Entretenimiento

El mundo, las cosas, la idea que va y viene
y en el marco conceptual te entretiene,
la dicha, el afecto, las dudas, los amores
surgen rendidos a los pies de tus temores.
Vivir que, como un sueño, lo contiene
le estás dando una seriedad que no tiene.

Y el aspecto de todo lo impermanente
es el espectro, el abanico, de la mente
que proyecta situaciones tan profundas
y no alcanzo a elucubrar si son rotundas
no dilucido tampoco si lo visto te divierte,
aburrirse es cortejar la pena de muerte.

Será entonces, será, que el movimiento
le da el toque sensual al sentimiento
el equilibrio es un codo, una coyuntura
entre estados de euforia y de chatura
donde place el disfraz del entretenimiento
que abanica nuestro paso como el viento.

Credos

El café que se desliza por tu lengua
el calor que a veces crece a veces mengua
el safari que descubro entre tus piernas
de tu boca surgen las palabras tiernas.

El aroma que emana de tus poros
en tu corazón, guardados, los tesoros
los cabellos que acaricio entre mis dedos
en tus pechos mueren todos nuestros credos.

Tu mirada que se erige victoriosa
coronada de laureles y estropajo
tan serena como una cautiva diosa

que se pierden los vocablos en el viento,
como un feto, como un sutil renacuajo
desarrollas como embrión el firmamento.

Arrastrados por la novedad

Arrastrados por la novedad
Por la novedad corrosiva
Siguiendo al mejor impostor,
La corriente que marea
Y le da cuerda a la realidad
Nos envuelve como cúmulo
Y formamos otras cosas
Nos dispersa como lluvia
Y al llover nos disgregamos
Y en las manos adosamos
Montañas de opiniones
De juicios y sermones
De palabras por decir
Y de las que fueron lanzadas
Como flechas puntiagudas
A clavarse al corazón.
Y en nuestra imaginación
Creativa y floreciente
Siempre quedará en el tintero
Lo que no pudo ser
Lo que no será
Lo que no es.

Instantáneas

El hoy es un cuento heredado
Mañana es olvido prestado
Ayer es el hoy transplantado
Mañana es un cuento presente.

Ayer es el día nublado
El hoy es presente eclipsado
El hoy es presencia viviente
Mañana tu ausencia se siente.

Ayer es el canto de ausentes
Ayer es el hoy relegado
Mañana recuerdo borrado
El hoy es alegre narrado.

El hoy narra triste evocado
Mañana es el breve pasado
Ayer es un cuento soñado
Ayer es el hoy memorado.

El hoy rememora un sirviente
Mañana viste frac esta gente
Mañana es ayer sin tostados
Ayer no te vi en el tejado.

El hoy es el tuit del torrente
Mañana es ayer de repente
Ayer no es mañana tampoco
Es hoy cuando yo al fin te toco.

La dama viste de versos

Y de repente, de un plumazo
Viste la dama de versos
Y en el escote, la tinta
En el anverso, las plumas
Vedette de sinagoga
Fémina literaria
Con rimas sustanciosas
De laureles coronada
De poética mirada
De silueta sugerente
De una boca muy ardiente
Viva voz en dulces labios
Que susurran al oído
Consonancias estridentes
Que no te hacen el cumplido
De silbar la melodía,
Ruidos y cacofonías
Van cediendo la armonía
Y en lo oscuro desencanto
Tibia lágrima del llanto
Fluye como luz de luna
Un poema que te acuna
Fluye como ansia de luna
Tu valía, la fortuna
De esta noche de abrigo
En la que duermes conmigo
Para deslizar los dedos
Yemas que cumplen deseos
En el tacto de tu piel
Calma y fresca como miel
Que al haberla recorrido
La descubro intempestivo.
Me distraen las canciones
Reverberan sensaciones
Emotivas ocurrencias
O floreadas displicencias
De lo que gusto narrarte
Por el gusto en componerlo
Por el duelo de perderlo
Por lucero de obra de arte
Que ilumina convergente
El reducto de la mente
Da la mano y tiende puentes
Para que cruce la gente,
Si de pronto te arrepientes
Sacrifico la pureza
Y te beso con destreza
De esta voz que no se calla
Ni en la arena de la playa
Que te dice lo que siente
O, como loro, repite
El transcurso intransigente
Del discurso que arremete
Y se te cuela por los poros,
El perfume de estas palabras
Se te impregna suavemente
Que cuando un pirata abra
Hallará un bello tesoro
De cuantía, valiosamente
Inspirando a los poetas
Y a los pintores tus tetas
Como dinero en el banco
Cual belleza de hoja en blanco
Que de versos va nutriendo
Cuando el alma va puliendo
Y entre líneas, componiendo,
En tu falda se va despidiendo.

No sólo de chat vive el hombre

Habilidoso chateador
Se ofrece para, sino, por
Darle cuerda a la imaginación
Con soltura y rimboemoción
En vivo y en directo
Políticamente incorrecto
Con gracia y entusiasmo
Hasta llegar al orgasmo
De una charla divertida
Corrupta, entretenida
Con emojis que grafican
Sensaciones que trafican
Las palabras que olvidamos
Los conceptos que ignoramos
Y si en un rapto callamos
De repente continuamos
Con el chat, la travesía
Al compás de la alegría
De tipear los caracteres
Que forman los pareceres.
Cuando hay comunicación
Se propicia así la unión
Acortando las distancias
Que separan las instancias,
Con las risas de por medio
Esquivamos cierto tedio
Propio del aburrimiento
Cocido en el pensamiento
Y mediante las pantallas
Escapamos con agallas
Del sopor, la soledad
Y hablando de libertad
Nos hacemos más esclavos
De palabras y teclados
En atardeceres fortuitos
En aconteceres gratuitos
Que viran en tal dirección
Obnubilando de ilusión
Nuestra virtual condición
Pasajera situación
En el presente momentáneo
De este tiempo sucedáneo
Que nos deja sin aliento
En muy cómodos asientos.
Cuando veas que me callo
Una nueva frase tallo
O te hablo de poesía
O con una fotografía
Te despierto el inconsciente
En un quid irreverente
En el que mueras de risa
(Un cadáver con sonrisa)
Para soñar nuevamente
Que vivimos felizmente
Que seguimos la corriente
Que después, al día siguiente
Nada recordaremos
Y nadando nos iremos
A chapotear otras aguas
A chatear sin un paraguas.

Dimensiones

Hay un mundo que no sale en las noticias
Es la dicha del amor y sus caricias
A la gente no le llama la atención
La ternura no vende en televisión,
La sonrisa del niño cuando asoma
A la vida como signo de paloma
La mirada y el gesto afectuoso
Los consejos del viejo bondadoso
La palabra sincera cuando calma
Todo aquello que te enaltece el alma,
Es un mundo del que no te quieres ir
Donde todo se está por descubrir
La bondad, la gracia, tu contento
Los más nobles humanos sentimientos,
El deseo también de compartir
La radiante ventura del vivir.

Domingoz

Un domingo cualquiera
Este domingo incluso
O el anterior,
Se dispone a pensar
No ya en el caprichoso calendario
En el matemático esquelético calendario
Sino en lo azaroso o fortuito
En lo gratuito de la existencia
En la encarecida subsistencia
En la ambivalente supervivencia
En fin, en todo lo que no piensa
Durante el trajín semanal,
Por eso un domingo
Porque pronto es lunes
Y las actividades apremian
Con sus premios y castigos
Con sus bondades
Con el regocijo de la acción
Y el entretenimiento
Con la premisa de cumplir
Por eso en el receso de un domingo
Carente de preocupación
El pensamiento baila
Danza acrobaticamente
En la tarde solitaria
En el yerro conceptual
En la alegría crepuscular
Bajo un manto de preguntas
Que no se le dio por refutar,
Como una transición entre sueños
De la tarde del domingo a la mañana siguiente
Percibe vacío
Siente que se pierde en la nada
Como si fuera algo
O un lago profundo
Donde nadar no alcanza
Hay que flotar
Como nube de azúcar
Con un hilo de voz
Donde se atragantan los gritos de gol
Donde mueren las historias
Donde mueren las palabras
Y algo muere en mi interior.
Cuando las olas cesan
Cuando no todo marea
Reina la calma.
Todos los lunes
Los terapeutas resucitan.

El presente evanescente

Fluye como torrente de residuos
Corriente vertiginosa de desechos,
Restos de recuerdos, movimientos
Entre ellos algún bello pensamiento
Variante de palabras suscitadas
Y un abrazo furtivo en la cascada.

Recorre lo sinuoso en los caminos
Trazando en la memoria los destinos
Que surca los peñascos del trayecto
En un fluir intenso y poco recto,
Es liquido, oscuro, fluorescente
O es ámbar o es cristal evanescente.

Se mira a través suyo, estimulante,
En la felicidad ronda el instante
Como un beso fugaz cálido urgente
Que espabila y nutre en el presente,
Porque a la noche le sigue la aurora
Porque la vida brilla en el ahora.

Los poemas

Hay poemas que conmueven
que sorprenden y promueven
la ternura, encanto y pasión
llenos de delirio y decisión
soberbios, pacatos, precisos
de magnas metáforas, concisos
llenos de simbología e ilusión
que al lector se unen por fusión,
poemas regios y preciosos
simples, libres, luminosos
con ritmo, tono y melodía
llenan el espacio de alegría,
hay poemas dulces, bellos
y éste no es uno de ellos.

Los colores del crepúsculo

En el violáceo de las tardes invernales
brotan auras de espectros fantasmales
que suscitan sombrías imaginaciones
como tinta que cambia en las estaciones.

De ellas surgen muchas elucubraciones
con atisbos de un millón de sensaciones
de resabios de armonías celestiales
de divinidades de aspectos originales.

La belleza se observa en ensoñaciones
regocijo en la visión de lagrimales,
que vibran en emoción crepusculares
cuando caen con el sol alucinaciones.

Fotografía de Jorge Guardia

La posibilidad infinita

Al enfrentarme a la hoja en blanco se me presenta un desafío para la comunicación, un desafío de supervivencia, en el que tendré que atravesar senderos poco iluminados y sortear obstáculos que irán apareciendo con el correr de las líneas. La misión, entonces, es dar luz allí donde todo era oscuridad y vencer las dificultades que se presenten, dotando de sentido a lo expuesto. Superado el trance ante la impavidez de la hoja en blanco que va ganando color, se puede avanzar en línea –teniendo el horizonte despejado- articulando las formas del decir, del narrar. La hoja en blanco se parece a la mañana, donde todo está por desarrollarse, un mundo incipiente, todo por resolverse, donde nuestros planes que teníamos a priori pueden verse aplazados o relegados por otras cuestiones que surjan de repente y atraigan nuestra atención. Es como planear un discurso que se viera interrumpido por preguntas del oratorio que nos desvían de lo que teníamos pensado decir y nos llevan, persuasivamente, a recorrer otros tópicos cortando el hilo de la narración, que retomáramos una vez respondidas las cuestiones, como ameritaran. También se parece a la noche sin alumbrado público, donde uno se encontrara con un montón de interrogantes que debe dilucidar sin tener una linterna a mano, a tientas en la penumbra, y a medida que va descubriendo las cosas que aparecen, estas pasan a la dimensión de lo conocido, lo que se puede conocer si se tiene la posibilidad de observar. Allí surge lo que estaba velado, incluso como novedad, que es lo que finalmente el lector observa y tiene la posibilidad, con curiosidad, y la facultad de intelección.

Hoja en blanco
sagaz, persuasiva
coloreas la mente
tenaz, discursiva
serás simplemente
el fondo de algo.

Recogí un lápiz Papermate, del que quedaba sólo la mitad del original, y dibujé un paisaje. Un paisaje que no había visto, es decir, que no tenía correlato en la realidad física. Los medios informativos –así como los chimenteros- se apropian de las palabras de una forma grosera, como si fuese el único campo en el que se emplean, de manera unilateral, y de tanto énfasis y repetición, el consumidor de tales ( cuando no de Mileto ) las concibe con el significado vulgar y es el uso corriente que le da. Realidad es una de esas palabras, que no voy a ahondar en este momento, pero es dable la posibilidad de investigación, si hay curiosidad. Decía, entonces, que se plasmó un paisaje ficticio y pasó a cobrar dimensión en la realidad. Me lo quedé observando, como quien observa un colibrí, y me quedé pensando en cómo todo el tiempo pasan cosas de la imaginación a la realidad física mediante el acto creativo, tal como sucede en la literatura, la pintura, la arquitectura, la cocina, la música, etc. La imaginación crea cosas que luego pasan a ser tangibles, pero ¿qué eran antes de materializarse? Hay diferentes grados de creación, según desde dónde partan, y entonces la creatividad puede entenderse también como un proceso de transformación, proceso que puede seguir cierto orden o no, necesariamente, según la disciplina. Y este acto creativo ocurre no sólo a profesionales, sino a cualquiera también -por ejemplo- con los sueños, bajo el umbral de la consciencia.

