliz del Matías, ¿me querés decir para qué vino recién?
– Pero si yo no lo vi, estuvo hablando con vos.
– ¿Conmigo? –pregunta Vicente confundido.
– Sí, viejo, con vos.
– Cómo te gusta contrariarme…
– Vicente, sacá el auto que me tenés que llevar a lo de Chelita. Me está esperando con unas tortafritas. Dale que después le pido que me dé algunas para vos. Seguro que ya me guardó, sabe que te encantan.
– ¡Uh! La última vez que comí de esas porquerías me indigesté. Me hiciste acordar y ahora me dieron unas arcadas… agghhh
– No, viejo, eso fue con los canelones de la Gladys.
– Agghhh…
– Dale, viejo. Llevame que estoy llegando tarde.
– Pero a vos te parece que con los mates recién preparados tenga que dejar todo para sacar el auto, llevarte hasta lo de esa amiga tuya que, vamos a ser honesto, es una infeliz. No me lo niegues. Te tengo que llevar a lo de esa infeliz y después venís toda angustiada porque no puede seguir viviendo sin ese que tuvo por marido, que extraña y no sé qué más. ¿Para eso querés que saque el auto ahora? Aguantá. En una hora me tengo que ir a buscar unos destornilladores a la ferretería.
– Me están esperando Vicente. –le dice Ana María con cierta impaciencia en sus gestos.
– Que espere. O vos conocés a alguien que se haya muerto por esperar. Capaz que se murió de viejo y esperando, pero la causa no fue la espera misma. Eso te lo discuto a muerte. Paro cardiorespiratorio, en todo caso. Además, tanto apuro para qué, me querés decir. Después venís toda así, ¿cómo se dice? Acongojada. ¿Y todo por qué? Por haber estado tres horas escuchando los lamentos de esa otra infeliz.
– Chau, me voy en taxi. –se despide Ana María.

Vicente se ceba un mate y, luego, lo toma. Se levanta, va hasta donde tiene la radio y sintoniza otra emisora. Calienta un poco el agua de la pava y vuelve a ubicarse en el mismo lugar del comedor. Entre tanto, entra Dani, su hija menor acompañada de una amiga.
– Hola pa.
– Hola chiquita, ¿trajiste visitas a casa? –dice Vicente mientras saluda con un beso a cada una.
– No, pa. Ceci me acompañó hasta casa para ver si la podés llevar hasta la suya. Hoy no hay colectivos por paro de choferes.
– Y no es para menos. ¿A vos te parece poner el lomo todo el día por dos pesos que no te alcanzan ni para pagarte un chegusán? Lo único que falta es que se tengan que pagar el combustible para poder trabajar. ¿En qué cabeza cabe? En la mía seguro que no. No sé cuánto estarán cobrando, pero te digo que igual es poco. Además, te cruzás con un atorrante que no tiene nada mejor que hacer…¿y? ¿Qué hacés? Le tenés que romper la marola con el volante.
– Bueno pa. ¿La llevamos?
– ¿A tu edad sabés cuántos kilómetros caminaba por día? Treinta y dos. Diez para ir a la escuela, diez para volver y doce haciendo los mandados a la vieja. Tu abuela, descansa en paz. Todos los días. Cinco kilos de papas, dos calabazas. Después el pan de lo de don Octavio, la leche del tambo… Y acá tu amiga que no puede caminar ¿cuánto?
– ¡Qué se yo! ¿5 kilómetros?.
– Cinco kilómetros. No me hagás reír que me vas a hacer volcar el mate. Ahora, decime, vos querés que deje todo así, que apague la radio, saque el auto y deje el mate recién hecho para llevar a tu amiga hasta la otra punta con qué excusa más ingenua: el paro de choferes. Contate otra porque con esa no vamos a ningún lado.
– Vamos afuera que te acompaño hasta la esquina Ceci. –le dice Dani a su amiga y se retiran de la casa.

Vicente se levanta con la pava, le agrega agua y la pone al fuego a calentar. Pocos minutos después, vuelve a entrar Dani mientras Vicente está hurgando en la heladera.
– Chiquita, ¿viste donde quedó el salamín que me compré la otra noche?
– No quedó. Se lo terminó el Mati con el Tecla ayer.
– ¡Si serán infelices!

Vicente tomó las llaves del auto y salió urgente de la casa. Dani lo miraba desde la ventana. En eso, ve que su padre deja el auto estacionado frente a la casa, se baja e ingresa a la misma.
– Chiquita, vigilame la pava que dejé sobre el fuego que ahora vengo. Voy hasta la fiambrería.
– Si, pa. –le respondió Dani, mientras reflejaba su expresión declarando por lo bajo: hay cosas que no se explican.

Peluquín

Arturo ya había participado en unos cuantos cuentos, por lo que resolvió no ser partícipe de éste. El que sí lo sería, sería ni más ni menos que Alfio, con sus bigotes a cuestas y ese peluquín ridículo que simulaba cabellera.
Se dirigió a la peluquería porque quería un cambio de look, una nueva imagen que revitalice sus facciones y su semblante. El peluquero le sugirió recortarle las patillas y ese fue todo el cambio que realizó, lo cual resaltó sus orejas y, desde ya, el peluquín que había cobrado notoriedad, y eso que ya tenía bastante, previo al recorte de patillas.
Alfio se marchó en dirección opuesta, es decir, salió por donde había entrado. De allí tomó el colectivo que lo llevaría a la siguiente estación: la primavera. Tardó casi un mes en llegar, y muchos se lo atribuían a que Europa había estado consumiendo los recursos del verano, dejando poco calor para el resto. Además, la floración se retrasó de modo curioso. Por ejemplo, algunos árboles habían empezado a dar sus primeros brotes verdes cuando otros recién estaban cambiando el follaje. Los capullos de las rosas fueron los primeros en salir, seguidos por los jazmines y las abejas y los picaflores detrás. Y más atrás, unos pasos, venía Alfio con su peluquín.
Recorrió la estación de principio a fin, allá por un diciembre cálido, que de tan cálido parecía febrero. Bueno, pues esa era la razón de tanto calor: era febrero, el mes de la fiebre. Acontecía que algún bienintencionado había corrido el calendario un par de meses para aprovechar la luz solar en ciertas latitudes y darles ventajas comerciales a las multinacionales. A Alfio no le importó y se zambulló a la pileta con tanta mala fortuna que el peluquín se le desprendió de la cabeza y quedó nadando para gracia y algarabía del público que, por si fuera poco espectáculo, le pedía a Alfio hiciera alguna acrobacia para recoger el peluquín.
Alfio recogió el peluquín y se dirigió a los vestuarios a colocárselo. De frente al espejo, observó su cabeza y creyó conveniente era tiempo de sustituir el peluquín por una peluca.
Regresó a la peluquería esa misma tarde y se estuvo probando entre diez y quince pelucas de diferentes cortes y tonalidades, hasta que se decidió por una que le quedaba como la realeza; Alfio se sentía un monarca.
Pagó y se fue muy contento a recorrer su reino a ver en qué aventuras andaban sus súbditos, conocer sus pesares, sus necesidades.

Microcuento o el cuento del destino

En un cuento lógico se puede ir de A hasta B, por esa vía. Pero este no tenía lógica alguna ni modo de ser pensado como tal; como no tenía argumentos era difícil de refutar.
Al parecer, el origen era A, o al menos uno podía intuir que se trataba de A, pero no de alguien o de algo, sino de A, a secas. Aunque había bastante humedad por las lluvias precedentes. Su procedencia era desconocida, por eso asumimos que el origen o punto de partida era ni más ni menos que A. ¿Y hacia dónde se podía dirigir el transeúnte? Bueno, es un buen punto, porque tenía varias opciones: quedarse en A, moverse en A, partir, etc.
El transeúnte, de quien no daremos sus datos filiatorios para no comprometerlo, se había comprometido con partir hacia B. ¿Pero qué era B al fin de cuentas? ¿Un lugar? ¿Un estado? No lo sabía el transeúnte a ciencia cierta, ni a ciencia incierta tampoco. Él sólo sabía que había algo que no era tal como lo es una pelota, por ejemplo, o un establo, llamado B, y hacia allí partió. Tenía un destino llamado B signado por el firmamento.
El transeúnte, luego de unas vivencias y aventuras increíbles que tuvo en su travesía, arribó a B. Lo curioso del asunto es que nunca lo supo; el transeúnte nunca llegó a saber que estaba en su destino, por lo que su destino se convirtió en partir, dejando en evidencia la falaz sentencia del firmamento. Partir y partir se había convertido en su destino, por lo que dejó de ser transeúnte para ser trotamundos, aunque lo recorría caminando, y a veces en colectivos.
Fue así que el trotamundos pasó por C, por D, por H o por B, y por Z. Pero su destino, como habíamos dicho, estaba lejos de permanecer.

El vendedor de cicatrices

Todos los mediodías desde la rambla comenzaba a hacer su periplo por la playa el vendedor de cicatrices.
-¡Cicatrices! ¡Cicatrices sin dolor! –vociferaba con acento extranjero.
Caminaba por la arena, con alpargatas, una sombrero de paja y unas bermudas y musculosa blancas. Sus brazos mostraban algunas cicatrices -algunas que impresionaban-  que llamaban la atención, aunque no tanto como su voz y su oferta. Como la mayoría de la gente en esa playa eran turistas, todos querían saber de qué se trataba el asunto. Algunos pobladores de la ciudad ya lo conocían, pero no dejaban de mirarlo con curiosidad.
-¡Cicatrices! ¡Cicatrices sin dolor! –reiteraba caminando lentamente- ¡Baratas las cicatrices!
El vendedor de cicatrices se acercaba a las sombrillas de los turistas que lo llamaban y ahí exhibía todas sus mercancías: balazo, bala de goma, raspón, latigazo, mordedura de caniche, tajo, corte con cuchillo, mordedura de reptil, taponazo, marcas de tenaza, pinchazo y un sinfín de innumerables cicatrices que todos miraban con asombro.
Los más jóvenes, entre la intrepidez y la falta de experiencia, solicitaban cicatrices de todo tipo, y se las hacían estampar en los brazos, en las piernas, espalda o sobre el pecho que lucían como trofeos de guerra. Luego, con la cicatriz a cuestas, se iban al mar o a jugar al fútbol.
Los más veteranos, con mucho asombro, se hacían estampar alguna que no tuvieran en su colección genuina, en su historial corpóreo. No obstante, no la mostraban, la guardaban para alguna situación íntima y de confianza que les permitiera escribirla, narrarla con creatividad.
Hombres, mujeres, jóvenes y adultos, turistas de otras latitudes, volvían a sus países, a otras ciudades, con cicatrices sin historia en los cuerpos.
El vendedor de cicatrices, que vivía de las suyas, aparecía cada mediodía en la rambla a hacer su periplo por la playa.
-¡Cicatrices! ¡Cicatrices sin dolor! –clamaba entre rumores de la gente, heladeros y el rugido del mar- ¡Baratas las cicatrices!

