Suyas

Su teléfono hacía las veces de cerebro.
Su voz, repetía como un eco opiniones adosadas tanto a las ‘suyas’ que eran casi indistinguibles unas de otras. Y este mecanismo había obrado así por lustros.
Pudo corroborar que en nada se diferenciaban de aquellas que había ido recogiendo, a las que observaba con simpatía, un cariño reservado a la persona por motivos ajenos a las mismas.
Un día, marcado en el calendario digital como viernes 11 de …bre, empezó, dícese dio inicio, a escudriñar lo que traía a cuestas. Encontró, no sin sorpresa, algún conocimiento que, en su momento, lo guardó como opinión. Lo valoraba, lo llevaba como un tesoro olvidado, pero no sabía hasta entonces de su condición.
Sus ojos describían órbitas elípticas que no guardaban reposo siquiera en sueños, al menos los ojos internos. Las puertas del infierno se abrían de par en par, para entrar, para salir. En el umbral había a un lado un cancerbero que, lejos de amedrentar, uno se apenaba de verlo yacer huesudo y moribundo al custodio de semejante empresa. Y al otro lado, un enorme jabalí de unos colmillos largos y filosos, de cuyo escupitajo habría surgido el hombre. El cancerbero llamado Tan daba la orden con un gruñido lastimero para que Athos, el jabalí, atacara cuando un interno quisiese salir. Como contrapartida, Athos emitía unos gemidos histéricos que parecían una estúpida risa, mientras Tan se acurrucaba con la vista perdida en el horizonte, dejando el paso libre al visitante aventurado.
Sus manos obraban cual máquina inerme que reincide en sus acciones, como el crepúsculo que en su iteración pierde observadores, pero en su mística los conmueve, y el observador torna sobre sí embriagado con la prístina visión. Y esa reincidencia opacaba el destino creador que portaban, mas no llegaba a dominarlo en sus fatuos malabares que le daban, ni más ni menos, que el sustento diario.
Su corazón bombeaba y bombardeaba sus arterias de sopor, tedio cotidiano con disfraz de diversión, que le eyectaba una sonrisa paulatina que en cualquier conversación se salía de las comisuras amenazando al interlocutor con morderle las orejas, o al menos es lo que aventuraba Gracie cuando conversaban de amores perdidos y del futuro esquivo.
Su nariz tomaba registros del ambiente que no coincidían con el pronóstico. El olor a putrefacción al pasar por donde los mendicantes recogían las sobras de fast food slow death le abría surcos entre las imágenes que poblaban su pensar.
Su sangre recorría caminos previamente trazados, con bifurcaciones y empalmes donde se desviaba su conducta, cabalgada por su carácter. Al llegar a sus extremidades inferiores, un magma efervescente de prejuicios le aquejaba, propiciándole migrañas inacabables, sostenidas por rígidos tendones.
Su estómago fluctuaba al procesar, y esas fluctuaciones emitían penosos quejidos o segregaban llantos emotivos que pugnaban entre lagrimales por salir de las trincheras.
Su teléfono, que hacía las veces de apéndice, sería extirpado por una cirujana que cumplía funciones de terapeuta en el empíreo, ante el discurso anodino de sus cavilaciones.

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Vida del blog

Podía decirse que el blog estaba vivo, a pesar de que no respiraba el mismo aire que nosotros. En realidad, nosotros respirábamos aire pero no era el mismo en todos lados, ya que muchos lo respirábamos con otros aditivos, polución, smog, alquitrán y demás impurezas. Pero no todos, dependiendo su situación geográfica y económica. El blog estaba vivo, pero no era por mérito propio –exclusivamente- sino por la asistencia de cientos de visitantes que le daban color, como las flores a un cementerio, y eso hacía pensar que el mismo era un lugar donde los visitantes –al menos en principio- estaban tan vivos como el mismo blog.

Pero el blog no despertaba curiosidad alguna, ni tampoco podía decirse que se le rendía pleitesía, o que abrigaba admiración. El blog estaba vivo en términos virtuales porque había movimiento, que es lo que llama la atención, cosa que la quietud no hace, al menos en el observador tuerto.
Dicho movimiento era dado por factores que –cuentan los astrofísicos- están determinados por las órbitas de los planetas, el brillo de las constelaciones, las parábolas de los meteoritos y la indumentaria de las estrellas de Hollywood en noches de gala. Todos los astros de la galaxia –incluso futbolistas de renombre- coincidían en la encumbrada posición del blog ante los innumerables visitantes.

Pero el blog, una tarde de invierno como todas las tardes de invierno en que mueren los árboles, murió, no en términos virtuales sino astrales. Nadie volvió a pisar ese lugar en el ciberespacio caído en desgracia. Los visitantes fueron redirigidos hacia otras distracciones por la Osa Mayor, Mbappé y el anillo de Saturno que dirigían la batuta. Ni siquiera ellos sabían ni comprendían su accionar. El aburrimiento era así, caprichoso, movía las cosas y la gente de un lado para otro.

Con el tiempo o sin él, años después, el blog quedó firmemente enraizado en la nube como un árbol dador de vida, como un olmo que ofrece peras, una ridícula e inverosímil expresión literaria, como un arroyo que lleva, de la fuente al océano, inagotable, manantial de vida que las bestias solían beber en sus orillas.
Cada tanto aparecía un muerto buscando vida, alejado de la subsistencia mundana, y se encontraba con ese reguero de manantial, con ese trasfondo de agua pura que detentaba el blog sumergido en la deep web. Y el muerto bebía y volvía a la vida. Luego se marchaba para volver a morir, o distraerse, según lo que dictaran los astros.
Y así fueron arribando al blog incontables vivos, muertos, bobos y tuertos, otra vez a ponerle condimentos a la sepultura, desde donde resucitó el mismo blog, para asombro de algunos pocos que lo habían dado por muerto. A los vivos le resbalaba vida y muerte. Y muchos bebieron de sus aguas, comieron de sus peras, recobrando vida.
Esto fue mal visto por algunos directores y guionistas en Hollywood, que creían ver mermar sus ventas en productos de merchandising, por lo que solicitaron sea retirado de la existencia.
Pero había un pequeño problema: el blog había cobrado eternidad y ya no podían matarlo; a lo sumo, esconderlo, ocultarlo.
Se les ocurrió eliminar el servidor que lo alojaba y con eso creyeron que sería suficiente para destruirlo.

Hay quienes dicen que hoy el blog está alojado en la red interna de una multinacional de gerentes franceses; otros dicen que el blog sólo es accesible desde el África meridional; y algunos afirman que el blog está sentado a la izquierda del Señor por los siglos de los siglos.
También están los que juran que el blog ha sido visto desde Andrómeda y que se actualiza los jueves por la noche.

Intacta

Otra vez tu y yo frente a frente. Un doble espejo que refleja lo que somos. El silencio cala profundo en nuestros corazones y se instala densamente en el aire que nos circunda. Algunas teclas se interponen y, lejos de separarnos, nos acercan el uno al otro. De la blanca pureza que te caracteriza sólo queda el trasfondo de lo que eres. Sobre ti se imprimen caracteres que dan forma a algo tangible y con el poder intrínseco de la interpretación a la que será sometido. ¿Qué se puede decir de mi que no lo reflejes tú? Lo que se ha dicho y lo que no. Lo que se entiende y lo que queda en el tintero aún por decir. Algunas letras hablarán de ti y te alabarán. Sin embargo, qué decir de esos ojos expectantes que se quedan fijos ante tu radiante luminosidad. Eres el fondo de este texto y casi pasas desapercibida. Pensar que sin ti no habría letra posible. Eres una inagotable posibilidad en la que se puede plasmar la nobleza de un pensamiento profundo o el vil insulto despechado. Pero… ¿de dónde saca sus más valiosos tesoros el hombre? Aquél que te capta en tu simplicidad no olvida que de la nada trascendente que insinúas surgen innumerables hechos que reflejan tu plena vacuidad, que es completa en sí misma. Quien emplea el vocabulario para llegar a otro corazón sabe que en ti se funden acentos, vocales y consonantes, mezclados entre signos comunes que formarán palabras, y crecerán en oraciones, ramificándose en frases ordinarias y de las otras para llegar a aquél que te ignora concentrando su atención en lo propiamente dicho, pero sabiendo que eres tú quien da esa posibilidad de hacer blanco en una aletargada conciencia acostumbrada a pasar por alto la fuente perenne que imparte realidad a la existencia de las cosas.
Y allí sigues tú, intacta como siempre. Pareciera que las letras precedentes no te hubieran tocado.

La dimensión de lo desconocido

 

Arturo había soltado las amarras del pasado ( y por lo tanto su presa sobre el futuro ) y se había sumergido en el presente. Pero no estaba anclado siquiera en el hoy. Su vida no discurría sino que era un entero ahora. Por razones de conveniencia para el lector, esta historia parece transcurrir en el tiempo, pero esto sólo debe tomarse como una cuestión puramente literaria. Arturo como tal había cesado y sólo quedaba su presencia en el eterno ahora; lo que discurría era mera apariencia con ínfulas de historia.

Arturo observa la pantalla delante de él. Una imagen le llama la atención. Es una bailarina de danza clásica disfrazada de pantera rosa, pero con una peculiaridad: no es la pantera rosa, sino un flamenco. Arturo cliquea reiteradamente. Uno de los impulsos de su dedo índice le devuelve una leyenda sobre el monitor indicándole que debe reiniciar la máquina.
-Ya está. –Dice Arturo- Para la próxima, ya sabe, Teodomira, nada de darle clic a cualquier video que aparezca por ahí.
-Gracias, querido. Vos sí que siempre me salvás las papas. –afirma Teodomira al retirar la bandeja de papas del horno.

Arturo cobra por el servicio y se marcha de casa de doña Teodomira. Ésta prende la radio y escucha en las noticias que un huracán se cobra la vida de decenas de personas en el caribe. Arturo camina hasta un quiosco y compra puchos. Y un encendedor. Le da interacción a los objetos que acaba de comprar y pita el cigarrillo. El día está caluroso. A Arturo le suda la frente. Ve pasar un colectivo pero no es el que espera él. Un joven le pide un cigarrillo y Arturo le convida del atado que acaba de comprar. Arturo camina y se detiene frente a una vidriera de artículos electrónicos. Observa lo nuevo que allí se exhibe: un neofly, algunos bricgames y varios smartviews. Arturo piensa. O cree pensar. O simula pensar. Acuden pensamientos que le hacen sospechar que él hace algo –como pensar- cuando en realidad éstos discurren como el tráfico. Se le ocurre comprar un teclado pero revisa sus bolsillos y el efectivo del que dispone le hace caer en la cuenta de que no le alcanza para su propósito y lo descarta. Se acerca el 48 y cuando está delante de Arturo éste se sube en él, previo a hacerle un ademán al chofer con la intención de que entienda que quiere abordarlo. Paga el viaje y se sienta en uno de los primeros asientos libres que encuentra. A su lado está sentada una bella mujer. Tiene una cabellera abultada, con rizos castaños y ojos color miel. Lleva unos aros de oro en sendas orejas y tiene pintados los labios con un plateado llamativo. Arturo la observa con disimulo y procura entablar un diálogo. Poco a poco, descarta cada una de los temas de conversación que se le ocurren: el tiempo, su trabajo, el viaje en colectivo, la elegancia de la mujer. Nada le resulta propicio para comenzar a hablar con ella. De repente, se le ocurre una idea precisa para no incomodarla y, a la vez, iniciar una charla. En ese instante, la mujer le pide permiso para pasar frente a él y abandonar el colectivo, dejando a Arturo con sus esperanzas marchitas. Dialoga con una mujer mayor sentada detrás que le pregunta la hora. Arturo le miente con media hora de diferencia a la que es. Su actitud lo llena de culpa, cree que quizá la señora está con poco tiempo, no de vida, sino porque algo le urge. Pero no es así, la mujer está al pedo como alcornoque en botella vacía.
-Anoche no dormí bien, joven. –dice la mujer- Me quedé pensando en lo que tenía que hacer este día y caí en la cuenta que lo tenía libre para disponer de él como me pareciera. Por lo tanto decidí ir a hacer unas compras al súper para buscar lo que hacía falta. Sabe usted, jabón, champú, café, azúcar, esas cosas.
-¿Yerba? –inquiere Arturo para no quedarse atrás en la conversación.
-También, claro. Nos acostumbramos a los aumentos de precios que somos incapaces de formular una protesta seria. Si nos juntáramos a pedir para que hagan algo al respecto nadie nos creería. Sería como solicitarle al viento cesar en su servicio.
-Cierto, es uno de los males que nos aqueja, pero lo hemos asimilado y vivimos con ese quiste incorporado. –aclara Arturo.

La mujer abre un paquete de galletitas y le convida una a Arturo. Éste toma dos, le agradece y las come una a una. Tienen chispas de chocolate, como le gustan a Arturo. Divisando la proximidad a su destino, Arturo se despide de la mujer y camina hasta el fondo del colectivo. Toca el timbre y cuando la puerta se abre y el colectivo se detiene, emprende la retirada del mismo bajando por la escalinata. Tropieza con un peatón que lo insulta hasta en arameo. Arturo ensaya una disculpa, pero el hombre no parece comprender castellano. Camina hasta la puerta de su casa y al llegar encuentra sentada en el umbral a Nancy, su novia.
-Te esperé toda la mañana. –le dice.
-Estuve trabajando. –acota Arturo.
-Espero que no sea otra de tus típicas mentiras.
-¿Desde cuándo digo mentiras?
-Desde que te conozco. –responde Nancy.
-Entonces debo decir que no me conocés ni pizca.
-Es que no me diste tiempo suficiente para hacerlo.
-¿Y cuánto necesitás? ¿Diez años más?
-Mmmm… podría ser. ¿Tenés apuro? –cuestiona Nancy.
-Terminemos con esto. ¿Querés un café?
-Sí.

Ambos entran a la vivienda donde Arturo hace las veces de local. Prende la radio y se escucha el tema “Beutifull day”. Arturo prepara café para dos. Su novia se sienta en una de las sillas ubicadas alrededor de la mesa. Arturo lleva las tazas con café a la mesa. Lleva también cucharitas y azúcar. Prueba el café y lo encuentra a gusto. Nancy hace lo propio. Sentados frente a frente, Nancy rompe el manto de silencio tras un vacío de sonidos en la radio.
-Arturo, tengo que contarte algo.
-Si es una mala noticia ni me la des. Prefiero no saber.
-Te la voy a contar igual.
-¡¿Ahora?!

En la radio suena el tema “Desde este momento ahora”.

Moneda

Una moneda tiene dos caras: una te dice buen día, la otra, buenas noches. Con la cara te sonríe, con la seca se sonroja. Da la cara cuando ríes, y la cruz cuando le imploras.
Es tanto lo que puede llegar a durar que se han encontrado monedas de cientos de años, un poco corroídas, de tanto volar de mano áspera en mano delicada, de haber estado en bolsillos hasta caer rendida y devaluada sobre tierra firme.
Hay algunas de colección, y muchas que no valen ni una propina. Las monedas ya no las observan ni los niños, como curiosidad, ya que es sabido de qué se trata y a qué puede llegar a equivaler, por qué la puede canjear. Tampoco son contadas las monedas como símbolo de ahorro, pues su peso no equivale a tantos pesos, aunque a veces se cuentan para llegar a una leche o un poco de pan. Los comercios hace años que retacean las monedas y hubo un tiempo en que te daban como vuelto un puñado de caramelos canjeables por mercadería, aunque eso ha quedado en los tiempos en que a la moneda todavía le daba la cara.
La moneda se produce en serie, distante de lo artesanal, y se parece una a otra tanto como difieren unas de otras. Pensada para circular en territorio legislado, la moneda tiene un valor pequeño en comparación con otros valores que se ostentan.
A veces con símbolos patrios, otras con naturales, la moneda circula sin detenerse en los semáforos ni en sendas peatonales, y rueda cuando cae entre los dedos a perderse en algún charco. Los niños la recogen tras la sequía, para luego comprarse un chupetín o arrojarla a la fuente de los deseos más cercana pidiendo un alfajor o un trabajo para sus padres, según su inspiración. Los adultos, por su parte, la dejan ahí, mirándola con desdén, pues el valor que suponen no vale el esfuerzo de agacharse a recogerla. Y los viejos la miran con nostalgia: “Me acuerdo cuando con una de esas pagaba el colectivo…”.