Fue así que aparecí en diversos sueños de terceros que me han narrado alegremente. Sueños, claro está, en los que no me veía. Es de suponer que no se me podrá acusar de haber hecho algo inaudito, aunque me hayan visto, ni de hacer un uso inapropiado del lenguaje, aunque me hayan escuchado. Los atributos y cualidades que me consagraron en tales episodios de la vida pueden no tener su correspondencia en la práctica diurna, y es probable que mi voz pronunciase cosas que palpablemente yo no diría. Así mismo, las imágenes, siendo espectros de la vigilia, podrían ser tan fantasmales como las del personaje de un cuento y, de ese modo, aparecer y desaparecer antojadizamente, y no por un capricho mío, sino de mi fantasma que anda merodeando en sueños ajenos, alegrando, atemorizando y balbuceando a mis queridos seres más próximos, en situaciones tan vívidas como cualquier otra, aunque con menor frecuencia que la corriente.

El soñador soñado
viajaba en transiciones
de sueños e ilusiones
en cielos y tejados,
y al transitar la tarde
soñaba las tensiones
del día de emociones
de viajes sin alarde.

Dopamina, en la dosis justa, indicada por su médico de cabecera o su virtual amigo. Se consigue en farmacias o en redes sociales. En exceso, se torna adictiva, y como toda adicción puede resultar perniciosa. En carencia, no hay placeres que valgan. Para la misma no se han encontrado sustitutos, pero la dinámica de las redes ha sabido explotar esta vulnerabilidad humana. El deseo de gratificación con una frecuencia inusitada a cambio de prácticamente nada es la norma. Consiga su dosis diaria, en cantidades ilimitadas, y ¡Dése una panzada! Es fácil, rápido y seguro, no hay requisitos;  simplemente, láncese. Comuníquese con imágenes para un diálogo más significativo.

La visión armónica
de la imagen rústica
transportó retórica
a la virgen críptica,
que dulce y neurótica
bebía apocalíptica.

El arte no replica la naturaleza pero nos aproxima. O es una posibilidad cierta. De la naturaleza nuestra despojada de alienación. En lo que me atañe, la literatura es incapaz de producir revoluciones, por eso se han dejado de quemar libros ( aunque sí se concretó la etapa de su total desincentivación a leerlos ), pero es capaz de producir una revolución interna en cada lector, de principiar una transformación. Como detrás de todo lo simbólico, sin la carga de la utilidad, el lenguaje que empleamos a menudo carga consigo el uso corriente que se le da en ciertos ámbitos, y una vez que se hace un rollo con los significados aparece la literatura para desentramar el contenido, para allanar el camino, para aligerar la carga, para iluminar las sombras. A partir de ahí, donde la cuestión de la utilidad de las artes no se plantea, nos brindan posibilidades asequibles que de otro modo nos quedarían en la lejanía del horizonte inalcanzable.

Arte maldito
artes benditas
como agua cae
que el río trae
gracia inaudita
goce infinito.

Finalmente, sucumbimos a la hoja en negro con manchones blancos, cargada de símbolos y connotaciones. A través de ellos, partícipe integral, la comunicación. Como podrá apreciarse, entre línea y línea quizás se vislumbra el origen crítico de lo escrito, como fuente principal de inspiración, dadora de motivos y sentido, creadora y procuradora de artes, razón de reflexiones inocuas o tardías, desafío primero del escritor y última ilusión del lector. Así como el movimiento o el habla nos llaman la atención, en el momento de la lectura debemos tener presente que detrás de todo lo escrito, de lo narrado, habita el quid de la cuestión, donde los críticos debaten si un texto es o no es literatura.

Rafaelle

En su huída… ¿o tal vez fue una caída?, se encontró con un Sustituto. Y lo encontró confortable y cómodo y lleno de virtuosismo; entretenido, voraz y cargado de dinamismo. No obstante, poco a poco, sin que su ser consciente lo notara, sin notar el frío fue perdiendo por así decirlo la palabra, luego por así llamarlo el idioma, luego -por si la tuviera- la voz, quizás sin saber del dolor hasta la carucha. Lentamente, muy despacio como todos los procesos que ocurren dentro, se acomodó al ambiente, se amoldó a la norma, encalló en la horma. Y lo llamó Realidad. ¡Oh Inmaculada Imagen de la Perplejidad! ¡Ahórranos la visión tortuosa donde las almas gimen de espanto y obséquianos la melodía de las mentes luminosas!


Allí termina la historia que aquí se narra, pero no la suya.
Aún perduran rastros de su sombra al caminar. Aún quedan vestigios de su parloteo en el aire. Aún, especialmente aún, amaina el viento cuando siente su paso.

Adicción a la lectura

Tanto la lectura como la escritura pueden tornarse adictivas, un placer ¿sano?, un lujo del que nada se ostenta, una manera vertiginosa de pasar el tiempo, un trance espiritual en el llano mundanal. En la lectura, por una parte, uno descubre y redescubre todo el tiempo; seguir el hilo de un autor si bien no conduce a la fuente de pensamiento, nos lleva por un río de ellos cargada de dinamismo, de diversas emociones por las que transita, el reflejo de sentimientos vívidos, la complicidad en pasiones, en manías, obsesiones, la plasticidad en el habla o asombrarse con las formas del decir, son unas pocas cosas de tantas que nos brinda un buen libro, por ejemplo. Y no es que todos los libros tengan alma, pero pueden tener rastros de ella algunos de ellos, o en principio se vislumbra algo más que sólo lo material que nos obsequia la mente.
Al leer, el tiempo se percibe de manera diferente o pasa a segundo plano, no resulta tan relevante como en otras actividades que ameritan una medición del mismo. En parte coincido con Levrero que puede llegar a ser tanto ocio como trabajo, dependiendo de la actitud a la hora de la lectura, que puede ser un momento de dispersión tanto como de concentración, ya que no se puede desestimar los pensamientos que vuelan con la imaginación. A veces hay que trabajar un texto al leerlo, en otras e incluso en las mismas nos sumerge en una fuente de belleza y placer no comparables con otro tipo de ellos, o sólo equiparables en la sensación que nos produce. Leer, si bien no es para todos lo mismo, nos puede proporcionar una forma de irrupción en el pensar, que muchas veces por hábito se torna mecánico, y facilitarnos la tarea de observar desde otros ángulos, desde otros puntos de vista una situación, sentimientos, creencias y demases. Y viajar por el espacio mental sin moverse del sillón.
Otra cuestión que es notable a partir de la lectura de literatura, es que el arte moviliza y genera más arte todavía. Las creaciones que se dan parten de otras creaciones y se diversifican tanto que se verifica aquello de Da Vinci que el libro tiene innumerables hijos. Y como esto ya forma parte de la escritura, dejamos para otra entrada la reflexión de por qué la escritura también puede ser adictiva ( como podrá notar el lector, esto es sólo una excusa para seguir escribiendo ).

En el antro literario

En el antro literario
se dice entre infelices
que Oscar Wilde no era humilde,
que Baudelaire vivió del aire.
Neruda no tenía dudas
que Bukowsky le daba al whisky
que Cervantes era elegante
y que Quevedo no veía un pedo.
Fontanarrosa salteaba baldosas
Jardiel Poncela cosía la suela
Rubén Darío pasaba frío
y Galeano fumaba en verano.
Se dice en las biografías
que todos con sus manías
los escritores rumiantes
seductores o pedantes
manchaban su voz de tinta
y su palabra se pinta
de acuarelas en la tela,
que Lope de Vega ahora navega
donde Alfonsina lee cansina
o donde Sábato lustra el zapato.
Los libros que han dejado
hoy se leen en el tejado
como gatos bosquimanos
por complacidos humanos
que pernoctan, letras mediante,
en viajes imaginarios estimulantes.
Se ha dicho y no se confirma
que alguno obsequió su firma
y en más de una dedicatoria
regaló frases conciliatorias,
si Lugones, o quien se supone,
si Shakespeare o quien te parece
han escrito no pocas veces
como Kafka algún proceso
que asemeja un retroceso,
será Eco quien deje en seco
el vaso de vino, como Calvino,
ya que a Verne no le concierne
si Chesterton odiaría el reguetón
y tanto Poe como Defoe
escribían y componían
cual mansas macabras danzas
al escuchar llover y al luchar
con pandemonios sin moños
y que en la estación del otoño
Chejov nunca lo dejó
ni al vicio ni al sano juicio,
que Quiroga dejó la toga
y Felisberto daba conciertos,
cuando Coehlo les dé consuelo
o Stephen King se suba al ring
a la sazón de Ruiz Zafón
con el temple de la razón
naufragaremos en sus plumas
o en carnavales de espumas
que Machado nos ha legado
poesía de plusvalía
y mientras aquí anochecía
en Murakami amanecía,
si Saramago sería un mago
o si Bolaño celebró al año
de hacer un curso al concurso
o de emplear sus recursos
para estampar la composición
de su regia posición,
se dice y se comenta
que un error no es afrenta
que el escritor es solitario
y habla con el abecedario,
que escribe con maestría
a la luz de una vela o al día
con desparpajo, con gallardía
su alma que claman por siglos
los lectores que con sigilo
se pierden, se compenetran
y en otros mundos se adentran,
de Borges a Macedonio
de grandes hasta un retoño
si no los ven lo imaginan
lo que plasman o adivinan
en holgada literatura
de clara mente tan pura,
y nos nos regocijamos
leyendo nos aventuramos
a descifrar el contexto
a saborear un buen texto
pues la lectura es pretexto
para pasar un buen rato
y, claro, si el libro es grato
lo conjuramos contentos,
la voz, el quinto elemento.

