Jugás de enganche

Cuento escrito en dupla técnica con Martín Díaz.

El profe Baldeverde pasó corriendo por los pasillos del vestuario local y al doblar en el cruce se topó con el Tronco Benítez que llegaba silbando el himno con el bolso colgando de un hombro. Al verlo desencajado, el Tronco le preguntó qué sucedía, pero el profe se lo sacó con un ademán brusco y enseguida se metió en la sala de la enfermería, justo al lado del vestuario de los árbitros.
El Tronco imaginó que al llegar al vestuario se encontraría con un panorama revelador y al abrir la puerta estaba José Luchard, el técnico del campeón, agarrándose la cabeza y puteando al aire de lo lindo. Sobre un banco, agachado, lleno de vómito sobre el jean y las zapatillas, cantando un spot de Quilmes lo vio al Peluca Moratín, líder, capitán y enganche del equipo aurivioleta. Pascualito, el utilero, había dejado el bolso con las camisetas sobre la camilla y con un lampazo con ahínco limpiaba el piso y el hedor que había dejado el vómito.
-¡Peluca y la puta que te parió!-gritaba desaforado José Luchard- ¡Me cago en vos y en la madre que te parió!
En bancos opuestos observó a otros jugadores que charlaban entre sí, risas de por medio que los hacían distender un poco de la tensión de la situación.
-¡Correte, Tronco! ¡Otra vez en el medio! –le recriminó desde atrás el profe Baldeverde que pugnaba por ingresar al vestuario.
-¡¿Qué conseguiste?! –le preguntó José Luchard expectante.
-¡No hay un carajo! Dos curitas y algodón es todo lo que hay.
-¡Pero me cago en la puta madre! –exclamó Luchard dándole un puntapié a un bidón vacío- Este Peluca me tiene podrido. Sacámelo de acá.-El técnico había dado un giro de ciento ochenta grados en su actitud.
-¿A dónde lo llevo? –le preguntó el profe contrariado.
-Problema tuyo, acá no lo quiero ni ver.
Los demás jugadores del auri seguían entrando al vestuario y procedían a enterarse de lo acontecido, o buscaban algún lugar para empezar a cambiarse. Afuera empezaban a escucharse cánticos y algún redoblante. El profe se cargó al Peluca de un hombro con un esfuerzo descomunal y salieron por la puerta del vestuario. El Tronco seguía impertérrito observando todo desde donde estaba cuando vio que se le acercó Jose Luchard quien al mirarlo de frente le dijo con firmeza:
-Tronco, hoy jugás de enganche.
Al Tronco le dio una sensación de pánico mezclada con ilusión, que se vivificó en un cosquilleo eléctrico en el estómago. “El Tronco Benítez, tronco como pocos, picapiedras con maza de goma usando la diez”. Los sueños y los deseos tienen esa pizca azarosa que hace que se fusionen con la realidad cuando uno menos se lo espera, pero el Tronco, sin fundamentos lo había deseado durante años que sólo lo había podido ver cristalizado en sueños. Limpió el banco que había dejado vacante el Peluca, con trapo y detergente, y se sentó a ponerse las vendas. El Tronco seguía imaginando, y en ésta ocasión tiraba caños, lejos de su habitual desempeño –en entrenamientos, porque hacía tiempo que no pisaba el césped en un partido oficial- en el que la peleaba con sus escasas virtudes y su lentitud para moverse. Al lado suyo estaba Ramón Alvarete, el arquero que tapó el penal que le daría la clasificación a los playoffs que luego desembocaría en el campeonato.
-Confío en vos Tronco. Sé que podés darnos mucho.
-¡Siempre lo mismo el Peluca, eh! –le dijo el Tronco para disimular el rubor que corría por sus mejillas.
-¡Es un pelotudo! Ponerse en pedo en una semifinal… Pero no te calentés, Tronco, hoy la vas a romper.
-Partido difícil hoy che… -desviaba la atención el Tronco.
-Hoy, Tronco, no corrás al pedo. Parate y pensá, ¡pensá! Tocá y hacé jugar al equipo.
El Tronco Benítez empezaba a sentir la presión sobre sus hombros, traducido en nervios que le dificultaban ponerse las medias. Se calzó los botines y se acopló a la fila de jugadores que salían del vestuario. José Luchard lo miró pasar haciéndole un gesto afirmativo con la cabeza, sentando confianza. A su lado, Pascualito le sonreía y le dio una palmada en la espalda.
-¡Vamos Tronco! –lo animó.
Enfilaron para debajo de la tribuna, donde ya se escuchaban cantos cada vez más rotundos, a hacer el calentamiento previo. Los cortos violeta con el número diez llamó la atención del periodista de radio que cubría las acciones del campo de juego. El relator de la radio, notificado de la situación, se sorprendió antes de que entren a la cancha, “…el equipo donde la bruja Sanabria vistió esa casaca…se le fue la mano al técnico, roza lo burdo, ¡es una falta de respeto! Está bien que el Tronco es un buen tipo, muy querido en el plantel, te diría que es casi el amuleto de la suerte, pero ponerlo de enganche en una semifinal no se le ocurriría ni al peor guionista de un film. No te da un pase limpio ni gambetea. Hace tres años que no juega 15 minutos seguidos. Lo digo previo al partido porque después vienen los reproches: Luchard, en esta la cagaste”.
El altoparlante anunciaba la formación de los equipos. Cuando con la diez lo nombran al Tronco Benítez hubo conmoción, risas y hasta algún tibio coro en la tribuna. El dirigente Santana, con su campera de cuero cubriendo sus kilos, con sus pelos blancos a tono con la barba, sintió correr el sudor por su frente. Esto es una broma, pensó. El sentido del humor nos impregna de alegrías hasta en los momentos de zozobra. Salieron al campo de juego los árbitros, el elenco visitante que iba de punto y ahí nomás apareció el buzo verde de Ramón con la cinta de capitán en el brazo izquierdo y todo el colorido aurivioleta que daban las camisetas atrás. La última que vio el público fue la diez del Tronco, antes de que la lluvia de papelitos y las cortinas de humo les taparan la visión.
El partido daba comienzo y el Tronco tiene la pelota, se le vienen dos encima cuando la está por pisar y con un taco hacia delante se los saca a trote lento, y mete un bochazo limpio que deja mano a mano al nueve contra el arquero, definiendo con un remate fuerte a la derecha. La tribuna casi se viene abajo y el coro de “Olé olé olé olé, Tronco, Tronco” empezó a despegar, pero unas campanas le pusieron un freno a la imaginación del Tronco: son las de la iglesia a dos cuadras que llaman a sus feligreses. El Tronco parado en la puerta del vestuario se quedó escuchando el canto de un ave posado sobre la ventana. Todavía no había clima de partido, faltaba que lleguen los muchachos. José Luchard se le acercó al Tronco, lo miró de frente y le dijo:
-Tronco, hoy te quedás afuera.
Se despidió, dio media vuelta y se fue caminando por el pasillo. Desde el vestuario de árbitros, los jueces escuchaban el silbido del himno.