Recuerdos de domingo

Era uno de esos domingos típicamente aburridos en la vida de Sergio. No había preparado actividad alguna para hacer ese día. Se le ocurrió que podría poner en orden aquel viejo cuarto en el que iba a parar todo lo que había ido acumulando durante los últimos quince años en los que vivía en esa casa. Y así lo hizo.
Lo primero que encontró fueron unas enormes patas de rana que jamás había utilizado. Recordó que las compró porque siempre le había gustado la idea de bucear, pero no se animó a tomar clases para ello, un poco por falta de tiempo para dedicarle, otro poco porque no quería pagar las clases, que eran de considerable valor comparado con sus ingresos.
Después se topó con un cuadro que había adquirido en un remate. Recordó que cuando lo adquirió creía tener en sus manos una pieza que podría multiplicar rápidamente el valor que había pagado por él, pero luego de investigar el asunto cayó en la cuenta de que aquél pintor, Efraín Ibáñez, no era reconocido. Después de aquello, el cuadro le pareció particularmente horrible: un paisaje en el que los árboles se asemejaban a encumbrados picos de montañas, y éstas se perdían tras algunas nubes de color marrón dando una sensación de inmovilidad superior a la de las mismísimas montañas. Trágico.
Luego, encontró una caja. En ella tenía cuadernos y manuscritos de cuando era un muchacho. Tomó uno de ellos y lo leyó:

Te amaré.
Te amaré hasta el fin.
Hasta el fin iré.
Iré contigo allí.
Contigo allí estaré.
Estaré siempre a tu lado.
A tu lado volaré.
Volaré como águila.
Como águila lucharé.
Lucharé por tu amor.
Por tu amor venceré.
Venceré y serás feliz.
Serás feliz pues te amaré.
Te amaré.

Recordó un amor de su juventud. Lucía. ¡Y qué bella lucía! Acudió a él un recuerdo fugaz: él estaba fuera de su casa esperándola para entregarle uno de sus poemas que había compuesto en su nombre, mientras oía tras la ventana gemidos procedentes del amor y algún engaño. Rompió allí mismo aquél poema que – pensaría luego- nunca llegaría a componer uno tan bello como ese. Quizá pensaba eso porque no tenía la posibilidad de leerlo nuevamente tras destruirlo, sino, tal vez cambiaría de opinión. Después, perdonaría a Lucía por aquello, aunque no sería la única vez, que la perdonaría.
Encontró, después, entre aquél papelerío unas cuantas cartas e, inclusive, un mazo completo.
Dejó la caja a un lado, pues llamó su atención otra caja en la cual supo tenía guardadas allí unos cuantas grabaciones, entre ellas las de su grupo musical preferido en sus años de juventud. Fue hasta donde estaba el equipo de audio y colocó allí una de esas cintas. Sonaba una voz cálida, entre guitarras y baterías llenas de vigor:

No preciso volar
ya no quiero salir
de este cielo sin fin
que es mi vida sin ti.
Ahora vivo feliz…
Ahora vivo feliz…

Encontró allí también una de las cintas en las que grababan con su amigo Fabio sus bromas. Recordó particularmente una de ellas y la hizo sonar en el equipo de audio. Era un diálogo entre ambos, simulando un programa radial:

Sergio: Estamos esta noche transmitiendo para toda la audiencia en este programa número setecientos cuarenta y nueve, programa que todos ustedes conocen como “Arriba el sol”, quien les habla, Sergio, les presenta a Fabio.
Fabio: Buenas noches, queridísima audiencia. Gracias por estar de ese lado de la radio. De no ser por eso, nosotros no estaríamos aquí tampoco y, quizás, serían felices. Pero bueno, todo no es posible, ¿no les parece? Bastante hacemos por mantenerlos entretenidos, faltaría nomás que los hagamos felices y ¡Cartón lleno!
Sergio: Hablando de cartón lleno, este bloque está auspiciado por: ( impostando la voz ) “Bingo Mingo. No derroche su dinero en trivialidades como pan, frutas y lácteos. Invierta sus valores ganados aburridamente con el sacrificio de su sudor en sensacionales tragamonedas traídos exclusivamente desde Las Vegas al centro de su ciudad para su deleite. Ahora también, ¡mesas de póquer y tute! Visítenos. Juegue. Gane…si puede. Bingo Mingo. Minga le vamos a pagar”.
Fabio: Atención, tenemos el llamado de un oyente: ( Fabio mismo modificando levemente su voz) Quiero denunciar que en mi barrio hay un depravado sexual que a todas las mujeres del mismo les grita palabras amorosas, les chifla, las saluda provocativamente, intenta regalarle rosas a su paso, le ofrece bombones y caramelos, les dice piropos. Las mujeres no le dan ni bolilla y están cansadas de este sujeto. ¡Hay que conseguirle una novia urgente! –( Fabio hablando normal )Bien, ¿sabe el nombre de este señor? –( Fabio haciendo las veces de oyente )¿Cómo no voy a saber su nombre?¡Si el depravado soy yo!
Sergio: Y ahora, la música. Con ustedes, este dúo que se las trae…
Fabio: estos muchachos van a ir muy lejos…
Sergio: sobre todo ahora que los pasajes de avión están de oferta…
Fabio: este dúo va a llegar muy alto…
Sergio: más ahora que un pasaje al tren de las nubes lo podés pagar en cuotas…
Fabio: con ustedes…
Sergio y Fabio: ¡Los barriletes del mar!
Sergio y Fabio ( cantan a capella):

Tu amor es y no es.
A veces todo…
a veces nada…
como algún pez.

Tu amor es todo… todo
me deja loco
si no te toco
caigo en el lodo.

Tu amor es nada… nada
no me alimenta
como empanada
de arroz y menta.

¡Ay amor!!Ay amor!
Nado por ti. Todo por nada.
Nada es sin más, al menos todo,
no es por amor, sino por mí.
Perdonamé, porque mentí,
cuando te dije que es por amor.
¡Ay amor!!Ay amor!

Sergio apagó el equipo de audio y guardó las cintas nuevamente en la caja. Acomodó unas cuantas revistas de ciencia que tenía allí y les quitó el polvo con una franela. Encontró una colección de fotografías de diputados que tenía cuando militaba en grupos políticos. Recordó su paso por el FRESCO, el Frente Social Cosmopolita, y luego por el CALIDO, el Centro Agrupado de Líderes Dominantes, del que conservaba un banderín. Tenía, además, entre esos trastos viejos, una gorra que había traído de recuerdo en un viaje a Bogotá. Encontró entre lo que allí guardaba, un escudo de la república que nunca había colgado en pared alguna.
Sin embargo, lo que más llamó la atención de Sergio aquél domingo, fue una tarjeta que encontró en un sobre. Extrajo de allí la tarjeta, que en su exterior tenía el dibujo de dos gaviotas volando, con la leyenda inscripta “Juntos hacia la inmensidad”, y leyó dentro de la misma:

El domingo 23 de Agosto próximo
queremos que estés presente
cuando demos comienzo a nuestra
fiesta de compromiso
en la cual daremos absoluta fe
de que seremos, por fin,
el uno para el otro
por el resto de nuestras vidas.
Ana y Joaquín.

Recordó los momentos de tensión que se vivieron en aquella fiesta fallida, porque Joaquín no concurrió y es, al día de hoy, desconocido su paradero. Aunque algunos han asegurado que vive en un lejano país centroeuropeo, el cual no quieren nombrar, porque Ana lo sigue buscando y dice, que por su bien, es preferible encontrarlo muerto.

 

La silla del comedor

Hay una silla en el comedor que me inquieta. La miro atento, porque temo que se vaya a otro ambiente, a otro lugar, por ejemplo al living. O que en una de esas aparezca en el baño, aunque esto es bastante improbable porque en el baño hace mucho frío y la susodicha es friolenta. Mis temores no son infundados, la he visto andar cojeando con sus cuatro patas de acá para allá alrededor de la mesa, aparentemente sin rumbo determinado. No obstante, cuando sabe que voy a hacer uso de ella no se le mueve un pelo, porque no tiene; quiero decir que no se inmuta.
Un día la vi bailando una tarantela y en un paso mató una tarántula que bailaba al compás.
Esa silla me inquieta, como la movediza, es algo que uno nunca sabe lo que va a hacer. De sólo pensar que en algún momento me voy a encontrar con su ausencia me angustio. Puede salir a pasear y no tener el instinto agudizado como para regresar. Por eso cuando me voy la dejo atada a la mesa; cuando estoy en casa que haga lo que le plazca, si quiere saltar es libre de hacerlo y tiene cualidades para participar en competiciones olímpicas incluso.
Esa silla es singular, y aunque se parece a las otras, se ve que evolucionó y ha desarrollado facultades que las otras todavía no. Por eso la quiero domesticar, le hablo y le enseño a comportarse en público, para que además las otras no entren en rebelión, se den a la fuga y me tenga que sentar en el suelo.

El penal

Un jugador fue a patear un penal y lo metieron adentro por daños -y por años- a un edificio público.
Una vez dentro, recibió atención médica porque tenía varias fracturas en el pie con el que le dio de lleno a rejas, puertas y paredes.
Como oficio, escogió ser pintor. Allí fue que pintó en un cuadro una vía de escape del penal por la que -a la postre- se fugarían él y un compañero de celda.
El cuadro, hoy día, se exhibe en el Museo de Bellas Artes, suscitando un impacto vertiginoso en el observador que, muchas veces, los lleva a abandonar el museo a través del mismo.
Otros, fervorosos, después de una minuciosa observación exclaman frases de admiración: ¡Qué jugador!
Sin embargo, nunca faltan los intelectuales que le reprochan haber emprendido la huida ante el nerviosismo de tener que definir un penal pictórico.

La vida como un paseo

Alina salió a recorrer la ciudad, sola, ya que Eber se quedaría viendo el partido por tevé. En principio, tenía intenciones de pasear por la galería, por lo que fue hasta allí y pudo ver los locales comerciales que emergían muy vistosos, llamando la atención de los paseantes con luces con intermitencias multicolor. Uno de ellos exhibía en la vidriera cuadros pintados con acuarelas de la misma dueña, que Alina observó con curiosidad.
Entró.
La mujer lucía ataviada con un largo vestido veraniego de colores vivos naranjas, amarillos y ocres, fumando un parisienne. El rostro mostraba algunas pequeñas arrugas en las comisuras de la boca, como por haber reído demasiado. Sus ojos eran cálidos, oscuros pero luminosos. Observó a Alina de la cabeza hasta los pies.

