Rafaelle

En su huída… ¿o tal vez fue una caída?, se encontró con un Sustituto. Y lo encontró confortable y cómodo y lleno de virtuosismo; entretenido, voraz y cargado de dinamismo. No obstante, poco a poco, sin que su ser consciente lo notara, sin notar el frío fue perdiendo por así decirlo la palabra, luego por así llamarlo el idioma, luego -por si la tuviera- la voz, quizás sin saber del dolor hasta la carucha. Lentamente, muy despacio como todos los procesos que ocurren dentro, se acomodó al ambiente, se amoldó a la norma, encalló en la horma. Y lo llamó Realidad. ¡Oh Inmaculada Imagen de la Perplejidad! ¡Ahórranos la visión tortuosa donde las almas gimen de espanto y obséquianos la melodía de las mentes luminosas!


Allí termina la historia que aquí se narra, pero no la suya.
Aún perduran rastros de su sombra al caminar. Aún quedan vestigios de su parloteo en el aire. Aún, especialmente aún, amaina el viento cuando siente su paso.

La ventana

Veo el mundo a través de una ventana. Diga mal: veo un mundo a través de ella. Es un mundo de pensamientos, de poses, de broncas, de descargas emocionales; la aparente cercanía que ostentan las redes se traduce en lejanía de las sensibilidades que participan. Es más común sentir antipatías y rechazos que penetrar en el pensamiento de otra persona. Así y todo la gente se lanza a la ventana, se muestra -o muestra un retazo de historia- y espera una gratificación a la belleza, al ingenio, a la sobreexcitación o al poder de seducción. Si el pez muerde el anzuelo habrá pique. No se perciben olores desagradables y eso parece ser un gran avance; tampoco hay rastros de perfumes que perseguir, hemos perdido el olfato de goleador, es un ambiente libre de vahos alcohol y humo de tabaco. El tacto intuye la luz y a ella se encamina: no hay piel que tocar, rostros que acariciar, labios que besar. Eso podrá darse a posteriori de acuerdo a las mareas, la dirección del viento y la virulencia de las olas chocando contra las rocas. Mientras tanto, surfeamos, construimos castillos en la arena y, desde ya, nadamos mar adentro. Hay elogios que se repiten hasta el cansancio, como las acciones de un robot arterioesclerótico; y los insultos son un reguero de verborrea cual sustitutos de trincheras medievales donde las batallas convergen en una guerra de opiniones. Los artistas no tienen cabida ni refugio, más que como mero artificio lógico que les hiciera creer que todos viven en un mismo mundo imaginario: allí cada uno, cada partícipe, hace su propio show, tiene una historia para contar o es un producto en venta al mejor postor y hay muchos espectadores en la tribuna que aplauden o silban, según el caso, alabando o reprobando, según el gusto. Aunque el espacio es redundante ( uno puede llegar a ver diez veces lo mismo en cuestión de minutos ) hay lugar para todos, pues es sabido que este agujero negro iluminado se tragará a quien ose penetrar en sus aposentos. Entretenido, variopinto, vanidoso, formal, opaco, funesto, alegre, colorido, banal, divertido, se lo puede observar como un océano de escasa profundidad: diríamos un charco donde embarrar los zapatos y caminar por sus aguas recorriendo ese mundo que se imprime ante nuestra vista. Pero he ido demasiado lejos con la visión, por lo que corro una cortina ante la ventana, apago la luz, enciendo un cigarrillo y observo, al otro lado de la ventana, una luna virtual sobre el astral firmamento.

Criterio

En los antros posmodernos de formateos cerebrales, les instalaban dinosaurios y dinero, bien desde chiquitos, estampados en la sien con alevosía como dispositivos conductuales, como para que se forjaran un criterio lóbrego que los conduzca por la viñas irascibles del Señor de la pesquisa.

Golpeaban la puerta

Dejó de buscar la felicidad entre las cosas, en las iluminadas calles, en la sonoridad de las palabras dulces, entre las gentes felices, en la fugaz imagen, en la frugal ingesta. Se acostó a dormir, después del diurno trajín, y soñó. Soñó una y mil veces que golpeaban la puerta. En uno de esos sueños, se levantó y fue a abrir. Era la felicidad.
Primero espió por la mirilla y vio una sombra. Luego, le quitó el pasador a la puerta y, finalmente, abrió. La felicidad irradiaba. La miró desde la punta de los zapatos hasta la cabeza. Luego, embelesado, le dijo:
-Disculpe, ¿Qué desea?