Adicción a la dicción

-Su caso es el típico caso de sufrimiento agudo por hablar mal.
-¿Pero qué me dice? Si todo el mundo me alaba por mi dicción.
-No me refiero a cómo se expresa, sino más bien a qué es lo que expresa. Usted puede tener excelentes modos de expresión, pero manifiesta una profunda ignorancia de su propio ser.
-¿Cómo es eso, doctor? No logro entenderlo correctamente.
-¿No ve, González? Otra vez cae en los errores habituales. Usted dice que no logra entender, como si entender fuera un logro. O usted entiende lo que digo o bien no entiende. Es simple, González. Además, usted dice que no entiende correctamente, cuando entender presupone comprender lo que su interlocutor dice. ¿Se puede entender incorrectamente? Insisto,  usted ha hecho un abuso del lenguaje y ahora nos va a llevar varios años corregir su mal, González.
-Veo, doctor. ¿Pero, cuál es, en sí mismo, mi mal, como usted dice?
-Yo no arriesgaría un diagnóstico final. El abuso de la boludez al expresarse lo ha llevado a usted a un estado deplorable del cual no puede comprender siquiera una charla trivial, por muy banal que sea y por muy elocuente que usted sea al hablar. Sin embargo, la estupidez no puede ser considerada una enfermedad. Es un mal que nos aqueja desde hace milenios, sin dudas.
-Insinúa que soy un boludo, doctor.
-¡Pero no, González! Otra vez interpreta mal mis palabras. Intente serenarse y llegaremos a buen puerto. Usted… ¿se considera inteligente González?
-Y… más o menos doctor. Ahora, con lo que me dice, tengo el ánimo por el piso.
-Otra vez González cae en las acrobacias intelectuales que poco provecho le han dado. Cuando usted dice el ánimo, es decir, su alma, ¿cómo puede estar ella, que es lo más elevado en usted, por el piso? Usted debe considerar sus palabras, ellas deben encontrar el cauce por el cual fluir.
-Todo el mundo habla de fluir, parece que está de moda…
-Cuando usted dice todo el mundo, ¿a quiénes tiene en mente? Usted puede conocer mucha gente, pero difícilmente sepa la opinión de todos. Ni siquiera en una elección se sabe la opinión de todos. ¡Qué mal que habla González! Cómo pretende sentirse bien hablando así.
-Bueno doctor, no me rete. Me expreso con lo mejor de mis condiciones. Quisiera tener su comprensión de la vida, pero me parece poco probable que algún día arribe a sus conclusiones.
-Eso es lógico, González. Usted desconoce si esas conclusiones son mías propias o las obtuve estudiando a un tercero. Además, reincide en su mal uso del vocabulario al decir poco probable en lugar de improbable. Usted enfatiza la necesidad de llamar la atención, González, de allí su magnífica forma de comunicarse con los demás.
– Entiendo…
– No, González, si entendiera de verdad usted permanecería en silencio.
– ¿Hay alguna medicina para mi mal, doctor?
– La hay González. Pero nuevamente incurre en los errores al cuestionar, debido a que no es su mal, sino que es UN mal que usted padece. Su mal indica que es propiedad suya, el cual no es el caso.
– Pero en este caso, sí es mi caso.
– Vea, González, si usted quiere desafiarme le tengo que anticipar que usted puede terminar mal. Muy mal.
– No era mi intención, doctor, sólo quería validar sus palabras.
– No, González, no. Usted no quería validarlas sino que quería refutarlas. ¿Por qué insiste en desafiarme, González? ¿Usted desconfía de lo que le digo?
– Me cuesta creer que mi pesar es a causa de mi modo de hablar…
– Nunca dije eso. Lo que le he dicho es que su hablar, no su modo de hacerlo, revela un desconocimiento de sí que le ha causado toda la zozobra en la cual usted se desenvuelve y por la cual usted consulta con especialistas, una y otra vez. Su resistencia a creer muestra a las claras la desconfianza que tiene usted con lo que le digo.
– Disculpe, doctor. Es que es muy difícil confiar…
– Bien, González, reconocerlo es un primer paso, no menos importante que los subsiguientes.
– ¿Cómo continúa el tratamiento, doctor?
– Aquí tiene esta receta, González. Se toma una cada doce horas.
– Bien, ¿eso es todo?
– Eso es tan sólo el comienzo, González. Para continuar, recita esta oración veinte veces al despertar, veinte veces por la tarde y veinte veces antes de irse a dormir todo el mes hasta la próxima vez que me vea. Aquí se la anoté.
– ¿Mi mamá me mima?
– Exacto. Es la mejor forma de limpiar el contenido errático de su psique.
– Bueno, doctor, no sé qué decirle…
– Nada, González, no me diga nada. Vuelva el próximo mes para ver qué resultados obtenemos de todo esto. Es un proceso lento, pero con paciencia y perseverancia se puede superar el mal que a usted lo aqueja.
– Gracias doctor. No tengo otra palabra para agradecerle.
– No hay de qué, González. Le abona a mi secretaria antes de marcharse y le pide un turno para el próximo mes. Hasta entonces.
– Adiós.

Ruido que agobia

Y pensar, que de todo el ruido que tanto agobia, hay una voz que llega y toca, cual lira antigua, cual piano choca, teclas y dedos que al cuore embocan, y en ese musical bagaje de palabras, que dicen cosas, algunas dulces otras hermosas, de sensaciones maravillosas, que en tres compases -como en canciones- obsequian frases, tan contundentes como elocuentes que uno las piensa, o las reflexiona, marea inmensa que la emociona y a veces tensa si la presiona, porque de tanto volver al canto el pensamiento con fundamento sostiene bases con sus disfraces para quien viene con sus preguntas, que algunas juntas -de malas lenguas- de vez se expanden, en otras menguan, mas le conviene cambiar de envases pues sus secuaces serán mordaces con esa crítica que mortifica y se desentiende, entonces se eleva por la pendiente de aquél surgente que se subleva, natura dona, y luego entona canción de cuna, para que duermas envuelta en piernas y sueltes riendas -también tus prendas- así lo intentes, como la gente. Que alguien te escriba: vive tu vida; si la descuidas, causa perdida, muy cuesta arriba se hará tu testa, un paso atrás, que otrora resta, será el impulso hacia la dicha. Y tú muy bicha tomando el pulso, irás andando, irás volando, cual ave regio, como un arpegio, y esa tonada es la explanada hacia un estado, reconquistado, del ser, que puedes ver es conocer. Entonces libre de vanidades, vivir verdades, vivir verdad es, es la respuesta que te contesta con alegría una poesía.

La misma historia

-¡Vamos! No nos demoremos o tendremos que pagar un alto precio por ello. ¿Qué esperas para venir? Quizás necesites un empujón para arrancar…
– Voy, voy. ¿Para qué tanto apuro, si al final siempre somos los primeros en llegar?
– Esta vez, con suerte, no seremos los últimos. ¿Estás listo? Raro tú tomándote tu tiempo extra.
– Listo. Vamos. ¿Tienes todo? ¿Dinero, cigarrillos, chicles, aspirinas?
– Enciende el coche de una buena vez. Espero que este aparato no nos falle. Hablé con Karina. Me pidió que la pasemos a buscar. Su remisse no llegó a tiempo y lo canceló. ¿Recuerdas donde vive?
– Era allí por Mitre…
– Exacto. Por momentos parece que la memoria te responde acordemente a la necesidad. Esta noche, por favor, no me humilles en público con tus anécdotas. Nunca terminas de contarlas. Eres el rey de la historia inconclusa. Deberías participar de algún taller literario o arte dramático. Así tal vez aprendas a finalizar tus historias.
– Mis historias son verdaderas.
– Puede ser, pero nadie te toma en serio. Además, si son o no de verdad es irrelevante. Una historia que no transmite más que una vaga sensación… qué importa si es verdadera o es una fábula de tu imaginación. Todos saben que inventas la mitad del asunto.
– Es para darle color, sino sería todo gris. O rosa.
– Para muchos, ya es color de rosa a pesar de tus historias grises pintadas con acuarelas secas. Sólo te pido que, al menos, inventes un final para ellas o mejor ni te atrevas a contarlas.
– Seguiré mi propio latido. A veces una historia sin final vale más por lo que deja abierto a la imaginación del oyente.
– El oyente imagina que eres un idiota. –le dijo María.
Rubén detuvo la marcha del auto en un semáforo en rojo. El tránsito había aflojado bastante a esa hora. A las pocas cuadras recogían a Karina de su casa.
– Hola, preciosa, ¿Cómo has estado viviendo estos días sin mí?
– Hola Rubén, hola Mari, ¿cómo están? Parece que llegaremos tarde esta vez.
– ¿Puedes creer que un jopo nos demoró más de lo podríamos llegar a pensar?
– ¡Un jopo, no te lo creo! Deben haber sido tus uñas y lo quieres culpar al pobre Rubén por ello. Rubén, ¿tienes alguna bella historia para contarnos esta noche? –preguntó Karina.
– Claro que sí mi vida, te elevaré por el aire con la historia de hoy. Recuerda asirte bien fuerte de la silla cuando comiences a oírla.
Llegaron los tres a la cena, mientras todos esperaban impacientes. Aún había lugares vacíos, por lo que no serían los últimos. Se saludaron con otros comensales allí presentes. Luego de un rato, la cena comenzó sin imprevistos. A María y a Rubén les habían asignado un lugar llegando a un extremo de la mesa, junto a la puerta que daba al patio. Rubén estaba cómodo allí, pero a María un poco le disgustaba porque quedaba distante de sus principales amigas, sentadas al otro extremo.
Mientras algunos aún no habían finalizado de comer el postre, Rubén, invitado por su auditorio, comenzó a narrar la historia de la noche, momento que muchos habían estado esperando.
– Comenzábamos a padecer el otoño, cuando el frío se hizo sentir en nuestros huesos. Recuerdo que Carlos me acompañó con la pasión que lo caracteriza. Limpiamos nuestras armas previamente. Nos tomábamos nuestro tiempo. La ansiedad es el peor enemigo. ¿Qué necesidad teníamos de apurarnos? Tomamos un café antes de salir de allí. ¿Les dije dónde limpiábamos las armas? Claro que no les dije. Lo hacíamos en el garaje de Carlos. Era básicamente una revisión. Una vez que tuvimos todo listo, partimos en su camioneta. El campo de Márquez nos estaba esperando. Mientras íbamos de camino al mismo, se me ocurrió que podríamos parar en la cantina de una estación a tomar algo, para entibiar el entripado. Era muy temprano para ser de día y muy tarde para ser de noche. Pedí un whisky y Carlos… Carlos no recuerdo. Creo que también pidió un whisky. No, pidió una medida de tequila. O tal vez dos. Luego de eso, apareció delante nuestro una figura que no distinguíamos si se trataba de una gacela o la cría de un venado. Alguien allí nos dijo que era esto último, por lo que decidimos no dispararle. Me pedí otro whisky, pues había calentado mis entrañas pero mi boca estaba amarga aún. Carlos ya iba por la tercer o cuarta copa de tequila. A unos metros, reposaba un viejo puma, encadenado a una viga del lugar. Se me dio pensar que podía llegar a tener hambre y le lancé la pata de un ciervo. El puma devoró con ahínco. Luego del cuarto whisky, apareció una muchacha que nos preguntó a dónde nos dirigíamos vestidos de soldados, cuestión que suscitó las risas más profundas que podíamos llegar a sentir, y le comentamos que veníamos de la guerra. Carlos aprovechó para narrarle sus proezas, que había volado tres cabezas de un solo disparo, cuando detuvo una bala con un encendedor que llevaba en el bolsillo de su uniforme y cuando me salvó la vida, asesinando al comandante del bando enemigo. Conversamos largamente acerca de la guerra que nos había involucrado y aquella chica pareció tomarnos aprecio. Rechazó nuestra propuesta de tomar algo con nosotros pues, dijo, estaba de viaje y no podía demorarse. La ansiedad, nuestro enemigo. Creo que ya había pedido una séptima medida de whisky cuando comencé a sentir mucho calor. Un calor que había comenzado como una pequeña punzada en el pecho y que luego se fue extendiendo hacia gran parte del cuerpo. Creí que se trataba de exceso de orgullo, pero resultó ser una abeja que inyectaba sustancia propia con su diminuto aguijón sobre mí. Carlos la colocó en un vaso de tequila y la ahogó allí. El cantinero miraba televisión. Pasaban un partido de básquet de alguna liga oriental. El puma rugía dando vueltas a la viga. De repente, el cantinero nos dio la noticia: se había terminado el whisky; no quedaba tequila. Tan sólo cerveza tenía para ofrecernos. Con Carlos decidimos continuar nuestro camino. Al llegar al campo de Márquez, lo primero que observé fueron unas aves volando a unos mil metros. Nos apenó pensar que varias de ellas cesarían su vuelo definitivamente. Decidimos entonces, de común acuerdo con Carlos, que ese día, la muerte se tomaría el día en honor a la vida. Enseguida, emprendimos el regreso, sin trofeos.

Algunos aplaudieron efusivos; los más sensibles lagrimearon. María se cubría el rostro con una bufanda.
Finalizando, Rubén dio un sorbo a la última gota que le quedaba de whisky.

Fotografía: L. M.

Si todos se tiran a un pozo

Nuestros viejos, es decir, los viejos de nuestros viejos, eran muy inteligentes. A los chicos les hacían preguntas para incentivarlos, como por ejemplo, cuando esos chicos querían hacer como todos, les preguntaban: ¿si todos comen mierda, vos vas a comer mierda?
Algo se despertaba en el interior del chico, el chico crecía, y esos viejos eran tenidos como gente realmente grande, y no sólo por los años.
Pero ahora no. Nuestros viejos quieren hacer como todos nosotros, que pasamos nuestro tiempo comiendo mierda.

 

Viejo amigo

 

En la plaza Belgrano se encontraron dos viejos amigos, no eran viejos ellos tanto como su amistad. El tiempo los había distanciado y ambos, tanto Necius como el otro se alegraron de verse, estrechándose en un fuerte abrazo.
-¿Y a qué te dedicás? –preguntó Necius.
-Hago trabajos de reciclado en plásticos, metalíferos y de origen vegetal y reordenamiento de desechos urbanos. –dijo Mens.
-¡Muy bien! ¡Felicitaciones! ¡Qué bárbaro!
-Este…
-A mí me encanta la gente que hace cosas por el medio ambiente.
-Bueno…
-Que se preocupa por el destino que se le da a los residuos.
-Eh…
-Gente que hace cosas para que el mundo sea cada día un poco mejor.
-¡Soy ciruja!
-Ah! Este…Bueno… ¿y cómo te está yendo?

Mens miraba de reojo una pila de cartones sobre la acera. Necius dio dos pasos atrás cuando un perro oriundo de la calle les pasó cerca. Mens, perceptivo, le hizo una caricia y el perro continuó en busca de algo para comer.
-¿Y cuáles son tus miedos, Necius?
-Que los cojos me cojan, que me puteen los putos, que los mudos me alaben, que la muerte muera, que la soledad me abandone, profetizar y ser oído, vaciarme y ser contenido, nadar en el mar seco de la nada, flotar en el vacío, morir y seguir vivo, vivir y no saber, desconocer lo desconocido, soltar y ser retenido, ganar y ser perseguido, perder lo que no es mío, soñar vestido, dormir ahogado, estar más allá y volver, pensar lo que se ha dicho, decir lo que he callado, ahogarme en un vaso de agua, beberlo y emborracharme.

Mens recogió dos latas de cerveza aplastadas que Necius estaba pisando.
-Todo va a mejorar. –señaló Mens.
-¡Si Dios quiere!
-¿Y si no quiere?
-Habrá que preguntarle… -indicó Necius.
-¡Llamalo!
-Tenés razón. ¡Basta de especular!

