Olor a gol

Basado en “El veterano”, relato de Martín Díaz, quien conserva los derechos de autor

El olor a átomo impregnaba todo el ambiente familiar y era impresionante cómo le despertaba los sentidos. Temprano, ya antes de despertar, había empezado con la ceremonia de los sábados. Le había dicho a la gorda que cocine unas pastas para estar liviano a la hora del partido. Su amabilidad y benevolencia potenciadas ese día pasaban desapercibidos en su ritual de entrar en partido mucho antes que el rival pise la cancha. Enrolló las vendas, preparó las canilleras, estiró las medias y el pantalón de fútbol… y cuando abre ese húmedo ropero para sacar el par de botines le da la sensación que tiene en sus manos la joya más preciada. Cada noche con la bruja, la cena en familia, el café matinal de cada lunes antes de la semana laboral, la cervecita y picada con los muchachos del miércoles, el asueto del viernes en el trabajo, los domingos con el viejo viendo el partido por la tele, todos son sueños lejanos, muy lejanos o borrosos y se olvidan en la yema de sus dedos. ¡Cuánta ilusión en un pedazo de cuero! Las vendas giran sobre los pies casi al compás de las agujas del reloj, pero mientras las medias y el pantalón lo visten él aprovecha la libertad de vuelo del pensamiento y ya está pensando la próxima jugada que hará. Los botines en sus pies le piden que ate fuerte los cordones y el reloj en la pared le dice que es la hora de partir hacia la cancha. La ansiedad lo invade y un cosquilleo en el estómago no pasa inadvertido. Qué deporte visceral, si los hay. Llegó el momento, lo sabe, ahora no puede dudar. De la casa hasta la cancha hay una cuadra de distancia. Rodeada de altos y frondosos árboles, las redes ya están colocadas y preparadas para asistir a los arqueros cuando su estirada sea insuficiente, las líneas están bien pintadas por lo que hoy no habrá discusiones estériles con el arbitraje. ¡Ahí está! El lugar más sagrado del mundo, un monumento a la vida: la cancha de mi barrio. La querida Juventud Unida, donde tantas glorias jugaron, como el Colo Vidal, fullback impasable por ningún frente, el Quelito Almada, el wing izquierdo más rápido de la pampa, el Lungo Cárdenas, centrofowar de esos que no ves en ningún lado y muchos otros que después los venían a buscar los clubes de la liga o alguno de afuera para jugar un regional, con decirte que hasta mi viejo hizo incontables goles en ese arco, aquél donde está esa casita rústica y mal pintada. Pero incontables porque en ese tiempo nadie llevaba la cuenta y hasta les daba un poco de vergüenza repasarlos verbalmente, las estadísticas vinieron mucho después para enmarañar el deporte y llevarse una buena tajada mercantil. Sin embargo, él no se los acuerda, se le presenta de vez en cuando el instante en que tiró la pelota por arriba del travesaño con el arco vacío. Las cosas que se presentan por única vez en vida son las que más se quedan grabadas en el registro memorial. Las que te sacan del abombamiento, como el fútbol de los sábados, como ese sánguche de mortadela que esperaba junto al mate cocido después del partido que nunca llegó por una derrota que puso en tela de juicio la actitud del equipo dentro del campo de juego. El grupo ya está reunido y el Pelado está dando indicaciones. Me miran y me dicen: ¡Apurate, Tinchín! La puta madre, hay que firmar la planilla. Es un trámite que no me distrae pero me jode un poco la burocracia en este deporte. Mientras estoy en la fila para estampar la firma escucho algunos consejos del entrenador: ¡Vos no te compliqués! ¡Reventala para arriba nomás! Que se vaya a cagar, quién me dice lo que voy a hacer en la cancha. Me tiran la camiseta y me la coloco. En la panza queda un poco estirada. Entro a la cancha con la pierna derecha dando saltitos y haciendo la señal de la cruz con la mano sobre el torso. Acá no falta nada. Está todo listo, es el momento sublime para el que pisa el césped. El partido va a empezar, entre algunos se miran, dan la orden y arranca. Detrás de la línea de cal lo veo a mi pibe, ¿ está nervioso o ya siente el perfume del gol? El Pelado cambia de frente y Pancho me la tira larga. Como lateral con proyección que soy, arranco con todo y siento el puntazo que me sacude el muslo.

El crack

Pinceladas sobre “Pasta de campeón ( la verdadera historia)”, un relato de Martín Díaz.