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Olor a gol

Basado en “El veterano”, relato de Martín Díaz, quien conserva los derechos de autor

El olor a átomo impregnaba todo el ambiente familiar y era impresionante cómo le despertaba los sentidos. Temprano, ya antes de despertar, había empezado con la ceremonia de los sábados. Le había dicho a la gorda que cocine unas pastas para estar liviano a la hora del partido. Su amabilidad y benevolencia potenciadas ese día pasaban desapercibidos en su ritual de entrar en partido mucho antes que el rival pise la cancha. Enrolló las vendas, preparó las canilleras, estiró las medias y el pantalón de fútbol… y cuando abre ese húmedo ropero para sacar el par de botines le da la sensación que tiene en sus manos la joya más preciada. Cada noche con la bruja, la cena en familia, el café matinal de cada lunes antes de la semana laboral, la cervecita y picada con los muchachos del miércoles, el asueto del viernes en el trabajo, los domingos con el viejo viendo el partido por la tele, todos son sueños lejanos, muy lejanos o borrosos y se olvidan en la yema de sus dedos. ¡Cuánta ilusión en un pedazo de cuero! Las vendas giran sobre los pies casi al compás de las agujas del reloj, pero mientras las medias y el pantalón lo visten él aprovecha la libertad de vuelo del pensamiento y ya está pensando la próxima jugada que hará. Los botines en sus pies le piden que ate fuerte los cordones y el reloj en la pared le dice que es la hora de partir hacia la cancha. La ansiedad lo invade y un cosquilleo en el estómago no pasa inadvertido. Qué deporte visceral, si los hay. Llegó el momento, lo sabe, ahora no puede dudar. De la casa hasta la cancha hay una cuadra de distancia. Rodeada de altos y frondosos árboles, las redes ya están colocadas y preparadas para asistir a los arqueros cuando su estirada sea insuficiente, las líneas están bien pintadas por lo que hoy no habrá discusiones estériles con el arbitraje. ¡Ahí está! El lugar más sagrado del mundo, un monumento a la vida: la cancha de mi barrio. La querida Juventud Unida, donde tantas glorias jugaron, como el Colo Vidal, fullback impasable por ningún frente, el Quelito Almada, el wing izquierdo más rápido de la pampa, el Lungo Cárdenas, centrofowar de esos que no ves en ningún lado y muchos otros que después los venían a buscar los clubes de la liga o alguno de afuera para jugar un regional, con decirte que hasta mi viejo hizo incontables goles en ese arco, aquél donde está esa casita rústica y mal pintada. Pero incontables porque en ese tiempo nadie llevaba la cuenta y hasta les daba un poco de vergüenza repasarlos verbalmente, las estadísticas vinieron mucho después para enmarañar el deporte y llevarse una buena tajada mercantil. Sin embargo, él no se los acuerda, se le presenta de vez en cuando el instante en que tiró la pelota por arriba del travesaño con el arco vacío. Las cosas que se presentan por única vez en vida son las que más se quedan grabadas en el registro memorial. Las que te sacan del abombamiento, como el fútbol de los sábados, como ese sánguche de mortadela que esperaba junto al mate cocido después del partido que nunca llegó por una derrota que puso en tela de juicio la actitud del equipo dentro del campo de juego. El grupo ya está reunido y el Pelado está dando indicaciones. Me miran y me dicen: ¡Apurate, Tinchín! La puta madre, hay que firmar la planilla. Es un trámite que no me distrae pero me jode un poco la burocracia en este deporte. Mientras estoy en la fila para estampar la firma escucho algunos consejos del entrenador: ¡Vos no te compliqués! ¡Reventala para arriba nomás! Que se vaya a cagar, quién me dice lo que voy a hacer en la cancha. Me tiran la camiseta y me la coloco. En la panza queda un poco estirada. Entro a la cancha con la pierna derecha dando saltitos y haciendo la señal de la cruz con la mano sobre el torso. Acá no falta nada. Está todo listo, es el momento sublime para el que pisa el césped. El partido va a empezar, entre algunos se miran, dan la orden y arranca. Detrás de la línea de cal lo veo a mi pibe, ¿ está nervioso o ya siente el perfume del gol? El Pelado cambia de frente y Pancho me la tira larga. Como lateral con proyección que soy, arranco con todo y siento el puntazo que me sacude el muslo.