Necius llamó ante la expectativa de Mens.
-¡¿Y??!!
-Ocupado.
-¡Siempre lo mismo viejo!
-Si… Si no, es ‘fuera del área de cobertura’.

Unas nubes cubrieron parte del cielo de la mañana.
-Tiempo loco, eh.
-Encima los pronósticos no pegan una. Y los que difunden, paranoiquean con el pronóstico. –se explayó Necius.
-Sí, tenés razón. La semana pasada dieron pronóstico de lluvia tres días seguidos y no pasó nada en 700 kilómetros a la redonda.
-¡Ahí tenés! Yo buscando un paraguas para mañana y seguro que me quedo seco…
-Sí, en tu lugar mejor iría buscando una bufanda por si cambia el viento para mañana.
-¿Qué decís? ¡Con el calor que hace!
-Es verdad, pero con estos cambios de tiempo, no sabés qué pensar.
-Vos no sabrás. Yo sí.
-A ver, ¿Qué sabés? –interrogó Mens.
-Que hace calor.
-Eso lo sabe cualquiera.

Necius observaba la llegada de los colectivos esperando el que tomaría. Se despidieron con otro abrazo, menos cálido que el de su encuentro.
-Bueno, nos vemos. Esperemos que mejore el tiempo. –se saludaron.
-Sí, ojalá.
-¿Sabés qué quiere decir “ojalá”?
-No. Después me contás. –dijo Mens.
-Si me acuerdo. Chau.
-Un gusto verte.

 

 

*Fotografía: Norma Russi

Armonía

La mañana, dulce mañana que sólo es hoy, no llega sola, la noche no se va de un sopetón sino que cae de madura en silencio, tan es así que es la música quien le dice al día:
-¡Ven, arriba! Es hora de alegrar corazones.
El día se levanta como un manto sobre el pavimento, canta a través de las aves que desatan la celebración por la existencia. El vuelo sibilante de las palomas al alba transmiten armonía. La naturaleza goza de buena salud y eleva una plegaria de agradecimiento al azul profundo celestial. Todo es paz, musical, el amor del universo está en su quintaesencia. No hay roces, si florece todo es goce. Las flores del jazmín despiertan con su aroma inconfundible para deleite de las abejas. ¿Qué planean las hormigas? ¿Una fuga? Deletrean hojas que servirán de sustento cuando las aguas lleguen. Andan de aquí para allá, transportando, recorriendo, en una suerte de movimiento vital que produce sensaciones de hormigueo en el corazón. El aire es limpio, refrescante por la brisa sud; la luz del día permite observar las penas de la gente que danza al son de la música, frugal, ligera, que olvida el peso del dolor, porque el color de la música eleva. ¡Oh, música divina! ¡Sensual, pulcra, cristalina!
-¡Buen día vecina! ¿Cómo recibe el nuevo día?
-¡Maravilloso, corazón! Sin desazón, con nuevos bríos.
El aire se renueva, hay luz, hay esperanza, el universo danza, el verbo carga su cruz. Observar las maravillas da motivos para entrar en sintonía con la música, pura sinfonía que hasta la dura roca se hace eco. En el pecho: un hueco; se abre el techo dando la bienvenida al sol. Las ramas de las acacias susurran sus bendiciones: ¡Buen día! Y claro que el día es bueno, jovial, fresco y ameno, síntoma de renovación. La luz entreabre las puertas del Paraíso. Los paraísos alegres se estiran despejando sueños, deshojando frutos, desvaneciendo temores, los de los cirrocúmulos sobre las cabezas. Da brincos de gusto el alma cantante, el cuerpo danzante baila, la voz viaja a través del viento ondulante, las palabras llegan al instante.
De pronto, ruge un motor, se oye una bocina, suena un reggaetón.

Pinceladas X

El silencio de la mañana permite escuchar claramente las campanas de la iglesia que dista un kilómetro atravesando los techos de las construcciones. Los fieles acuden con parsimonia a escuchar el sermón y a dejar la limosna, librándose del pecado de la avaricia, al menos momentáneamente.

A esa hora lo que predomina para el oído atento son los cantos de las aves o algún perro saludando el nuevo día, interrumpidos por los pocos vehículos que irrumpen espaciadamente la placidez de la calma. Ya habrá tiempo para el ajetreo y el rugir de los motores durante el resto del día, aventuro.

Las acciones de los transeúntes son pausadas, no se ven los escolares –de vacaciones- apurando el paso o arrastrados de un brazo por sus madres. Los que se presentan al trabajo bien temprano ya han emprendido el viaje, mientras que para la apertura de los comercios aún falta algún tiempo en el ínterin. La ciudad marca sus tiempos durante los días de la semana, al tiempo que sábados y domingos son días de pura recreación, por lo que muchos esperan que termine el viernes para tirarse de cabeza a la pileta del ocio y el olvido, olvido de rutinas y malhumores.

Las campanas vuelven a sonar, tal vez con un dejo de cansancio por la fatiga del monaguillo, quien preferiría evitar la tradición y enviar la invitación a la misa mediante una cadena por whatsapp. Los colores en las casas van cambiando dificultando la tarea de identificarlas para ubicarse en el espacio, como cambian los estilos de revoques, como cambian las fachadas que antes ostentaban ventanas y rejas, y hoy día detienen la vista curiosa y el ingreso inoportuno de visitantes con paredones ante la atenta vigilancia digital de las cámaras proliferantes. Las pantallas, colmando los sentidos en su amplitud, reflejarán con luminosidad creciente la opacidad de un mundo carente de brillo. La luz del sol por la mañana devela misterios de la noche que no se televisan ni los periódicos dan cuenta, al menos en sus titulares. No hay música a esta hora, y eso es novedad.

El creciente parque automotriz ha superado holgadamente la capacidad de cocheras y garajes para alojarlos, por lo que las calles se han estrechado y ahora se visten de carrocerías de los más variados colores y modelos, donde los rojos ya no llaman la atención, salvo a chiquillos que hacen apuestas por la tarde en la vereda por acertar el color del próximo vehículo que aparecerá delante de sus narices.

Sin ánimos de nostalgias, sólo por el placer de narrar, las pelotas que antaño eran probablemente el principal entretenimiento de los jóvenes que poblaban las calles, hoy son imágenes comandadas desde un joystick, jugando a ser estrellas, tal como los no-tan-jóvenes juegan a ser presidentes, detectives o jueces, inspirados en alguna publicación de Netflix o a través de las noticias.

Con el correr de los minutos donde habrá tiempo para conflictos y malentendidos, asoman las escobas que, lejos de transportar brujas, barrerán las palabras, hojas y tierra que ha traído el viento, pues lo que el mismo se llevó quién sabe dónde quedó.

Pasa el primer avión del día dejando la estela de nubes sobre el azul celeste. Nubes grises que amenazaban con lluvias se perdieron en amagues y gambetas del tiempo, tiempo que cada tanto hace las veces de túnel, oscuro de atravesar. Pero hay que confiar en la luz, por eso saqué un libro que se llama Oscuridad.

Cambio la pluma por un pincel y salgo a recorrer las calles. Es temprano, precioso momento para pintar la ciudad y jugar a ser escritor.

Pinceladas IX

Las acciones habían captado la atención hasta el momento en que el movimiento se detuvo. Pero, ¿esto es posible acaso en el tiempo? Una máquina detenida puede llamar la atención, pero no por su inmovilidad, sino por su apariencia temporal. Un gorrión, difícilmente aunque sí lo puede hacer con su veloz y corto vuelo o con su diáfano canto, no así en su inusitada quietud. Igualmente, en Punta Alta los gorriones no ocupan espacios en los diarios digitales, pero las máquinas –sobre todo los vehículos- llenan las páginas de novedades y, justamente, en una de ellas me entero que un amigo ( Juan José ), que no veo hace tiempo, se accidentó cuando ingresaba a la 229 en el cruce de entrada a Villa del Mar y, en el acto, pereció su mujer, Guadalupe. Utilizo el teléfono de la oficina para llamar al hospital y, luego de varias intentonas, logro obtener su parte médico: tiene fracturas en costillas, y otra fractura en un brazo; tuvo hemorragias internas, por lo que hubo que hacerle una intervención quirúrgica de la que salió bien, aunque está en terapia intensiva, en estado delicado y con pronóstico reservado. Reservo una corona ni bien corto, por precaución. Pero la nostalgia me invade en una ráfaga de sentimientos y sensaciones de otros tiempos: Juan José aplaude desde la calle cuando ve que Charles está en la puerta. El pequeño perro que mi tío le regaló a mi abuelo impone terror en mis amigos, por eso el que más seguido viene a buscarme es Juan José, que es el más corajudo; si no, me toca buscarlos a mí o bien dejar a Charles en el patio. Lo escucho y salgo. Caminamos bajando la pendiente de la calle Espora y continuamos hasta donde no se avizoran casas. Todo es un lugar sin explorar, una dimensión del mundo desconocido en el que vivimos y se despliega ante nuestros ojos. Lo recorremos con curiosidad y ante el menor detalle nos asombramos. ¡Mirá!, me señala Juan José, ¡un topo! Y lo observamos hasta que se nos pierde de vista en una oscura cueva subterránea. A unos pasos una víbora repta hacia nosotros y huimos despavoridos hasta caer a un pozo o excavación, donde un tractor extrae arena que deposita sobre un camión. De la curiosidad pasamos al desencanto cuando, al mirarnos, comprendemos que esa exploración era nueva sólo para nosotros, por lo que sin mediar palabras nos vamos, de regreso, al mundo conocido en el cual nos despedimos, apenas, con una mirada que nos deja solos con un sentir común. Mis ojos giran nuevamente hacía Juan José y veo que me guiña un ojo, que logro ver a pesar de la oscuridad de Mikonos, cuando se adelanta para bailar a la par de Guadalupe, mientras me doy vuelta para buscar un trago. La cabeza gira instintivamente buscando la mirada de Juan José y lo veo a través del vitral de la sala en el hospital con Maximiliano, su primogénito, en brazos, con los ojos humedecidos y una amplia sonrisa. En una mirada profunda, el tiempo queda en segundo plano, y el lazo que nos une en la eternidad nos da la sentencia de lo superfluo del resto de las cosas. Ahora son mis ojos los que están humedecidos y los puedo ver en el reflejo de los ojos vítreos del médico que me da la noticia de su deceso, mientras ensaya con las facciones del rostro una conmiseración al sentimiento que no puedo ocultar. Tras estrechar en un abrazo a su padre, enseguida paso a despedir los restos que yacen dentro del cajón. Y, claro, son sólo los restos porque todo lo central en Juan José se disolvió en el universo y ahora es parte de la Vida.

( Por qué Vida con mayúscula, le pregunto con aquella curiosidad de explorador; y Juan José, lejos de mirarme, me responde con suavidad: porque es el soporte de tu vida minúscula ).

La humedad de los martes

La lluvia de los últimos días había humedecido mis ideas y el pensamiento era una suerte de pantano donde todo terminaba mezclándose en una amalgama de barro y agua, lluvia que prometía continuar este martes para beneplácito de los nostálgicos. Los techos del barrio habían sido castigados con abundante agua llenando las canaletas con ramas y hojas de árboles que sufrían los intempestivos vientos de un noviembre álgido que acariciaba el final de su primera quincena con displicencia. En casa se observaba orden, a excepción de la biblioteca donde siempre se vislumbraba una revolución o al menos era lo que delataba la disposición de los libros y mi mala predisposición a darle un aspecto de pulcritud. La condición de un buen libro, y de todo buen cuento ( y subiendo por las escalinatas que conducen a la divinidad celestial: de toda buena poesía ), era que tenía que mover el piso donde el lector, hoy devenido en espectador, se sentaba a contemplar la realidad con ficción. Y por ese motivo los libros que además de estar vivos y revolucionan al lector como la observación de una delicada mariposa sobre el jazmín del jardín de la casa paterna o del chimango que paciente espera el momento oportuno para llevarse el cadáver de una rata sobre el pavimento, tienden a abrir puertas a nuevas, o desconocidas, dimensiones de la existencia que permanecían ocultas al mismo por cortinas de humo. O tal vez de humedad, cortinas de humedad gestadas por la citada lluvia que otra vez volvía a caer sobre la ciudad. Pensé en mi padre y recordé un cuento que siempre me contaba para poder dormir placenteramente. Era un cuento feliz y hacía unos pocos días me había enterado que no era el único al que se lo contaba, lo cual me sorprendió pero no me dio celos, sino alegría. Darle algo a alguien era brindarle la posibilidad de la felicidad. Un amigo me decía algo parecido en cuanto a la crianza de los perros: dale algo para hacer y se sentirán bien. Nosotros también nos sentimos bien cuando hacemos algo por los demás, nos olvidamos por un momento de nosotros mismos con algún quehacer, alguna ocupación, y en esa distracción hay una suerte de placer inmaterial. Mi padre, que en este momento estaría aburrido sentado frente al ventanal, dejando correr los pensamientos que tendían a un pasado lleno de emociones y sentimientos que dejaron huellas. Se me ocurrió pedirle algunos libros que habían quedado en su casa, por lo que le escribí para que me busque esos libros de Coelho que allí nadie iba a leer. La idea de que el Universo conspiraba me había creado una especie de desvarío que había incendiado mis ideas al punto de olvidar las matemáticas que tanto me habían costado aprender, fuego que sólo apagaban los días lluviosos. Y en este día lluvioso, una casa despelotada como la de mi padre, buscar algunos libros llenos de polvo y humedad era un buen pasatiempo que le permitiría evadir la melancolía. A veces hacemos cosas para sentirnos bien y hacer sentir bien a otros nos devuelve el bienestar como un búmerang. Mi padre no me respondió. Las horas pasaron y la persistente y fina lluvia redundaba. Esos libros no me interesaban como a millones de lectores diseminados por todo el mundo ávidos de su lectura por lo que pensaba venderlos y comprar con ese dinero alguno que fuera de mi agrado, como uno de Ray Bradbury que tenía en la lista de los próximos a adquirir. Mientras preparaba el mate y el ambiente para continuar la lectura de la novela que me había regalado mi hija me llegó un mensaje al celular que me dejó helado:

-“La boluda de Veronica decide cagarse muriendo” encontré, creo que se llama así.

El humor de mi padre siempre me dejaba alguna moraleja y la lluvia de este martes me recordaba que vivir es una buena idea a pesar de la humedad.

 

La intuitiva espera

calle (2)

Aún no eran las cinco. Todavía teníamos tiempo de llegar. Sólo había que esperar que el colectivo pasara en el horario indicado. Ñum miró su reloj una vez más. Pasó un vehículo delante de nosotros. Luego una pareja caminando. Algún perro sin dueños daba vueltas por allí. Pasó un taxi y dudamos entre pararlo o esperar el colectivo. Lo dejamos pasar, quizá, confiados en que el colectivo llegaría a tiempo. Una señora se paró a nuestro lado. Ñum puso música en su teléfono.

Sentirte de cerca…
me enrosco cual tuerca
doy vueltas contigo
giro sin sentido…
Eres tú… eres tú…
Mi condena, vida, mi cadena.

La señora a nuestro lado soplaba impaciente. Quizás la perturbaba la música. Un muchacho se paró también a la espera del colectivo. Aún teníamos tiempo. Pasó un chico corriendo por allí. Pensé en darnos por vencidos y regresar, pero desistí. Había que insistir, no podíamos dar marcha atrás. Una niña se arrimó a quienes esperábamos el colectivo e hizo lo propio. Ñum me expresó con sus ojos su fastidio. ¿Qué podíamos hacer? Lamentaba en aquél momento no haber detenido el taxi que había pasado por allí hace algunos minutos, aunque me habría costado un ojo de la cara pagar el viaje y de momento necesitaba ambos. Una señora mayor avanzaba asistida por un bastón hacia nosotros. La parada de colectivos se fue poblando casi sin darnos cuenta. Pasó un hombre paseando un perro. Ñum miraba esperanzada. En el teléfono sonaba una balada.

Sabes que es por ti
mi desvelo, mi mareo.
Bien sabes que no duermo
que no como, que me enfermo
que entristezco si tú estás.
A ti te canto, enfermedad:
déjame ya en soledad.