-Y bien… ¿te gustan mis cuadros? –inquirió con impaciencia.
-¡Si! Son muy bonitos. Especialmente ese de allí. –señaló Alina uno sobre un lateral del local- Es precioso.
-Muchas gracias. Es lindo recibir elogios. A veces pienso que una se esmera en pos de ellos, aunque luego lo descreo, pues tal vez ni llegan, o no saben siquiera el camino para hacerlo.
-Es que… la gente prefiere recibir antes que dar algo, siquiera un elogio.
-Tal vez, o tal vez no sea eso siquiera. Pareciera como que cuesta soltar palabras y gestos de amor por el temor a la incomprensión o a la supuesta correspondencia del mismo. La gente es rara, y luego dicen que la rara es una…
-Bueno, usted no se viste muy normal que digamos y pintar no es algo cotidiano para la mayoría de la gente. –sentenció Alina con calma- A mí particularmente me gustan sus cuadros, y me gusta cómo se viste, es… osado. Aunque en esta época lo raro quizá pase más por otros canales, no tanto por las apariencias ni los modos sino por sensaciones conceptuales.
-Tal vez, o tal vez siquiera lo sea. Fíjate que lo raro como tú lo concibes sólo es raro cuando se da por única vez, pero si lo vemos ya dos veces no se nos hace tan raro. Yo me refiero a lo raro no en el sentido de extravagante sino a que la norma ha cambiado con los últimos años, los avances tecnológicos y el retroceso ideológico y eso es precisamente lo que le da carácter de raro a la gente. Es como si todo fuera conocido y cognoscible, excepto la gente, que sólo muestra lo que quiere mostrar como si lo demás –sentimientos, pensamientos, creencias y aversiones- no existiera.
-Es que… la gente prefiere sentirse cómoda, no bucear las profundidades que menciona usted.
-¡Ah! ¡Bucear! Eso sí que es raro. ¡Imagínate bucear un cuadro!
Alina se quedó observando largo rato con sigilo los cuadros, uno a uno, mientras éstos penetraban en su alma. La mujer había encendido otro parisienne y Alina sintió el deseo de respirar aire puro, por lo que se despidió y salió por donde había entrado hacia la galería.
Caminó hacia el interior, sin saber si en algún extremo habría otra salida o debería regresar. Un hombre harapiento que venía en dirección opuesta se detuvo delate de ella y le pidió “monedas”. Alina negó con la cabeza.
-Vamos, puede darme unas monedas.
-Es que… no tengo.
-Con monedas me refiero a algún dinero que usted me pudiera facilitar para sobrellevar esta dolorosa situación que estoy viviendo.
-¿La situación de mendicidad? –inquirió temerosa Alina.
-¡No sólo eso! Perdí mi empleo y perdí mi familia. Una cosa llevó a la otra. Mi estado de salud no es el mejor, por si fuera poco.
El hombre, de barba desprolija, se quedó mirando las manos de Alina que ingresaban con cuidado en su cartera. Ella extrajo un billete con cautela, pues temía alguna reacción, y se lo dio, lo cual fue agradecido con amabilidad por el hombre de los harapos, quien siguió su camino.
Un mujer, sentada sobre una banqueta en la puerta de otro local, había estado observando la escena. La miró a Alina cuando ésta seguía con la mirada a aquél.
-Es un tiro que le hace. –dijo la mujer.
-¿Cómo dice? –preguntó Alina sin saber de qué le estaban hablando.
-No tiene familia. O más bien: su familia somos nosotros. Nosotros lo cuidamos y le damos de vestir y de comer, pero él prefiere mendigar.
-¿Y el empleo que perdió?
-Eso fue hace tiempo y todavía le dura el cuento –dijo la mujer que bebía un líquido espeso color ámbar de una copa larga-. Era fotógrafo en una revista de moda, cuando las cámaras no eran tantas.
Alina miró el local donde la mujer esperaba algún cliente. Había diversas artesanías muy variopintas, desde duendes y brujas labradas hasta lunas y estrellas talladas. Saludó con cortesía y siguió galería adentro.
Parado en el umbral de la puerta de un local, entre dos malvones, había un hombre calvo, con un tatuaje en la punta de la nariz. Alina mientras se acercaba lo venía relojeando y esperaba no tener que detenerse a conversar con él.
-Oye, no le lleves el apunte. –dijo el calvo.
-¿Cómo dice? –Alina con desgano detuvo su marcha para conversar.
-La vi hablando con Sonia, está sonada. Seguramente le ha dicho que nadie ha de ser quien dice ser.
-Algo así, me habló del hombre pidiendo monedas.
-Pedir o dar, esa es una buena cuestión. ¿Usté qué prefiere?
-Prefiero no contestar tajantemente, pues hay situaciones en las que uno siente el deber de dar y otras siente que es empujada a pedir, por lo que no sé si trata de una libre elección.
-¡Vamos! Considere bien el asunto. No todo el mundo puede dar, ¿no le parece?
-O sea que se trata más bien de una cuestión de poder. –sentenció Alina.
-Como poder, puede…ser. ¿Usted conoce gente que da?
-Poca.
-Así es, la gente que da es poca, es gente rara.
-Parece que todos los comerciantes de esta galería siempre le encuentran algo raro a la vida. –dijo Alina ya con fastidio.
-Es que lo común, lo trivial, lo rutinario, suele dar sensación de comodidad hasta el hartazgo. Es ahí cuando se busca lo raro, lo distinto, lo único ¿no le parece?
-No, no me parece que sea así.  La comodidad tiene su encanto.
-Desde luego, desde luego –añadió el hombre calvo-, pero hay que considerar que puede conducir a la pereza del alma, lo que se conoce como “dormirse en los laureles”.
Alina echó un vistazo al local que estaba lleno de plantas. Jazmines por doquier captaban su atención. Y sobre una estantería había distintos plantines de helechos y cactus. Se despidió y retomó su camino para salir de esa galería que pocas alegrías le había obsequiado, no sin tener que desatender algún comerciante que deseaba conversar con ella de lo que fuera.
Cruzó la calle y recorrió lugares que conocía de chica pero que hacía tiempo no veía, salvo en publicidades en la tevé. En un local centenario, pidió dos churros de dulce de leche bañados en chocolate y se los fue comiendo por el camino para alegría del paladar.
Mientras terminaba de masticar el último bocado, una mujer la saludó efusiva.
-¡Alina! ¿Cómo estás? ¡Qué alegría verte!
-Hola –dijo escuetamente Alina soltándose del abrazo-, pero… ¿de dónde nos conocemos?
-Yo soy Elsa Rampión, hicimos juntos el secundario en el Normal, ¿te acordás? Han pasado unos cuantos años pero estás igual que por aquél entonces.

Alina la observó al detalle. La mujer tendría su edad pero estaba muy avejentada.
-Tuve tres nenes, que ahora están grandecitos, tanto que dos ya trabajan, y después me separé. Es una nueva vida, ¿sabés? No dependés de los horarios de los demás ni de sus necesidades; es como una mochila que una va soltando.
-Claro, te entiendo.
-¿Y vos? ¿Seguís soltera? ¿Tenés novio?
-No, me casé hace siete años después de otros tantos de noviazgo. La convivencia cambió algunas cosas pero mientras haya amor todo se puede sobrellevar.
-Seguramente, seguramente. Te entiendo porque con mis hijos soy igual, o era, hasta que dejaron de necesitarme.
Intercambiaron un par de recuerdos de aquella época escolar y cada una siguió como si el encuentro nada hubiera cambiado en ellas.
Alina luego de entrar y salir de otros locales comerciales, a los que lo hacía por curiosidad para ver si había entrado alguna prenda que había visto en algún desfile o en alguna publicidad en las revistas que solía comprar, se cansó y paró un taxi.
El chofer le habló de lo mal que se vivía en esa ciudad, de lo malo que eran los servicios que el municipio prestaba y de la difícil situación económica que atravesaban las familias en general. Alina le dio la razón en todo, pero le dijo que siempre había motivos para buscar que la vida sea mejor que lo que se nos ha presentado.
-Hay cosas que no van a cambiar de un momento a otro, por lo que muchas veces es mejor pensar en construir, para el futuro, sembrar, por el porvenir. –dijo Alina, cuyas palabras recalaron en un silencio dentro del habitáculo que sólo se vio interrumpido por el inicio de una balada a través de los parlantes del mismo.
Se bajó del taxi en la puerta de su casa. Ya estaba muy oscuro y algunas luces comenzaban a darle un tinte menos tristón a la ciudad. La penumbra, emparentada con la depresión, alejaba todo atisbo alegre en las fachadas.
Al entrar, lo encontró a Eber sentado sobre el sofá, control remoto en mano.
-Hola amor.
-¡Hola! ¿Cómo te fue mi amor? –preguntó Eber dejando a un lado la tevé, el control remoto y su comodidad.
-Bien. Estuve recorriendo un poco esta enorme ciudad.¿Sabes? A veces pienso que la vida es como un paseo, donde se recorren lugares y calles, conoces gente y vidas, vives emociones y sensaciones, aprecias la bondad y la belleza, descrees de ideas y de cosas, y andas de aquí para allá sin rumbo, porque una sabe que en el fondo, tarde o temprano, siempre se vuelve a casa.
-Es verdad, y ya que hablamos de la casa estoy pensando en que le hace falta una buena mano de pintura, ¿no te parece?

Adicciones

 

Héctor fumaba como un cornudo. No es que los cornudos fumaran de tal o cual forma, o en tal o cual cantidad, sino que la expresión “fumaba como un cornudo” le daba el tinte suficiente como para determinar que Héctor fumaba, tanto de frente como de perfil. Y en eso estaba el mismo Héctor cuando sonó su teléfono desde un número desconocido ( por él, claro está ). No sin antes vacilar, atendió.
-Hola Héctor, sabemos lo que estás haciendo y te queremos ayudar.
-¿Quién habla?-titubeó Héctor.
-Le hablamos desde la Secretaría de Salud, precisamente desde el Departamento de Control de las Adicciones.
-Sí, está bien, ¿pero quién habla?
-Mi nombre es Janette y estamos para ayudarlo, Héctor.
-¿A esta altura del partido me quieren cambiar? Me parece que se confundieron de Héctor… Probá con el siguiente de la lista a ver qué pasa.
-Héctor, por favor, apague ese cigarrillo y escuche.
Volvió a titubear y a vacilar con el cigarrillo entre sus dedos. Optó por darle una última pitada, con el teléfono al oído, y luego, a desgana, apagarlo con bronca sobre el cenicero.
-Escuche: su adicción se ha vuelto caótica y fuera de control, ya no tiene dominio de sus acciones y esto se debe a la falta de valor que le da a su palabra.
-¿De qué me estás hablando Janette? ¿Cómo sabés que falto a mi palabra? ¿Acaso te dije que iba a dejar de fumar ayer?
-Vamos Héctor, lo conocemos. Tenemos estudiado su caso. Y estamos comunicándonos con usted porque sabemos que no es un caso perdido, como tantos. Hay muchas esperanzas puestas en su persona. Aquí en el departamento incluso se han hecho apuestas a favor de que iba a dejar el mal hábito.
-Espero poder defraudarlos.
-Seamos sensatos Héctor. Su salud está amenazada. Nadie en su sano juicio puede tolerar tamaños momentos de estrés desmedido por los que suele pasar a diario. Usted, inocuamente, cree canalizarlo a través de sus charlas con amistades, cigarrillo y café mediante. Pero por algún lado salta la liebre.
-Es usted muy perspicaz Janette, pero no creo que logre hacerme desistir de mi ímpetu por llevar adelante una vida que, no sin altibajos, me ha dado felicidad.
Héctor encendió otro cigarrillo mientras dejaba sobre la mesa el teléfono en altavoz. Del otro lado se oyó un soplido, con un dejo de cansancio. A su vez, Héctor sopló el humo con un canso de dejancio.
-Mire Héctor, si por las buenas no quiere entenderlo, no nos quedará más remedio que hacerlo por las malas.
-¡Ah! ¡Se puso bravo el asunto!
-Tal cual.
-Y bien, ¿cómo sería entonces por las malas Janette?
-La solución a su problema de adicción sería el siguiente: Observando su acción desmedida y poco comprometida, sus comentarios procaces, sus opiniones ligeras, a través de la red social Facebook, no nos quedará otra que solicitarle a Mark cierre su cuenta por tiempo indeterminado, hasta tanto usted, estimado Héctor, se reeduque y clarifique sus ideas. Mientras tanto, puede contar con nosotros que le ofrecemos una terapia alternativa para combatir el estrés.
-Ppero… ¿entonces ustedes están al tanto de las zonceras que comento por ahí? –Héctor volvió a tomar el teléfono y colocarlo junto al oído para escuchar mejor.
-Desde ya. Nosotros velamos por la salud de la ciudadanía y queremos lo mejor tanto para usted como para el resto de los ciudadanos. Ocurre que a veces no nos dan los tiempos para ocuparnos de todos. Después de todo, no tenemos tantas manos.
-Entiendo. Bueno, este… prometo comportarme como todo el mundo. Pasa que a veces se me sale la cadena Janette. Igualmente, haré la terapia que me ofrecen.
-Se entiende, cualquiera pasa por momentos de bronca, euforia, desazón. Puede expresarse, Héctor, no nos preocupa eso. Lo que nos ocupa es su salú, ¿me explico?
-Si, si, pero, ¿y el cigarrillo? Creí que me llamaban por eso. Ya llevo tres al hilo en esta conversación.
-¡Ah! ¡El cigarrillo! Y qué le puedo decir que ya no sepa… Si va a fumar, desgraciado, hágalo moderadamente, estimado Héctor.
-Gracias.
-Hasta luego. Lo volveremos a llamar para constatar progresos en su escisión de la adicción.
-Adiós.