El increíble caso del doctor Bloom

La inspiración viene y va en una danza narcótica que me hace deletrear estreno, en cada serie, anagrama de Ernesto, deudor serial. Como he dicho por allí, a leer se aprende leyendo, interpretando, descifrando y reinterpretando como un actor su papel, la lectura, lo que el texto presenta como un desafío. Reincido en la lectura como tema de escritura, cual si fuera un anatema de la época, prescribe la libertad y el maniqueísmo lector, se bifurcan los senderos del jardín y uno debe tomar una decisión, pues es nuestro deber ser resolutivos, darle fin a la tonada y no quedar inconclusos ( esta redundancia –puesto que todo lo que comienza ha de tener un final- queda como un exabrupto propio del cambio indispensable de voz en el relato ante la atenta mirada del lector voraz que ha de mantener la compostura cuando el mismo se rebele a la doctrina gramatical del bien decir y escape de los carriles que le señalaban andar trechos ya recorridos por reconocidos escritores para “hacerse camino” y explorar los surcos que el hombre no ha pisado, no por escasez de curiosidad o carencia de espíritu aventurero, sino porque todo ha de estar alambrado con el cartel retén de “propiedad privada” que los priva de aquello ) ya que ello presentaría una indecisión ruda, una suerte de duda pragmática librando al azar o al destino -que están claramente diferenciados por la Real Academia Española de Letras Arábigas y Números Primos Incaicos en su apartado “Nociones relativas al absolutismo semántico” de la treceava edición, revisión cuarta, por lo que nadie puede presentar formalmente una queja aduciendo no saberlo- que le depare una especificidad en la comprensión lectora de tales enunciados, denunciando crudeza en sus actos y finales abiertos, plagados de omisiones y falaz verosimilitud que tragaríamos con mucho gusto a sol y a sombra, si la sensación térmica no fuera un decreto presidencial contra la debacle cultural que supondría la batalla diurna de palomas y loros barranqueros al momento del baño templado, en horas frías. Esto, dicho así, puede pasar por alto muchas cosas, a saber:
-La necesidad de hacer todo entendible para un garbanzo.
-El deseo de comunicación lúdica con la espora.
-El intercurso sexual de la creatividad que da luz al brote textual.
-La capacidad de lector para compenetrarse con la historia.
-La penetración de la historia en la mente.
-El vuelo apoteósico que recorre la lectura en la claridad.
-La necesidad de claridad para pintarrajear conceptos maculados.
-La inmaculada concepción de la obra artística de fruta abrillantada.
En síntesis y resumidas cuentas, nada en literatura, chapotea en garabatos literarios con la excusa de sacudirse la modorra y escaparle a la siesta, festival criollo al que asisten los valientes herederos del mundo.
Como les iba diciendo, la inspiración no llega en todas sus vertientes: como musa, como energía, como palabra creadora, como ansias de colmar de letras una hoja en blanco a fines comunicativos. No señores. Llega en alguna de ellas o en vano resulta la espera. El doctor Bloom me dijo:
-No hables con tus lectores, los confundes no con tus palabras sino a unos con otros, piensas que John Carridge es Eleonor Rusvelt o crees que Pía Maroja es Mariquita la piojosa, y eso –para el lector- es un absurdo, una ridiculez también. La deificación del escritor es cosa de siglos anteriores, donde la gente carecía de tamaña imaginación ni tampoco había o existían los estímulos actuales.
-La edificación de conceptos rutinarios tiene cimientos endebles, nadie construye castillos en el aire para habitarlos. –retruqué.
-Su caso, aunque insólito, es alentador. Como podrá comprobar, la cantidad de visitantes de un videoclip pueril y vergonzoso en promedio es de dos millones, incluso hay quienes repiten la visita tres y hasta cuatro veces, lo cual nos dice mucho, no ya del videoclip que podría prometer el oro y el moro, sino de los indirectamente afectados. Si trasladamos la estadística a lo estrictamente literario, el promedio nos da que el diez por ciento de los seguidores son –a su vez, o al mismo tiempo, o en su defecto- lectores. De ahí a que lean lo suyo media un abismo de contextura tersa, de manto lúgubre y, por si fuera poco, del orden virtual. Esto sin dudas quiere decir que el carisma que detenta la pieza artística no seduce –por más ahínco- como lo haría una obra pictórica, ni mucho menos una pieza musical.
-Estamos hablando el mismo idioma, con diferencias extáticas. –le añadí a su verborrea.
-En tanto, una azafata de línea de bandera alterna su atención con la coquetería, manteniendo a los viajeros en estado sereno y complacido. Su texto, no logra conmover ni hacia el llanto, ni a la ira, ni a la codicia, ni al contrapunto, ni siquiera llega al esputo que derramaría sobre la hoja un ojeroso cansado de lidiar con él. Pero, hete aquí, ese es un punto a favor, ya que verá el ranking de ventas, por ejemplo el de este mes, y tenemos entre los títulos más vendidos a gente del orden del plioceno, meramente adaptada a la tecnología actual, con tintes de verdulero amaestrado.
-¿Entonces, doc?
-Crear y crear, esa ruta vertiginosa que no reposa, es un camino de idas y vueltas, de ideas y volteretas, de idus y volteos, donde la emancipación de la palabra está al caer. Y, llegado ese punto, caduca la comprensión por lo que habría que resguardarse, colchón adentro, del bravo mar existencial, inmisericorde con la pereza, la dejadez y la habladuría. Y por hablar nomás, llegamos a la conclusión de que todo lo que tiene un comienzo ha de concluir, así sin más, por demás.
-Entiendo…
El doctor Bloom tiene la capacidad de dejarme pensando por horas. He pasado noches pensando entre sueños en sus palabras. Es más, sus palabras daban por nacimiento a diversos sueños entretenidos. Es raro sacar conclusiones, ni apresuradas ni meditadas. Si bien es claro que lo que dice el doctor es cierto, por momentos a algunas cosas me niego a ponerle fin.

Mientras espero

-¿Qué pasa, compañero? ¿Se ha quedado sin inspiración? -Me dijo el hombre, vestido con su uniforme militar, que me había estado observando cabizbajo con un lápiz en la mano golpeando repetidamente sobre el papel.
-Puede ser, camarada –dije-. ¿Acaso sabe usted cómo combatirlo?
-Claro que sí. Hay que llamarla implorándole su aparición. Algunos dicen que es cuestión de sentarse y que ella vendrá. Otros hablan de dejarse llevar por ella ni bien se hace presente. Yo tengo una fórmula que nunca falla.
-Pues debería facilitármela, camarada. –dije, mientras observaba las insignias en su uniforme.
-Con mucho gusto, pero me temo que no será gratis.
-¿Así que la inspiración ahora tiene un precio?
-Como todo. Ni siquiera hablar es gratis hoy en día. El llamado a la inspiración también tiene su costo.
-Ya me parecía que tanta amabilidad no podía ser sin ningún interés.
-¡Vamos, compañero! ¿Quiere saber de qué se trata o prefiere quedarse con la espina?
-Tengo curiosidad por saber, pero no tengo demasiado dinero. ¿Cuánto me va a costar?
-Para los resultados que brinda, su costo es ínfimo. Su nombre es ideina. Vea, compañero. –me dijo el hombre dándome una de las píldoras.
-¿Ideina?
-Sí. Tiene los componentes activos que propician la aparición de las ideas. Viene en dosis de 200 y 500 miligramos, para cuando no surge nada.
-¿Se toma así nomás esta… droga?
-Oiga, no tiene por qué hablar con ese desprecio. Ideina ha salvado la carrera artística de unos cuantos. Si le nombrara, se quedaría pasmado.
– Entiendo, ¿me podría dar algún ejemplo? –dije por curiosidad.
– Roberto Fontanarrosa hubo un tiempo en que no podía crear sin ideina.
-¡Qué bárbaro! El negro, no lo puedo creer. Tan ocurrente…
-¿Vio?
-¿Cómo es que no supe de esta píldora antes?
-Compañero… ¿qué esperaba? ¿Un anuncio publicitario en la televisión?
-No, claro que no. Qué cómico sería. Y… ¿tiene alguna contraindicación tomar esta píldora?
-Quien la tome puede sufrir mareos, vértigos, diarrea y/o alucinaciones en alguna que otra medida.
-¡Qué problema si viene la inspiración junto con algo de eso! ¿No? Habrá que ir al baño con una libreta y lápiz. ¿Cuánto dura el efecto de la píldora?
– Son cuatro horas de inspiración ininterrumpida. Bueno, compañero, ¿va a comprarla o no?
-Estoy indeciso… bueno, deme dos.

Le pagué al general por las píldoras y debo decir que no me resultaron para nada baratas. Tomar una de esas píldoras iba a hacer que lo piense dos veces al menos. A decir verdad, no tenía miedo tanto por el costo sino más por la adicción a la que podía caer. La inspiración… ¿cómo decirlo? A veces no viene. Entonces uno se sienta y escribe cosas que bien podrían haberse no escrito. Que no valían la pena, como muchas de las cosas que todos en mayor o menor medida hemos leído hasta acá. Y bueno, tenía la esperanza, siempre la esperanza en nosotros, de que con esta pildorita podamos sortear el problema de la inspiración. Pero no. Me tomé una y me senté a esperar. Se me ocurrieron varias cosas, pero era más de lo mismo: alienígenas de visita a la Tierra que le enseñan el sentido de la vida al ser humano, el hombre solo ante la inmensidad del universo descubriendo todos los secretos del ser, la mujer que deja al hombre en nombre del amor a otro hombre se da cuenta de que el amor es un juego vanidoso, historias de amor en parejas adolescentes capaces de conmover a un hombre mayor, viajes interplanetarios del hombre en el futuro gracias a los avances tecnológicos descubriendo nuevos mundos en los cuales desarrollar la vida humana, la historia de un hombre que descubre el amor a través de sus hijos y amistades prescindiendo del amor por una sola mujer, gente que fabrica pastillas que producen efectos insólitos en sus consumidores, en fin, más de lo mismo. Así estuve cerca de cinco horas sin que se me ocurran cosas nuevas diferentes a las de la inspiración habitual y pensé que nuevamente había caído en una estafa. No sería la primera vez. Esperemos que sea la última. Todavía me queda la otra píldora. No creo que la tome, estoy decepcionado sinceramente. Además me asusté un poco cuando se me apareció Sor Juana Inés de la Cruz montando un caballo blanco y me dijo: subí que te llevo a dar el mejor paseo de tu vida. Me parece que voy a seguir esperando que la inspiración llegue de manera natural. Si bien, sé que hay cosas que no se compran, a veces, caemos en la tentación de probar para ver qué pasa… y nada, les narro la experiencia para que no caigan en la trampa como me tocó caer a mí.

Mímica en la literatura

Se escribe mucho y bien
Que dice poco y mal,
Letra blanda se desubica
Literatura que comunica
En un relato o cien
O en poemas sin final.

Cómo decirlo y a quién
Como degustar sin sal
Al silabear la mímica
En videos sin métrica.
Se le soltó el sutien
Al construir sin cal.

Al pronunciar la frase
No es enunciar verdades
Sólo esbozar retórica
Que a veces suena lógica
Y si cambia de envase
Sostiene veleidades.

A la postre, expresase
Repitiendo nimiedades
Que ni pobre ni rica
De oropel nos salpica,
Y el canto que versase
Contiene sus bondades.

Días de creación

Hay días que tengo tiempo y no creo.
Hay días que no tengo mucho tiempo y creo.
Hay días que ni creo tener tiempo.
Hay días que no creo, ni tengo tiempo.
Hay días que creo tener tiempo y no creo.
Hay días que no le creo al tiempo.
Hay días que el tiempo me da un recreo.
Hay días que tengo tiempo para creer.
Hay días que recreo el tiempo.
Hay días que el tiempo me recrea.
Hay días que descreo del tiempo.

Vacío de silencios

Vacío de sonidos, de palabras, de alaridos
libre de contenidos, murmullos y aullidos
una capa espesa de silencio cobra vida
y se yergue sobre el césped extendida
a lo ancho y a lo largo, como avenida
que derrite los discursos de bienvenida.
Oscura capa insomne vigila sin dormir
tu solemne insolencia tiende a malherir;
subyace lo que dijimos por las noches
entre recuerdos, discusiones y reproches
sostiene lo que callamos por raciocinio
como látigos que golpean en vaticinio
de lo que viene o se acerca, de lo que acecha
del malogrado oleoducto entre la cosecha,
los disparates que penetran en la escritura
serán las flechas que clavarán con la lectura
entre ceja y ceja o cual punzantes escarbadientes
aflorarán viejos recelos que a veces sientes
pues el ahínco no es otra cosa que ronroneo
para los ricos hay esperando gran mausoleo
que lo visiten entre coronas algunos pobres
que a sus pesares y lamentos les lleven flores.
De un vago ruido se han tejido furtivamente
miles de cuentos que sacraliza porfía gente
y en la espesura de ese silencio, oportunamente,
yace el ocaso de nuestros días genuinamente.

Gotitas

Suaves gotas, dulces gotas
gotitas que se esparcen por el aire
que vuelan, que planean, se distraen
gotas que atraviesan el espacio
que muy rápido, ni lento ni despacio
estampan su sello en superficies,
gotitas de saliva, de estornudos
gotitas de aguardiente, de cerveza
que irrumpen lo sonoro del ambiente
como el agua del algún termo caliente.
Gotitas tristes, gotitas de alegrías
desparraman por el aire las alergias
al cruzar por la avenida te saludan
que con sus caras tapadas se escudan
las gotitas que surcan sin tropezón
el sentimiento que envuelve tu corazón.