-Cómo está tardando… -me dijo una señora a mi lado.
– Hoy parece que más que nunca. Cuando uno está apurado, todo se conjuga para demorarlo a uno más de lo previsto. –le dije.
– A ver, me parece que allá viene.
– No, señora, es un carro atmosférico.
Me di cuenta que el sentido de la vista de la señora estaba notablemente alterado y se lo comenté en el oído a Ñum.
– Es cierto que no veo bien, pero el sentido del oído funciona perfectamente y no soy ninguna vieja chota, ¡maleducado! –me dijo esta amable señora.
Pasaron varios vehículos, pero ninguno de ellos era el que todos los allí presentes estábamos esperando. Un joven pasó vendiendo almanaques. Nadie le compró. No sé si por carecer de efectivo, por indiferencia o porque corría el mes de agosto. Se acercó una pareja de jóvenes a la aglomeración. Luego un anciano. Al pasar un camión, pude ver en la cara de la señora de miopía avanzada cómo se desvanecía la ilusión, a medida que se acercaba, de que este fuera el colectivo que esperaba. Pensé que podríamos dejar el asunto para otro día, pero reincidiríamos en el proceso, cayendo nuevamente en la molesta espera. Sonaba una canción en el teléfono de Ñum que distrajo mis pensamientos.

A ti te espero,
sé algún día llegarás…llegarás.
Aunque espere un año entero
yo te espero, tú vendrás…tú vendrás.
Y si mi espera es en vano,
dicen, todo es vanidad…vanidad.
Es por eso que me ufano,
no entiendo esta libertad…libertad.

Supe en aquél instante que el colectivo, esa tarde, no pasaría. Se lo dije a Ñum.
– Vámonos. No pasará.
– ¡¿Cómo lo sabes?! –preguntó Ñum.
– Sólo lo sé. No pasará
– ¡Lo que me faltaba! –dijo un señor retirándose del lugar.
– ¿Está usted seguro? ¿No estará confundido? Puede ser un error… -dijo la señora casi miope.
– No pasará. Continúe esperando, si así lo desea.
– Chau a todos. –dijo otra señora.
Una niña llamaba por teléfono a su madre para decidir cómo regresar a su hogar. Un muchacho tiró lo que le quedaba de una botella de gaseosa con bronca contra el piso y se marchó. Un joven se colocó su mochila nuevamente y se fue corriendo. Volvió a pasar por allí el joven con los almanaques. Ya no quedaba nadie.
Nos fuimos caminando con Ñum en dirección opuesta a la que habíamos estado mirando y, al oír fuertemente un motor a nuestro lado, nos dimos vuelta para mirar el paso del colectivo que, aunque le hicimos señales desesperadamente, el apático chofer no detuvo su marcha. Con Ñum quedamos mirándonos sin poder asimilar el hecho. Luego, ella me miró con ternura.
– No te preocupes, a veces falla. –me dijo con su dulce voz.

El monitor y el dueño de la cadena

Acabo de comprar un monitor FHEZZ de 47.32 millones de colores. Y como tenía un rato libre, me los puse a contar. ¡Oh! Sorpresa, no llegaba a 46 millones. Entendí que había caído, inocentemente, en una estafa. Pero, una cosa, era segura: sería la última.

Me dirigí al establecimiento de artículos electrónicos donde había adquirido en calidad de precompra, el típico contrato en el que uno compra el elemento en cuestión, lo paga, con su correspondiente doblecuota que cubre: garantía, flete y hurto durante el mismo, propio o de terceros; y que, no obstante, uno se convierte en dueño con título habilitante del mismo, sí y sólo sí, paga la tríptica, que consistía en doblar el valor abonado originalmente, en dos veces de igual monto; es decir, duplicando el valor de la doblecuota.
Ya en el lugar en cuestión, me atendió un joven delgado, con nariz respingada que, curiosamente, pasaba la línea de abertura de su boca con la punta de la misma. Para alguien con problemas auditivos le resultaría complicado leer sus labios al hablar. Me trató muy amablemente cuando le planteé el problema en cuestión. Sin embargo, no me ofreció solución alguna. Pero, no obstante, me invitó a aguardar a que un personal superior, intentara resolver la inquietud que me llevó a ese lugar.
Luego de dos horas, se acercó una joven muchacha, que no llegaría a treinta años de antigüedad sobre la tierra, y me comunicó que ella del asunto, poco entendía. Por lo tanto me sugirió que, en unos instantes, le pasaría la cuestión a su inmediato superior, quien, afanosamente, resolvería sin más, lo dicho.

Al rato -largo y tedioso- se acercó un mozalbete que pasaría sin penas los veinte años, y me invitó a retirarme, aduciendo la fútil cuestión que me movilizó. Le repliqué que, a mi entender, era un asunto de vital importancia, puesto que mi vida no podría tolerar una estafa de tamaña magnitud más. Tras intercambiar opiniones cortésmente unos cuantos minutos, el muchacho me abandonó con la promesa de que le trasladaría el problema a su jefe, no sin antes propinarme un certero cachetazo, acompañado de una clásica palabra:
-¡Estúpido!

Tras unas cuantas horas, en las que me quedé dormido en la sala de espera de ese lúgubre centro de compras de electrónicos, se acercó un niño que no llegaría a nueve años, picando una pelota de baloncesto sobre el piso, que, instantes previos, se había transformado de baldosones en parquet, sin que nadie lo observara. El pequeño, me señaló el techo y cuando miré hacia arriba, el bravucón me arrojó el balón al centro de mi estómago, lo que provocó que me revolcase del dolor. Me indicó que le comunicarían el asunto al dueño de la cadena. Y sería él, quien por fin, me traería desde 687 kilómetros de distancia, en avión, la ansiada solución a mi pesar.

Pasé dos noches allí, aguardando.
Finalmente, esta mañana al despertar, se arrimó a donde me encontraba, una señora con un carrito para transportar a un bebé. No era un carro común. Era un carro dorado, completamente, y al acercarse, pude comprobar que estaba compuesto íntegramente por oro, ruedas inclusive. Quedé anonadado.
La señora, frente a mí, me pidió que tome al niño en brazos, indicando que era el dueño.
–Pppero…. -dije balbuceando, impávido.
– Sólo tómelo. -me dijo con voz firme.
Al alzarlo, el chiquilín, sonrió ampliamente, y tras esto, vomitó mi camisa rayada.

De Plutón, con cariño

Nota previa: este es uno de los primeros relatos que escribí, hace poco menos de cinco años. Para esta publicación no se le modificó siquiera una coma al texto original. La imagen corresponde al eclipse de anoche.

Hace unos meses, se presentó un representante de Plutón, experto en asuntos terrícolas, en la Comitiva para Asuntos Espaciales de la República. El muchacho, delgado, de mediana estatura, cabello corto y prolijo, aparentemente humano él, ¡bah! al cuerpo se lo podía asociar a la raza humana, casi sin discusiones, pero, como portaba consigo una credencial con el cargo mencionado, de dicho planeta, hacía, mínimamente, dudar de su procedencia. Los científicos argentinos, algo incrédulos ellos, se lo tomaron con humor -raro-, y le siguieron el planteo al joven plutonita.
Luego de una exposición de casi dos horas, en las que Toreaux , nombre con el que se dio a conocer el muchacho, explicó de la manera más sintética posible, que su planeta había sufrido la fragmentación en su gravedad natural en una región del mismo, y muchos plutonitas delincuentes de la zona estaban utilizándolo para emigrar hacia otros planetas, lo que resultaba terrible en el balance planetario con respecto a índices de delincuencia interestelar.
Por esa vía, no sólo viajaban ases del hampa galáctica, llamados allí “enrochos”, sino que además era utilizada por hábiles creadores de falsas promesas y vendedores de ilusiones, conocidos como los “credularios”.
Toreaux explicó que tanto enrochos como credularios trabajan en conjunto, intercambiando beneficios. Para ellos, claro. Unos con su habilidad para el engaño, otros con su habilidad para trasladar objetos sin el consentimiento de sus propios dueños. También llevaban adelante sus prácticas solitariamente sin inconvenientes con similares resultados.
Por razones fractales que supo explicar bien, Toreaux mostró, claramente, que la mayoría de estos galactodelincuentes tenían como destino el planeta Tierra. Por lo tanto, el muchacho, visiblemente avergonzado por el accionar de sus coplanentarios, solicitó al grupo de científicos un lugar de lanzamiento para ir desalojando la Tierra de estos atorrantes que habían caído sin autorización, tanto de su planeta origen, como del destinatario.
Para crear la planta de lanzamiento hubo que utilizar varios credularios plutonitas que insistan en los beneficios para los habitantes de la zona, ocultando los verdaderas intenciones de la planta y los inconvenientes que causaría: los cientos de puestos de trabajos que serían para ellos, que la lluvia después de cada lanzamiento traería chocolates y un sinfín de etcéteras. La gente, corrompida, aplaudió.
Luego de instalada la planta de lanzamiento, muchos habitantes de la región esperaban ansiosos el lanzamiento del primer cohete. Pochoclos, garrapiñadas, hasta panchos y hamburguesas eran los olores que predominaban en el ambiente. Otros continuaron con su vida normalmente, sin interesarse en tremendo espectáculo. Dicho cohete llevaría sólo un tripulante, de quien no se daría a conocer su nombre, hasta se cumpla su misión: volver a pisar la luna, clavando, esta vez, la bandera del municipio donde se asentaba la planta. Algarabía y furor reinaba en los pensamientos de esa gente ilusionada.
Días después, los científicos de la Comitiva para Asuntos Espaciales dieron a conocer el resultado de la fracasada misión: el cohete se había desintegrado al atravesar la atmósfera lunar y junto con él, su tripulante: el can Totono.
Sin embargo, se comenta por allí que los científicos escondieron el verdadero resultado de la misión, pues, según dicen, los avergonzaba. El mismo sería una foto que envió Toreaux, el real tripulante, desde un asentamiento en la Luna, donde afirmaba: “No vuelvo a la Tierra ni en broma”.

Séptima

 

Tras caer del balcón de la casa de su novia, Arturo había muerto por sexta vez y según sus cálculos le quedaban de una a tres vidas. Pero una inquietud lo azotó: ¿era todo parte de la misma existencia o vivía diferentes vidas disociadas? Ignoraba si los demás sentían la misma preocupación por conocer la verdad o si les daba lo mismo. Lo cierto era que Arturo yacía sobre el pavimento cuando llegó la ambulancia y lo trasladó al hospital. En el trayecto, una doctora le dijo que estaba vivo de milagro. Él consideraba todo como un milagro, por lo que las palabras de la diplomada poco le decían. De no saber de él, había llegado a observar el mundo, y ese era el milagro primordial que Arturo comprendía. Sin embargo, pensaba en lo rápido que se iba la juventud. La subida a la montaña rusa de la vida era lenta, muy lenta, pero después bajaba tan aceleradamente que no había tiempo de tomar nota de ello. Una vez en el hospital, Arturo recibió asistencia médica y reposó en una de las salas del lugar. A su lado, había un hombre sin rostro. No se puede decir que el hombre era un descarado, pues denostaba su vergüenza al hablar. Simplemente, no tenía rostro ni expresión al hablar. ¿Pero tenía boca? Claro, con todos sus dientes y partes constitutivas que la declaraban como tal. También tenía ojos que le permitían ver a su interlocutor, que en este caso no era otro que Arturo, con quien compartía la habitación, a quien oía a través de dos grandes orejas. Y una nariz larga puntiaguda se asomaba en el frente. Pero todo esto no daba la imagen de una cara, propiamente dicha, sino que eran partes disgregadas sobre un cuerpo en el que ni adivinando se vería un rostro y el hombre carecía así de uno, como el resto de los ciudadanos. No había en él un todo constituyente como para que cualquiera pueda decir: mirá la cara de este tipo. En ese sentido, y sólo en ese, era un tipo diferente. En todos los otros, era uno más.
-¿Qué le pasó a su rostro? –inquirió Arturo, cuestionando no por el hecho de que le haya sucedido algo a él, sino más bien por su ausencia.
-Lo perdí jugando póquer. –respondió el hombre.
-¡A quién se le ocurre apostarlo!
-A mí. –Dijo el hombre secamente- Antes había perdido el auto, la cama y la dignidad. No me quedaba nada más por apostar.
-Son las consecuencias del vicio del juego. ¿Por qué está aquí?
-Apendicitis. ¿A usted qué le pasó?
-Tropecé en un balcón y caí al vacío, que no era tal pues estaba lleno de pavimento y terminé con moretones y varios raspones.
-¡Qué mala pata!
-Dígamelo a mí. Mire cómo tengo el tobillo.
-A usted se lo digo. ¿Hay alguien más acá?
-Era un decir… Oiga, he escuchado que se practican implantes de cara, podría solicitar uno en todo caso para volver a ser como todos.
-También lo he sentido, pero no estoy interesado. Además, mi antiguo rostro ya no lo podré recuperar, seguramente estará muy lejos de aquí, siendo apreciado por vaya usted a saber quiénes.
-Ahora no puedo ir, por la pierna debo permanecer en reposo, pero anóteme la dirección de donde se encuentra su rostro que lo iré a ver en cuanto salga de este maldito hospital.
-Era un decir, joven. ¿Usted no distingue cuando le hablan en serio de cuando no?
-A veces. Ahora no puedo pensar con suficiente claridad como para reparar en la diferencia. –esgrimió Arturo.

Le dolía todo. El efecto de la anestesia se estaba diluyendo y Arturo comenzaba a sentir los embates del dolor causado por la caída. El hombre sin rostro también sentía dolor y gemía y se quejaba de manera alborotada, pues carecía de dignidad. Arturo se aguantaba bastante la molestia. Allí fue que llegó la enfermera de ronda y le preguntó si necesitaban algo. El hombre dijo morfina y Arturo pidió un cigarrillo, pero ambas solicitudes fueron denegadas.
-¡Cómo se pianta la vida! –Dijo el hombre sin rostro- Primero se va la juventud a una velocidad pasmosa. Después se pierde la salud que al menos nos daba cierto margen de error. ¡Y ni hablemos de dinero!
-Así es. –dijo Arturo.
-Uno no piensa en estos problemas cuando es joven y goza de buena salud. Pero deberían advertirlo a uno de lo que le espera por delante en su trayecto a la eternidad. No hay atajos, al parecer. Si me hubieran dicho lo que me esperaba me plantaba a los veinte.
-¿Le parece?
-Sí. Una vida alegre y feliz, corta y fructífera. ¿Qué más se puede pedir? Después de eso empiezan a venir los achaques de la edad, esperando no caer en la senilidad.

Arturo se quedó dormido en la cama donde reposaba. No oyó nada cuando ingresó el médico a observar el estado de los pacientes, ni cuando entró el apostador que le había ganado el rostro al hombre de la cama contigua. Tampoco oyó la voz de Nancy, su novia, que en el sueño le decía: hay que ser salame para tropezar en el balcón. Tal vez era eso mismo lo que Arturo pensaba del suceso. Que era un salame. Por eso no le sorprendió cuando despertó aterrorizado porque un sánguche de salame devoraba su cuerpo, masticándolo sin compasión. El sandwich mostraba signos humanos en su apariencia, tales como cierta simpatía y una verborragia poco usual en esa especie. Cuando despertó, Arturo vio al hombre a su lado más alegre que antes, con una expresión en su rostro ( el apostador se había apiadado de él y se lo reintegró en un acto de verdadero altruismo ) que denotaba cierta felicidad.
-Se lo ve mejor. –dijo Arturo.
-Me siento con la frescura renovada ahora que recuperé mi rostro. Además, el dolor ha cesado bastante en su ataque contra mí y eso me permite desentenderme un poco del asunto. Pronto estaré nuevamente en el ruedo, apostando con un par de reyes.
-Tenga cuidado con eso, no sea cosa que se arrepienta de perder lo poco que le queda.
-¡Bah! El que no juega en la vida paga el precio de tomarla seriamente, y es un costo muy elevado por cierto. –Dijo el hombre con rostro afable.
-Sí, es cierto, pero no por ello hay que perder cualquier cosa en un partido de naipes. –argumentó Arturo.
-Me parece que usted argumenta por temor.
-¿Temor? ¿Qué temor?
-Tiene miedo de perder.
-No, por favor. No tengo nada que perder.
-¿Está seguro? Tengo una propuesta para hacerle…
-¿En qué está pensando? –inquirió Arturo.
-Me gusta su reloj. Le apuesto el mío a que me voy antes que usted de este maldito hospital.
-Hecho. –Dijo Arturo poniéndose de pie- Si quiere se lo puede ir sacando porque ya me voy.