Suyas

Su teléfono hacía las veces de cerebro.
Su voz, repetía como un eco opiniones adosadas tanto a las ‘suyas’ que eran casi indistinguibles unas de otras. Y este mecanismo había obrado así por lustros.
Pudo corroborar que en nada se diferenciaban de aquellas que había ido recogiendo, a las que observaba con simpatía, un cariño reservado a la persona por motivos ajenos a las mismas.
Un día, marcado en el calendario digital como viernes 11 de …bre, empezó, dícese dio inicio, a escudriñar lo que traía a cuestas. Encontró, no sin sorpresa, algún conocimiento que, en su momento, lo guardó como opinión. Lo valoraba, lo llevaba como un tesoro olvidado, pero no sabía hasta entonces de su condición.
Sus ojos describían órbitas elípticas que no guardaban reposo siquiera en sueños, al menos los ojos internos. Las puertas del infierno se abrían de par en par, para entrar, para salir. En el umbral había a un lado un cancerbero que, lejos de amedrentar, uno se apenaba de verlo yacer huesudo y moribundo al custodio de semejante empresa. Y al otro lado, un enorme jabalí de unos colmillos largos y filosos, de cuyo escupitajo habría surgido el hombre. El cancerbero llamado Tan daba la orden con un gruñido lastimero para que Athos, el jabalí, atacara cuando un interno quisiese salir. Como contrapartida, Athos emitía unos gemidos histéricos que parecían una estúpida risa, mientras Tan se acurrucaba con la vista perdida en el horizonte, dejando el paso libre al visitante aventurado.
Sus manos obraban cual máquina inerme que reincide en sus acciones, como el crepúsculo que en su iteración pierde observadores, pero en su mística los conmueve, y el observador torna sobre sí embriagado con la prístina visión. Y esa reincidencia opacaba el destino creador que portaban, mas no llegaba a dominarlo en sus fatuos malabares que le daban, ni más ni menos, que el sustento diario.
Su corazón bombeaba y bombardeaba sus arterias de sopor, tedio cotidiano con disfraz de diversión, que le eyectaba una sonrisa paulatina que en cualquier conversación se salía de las comisuras amenazando al interlocutor con morderle las orejas, o al menos es lo que aventuraba Gracie cuando conversaban de amores perdidos y del futuro esquivo.
Su nariz tomaba registros del ambiente que no coincidían con el pronóstico. El olor a putrefacción al pasar por donde los mendicantes recogían las sobras de fast food slow death le abría surcos entre las imágenes que poblaban su pensar.
Su sangre recorría caminos previamente trazados, con bifurcaciones y empalmes donde se desviaba su conducta, cabalgada por su carácter. Al llegar a sus extremidades inferiores, un magma efervescente de prejuicios le aquejaba, propiciándole migrañas inacabables, sostenidas por rígidos tendones.
Su estómago fluctuaba al procesar, y esas fluctuaciones emitían penosos quejidos o segregaban llantos emotivos que pugnaban entre lagrimales por salir de las trincheras.
Su teléfono, que hacía las veces de apéndice, sería extirpado por una cirujana que cumplía funciones de terapeuta en el empíreo, ante el discurso anodino de sus cavilaciones.

Vida del blog

Podía decirse que el blog estaba vivo, a pesar de que no respiraba el mismo aire que nosotros. En realidad, nosotros respirábamos aire pero no era el mismo en todos lados, ya que muchos lo respirábamos con otros aditivos, polución, smog, alquitrán y demás impurezas. Pero no todos, dependiendo su situación geográfica y económica. El blog estaba vivo, pero no era por mérito propio –exclusivamente- sino por la asistencia de cientos de visitantes que le daban color, como las flores a un cementerio, y eso hacía pensar que el mismo era un lugar donde los visitantes –al menos en principio- estaban tan vivos como el mismo blog.

Pero el blog no despertaba curiosidad alguna, ni tampoco podía decirse que se le rendía pleitesía, o que abrigaba admiración. El blog estaba vivo en términos virtuales porque había movimiento, que es lo que llama la atención, cosa que la quietud no hace, al menos en el observador tuerto.
Dicho movimiento era dado por factores que –cuentan los astrofísicos- están determinados por las órbitas de los planetas, el brillo de las constelaciones, las parábolas de los meteoritos y la indumentaria de las estrellas de Hollywood en noches de gala. Todos los astros de la galaxia –incluso futbolistas de renombre- coincidían en la encumbrada posición del blog ante los innumerables visitantes.

Pero el blog, una tarde de invierno como todas las tardes de invierno en que mueren los árboles, murió, no en términos virtuales sino astrales. Nadie volvió a pisar ese lugar en el ciberespacio caído en desgracia. Los visitantes fueron redirigidos hacia otras distracciones por la Osa Mayor, Mbappé y el anillo de Saturno que dirigían la batuta. Ni siquiera ellos sabían ni comprendían su accionar. El aburrimiento era así, caprichoso, movía las cosas y la gente de un lado para otro.

Con el tiempo o sin él, años después, el blog quedó firmemente enraizado en la nube como un árbol dador de vida, como un olmo que ofrece peras, una ridícula e inverosímil expresión literaria, como un arroyo que lleva, de la fuente al océano, inagotable, manantial de vida que las bestias solían beber en sus orillas.
Cada tanto aparecía un muerto buscando vida, alejado de la subsistencia mundana, y se encontraba con ese reguero de manantial, con ese trasfondo de agua pura que detentaba el blog sumergido en la deep web. Y el muerto bebía y volvía a la vida. Luego se marchaba para volver a morir, o distraerse, según lo que dictaran los astros.
Y así fueron arribando al blog incontables vivos, muertos, bobos y tuertos, otra vez a ponerle condimentos a la sepultura, desde donde resucitó el mismo blog, para asombro de algunos pocos que lo habían dado por muerto. A los vivos le resbalaba vida y muerte. Y muchos bebieron de sus aguas, comieron de sus peras, recobrando vida.
Esto fue mal visto por algunos directores y guionistas en Hollywood, que creían ver mermar sus ventas en productos de merchandising, por lo que solicitaron sea retirado de la existencia.
Pero había un pequeño problema: el blog había cobrado eternidad y ya no podían matarlo; a lo sumo, esconderlo, ocultarlo.
Se les ocurrió eliminar el servidor que lo alojaba y con eso creyeron que sería suficiente para destruirlo.

Hay quienes dicen que hoy el blog está alojado en la red interna de una multinacional de gerentes franceses; otros dicen que el blog sólo es accesible desde el África meridional; y algunos afirman que el blog está sentado a la izquierda del Señor por los siglos de los siglos.
También están los que juran que el blog ha sido visto desde Andrómeda y que se actualiza los jueves por la noche.

La dimensión de lo desconocido

 

Arturo había soltado las amarras del pasado ( y por lo tanto su presa sobre el futuro ) y se había sumergido en el presente. Pero no estaba anclado siquiera en el hoy. Su vida no discurría sino que era un entero ahora. Por razones de conveniencia para el lector, esta historia parece transcurrir en el tiempo, pero esto sólo debe tomarse como una cuestión puramente literaria. Arturo como tal había cesado y sólo quedaba su presencia en el eterno ahora; lo que discurría era mera apariencia con ínfulas de historia.

Arturo observa la pantalla delante de él. Una imagen le llama la atención. Es una bailarina de danza clásica disfrazada de pantera rosa, pero con una peculiaridad: no es la pantera rosa, sino un flamenco. Arturo cliquea reiteradamente. Uno de los impulsos de su dedo índice le devuelve una leyenda sobre el monitor indicándole que debe reiniciar la máquina.
-Ya está. –Dice Arturo- Para la próxima, ya sabe, Teodomira, nada de darle clic a cualquier video que aparezca por ahí.
-Gracias, querido. Vos sí que siempre me salvás las papas. –afirma Teodomira al retirar la bandeja de papas del horno.

Arturo cobra por el servicio y se marcha de casa de doña Teodomira. Ésta prende la radio y escucha en las noticias que un huracán se cobra la vida de decenas de personas en el caribe. Arturo camina hasta un quiosco y compra puchos. Y un encendedor. Le da interacción a los objetos que acaba de comprar y pita el cigarrillo. El día está caluroso. A Arturo le suda la frente. Ve pasar un colectivo pero no es el que espera él. Un joven le pide un cigarrillo y Arturo le convida del atado que acaba de comprar. Arturo camina y se detiene frente a una vidriera de artículos electrónicos. Observa lo nuevo que allí se exhibe: un neofly, algunos bricgames y varios smartviews. Arturo piensa. O cree pensar. O simula pensar. Acuden pensamientos que le hacen sospechar que él hace algo –como pensar- cuando en realidad éstos discurren como el tráfico. Se le ocurre comprar un teclado pero revisa sus bolsillos y el efectivo del que dispone le hace caer en la cuenta de que no le alcanza para su propósito y lo descarta. Se acerca el 48 y cuando está delante de Arturo éste se sube en él, previo a hacerle un ademán al chofer con la intención de que entienda que quiere abordarlo. Paga el viaje y se sienta en uno de los primeros asientos libres que encuentra. A su lado está sentada una bella mujer. Tiene una cabellera abultada, con rizos castaños y ojos color miel. Lleva unos aros de oro en sendas orejas y tiene pintados los labios con un plateado llamativo. Arturo la observa con disimulo y procura entablar un diálogo. Poco a poco, descarta cada una de los temas de conversación que se le ocurren: el tiempo, su trabajo, el viaje en colectivo, la elegancia de la mujer. Nada le resulta propicio para comenzar a hablar con ella. De repente, se le ocurre una idea precisa para no incomodarla y, a la vez, iniciar una charla. En ese instante, la mujer le pide permiso para pasar frente a él y abandonar el colectivo, dejando a Arturo con sus esperanzas marchitas. Dialoga con una mujer mayor sentada detrás que le pregunta la hora. Arturo le miente con media hora de diferencia a la que es. Su actitud lo llena de culpa, cree que quizá la señora está con poco tiempo, no de vida, sino porque algo le urge. Pero no es así, la mujer está al pedo como alcornoque en botella vacía.
-Anoche no dormí bien, joven. –dice la mujer- Me quedé pensando en lo que tenía que hacer este día y caí en la cuenta que lo tenía libre para disponer de él como me pareciera. Por lo tanto decidí ir a hacer unas compras al súper para buscar lo que hacía falta. Sabe usted, jabón, champú, café, azúcar, esas cosas.
-¿Yerba? –inquiere Arturo para no quedarse atrás en la conversación.
-También, claro. Nos acostumbramos a los aumentos de precios que somos incapaces de formular una protesta seria. Si nos juntáramos a pedir para que hagan algo al respecto nadie nos creería. Sería como solicitarle al viento cesar en su servicio.
-Cierto, es uno de los males que nos aqueja, pero lo hemos asimilado y vivimos con ese quiste incorporado. –aclara Arturo.

La mujer abre un paquete de galletitas y le convida una a Arturo. Éste toma dos, le agradece y las come una a una. Tienen chispas de chocolate, como le gustan a Arturo. Divisando la proximidad a su destino, Arturo se despide de la mujer y camina hasta el fondo del colectivo. Toca el timbre y cuando la puerta se abre y el colectivo se detiene, emprende la retirada del mismo bajando por la escalinata. Tropieza con un peatón que lo insulta hasta en arameo. Arturo ensaya una disculpa, pero el hombre no parece comprender castellano. Camina hasta la puerta de su casa y al llegar encuentra sentada en el umbral a Nancy, su novia.
-Te esperé toda la mañana. –le dice.
-Estuve trabajando. –acota Arturo.
-Espero que no sea otra de tus típicas mentiras.
-¿Desde cuándo digo mentiras?
-Desde que te conozco. –responde Nancy.
-Entonces debo decir que no me conocés ni pizca.
-Es que no me diste tiempo suficiente para hacerlo.
-¿Y cuánto necesitás? ¿Diez años más?
-Mmmm… podría ser. ¿Tenés apuro? –cuestiona Nancy.
-Terminemos con esto. ¿Querés un café?
-Sí.