Pautas para leer este texto

Arrancaste muy embalado, pará. ¡Pará! Detenete un minuto. No sigas leyendo. ¿Seguís leyendo? ¿Ya pasó el minuto? Salteate la presente oración. Bueno, la leíste, se ve que no acatás órdenes debido a una rebeldía presuntamente tardía. Es difícil explicarte cómo tenés que leer este texto si lo vas a leer a tu modo. Hacé una pausa, respirá hondo y volvé a leer esta oración de tres a siete veces, ahí tenés más libertad de acción. ¡Pero ojo! Tenés que cumplir con lo pautado, sino no sirve. Bueno, sigamos, ¡bah! seguí vos, leyendo digo. Esta oración la podés leer al revés, de atrás para adelante. Esta no, porque el orden de los factores altera el producto, es matemático, incluso quizás más entretenido que lo literario, porque no hay tanta interpretación que darle, los números hablan por sí solos dicen los expertos. Además, son fríos, en tanto el texto puede elevar la temperatura del ambiente y del cuerpo cuando aparece una figura despampanante que te eriza la piel. A eso le podés dar la interpretación que más te plazca, no escatimes placer al leer ni imaginación que incite la misma. Deleitá, saboreá, degustá, sílaba a sílaba, palabra por palabra, y después seguí con las oraciones y con las frases hasta que se forme algo en tu imaginación que le otorgue sentido a lo leído hasta el momento. En caso de no encontrarlo, dale vueltas al asunto hasta dar con él, mirá que no es poca cosa. Porque tiene sentido, desde ya, además del humor. Muchos confunden las cosas y creen que lo humorístico no lo tiene, o no tiene mensaje, pero no siempre es así. En el caso de las burlas, en fin, no hay mucho jugo que sacarle; pero en otras cosas, el humor además transmite y comunica, ¿no te parece? Entiendo que como seguís enfrascado en la lectura no tenés tiempo para responderme, y lo acepto, no te lo tomes como un reproche. Vos por ahí querés seguir leyendo a ver hacia dónde te conduce el texto y el tipo interrumpe haciendo preguntas que no vienen al caso. En realidad, la pregunta surge como por inercia, como sucesión de un diálogo que se pierde al dar las instrucciones para la lectura del texto. ¿Qué? ¿Te perdiste? No vuelvas, acordate de la máxima: retroceder nunca, rendirse jamás. Proseguí con la lectura de las palabras que se van sucediendo, atendiendo a las indicaciones. Ahora avanzá dos casilleros y tocá el timbre. Ah no, disculpá, esa instrucción era para otro juego. Los dos casilleros avanzalos igual y seguí con la siguiente indicación, salvo que la misma te lleve a alguna instrucción anterior, porque habrás notado que es medio vueltero el texto este. En fin, no hay que bajar los brazos cuando las cosas se presentan de manera un poco difícil. Lo más importante es la perseverancia, recordá eso. Y entonces nos acercamos al fin que nos propusimos. ¿Terminaste? Bueno, ahora arrancá.

Literatura que trasciende

No hay que decir cosas trascendentes en espacios intrascendentes como este…aunque pensándolo bien, hoy día cualquier intrascendencia toma carácter de trascendente y se propaga en espacios como este o redes. Sucede que lo que cambió es el sentido de lo trascendente dándole relevancia a aquello actual que contradiga la corriente intrascendente de la estupidez.
En síntesis, éste es un buen espacio para decir, por ejemplo, ¡qué frío, che!

El beneficio de la duda

No saber qué va a pasar, como si algo pasara, tiene sus beneficios. Eso me decía Ahíto cuando le preguntaba acerca de nuestras excursiones, acerca de qué esperábamos encontrar, filmar, fotografiar u observar, sencillamente.
Salimos un viernes de abril y en el baúl cargábamos, entre telescopios y cámaras, la heladerita llena de cervezas. Recuerdo que atravesábamos la tarde cuando estábamos llegando al monte Pirámide, en el cordón serrano de las pampas. Junto con Véctor, los tres ascendimos al mismo hasta que nos encontró la noche, allá en lo alto.
-Ya estuve probando jonca –dijo Véctor, siempre dramático-. El M me queda chico, y según me dijo un médium de confianza, al más allá hay que viajar cómodo. –enfatizó- Así que ¡Vamos con el extra large!
-¡Cortala, boludo! –le paré el carro- Lo único que te queda largo son los años por vivir.
-Y si no es en el más allá, será en el más acá, otra vez. –añadió Ahíto.
-Ustedes no tienen sentido del humor, se les avejentó el espíritu.

Las primeras cervezas refrescaron nuestras gargantas. Ahíto colocó un telescopio sobre el trípode y comenzó la observación. ¡Era una noche magnífica! El cielo se puede apreciar en todo su esplendor en espacios abiertos, tanto que impresiona. Divisó un avión que surcaba los aires y le pedí que me dejara observar. Pude ver a un anciano vomitando con claridad. O lo intuí. Estrellas fugaces caían al norte y al oeste. Al otro lado, se mostraban algunas pequeñas nubes que impedían, momentáneamente, vislumbrar la Cruz del Sur.

Después Véctor se puso a boludear con el telescopio. Miraba el auto allá abajo, las luces de la ciudad a lo lejos, los vehículos que iluminaban la ruta…
-La próxima excusión es de pesca. –dijo, ya cansado.
No pasaba nada, solo la refrescante amargura de la cerveza por nuestras gargantas. Ninguno, ni siquiera Ahíto, esperaba que pasara algo, no éramos espectadores privilegiados de algún suceso. Era una noche de abril ( ¿Era abril?) que todavía no había traído el frío, eso explicaba las cervezas, la charla y el cielo despejado, una ventana abierta, indescifrable, para nosotros. Había dicho que era viernes pero la noche me permitió, al menos, dudar. Ante nosotros se desplegaba un calendario novedoso que nada tenía que ver con el gregoriano. Véctor vio una luz descendiendo sobre el campo que le llamó la atención y Ahíto se hizo cargo del telescopio, mientras me pedía que preparara la videocámara.
Aparentemente, la distancia del objeto de observación era de unos tres kilómetros y medio. Ahíto nos narraba lo que iba viendo:
-Una especie de avión plano… dos luces… hay movimientos. Aterrizó en el empedrado viejo.

Había en ese lugar un camino antiguo, abandonado por el gobierno, que atravesaba las rutas paralelas del cordón serrano. Nadie lo usaba, estaba muy estropeado por los años y la dejadez.

-Descargaron algo…cajas. –proseguía Ahíto.
Véctor y yo nos miramos con asombro, el asombro propio de esas situaciones que suceden, cuando nada pasa. La noche cobraba intensidad. La noche, la apacible noche, entraba en una fase de actividad neuronal.
-Se van. –nos dijo Ahíto. Y vimos despegar la aeronave en sentido opuesto al que la habíamos visto aterrizar sobre el empedrado.
Los tres nos pusimos a debatir qué acción emprender. Sentíamos total curiosidad por verificar lo que había sucedido. Ahíto decía que las cajas estaban allí, las habían dejado, lo cual nos inquietaba un poco. Resolvimos que teníamos que ir al lugar. Las opciones que teníamos eran dos: en auto, bordeando el cordón serrano, por ruta hasta llegar al empedrado; o caminando, atravesando el campo, bajando del monte Pirámide. Con la primera opción, estimamos, tardaríamos dos horas; la segunda, que fue la finalmente decidimos, menos de media hora.
Véctor se quedó a guardar los equipos, los telescopios y las cervezas que quedaron, en el auto, mientras Ahíto y yo emprendimos la misión, sólo con la videocámara y linternas.
En el camino nos asustamos cuando se nos apareció un pequeño zorro a unos metros, que quedó filmado con nitidez, para luego salir huyendo entre los pastizales. Cruzar una zona de cardos espinosos fue lo más complicado de la travesía. Estábamos a pocos metros del empedrado cuando Ahíto me pidió que filmara.
Finalmente, llegamos. Estábamos a unos doscientos metros de las cajas, según había estimado él. A medida que caminábamos las pudimos ver. Eran entre ocho y diez cajas, grandes, del tamaño de una motocicleta cada una.
Mientras no dejaba de filmar con intensa curiosidad, Ahíto con un cortaplumas abrió una. Lo que había dentro nos desconcertó. Entre blancos y rojos, pudimos leer claramente “Marlboro”. Rápidamente, abrió otra caja que estaba a un lado, para un resultado lapidario: “Phillip Morris”.
Me pidió que dejara de filmar. Bajé la cámara y la guardé en el estuche. Luego me la colgué al hombro, al tiempo que Ahíto abría otra caja.
-Camel. –dijo, yo había quedado un poco atrás.- Es un cargamento de cigarrillos.
-Podría haber sido peor. –le dije. Ahíto entendió.
-Vámonos antes que vengan. Esto se puede poner feo.
-Sí, mejor rajemos.
La llegada de un Vespa al empedrado desde el oeste no nos dio tiempo siquiera a poner los pies sobre el campo. Con las luces altas, atiné a responder con la linterna. Una figura desgarbada se bajó del auto, que mantenía las luces encendidas y el motor en marcha. Parado al costado del mismo, preguntó quiénes éramos y qué hacíamos allí.
-Bueno –respondió con displicencia Ahíto-, es un poco la pregunta que nos hacemos todos.
-¡Vamos! –retrucó la voz metálica y aguda- ¡No se hagan los tontos! Querían los cigarros.
-No, señor. Vinimos por curiosidad. –le dije sinceramente- No sabíamos con qué nos íbamos a encontrar.
El tipo bajó las luces y apagó el motor. Caminó unos pasos hacia nosotros y lo iluminé con la linterna. Tenía una cabeza triangular, de color verduzco, y en el centro un ojo pequeño. Vestía un sobretodo que le cubría toda la piel. No pude ver sus manos hasta que nos amenazó con un arma. Eran escuálidas.

-¡Lárguense! –nos indicó.
Comenzamos a andar, campo adentro, cuando nos llamó nuevamente.
-¡Un momento! Dénme el bolso ese. –se refería al estuche con la videocámara.
Se lo arrojé resignado. Caminamos otra vez, atravesando los cardos espinosos, y ya desde la espesura miramos hacia atrás, observando la sombra del tipo, subiendo el cargamento al carro que arrastraba el Vespa.
Ahíto había quedado enmudecido. Bordeamos el monte Pirámide, ya muy cansados, hasta llegar al auto. Véctor bebía cerveza, recostado sobre el capot.
-¡Muchachos! ¡Creí que los había raptado un marciano! ¿Qué vieron? ¿Qué había?
-Si te lo dijéramos, no creerías. –le dije con fatiga.
-¡Vamos! Concédanme el beneficio de la duda.
-Cigarros. –dijo Ahíto por fin.
-¿Cigarros?
-Es hora de largarnos de acá.
-Ya les dije, la próxima excusión es de pesca. –sentenció Véctor.

Aquellos que todo lo saben

Escribo para que no leas, leo para no escuchar, escucho para que no hables y hablo para poder callar. La gente sólo escucha lo que quiere escuchar, hay un deseo previo que antecede al orador y si éste nos complace, le prestaremos atención; caso contrario, hay mucha gente hablando.
Eso decían los visitantes interplanetarios de nuestra Tierra: es un lugar con mucha gente que habla. Poco decían del lugar, el lugar era precisamente la gente, las estructuras pasaban a segundo plano y los paisajes poco llamaban la atención de aquellos, que sólo se interesaban en gente. En fin, como nosotros, que nos envolvemos en frazadas hechas de cuerpos, ideas y sentimientos cuando tenemos frío y nos zambullimos en mares hechos de cuerpos, emociones y pensamientos cuando hace calor. Y dicen –bien- que la sal cura las heridas, mas nosotros no estamos heridos, estamos más bien como Stella: Artois. Y quien se adentra en la lectura puede salir malherido o, al menos, todas sus concepciones previas corren el riesgo de hacerse añicos o, al menos, de encontrar otro enfoque, una vuelta de tuerca al punto de vista arraigado. No así aquellos, que todo lo saben. ¿Y por qué vienen? Sencillamente curiosidad.
Uno de ellos, alto, robusto, semejante a un pívot de básquet, blanquecino, parecía dirigir la comitiva con ademanes bruscos hacia la tropilla, pronunciando toda suerte de sonidos ininteligibles para mí. Los demás asentían, o eso era lo que me parecía desde la observación atenta que hacía de la situación. De repente, el grandote subió y los demás arremetieron con furia por la escalinata detrás de él, casi atropellándose los unos a los otros. Serían no menos de veinte, con indumentaria de colores parcos y oscuros, a rayas. Luego de un leve sonido agudo, comenzaron a crujir las hojas secas y los troncos sobre los que se asentaba el navío, que en un rápido despegue se alejó de mi visión, perdiéndose en el horizonte en breves milisegundos.
Todavía me pregunto por qué no me habrán querido llevar y optaron por dejarme sin la compañía de mi amigo Fermín. Él descreía de estas cosas, al punto de tacharme de loco cuando le hablaba de las apariciones que hacían en uno u otro punto del espacio terrestre, cuando le mostraba los archivos desclasificados de la NASA que daban cuenta de valiosos testimonios de su llegada o de las misiones que se filtraban a través de radios que interceptaban su mensaje y habían podido decodificar. Fermín, más Dios que ateo, sólo creía en la verdad, libre de ambigüedades y de contradicciones culturales. Tal vez mi perorata haya sido capaz de inocularle la duda en tales ámbitos, no lo sé, tal vez. O quizás de tanto escucharme quiso obtener algo en mano que no pudiese refutar y a las pruebas me remito ahora él está… bueno, vaya uno a saber dónde se encuentra Fermín.
Por lo pronto, espero que se encuentre bien. Aquí lo espero para que me cuente, con lujo de detalles, la travesía sideral.