Otros nos

 

Y en otra charla descontracturada llena de contracturas
nos bajamos unas facturas, del gas llorábamos facturas
con sangre, ludor y ságrimas, desvariando para variar
¿Alguien fabrica buzones? Nosotros se los vendemos.
Es que lo desconocemos, por eso le preguntamos
será tan bueno avanzar, ¿nosotros a dónde vamos?
No lo sabemos nosotros, nosotros sólo sabemos
que su locura, paradójicamente mental, lo curó.
¡Qué lo tiró, qué lo tiró! Gritaba rítmica la religión
y era un caballo alazán, su porfía del carro lo tiró
acometió pagar cometas, le reclamaba la comisión
quién sabe si agitó o sorbió, no se supo si enfermó
pero nadie al fin comprendió, cómo fue que murió:
era alérgico a la salsa de caballa. Tenía ají, puta parió.

Pinceladas VI

pince6

Estoy observando una cara en el espejo. Parece un rostro conocido, con un gesto que no habla, pero interpreto por sus arrugas que hoy le pesa la vuelta al trabajo. La doy vuelta y es una seca. Podrá contar con el deceso de alguna madre o de alguna esposa, si es que se toman la molestia de despedirse en un día como hoy, donde toca regresar al trabajo. Pero eso no sucede. Nadie se brinda cuando es necesario sino que lo hacen en momentos inoportunos. Navidades y cumpleaños, o cuando están cerrando el negocio de sus vidas. Qué se le va a hacer, decía un maestro hindú. Pero en Punta Alta no hay maestros y la India es un lugar inhóspito que no visitaría ni vacunado. Hay otra posibilidad que se baraja para extender las vacaciones que como estrategia legal es factible: dar parte de enfermo. El problema es conseguir un médico que me firme que tengo rubiola, zika o mal de chagas. Lo descarto y me termino de afeitar. No queda otra que poner el hombro, bajar la cabeza, ajustar el cinturón, lustrar los zapatos y mirar de frente el problema. Y ahí estoy otra vez en los límites de un espejo empañado por el vapor que expidió la ducha. Prendo la radio para escuchar a alguien que despotrica contra los políticos, los de ayer y los de hoy. El desayuno no está servido. Qué raro. Ahora recuerdo que mi mujer ya no me acompaña, pero qué habrá pasado con mis hijas siempre tan atentas… Bueno, lo más probable es que estén cuidando a sus nietos ahora que lo pienso. Y siguiendo esa línea resulta irrefutable que a esta altura ya no tengo que ir a trabajar. Por un momento me quedé como suspendido en otra época, de menos colores, menos luces, menos palabras. Menos tránsito también. Estoy esperando que el semáforo cambie a verde para poder cruzar. Febo asoma. Un ruido ensordecedor me hace mirar hacia arriba para ver qué sucede en el éter y comprobar que es un helicóptero el que se desplaza por allí. Detrás una bocina se deja oír. Miro el semáforo y sigue en rojo. El chofer del remisse se impacienta porque su próximo pasajero no sale de la casa. Una señora pasa caminando por la senda peatonal con cierto apuro. Observo de reojo el semáforo sobre la calle perpendicular y veo que está en rojo al igual que el que me habilitaría el paso. Es un momento de incertidumbre que un peatón se lo toma con humor. No hay malabaristas a esa hora, ni gente que te ensucie los vidrios, pero justo una paloma sobre el tendido eléctrico se ocupa de ello. Apago la radio, prendo el aire y miro la hora. Ahí me veo cruzar la calle saltando con un portafolios negro y guardapolvos blanco yendo a la escuela alegremente. Los dioses juegan con la imaginación y el hombre se divierte. Enfrente en lo más alto hay una pantalla que transmite anuncios publicitarios. Un motor levanta las persianas del comercio que está debajo. Al lado, hay un muro con algunas pinceladas que simulaban algún tipo de flores de colores y un verso dícese poético, y a mi lado, de un automóvil oscuro, se oye electrónica dícese música. Prendo la radio, apago el aire y oigo la hora. Se me va a enfriar el café. Finalmente, alguien aprieta el botón del verde para darme el paso. Acelero y ya no hay semáforos que me detengan en el tiempo ni espejos que me anticipen cuarenta años ni imaginación que se retrotraiga otros tantos. Bajo del auto y activo la alarma. La voz metálica me dice en qué época estamos. Vibra mi celular en el bolsillo del pantalón. Es un mensaje que me recuerda el vencimiento de la factura telefónica. Escucho un clarín cercano, o es una trompeta, pero no tengo tiempo de mirar. Justo a tiempo, marco tarjeta y sello el fin de las vacaciones.

Pinceladas II

Me detiene un hombre para preguntarme cómo hace para salir a Bahía y cortésmente le señalo el camino. Como vista gratuita tendrá el cementerio local para confirmar que el tiempo es limitado. Una pareja de recién enamorados me pregunta dónde encontrar un cine y, con rubor, le indico el mismo camino que al anterior caballero. Desapareció la pantalla grande acá, pero las domésticas siguen creciendo a paso firme. Otros pasan hablando por celular sin tener mucho por decir. Y los más jóvenes siguen chateando creyendo que están conversando. Baja de un camión un hombre de gruesos bigotes y me pide que le indique algún hotel barato para pasar la noche. Los más barato es pensar; el aire acondicionado y el agua potable han subido al compás de la inflación. Un perro anda suelto buscando algo para comer entre unas bolsas de desperdicios. Continúo caminando y observo a un pintor retocando la fachada de una casa de frente marrón con vivos blancos. Veo muchas casas que no tienen ventanas a la calle. Los que miran afuera lo hacen a través de la tecnología de la época. Tal vez por las ventanas a la calle lo hace sólo alguna viejecita que ya hizo lo que tenía por hacer en vida y nada más le queda esperar. O quienes esperan que algún cliente ingrese a sus locales de venta al público. Uno entra a una rotisería tras dejar el auto en marcha y me pide que si veo que vienen los agentes de tránsito les diga que es un minuto. No me alcanza a escuchar cuando le digo que me estoy yendo. No sé dónde voy, pero me alejo, lo que quiere decir que me acerco a otra cosa o lugar. Bueno, un lugar es un conjunto de cosas. O un vacío de cosas en todo caso como un desierto, aunque no tanto porque hay tierra, espacio, fuego, aire, pero escasea el agua. Tengo sed y me compro una coca en el camino. En la calle no hay vendedores de ningún tipo. Si te tocan el timbre tenés dos posibilidades: o te vienen a cobrar o buscan fieles para las religiones que quedaron de pie. Si es visita te llaman por teléfono desde la puerta y si es un remisse te toca bocina. Suena una bocina y miro para ver quién está detrás de los vidrios polarizados, pero el saludo es para una mujer que viene caminando de frente y agita la mano en señal de que el saludo era para ella. Uno toca bocina y desde el auto que atraviesa la calle transversalmente le responden. Nadie grita “diario” y al afilador se lo escucha una ocasión cada semestre, pero bastante seguido se escucha por un altoparlante que todavía compran calefones. Pienso en el calefactor y considero que lo tengo que hacer ver antes de que llegue el invierno. De paso me compro una frazada que en esta época no sé por qué parecen menos costosas. Me dicen que todavía no entraron, debe ser por eso. De inversiones no sé nada, pero por las dudas pregunto el precio del ladrillo. Antes de cruzar por la esquina miro para ver si viene algún vehículo y veo que en calle Luiggi hay cinco contenedores y un ciruja en dos de ellos buscando hacerse unos pesos con lo que derrama el capital. Después te dicen que no hay laburo o que los jóvenes no tienen porvenir en la ciudad si no entran a la fuerzas. Hay un personaje que en su locura le da un tono de color a las calles corriendo los autos. Había otro que tomaba vino con el mate sentado en la vereda. Una chica que apenas supera los veinte años tiene más tinta en la piel que sangre en las venas. La miro y me sonríe. Hace calor y esta noche de verano no habrá bailes ni sueños.

Sobre una hoja de tilo

Lo que me pasó es de no creer. Iba caminando en dirección este-oeste, sobre calle 7 de marzo antes de llegar a Pueyrredón y había un charco justo contra el cordón cuneta. Encima del charco, una hojita amarillenta flotaba, de unos 5 centímetros de diámetro. Aparentemente era la hoja de un tilo. Encima de la hoja, lo vi clarito, había un saltimbanqui que me hacía morisquetas. Y sobre la hoja, tenía delante una especie de dedal en el que recolectaba las propinas que la gente le dejaba. De repente, un gnomo con una gaita salió del charco y se puso a tocar. El saltimbanqui se puso a danzar y se agolpó cantidad de gente alrededor del charco que las propinas rápidamente sobrepasaban la capacidad del dedal. Del tilo descendió un arlequín del tamaño de los otros que, con una flauta, se sumó a la orquesta. La gente estaba como loca de contenta y algunos lo empezaron a filmar, videos que ya se pueden ver en youtube desde esta tarde. Lo trágico fue que un boludo le dejó de propina una moneda de 2 pesos y la hojita no aguantó el peso, con lo que se hundieron los tres. Nosotros los quisimos rescatar, nos metimos con kayaks y botes inflables, tiramos salvavidas y sogas para ver si los sacábamos pero fue imposible. Lo único que pudimos pescar fue la gaita. A la moneda la dejamos ahí y alrededor del charco levantamos un muro. Desde esta noche todos van al mismo y lo utilizan como fuente de deseos. Le pusieron luces y quedó muy lindo, resplandeciente. Antes de volver había un loco que, tirando una moneda, pedía que el agua se convierta en vino.

Despedir

Era la mañana de un día martes. Un martes cualquiera. Temprano. Hacía calor. Se oía el canto de los pájaros sobre los árboles aledaños. Se oía también, el paso de automóviles por la calle fuera. De repente, sonó el timbre.
-¿Quién es?, preguntó Hugo Ronsell.
-“El cartero”, dijo una voz al otro lado de la puerta.
Hugo buscó las llaves.
-“Telegrama”, dijo el cartero.
Hugo firmó. “NOTIFICÁMOSLE –leía- QUEDA CESANTE EN SU EMPLEO A PARTIR DEL DÍA … “. El impacto en sí fue tremendo. Primero se sentó pensativo, buscando respuestas. Se tomaba el rostro primero, luego la cabeza. Se levantó de su asiento, caminó dando vueltas un rato por toda la casa. Aceleraba su paso a medida que lo hacían también sus pensamientos, y se detenía, cada tanto, cuando no le encontraba lógica al asunto. “Si bien, lo he estado esperando –pensaba- , nunca creí que fuera así, tan brusco. Tal vez si me hubiesen dado un indicio”. Seguía pensando: “Parece que era lo que deseaba, pero cayó como un veneno en mis entrañas”.
Al cabo de un rato, en que Hugo se dio un baño y, luego, tomó una taza grande de café, se dirigió a un estudio jurídico con el que ya había tenido algún trato en ocasión de un accidente de tránsito que lo había visto envuelto. Allí lo recibió la secretaria del abogado Garismendi, y le pidió que aguardara al doctor un momento. Luego de varios minutos de espera, fue atendido por el doctor.
Al mediodía, Hugo pasó por un café y pidió un cortado con un tostado de jamón y queso. Tomó el diario para distenderse un poco. Hojeó la sección espectáculos. No quiso saber nada de temas de actualidad ni política. Allí, en una nota, entrevistaban a una joven que había dado a luz durante un recital de La Portuaria. Era todo un acontecimiento, luego de los alumbramientos en recitales de Babasónicos, Los Tipitos y Los del fuego, éste resultaba ser el primero en un estadio de básquet, pero no durante un partido de dicho deporte, ya que hubo dos recordados partos en Quilmes – Chascomús Unido y Ferro Carril Oeste – Ciclista. Luego repasó los clasificados del día, pero no estaba de buen ánimo para encarar su búsqueda en ese momento, tras el reciente golpe. Menos aún, luego de leer en necrológicas el anuncio:

♣ Hugo Ronsell ( Q.E.P.D. ) A un año de tu partida,
cada minuto que pasé sin ti te extrañé más.
Cada recuerdo que acudió a mí me embargó en llanto,
si fue de ti. Tus palabras, claras, prudentes. Tu
compañía, cálida, en paz. Hoy siento que ya no estás.
Después de un año, sé que te vas. Espero, descanses ya.
La vida debe continuar más allá de nuestros deseos.
Te amé desde el primer al último día.
Geraldine Arias.

Hugo se quedó pensativo. Intentó recordar si conocía a alguna joven con ese nombre. Pasó por su memoria un tenue recuerdo de una chica que había conocido alrededor de 15 años atrás, por un breve tiempo. Pero creía estar seguro que llevaba otro apellido. Guerín o Guerni. Lo descartó. Bueno, no debe ser para mí, se dijo. Será un homónimo. Alguien que lleve el mismo nombre. ¿Será un pariente lejano?, pensó. Curioso, mínimamente. Además, no estaba muerto. Por un instante dudó. Observó la fecha del diario: indicaba que se trataba exactamente de un año posterior al día. Se levantó con el diario en su mano, y se acercó a una mesa próxima donde un hombre tomaba un café.
-Oiga -le dijo Hugo- me puede decir qué pasa con este diario, me extraña qué ha pasado con la fecha que indica.
El hombre tomó el diario, observó lo que Hugo pretendía que viera. Dio vueltas las páginas una y otra vez. Luego dijo:
Al parecer en las páginas pares figura un año, en las impares otro. Debe ser un error de imprenta. Curioso.
Hugo le agradeció y se volvió a ubicar en su mesa.
Un instante después, se le acercó una niña que no tendría más de 11 años. Le mostró colocando sobre la mesa unas estampitas, gesto que Hugo rechazó con un gesto.
– Tengo hambre, dijo la pequeña.
Hugo respondió:
-Mira, niña, si no estudias tendrás hambre toda tu vida.
Ella tomó las estampitas, tomó una y la dejó sobre la mesa:
– Es San Cayetano. Se la regalo. Algún día la va a necesitar -le dijo con una sonrisa amplia, pero carente de vitalidad.
– Toma -le dijo Hugo extendiendo su tostado hacia la niña- puedes quedarte con él. Al menos hoy no pasarás hambre. Perdona por lo que dije anteriormente. A veces la gente grande estamos absortos en nuestros propios asuntos y no prestamos la atención necesaria a quien pretende algo nuestro. Fingimos que no nos importa, para dar preferencia a nuestro pequeño problema creyendo ser superior. Con tu actitud me has mostrado que he sido un necio. ¿Cómo te llamas?
– Geraldine. Geraldine Arias. Vivo con mi padre y dos hermanitos. Nuestra madre falleció hace 3 años y mi padre enfermó y perdió su empleo. Por la mañana reparto estampitas para ayudar en el hogar. A la tarde voy al colegio.
El impacto en Hugo fue tan fuerte que trastabilló de su silla. La niña saludó y se marchó de allí. Hugo la siguió con la vista, reflexivo. La siguió mirando cuando al cruzar la vereda fue embestida lentamente por un auto, que frenó en el choque. La niña cayó al pavimento. Hugo salió corriendo en dirección a ella, como mucha gente que se agolpó alrededor. “Apártense, dejen espacio. Estoy con ella”, dijo Hugo al llegar. Hugo se agachó para verla y notó el temor en su rostro. La revisó, y al parecer, no encontraba grandes heridas. Tras el toque, el señor que conducía aquél automóvil frenó. El golpe fue pequeño, la caída menor.
Al rato llegó la ambulancia y Hugo pidió acompañarla. Se sentó a su lado, puso la mano sobre su rostro y le decía, dulcemente: ”Todo está bien… todo está bien… todo está bien…”. Llegaron al hospital, se le hizo el estudio correspondiente, y un médico le dijo a Hugo:
-Va a estar bien, fue sólo lo que usted vio.
Luego, la pequeña dormía. Sobre una mesita, al lado de su cama, estaba el tostado de jamón y queso.