Fulbito

Como el avestruz
este simpático monito
esconde su testuz
adentro del fulbito,
se olvida sus problemas
el peso de sus penas
y sueña con estrellas
del Barsa o de Marsella
no es que sea desdichado
no pagó el codificado.

La gran barata

Entra un equipo de rugby a un minimercado, todos recontrasudados, con barro hasta en las orejas, pero, no obstante, los tipos muy educados.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes.

El empleado asintió con la cabeza, un poco sorprendido por la mala fama que tenían estos deportistas y máxime cuando salían en grupo. Uno de ellos, que parecía ser el capitán, tomó la palabra y preguntó por el precio de la hambuerguesa, que lucían a la vista ya preparadas para comer.

-100 pesos. -dijo el empleado.

Los rugbiers se miraron entre ellos.

-Es cara.

-Es cara.

-Es cara. -dijeron los quince.

El capitán preguntó por el precio de la cerveza, precisamente la lata de Heinekken de medio litro.

-90 pesos. -respondió el empleado.

Los rugbiers, con una tranquilidad propia de golfistas, se miraron entre ellos y dijeron uno tras otro:

-Es cara.

-Es cara.

-Es cara.

El capitán, inmutable, volvió a tomar la palabra, esta vez para preguntar por el precio de la picada, cuyas bandejas se observaban detrás del vidrio de una heladera exhibidora.

-150 pesos -dijo el empleado impertérrito.

Los rugbiers, cuyo sudor no cesaba de gotear el mosaico del local, se volvieron a mirar entre ellos y uno a uno dijeron:

-Es cara.

-Es cara.

-Es cara.

El empleado los miraba detrás del mostrador y, cuando los vio girar y creyó que se iban, los rugbiers tomaron posiciones de frente como en su mejor scrumm con un grave y sostenido grito de guerra:

-¡¡¡¡Escaramuza!!!!!!!!!!

Arrasaron con hamburguesas, picadas y latas de Heinekken, cayendo otros productos a su paso cual huracán, mientras el empleado, acurrucado en un rincón, debajo de un mostrador veía pasar al capitán, en la cola de los alegres rugbiers, con una tira de salamines colgando del cuello a título de medalla.

Alto rendimiento

Cuando practicaba deportes, mi mayor bronca pasaba cuando, en juegos de equipo, no era partícipe de los errores. Pensaba y daba vueltas al asunto… por qué tenía que jugar con semejantes chotos?? No me podría haber tocado jugar en un equipo con jugadores un poco, y digo un poco, màs decorosos? Qué malos que eran! Encima se creían el Barsa!En fin, mi apreciación como jugador estaba tan alta que pensé muy seriamente en llevar mis apetencias atléticas a practicar un deporte en el que no tenga que depender de otros para los resultados. Así fue que me volqué al tenis. Jugaba solo, dependía de mi rendimiento y no podía culpar a nadie si las cosas no resultaban. Me tenía mucha fe, básicamente por la destreza que mostraba sobre el césped, la inclinación natural que tenía para los deportes aeróbicos y la alta competencia y el buen estado físico y de salud que ostentaba. El torneo fue maravilloso: bien organizado, con jugadores de alto nivel y gran afluencia de público. Se extendió a lo largo del año y jugué todos los fines de semana. Al finalizar la temporada, más allá del goce natural por la participación en tan magno deporte y quedar último cómodo habiendo ganado un sólo game en todo el año , resolví volver a jugar con mis antiguos compañeros del fulbito de los domingos. Qué se yo… son buenos pibes y tan mal no la pasábamos. Quizá haya algo de cierto en eso que una vez el Tortu me dijo: el choto sos vos.