Sueños de vigilia

A veces los sueños de los hombres se hacen realidad o, mejor dicho, tienen su reflejo en la vigilia ( ¿por qué razón deberíamos llamar al sueño irreal? ). Y a veces, no obstante, los sueños que tienen lugar cuando dormimos no desaparecen totalmente con la llegada de la vigilia, al abrir los ojos, sino que se entremezclan en un todo que nos envuelve. Y a veces, sin embargo, algunos de esos sueños se tornan pesadillas que creemos olvidar al despertar, o al menos evitamos con ello su discurrir que parecía –en sueño- inevitable.
Lo mismo ocurre con la vigilia, que no siempre es pura y carga con ella sueños y ensueños, visiones y fantasías, ilusiones y temores, que con el transcurso del día se van desvaneciendo hasta que caemos dormidos en algún sueño maravilloso del que no querríamos despertar.

El trovador baqueano poetiza el cenit

Mediodía sobre la ciudad, sobre el césped castigado por la bordeadora, sobre los árboles que dan vida a lo que le falta. Aquí nada sobra, nada está de más, nada es por demás demasiado poco, por supuesto mucho. El calor no es agobiante en otoño como en enero y las veredas ya despliegan sus mantos de hojas secas que crujen ante mis pasos, frente a cualquier paso, cansino o ligero, cobarde o austero, que pregona movimiento torpe o sutil, elegante o tosco, dándole tintes de colores intensos al gris predominante. Las casas pierden su color también, las pinturas que cubren las fachadas se decoloran precisamente en abril o principios de mayo, coincidente con la llegada de las lluvias, justo cuando aparezcan insectos y especies amantes de las bajas temperaturas y de la degradación ambiental. Por si fuera poco, es poco, y como mucho, debería ingerir menos alimentos. Pero es entendible o al menos intento entenderlo, al menos, es atendible, por lo que presto atención, a interés compuesto. Lo daríamos por supuesto si no fuera cierto, si el cenit no fuera momentáneo y sucedáneo, día tras días, tras la noche, y nadie ya le llevara el apunte, ni siquiera las sombras que atestiguan. Pero ahí están, como contraposición a la luz interceptada por objetos, algunas moviéndose displicentemente, otras estáticas. Veo estatuas cansadas de estos tatuajes, veo estatutos que dictan dónde distribuir los frutos de la riqueza, bien lejos de todo indicio de pobreza o ligereza que atente contra el progreso tecno, que tanta luz ha arrojado más que nada sobre los ojos. Y más que nada, todo. Me pregunto a qué le llamaré el todo sino al cosmos, aquello que todo incluye: cerdos, gavilanes, mujeres y lunáticos, trofeos y fanáticos, espadas y ensaladas. ¡Bah, puros berrinches de berretín! Tanto aquí como allá, hay mediodía, al menos tenemos esa certeza, verdad de Perogrullo. Pero, ¿Qué pasaría si…? No, no es posible pensar qué pasaría si, ya que evidentemente no. En qué extrañas formas se desenvuelve el pensamiento cuando el cenit atraviesa nuestros huesos, en qué rarezas se desentrañan los sentimientos cuando el alba ha dado nacimiento al mediodía, al trajín y al ajetreo, a la parsimonia, al letargo, a la siesta y a la prisa interrumpida repentinamente por legislación. La maquinaria retrasa el momento de ponerse en marcha, quizá por escarcha, tal vez por frío polar, demora su plan-plan, atenta a la excentricidad y a la excepcionalidad que se torna norma, devorando tradiciones y costumbres arraigadas. Particularmente, nada me resulta irrisorio cuando río bajo la corriente. Hoy no hay misa, ni ayer ni mañana, y no hay dioses rezando en el Purgatorio.

Aunque no lo veamos, el cielo siempre está

Rondan la Tierra, entre brumas recuerdos
de los pelos al viento, de frente al sol
bicicletas rodando por la ancha avenida
de la gente paseando, festín, distendida,
de que el confinamiento era del caracol
y de su paso lento, de caminantes lerdos.

Al mirar hacia arriba, esquivando pantallas,
sólo veo los techos que dibujan montañas
y detrás de barbijos la sonrisa se empaña
si los números cuadran, hospital de campaña
seguirá con su vida si al mirar tras pestañas
quien la dificultad va sorteando cual vallas.

Aunque no lo veamos, reflejando infinito
en su aura majestuosa que redime las vidas
que se lleva en el pecho, junto al corazón,
ese sol tan radiante que brilla en la razón
y en palabras sencillas va curando heridas
si reflejan valientes este cielo bendito.

Literatura y Web

La lectura puede también ser un momento de soledad, de intimidad con uno y la obra literaria, de encuentro con lo desconocido, de bienvenida a lo que en principio nos parecía extraño pero que luego se reconoce y resulta tan querido al saborear; la lectura abre, despierta y puede llegar a sacudir y, empleando la terminología actual, puede ser un momento de desconexión. No obstante, la lectura de literatura en la web o digital no proporciona ni facilita esta facultad a las obras publicadas. Tanto en redes como en blogs el lector sigue rondando o, mejor dicho, su cabeza sigue rodeada de todo lo que ello involucra y es difícil que tenga tal independencia mental como para desprenderse y abocarse o zambullirse en la lectura de lleno, salvo en contados casos. Pareciera como que el lector tuviera la intención de nadar en la piscina pero sólo se moja los pies, o ni siquiera eso, los zapatos. Y no hay allí cuestión de culpabilidades, ni de pereza del lector, sino que la misma dinámica audiovisual que se le imparte –lo quiera o no- lo lleva a eso, ni tampoco se puede responsabilizar al autor de las obras que despierten la atención, ya que cada escritor ofrenda lo que tiene para ofrecer al mundo dentro de sus posibilidades, talento y capacidad.
Ahora bien, el momento de lectura que antaño era consagrado ( y probablemente lo siga siendo entre aquellos que se abocan a la lectura de libros ) se pierde irremediablemente entre el consumo periódico de otro tipo de publicaciones de las que dan cuenta la inabarcable web. Y esto no quiere decir que no haya libros que sean malos y que sólo las redes son capaces de proporcionar basura, ya que los desechos de la cultura son más antiguos que lo que registra la historia escrita y máxime en materia artística. Tampoco se indica aquí que lo masivo sea bueno, sino que tiene algún atributo o virtud que hace que le llegue a mayor cantidad de gente, entre los cuales puede haber escaso criterio y entendimiento poco desarrollado o estar dando sus primeros pasos en lectura literaria. No obstante, estas obras, veneradas a veces, son las que tantas veces terminan por alejar al público de la literatura, ya que se forman ideas del conjunto en base a lo que van conociendo y, donde se presenta alguna con cierta dificultad, se alejan para consumir productos –en principio- más fáciles de consumir, valga o no la redundancia.
Por otra parte, leer literatura es como seguir el hilo de un pensamiento o, más bien, del pensamiento; y éste tiene idas y vueltas, curvas y contracurvas, avances y retrocesos, claridad y oscuridad, lucidez y regresión, dependiendo del autor y su talento, nuevamente, para comunicar. No se trata de que leer literatura sea una cuestión difícil o exclusiva de eruditos, sino que merece su dedicación, atención y esfuerzo y, por si fuera poco, muchas veces no ofrece frutos demasiado sabrosos. Por todo esto y por más ( la desvalorización de la literatura en sociedad, la proliferación de libros de autoayuda en librerías, la publicación constante y masiva de frases recortadas en redes ) es deber del autor esmerarse con tesón al momento de escribir literatura para que, al aparecer el lector adecuado navegando por la web, le salte a la yugular.

La acción del pensamiento

Escribir no es hablar, hablar no es redactar
escribir es al habla lo que la música al respirar,
y el llanto busca consuelo reptando también el suelo
el canto por aquél duelo no emprende tampoco el vuelo,
sólo nos queda la aurora y el presente a toda hora
no tiene, perdón, demora quien al hablar devora
ni tiene, disculpe, gracia quien vende torpe falacia
ni hay dolor, qué desgracia, que otorgue la verbigracia.
Por eso, entiendo, callar; hablar, opinar, comentar
es la acción del pensamiento que tiende a recompensar
y escribir -así al fallar- sublimando el sentimiento
puede dar cauce al pensar, morigera las alas del viento.

Cuarenta

Son cuarenta los colores de este cuarto
y son cuarenta los dolores en el parto,
son cuarenta los parientes del reparto
son cuarenta anzuelos que me ensarto.

Luego cuento, uno a uno, los agujeros
de este queso, aún sin saber de números,
luego cuento con palabras los veleros
también canto con palabras los boleros.

Son cuarenta los días que me quedan
y cuarenta las noches que me esperan,
son cuarenta los ladrones que se llevan
las cuarenta canciones que me elevan.

Luego escucho, una a una, la melodía
los sonidos y las voces en la armonía,
no se estanca en la quietud la travesía
vibra el corazón, en la música confía.

Tenemos brújula

La mente cósmica
Lamento típico
La menta rítmica
La manta ríspida
El manto o túnica
El monte lúdico.

El mito estético
El mote impúdico
La mata clínica
El mate térmico
La meta química.
La mota rústica.

El muro ilógico
El mudo lánguido
La muda higiénica
La musa insípida
La masa tórrida
El mazo acérrimo.

Y sin esdrújula
Nos queda el cúmulo,
Tenemos brújula
En la currícula
De algún forúnculo
saldrá la música.

Que digan vértigo
No es la carátula
Es sólo el término
Que no es recíproco.
No espero el látigo
(Tan sólo un céntimo).

Hay algo utópico
Y un deber cívico
Que como mínimo
Me deja pétrido,
Y tan poco lúcido
Que quedo incrédulo.

Pensando vívido
Durmiendo incómodo
Te escucho prístino
Tu voz nostálgica,
Y sin mecánica
Suena narcótica.

Donde pongo la atención

Esta tarde, un pensamiento me hacía feliz, hasta que de repente llegó otro a ocupar su lugar que me entristeció bastante; sin embargo, detrás, otro se acopló para excitarme, lo quise retener pero fue desbancado por otro que me enfureció; no obstante, otros pensamientos me dieron algo de calma hasta que apareció otro que me preocupó un poco. Algunos acontecían sin reacción de mi parte, tan sólo los veía pasar sobre mi cabeza.

Y así se sucedían los pensamientos, uno tras otro en el tiempo y el espacio, como distracciones de la atención sobre diversas cosas, como moscas volando sueltas en un establo, hasta que me dormí sin saber en qué estaría pensando.

Suspensión

Se suspende todo hasta nuevo aviso
disculpe que se lo digamos así tan impreciso.
Se suspenden los partidos, el mate cocido
se suspenden espectáculos, la cosecha de tubérculos
se suspende el estornudo, sobre el pecho los escudos
se suspende tomar mate, los besos, el chocolate
los polvos, las reuniones, las comuniones
las orgías, el sauna, las estaciones
las funciones, los trastornos, las defunciones
el antropocentrismo, las transacciones
la ceremonia del té, la parsimonia, la siesta
se suspende la orquesta, el tereré y toda fiesta.
Todo el mundo quieto, en lo posible no exhale
que el malestar le resbale, no cambie fusibles
no baile, no cante, no tosa, piense en otra cosa
se suspende ser humano y abrazar al hermano
se suspende el rocanrol, gritar un gol
el saxofón, el colegio, el reguetón
se suspende la cerveza y el tabaco
el comercio, la delincuencia y el olor a sobaco
se suspenden los cambios radicales en el mundo
se suspende la rotación de los planetas (sin exageración)
se suspende la ideología y la biología
y se suspende la puesta del sol y el alba
la visita interplanetaria, la malaria
se suspende la pobreza y suspendan la tristeza
se suspende la paranoia y la hipocondría
se suspende seguir el ritmo del viento,
se suspende la información y la televisión
se suspende el llanto, la bronca, el espanto
se suspende la lectura y todo atisbo de locura.
Se suspende la existencia sin resistencia.
Se suspende el uso inadecuado de la mente
se suspende el sufrimiento de la gente.
Se suspende el orgullo y el murmullo
se suspende el desánimo y la frustración
se suspende la circulación, la rendición
el juicio, el criterio y toda ambición
se suspende la extremaunción
la irritación, el ansia, la procreación,
se suspenden las películas de suspenso
los sabores y el olor de un café intenso
la música que suena a lo desconocido
se suspende todo pensamiento retorcido
y la literatura de ciencia ficción,
se suspenden los traumas y la empatía
se suspende toda ficción y la fantasía,
se suspende desde ya la preocupación
se suspende la numismática y la astrología
se suspende el tiempo y la diversidad
tomaremos la suspensión con seriedad
se suspende el sentido del humor
se suspende todo indicio de temor
con la máxima que sea de su elección
para algunos será omnia vincit amor,
y este texto ahora queda en suspensión…

Háblale de calma

No le hables de muerte
Háblale más bien de amor,
No digas destino o suerte
Dile que se vaya al temor
No calles tu voz serena
Deja que extinga las penas,
No toda sombra es obscura
Hay presencias sutiles, puras,
Háblale de posguerra
Y del renacer de la Tierra
Del noble sentir fraterno
De un cielo envuelto en infierno,
Dile que sortearemos ésta
Y otra vez tocará la orquesta
La preocupación atravesaremos
Que haciendo el amor reiremos,
Que el niño, al amanecer,
Duerme y sueña en placer
Que su mundo se despliega
Con todo por conocer,
Que la experiencia se renueva
Y vivaces podremos crear
Por ello hay que descansar.
No es la noche que se abalanza
Es el alba que da esperanza.