Apariciones

Ya estaba amaneciendo pero Arturo no se había enterado del suceso. Caminaba por un sendero rodeado de cipreses cuando en el medio del camino observó una ardilla corriendo. La siguió con la mirada hasta verla trepar a uno de los árboles. En la copa había una comadreja agazapada. Se inclinó para recoger una piña y cuando la tuvo en una mano descubrió que no era una piña, sino que era un grifo. Lo abrió y de allí empezó a correr un pequeño reguero. Se enjuagó el rostro, sentía calor. La sombra que daban los árboles no le permitió ver la luz. Sin embargo, vio con claridad cuando la ardilla se le vino encima. Arturo la pudo esquivar y el animal corrió hasta otro ciprés, donde trepó con agilidad. Un mosquito rondaba su cabeza. Arturo observó que un yaguareté se asomó entre los árboles a cierta distancia. Empezó a sudar. Se ocultó tras un ciprés y el mosquito parecía seguirlo. El yaguareté se desplazaba armoniosamente por el bosque en dirección a Arturo. Éste espiando bajo la copa del árbol notó que el felino se había dado cuenta de su presencia y empezó a correr en dirección contraria. El yaguareté lo persiguió y cuando estaba a pocos metros Arturo tropezó con una rama y cayó de cara al suelo. Se dio vuelta y observó al animal de frente, a tres metros, rugir. En ese momento de terror, el mosquito lo picó en el rostro y Arturo despertó.
Se dio una ducha y cuando se estaba secando observó el reflejo de su rostro en el espejo y tenía allí la marca de la picadura del insecto. Menos mal que sólo fue un mosquito, pensó Arturo, ese tigre me iba a devorar. Se preparó un café y recogió el periódico que le habían dejado junto a la puerta. Mientras revolvía con la cuchara en la taza, de la misma emergió una figura extraordinaria, aunque diminuta. Tenía un torso musculoso y rostro de león. Sobre la espalda, dos enormes alas de cóndor y sus pies eran filosas garras de águila. Arturo lo contempló. Alucino otra vez, dijo Arturo. Tomó la figura con su mano y la alzó para observarla mejor. La colocó en su hombro izquierdo y bebió un sorbo de café. De repente, oyó una voz.
-Arturo, sorete duro.

Miró en todas direcciones buscando la procedencia de aquella voz. Caminó hasta la habitación y comprobó que estaba vacía. De nuevo, una voz lejana se hizo escuchar.
-Arturo, sorete duro.

Observó por la ventana ingresar la claridad de la luz del día. Cuando iba a dar otro sorbo al café, se detuvo a ver la aparición de otra magnífica silueta en la taza. Ésta tenía la corpulencia de un oso, el rabo de un tigre, sus manos eran garras de buitre y el rostro de un hombre calvo y huesudo. La colocó en su hombro derecho y terminó de beber el café. Cuando se estaba cepillando los dientes el hombrecillo con cuerpo de oso le habló.
-Arturo, llévame a conocer a Nancy.
-Ahora está trabajando, no podemos ir.
-¿Qué te parece si vamos al zoológico entonces?
-De acuerdo. –dijo Arturo con la boca llena de pasta dental.

Caminó hasta la parada de colectivos y esperó el 48. Una mujer a su lado observaba con atención las figuras sobre Arturo.
-Lindas mascotas. –Le dijo- ¿Qué son?
-Ardillas. –dijo Arturo.
-Nunca tuve de esas. ¿Muerden?
-No, pero pican.

Llegó el colectivo y ambos lo abordaron. El chofer llevaba un sombrero vistoso del que sobresalía una especie de árbol navideño con un juego de luces titilando adornado con unas cuantas estrellas y bolitas brillantes. Arturo se sentó en un asiento de la fila de asientos dobles, del lado de la ventanilla, quedando el asiento contiguo libre. Delante de él, una pareja compuesta por una joven de pelo corto rubio, de bello rostro, y un muchacho de pelo largo negro, de rostro infame. Ella le decía que sabía que lo de una tal María con él era cierto, pero él negaba descaradamente. Ella le decía que tenía testigos, pero él los desprestigiaba aduciendo que eran gente de baja reputación y de poca credibilidad. Al lado de Arturo se sentó un testigo de Jehová que le empezó a conversar de las normas que regían el universo, según su fe. El muchacho le habló de un destino de gloria si Arturo cooperaba con los designios que él profesaba. Arturo accedió, más que nada para no contrariar al joven, y se ganó su lugar en el paraíso. Contento, se bajó cuando estaba próximo al zoológico y se dirigió en principio a la jaula de los leones. El macho y la hembra dormían apaciblemente allá abajo. Dos cachorros se mordían jugueteando. El hombrecillo en su hombro derecho miró con curiosidad.
-Tienen hambre.-dijo luego.
-Seguramente.
-No tienen espacio para correr libremente.

El leoncillo en su hombro izquierdo lanzó un formidable rugido que estremeció a Arturo. El león en lo bajo despertó de su siesta y correspondió el rugido. Luego intercambiaron rugidos uno y otro, desafiándose mutuamente. Arturo caminó hasta la jaula de las aves, donde un precioso pavo real extendió su llamativa cola cuando lo vio llegar. Las aves parecían contentas y volaban de una rama a otra, e incluso algunas cantaban. Otras comían y bebían sin medida. El leoncillo voló y se coló a la jaula por una pequeña abertura. Algunas aves se espantaron al verlo tan cerca y otras, en cambio, se acercaron y volaron con él. Después de un rato, el leoncillo emprendió el regreso al hombro izquierdo de Arturo. Luego se dirigió a la jaula de los monos y allí observó un chimpancé que le quitaba piojos a otro y se los comía. Arturo observó atentamente el movimiento de los primates.
-Ser o no ser. –Dijo el hombrecillo en su hombro- Es, al parecer, cómo de la nada ha llegado todo a ser, un misterio inextricable.
-Así es. –Dijo Arturo- Un misterio. –Repitió- Como tú.
-Vayamos a ver las jirafas. –sugirió el hombrecillo.

Caminó hasta el sector donde se encontraban las jirafas. Sólo había dos que comían las hojas de unos árboles. El leoncillo rugió y las jirafas miraban para ver de dónde provenía aquél rugido. Lo observaron a Arturo y luego continuaron devorando las hojas. Arturo ya estaba bastante aburrido del espectáculo cuando el hombrecillo le habló.
-Cuántas maravillas que ofrece la diversidad. –dijo.
-¿Cuántas?
-Muchas. Infinidades. No se sacia el ojo de ver.
-Creo que por hoy he visto suficiente. Volvamos.
-Quiero ver un oso. –argumentó el hombrecillo.
-No hay osos en este zoo. –explicó Arturo.
-¿Qué tal uno en la televisión? Podrías alquilar una película de osos.
-De acuerdo. –dijo Arturo.

Emprendieron el regreso en colectivo y una mujer señalando a Arturo, le dijo a su hijo que observara los títeres. El niño quedó fascinado. Se bajaron en la esquina de un videoclub. Arturo alquiló dos películas de osos. Una de animaciones, la otra de caza. El hombrecillo estaba entusiasmado. Cuando llegaron a la vivienda, Arturo puso a reproducir una película y las dos criaturas se sentaron a observarla. Se trataba de Kung Fu Panda, y ambas la miraban con deleite mientras comían pochoclos que Arturo había comprado en el camino.

Mientras tanto, Arturo estaba leyendo un pequeño libro que trataba superficialmente el tema alucinaciones. En él, se narraban historias de apariciones frecuentes, como santos y mesías, vírgenes y demonios, delante de personas devotas. El mismo no arrojaba luz sobre la conciencia de Arturo, pero se entretuvo bastante leyéndolo. Cuando finalizó, reparó que en el sillón donde habían estado sentadas las criaturas no había rastros de ninguna de ellas. La película había terminado y sobre la imagen se leían los créditos. Arturo se preparó un café y lo revolvió con temor, temor que desapareció gradualmente cuando pudo degustarlo sin ninguna controvertida aparición. Un mosquito rondaba su cabeza. Arturo lo espantó con su mano. En ese momento, de la habitación, emergió un yaguareté.

Obsoleto


-Hola Jorge, ¡tanto tiempo!
-¿Tanto tiempo de qué? Si nos vimos ayer…
-¿Cómo anda la familia?
-La familia bien, pero yo no.
-No sé si alegrarme o sentirme triste. Decime qué puedo hacer por vos.
-No, no puedo delegarlo, lamentablemente. ¿Puedo pasar al baño?
-Pasá, pasá. Lo único vas a tener que arreglarte sin el inodoro. Lo mandamos a sacar.
-¿Por qué tomaron semejante medida?
-Era obsoleto. Pertenece a otra época.
-¿Y ahora qué hago?
-Actualizate. Bajate los últimos drivers y en todo caso leé el manual.
-No entiendo Miguel. ¿Dónde hacen sus necesidades ustedes?
-Evacuamos por los poros como todo el mundo moderno. Vos estás out.
-Che, ¿Qué es ese olor?
-Perdón, no te avisé que estaba cagando.

Alien

Ahora que tengo Facebook soy alguien. Antes no. Era nadie. Pero ahora puedo decir con seguridad que soy alguien. Y eso es una tranquilidad, porque ser nadie es como no existir. Ya me decían mis amigos, cuando no tenía celular que sin celular no existía. Y como no existía no me daba cuenta. Me decían que sin plata no existía, que sin Nike no existía y cosas así. Pero uno, al no existir, ni cuenta se da. Pero ahora existo, aunque ya me vienen dejando afuera de la existencia diciéndome que, esta vez, es porque no tengo Instagram ( ya estoy forrado en guita, tengo ocho celulares, cinco pares de Nike y tres cuentas de Facebook ). Esto de ser alguien, aunque parezca divertido, me está llenando un poco las pelotas. En cualquier momento vuelvo a mi antigua condición de ser nadie.

En asiento volando

Cada vez que tengo pan duro, el hambre se aleja. Esto me pasa por construir aire en los castillos. Por eso siempre digo que no hay que mirar el ojo en la paja ajena, ya que como es sabido ojos que no sienten, corazón que no ve, porque perro que muerde no ladra. Mi abuela aclaraba las cosas: quien siembra tempestades recoge con el viento, pero ella no sabía que al tirarle a dos pájaros uno muere. Todos sabemos que el pensamiento salta donde menos liebres hay ya que una casa bien entendida empieza por la caridad, desde que entran moscas en bocas que se cierran. A mí, la sarna que pica me gusta.

La gran barata

Entra un equipo de rugby a un minimercado, todos recontrasudados, con barro hasta en las orejas, pero, no obstante, los tipos muy educados.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes.

El empleado asintió con la cabeza, un poco sorprendido por la mala fama que tenían estos deportistas y máxime cuando salían en grupo. Uno de ellos, que parecía ser el capitán, tomó la palabra y preguntó por el precio de la hambuerguesa, que lucían a la vista ya preparadas para comer.

-100 pesos. -dijo el empleado.

Los rugbiers se miraron entre ellos.

-Es cara.

-Es cara.

-Es cara. -dijeron los quince.

El capitán preguntó por el precio de la cerveza, precisamente la lata de Heinekken de medio litro.

-90 pesos. -respondió el empleado.

Los rugbiers, con una tranquilidad propia de golfistas, se miraron entre ellos y dijeron uno tras otro:

-Es cara.

-Es cara.

-Es cara.

El capitán, inmutable, volvió a tomar la palabra, esta vez para preguntar por el precio de la picada, cuyas bandejas se observaban detrás del vidrio de una heladera exhibidora.

-150 pesos -dijo el empleado impertérrito.

Los rugbiers, cuyo sudor no cesaba de gotear el mosaico del local, se volvieron a mirar entre ellos y uno a uno dijeron:

-Es cara.

-Es cara.

-Es cara.

El empleado los miraba detrás del mostrador y, cuando los vio girar y creyó que se iban, los rugbiers tomaron posiciones de frente como en su mejor scrumm con un grave y sostenido grito de guerra:

-¡¡¡¡Escaramuza!!!!!!!!!!

Arrasaron con hamburguesas, picadas y latas de Heinekken, cayendo otros productos a su paso cual huracán, mientras el empleado, acurrucado en un rincón, debajo de un mostrador veía pasar al capitán, en la cola de los alegres rugbiers, con una tira de salamines colgando del cuello a título de medalla.

4G

Segundo Décima era un rockero de cuarta. Pero de no cuarta categoría como podría presuponer algún desprevenido, sino de cuarta generación. Cuando todos iban por la segunda, él metía quinta a fondo. Sin embargo, no fue sino hasta su sexto disco cuando lo reconocieron en una premiación en la que había sido ternado como artista revelación. Segundo, no obstante, se rebeló y no asistió a la entrega quedando la estatuilla en manos de su manager, quien la vendería luego para comprar chocolates. Décima tenía la particularidad de haber sido el primero en fundar un quinteto de vientos en esa categoría musical. Una de las canciones de dicho disco, titulado “Noveno cuarteto” disparó algún tipo de controversia con sus colegas. Parte de su letra daba parte de la filosofía que encaraba Décima en aquél tiempo:
A Dios gracias, existe el olvido
santo remedio final
en el que se desvanece mi mal.

Los más agitados fueron sin dudas Los tipitos, quienes pusieron el gritito en el cielo. Segundo Décima, lejos de retractarse, lo reafirmó en sucesivas canciones posteriores, sobre todo en el octavo hit del duodécimo disco ( dicho sea de paso, éste alcanzó a ser Disco de Níquel con las ventas al público en su primer año ), que sentenciaba en un pasaje del mismo:
La memoria en su tiranía
no cumplirá la promesa,
finalmente te olvidaré
tengo absoluta certeza
fue falsa la travesía
de mí te desterraré.

A pesar de sus numerables logros, Décima cayó con su último disco ( el vigésimo ) en el olvido del público. Los jóvenes no escuchaban sus canciones ni las tomaban en consideración. Los más veteranos, por su parte, reconocían que Segundo había perdido el ímpetu que caracterizó sus comienzos en la música. Se despidió con más pena que gloria dejando su vocación definitivamente tras la trágica muerte de su mujer, la afamada actriz Gloria Penna, en un accidente automovilístico. Hoy Décima pasa sus días recluido en su chalet de la cuarta avenida, alejado de la música, a la cual no destina ni una décima de segundo de su vida.

Diálogo entre dos marmotas

-¿Desde cuándo insultar a otro causa gracia?
-Desde el advenimiento de la imbecilidad.
-¿Por qué un insulto en una dirección es gracioso y en la opuesta es ofensivo?
-Por la relatividad de los polos intercambiables y la intransigencia de los caminos.
-¿Por qué la ignorancia tiene el impulso de perpetuarse en su orgullo de no saber?
-Porque desconoce su condición y hace alarde de ella en contraste al conocimiento que la descubre.
-Si todos tenemos algo de imbécil de lo que jactarnos, los que dominan el mundo ¿son los reyes de la imbecilidad?
-En el país de los imbéciles, el idiota es rey.
-¿Quién nos guiará en el camino del despojo de la estupidez?
-Sólo aquél estúpido que se haya despojado de su estupidez.
-¿Por qué la imbecilidad es tan atractiva?
-Porque se considera que se la puede dominar, que se la puede conquistar con poco.
-¿Cuál es la diferencia entre un idiota y un imbécil? ¿Y el estúpido?
-El imbécil hace diferencias, el idiota no las reconoce; el estúpido pregunta.
-¿Los imbéciles puede ser eruditos?
-Doctos.
-¿Cómo reconocemos al estúpido?
-Se viste a la moda, habla a la moda y piensa a la antigua.
-¿Por qué somos tan idiotas?
-Por mérito. Valor y tesón. Constancia y sacrificio. Y sobre todo superación y competencia.
-¿Cuál es el límite de la estupidez?
-Carece de fronteras concretas y se propaga al doble de la velocidad de la luz. Además se hereda y se cultiva.
-Cuando comprenda todo lo expuesto, ¿qué ocurrirá?
-Obtendrás tu diploma de imbécil y una corona de idiota.