Pasta de campeón

El sábado por la mañana es un momento de relajación para todos. Los pibes que no tienen que ir al colegio, los grandes que no laburan, los viejos que tienen cuatro horas de tango en la radio, las amas de casa que se liberan de la tensión de la rutina semanal de la familia. Bueno, para todos no. Detrás del alambrado de la cancha sobre calle Mitre hay varios señores bien vestidos con mucha guita que oyeron hablar de un pibe que es la promesa del club y lo vinieron a ver por única vez. Los dirigentes tienen los nervios de punta y ya están haciendo planes de lo que van a comprar para mejorar el estadio. Uno tiró la idea de sembrar el campo de juego, pero la tierra es árida y dura como una roca para ponerle césped. Hay otro que dice que fue el que lo descubrió en la placita Moreno y le corresponde una parte. Y está el que se fue hasta Buenos Aires a relatarles las maravillas que hace con la pelota este pibe que tiene pasta de campeón: cambia de frente sin mirar, busca el claro cada vez que la pasa, es veloz con la pelota en los pies, gambetea y la pisa, toca y busca la devolución. Son virtudes futbolísticas de unos pocos y a su edad hace una diferencia abismal en la cancha que descoloca a los rivales y emociona a los familiares, tanto propios como ajenos, que van a ver el partidito cada vez que le toca jugar. Pero esta vez la fecha de las divisiones menores se suspendió en toda la liga porque hubo corridas, piedrazos y varios policías heridos en tres canchas de la mayor, y los platos rotos los pagan siempre otros. Los dirigentes no se iban a perder la única posibilidad que tenían de vender al Chelito con los empresarios en el pueblo y organizaron el partido con jugadores del club. Un año de diferencia en la edad entre los pibes no es mucho. El entrenador sugirió mezclar algunos jugadores de las dos categorías para que se note todavía menos. A veces el fanatismo por ganar un juego es más fuerte que la esencia del deporte, y Carmelo, el aguatero del club se tomó esa posibilidad que le dieron de dirigir el otro equipo de pibes como si fuera el momento más esperado pisando los sesenta. Se fue hasta el depósito y buscó un juego de camisetas viejas que le había regalado Olimpo al club tras ganarle la final en la Carrindanga a la quinta por 8 a 1 como reconocimiento al esfuerzo. Alguno dijo que fue una fanfarronada de ellos, pero las guardaron y nunca se habían usado después de aquello. Se las llevó al vestuario visitante y las empezó a repartir con esperanza:
-Carlitos, ¡encará para adelante! Agarrá la pelota y corré. ¡Corré! ¡Corré!
-Luchito, sacá todo. Pelota que ves, la sacás.
-Soldadito, te le pegás al Chelito y no te movés de al lado. ¡Lo seguís por toda la cancha! Que no toque la pelota.
-Fede, cuando te queda alguna cerca, ¡Cerrá los ojos y pateá con todo!

Las camisetas aurinegras más grandes que esos rellenitos formaban un collage en el vestuario visitante que hacía olvidar las paredes descascaradas, los bancos rotos, el piso de cemento y los baños sucios. Carmelo se fue corriendo al depósito porque al juego de camisetas le faltaba un buzo de arquero y volvió con uno gris que sacó del de la cuarta.
-Tomá Gordo, con este hoy no te meten ni un gol.

El pibito morrudo se lo calzó y le quedaba hasta las rodillas. Carmelo los juntó a todos en el centro del vestuario y les dio la última arenga antes del partido de su vida:
-¡Vamos que ganamos! Cuando estén cerca del arco se la dan todos al Fede.

Los pibitos salieron a la cancha todos desordenados, uno corrió para el lado donde estaban los otros con ansiedad esperando que arranque el partidito. Gordo enfiló para el arco y lo vio más grande que cuando entrenaba los jueves a la tarde. El árbitro que era Saralegui, el vocal del club, tocó el silbato varias veces para que los pibes se apuraran. El Chelito pisaba la pelota en el medio de la cancha. Atrás del alambrado Zelarrayán, el presidente del club, lo mira con los ojos humedecidos. A su lado, el tesorero habla con uno de los empresarios y de reojo mira el cielo porque unas nubes amenazan con embarrar el negocio. Los padres y familiares de algunos de los jugadores se desperezan o charlan. Otros están con el mate y los más chiquitos corretean atrás de un perro.

El partidito está por arrancar. El presidente se frota las manos. Carmelo le grita a Luchito como loco. Saralegui nota una irregularidad que no le permite dar comienzo al partido: el 6 de Olimpo está parado al lado del Chelito y no lo deja sacar. El árbitro lo quiere correr pero el 6 no se mueve. Los compañeros del Chelito le gritan para que salga, pero no hace caso. Carmelo le grita pisando la línea de cal, hasta que Soldadito lo mira y ve qué aquél le hace una seña para que se corra y pueda comenzar el partido. El Chelito se la toca al 9 y éste corre para adelante contra la marea aurinegra que se le viene encima. El tesorero le dice a uno de los representantes: ¿Vio cómo la pasó?