Ambos entran a la vivienda donde Arturo hace las veces de local. Prende la radio y se escucha el tema “Beutifull day”. Arturo prepara café para dos. Su novia se sienta en una de las sillas ubicadas alrededor de la mesa. Arturo lleva las tazas con café a la mesa. Lleva también cucharitas y azúcar. Prueba el café y lo encuentra a gusto. Nancy hace lo propio. Sentados frente a frente, Nancy rompe el manto de silencio tras un vacío de sonidos en la radio.
-Arturo, tengo que contarte algo.
-Si es una mala noticia ni me la des. Prefiero no saber.
-Te la voy a contar igual.
-¡¿Ahora?!

En la radio suena el tema “Desde este momento ahora”.

La sentencia

El sol estaba asomando detrás del enorme edificio cuando Pío subió los escalones con cuidado, afirmándose en la baranda metálica. Al lado opuesto, observaba en los rostros de los allí presentes el juicio del mundo como un lastre demasiado pesado para soportar. Con vergüenza y timorato, bajó la cabeza fingiendo mirar cada escalón que pisaba, mientras en su fuero íntimo esquivaba las fulminantes miradas que provenían desde todos los rincones.
Un leve murmullo se escuchaba a su paso. “Miralo”, decía una voz avejentada. Una muchacha se acercó corriendo, se detuvo delante de él y lo escupió sobre el pecho: “¡Miserable!”, le espetó con furia para lanzarse llorando escaleras abajo. Pío continuó la cuesta hacia los tribunales con el semblante alicaído. Volvió a tomar coraje para mirar los rostros de los allí presentes, aunque lo hacía tímidamente, como de soslayo. Ninguno permanecía indiferente a su tibio paso. Creyó ver en un joven un atisbo de aliento, un resabio de comprensión y complicidad; “Estamos con vos”, adivinó. Pese al rechazo general que generaba su presencia, no se observaban signos de violencia explícita, más que miradas inquisidoras, dedos que lo señalaban, o algún comentario soez. Los escalones se le hacían interminables, y para recobrar fuerzas, cada tanto, echaba un vistazo a los que había dejado atrás, ganando impulso para continuar subiendo. No faltaba quien lo estuviera filmando en cada paso que daba, en cada gesto involuntario que vivificaba la situación del juzgado.
El policía que lo escoltaba, de paciencia increíble, en ningún momento intentó apurarle el paso o forzarlo a que subiera a mayor velocidad. Lo dejaba percibir la situación, las miradas, la rabia, el rechazo, aventurando la condena que le cabría, e incluso se tomaba su tiempo para tomar nota él también del marco que envolvía ese tormento.
Cuando subió el último escalón, se afirmó sobre el piso y respiró hondo. Había quienes bajaban y subían a un ritmo ajeno, y observó, detrás suyo, que varias personas habían estado acompañando su andar, pero al intentar mirarlos de frente, estos, como haciéndose los distraídos, o bien conversaban en voz baja entre sí, o miraban a su alrededor o se distraían con sus teléfonos celulares. Eran no más de cinco quienes evitaban el contacto visual con él; los demás, diseminados por las escaleras, lo seguían fustigando con la mirada acusadora.
En la sala había varias personas esperando la sentencia. El fiscal, al verlo ingresar secundado por el policía, se puso de pie y le propinó un irónico aplauso. Las voces eran ecos de lo que ocurría sobre las escaleras, un zumbido indirecto que envolvía el ambiente como un enjambre de abejas. Su abogado lo invitó a sentarse luego de palmearle el hombro. Pío bebió un sorbo de agua y se sentó a esperar la llegada del juez. Entrelazó los dedos de sus manos, que sudaban a pesar del frío, que hacía sentirse a esa hora en la sala. Se quedó observando un cuadro sobre el estrado que daba cuenta de una batalla de otros tiempos y creyó ver en él inspiración para la que daba en el presente: los rifles, eran su pluma; las balas, su tinta; los caballos, sus ideas; los soldados, sus seguidores; el sol, su horizonte. Sintió alivio, con la esperanza extinta, al creer que lo justo, aunque muchas veces tarde, tiene un reconocimiento supremo que excede la vida de una persona.
El juez hizo su aparición en la sala ante el silencio que dio lugar. Se acomodó protocolarmente, dando paso a la lectura de la sentencia. En el ambiente se había generado una cierta ansiedad, con tintes de tensión, por la espera del veredicto que todos preveían, amén de los detalles de la misma.
Durante la lectura, Pío se distrajo pensando en aquellas cosas que más lo habían movilizado durante los últimos años, entre las cuales impulsaba las ideas para una sociedad más justa, justicia que estaba a punto de finiquitar sus intenciones. Pensó en el desamparo, ya no en el suyo, sino en el de tantos que se veían marginados no sólo del sistema económico, sino de la cultura; y él consideraba que un magnífico edificio como el de tribunales había comenzado como un simple pensamiento que, como tantos, luego se materializó, por lo que se sentía en paz por su obrar. Estos, y decenas de pensamientos, se detuvieron en seco al escuchar, de parte del juez, la palabra perpetua, que le heló la sangre y endureció los tendones debajo de la nuca. Ese instante recapituló sobre lo que había estado escuchando sin atención, donde creyó percibir las palabras ´enemigo´ y ´rebelión´, entre tantas otras plagadas de tecnicismos, que estaba muy lejos de comprender.
Al finalizar, en la sala hubo festejos en una tibia excitación que rápidamente se disipó cuando a Pío se lo llevaron atravesándola. Las miradas pasaron a buscar humillarlo, acompañando con risas burlonas, que el mismo Pío ignoró. Un hombre parado en la puerta, vestido elegante, se quitó el sombrero y asintió con la cabeza al verlo de frente. Ese era el veredicto que Pío se llevaba consigo a la cárcel.
Luego, su abogado le explicaría que quedaba inhabilitado de por vida a firmar guiones de cine con su nombre, ni a realizar ningún tipo de publicación en otras ramas del arte con el mismo. No obstante, sin misas ni congregaciones, la sentencia había dado inicio a un culto que se extendería al bajar las escaleras.

Adicción a la dicción

-Su caso es el típico caso de sufrimiento agudo por hablar mal.
-¿Pero qué me dice? Si todo el mundo me alaba por mi dicción.
-No me refiero a cómo se expresa, sino más bien a qué es lo que expresa. Usted puede tener excelentes modos de expresión, pero manifiesta una profunda ignorancia de su propio ser.
-¿Cómo es eso, doctor? No logro entenderlo correctamente.
-¿No ve, González? Otra vez cae en los errores habituales. Usted dice que no logra entender, como si entender fuera un logro. O usted entiende lo que digo o bien no entiende. Es simple, González. Además, usted dice que no entiende correctamente, cuando entender presupone comprender lo que su interlocutor dice. ¿Se puede entender incorrectamente? Insisto,  usted ha hecho un abuso del lenguaje y ahora nos va a llevar varios años corregir su mal, González.
-Veo, doctor. ¿Pero, cuál es, en sí mismo, mi mal, como usted dice?
-Yo no arriesgaría un diagnóstico final. El abuso de la boludez al expresarse lo ha llevado a usted a un estado deplorable del cual no puede comprender siquiera una charla trivial, por muy banal que sea y por muy elocuente que usted sea al hablar. Sin embargo, la estupidez no puede ser considerada una enfermedad. Es un mal que nos aqueja desde hace milenios, sin dudas.
-Insinúa que soy un boludo, doctor.
-¡Pero no, González! Otra vez interpreta mal mis palabras. Intente serenarse y llegaremos a buen puerto. Usted… ¿se considera inteligente González?
-Y… más o menos doctor. Ahora, con lo que me dice, tengo el ánimo por el piso.
-Otra vez González cae en las acrobacias intelectuales que poco provecho le han dado. Cuando usted dice el ánimo, es decir, su alma, ¿cómo puede estar ella, que es lo más elevado en usted, por el piso? Usted debe considerar sus palabras, ellas deben encontrar el cauce por el cual fluir.
-Todo el mundo habla de fluir, parece que está de moda…
-Cuando usted dice todo el mundo, ¿a quiénes tiene en mente? Usted puede conocer mucha gente, pero difícilmente sepa la opinión de todos. Ni siquiera en una elección se sabe la opinión de todos. ¡Qué mal que habla González! Cómo pretende sentirse bien hablando así.
-Bueno doctor, no me rete. Me expreso con lo mejor de mis condiciones. Quisiera tener su comprensión de la vida, pero me parece poco probable que algún día arribe a sus conclusiones.
-Eso es lógico, González. Usted desconoce si esas conclusiones son mías propias o las obtuve estudiando a un tercero. Además, reincide en su mal uso del vocabulario al decir poco probable en lugar de improbable. Usted enfatiza la necesidad de llamar la atención, González, de allí su magnífica forma de comunicarse con los demás.
– Entiendo…
– No, González, si entendiera de verdad usted permanecería en silencio.
– ¿Hay alguna medicina para mi mal, doctor?
– La hay González. Pero nuevamente incurre en los errores al cuestionar, debido a que no es su mal, sino que es UN mal que usted padece. Su mal indica que es propiedad suya, el cual no es el caso.
– Pero en este caso, sí es mi caso.
– Vea, González, si usted quiere desafiarme le tengo que anticipar que usted puede terminar mal. Muy mal.
– No era mi intención, doctor, sólo quería validar sus palabras.
– No, González, no. Usted no quería validarlas sino que quería refutarlas. ¿Por qué insiste en desafiarme, González? ¿Usted desconfía de lo que le digo?
– Me cuesta creer que mi pesar es a causa de mi modo de hablar…
– Nunca dije eso. Lo que le he dicho es que su hablar, no su modo de hacerlo, revela un desconocimiento de sí que le ha causado toda la zozobra en la cual usted se desenvuelve y por la cual usted consulta con especialistas, una y otra vez. Su resistencia a creer muestra a las claras la desconfianza que tiene usted con lo que le digo.
– Disculpe, doctor. Es que es muy difícil confiar…
– Bien, González, reconocerlo es un primer paso, no menos importante que los subsiguientes.
– ¿Cómo continúa el tratamiento, doctor?
– Aquí tiene esta receta, González. Se toma una cada doce horas.
– Bien, ¿eso es todo?
– Eso es tan sólo el comienzo, González. Para continuar, recita esta oración veinte veces al despertar, veinte veces por la tarde y veinte veces antes de irse a dormir todo el mes hasta la próxima vez que me vea. Aquí se la anoté.
– ¿Mi mamá me mima?
– Exacto. Es la mejor forma de limpiar el contenido errático de su psique.
– Bueno, doctor, no sé qué decirle…
– Nada, González, no me diga nada. Vuelva el próximo mes para ver qué resultados obtenemos de todo esto. Es un proceso lento, pero con paciencia y perseverancia se puede superar el mal que a usted lo aqueja.
– Gracias doctor. No tengo otra palabra para agradecerle.
– No hay de qué, González. Le abona a mi secretaria antes de marcharse y le pide un turno para el próximo mes. Hasta entonces.
– Adiós.