Seguidor que sigue para ignorar

Me enredé en las redes
Y nada sucede,
Me morí de hambre
Y cené matambre,
Me aburrí del mundo
Y lo encontré profundo,
Te seguí siguiendo
Y tú te ibas yendo,
Me perdí en el centro
Y fue lindo el encuentro,
Me quedé sin aliento
Y brindé el momento,
Me acalló el ocaso
Y fue el primer paso.

Toc Toc

Tu odio computa
triste odisea cósmica
tras otros cacharros.
Tienes ojeras, cariño,
¿Traes oprobios comunistas?
Tengo oído catártico
trato, Olivia, conquistarte
tuviste olfato conmigo
tipo ontogénico coloquial;
tus ojos castaños
tiritan obtusamente, circulares,
tus obscuros cabellos
transmutan ocres-carmesí,
tu osamenta cabalga
tus orejas cotizan,
-tu ordenanza corrijo-
tu origen cómplice
te ofrenda clamor.
Traigo oficios catalanes
tendrías, observa, ¡cientos!
Trata orientarte, colibrí
tus orificios complotan
toda ostentación cómoda
tiene oropeles camaleónicos,
tengo organizado, corazón,
templarte, ósculos compartidos,
todo orgasmo, clímax,
trae orden, cosquilleo,
trae óptimas calorías
tras orbitar centrífugo
tu orbe caliente.
Tuviste otras complacencias,
temer oírme colapsa
tu óptica cortoplacista
tiene opulencia cabal.
Tiro otra colilla.
Te otorgo campante
tener orgullo capital.
Tuyo, Odín Carranza.

Escritora XXII

Éntre sus conocidos nadie leía ya. Había quienes, luego de la época escolar, habían llegado a cierto hartazgo por la lectura y ni siquiera la tomaban en cuenta como recreación. Para el resto, mayoría, no le llamaba la atención ante tantas distracciones y entretenimientos más ´fáciles´ de consumir, ya que la lectura implicaba cierto esfuerzo.
Pero Clara Migno creía, intuía, o al menos deseaba que más allá de toda esa masa de gente uniforme en ese aspecto que rechazaba la lectura, había quienes esperaban y sentían el impulso de leer, por lo que era a quienes apuntaba cuando se sentaba hora tras hora a escribir sus más nobles pensamientos. Es decir, era un tiro al vacío, lanzar una botella al mar esperando que en alguna isla desierta, alguien, un náufrago solitario que aún conservara la capacidad de leer, la recogiera y leyera sus textos.
”Escribo para mí”, se mentía a veces, “para leerme”. Ella buscaba explorar la comunicación en sus vertientes más profundas que en lo cotidiano no encontraba forma, o quizá medios para hacerlo, ya que cada quien seguía como burro a zanahoria sus pensamientos, y no los de otros. Entonces, sabiendo esto, se preguntaba por qué alguien habría de hacerlo a través de sus textos, de su obra literaria que se expandía en número y florecía en calidad. Tenía inquietudes que, por momentos, la paralizaban.
No obstante, era tal vez eso lo que mantenía vivo el impulso de escribir: lo desconocido. No saber quiénes llegarían a leerla, ignorar si entenderían lo expresado, desconocer si sería de su agrado o si le serviría como un puente para cruzar abismos o como alas para surcar el cielo. Ella escribía, como quien planta un árbol en tierra lejana y le deja el crecimiento a las lluvias y la fructificación a las estaciones; los frutos los saborearía alguien con quien quizá Clara nunca cruzara dos palabras.
Escribir en la pluma de Clara tenía tanto de misterio como de conocimiento, era una mezcla de sensaciones que convergían y divergían desde y hacia distintos puntos no localizables, salvo en su mente, su sexo, su corazón y, desde ya, sus manos y sus ojos, esos oscuros ojos negros donde uno se podía perder con sólo mirarlos.
Su razonamiento era el siguiente: un texto ya no es un lugar de morada, un lugar para estar, para un lector; mucho menos lo es un libro, un blog, etcétera. Un texto es un espacio donde el lector pasa y, dependiendo de su apertura al mismo, degustará, saboreará o se podrá llevar algo, por muy efímero que le resulte. Pero, pensaba, el texto no es algo inerte como un trozo de cartón, sino que puede llegar a tocar al lector en uno o varios aspectos. De eso se trataba la comunicación, el arte, la literatura, de llegar. Por eso Clara Migno seguía insistiendo a pesar de los intentos del mundo que la llevaban a desistir, una y otra vez, en su impulso natural, o cultural si se quiere, por escribir, por narrar, por describir, por contar, por darle vueltas a las letras, hilar caminos de palabras y estampar, con tinta o color, oraciones que le dieran –al menos- la sensación de que escribir tenía un valor que sólo el lector, tan escurridizo como pez entre sus manos, podría apreciar.

QEPD

Había tomado por costumbre mirar, en el diario local, las necrológicas. No lo hacía nomás por curiosidad sino porque esperaba alguna reacción de mi parte al ver mi nombre escrito allí, con una fecha de caducidad. Era una motivación con poca sabiduría, pero me entretenía. El tiempo era arena entre mis dedos y sospechaba que cierto día, no muy lejano, llegaría a su fin, la guadaña tocaría mi puerta y ya nada sería lo que fuera hasta entonces. ¿Y qué era hasta entonces? Poco más que lo hasta allí conocido. En principio, no es que lo esperara con deseo o lo rechazara por temor. No. Mis cartas ya estaban jugadas, sólo era cuestión de que el croupier pagara la apuesta o me dejara en la calle, de los dos lo uno. No temía perder, pero me intrigaba saber. Ese era el punto en cuestión: saber. Había dudas e inquietudes que no se habían despejado.
Hay un dicho que dice que la curiosidad mató al gato, pero si no tuviéramos el instinto de curiosidad seríamos sólo un tronco de madera que deambula insensible y sin voluntad como mera subsistencia de las especies más bajas. Seríamos una especie de gusano vestido de frac.
Mientras tanto, sigo esperando y curioseando a cada momento. Por lo pronto ya tengo tallado el epitafio en la lápida para dejar constancia de mi legado. Dice Nicasio, mi nombre, junto a mi apellido y debajo la leyenda: “Aquí ya sé”, con la que espero sembrar la curiosidad en la posteridad.

El venado

Mientras bebía un café, Arturo leía las noticias del día anterior. Entre ellas, una hablaba de la muerte de un policía que accionó su arma sin querer mientras la limpiaba. Al revolver la taza, Arturo observó una mosca que se paró en el borde de la misma. Esta tenía dos cuernos que sobresalían de su cabeza y él, lejos de espantarla, la contempló. Una rareza de la naturaleza, pensó. Levantó la taza para beber y el insecto huyó volando. Tras permanecer leyendo varias notas periodísticas, terminó de beber el café y llamó al mozo para pagar. Cuando éste se hizo presente, Arturo observó dos protuberancias en la frente del empleado que antes no había notado. Intentando ocultar con disimulo su atención, pagó por lo que había consumido y se marchó. Al salir, un perro le movía la cola jugando con una rama. Arturo la recogió y se la tiró lejos. El can pronto volvió corriendo y cuando Arturo lo miró vio que el mismo tenía dos cuernos en la cabeza. Le pareció raro, pero pensó que tendría alguna cruza con cabra o algo parecido y se desentendió del asunto. Caminó hasta la parada de colectivos y allí había un anciano esperando impacientemente. Arturo lo miró detenidamente. El hombre vestía un ambo gris y llevaba un sombrero del mismo color. Sobre el mismo, se extendían a través de unos agujeros unos cuernos parecidos a los de un alce. Evidentemente, salían desde la cabeza misma de aquél hombre.
-Lindo día. –dijo Arturo para entablar un diálogo.
-¿Qué tiene de lindo? Es un día como cualquier otro.
-El tiempo es agradable. No hay humedad ni hace demasiado calor.
-¿Y con eso se contenta?
-¿Por qué no? Hay que estar agradecido…

El hombre se subió al colectivo que se detuvo frente a él. Arturo no se animó a preguntar por su cornamenta. Luego, subió al colectivo que estaba esperando y al hacerlo vio que el chofer ostentaba sobre su testa un par de cuernos magníficos, largos y brillantes. Se sentó al fondo del ómnibus que estaba casi vacío. La música que se escuchaba lo tranquilizó por un momento. Extrajo de un bolsillo un libro que llevaba consigo y se quedó leyéndolo en el trayecto. Al bajarse, la calle estaba desértica. Bueno, no tan vacía pues había allí sobre la vereda una paloma blanca. Cuando Arturo la observó no pudo creer lo que tenía delante: la misma tenía sobre su cabeza dos blancos cuernos. Al pasar cerca, el ave emprendió raudo vuelo hacia el firmamento y se perdió de la vista de Arturo. Caminó hasta su casa, a unos treinta metros y abrió la puerta al llegar con una de las llaves. Se sentó sobre el sofá y, al poco tiempo, sonó el timbre. Cuando fue a atender vio entreabriendo la puerta que se trataba del cartero. No fue menor su sorpresa cuando observó que éste tenía dos cuernos doblados en la cabeza.
-Certificada. –dijo el cartero.
-Lindo día, ¿verdad?
-¿Qué le ve de lindo?
-Temperatura agradable, no hay viento, ni llueve.
-Agradezcamos también que no nieva ni caen bombas.

No supo cómo encarar la conversación acerca de los cuernos del cartero, que ya había observado de distintas formas y tamaños en otra gente. El tema de por sí le llamaba drásticamente la atención, pero no tenía a quién recurrir. Firmó la planilla del cartero y se despidió. Ingresó nuevamente a la vivienda y abrió la carta que había recibido. Era de su amigo Enrique, que estaba viviendo en Bogotá hacía unos meses. En ella, le narraba sus dificultades económicas y un mal trance que sufrió con una mujer. Cuando terminó de leerla, retornó a su pensamiento la idea de averiguar el origen de aquellos cuernos. Desistiendo de la posibilidad de preguntarle directamente a quien los llevara en su cabeza por pudor o vergüenza, sólo le quedaba averiguar con Nancy, su novia, si es que ella sabía de qué se trataba el asunto. Algo que dedujo de todo aquello era que sólo lo había visto en hombres. ¿Se había cruzado con alguna mujer? Si, en el colectivo había dos damas y ninguna llevaba cuernos. Y de los animales no podía determinar su sexo. Se tomó un taxi a la casa de su novia. El taxista, por supuesto, llevaba en su cabeza dos largos y delgados cuernos. Ya no le llamaban tanto la atención el hecho de saber que todos los tenían, sino sólo sus extravagantes y diversas formas. Pagó el viaje y se bajó en la puerta de la casa de su novia. Tocó el timbre y enseguida estaba ella en la puerta.
-¡Arturo! ¿Qué hacés acá?
-Te vine a ver. Además, hay algo que me inquieta.

Ella lo besó y luego ambos ingresaron a la vivienda.
-Creo que estoy viendo visiones.
-¿Por qué? ¿Qué viste?
-Todo el mundo tiene cuernos.
-Ah, sí, es normal porque ya entró en vigencia el decreto.
-¿Qué decreto?
-El decreto presidencial que obliga a los machos a implantarse cuernos. Según estudios científicos, los animales que tienen cuernos sólo atacan en defensa y nunca a las hembras. Así, desaparecerán los asesinatos y el maltrato a la mujer. Me parece una medida sensata.
-Es una locura.
-Mirale el lado bueno. Con cuernos se termina aquello de la gastada por infidelidad ya que todos están en las mismas condiciones.
-¿Y me los voy a tener que poner?
-El viernes. Como vivís en babia, yo misma te saqué el turno.
-Qué desgracia…No sé si darte las gracias.
-Decime, ¿qué te gustaría? ¿De okapi, de cabra, de antílope?
-Creo que de jirafa.