Los partidos a esa edad tienen la gracia propia de la inocencia, por lo menos en los años ochenta cuando los goles se ven bajo el cielo y con el olor de la cancha, cuando el instinto animal hace correr a todos los pibes atrás de la pelota. Pero en ese partidito hay dos que no siguen la manada: el Chelito, que busca el espacio para recibir la pelota, y Soldadito, que está pegado al 10, ajeno al movimiento de la redonda salvo cuando le pasa cerca. Chelito se acerca al 8 que justo se pudo parar con la pelota, pero cuando se la quiere dar lo tiene al 6 de Olimpo adelante. Hay un rebote que sale para arriba y da la impresión que va al pecho del Chelito, pero Soldadito cabecea con los ojos abiertos y la manda a un costado. El presidente Zelarrayán va por el quinto pucho antes de que termine el primer tiempo de veinte y Chelito no la tocó después de sacar. Algún compañero cuando lo quiere buscar con la mirada lo divisó de casualidad siempre atrás de una camiseta aurinegra. Terminó el primer tiempo con el cielo totalmente nublado y ni Gordo ni el otro arquerito pudieron palpar qué tan áspera está la pelota este sábado. Carmelo recibe a sus soldaditos y uno por uno le sacude los pelos y los aprueba con alguna palabra o una palmadita en la espalda.

El presidente le dice algo al oído al tesorero y éste sale corriendo a buscar al vocal Saralegui en los vestuarios. “Cobrá un penal como sea”, es la directiva que puede ser la que dé paso a la firma de la venta que tanto desearon. Se escucha la voz eufórica del aguatero del club en el vestuario visitante que no para de dar ánimos y algunas indicaciones a sus jugadores. El tesorero regresa a la tribuna después de pasar por los baños, se acomoda a la derecha del presidente y le hace un gesto con la mirada como diciéndole: ya está.

Arranca el segundo tiempo del partidito con la impaciencia de los empresarios que ante el descuido del presidente mientras prendía un cigarrillo se redujo en número. Una nenita pasa ofreciendo unas tortas fritas pero los caballeros lo último que tienen es hambre. El tesorero la presenta como la hermana del Chelito y alguno le halaga lo bonita que es. La pelota va para los laterales como atraída por el alambrado. Soldadito tiene un número fijo entre las cejas: el 10; el Chelito esa noche va a soñar que está en una prisión del ejército custodiado por seis soldados. Saralegui aprovecha que los familiares están bastante lejos para sugerirle a los compañeros de Chelito cómo tienen que jugar y los alienta, o reprende a los de Olimpo y les cobra fules que nadie ve. Pero el Gordo este sábado es una hormiga viendo el partido bajo ese buzo gigante y el arco inmenso que decoran el escenario y el área que pisa queda a cuarenta metros de la pelota. Carmelo nunca paró de gritar, salvo cuando miró para arriba cuando una gota le pegó en la nariz.

Por ahí Luchito la sacó para arriba y le quedó a Carlitos que corrió con la pelota hasta que se cayó y el rebote sacudió en el pecho de un rival que lo dejó solo a Fede contra el arquerito. Pateó mordido, débil, pero la pelota fue lejos del arquerito pegada al palo derecho. Todas las camisetas aurinegras corrieron a abrazarlo a Fede, menos Gordo que los miraba con un catalejo y Soldadito que miraba los sacachispas del Chelito. Carmelo saltaba al lado del banco y el presidente se prendía el último cigarrillo antes de despedirse de los empresarios de la Capital.

El Chelito saca del medio con el aliento de Saralegui a su lado, pero no se puede desprender de la respiración que no es la suya en la nuca. Los soldaditos de Carmelo ahora disimulan la sonrisa en una concentración como puede ser la de los chicos de su edad en un partidito en el club. El tiempo es el conocimiento que tiene el hombre de la finitud de los espectáculos y al partidito, que le quedaban tres minutos, lo termina la lluvia torrencial que a la pelota mancha y embarró la cancha.

El crack

Pinceladas sobre “Pasta de campeón ( la verdadera historia)”, un relato de Martín Díaz.