En verano, el sol parte la tierra en dos. Sobre la parte en la que pisan los gentíos, queda una pendiente que hace que los autos desciendan a los balnearios y sus ocupantes caigan con ánimo festivo sobre las aguas que otra vez los devuelven a la orilla, pero éstos en una insistencia pueril intentan doblegar la fuerza de la inmensidad que los refresca y le hace olvidar todo lo demás, y la escena se repite hasta el cansancio de aquellos o hasta que son tragados por la otra. De un modo u otro, indefectiblemente vence el mar. Del otro lado de la tierra, los días en el barrio son largos, y el fútbol se juega de la mañana a la noche. Dependiendo la cantidad de los partícipes, si son dos, el juego es un arco a arco. Si de repente aparecen un par más, se juega un veinticinco o se corta la calle con dos ladrillos en una punta y dos camisetas en la otra armándose un picado. En éstos casos la jugada se invalida cada tanto al grito de ¡Bici! o cuando algún conductor en su auto considera que su lugar en el mundo fue un error del destino y se dispone a cruzar el abismo que lo acerque al océano y lo aleje del estupor. Pero a las tres de la tarde, siempre ( pero siempre ) estaba ahí en el parque. Un muchacho alto, con no muy buena forma física, de zapatillas negras, las medias blancas hasta las rodillas, un pantalón largo cortado sobre las rodillas, de chomba de vestir un poco gastada por los años y un gorro de lana bicolor que le tapaba los rulos. Cada tanto pasaba algún transeúnte que no sabía de qué lado de la tierra le tocaba vivir, y al atravesar la cancha su desconcierto crecía, pues la misma cruzaba todos los juegos –como hamacas, toboganes, calesitas e incluso algún monumento- que eran un obstáculo más dentro del mismo partido. Los arcos, desde ya, no tenían travesaño, lo que disparaba peleas interminables para determinar los goles; a veces algunos se iban a las manos, pero enseguida la redonda volvía a rodar y todo se olvidaba rápidamente. Como árbitro no había, cada quien cobraba lo que cobraba y todos estaban de acuerdo con esta reglamentación natural del juego, la cual le daba más respetabilidad y dinamismo a cada encuentro. Éste muchacho era descendiente de tano y, como tal, un tanto fanfarrón, pero de corazón criollo, que cualquiera con un poco de sensibilidad la vislumbraba en el brillo de sus ojos claros o en la rispidez de su sonrisa. A veces, cansado, se sentaba a mirar el partido que raramente se detenía y lo veías tomando un poco de agua desde atrás del arquero. La diferencia entre los pibes de los clubes y acá en el parque es el estado físico. Pero acá, vienen de todas partes y se comen goleadas y apenas si la ven pasar. El otro día vinieron tres de Carasucias y no la vieron ni cuadrada. ¿Sabés qué pasa? El fútbol  es un juego de vivos, acá no hay categorías, puede jugar tanto un nene como un veterano, y el instinto con la pelota se desarrolla como un embrión sin que nadie le enseñe cómo tiene que crecer y los que juegan acá escuchan hablar de escuelas futbolísticas y si no les dan el cargo de director o alguno superior no quieren saber nada. Acá el partido termina cuando ya no queda luz, si es que no se cansaron todos antes y ya no quieren jugar. Y si bien, el encuentro de cada día hace olvidar el resultado del día anterior, ganar lo es todo. El gordo, que en el parque juega de local, tira paredes con el tobogán, usa los árboles como cortina y busca la devolución con un mástil, es crack. Pisa la pelota y mete un caño de taco para pasarlo por arriba cuando el defensor queda desparramado por el piso y define con un toque suave que ni el mejor arquero adivina. Cada tanto pasa entre dos al feroz grito de ¡Ole! y esos se quedan masticando bronca mirando cómo se la cucharea al arquero. O amaga para un lado y sale para el otro, y el defensor parece un molinete de metegol que no sabe dónde está la pelota. Si nadie sabe lo que es la felicidad lo puede ver jugar al gordo y dar cuenta de que no sólo existe, sino que es posible encontrarla en vida. Algunos dicen que si no estuviera gordo jugaría en otro lado. Pero si está gordo es porque respira fútbol al levantarse, come fútbol todos los días, e incluso se le va la mano con el postre, que también es fútbol. Cuando el partido termina él no se entera de los elogios que le propinan los demás porque al caer el sol empiezan a fabricar y hay que aprovechar la temporada estival. ¿Sabés cuántos jugadores salieron del parque que después llegaron a jugar en primera? ¡Un montón! Y ni te imaginás las de veces que me quisieron llevar a mí. Pero no. Los clubes son una mentira. ¡Se la pasan corriendo! pensando horas qué van a hacer cuando llegue el partido y si le tirás una pelota no saben ni para qué sirve. ¡No se divierten nunca! Para colmo, si no tenés algún arreglo, con suerte, comés banco todos los sábados y a la redonda recién la mirás por la tele, con nostalgia. Lo mío es acá. Todos saben que tengo pasta de campeón, a mí nadie me la va a contar. El fútbol es esto papá, es picardía, viveza, no es para cualquiera, y si querés jugar vení al parque a las tres que ahí siempre te voy a esperar.