La misma historia

-¡Vamos! No nos demoremos o tendremos que pagar un alto precio por ello. ¿Qué esperas para venir? Quizás necesites un empujón para arrancar…
– Voy, voy. ¿Para qué tanto apuro, si al final siempre somos los primeros en llegar?
– Esta vez, con suerte, no seremos los últimos. ¿Estás listo? Raro tú tomándote tu tiempo extra.
– Listo. Vamos. ¿Tienes todo? ¿Dinero, cigarrillos, chicles, aspirinas?
– Enciende el coche de una buena vez. Espero que este aparato no nos falle. Hablé con Karina. Me pidió que la pasemos a buscar. Su remisse no llegó a tiempo y lo canceló. ¿Recuerdas donde vive?
– Era allí por Mitre…
– Exacto. Por momentos parece que la memoria te responde acordemente a la necesidad. Esta noche, por favor, no me humilles en público con tus anécdotas. Nunca terminas de contarlas. Eres el rey de la historia inconclusa. Deberías participar de algún taller literario o arte dramático. Así tal vez aprendas a finalizar tus historias.
– Mis historias son verdaderas.
– Puede ser, pero nadie te toma en serio. Además, si son o no de verdad es irrelevante. Una historia que no transmite más que una vaga sensación… qué importa si es verdadera o es una fábula de tu imaginación. Todos saben que inventas la mitad del asunto.
– Es para darle color, sino sería todo gris. O rosa.
– Para muchos, ya es color de rosa a pesar de tus historias grises pintadas con acuarelas secas. Sólo te pido que, al menos, inventes un final para ellas o mejor ni te atrevas a contarlas.
– Seguiré mi propio latido. A veces una historia sin final vale más por lo que deja abierto a la imaginación del oyente.
– El oyente imagina que eres un idiota. –le dijo María.
Rubén detuvo la marcha del auto en un semáforo en rojo. El tránsito había aflojado bastante a esa hora. A las pocas cuadras recogían a Karina de su casa.
– Hola, preciosa, ¿Cómo has estado viviendo estos días sin mí?
– Hola Rubén, hola Mari, ¿cómo están? Parece que llegaremos tarde esta vez.
– ¿Puedes creer que un jopo nos demoró más de lo podríamos llegar a pensar?
– ¡Un jopo, no te lo creo! Deben haber sido tus uñas y lo quieres culpar al pobre Rubén por ello. Rubén, ¿tienes alguna bella historia para contarnos esta noche? –preguntó Karina.
– Claro que sí mi vida, te elevaré por el aire con la historia de hoy. Recuerda asirte bien fuerte de la silla cuando comiences a oírla.
Llegaron los tres a la cena, mientras todos esperaban impacientes. Aún había lugares vacíos, por lo que no serían los últimos. Se saludaron con otros comensales allí presentes. Luego de un rato, la cena comenzó sin imprevistos. A María y a Rubén les habían asignado un lugar llegando a un extremo de la mesa, junto a la puerta que daba al patio. Rubén estaba cómodo allí, pero a María un poco le disgustaba porque quedaba distante de sus principales amigas, sentadas al otro extremo.
Mientras algunos aún no habían finalizado de comer el postre, Rubén, invitado por su auditorio, comenzó a narrar la historia de la noche, momento que muchos habían estado esperando.
– Comenzábamos a padecer el otoño, cuando el frío se hizo sentir en nuestros huesos. Recuerdo que Carlos me acompañó con la pasión que lo caracteriza. Limpiamos nuestras armas previamente. Nos tomábamos nuestro tiempo. La ansiedad es el peor enemigo. ¿Qué necesidad teníamos de apurarnos? Tomamos un café antes de salir de allí. ¿Les dije dónde limpiábamos las armas? Claro que no les dije. Lo hacíamos en el garaje de Carlos. Era básicamente una revisión. Una vez que tuvimos todo listo, partimos en su camioneta. El campo de Márquez nos estaba esperando. Mientras íbamos de camino al mismo, se me ocurrió que podríamos parar en la cantina de una estación a tomar algo, para entibiar el entripado. Era muy temprano para ser de día y muy tarde para ser de noche. Pedí un whisky y Carlos… Carlos no recuerdo. Creo que también pidió un whisky. No, pidió una medida de tequila. O tal vez dos. Luego de eso, apareció delante nuestro una figura que no distinguíamos si se trataba de una gacela o la cría de un venado. Alguien allí nos dijo que era esto último, por lo que decidimos no dispararle. Me pedí otro whisky, pues había calentado mis entrañas pero mi boca estaba amarga aún. Carlos ya iba por la tercer o cuarta copa de tequila. A unos metros, reposaba un viejo puma, encadenado a una viga del lugar. Se me dio pensar que podía llegar a tener hambre y le lancé la pata de un ciervo. El puma devoró con ahínco. Luego del cuarto whisky, apareció una muchacha que nos preguntó a dónde nos dirigíamos vestidos de soldados, cuestión que suscitó las risas más profundas que podíamos llegar a sentir, y le comentamos que veníamos de la guerra. Carlos aprovechó para narrarle sus proezas, que había volado tres cabezas de un solo disparo, cuando detuvo una bala con un encendedor que llevaba en el bolsillo de su uniforme y cuando me salvó la vida, asesinando al comandante del bando enemigo. Conversamos largamente acerca de la guerra que nos había involucrado y aquella chica pareció tomarnos aprecio. Rechazó nuestra propuesta de tomar algo con nosotros pues, dijo, estaba de viaje y no podía demorarse. La ansiedad, nuestro enemigo. Creo que ya había pedido una séptima medida de whisky cuando comencé a sentir mucho calor. Un calor que había comenzado como una pequeña punzada en el pecho y que luego se fue extendiendo hacia gran parte del cuerpo. Creí que se trataba de exceso de orgullo, pero resultó ser una abeja que inyectaba sustancia propia con su diminuto aguijón sobre mí. Carlos la colocó en un vaso de tequila y la ahogó allí. El cantinero miraba televisión. Pasaban un partido de básquet de alguna liga oriental. El puma rugía dando vueltas a la viga. De repente, el cantinero nos dio la noticia: se había terminado el whisky; no quedaba tequila. Tan sólo cerveza tenía para ofrecernos. Con Carlos decidimos continuar nuestro camino. Al llegar al campo de Márquez, lo primero que observé fueron unas aves volando a unos mil metros. Nos apenó pensar que varias de ellas cesarían su vuelo definitivamente. Decidimos entonces, de común acuerdo con Carlos, que ese día, la muerte se tomaría el día en honor a la vida. Enseguida, emprendimos el regreso, sin trofeos.

Algunos aplaudieron efusivos; los más sensibles lagrimearon. María se cubría el rostro con una bufanda.
Finalizando, Rubén dio un sorbo a la última gota que le quedaba de whisky.

Fotografía: L. M.

La vanidad de las máquinas

 

Era la mañana de un sábado fresco y ventoso cuando Remigio salió de su casa. Caminó hasta el café de la esquina y llamó la atención del mozo tras sentarse en una mesa junto al ventanal que daba a la calle y por el que veía pasar a la gente presurosa para llegar a su trabajo. Pidió un café y esperó pacientemente. Leyó las noticias en el periódico: Desarrollan máquinas capaces de redactar textos de diversos géneros literarios. A Remigio no le sorprendió. Sabía que tarde o temprano las notas periodísticas serían redactadas por computadoras, así como los cuentos, ensayos o las novelas. Lo supo cuando perdió su empleo y Nuria le regaló un libro, “Superar una crisis”. Luego de leerlo, le quedó la sensación de que el autor había recopilado frases y párrafos disponiéndolos en cierto orden pero sin un sentido en que el autor reflejara conocimiento, no sólo de los términos sino de lo que con ellos quería decir. Cualquiera que lo lea en cierto estado de inestabilidad emocional, pensó Remigio, se vería arrastrado por las palabras sin tomar nota de qué era lo que se expresaba con ellas.
La nota explicaba ciertas cuestiones de las nuevas máquinas, como ser: para conjugar verbos las nuevas máquinas disponen de correctores especializados que se encargan de darle el tinte de color al fenómeno tiempo. Además, una amplia gama de sinónimos utiliza el redactor automático que le brinda al texto un sobrio bagaje cultural para beneplácito del lector. Lejos de suponer que con dichas máquinas muchos quedarían sin trabajo, ellas vienen a suplir el tedioso trabajo de expresar lo que al escritor/periodista le cuesta, y éste podrá con el texto en mano darle las pinceladas finales y estampar su firma al final del mismo.
El mozo le había traído su café. Remigio derramó el azúcar en la taza y revolvió. Máquinas y humanos, cavilaba Remigio, pocos verían la diferencia en estos tiempos. Humanoides, pensó. Luego se corrigió: subhumanos, devotos de la maquinización tecnológica. Aparatos subyugados. Conciencias retroiluminadas por haces de neón sumidas en quimeras. Observó sobra una pared una pantalla que la cubría en su totalidad. Bebió un sorbo de café. Una mujer ingresó por la puerta y se dirigió a la mesa donde estaba ubicado Remigio. Corrió la silla y se sentó frente a él.
-Hoy es tu día de suerte. –le dijo.
-Me parece que te confundiste… –dijo Remigio observándola. La mujer vestía un elegante vestido rojo que insinuaba sus curvas. Llevaba el pelo marrón ensortijado suelto y unos colgantes de plata. Sus facciones eran marcadas y sus labios tenían el color de los aros. De ojos verdes y nariz pequeña y puntiaguda, la mujer sonrió.
-Ninguna confusión, hacía tiempo que te quería ver Remigio.
-Veo que sabés mi nombre, pero yo no te conozco.
-Tenés razón, me voy a presentar. Yo soy Alena y te voy a llevar a donde jamás imaginaste.
-¿Disney?
-No, es un poco más lejos que eso.
-¿A conocer el Taj Mahal?
-No, no, más bien es otra dimensión.
-¿El interior de la pirámide de Gizeh?
-No, tarado. Te voy a matar.
-Ah… creía que era un viaje de placer, no de dolor.
-No te preocupes –dijo la mujer-, no te va a doler demasiado. Soy experta. Lo he hecho varias veces y nadie se quejó de mi trabajo.
-¿Cómo podés soportar el cargo de conciencia? –inquirió Remigio.
-Todo trabajo tiene sus daños colaterales. Lo llevo con elegancia, como podrás apreciar.
-Veo. Al parecer, carecés de sensibilidad, si no, no se explica cómo podés liquidar a gente inocente.
-¿Inocente? Todos tenían alguna buena razón para ser liquidados. El último era un estafador incurable.
-De ahí a que merezca la muerte hay un trecho. ¿Por qué no encarcelarlo?
-No habría corregido su obsesión. Era un caso perdido.
-¿Para quién trabajás Alena?
-Me contratan de diversas organizaciones e, incluso, del gobierno. Todos tienen sus motivos pero nadie quiere ensuciarse. Soy la chica del trabajo difícil. Para mí es lo más fácil de hacer.

Remigio empezó a sospechar con la última declaración de Alena. ¿Quién era realmente? No tenía la concepción de un asesino a sueldo, aunque detentaba su frialdad. No se preguntaba por los motivos que tendría esa mujer para finiquitarlo sino más bien por qué ella se dedicaba a eso particularmente. Si lo querían asesinar podían hacerlo en cualquier momento, sin excusas. Pero, por qué esta mujer tan elegante destinaba su vida a ello era, para él, un misterio.
-Y bien, ¿por qué aparezco en tu lista? –preguntó Remigio levantando las cejas.
-Consumo en exceso de sustancias tóxicas. Al parecer, eres un mal ejemplo para el resto de los integrantes de la sociedad de la cual sos parte.
-¿Sustancias tóxicas? ¡Apenas si fumo! –protestó.
-¿Te parece poco? Con tu vicio sugerís el camino de la enfermedad y la adicción a tus coterráneos. Esa irresponsabilidad se paga acá y en la China. A propósito de la China, después de vos me toca el caso de un dueño de supermercado chino.
-¿Y ese qué hizo?
-Desconecta las heladeras con lácteos por las noches para ahorrar en electricidad vendiendo productos susceptibles de generar problemas en la salud pública.
-Entiendo… pero matarlo, ¿no es mucho?
-Yo soy parte de este juego, no pongo las reglas. Soy un engranaje más en la inmensa maquinaria de la muerte.