Lectura ensangrentada

El boicot a la lectura
orquestada en sociedad
derrama ensangrentada
a la poderosa literatura.
Se ofrece con vigor
un cristal para observar
la irrealidad televisiva
al aventurado lector
declarando en su misiva
su atención ha de captar.

Mire aquí, vea allá
¿Esto es nuevo?
¿Qué pasará?

La neurosis se acrecienta
el espectador se impacienta.
Lo quiero todo
and i want it now.

Lee, que si sólo fuera eso
sería insigne problema
pero el fuego a veces quema
si se queda con tu seso.

Aunque todo se avejenta
no replicaré a su afrenta
la lectura está clavada
como hacha bien afilada.

La tensión que se prolonga
en la imagen diva oblonga
me ha de dejar sosegado
tras haberte lejos besado
bella joven de recta figura.
Brindo hoy por tu hermosura
mañana, por tu linda locura,
pasado, por la firme literatura
que de moda no ha pasado
y al vivir te ha despertado.

Sin voz ni voto

No tenemos sofá para recostarnos
No tenemos piojos para rascarnos
No tenemos sed para emborracharnos
Ni tenemos voto para acomodarnos.

No tenemos voz para expresarnos
No tenemos guita para adornarnos
No tenemos cartón para acostarnos
Ni tenemos mugre para bañarnos.

No tenemos ringtón para atenderte
No tenemos amor para quererte
No tenemos ni fortuna ni suerte
Ni tenemos siquiera lecho de muerte.

No tenemos palabra que hable muy fuerte
No tenemos loción para conquistarte
No tenemos noción de lo que era el arte
Ni tenemos siquiera ganas de verte.

No tenemos sueño para ir a dormir
No tenemos tiempo ni para morir
No tenemos a quienes seguir
Ni tenemos burdas formas de vivir.

No tenemos nada que construir
No tenemos que ir ni venir
No tenemos ya qué consumir
Ni tenemos nada ni para aplaudir.

No tenemos dónde relajarnos
No tenemos cómo tensionarnos
No tenemos razones para complacerte
Ni tenemos bronca para odiarte.

No tenemos cómo presentarnos
No tenemos forma de ausentarnos
No tenemos preguntas para formularte
Ni tenemos altura para responderte.

Indicios de insatisfacción

“Esperás demasiado de la gente. No tienen tanto para darte”, me dijo. Podría haberme dicho algo más interesante, algo más jugoso, pero en cierta forma tenía razón, siempre esperaba algo más sin saber bien qué era. No estaba contento con las situaciones, las expectativas que tenía eran grandes, demasiado grandes como para estar contento con pequeñeces, no me daban satisfacción esas frases sacadas de canciones que hablaban de apreciar las pequeñas cosas, por la sencilla razón de que tenía ambiciones muy altas como para alegrarme con una mirada bondadosa, una frase amable o un polvo de rutina. Y así, me movía buscando, probando cosas nuevas o tal vez viejas recetas de las cuales me sentía un creador de ellas, sin saber -hasta que alguien me lo daba a entender- que todo eso que se me ocurría en mi imaginación ya había sido pensado, e incluso quizás daba letra a uno de esos libros de autoayuda, tan aborrecidos por los literatos como amados por los libreros que veían desfilar cientos de consumidores voraces todas las semanas de tales piezas que encajaban a la perfección con la cultura actual y hasta probablemente sería la base fundacional de una nueva sociedad, nueva en el sentido de que el sinsentido se renovaba con cada aparición de las novedades. No sé, tal vez estuviera demasiado cansado como para equiparar mi estado al de las cosas que sucedían en el entorno. Lo cierto era que pareciera que nadie te ayuda gratis desde el psicoanálisis, la mercantilización masiva y la autoayuda, por eso me había acostumbrado a tomar prestadas las fórmulas que certificaban algún tipo de éxito; las ponía a prueba por algún tiempo hasta que me resultaban tediosas. Evidentemente no era eso lo que buscaba, pero tampoco me conformaba con la degustación; había llegado a probar sabores insólitos habièndolos desestimado tiempo antes. Sin dudas eran nuevas experiencias, tenía la posibilidad y la capacidad que nunca dejaba de asombrarme de saborear de forma casi ilimitada, era una de las tantas maravillas que vivíamos a diario. Entonces, ¿por qué le seguía consultando a él qué era lo que estaba buscando, qué quería, en síntesis? Un facultado no tiene todas las respuestas y él ya me lo había dado a entender reformulando mis preguntas, desviándolas hacia asuntos ‘motivacionales’, pero yo tenía sobrados motivos para seguir buscando respuestas a esas cosas que mantenían inquieta mi mente, perturbada ante el menor indicio de insatisfacción. “Soy feliz”, le dije, “ese no es el problema”, enfaticé. Pero él me seguía dando conceptos que no llegaba a entender del todo, tal vez por hacer fácil y expresable algo que era difícil de comunicar, al menos no me llegaban sus palabras, si es que me decía algo porque lo que notaba es que me hacía verbalizar casi todo a mí, cuestión que no me costaba lo más mínimo, sólo tiempo de consulta. “Usted tampoco tiene tanto para darme”, le dije finalmente; a lo que respondió con un tecnicismo que inhabilitó mis capacidades de comprensión. Él sabía que me tenía atrapado en una telaraña, como una mosca indefensa, y que llegado el momento me devoraría sin contemplaciones.

La visión mítica

Íbamos camino a la playa, en el Roll Royce de Maratón Díaz, cuando vimos que desde la garita de vigilancia nos hacían señas para que detengamos la marcha. Maratón, obediente, desaceleró y estacionó unos metros pasando la garita. El oficial que hacía las veces de vigilante se acercó al vehículo y asomó sus barbas a la ventanilla donde Maratón ejercía la conducción. Lo observé detenidamente, con atención en su rasa barba.
-A este tipo lo conozco. -le dije a Maratón.
-Sí, creo que es el de la tele.-me dijo en voz baja.
-¡Claro! Es Vigilio. ¿Te acordás que nos regateó un voto vez pasada?
Nuestra conversación con Maratón fue interrumpida por una tos seca de Vigilio.
-Disculpen… ¿van para allá? -dijo Vigilio señalando el puerto.
-Sí. ¿A qué viene la pregunta?-dijimos casi en una voz.
-Este trabajo me tiene podrido. Quiero ir a recorrer un poco las costas. ¿Me llevan?
Maratón me echó una mirada escrutando. Asentí con la cabeza.
-¡Suba! -señaló Maratón.
El ex vigilante y ex oficial subió al coche agradecido. Enseguida se pusieron a debatir en torno a la política, cómplices en sus obras para la sociedad, que nadie le encomendó. Mientras, observaba por la ventanilla lo que me parecía la caída de un meteorito, paralelo a la ruta por la que viajábamos. Maratón, de vista perfecta, me cortó la inspiración:
-Es un ovni. -sentenció. Y en el primer cruce, ante el silencio de los tres, se metió por un camino rural.
Ninguno observaba ya el camino. Nadie recordaba la playa ni sabíamos distinguir si la radio emitía un reggaeton o un tango, abismados por la aparición que se había suspendido delante nuestro, contrastando con lo que quedaba de ocaso.
-No puede ser.-repetía una y otra vez Vigilio
Maratón había detenido el coche y el motor se apagó sin interacción de la llave. El platillo, que se mantenía suspendido, había comenzado a descender delante de nuestras narices muy lentamente, hasta que aterrizó. El impacto en nuestros corazones era tal que sólo oíamos nuestras respiraciones intermitentes.
De pronto, paralizándonos por completo, salvo nuestro sentido de la vista, una escotilla de la nave, que octuplicaba el ancho del Roll Royce, se abrió, elevándose.
Una silueta se asomó e inmediatamente una especie de escalera se desplegó delante. Nuestro asombro no nos daba tregua. Estábamos solos ante el fenómeno. ¡Miento! Detrás del vehículo había un turista en bicicleta. A quien suponíamos sería el primer alienígena en tener contacto con seres humanos se le había dado por poner mayor suspenso a la situación. No alcanzábamos a distinguir, tras la sombra de la aeronave, correctamente su figura. Pero lo imaginábamos extraño. Todo era suposición en nuestros pensamientos pues la oscuridad, a esa altura, nublaba cualquier atisbo de visión.
A todo esto, que el alienígena no descendía, el turista, a nuestra derecha, se nos había adelantado y avanzaba rápidamente, habiendo dejado la bicicleta detrás del Roll Royce. En su andar, nos distrajo y no alcanzamos a ver el reingreso de la escalera pero sí el cerrar de la puerta de la aeronave. La misma, elevándose en espiral, desapareció de nuestra vista.
Quedamos pasmados, en una especie mezcla de éxtasis con desilusión. El turista se dio vuelta, y Vigilio lo reconoció:
-¡Es Reviro! ¿Qué hace Reviro acá?.-inquirió.
Reviro Monfrinotti era un aclamado e ilustre filmador de eventos paranormales y había dado varias conferencias por todo el globo y en diversos medios.
Se acercó, con una sonrisa amplia, y exclamó:
-¡Lo tengo todo! ¡Todo!-señalando su celular.
Los cuatro quedamos impávidos. Habíamos estado a un instante del momento que cambiaría nuestras vidas, y probablemente el de la humanidad. Pronto en redes sociales un video de la penumbra, grabado en vga, se haría viral.

El crack

Pinceladas sobre “Pasta de campeón ( la verdadera historia)”, un relato de Martín Díaz.

En verano, el sol parte la tierra en dos. Sobre la parte en la que pisan los gentíos, queda una pendiente que hace que los autos desciendan a los balnearios y sus ocupantes caigan con ánimo festivo sobre las aguas que otra vez los devuelven a la orilla, pero éstos en una insistencia pueril intentan doblegar la fuerza de la inmensidad que los refresca y le hace olvidar todo lo demás, y la escena se repite hasta el cansancio de aquellos o hasta que son tragados por la otra. De un modo u otro, indefectiblemente vence el mar. Del otro lado de la tierra, los días en el barrio son largos, y el fútbol se juega de la mañana a la noche. Dependiendo la cantidad de los partícipes, si son dos, el juego es un arco a arco. Si de repente aparecen un par más, se juega un veinticinco o se corta la calle con dos ladrillos en una punta y dos camisetas en la otra armándose un picado. En éstos casos la jugada se invalida cada tanto al grito de ¡Bici! o cuando algún conductor en su auto considera que su lugar en el mundo fue un error del destino y se dispone a cruzar el abismo que lo acerque al océano y lo aleje del estupor. Pero a las tres de la tarde, siempre ( pero siempre ) estaba ahí en el parque. Un muchacho alto, con no muy buena forma física, de zapatillas negras, las medias blancas hasta las rodillas, un pantalón largo cortado sobre las rodillas, de chomba de vestir un poco gastada por los años y un gorro de lana bicolor que le tapaba los rulos. Cada tanto pasaba algún transeúnte que no sabía de qué lado de la tierra le tocaba vivir, y al atravesar la cancha su desconcierto crecía, pues la misma cruzaba todos los juegos –como hamacas, toboganes, calesitas e incluso algún monumento- que eran un obstáculo más dentro del mismo partido. Los arcos, desde ya, no tenían travesaño, lo que disparaba peleas interminables para determinar los goles; a veces algunos se iban a las manos, pero enseguida la redonda volvía a rodar y todo se olvidaba rápidamente. Como árbitro no había, cada quien cobraba lo que cobraba y todos estaban de acuerdo con esta reglamentación natural del juego, la cual le daba más respetabilidad y dinamismo a cada encuentro. Éste muchacho era descendiente de tano y, como tal, un tanto fanfarrón, pero de corazón criollo, que cualquiera con un poco de sensibilidad la vislumbraba en el brillo de sus ojos claros o en la rispidez de su sonrisa. A veces, cansado, se sentaba a mirar el partido que raramente se detenía y lo veías tomando un poco de agua desde atrás del arquero. La diferencia entre los pibes de los clubes y acá en el parque es el estado físico. Pero acá, vienen de todas partes y se comen goleadas y apenas si la ven pasar. El otro día vinieron tres de Carasucias y no la vieron ni cuadrada. ¿Sabés qué pasa? El fútbol  es un juego de vivos, acá no hay categorías, puede jugar tanto un nene como un veterano, y el instinto con la pelota se desarrolla como un embrión sin que nadie le enseñe cómo tiene que crecer y los que juegan acá escuchan hablar de escuelas futbolísticas y si no les dan el cargo de director o alguno superior no quieren saber nada. Acá el partido termina cuando ya no queda luz, si es que no se cansaron todos antes y ya no quieren jugar. Y si bien, el encuentro de cada día hace olvidar el resultado del día anterior, ganar lo es todo. El gordo, que en el parque juega de local, tira paredes con el tobogán, usa los árboles como cortina y busca la devolución con un mástil, es crack. Pisa la pelota y mete un caño de taco para pasarlo por arriba cuando el defensor queda desparramado por el piso y define con un toque suave que ni el mejor arquero adivina. Cada tanto pasa entre dos al feroz grito de ¡Ole! y esos se quedan masticando bronca mirando cómo se la cucharea al arquero. O amaga para un lado y sale para el otro, y el defensor parece un molinete de metegol que no sabe dónde está la pelota. Si nadie sabe lo que es la felicidad lo puede ver jugar al gordo y dar cuenta de que no sólo existe, sino que es posible encontrarla en vida. Algunos dicen que si no estuviera gordo jugaría en otro lado. Pero si está gordo es porque respira fútbol al levantarse, come fútbol todos los días, e incluso se le va la mano con el postre, que también es fútbol. Cuando el partido termina él no se entera de los elogios que le propinan los demás porque al caer el sol empiezan a fabricar y hay que aprovechar la temporada estival. ¿Sabés cuántos jugadores salieron del parque que después llegaron a jugar en primera? ¡Un montón! Y ni te imaginás las de veces que me quisieron llevar a mí. Pero no. Los clubes son una mentira. ¡Se la pasan corriendo! pensando horas qué van a hacer cuando llegue el partido y si le tirás una pelota no saben ni para qué sirve. ¡No se divierten nunca! Para colmo, si no tenés algún arreglo, con suerte, comés banco todos los sábados y a la redonda recién la mirás por la tele, con nostalgia. Lo mío es acá. Todos saben que tengo pasta de campeón, a mí nadie me la va a contar. El fútbol es esto papá, es picardía, viveza, no es para cualquiera, y si querés jugar vení al parque a las tres que ahí siempre te voy a esperar.