Alto rendimiento

Cuando practicaba deportes, mi mayor bronca pasaba cuando, en juegos de equipo, no era partícipe de los errores. Pensaba y daba vueltas al asunto… por qué tenía que jugar con semejantes chotos?? No me podría haber tocado jugar en un equipo con jugadores un poco, y digo un poco, màs decorosos? Qué malos que eran! Encima se creían el Barsa!En fin, mi apreciación como jugador estaba tan alta que pensé muy seriamente en llevar mis apetencias atléticas a practicar un deporte en el que no tenga que depender de otros para los resultados. Así fue que me volqué al tenis. Jugaba solo, dependía de mi rendimiento y no podía culpar a nadie si las cosas no resultaban. Me tenía mucha fe, básicamente por la destreza que mostraba sobre el césped, la inclinación natural que tenía para los deportes aeróbicos y la alta competencia y el buen estado físico y de salud que ostentaba. El torneo fue maravilloso: bien organizado, con jugadores de alto nivel y gran afluencia de público. Se extendió a lo largo del año y jugué todos los fines de semana. Al finalizar la temporada, más allá del goce natural por la participación en tan magno deporte y quedar último cómodo habiendo ganado un sólo game en todo el año , resolví volver a jugar con mis antiguos compañeros del fulbito de los domingos. Qué se yo… son buenos pibes y tan mal no la pasábamos. Quizá haya algo de cierto en eso que una vez el Tortu me dijo: el choto sos vos.

Las viñas de la seño

Hoy me levanté con un corazón generoso, de ánimo benevolente, con ganas de hacer bien en un mundo opaco y gris donde se veían cabezas gachas y aflicción. Anduve buscando toda la mañana la oportunidad para obrar, pero ésta me resultaba esquiva. No obstante, eso no me amilanó y persistí por la tarde, a pesar de que ninguna viejita siquiera pedía mi ayuda para cruzar la calle o ni un gato arriba de un árbol lloraba para que lo bajen. Cuando el sol caía y me disponía a regresar a mi casa y dormir ( los lunes por la mañana suelen ser difíciles ) divisé en la vereda de enfrente un hombre caminando a toda prisa, pero había notado una anomalía. Lo perseguí raudo, a la mayor velocidad de la que podía ser capaz. El hombre parecía asustado o perturbado por mi presencia siguiendo sus pasos. Logré dar con él luego de unos trescientos metros, ya que el buen hombre también había acelerado su andar. Le toqué el hombro, vaticinando un triunfo, y le dije eufórico:
-¡Señor! Tiene los cordones desatados.
El hombre en una mueca mezcla de susto y comprensión me dio las gracias. Me marché victorioso a reconfortarme con un merecido descanso, no sin dejar de pensar que mi obra de bien del día había salvado una vida.

El comensal

Como consumidor de arte, a veces lo suelo conjugar con mis apetencias culinarias. Por ejemplo, cada vez que devoro un libro lo sazono con omelette de caviar entre párrafo y párrafo, y si es de Kafka no puede faltar una buena salsa de champignones después de cada punto y aparte. Al escuchar música, entre acordes, arpegios y tiempos intercalo un regio plato de hongos japoneses y si es Bach, acompaño con salsa de cangrejo. Cuando observo un cuadro sólo me detengo en la contemplación para masticar trufa blanca que, cuando se trata de un Picasso, suelo aderezar con ajos de Pisa. Al detenerme en alguna escultura no dejo de congraciarme con algún corte de cerdo libanés y, cuando el paisaje ofrece arquitectura de la Edad Media, opto por ciervo de Canadá con salsa de langosta. Por último, asisto los fines de semana a ver alguna obra de teatro para lo cual llevo siempre en el bolsillo un túper con una porción de kebab con cordero lechal de los Pirineos, o, en su defecto, me voy al cine a ver la última de Tarzán a comer pop corns.

Don Zárate

Érase una vez, un hombre desgarbado que poseía el don de la adivinación. Este buen hombre se decía que tenía poderes de clarividencia y podía predecir sucesos futuros a los cuales el ser humano común y corriente no tenía acceso hasta tanto hayan sucedido y pueda acceder a la solicitada información.
Este hombre era consultado diariamente acerca de cuestiones cruciales para los interesados que lo visitaban, tales como: cuándo conoceré al amor, me despedirán de mi empleo o no, conseguiré el ansiado ascenso, qué número de lotería sale esta noche, tendré suerte en esta vida sino en cuál, cómo estará de salud mi madre, a qué hora pasa el cuarenta y tres, etcétera.
En sus comienzos, este hombre no cobraba dinero por sus videncias, sino que pedía a cambio algún alimento o abrigo y el hombre, así, no tenía necesidades extraordinarias, pero con el tiempo vio la posibilidad de generar cuantiosos ingresos monetarios por su don y fue así que empezó a cobrar en efectivo para hacer sus lecturas del destino. Y no eran menores las tarifas que cobraba por ello. Tan altos eran sus aciertos que la gente acudía cada vez con mayor asiduidad y, además, en mayor cantidad, multiplicándose por la buena fama que había cobrado este hombre, apellidado Zárate.
Aunque nunca reveló el secreto de su clarividencia, sus logros eran fantásticos y con tal nivel de exactitud que la gente muchas veces quedaba pasmada cuando sucedía aquello que había sido vaticinado por Don Zárate sin ambigüedad, porque fácil era dar indicios de sucesos catalogados en etiquetas como decir: algo bueno te sucederá en tal aspecto; o decir: encontrarás al amor, por citar ejemplos, eran situaciones que poco le decían a quien deseara investigar el hilo de la trama de su historia antes de que haya sucedido. No obstante, muchos recurrían a este tipo de, equívocadamente, llamados videntes, con el propósito de apaciguar su penar, más que para adelantarse al destino. Escuchaban lo que deseaban y se iban felices.
Fue así, que Don Zárate pudo ver claramente la muerte de la hermana de un hombre que lo visitó, y se lo reveló sin rodeos. El hombre nada pudo hacer para prevenir dicho suceso, aunque quiso advertírselo sin ser oído.
En otra oportunidad, Don Zárate predijo la quiebra de una floreciente empresa de calzados en la cual todos serían despedidos, indicando la fecha, inclusive. Quien oyó, desconfió de esas palabras y quedó sumido en pavor cuando su empresa presentó la quiebra a los pocos meses, perdiendo él y todos sus compañeros su empleo y única fuente de ingresos para sus hogares.
Un día se presentó a Don Zárate una mujer visiblemente angustiada por una reciente separación que había sufrido y él le vaticinó el regreso de su pareja a los dos días, diciéndole la hora, incluso, en que golpearía a su puerta. Sucedió exactamente como Don Zárate predijo.
Así, la gente cada vez acudía a Don Zárate con mayor dependencia de lo que él mismo hubiera deseado. Al tiempo que se acercaban a diario mayor cantidad de gente, la salud de Don Zárate empeoraba a tal punto que perdió más de diez kilogramos en dos meses, quedando en un estado de impactante escualidez. Un día, Don Zárate reunió a toda la gente que lo visitó en ese momento y les comunicó lo que se avecinaba, inevitable: su propia muerte, indicando la fecha exacta de su propia desaparición. La gente tuvo reacciones dispares. Algunos se lo tomaron con calma, otros entraron en desesperación, otros lloraron sin consuelo por el afecto que los unía.
Sin embargo, la tristeza y la pena que sentían por aquél hombre era casi unánime.
Días previos a la fecha anunciada para su muerte, Don Zárate dejó de atender al público, agonizando en su lecho. Todos allí se dispusieron a preparar el funeral, con el consentimiento de Don Zárate.
Llegada la fecha, quienes lo fueron a buscar para velar encontraron a Don Zárate con una vitalidad renovada y un aspecto vigoroso. Radiante y visiblemente contento. Incrédulos ellos, preguntaron qué le había sucedido, a lo que Zárate respondió:
– Aparentemente, perdí el don.

La visión mítica

Íbamos camino a la playa, en el Roll Royce de Maratón Díaz, cuando vimos que desde la garita de vigilancia nos hacían señas para que detengamos la marcha. Maratón, obediente, desaceleró y estacionó unos metros pasando la garita. El oficial que hacía las veces de vigilante se acercó al vehículo y asomó sus barbas a la ventanilla donde Maratón ejercía la conducción. Lo observé detenidamente, con atención en su rasa barba.
-A este tipo lo conozco. -le dije a Maratón.
-Sí, creo que es el de la tele.-me dijo en voz baja.
-¡Claro! Es Vigilio. ¿Te acordás que nos regateó un voto vez pasada?
Nuestra conversación con Maratón fue interrumpida por una tos seca de Vigilio.
-Disculpen… ¿van para allá? -dijo Vigilio señalando el puerto.
-Sí. ¿A qué viene la pregunta?-dijimos casi en una voz.
-Este trabajo me tiene podrido. Quiero ir a recorrer un poco las costas. ¿Me llevan?
Maratón me echó una mirada escrutando. Asentí con la cabeza.
-¡Suba! -señaló Maratón.
El ex vigilante y ex oficial subió al coche agradecido. Enseguida se pusieron a debatir en torno a la política, cómplices en sus obras para la sociedad, que nadie le encomendó. Mientras, observaba por la ventanilla lo que me parecía la caída de un meteorito, paralelo a la ruta por la que viajábamos. Maratón, de vista perfecta, me cortó la inspiración:
-Es un ovni. -sentenció. Y en el primer cruce, ante el silencio de los tres, se metió por un camino rural.
Ninguno observaba ya el camino. Nadie recordaba la playa ni sabíamos distinguir si la radio emitía un reggaeton o un tango, abismados por la aparición que se había suspendido delante nuestro, contrastando con lo que quedaba de ocaso.
-No puede ser.-repetía una y otra vez Vigilio
Maratón había detenido el coche y el motor se apagó sin interacción de la llave. El platillo, que se mantenía suspendido, había comenzado a descender delante de nuestras narices muy lentamente, hasta que aterrizó. El impacto en nuestros corazones era tal que sólo oíamos nuestras respiraciones intermitentes.
De pronto, paralizándonos por completo, salvo nuestro sentido de la vista, una escotilla de la nave, que octuplicaba el ancho del Roll Royce, se abrió, elevándose.
Una silueta se asomó e inmediatamente una especie de escalera se desplegó delante. Nuestro asombro no nos daba tregua. Estábamos solos ante el fenómeno. ¡Miento! Detrás del vehículo había un turista en bicicleta. A quien suponíamos sería el primer alienígena en tener contacto con seres humanos se le había dado por poner mayor suspenso a la situación. No alcanzábamos a distinguir, tras la sombra de la aeronave, correctamente su figura. Pero lo imaginábamos extraño. Todo era suposición en nuestros pensamientos pues la oscuridad, a esa altura, nublaba cualquier atisbo de visión.
A todo esto, que el alienígena no descendía, el turista, a nuestra derecha, se nos había adelantado y avanzaba rápidamente, habiendo dejado la bicicleta detrás del Roll Royce. En su andar, nos distrajo y no alcanzamos a ver el reingreso de la escalera pero sí el cerrar de la puerta de la aeronave. La misma, elevándose en espiral, desapareció de nuestra vista.
Quedamos pasmados, en una especie mezcla de éxtasis con desilusión. El turista se dio vuelta, y Vigilio lo reconoció:
-¡Es Reviro! ¿Qué hace Reviro acá?.-inquirió.
Reviro Monfrinotti era un aclamado e ilustre filmador de eventos paranormales y había dado varias conferencias por todo el globo y en diversos medios.
Se acercó, con una sonrisa amplia, y exclamó:
-¡Lo tengo todo! ¡Todo!-señalando su celular.
Los cuatro quedamos impávidos. Habíamos estado a un instante del momento que cambiaría nuestras vidas, y probablemente el de la humanidad. Pronto en redes sociales un video de la penumbra, grabado en vga, se haría viral.

Claridad

El reflejo en una ventana devolvió la imagen de un cigarrillo que era pitado a fondo y luego una inmensa bocanada de humo cubría la totalidad del espectro. Éste, fantasmal, se desplazó hacia el frente arrastrando una silla en su camino. El hombre, paciente sentado en otra silla a unos cinco metros de aquella que se movió, escuchó el sonido del movimiento del mueble. Irguió la cabeza pero no encontró alma alguna capaz de moverla. Ni tampoco observó la silueta de un cuerpo al cual poder culpar del desplazamiento del mueble. Al instante, recordó la máxima spinettiana:”las cosas tienen movimiento”, y se sintió feliz. Apagó el cigarrillo, enérgicamente, decretando que allí finalizaba su exigua existencia. Una publicidad en la radio captó su atención. Era de una casa de viajes, invitándolo, casi ordenándole, reservar un lugar para conocer Cataratas. Sus ojos lloraron. No tenía resabios de tristeza alguna. Eran sólo lágrimas de cocodrilo. Abrió la canilla para lavarse las manos y observó que en la pileta chapoteaba un pequeño caimán. Buscó en la heladera restos de lo que en vida fuera un pollo y se lo dio al reptil. Este devoró rápidamente hasta los huesos del ave. A veces el hambre no nos deja ver con claridad, pensó. Pero luego se retractó: a la claridad se llega por el hambre de alcanzarla. Sus pensamientos sufrieron una inesperada interrupción cuando lo sorprendió el reventar explosivo de uno de los focos que iluminaban el ambiente. ¿Esto será la iluminación?, dijo entre risas. Arrastró la silla hasta debajo del portalámparas y retiró con cuidado el foco roto. Caminó hasta un armario en el que tenía varias herramientas, como ser un martillo, dos pinzas, tres tenazas, cuatro llaves francesas, cinco rollos de cinta adhesiva, seis serruchos, siete sierras, ocho mazas, nueve alicates y diez destornilladores. O doce. No los tenía inventariados. Entre ellas había, escondido, un foco que aún no había visto la luz. Él dijo: sea la luz. Y las tinieblas se disiparon. Se sentó, satisfecho con su pequeño logro, extrajo un cigarrillo del atado y antes de encenderlo, bramó: sea el fuego. El encendedor, lejos de obedecer la palabra de su amo, se deshizo en su diestra dejándole la palma cubierta de hollín. Le pareció oír una voz. Era una voz cálida y dulce, como el susurro de una mujer joven manifestando su amor por un hombre que, a la postre, le haría la vida puta. Prestó su atención a aquello y comprobó que no era una voz, y menos de esa mujer que en el interin imaginó alta, delgada, de cabello ensortijado color castaño cobrizo y nariz pequeña, labios carnosos y senos al tono, manos delicadas y piernas sugerentes, sino que se trataba del motor de su vieja heladera. Abrió la puerta y extrajo de allí una tira de asado y lo puso a hornear junto con un pedazo de vacío con el que llenó la fuente que introdujo en el horno. La mente King es matemática, pensó. La calculadora sobre la mesa emitió un agudo beep. Con números se había formado la ilusión óptica de la palabra hola. Apagó la máquina con el pulgar. La copa que estaba boca abajo sobre la mesa se movió imperceptiblemente. ¿Hay sonido más desagradable que el bocinazo ejecutado por un imbécil? Un sonoro timbrazo le restó importancia a la respuesta. Caminó hasta la puerta que daba a la calle atravesando un largo pasillo de más de cincuenta metros. Antes de abrir, preguntó quién era pero no obtuvo respuesta. Miró por el ojo de la cerradura y alcanzó a ver que se trataba de una mujer. Introdujo la llave para abrir la puerta en la cerradura y al hacerlo la misma se quebró, quedándose con la cabeza en la mano. Abrió la puerta y observó detenidamente a la mujer. Esta era alta, delgada, de cabello ensortijado color castaño cobrizo y nariz pequeña, labios carnosos y senos al tono, manos delicadas y piernas sugerentes. ¡Usted!, le dijo. La mujer extrajo una petaca de vodka de la cartera y bebió un trago. Luego pidió si le era posible su ingreso a la vivienda. Él se hizo a un lado de la puerta y la mujer se desplazó a través del pasillo a paso lento pero firme. Él vaciló. Cerró la puerta y trabó la apertura con una escoba. Caminó rápidamente hasta darle alcance a la mujer. Ella se detuvo inesperadamente en la mitad del pasillo. Él se quedó observando. Un gato negro cruzó delante de ellos para trepar luego una pared y perderse en un tejado. Ya en la vivienda, la mujer recorrió el lugar minuciosamente. Abrió la puerta del horno y probó una de las papas que enseguida escupió. Luego se detuvo frente a la pileta a observar el caimán. Le contó que había tenido dos hámsters, Rita y Fito, quienes perecieron tras un trágico incendio que redujo su casa a cenizas. Él encendió un fósforo y con éste un cigarrillo. Ella deambuló registrando con una cámara fotográfica las manchas en las paredes. Una tenía el aspecto de un Cristo llorando, pero de risa. ¿Cuál es el chiste?, se preguntaba a menudo. Y a menudo una respuesta acudía a su propia conciencia: eres tú, podía oír. Graciosos raptos de ocurrencia dispersaban sus turbaciones. La mujer continuaba caminando el ambiente. Recogió la copa de la mesa y la llenó de vodka. La petaca, vacía, resbaló de sus dedos y cayó al piso. No se rompió, pero el cerámico en el que golpeó se cachó. Él juntó la petaca del suelo y la arrojó a la basura. En el fondo de la bolsa había restos de una manzana que en su muerte daba vida a una orgía de gusanos que se multiplicaban en número y engrosaban rápidamente su apariencia.
-Y bien. –dijo la mujer- ¿Para qué me invocaste?
-Yo… yo… –balbuceó él.
-Soy producto de tu imaginación.
-Pero… ¿cómo?
-¿Cómo me llamo? Soy hipocondríaca, pero me llaman cariñosamente Hipo.
-Yo soy ortodoxo, pero nadie me llama hace tiempo.
-Orto… Ortito… or Tito, only. ¿Te gusto?
-Sí, llamáme cono quieras.
-No, digo si te gusto yo, ton Tito.
-¡Ah! Sí, claro. Sos tal cual te imaginé.