La maquinaria de la muerte, repitió Remigio en su pensamiento, acaso todo estaba orquestado para eliminar a cierta gente como depuración de la sociedad. Era brutal y seguramente injusto, pero estaba sucediendo. ¿Desde cuándo? Quizá desde hacía mucho tiempo y nadie lo sabía, sólo quienes lo llevaban adelante. Pero habría que tener demasiado interés para ejecutarlo. Sin duda aquella mujer debía llevarse unos buenos dividendos por cada hombre que debía ejecutar.
-Te propongo algo, Alena.
-Decime.
-Te pago lo mismo que te pagaron por llevar a cabo el trabajo y me dejás en libertad.
-¿Dinero? ¿Pensás que hago esto por dinero? El dinero no tiene nada que ver en esto.
-¿Y por qué lo hacés? –cuestionó Remigio.
-Todos tenemos que cumplir con nuestros deberes. Huir del destino es cuestión de cobardes.

¿Un destino que la llevaba a matar gente? Qué clase de destino era ese… No podía ser, si no era una elección había algo que a Remigio le empezaba a rondar la cabeza y quería llegar al fondo de la cuestión, así sea lo último que lograra estando en pie. Sacó un cigarrillo y lo encendió. No eran nervios lo que sentía, ahora tenía la ansiedad de alcanzar a ver el panorama completo de la situación. Un fumador empedernido que alguien había decidido borrar de la faz de la tierra por su adicción. ¿Los matarían a todos? Sería un exterminio. Con ello no acabarían los males. Las enfermedades continuarían propagándose entre la gente. Soluciones descabelladas o locuras surgidas de la insensatez de algunos, quizá dirigentes.
-Tengo otra propuesta.
-Decime.
-Cambio mi identidad con la de un moribundo y das tu trabajo por realizado.
-Lo siento. Soy muy exigente conmigo misma y me propongo cumplir con mi obligación a rajatabla. –dijo la mujer. Ella lo observaba fumar. Colocó una mano en la mejilla y lo acarició- Sos lindo, ¿sabés?
-Gracias, vos… sos… muy hermosa, es una lástima que no vaya a poder seguir apreciando tu belleza.
-¿Y por qué no?
-Por eso de que me vas a matar…
-¡Bueno! Pero tengo mis tiempos, eso tal vez pueda esperar. Se me ocurren varias cosas para hacer antes.
-¿Como por ejemplo?
-Vamos a tu casa y te cuento.

Remigio pagó dejando quizá su última propina generosa. Caminaron juntos hasta la vivienda. Colocó la llave y abrió la puerta. Ingresaron a la casa y Remigio le ofreció beber algo. Alena asintió. Dejó su cartera sobre la mesa y rodeó a Remigio con un brazo. Él la abrazó y le acarició la cabeza. Enseguida se besaron. Alena le tomó rápidamente las manos como quitándoselas de su cabellera y lo condujo a la habitación. Ella se quitó el vestido y luego el sutien. Remigio la observó. Era una mujer deslumbrante. Desnudos se recostaron en la cama.
-Decime lo que me dijiste en el café.
-Me cambio la identidad con la de un moribundo y das tu trabajo por cumplido.
-¡Eso no, tontito! Lo de que soy una mujer hermosa.
-Alena, sos la mujer más hermosa que he visto en vida.

La mujer lo besó. Remigio recorrió su cuerpo con las manos hasta llegar a la cabeza. Localizó el interruptor, y esta vez, sin darle tiempo de reacción, la apagó. Se levantó y volvió a vestirse. Encendió un cigarrillo y observó el cuerpo rígido sobre la cama.
-Máquinas y humanos, -dijo Remigio tras dar una pitada- todos tienen su falencia.

 

Viejo amigo

 

En la plaza Belgrano se encontraron dos viejos amigos, no eran viejos ellos tanto como su amistad. El tiempo los había distanciado y ambos, tanto Necius como el otro se alegraron de verse, estrechándose en un fuerte abrazo.
-¿Y a qué te dedicás? –preguntó Necius.
-Hago trabajos de reciclado en plásticos, metalíferos y de origen vegetal y reordenamiento de desechos urbanos. –dijo Mens.
-¡Muy bien! ¡Felicitaciones! ¡Qué bárbaro!
-Este…
-A mí me encanta la gente que hace cosas por el medio ambiente.
-Bueno…
-Que se preocupa por el destino que se le da a los residuos.
-Eh…
-Gente que hace cosas para que el mundo sea cada día un poco mejor.
-¡Soy ciruja!
-Ah! Este…Bueno… ¿y cómo te está yendo?

Mens miraba de reojo una pila de cartones sobre la acera. Necius dio dos pasos atrás cuando un perro oriundo de la calle les pasó cerca. Mens, perceptivo, le hizo una caricia y el perro continuó en busca de algo para comer.
-¿Y cuáles son tus miedos, Necius?
-Que los cojos me cojan, que me puteen los putos, que los mudos me alaben, que la muerte muera, que la soledad me abandone, profetizar y ser oído, vaciarme y ser contenido, nadar en el mar seco de la nada, flotar en el vacío, morir y seguir vivo, vivir y no saber, desconocer lo desconocido, soltar y ser retenido, ganar y ser perseguido, perder lo que no es mío, soñar vestido, dormir ahogado, estar más allá y volver, pensar lo que se ha dicho, decir lo que he callado, ahogarme en un vaso de agua, beberlo y emborracharme.

Mens recogió dos latas de cerveza aplastadas que Necius estaba pisando.
-Todo va a mejorar. –señaló Mens.
-¡Si Dios quiere!
-¿Y si no quiere?
-Habrá que preguntarle… -indicó Necius.
-¡Llamalo!
-Tenés razón. ¡Basta de especular!

Necius llamó ante la expectativa de Mens.
-¡¿Y??!!
-Ocupado.
-¡Siempre lo mismo viejo!
-Si… Si no, es ‘fuera del área de cobertura’.

Unas nubes cubrieron parte del cielo de la mañana.
-Tiempo loco, eh.
-Encima los pronósticos no pegan una. Y los que difunden, paranoiquean con el pronóstico. –se explayó Necius.
-Sí, tenés razón. La semana pasada dieron pronóstico de lluvia tres días seguidos y no pasó nada en 700 kilómetros a la redonda.
-¡Ahí tenés! Yo buscando un paraguas para mañana y seguro que me quedo seco…
-Sí, en tu lugar mejor iría buscando una bufanda por si cambia el viento para mañana.
-¿Qué decís? ¡Con el calor que hace!
-Es verdad, pero con estos cambios de tiempo, no sabés qué pensar.
-Vos no sabrás. Yo sí.
-A ver, ¿Qué sabés? –interrogó Mens.
-Que hace calor.
-Eso lo sabe cualquiera.

Necius observaba la llegada de los colectivos esperando el que tomaría. Se despidieron con otro abrazo, menos cálido que el de su encuentro.
-Bueno, nos vemos. Esperemos que mejore el tiempo. –se saludaron.
-Sí, ojalá.
-¿Sabés qué quiere decir “ojalá”?
-No. Después me contás. –dijo Mens.
-Si me acuerdo. Chau.
-Un gusto verte.

 

 

*Fotografía: Norma Russi

Tres hombres mirando el atardecer

Bruno, Dosindo y Trémulo miraban el atardecer sobre la playa.
-Qué pena, se termina el día. -dijo Bruno con tristeza.
-¡Por fin! Llega la noche.-exclamó Dosindo.
-Vean cómo la luz se extingue sobre las aguas. Observen a las sombras morir. –expresó Trémulo.

Bruno y Dosindo miraban a través de sus pensamientos.
-El día es corto. No alcanza para todo lo que hay que hacer. -dijo Bruno con algo de pesadumbre.
-La noche tendría que durar más. Es poca para celebrar la vida. –acotó Dosindo.
-Escuchen el oleaje, observen el vuelo de esas gaviotas. –señaló Trémulo hacia el este.

Trémulo se dejaba penetrar por los últimos rayos de sol.
-¿Cuándo volverá el día? –se preguntó Bruno.
-¿Cuánto durará la noche? –cuestionó Dosindo con firmeza.
-Miren las figuras de esas muchachas doradas por el manto de luz que se despide. Miren el espectro de la luna al otro lado que, con paciencia, asoma en la escena. –indicó Trémulo con un hilo de voz.

Bruno se puso una campera que tenía sobre la falda. Dosindo extrajo un atado del bolsillo y encendió un cigarrillo.

-Hasta mañana. –dijo Bruno antes de marcharse.
-Buenas noches. –saludó Dosindo luego de levantarse.

Trémulo saludó, tiritando por la fresca brisa. Sus ojos humedecidos miraban al poniente.

 

Fotografía: Manu Coca

Se nos muere la cultura…despacito

-Señores, la literatura ha muerto. -dijo enfático el General- La gente no lee, los pocos que leen leen puras mierdas o leen porque les cuesta dormir y los que quisieran leer no encuentran qué leer entre tanta basura que se escribe a diario. Leer pasó de moda, escribir no. No hay amor por la lectura, sólo adicción en unos pocos casos, deleite en escasos.
-¿Y qué propone, General?
-Tenemos dos opciones: o destruimos todo lo escrito o reducimos notablemente la población del reino.
-Lo escrito son nuestros tesoros de lo que dejó la humanidad. No nos podemos dar el lujo de perderlo. -sentenció el sargento Urrazábal.
-Una pieza de arte tiene valor en tanto haya quien la admire, la contemple, la comprenda.
-¿Destruir todo y comenzar a construir patrimonio cultural desde la bancarrota?
-Es eso o…. -el General dudó por un instante.
-¡Ni pensarlo! Nuestra población podrá estar integrada por necios, brutos y retrógradas, compulsivos, maníacos y neuróticos, pero es sagrada. Cada mujer, cada niño, cada anciano merece nuestro respeto, nuestro cobijo, nuestra dedicación.
-¡Cierto! Además, no podemos obligarlos a leer si ya no les apetece y prefieren dilatar sus pupilas al ritmo del reggaetón o pinchar en dibujos de caritas en pantallas.
-Calma señores -dijo el General- Nadie será aniquilado.
-¡Bravo! -exclamaron varios subalternos al unísono.
-¡Bien!
-¡Bravo General!
-Destruiremos todo lo escrito hasta aquí. Utilizaremos nuestro arsenal para hacerlo de manera metódica, regular y veloz. Hay que hacer una purga cultural.
-De acuerdo. -dijo resignado el sargento Ibáñez. Los otros bajaron sus cabezas y algunos comenzaron a lagrimear.
-Cada uno de ustedes le dará las directivas correspondientes a cada escuadrón especial. -afirmó el General.
-Comprendido, General.
-Usted, sargento Ibáñez, dirigirá la comitiva de seguimiento de destrucción en las redes.
-De acuerdo, General. ¿Por dónde comenzaremos?
-Me destruyen ya mismo el contenido y rastro de todos los putos blogs. ¡Que no quede uno en pie sobre la nube! Empezando por este paupérrimo blog.
-¡Escuadrón!¡ ¡Andando!! Tenemos mucho trabajo por hacer.

 

La comodidad del lector

 

El lector, por norma general y por ley particular, busca lectura con distintas motivaciones, pero una condición para hacerlo es que se encuentre cómodo, tanto en posición como con el libro escogido. Tal es el caso de Augusto, en su papel de lector.

Augusto se encuentra muy cómodo leyendo los terrores de Horacio Quiroga, y puede esperar tranquilamente que de un almohadón sobre un sofá surja un enorme bicho capaz de succionar la vida de la protagonista. También espera y se siente muy cómodo cuando alguien que pasó por todo pueda dar la vuelta al mundo en sólo ochenta días, cuando no existían los aviones ni los vehículos supersónicos. Además, espera tranquilamente que un hombre con dos penes mantenga relaciones sexuales con una mujer de tres tetas, eso no le llama la atención en absoluto. Y está muy cómodo cuando una raza alienígena lleva adelante planes benéficos para el planeta Tierra. En fin, son todas cuestiones más o menos fantásticas pero, imaginables, en cierto sentido.