Palabra perdida

Estaba escribiendo un cuento y cuando promediaba el nudo de la cuestión, se me escapó una palabra. La busqué infructuosamente en el diccionario, sin suerte. Pero no me apichoné y la busqué también en gugle, aunque no estaba ahí. Consulté con expertos que me dijeron que si no estaba ahí era porque no existía, pero ¿qué eran las palabras antes de llegar a la existencia? Era la oportunidad de darle vida, aunque eso sería parte de la discusión de si las palabras estaban vivas, o se les infundía vida al mencionarlas o era letra muerta, meros símbolos que facilitaban la comunicación. Mientras tanto, trenzados en debate, la palabra seguía sin aparecer aunque mantenía en la mente su presencia, como la de un fantasma sin nombre que merodea las habitaciones de la casa en los momentos en que el resto duerme. Releí el cuento, hasta donde había perdido la palabra y no pude deducir si se trataba de un monosílabo, una onomatopeya, un vigoroso verbo o un insustancial sustantivo. Lo único que tenía claro era que se trataba de una palabra que estaba pronta, no digo ya de inmediato, a hacer su aparición en el mismo. ¿Y qué papel jugaría ella en el cuento? ¿Qué rol cumpliría? ¿Qué funciones? Bueno, eso indudablemente lo dirían las líneas subsiguientes y, hasta quizás, las precedentes. Había algo, como una espina clavada en un dedo, que le impedía al cuento proseguir en su desarrollo tendiente a un desenlace específico, y la palabra perdida era sino importante, crucial; sin ella, cualquier camino emprendido sería otro diferente a aquél que hubiese recorrido naturalmente como fluye el río hacia el mar, sorteando las vicisitudes del terreno. Aunque valía la pena preguntarse si el artificio narrativo de un cuento se trataba de algo natural, por muchas aristas naturales que contenga y/o describa. Pero no me quería escapar del tema e irme por las ramas por temor -quizá justificado- a perderme como cierta palabra que cuando estaba pronta a aparecer en el cuento, escapó. Y con esto no quiero decir que no se la haya capturado, que alguien la haya retenido o pronunciado o que tal vez reposa en una poesía de Rubén Darío, sino que escapó de mi alcance y el cuento quedará trunco o sepultado hasta tanto regrese, se presente, la reconozca y le dé su lugar en el mismo, ocupando el espacio para el cual fue pensada, como cada gota de lluvia en otoño que moja la tierra, cumple su cometido y, luego entonces sí, desaparece.

Lo que pensaban las moscas

En un pequeño bar, hay una mosca nadando en una copa de vino. Embriagada, olvidó volar, olvidó reír, olvidó llorar. Y ahora que nada en vino susurra a su bebedor: no me bebas, no me sorbas, libérame, quiero vivir; quiero volar, quiero soñar. Pero el bebedor está más ebrio que la mosca y sin notarla se la bebe de un solo trago junto con el vino.
Ya en el cielo de los insectos, la reciben semejantes y familiares.
-¿Y vos? ¿Cómo moriste? –le preguntan.
-Nadando en vino, me quedé dormida en el estómago de un borracho.
-Tuviste suerte. A mí me echaron flit. –dice otra.
-A mí me aplastaron contra una pared. –acota otra.
-A mí contra una ventana. –dijo otra.
-Bueno, no está tan mal –dice la recién llegada-, aquí nada nos falta, nada nos acecha.
-No creas, estás mal informada. Esto no es el paraíso, ni el edén como muchas pensábamos. Aquí no hay manjares apetitosos, ni podemos volar o rondar sobre los perros, porque no hay.
-¡Mierda!
-No, tampoco hay.

Picazón

Con una mano se rascaba la espalda, mientras que con la otra la cabeza, específicamente la nuca. Una tercera mano rascaba su pecho con tesón, una cuarta el cuello y una quinta mano rascaba su ombligo con espíritu investigativo. La sexta mano rascaba su rodilla izquierda, la séptima rascaba la pantorrilla derecha y una octava mano rascaba el empeine de la misma pierna con ahínco. La novena mano rascaba la nariz cuidadosamente, la décima el culo, la undécima la axila derecha y una duodécima mano rascaba el pubis con sensualidad. La decimotercera mano rascaba la ingle, la decimocuarta las costillas, la decimoquinta rascaba una mano inquieta. Una decimosexta mano sostenía un porrón de cerveza. Otras manos pugnaban por rascar lugares desocupados o reiteraban el rascado que dejaban vacante las manos fatigadas de rascar.

Microcuento o el cuento del destino

En un cuento lógico se puede ir de A hasta B, por esa vía. Pero este no tenía lógica alguna ni modo de ser pensado como tal; como no tenía argumentos era difícil de refutar.
Al parecer, el origen era A, o al menos uno podía intuir que se trataba de A, pero no de alguien o de algo, sino de A, a secas. Aunque había bastante humedad por las lluvias precedentes. Su procedencia era desconocida, por eso asumimos que el origen o punto de partida era ni más ni menos que A. ¿Y hacia dónde se podía dirigir el transeúnte? Bueno, es un buen punto, porque tenía varias opciones: quedarse en A, moverse en A, partir, etc.
El transeúnte, de quien no daremos sus datos filiatorios para no comprometerlo, se había comprometido con partir hacia B. ¿Pero qué era B al fin de cuentas? ¿Un lugar? ¿Un estado? No lo sabía el transeúnte a ciencia cierta, ni a ciencia incierta tampoco. Él sólo sabía que había algo que no era tal como lo es una pelota, por ejemplo, o un establo, llamado B, y hacia allí partió. Tenía un destino llamado B signado por el firmamento.
El transeúnte, luego de unas vivencias y aventuras increíbles que tuvo en su travesía, arribó a B. Lo curioso del asunto es que nunca lo supo; el transeúnte nunca llegó a saber que estaba en su destino, por lo que su destino se convirtió en partir, dejando en evidencia la falaz sentencia del firmamento. Partir y partir se había convertido en su destino, por lo que dejó de ser transeúnte para ser trotamundos, aunque lo recorría caminando, y a veces en colectivos.
Fue así que el trotamundos pasó por C, por D, por H o por B, y por Z. Pero su destino, como habíamos dicho, estaba lejos de permanecer.