En verano, el sol parte la tierra en dos. Sobre la parte en la que pisan los gentíos, queda una pendiente que hace que los autos desciendan a los balnearios y sus ocupantes caigan con ánimo festivo sobre las aguas que otra vez los devuelven a la orilla, pero éstos en una insistencia pueril intentan doblegar la fuerza de la inmensidad que los refresca y le hace olvidar todo lo demás, y la escena se repite hasta el cansancio de aquellos o hasta que son tragados por la otra. De un modo u otro, indefectiblemente vence el mar. Del otro lado de la tierra, los días en el barrio son largos, y el fútbol se juega de la mañana a la noche. Dependiendo la cantidad de los partícipes, si son dos, el juego es un arco a arco. Si de repente aparecen un par más, se juega un veinticinco o se corta la calle con dos ladrillos en una punta y dos camisetas en la otra armándose un picado. En éstos casos la jugada se invalida cada tanto al grito de ¡Bici! o cuando algún conductor en su auto considera que su lugar en el mundo fue un error del destino y se dispone a cruzar el abismo que lo acerque al océano y lo aleje del estupor. Pero a las tres de la tarde, siempre ( pero siempre ) estaba ahí en el parque. Un muchacho alto, con no muy buena forma física, de zapatillas negras, las medias blancas hasta las rodillas, un pantalón largo cortado sobre las rodillas, de chomba de vestir un poco gastada por los años y un gorro de lana bicolor que le tapaba los rulos. Cada tanto pasaba algún transeúnte que no sabía de qué lado de la tierra le tocaba vivir, y al atravesar la cancha su desconcierto crecía, pues la misma cruzaba todos los juegos –como hamacas, toboganes, calesitas e incluso algún monumento- que eran un obstáculo más dentro del mismo partido. Los arcos, desde ya, no tenían travesaño, lo que disparaba peleas interminables para determinar los goles; a veces algunos se iban a las manos, pero enseguida la redonda volvía a rodar y todo se olvidaba rápidamente. Como árbitro no había, cada quien cobraba lo que cobraba y todos estaban de acuerdo con esta reglamentación natural del juego, la cual le daba más respetabilidad y dinamismo a cada encuentro. Éste muchacho era descendiente de tano y, como tal, un tanto fanfarrón, pero de corazón criollo, que cualquiera con un poco de sensibilidad la vislumbraba en el brillo de sus ojos claros o en la rispidez de su sonrisa. A veces, cansado, se sentaba a mirar el partido que raramente se detenía y lo veías tomando un poco de agua desde atrás del arquero. La diferencia entre los pibes de los clubes y acá en el parque es el estado físico. Pero acá, vienen de todas partes y se comen goleadas y apenas si la ven pasar. El otro día vinieron tres de Carasucias y no la vieron ni cuadrada. ¿Sabés qué pasa? El fútbol  es un juego de vivos, acá no hay categorías, puede jugar tanto un nene como un veterano, y el instinto con la pelota se desarrolla como un embrión sin que nadie le enseñe cómo tiene que crecer y los que juegan acá escuchan hablar de escuelas futbolísticas y si no les dan el cargo de director o alguno superior no quieren saber nada. Acá el partido termina cuando ya no queda luz, si es que no se cansaron todos antes y ya no quieren jugar. Y si bien, el encuentro de cada día hace olvidar el resultado del día anterior, ganar lo es todo. El gordo, que en el parque juega de local, tira paredes con el tobogán, usa los árboles como cortina y busca la devolución con un mástil, es crack. Pisa la pelota y mete un caño de taco para pasarlo por arriba cuando el defensor queda desparramado por el piso y define con un toque suave que ni el mejor arquero adivina. Cada tanto pasa entre dos al feroz grito de ¡Ole! y esos se quedan masticando bronca mirando cómo se la cucharea al arquero. O amaga para un lado y sale para el otro, y el defensor parece un molinete de metegol que no sabe dónde está la pelota. Si nadie sabe lo que es la felicidad lo puede ver jugar al gordo y dar cuenta de que no sólo existe, sino que es posible encontrarla en vida. Algunos dicen que si no estuviera gordo jugaría en otro lado. Pero si está gordo es porque respira fútbol al levantarse, come fútbol todos los días, e incluso se le va la mano con el postre, que también es fútbol. Cuando el partido termina él no se entera de los elogios que le propinan los demás porque al caer el sol empiezan a fabricar y hay que aprovechar la temporada estival. ¿Sabés cuántos jugadores salieron del parque que después llegaron a jugar en primera? ¡Un montón! Y ni te imaginás las de veces que me quisieron llevar a mí. Pero no. Los clubes son una mentira. ¡Se la pasan corriendo! pensando horas qué van a hacer cuando llegue el partido y si le tirás una pelota no saben ni para qué sirve. ¡No se divierten nunca! Para colmo, si no tenés algún arreglo, con suerte, comés banco todos los sábados y a la redonda recién la mirás por la tele, con nostalgia. Lo mío es acá. Todos saben que tengo pasta de campeón, a mí nadie me la va a contar. El fútbol es esto papá, es picardía, viveza, no es para cualquiera, y si querés jugar vení al parque a las tres que ahí siempre te voy a esperar.

Nueve de área

El número es sólo un dibujo
lo importante es la función
nunca necesito de brujos
en el área soy sensación.

Cabeceo con los ojos abiertos
de frente o los dos parietales
de pique o al palo descubierto
si van al ángulo son letales.

Tengo olfato de goleador
no en vano soy delantero
gambeteo a cualquier defensor
en carrera esquivo al arquero.

Le doy de diestra o de zurda
la toco suave al lado del palo
o a rastrón ante la estirada,
si el arquero tiene un día malo,
se durmió o está medio en curda
se la tiro de emboquillada.

Los tiros libres son todos goles
al primer palo más que seguro
la barrera es sólo una sombra
en los flashes a la redonda
a los fotógrafos les doy laburo
y los camarógrafos aman sus roles.

Si por arriba me la tiran
la bajo de pecho y defino
con mis remates los fulmino
y los hinchas conmigo deliran.

Tiro caños, corro y la piso
y no paro aunque tenga sed,
algunos me dicen morfón
porque pocas veces la paso
y si la doy, tiro una pared
buscando la devolución.

Lo difícil lo hago sencillo
meto el taco, dalo por hecho
si viene de aire, como soy pillo
entonces la empujo de pecho.

