Tubérculos

Me salió un tubérculo en el medio de la cara. Ahí justo debajo de los ojos, por encima de la boca. ¿Qué hacía ese tubérculo incrustado en el rostro? ¿Cómo había llegado a asomar sin que antes siquiera lo intuyera como un grano o alguna imperfección? Qué distraído soy. Era como tener una papa, una batata, colgando de frente. La quise retirar, con cuidado de no dañarme, pero era imposible, estaba literalmente adherida al rostro. La examiné con cuidado y observé que tenía dos orificios por debajo, realmente una rareza. Me lavé bien el rostro para detenerme a pensar qué podía hacer con ese tubérculo. Lo seguí observando con sigilo, cuidadosamente. Tenía entendido que los tubérculos proliferaban en buenas condiciones ambientales, ¿y si me seguían apareciendo otros en el rostro? ¿Cómo me miraría la gente si tenía la cara llena de tubérculos? Me llené de pasmo.
Estaba decidido a consultar un doctor, cuando recordé que en la biblioteca tenía un libro de anatomía lleno de polvo. Me puse a leer y luego de horas de investigación llegué a la conclusión de que el tubérculo no es otra cosa que una cosa misteriosa llamada ´nariz´, cuya función es respirar y percibir los olores.
Y así lo hice, respiré profundo, con un poco de alivio. Por un momento me sentí una huerta orgánica.

Un hombre bosteza

Un hombre bosteza en la parada del colectivo. Estira su mandíbula a más no poder. Bosteza largo y tendido, pronunciado y extendido. Bosteza como modo de protesta ante la tardanza del servicio público, bosteza como una queja ante tanta espera que la vida en sociedad le propone. Bosteza para no llorar, bosteza para no insultar. Un método válido, bostezar cuando algo no sale como esperamos. Bosteza mostrando los dientes, la lengua, la campanilla. Bosteza porque no tiene otra cosa mejor que hacer. Bosteza y, en un descuido, se le cuela un gorrión en la garganta.

QEPD

Había tomado por costumbre mirar, en el diario local, las necrológicas. No lo hacía nomás por curiosidad sino porque esperaba alguna reacción de mi parte al ver mi nombre escrito allí, con una fecha de caducidad. Era una motivación con poca sabiduría, pero me entretenía. El tiempo era arena entre mis dedos y sospechaba que cierto día, no muy lejano, llegaría a su fin, la guadaña tocaría mi puerta y ya nada sería lo que fuera hasta entonces. ¿Y qué era hasta entonces? Poco más que lo hasta allí conocido. En principio, no es que lo esperara con deseo o lo rechazara por temor. No. Mis cartas ya estaban jugadas, sólo era cuestión de que el croupier pagara la apuesta o me dejara en la calle, de los dos lo uno. No temía perder, pero me intrigaba saber. Ese era el punto en cuestión: saber. Había dudas e inquietudes que no se habían despejado.
Hay un dicho que dice que la curiosidad mató al gato, pero si no tuviéramos el instinto de curiosidad seríamos sólo un tronco de madera que deambula insensible y sin voluntad como mera subsistencia de las especies más bajas. Seríamos una especie de gusano vestido de frac.
Mientras tanto, sigo esperando y curioseando a cada momento. Por lo pronto ya tengo tallado el epitafio en la lápida para dejar constancia de mi legado. Dice Nicasio, mi nombre, junto a mi apellido y debajo la leyenda: “Aquí ya sé”, con la que espero sembrar la curiosidad en la posteridad.

En el periódico de mañana

Un afianzado escritor francés mató a un turista en París, en una situación trágica, cargada de metáforas, simbolismo y alegorías. A pesar del lamentable deceso, la tristeza de familiares, amistades y allegados, las erguidas coronas de flores y el largo cortejo fúnebre en un suburbio londinense, la novela fue todo un éxito de ventas y sería llevada a la pantalla grande por un destacado director de Hollywood.