Ahora lo que Augusto no tolera y le genera cierto rechazo es que un lactobacilus condujera un Audi descapotable, con tres damajuanas vestidas de jean u overoll sobre el asiento trasero, escuchando música chihuahua a todo vapor y que, adaptado a las normas de convivencia y leyes de tránsito de su tiempista, el mismo se detenga en rotores los semáforos rojos que cruzara e, incluso le cediera el paso a los peones del tablero. Tampoco soporta cuando el Audi pincha su manubrio y lo suplen con una corbata que cumple las mismas funciones o, así mismo, cuando alguna de las bellas damajuanas saca a relucir sus enormes tetas de jamón cocido con lo que se ganan muchos elogios, loas y piropos de los pijaflores que, paradójicamente, conducen los lujuriosos vehículos mientras caminan en línea recta por las anchas avenidas que se estrechan al anochecer, como dicta el decreto presidencial; o cuando quieren sorprenderlo fuego con un pararayos instalado sobre una manta raya neocolonial.

Todo eso es, para Augusto, muy incómodo, tanto como creer que cierto camello ha pasado por el ojo de una aguja.

Efectividad

Al bajarse del colectivo, Horacio quiso comprar la revista “Tan sólo vivir”, pero el quiosquero le rechazó el dinero.
-¿Putines? –Cuestionó- Estos el gobierno los sacó de circulación en el 97. ¿En qué planeta vive?

Horacio se quedó reflexionando boquiabierto. Miró el billete con el que había pretendido pagar por la revista y no lo encontró diferente a otros similares con los que había pagado tantas otras veces por artículos o servicios diferentes.
-¿Y ahora con qué se pagan las cosas? –inquirió luego de unos minutos en que estuvo absorto en sus cavilaciones.
-La moneda oficial son los marroquíes. Se utilizan en todo el mundo. Eso lo sabe cualquiera, a menos que viva en un frasco. –le explicó el quiosquero.
-No me enteré del cambio de legislación. Por otro lado, tiene usted razón: acabo de salir de un frasco de mayonesa. –argumentó Horacio cabizbajo.
-La ley no cambió, sólo el papel moneda. Antes, todo era plata en el mundo. Ahora, todo es níquel. Puede cambiar esos billetes en el Banco Comadreja, es el único habilitado para hacerlo.
-¡Qué macana! Quería la revista… –dijo Horacio.
-Llévela. Me la paga cuando vuelva con contante y sonante. O consonante cantante. O cantando al son. O contando al sonar. O sonando constante. O como sea que se diga.
-Bueno, gracias. Hasta pronto. –se despidió Horacio con la revista bajo el brazo.

Quiso parar un fletotaxi, pero recordó que sólo llevaba consigo unos cuantos putines los cuales, según le había dicho el quiosquero, no le servirían para pagar. Además, en Mar del Plata no había fletotaxis, había únicamente taxis, además de los taxiflets. Por lo tanto decidió caminar por la costanera hasta el Banco Comadreja. Al pasar por el casino, preguntó si aceptaban putines.
-Ja ja ja. No me haga reír. –le dijo un hombre que hacía las veces de personal de seguridad.
-Pero parece que lo hice. –añadió Horacio.
-Es una expresión irónica. Una risa falsa, que aunque lo parece no lo es. O aunque lo es, no es genuina y, como tal, no constituye una risa verdadera, sino que simula serlo. –explicó el otro.

Horacio se marchó de ese lugar y decidió seguir caminando por la playa. Él caminaba por la arena de esas playas, descalzo. Observaba, en el trayecto, sus pies. Levantaba arena, jugando, mientras caminaba. Notó que llevaba los pantalones arremangados hasta debajo de las rodillas. Eran pantalones beige. Llevaba con su mano izquierda, colgando sobre su hombro, un sweater, rayado. Blanco y azul. Pudo sentir la brisa correr sobre su rostro. También notó que le entraba tierra en sus ojos. Se pasó la mano por allí y continuó su camino. Observó una pareja corriendo, tomados de la mano, en dirección opuesta a la que él llevaba. Y tras ellos un enorme perro que les dio alcance al pasar en línea a Horacio. Los rodeó y les ladraba, en claro tono amistoso. Horacio los siguió con la mirada y trastabilló con una roca, para luego caer sobre la arena. Observó hacia arriba y una gaviota que pasó sobre él emitió un agudo sonido. En ese instante, se durmió.

-¿Tiene la “Tan sólo vivir”? –preguntó una mujer que promediaba la cuarta década de existencia.
-No quedó. –Le dijo el quiosquero- Pero le puedo ofrecer la revista “Lulú Ciérnaga”. Es bastante buena, como la otra. ¡Y más barata! –la animó.
-Bueno, deme dos. –Pidió la mujer- Pero diferentes.

El quiosquero le dio dos revistas, que eran similares, pero diferente número de ejemplar. La mujer pagó por las revistas, aunque se quedó mirándolas y cotejando su parecido.
-Oiga, le pedí dos revistas diferentes. Y me está dando dos iguales. –esgrimió la mujer.
-No son iguales. Vea: -dijo el quiosquero tomando las revistas- esta es el ejemplar número 21.707. Esta otra, difiere, es el ejemplar número 21.708.
-¡Usted me está estafando! –Exclamó la mujer con rabia- Me está dando dos revistas con el mismo contenido.
-¿Contenido en dónde?
-En su interior. –argumentó la mujer.
-¿El interior de qué? –interrogó el quiosquero.
-De la revista.
-Disculpe, pero no la entiendo señora. Hice lo que me pidió. El dinero acá no se devuelve. Si quiere otra revista la va a tener que pagar. Acá no aceptamos devoluciones.
-¡Ma´si… metételas en el culo! –manifestó la mujer, que se marchó del lugar sin las revistas que anteriormente se acreditaban en su haber.

El quiosquero la volvió a acomodar en el revistero a una, y guardó la otra en una pila de revistas que tenía a la vista del público. Se acercó una jovencita que con suerte llegaba a los quince años y pidió un ejemplar de la revista Lulú Ciérnaga.
-¿Cuánto es? –preguntó la quinceañera en cuestión.
-Quince putines. –dijo el quiosquero sacando el ejemplar número 21.708 de la pila de revistas.

Un tipo abierto

En el barrio de Malvones, hace unas décadas, la gente era muy cerrada porque con justificadas razones tenían que proteger las estupideces que creían, pues las consideraban de tal modo valiosas, al menos para dejarlas como herencia a la posteridad. Pero Alfio no. Él era un tipo muy abierto, tan abierto era que creía tanto en la esfericidad de la Tierra como en la teoría del terraplanismo; apoyaba el bautismo y la comunión y, al mismo tiempo, arengaba con blasfemias toda herejía; tenía una fe completa en la democracia aunque se manifestaba en toda protesta anarquista con actos vandálicos sobre monumentos de la ciudad, monumentos que llegaba a pintarrajear con aerosoles negros y amarillos; consideraba crucial para el avance de la sociedad el progreso en ciencia y tecnología pero, a su vez, boicoteaba toda difusión científica desacreditando a las mismas por contradecir las inquebrantables leyes de la Edad de Piedra; hablaba con fantasmas acerca de la inmortalidad y le sacaba fotos a los marcianos mientras compartían facturas, café mediante; creía en la ley y el orden y en la transgresión y el caos; a veces se consideraba rebelde conservador; se tragaba todos los periódicos matutinos y desconfiaba de los avisos fúnebres; creía en el horóscopo y en la mano divina; si alguien era muy cerrado como para no escucharlo le hablaba en lengua de señas.
Alfio era un tipo muy abierto, tanto que veía a los chanchos volar y festejaba el día del arquero.

Incorporación

 

Rómulo leyó el cartel sobre la puerta rústica de madera ajada, escrito a mano, como garabateado por un infante de modo desprolijo y de difícil intelección: INCORPORAMOS PERSONAL. Por un momento, creyó que su deseo por conseguir empleo le estaba obsequiando una ilusión óptica, porque dadas las circunstancias y la malaria general en la ciudad y alrededores un cartel de ese tipo haría que la gente se agolpara en una cola interminable por conseguir la vacante. No obstante, tomó coraje y golpeó la puerta, no una sino tres y hasta cuatro veces hasta que una voz sobria le dio la orden de que pase:
-¡Adelante!
Abrió la puerta con cautela, como desconfiando de la situación, y ésta emitió un chillido agudo seguido por el crujir de las maderas que parecían desprenderse del marco. Cerró despacio y observó el lugar. Había un largo pasillo en cuyos laterales había varias macetas con cactus, malvones y siemprevivas distribuidas a lo largo del mismo. El piso era de baldosas muy antiguas, negras con perlas grises y blancas; las paredes también blancas y sin adornos parecían recién pintadas; el techo estaría a unos tres metros y medio de su testa.
Caminó hasta llegar a una puerta sobre un costado que, comprobó, estaba cerrada con llave. Cuando parecía dudar entre avanzar a la entrada de la puerta que se veía al fondo del pasillo o emprender el regreso y salir por donde la curiosidad lo llevó a entrar, volvió a escuchar la voz, pero ahora le parecía escucharla en reiteradas ocasiones o como si la misma se entonara dentro de un barril que la magnificaba con un coro de voces que le hacía eco:
-¡Adelante! –escuchó nítido y grave.
-Adelante. –seguidamente oyó.
-Adelante. –casi ensimismado.
-Adelante. –como un susurro.

Avanzó hasta la entrada de la puerta que se encontraba abierta y se asomó con cierta precaución. Al entrar, la visión horrorosa que tuvo lo sumió en un terror que lo dejó helado, tieso como mármol. No tuvo el impulso de intentar huir, sus piernas estaban rígidas afirmadas sobre las baldosas, las suelas de los zapatos pegadas con el peso del terror. Lo que vio en la habitación fue mezcla heterogénea de colores y texturas de la envergadura de un elefante, donde asomaban pelos, cabezas, brazos y piernas, manos y cabelleras que sobresalían como extremidades incontables, al menos en un simple vistazo.
-Ve…ve…Vengo por el cartel. –acusó.
Desde la cabeza que estaba en el centro de la forma atípica de imposible descripción donde los rostros emergían con expresiones de júbilo y euforia y manos de diversas tonalidades y dispersas aplaudían toscamente, un rostro angelical le respondió:
-¡Ah perfecto! ¡Bienvenido!
Dicho esto, la forma viva indescriptible absorbió a Rómulo, quien intentó oponer resistencia al magnetismo que lo arrastraba sin mayor éxito, a tal punto que lo engulló sin masticarlo, quedando sólo visible del mismo Rómulo incorporado, tres cuartas partes de su cabeza donde se sumergía el oído derecho, su mano izquierda hasta la altura del antebrazo y tres dedos de su pie derecho que asomaban sobre el mentón de un rostro anciano.
Rómulo emitió una queja lastimera, tratando de defenderse.
-¡Qué pasa! ¡El cartel decía que incorporaban personal!
-No, no, es un malentendido. Incorporamos personas. –le respondió una mujer cuyo torso sobresalía hasta sus tetas por encima de la cabeza de Rómulo.
-¿Y qué comen ustedes? –preguntó Rómulo con el último dejo de preocupación que cargaba.
-Nosotros no comemos, incorporamos personas.

Ya no distinguía entre sus extremidades y las de otros, sentía cada una de ellas como propia, salvo por los pensamientos que le hacían creer que ellos eran otros, representados por sus rostros. Pero esto le duró poco porque sus pensamientos fueron tornándose colectivos y conformaban, junto con la grotesca y gigantesca forma, una unidad. Así, Rómulo fue, poco a poco, lentamente distendido, olvidando sus preocupaciones habituales: conseguir trabajo, qué vestir, la muerte…