Si en el área tengo el balón
el griterío se hace silencio
llego hasta la línea de meta
( esto es otro golazo, sentencio )
la empujo de palomita
y la gente llora de emoción.

En los penales rindo la tesis
y al arquero lo dejo manco.
Pero todo esto es hipótesis
porque siempre como banco.

¿No fue con la mano?

Lo teníamos controlado de movida. Primer minuto, córner para nosotros que tira el Mago al medio del área chica. Mal pateado, fácil para el arquero, si despega los tapones de la raya. Pero no salió. Rechaza una de las torres de Villa Mitre, sin manual del defensor posmoderno, al medio, apenas la saca del área al pecho del Tato, que sin dejarla picar saca un torpedo al ángulo izquierdo que desde la otra media luna veía a mi derecha. El arquero hizo vista, o se sacó una selfie con la pelota adentro, no sé. Me parece que ahí lo empezamos a perder porque el Tato se cuelga del alambrado y se come la amarilla que después resultó en la expulsión que dio vuelta lo que era un trámite sencillo. No pasan tres minutos y lo bajan al Conejo cuando pisaba el área. El árbitro lo cobró afuera y el línea no se movió, y eso que estaba al lado. Colgado del travesaño la vi adentro pero qué iba a discutir… Tiro libre para un zurdo, y en el equipo tenemos dos: el Mago y quien suscribe. Se lo pido porque me tenía fe pero el muy puto no me lo dio, menos mal que la metió porque sino todavía lo estoy puteando. No le pegó fuerte, pero el arquero de ellos hoy no estaba en su día. Alcanzó a tocarla, sí, pero no es una pantalla táctil, algo de fuerza le tenés que oponer, sino no la sacás. 2 a 0 y a esperar el pitazo final para dar la vuelta. Es un buen resultado el 2 a 0 si termina así y a tu equipo no le hicieron goles. Ahora si está abierto, no lo aguantás y te lo dan vuelta lo tenés que olvidar rápido porque las fechas siguientes te persiguen los fantasmas. Si vamos ganando y nos descuentan con algún gol choto nos miramos entre todos y empezamos a dudar. El problema es que después de este partido con Villa Mitre volvemos a jugar en marzo, cuando no haga tanto calor como hoy, y el recuerdo de una final te acompaña por lo menos hasta que abandonás la práctica de este deporte. En fin, estábamos tan tranquilos atrás que con Lorenzo hablábamos de los sorprendentes avances del mercado, que desde algún tiempo te ofrecía pizzas en las heladerías, quizá ensalada de tomate en un café y probablemente clases de danza y canto en las casas de comida rápida, hasta que por ahí la sacan para atrás y con Lorenzo amagamos a ir los dos, que al final no fue ninguno, se coló el tapón del siete de ellos –un metro cuarenta como mucho- la puntea por un costado y la corre pasándome por el otro. Lorenzo lo corrió pero ya era tarde. La tribuna de ellos enfrente se vino abajo. ¡Cómo gritaban esos monos! Parecía que no habían gritado un gol en quince años. “No es nada, Lorenzo, mala mía. No te calentés”, lo animo; pero por dentro estoy re caliente. No se puede ser tan boludo viejo. Vas o no vas, hay que tener decisión y tenés que ser firme con lo que decidís en ese suspiro, porque el error es doble: el tiempo que pierde dudando es el que después no te permite alcanzarlo en la carrera. Ya está. Se mandó la cagada y un par de boludos me quisieron cagar a pedos a mí. Los mandé a la mierda, al Tato y al Oruga, y cuando entrábamos al vestuario lo agarré del cogote para ponerle los puntos. Mudo se quedó el Tato, me miraba fijo sin pestañear con cara de perro arrepentido. Decí que Lorenzo es derecho y asumió la culpa delante del equipo… No patearon al arco en cuarenta y cinco minutos igual ya tenían un gol a favor. Planificamos el segundo tiempo: hacer correr la bola, con cualquier faul nos quedamos dos horas en el piso, sacar la tierra de la pelota con la camiseta antes de hacer el lateral, juntar las piedras que te tiran de la tribuna para detener el partido y esperar que el árbitro a los noventa adicione no más de tres minutos. Pero, ¡cómo te modifica todo una boludez! Al minuto, el Tato se salva de que lo rajen porque el ocho se le iba y lo agarró de la camiseta. La tribuna se lo quería comer al árbitro. Ahí cerrabas los ojos y se escuchaba: está amonestado, está amonestado, lo tiene que echar. Ahora, no sé si el Tato es boludo en serio o se quería rajar con la jermu temprano ( que está rebuena la rubia esa ) o capaz que está sordo y no escuchó, pero se plantó adelante de la pelota para que no saquen rápido, porque el Oruga todavía no había vuelto, y en un acto reflejo cuando van a sacar le patea la pelota. Afuera Tato y a llorar a la iglesia. Meten el centro bombeado y una de las torres que había pisado el área buscando el gol la baja cambiando de punta. Para mí cabeceó al arco, pero le dio con un cuerno y cruzó toda el área. La corre el 9 de Villa Mitre con el Oruga cerca, la pisa y entra pegado a la raya. “¡No lo toqués!”, le grito al tiempo que