Palabra perdida

Estaba escribiendo un cuento y cuando promediaba el nudo de la cuestión, se me escapó una palabra. La busqué infructuosamente en el diccionario, sin suerte. Pero no me apichoné y la busqué también en gugle, aunque no estaba ahí. Consulté con expertos que me dijeron que si no estaba ahí era porque no existía, pero ¿qué eran las palabras antes de llegar a la existencia? Era la oportunidad de darle vida, aunque eso sería parte de la discusión de si las palabras estaban vivas, o se les infundía vida al mencionarlas o era letra muerta, meros símbolos que facilitaban la comunicación. Mientras tanto, trenzados en debate, la palabra seguía sin aparecer aunque mantenía en la mente su presencia, como la de un fantasma sin nombre que merodea las habitaciones de la casa en los momentos en que el resto duerme. Releí el cuento, hasta donde había perdido la palabra y no pude deducir si se trataba de un monosílabo, una onomatopeya, un vigoroso verbo o un insustancial sustantivo. Lo único que tenía claro era que se trataba de una palabra que estaba pronta, no digo ya de inmediato, a hacer su aparición en el mismo. ¿Y qué papel jugaría ella en el cuento? ¿Qué rol cumpliría? ¿Qué funciones? Bueno, eso indudablemente lo dirían las líneas subsiguientes y, hasta quizás, las precedentes. Había algo, como una espina clavada en un dedo, que le impedía al cuento proseguir en su desarrollo tendiente a un desenlace específico, y la palabra perdida era sino importante, crucial; sin ella, cualquier camino emprendido sería otro diferente a aquél que hubiese recorrido naturalmente como fluye el río hacia el mar, sorteando las vicisitudes del terreno. Aunque valía la pena preguntarse si el artificio narrativo de un cuento se trataba de algo natural, por muchas aristas naturales que contenga y/o describa. Pero no me quería escapar del tema e irme por las ramas por temor -quizá justificado- a perderme como cierta palabra que cuando estaba pronta a aparecer en el cuento, escapó. Y con esto no quiero decir que no se la haya capturado, que alguien la haya retenido o pronunciado o que tal vez reposa en una poesía de Rubén Darío, sino que escapó de mi alcance y el cuento quedará trunco o sepultado hasta tanto regrese, se presente, la reconozca y le dé su lugar en el mismo, ocupando el espacio para el cual fue pensada, como cada gota de lluvia en otoño que moja la tierra, cumple su cometido y, luego entonces sí, desaparece.

Picazón

Con una mano se rascaba la espalda, mientras que con la otra la cabeza, específicamente la nuca. Una tercera mano rascaba su pecho con tesón, una cuarta el cuello y una quinta mano rascaba su ombligo con espíritu investigativo. La sexta mano rascaba su rodilla izquierda, la séptima rascaba la pantorrilla derecha y una octava mano rascaba el empeine de la misma pierna con ahínco. La novena mano rascaba la nariz cuidadosamente, la décima el culo, la undécima la axila derecha y una duodécima mano rascaba el pubis con sensualidad. La decimotercera mano rascaba la ingle, la decimocuarta las costillas, la decimoquinta rascaba una mano inquieta. Una decimosexta mano sostenía un porrón de cerveza. Otras manos pugnaban por rascar lugares desocupados o reiteraban el rascado que dejaban vacante las manos fatigadas de rascar.

El vendedor de cicatrices

Todos los mediodías desde la rambla comenzaba a hacer su periplo por la playa el vendedor de cicatrices.
-¡Cicatrices! ¡Cicatrices sin dolor! –vociferaba con acento extranjero.
Caminaba por la arena, con alpargatas, una sombrero de paja y unas bermudas y musculosa blancas. Sus brazos mostraban algunas cicatrices -algunas que impresionaban-  que llamaban la atención, aunque no tanto como su voz y su oferta. Como la mayoría de la gente en esa playa eran turistas, todos querían saber de qué se trataba el asunto. Algunos pobladores de la ciudad ya lo conocían, pero no dejaban de mirarlo con curiosidad.
-¡Cicatrices! ¡Cicatrices sin dolor! –reiteraba caminando lentamente- ¡Baratas las cicatrices!
El vendedor de cicatrices se acercaba a las sombrillas de los turistas que lo llamaban y ahí exhibía todas sus mercancías: balazo, bala de goma, raspón, latigazo, mordedura de caniche, tajo, corte con cuchillo, mordedura de reptil, taponazo, marcas de tenaza, pinchazo y un sinfín de innumerables cicatrices que todos miraban con asombro.
Los más jóvenes, entre la intrepidez y la falta de experiencia, solicitaban cicatrices de todo tipo, y se las hacían estampar en los brazos, en las piernas, espalda o sobre el pecho que lucían como trofeos de guerra. Luego, con la cicatriz a cuestas, se iban al mar o a jugar al fútbol.
Los más veteranos, con mucho asombro, se hacían estampar alguna que no tuvieran en su colección genuina, en su historial corpóreo. No obstante, no la mostraban, la guardaban para alguna situación íntima y de confianza que les permitiera escribirla, narrarla con creatividad.
Hombres, mujeres, jóvenes y adultos, turistas de otras latitudes, volvían a sus países, a otras ciudades, con cicatrices sin historia en los cuerpos.
El vendedor de cicatrices, que vivía de las suyas, aparecía cada mediodía en la rambla a hacer su periplo por la playa.
-¡Cicatrices! ¡Cicatrices sin dolor! –clamaba entre rumores de la gente, heladeros y el rugido del mar- ¡Baratas las cicatrices!