Retiro espiritual

Me gusta romper esquemas, sacar diálogos del contexto al que se someten, diseccionar el libreto en el que vivimos, responder por ejemplo:

-¡Leo! ¿Cómo andás??
-Anoche, a las dos cuarenta y cinco.

-¿Cómo ves la situación económica del país?
-Siete a uno, codificado.

Romper los cánones:
-¿Qué decís? ¿Qué contás?
-La epístola papal dio resultados negativos, mientras el euro cotiza estable a la espera de un posible quórum en Pisa.

Destruir algoritmos de pensamiento arraigado:
-¿Qué hacés Leo?¡Tanto tiempo!
-Tu actitud escatológica me provoca glamorosos espasmos, tu tormento será flores en días donde la fauna sea exiliada por los terratenientes, ávidos de minería de alta rentabilidad.

Tocar puntos ocultos:
-Sr., ¿me dice la hora?
-La tarde no tiene parangón, en todo caso, si el calor cede, abrácese.

Purgar condenas socioculturales:
-¡Buen día!
-Será vuestro siempre y cuando calle el alba previo al ocaso de gallos ciegos y gallinas cojas.

En definitiva, me gusta el yodo, el ácido fólico, la taragüí y tu desconcierto.

Perros de la calle

El verano nos agobia de calor
ningún hueso nos quita este sopor,
andaremos esquivando algún motor
y en un pozo de la tierra algo mejor
encontrar, que entre tanto pavimento
escasean el agua y el alimento,
mas al anochecer hay salvación
si una estrella nos obsequia una canción,
en un charco hallaremos redención
un gran árbol nos dará la protección.

Figuras

Nadie se detiene en la lectura
lo efímero invade la cultura,
se acostumbra sentirse la amargura
sólo nos quedan restos de estructuras
que amalgaman imagen y letra dura
o tan suaves que se tornan alma pura,
y si el poeta nos regala una figura
a ese verso le daremos sepultura.

El arte no es información

El arte no es ninguna información
él es más bien sutil comunicación,
la poesía es la rama de un frondoso
y sublime árbol que te llenará de gozo
con su sombra, tan gentil, benevolente
que apacigua enervaciones de tu mente
y te lanza una soga si caes a un pozo
para que escales con todo alborozo,
pues se dice que también es redención
y es del alma la más regia expedición.

La poesía, que no tiene explicación,
da motivos para recobrar el amor
que en trayectos de odios de rencor
de temores, de dolores y de sopor
ha perdido la tenacidad y el vigor
se ha rendido ante la vulgar tentación
y en apariencias de vistosa ostentación
se ha quedado recluido en su interior
y el vacío ya no le ofrece un sabor,
pero un verso le otorga satisfacción.

Cuando llega la palabra tan preciada
podrá entonces la poesía ser venerada
y cortar el mal que te tiene aprisionada
como espada, si está muy bien afilada,
liberar al transmitir y tanto al comunicar
que te puede trastocar, llegar, obsesionar
como algo curioso, como toda obra de arte
como el cosmos del cual todos somos parte
que busca cuidarte, intrigarte, conquistarte
y como la luz del día, la poesía, recrearte.

Recuerdo

Si el presente es un recuerdo del futuro
y el futuro es proyección de algún pasado,
si el momento siempre es tan inoportuno
que como este, el de ahora, no hay ninguno,
no recuerdo, no lo sé, no estoy seguro
cómo fue que a este punto hemos llegado.

Raíces

Asciende por un árbol genealógico
desciende a las raíces de la humanidad,
entre tanto follaje, atisbos de claridad
todo artificio cultural suena lógico
y entre ensueños y deseos infantiles
quiere ser como un perro, como gato
por lo libre, por lo simple, por lo grato
de vivir en dimensiones poco hostiles
o que un pequeño diccionario ilustrado
le revele entre lo real, lo paradójico
o por qué mierda pueda ser escatológico
como un bosque con bananas decorado
y así tanto lo emparientan con el mono
que del árbol gigantesco va colgado;
con Natura ya se siente muy a tono
es la parca quien lo espera sin cuidado.

Al natural

En la naturaleza suelo escuchar
de las ranas, dulce croar,
de los gatos, tierno maullar,
del canario, bello cantar,
del ratón, dale cliquear
y de ti, vida mía, roncar.

Cada mañana suelo pensar
cómo me pude olvidar
de esa manera de actuar
tan frágil, sublime, de estar
en este escenario vital
que vida has osado llamar.

Si tu mirada puede ocultar
tu amor por mí sin piedad,
a ello he de considerar
quizá una falta a la verdad,
que tú has olvidado buscar
por temer a la libertad.

El libre sentir de expresar
con gozo, alegría y pensar
que lindo es vivir a la par
en dúplex, cantar y brillar
bien alto, reír y volar,
al amor un poco jugar.

El juego tan dulce de amar
nos puede algún día tocar,
quizá tú has de participar
y amando a la vida llegar
muy hondo, profundo calar,
tu alma mi cielo alcanzar.

De noche me gusta cantar,
un día te puedo encantar
y tu vida así trastocar,
tal vez te has de maravillar
con lo que puedas escuchar.
Por eso ahora debo callar.

Quisiera sólo acariciar…
termino y te dejo soñar.

CÓMO CONVERTIR UN TEXTO MALO EN UNO BUENO EN MINUTOS

Lo primero a tener en cuenta es que un texto malo se puede obtener tanto de producción propia como ajena ( salvo que usted tenga una opinión de sí mismo demasiado alta y se crea incapaz de escribir textos malos ). En este último caso se debe tener en cuenta que la obra puede ser denunciada como plagio por lo que se debe tener preparado algún tipo de defensa de la misma, si se desea conservar los derechos de la obra.

Lo siguiente es llevar el texto escogido previamente a un estado en que se visualice claramente como incompleto. Para ello, se puede suprimir uno o varios párrafos, oraciones o simplemente algunos sustantivos. Una vez realizado esto procedemos a la lectura del texto en voz alta, para percibir cómo suena al oído. Si es posible, se lo leemos a alguien que nos pueda llegar a dar una opinión valiosa del mismo, si sabemos que nos valorará positivamente mucho mejor.

Posteriormente, añadimos párrafos u oraciones ( no importa si son malas o buenas ya que el veredicto lo obtendremos al final por la obra en su totalidad ) en el sentido que más nos plazca. No escatimemos deleite. Hacer lo que más nos gusta es importante porque eso es lo que después leerá el destinatario de nuestra agraciada obra. Utilice oraciones en imperativo con moderación. Interactúe con la comprensión del lector, pero no lo adule en demasía pues puede ser muy perspicaz y quizá abandone la lectura antes del éxtasis final al que se lo que quiere llevar.

Luego, para darle mayor importancia a lo que usted ha escrito y/o robado por ahí, reemplace varios verbos por otros que no necesariamente compartan el mismo significado. No se preocupe aquí por el sentido del texto y cuestiones fútiles de esa índole. Recuerde que usted tenía entre manos un texto malo, por lo que aquello que decía allí era pura vanidad, nada de mayor relevancia. Emplee verbos desconocidos para el lector común, quien sin dudas tendrá por usted la mayor estima cuando tenga que recurrir a un diccionario para entender qué ha estado expresando usted.

Utilice libremente su sexto sentido: el humor. Hacer reír y dar qué pensar es siempre valorado por la inteligencia del ser humano. A veces la combinación de dos o tres palabras puede justificar una lectura de poco genio. Si tiene pocas ocurrencias manifiéstelo con lo mejor de su capacidad: yo no sé.

Cada vez que incorpore un párrafo, piense si realmente hay necesidad de él. Si la respuesta es negativa, añádalo sin culpas pues para todo lo innecesario hay un mercado gigantesco que comercializa un sinnúmero de productos y, finalmente, su obra no escapa a esta ley.

Si puede establecer dentro del texto alguna polémica, como por ejemplo declarar que a pesar de tanto entretenimiento que se vende aquí y allí el hombre sigue sufriendo como hace dos mil quinientos años, o peor aún, más informado, hágalo abiertamente. Recuerde que el lector agradecerá la verdad, aún cuando tenga temor a ella de manera infantil, pues es benigna y abierta. Sin embargo, si usted la desconoce no se exprese como si supiera lo que está declarando pues los reproches no tardarán en llegar y con ellos la desazón del lector.

Finalmente, quite toda ambigüedad que el texto pueda dar. Borre sin límites todo aquello que invite a la duda y a la desconfianza. Usted debe brindar certezas. Un texto endeble seguirá siendo malo, mientras que aquél que le dé cierta saciedad al lector será considerado por éste como aquél que le salvó el día, y no digo que lo tenga como uno de los mejores que leyó, pero sí como uno al que considerará sinceramente bueno.

Y… ¡voilá! Lo ha logrado.

Sosiego

Estaba cansado por el trajín de la semana, los conflictos sociales, la parálisis creativa y la turbulencia política. No obstante, salí a caminar. Estaba anocheciendo y el andar casi a tientas en la penumbra de la ciudad me despejó las ideas, templó mi ánimo y apaciguó mi espíritu exaltado. Al emprender el regreso, recorrí un camino hasta hoy desconocido por el que vislumbré nuevas arquitecturas y luminarias modernas. Unas cuadras antes de llegar a casa escuché una voz que me saludaba.
-¡Leo! ¡Leo!
Miré en todas direcciones y, aunque creía reconocer la voz, mi cansancio y la miopía me impedían encontrar al portavoz ya entrada la noche. Inmóvil, como estatua recién tallada, lo escuché nuevamente aún sin divisarlo:
-¿¡No me vé´ o so´ ciego?!

Tanta letra muerta

Letra muerta ya marchita
tinta gruesa que no palpita,
en tus trazos no hubo vida
no es como lava fundida
que no toca, que no hiere
que no llega, que no quiere
trasmitir algo al ser leída
comunión con tierra querida,
aunque un alma se derrita
con tu muerte no se excita.

Letra muerta está en la vía
que en un antro se recita,
no hay en tu sino alegría
pues nunca más resucitas.
Ni tu palabra regurgita
ni tu emoción se vomita.
Letra muerta y conocida
que te citan con porfía
cadáver de una estampida
no vive en ti la poesía.