el Oruga le engancha la de apoyo. La exageró un poco, cayendo despatarrado, sí. Pero nadie puede dudar que lo bajó. Cuando al tipo lo veo acomodar la pelota en el círculo ( porque no hay ningún punto penal, como dicen algunos, en todo caso un círculo o una mancha sobre el pasto, ya que con ese criterio que usan, los jugadores, si los ves de un poco más lejos también son puntos, y también la cancha, la tierra entera y hasta tu vieja ) ya sé dos cosas: para dónde me voy a tirar y cuántas chances tengo de atajarlo. El 9 hizo pozo al lado de la pelota para no resbalar cuando apoye. Con ese indicio ya sé que le va a dar con fuerza y cuando apenas la suelta de las manos en el círculo mira para mi derecha sin darse cuenta que estoy atento a los detalles. Ahí va la pelota y cuando se acomoda las medias hago la cuenta: una de tres. Si va arriba, no llego en diez. Pero del medio para abajo tengo varias a favor. Después se para con las manos en la cintura mirando el otro palo, se cree que soy boludo. Hay que prender una vela para que no vaya pegada al palo y la saco, pero no tengo fósforos y en el Carminatti hay mucho viento. Escucho el silbato y vuelo al palo. Gol. Me pasó a cuarenta centímetros. Todavía escucho el silbido de la red del costado y lo veo a Lorenzo buscando la pelota que dio la vuelta hasta el otro palo. No habíamos sacado del medio, cuando veo que la pelota cruza toda el área, atrás del Oruga, y veo la casaca verde número 9. ¿Qué hace el loco éste dado vuelta? Capaz que se la baja al 8 que viene como una tromba. No, la baja de pecho y engancha para adentro buscando la de palo del Oruga que lo vuelva a tocar. La otra es que la amortigua con el muslo y tira el taco para el que entra por el medio. De última la cruza con la nuca, buscando el segundo palo y si le sale al arco y se mete al ángulo no se juega más al fútbol. Pero ninguno de mis vaticinios se cumple y escucho a la tribuna atrás mío que grita desaforada y el Oruga que patea de nuevo la pelota inflando la red con bronca. Levanto la mano para que cobren la mano, pero el árbitro corre más rápido que las casacas de Villa Mitre a subirse a la montaña humana sobre el gladiador. Me voy corriendo hasta el línea para reclamarle la mano y me hace un gesto para no decirme que me vaya a la mierda. Ahí veo en la platea a la gente agarrándose la cabeza porque no puede creer lo que acaba de ver. La puta madre, ¿qué me perdí? Capaz que fue una chilena. Ahí me fui de partido y para colmo los nuestros se quedaron mudos, o si cantaban ya no se escuchaba con los cantos de la otra banda. Apenas los volví a escuchar veinte minutos después silbando al arquero de ellos que se demoraba en hacer el saque de arco atándose los cordones o cuando algún lateral de ellos le alcanzaba una botella o una batería al referí que le tiraban desde la tribuna. Saqué un par de bochazos complicados antes del cuarto, un cabezazo abajo que la manotié al córner y un remate potente que se desvió en Lorenzo y me cambió el palo. El quinto me lo comí, no lo voy a discutir, era una pelota fácil que se me fue entre las piernas por confiado, aunque con el sexto, después de la expulsión de Toribio y el profe, ya estábamos jugados. Es la quinta liga al hilo que se llevan, tienen buen equipo, de otro nivel, y además se conocen de memoria, qué se le va a hacer. Cuando enfilamos para el túnel, los nuestros ya se habían ido y el “dale campeón” lo cantaban los otros. Te digo que estaba tan oscuro que nunca sospeché la luz al final, por más que Sueiro me caía simpático aunque no le creía, y ese silencio de ultratumba en el vestuario por suerte se rompía cuando escuchábamos algún estruendo. Uno sonó tan cerca que casi se me cae la placa que me habían dado antes de arrancar el partido. “Reconocimiento a la trayectoria… Doscientos partidos de liga en primera”. La metí en la mochila y en un momento le pregunté al Mago para develar la incógnita que me carcomía las entrañas: ¿No fue con la mano? Pero el Mago apenas si me miró. Bajó la cabeza para desatarse los cordones y se metió en la ducha. Esta noche lo miro por tevé y me saco las dudas.

Entretiempo en la fantasía

En el universo paralelo suceden cosas tanto ordinarias como oníricas, frecuentes como insólitas. Por ejemplo, cuenta Galeano en su último libro publicado allí que uno de los primeros acontecimientos que presenció fue el partido entre Apóstoles de Belén vs. Fariseos Siglo Cambalache, que culminó tres a tres. Pero lo que más llamó la atención a la curiosidad del escritor, fue lo que sucedió antes de comenzar el segundo tiempo, cuando un espectador atravesó toda la cancha con una soga al cuello y la lengua afuera para correr a abrazar al técnico de los primeros. Eduardo estaba sentado justo atrás del banco de suplentes y pudo escuchar aquél breve diálogo:
-¡Maestro! ¿Me hace un lugar en el equipo?
-Lo siento Judas, ya tengo los once.