La silla del comedor

Hay una silla en el comedor que me inquieta. La miro atento, porque temo que se vaya a otro ambiente, a otro lugar, por ejemplo al living. O que en una de esas aparezca en el baño, aunque esto es bastante improbable porque en el baño hace mucho frío y la susodicha es friolenta. Mis temores no son infundados, la he visto andar cojeando con sus cuatro patas de acá para allá alrededor de la mesa, aparentemente sin rumbo determinado. No obstante, cuando sabe que voy a hacer uso de ella no se le mueve un pelo, porque no tiene; quiero decir que no se inmuta.
Un día la vi bailando una tarantela y en un paso mató una tarántula que bailaba al compás.
Esa silla me inquieta, como la movediza, es algo que uno nunca sabe lo que va a hacer. De sólo pensar que en algún momento me voy a encontrar con su ausencia me angustio. Puede salir a pasear y no tener el instinto agudizado como para regresar. Por eso cuando me voy la dejo atada a la mesa; cuando estoy en casa que haga lo que le plazca, si quiere saltar es libre de hacerlo y tiene cualidades para participar en competiciones olímpicas incluso.
Esa silla es singular, y aunque se parece a las otras, se ve que evolucionó y ha desarrollado facultades que las otras todavía no. Por eso la quiero domesticar, le hablo y le enseño a comportarse en público, para que además las otras no entren en rebelión, se den a la fuga y me tenga que sentar en el suelo.

El penal

Un jugador fue a patear un penal y lo metieron adentro por daños -y por años- a un edificio público.
Una vez dentro, recibió atención médica porque tenía varias fracturas en el pie con el que le dio de lleno a rejas, puertas y paredes.
Como oficio, escogió ser pintor. Allí fue que pintó en un cuadro una vía de escape del penal por la que -a la postre- se fugarían él y un compañero de celda.
El cuadro, hoy día, se exhibe en el Museo de Bellas Artes, suscitando un impacto vertiginoso en el observador que, muchas veces, los lleva a abandonar el museo a través del mismo.
Otros, fervorosos, después de una minuciosa observación exclaman frases de admiración: ¡Qué jugador!
Sin embargo, nunca faltan los intelectuales que le reprochan haber emprendido la huida ante el nerviosismo de tener que definir un penal pictórico.

Microrelato o Relato en colectivo

Iba un relato incipiente en colectivo, aferrado bien de un caño para que no se le escapen las palabras. El chofer, un drama mal elucubrado, detuvo el andar del vehículo para que suba una bella poesía. Todos los pasajeros –o casi todos, ya que viajaba en los primeros asientos una novela no vidente- se quedaron enmudecidos al observarla subir, salvo una égloga que emitía opiniones de envidia, tales como: qué escote provocativo, o miren cómo muestra las piernas ésta zorra. La bella poesía avanzó sensualmente por el pasillo hasta encontrar un asiento libre que, gentilmente, le cedió un anciano cuento tibetano. El relato se arrimó para entablar conversación y, como no tuvo mejor idea, comenzó diciéndole “había una vez…”. La poesía se quitó las gafas oscuras y lo miró con ternura. Luego, endureció la mirada y le dijo: Es cierto que había una vez/ pero esta vez/ no es la misma que aquella./ Sólo esta vez ella/ recorre su camino/ a pesar del destino/ que a veces malogrado/ esconde el entramado/ alguna maravilla/ rezando en la capilla/ Y si no la oye Dios/ para ello estás vos.
El relato se quedó sin aliento y cuando giró la vista, vacío estaba el asiento. La bella poesía se había bajado, por la puerta trasera, quizá, o tal vez saltó por la ventanilla.

Veraz

El ciego quiso ver y el genio se lo concedió. Al ver, el ciego dijo: bien, es verdad. Ya no necesito ver. El ogro habló así: por tu desconfianza, ahora verás. Y el ciego se quedó mirando esperando castigo.

 

Fotografía: Mariana Coca