Hipo bebió el contenido de la copa. Se quitó el abrigo pues el ambiente acondicionado por el horno encendido hacía rato había entrado en cierto grado de calor que se hacía sentir. Se acercó al hombre y le arrebató el atado de cigarrillos. Extrajo uno y se lo puso delicadamente en la boca.
-¿Fuego?
-Si.

Él recogió la caja de fósforos y le encendió uno. Ella, tras prender el cigarrillo, le lanzó el humo sobre el rostro. Él tosió. Se sentó con las piernas cruzadas y observó cómo la cortina se movía lentamente. No había ninguna puerta ni ventana abierta a la vista. Tras esto, el foco que recientemente había sido colocado en el portalámparas parpadeó de manera intermitente. El motor de la heladera comenzó a escucharse nuevamente. El caimán eructó. La puerta del horno se abrió unos pocos centímetros.
-Esta casa está embrujada. –dijo la mujer.
-Lo sé. La compré en esa condición. Era más económica.
-Lo barato puede ser muy caro. –añadió ella.

Él se quedó observándola. Era particularmente hermosa. Con su rostro natural, apenas delineados los ojos y su cabello bien cuidado le daban, junto a su esbelta figura, una sensualidad única. Ella le dijo que se daría una ducha y caminó hasta el baño. No cerró la puerta y se bañó dejando su desnudez a la vista del hombre. Él la observó desvestirse y pudo apreciar que tenía la espalda y el pecho cubierto de pecas. En mi mente ya pequé, se dijo. Puso mesa para dos mientras ella cantaba una vieja canción que endulzaron los oídos del hombre.

Sé que cambiamos un poco
no me digas que no es cierto
Lo nuestro fue para siempre
y duró sólo un momento.

Esta noche no me digas nada…

Destapó la botella de un vino. El corcho rodó por el piso en dirección al baño y ella lo recogió dejando caer el toallón. Se puso el corcho en la boca y lo miró. Era sintético. Él se quedó titubeando. Ella se terminó de secar y se puso sólo la bombacha y la blusa. Sus piernas eran extremadamente largas. Él extrajo las fuentes del horno y las colocó sobre la mesa. Ella se sentó frente a él. Él le sirvió la comida y luego sirvió el vino. Era de tipo malbec de un color rojo profundo. Su sabor era suave y muy dulce. Ella bebió y él la imitó. La carne estaba jugosa y las papas crujientes. Ella agregó sal a los alimentos. La puerta del horno se abrió de par en par. Una hornalla estaba encendida. ¿La había prendido él? Negativo. El caimán brincó de la pileta y reptó raudamente en dirección al baño. De la ducha caía un fino reguero de agua fría. El espejo tenía gotas de sangre salpicadas. Un cepillo de dientes cayó al piso y el caimán se lo comió. El tenedor que por un momento soltó la mujer para beber vino con la mano que lo utilizaba dio un giro sobre la mesa. Él observó, pero no dijo nada, masticó un trozo de vacío que llenaba sus fauces.
-Esta papa está cruda. –dijo la mujer.

La puerta del horno se cerró intempestivamente produciendo un sonoro going. La hornalla estaba apagada. ¿La había apagado él? Afirmativo. La caja de fósforos ardía en una llamarada que alcanzaba el techo. Él vació una palangana de agua sobre la misma hasta que el incendio cesó. También se habían acabado los víveres. Sólo quedaba un cuarto de vino en la botella. Él sirvió idéntica cantidad en sendos vasos. Ella propuso un brindis y él accedió. Los vasos chocaron en el aire y la puerta se abrió de improvisto. No había viento fuera. Ni dentro. El caimán aprovechó para salir por la abertura. Un gato negro entró corriendo a toda velocidad y se dirigió a la habitación. Sobre la cama había un almohadón de plumas de ganso que el gato destrozó nerviosamente. Ella lo tomó de la mano al hombre y lo condujo a la habitación. Al verla, le preguntó si el ambiente era un gallinero. El negó con la cabeza. Se besaron y durante un momento se amaron sobre el colchón cubierto con una sábana blanca. Su piel era suave y delicada como sus manos. Los lunares de su espalda eran pequeños pero más aún las pecas en su pecho. El cabello perfumado daba la impresión que da el oler una flor fragante en primavera. La luz estaba apagada, pero una claraboya dejaba ingresar la luz de la luna dándole a la habitación cierta claridad. Ella se levantó diciendo que se marchaba.
-¿Ya te vas? –preguntó él.
-Sí, todo terminó. A decir verdad, aquí nada sucedió.
-Pero… el amor fue real.
-Es sólo tu imaginación la que te hace pensar en ello.
-¿Y el asado, las papas, el vino, el caimán, el gato? –inquirió él.
-Subproductos de tu fértil imaginación te hacen considerar a los fenómenos pasajeros como plausibles de revestirse en realidad.
-No obstante, acabamos de hacer el amor. –aseveró él.
-¿Te parece? ¿Dónde lo hicimos?

Él se dio vuelta y la habitación estaba totalmente vacía. No había cama, ni colchón, ni plumas. Superchería, pensó. Quiso hurgar en sus bolsillos para hallar el atado de cigarrillos pero comprobó que estaba desnudo. Buscó entre sus ropas en el suelo y el atado no apareció.
-Nuestro diálogo… –dijo.
-¿Diálogo? No has hablado con nadie en años. –le dijo la mujer ya vestida.

Él se vistió, calzando sus zapatos de cuero en sus pies. Caminaron a la par hasta el comedor. Ella lavó los platos y demás utensilios. La puerta, entornada, emitió un leve chirrido. Sobre la mesa había quedado el atado de cigarrillos. Él sacó uno y lo encendió con la llama del calefón. Una silla se cayó al piso. La mesa tembló. La botella de vino, en la bolsa de basura se había llenado de moscas embriagadas en su deleitación. Él se sentó en la silla que aún estaba de pie. Colocó sobre la mesa el papel en el que había estado transcribiendo lo sucedido. Miró a la mujer marcharse por la puerta y pensó: esto no puede ser, y sin embargo, es. Lo paradójico de la verdad. Tomó la birome y con pulso firme escribió la palabra final.

De hostias

El carajillo, en el siglo XIV, era un lugarcillo remoto del reino de Castilla, donde la gente iba a comulgar y confesar sus atrocidades. Quienes acudían a tal antro de salvación eran principalmente allegados a la realeza: soldados, sargentos, verdugos, etc. Para cumplimentar con el formalismo epicospal, debían ir hasta allí despojados de alimentos y carroaje. Quienes veían llegar al carajillo a los pecadores, decían de ellos que tenían en el semblante rastros de fatiga, cansancio y hambruna, dando una impresión fuerte, como el sabor del ajo en la boca. Por ello mismo se los llamaba los cara de ajo, que luego se abrevió a los del “carajo”.Cuando la ciudad se convertía en un desierto o no se veía un alma en pena vagando por allí, y alguien preguntaba dónde están todos, se acuñaba la frase: Todo se ha ido al carajo.

Atilio

Cuando entré en el salón, Osvaldo ya estaba hablando de Atilio.

Pero sí, viejo, les digo que Atilio es más falso que un billete de mil. Ustedes porque no lo conocen, ni saben de qué les hablo. Sí, ya sé que lo han tratado. Sí, es cierto, pero lo tratan muy superficialmente. Le hablan de los fenómenos del tiempo y esas cosas. Nubes, humedad, frío, granizo. No, viejo, ustedes no lo conocen. Si bien sé que más de uno de ustedes lo invitó a tomar una cervecita, sí. Ya sé que más de uno de ustedes estuvo tomando unos mates varias veces con el Atilio. Sí, ya sé que más de uno de ustedes se ha comido varias picaditas con él, ya sé. Pero les digo que es lo más falso que me ha tocado conocer.

El Atilio es un tipo que, de entrada, dije: este tipo es más falso que yo, y todos ustedes saben bien que si hay alguien falso, ese alguien soy yo. Pero desde que lo vi, todo en él me parecía falso. Me hacía dudar hasta de la existencia, les diría. Pasa que el tipo es demasiado falso, tanto que les diría que es auténticamente falso.

Ustedes, sé, prefieren no creer. Sí, sé que es algo difícil de digerir. Uno con este tipo de cosas se indigesta. Te agarra un dolor de tripas de no aguantar. Pero bueno, viejo, alguien se lo tenía que decir. Alguien se lo iba a hacer entender, tarde o temprano. Y, ¿para qué perder tiempo? No hay que dejar pasar la oportunidad. Este tipo de cosas se presenta una vez cada setecientos años, viejo. Ustedes porque no quieren creer. Sí, sé que a veces han dudado porque el Atilio trata a todos muy amablemente, propio de su simpatía, y esto un poco los confunde. Ya sé, viejo. Pero les puedo asegurar que el tipo es falso, es lo más falso que se ha visto y se verá en mucho tiempo. Es más falso que yo, no sé si entienden lo que les digo con eso, y eso que con eso les digo mucho.

Sí, más de uno me va a decir que quién es tan auténtico como para decir una cosa así del Atilio, y por supuesto, soy el menos indicado en ese aspecto, yo que soy bien falso cuando hace falta. Pero les puedo asegurar que no hace falta tanto para entender de lo que les estoy hablando cuando les digo que el tipo es más falso que ese tipo que salió por todos lados diciendo que era la reencarnación de Gardel, ¿se acuerdan? Al principio, comenzó como una broma, después el tipo juraba y recontrajuraba que era Gardel, hasta que le dieron un voleo en el culo de todos lados y ahora canta a la gorra en una plaza. Desentona que da gusto, pero canta. Bueno, el Atilio es todavía más falso que ese. Y ya sé que ustedes me van a decir que quién no ha mentido un poco en vida cada tanto y, sí, es cierto, pero lo que les digo del Atilio es otra cosa. No digo que el tipo sea un mentiroso, no, nada que ver. Capaz que el Atilio hace todo de buena fe y hasta capaz, miren lo que les digo, capaz que ni él tiene conciencia de su falsedad. Es que el tema es por demás delicado, por eso los reuní a ustedes acá. Por eso a algunos que, por más que estaban interesados, los tuve que fletar viejo. Sólo algunos eran capaces de comprender el asunto. Pero de comprender a fondo. Porque cualquiera puede decir, sí, el Atilio es falso, y con eso da por terminado el asunto. No viejo, acá hay algo serio. Hay algo que desde que lo vi dije: esto no me gusta nada. Por eso decidí llevar el asunto hasta lo último. Y cuando ustedes lleguen a las conclusiones a las que arribé ahí, recién, van a tener una dimensión de todo esto. Porque desde que lo vi dije este tipo es más falso que yo, y eso que si es necesario soy bien falso.

Pero el tema no es para que se lo tome ninguno a la ligera. Y si alguno me dice que soy tremendista le pido que se abroche bien el cinturón porque cuando tenga un atisbo de lo que les hablo se le va a caer el culo. Porque, viejo, acá ninguno me va a negar que no hay felicidad que dure cien años, y cuando vi a este tipo desde la primera vez, desde la primera vez, dije: acá hay algo que no va. Y no se los voy discutir, al principio no sabía bien qué era, pero decía este tipo es más falso que yo. Pero no sabía qué era. Por eso lo estuve estudiando. Me tomé todo el tiempo necesario porque quería llegar a fondo. Ya sé, más de uno va a decir ahora “ya me parecía raro”, pero no, no les hablo de eso. No, viejo. No. Les hablo de otra cosa, esto es algo serio.

Lo primero que estudié fueron sus movimientos. Y más de uno de ustedes va a coincidir en que tiene sus maneras suaves de moverse, aunque ninguno puede negar que a veces es bastante bruto el Atilio. Y yo decía: este tipo es falso, más falso que yo. Y eso que soy falso si es necesario. Pero no sé, había algo en el Atilio que no me gustaba. Y que ninguno de ustedes se pase de vivo diciéndome lo feo que es el Atilio porque no les hablo de eso. Había algo raro en el tipo y lo seguí estudiando, porque yo no me iba a quedar con la espina. El tipo contestaba todo con una frialdad que me hacía pensar en una sola cosa: este tipo es falso. Y no dudaba, eh. No, viejo. Estaba seguro. Por eso un día le preparamos una trampa. Junto con el Rola. El Rola se consiguió uno de esos aparatos de rayos equis, no me pregunten cómo lo consiguió porque ustedes saben que al Rola le piden un mamut y el Rola te lo consigue. No sé cómo hace. El tema es que disfrazamos el aparato en el comedor de la casa del Rola y lo invitamos al Atilio con alguna excusa. Me parece que lo invitamos a ver un partido en la tele, no me acuerdo. Resulta que lo llevamos al Atilio y preparamos todo para hacerle unas placas, que acá las tengo y ahora se las voy a pasar. Les digo que nos costó un huevo porque tuvimos que hacer toda una ceremonia. Encima el partido era una cagada, no le hacían un gol a nadie ni aunque jugaran dos días de corrido. Igual le pudimos sacar estas tres placas al Atilio, que ustedes pueden ver. Una es del brazo izquierdo, otra de una pierna y la que queda del otro pie. Como pueden ver, el tipo no tiene huesos. No, así como lo escuchan. No tiene huesos. Ahí se ve clarito que el tipo está armado con unos fierros. El Rola dice que son de acero inoxidable, no sé. Habría que hacer un estudio más exhaustivo. Tomar alguna muestra, qué se yo. A mí me basta con lo que obtuve. Alguno me va a decir, ya sé, que más de uno tiene un clavo, o que quién no conoce de los miembros biónicos. Pero no, viejo, no. El tipo está constituido íntegramente por esos metálicos, no tiene esqueleto, viejo.

Y eso no es todo. Si bien, ya era bastante y para nada despreciable lo que había descubierto, no me quería quedar en eso porque sabía que a más de uno de ustedes con sólo eso, que es bastante contundente, no los iba a convencer. Por eso lo seguí estudiando. Y no digo que sea un robot. No, viejo. Lo que digo es que el tipo es falso, y aunque a alguno le duela, es preferible que lo sepan de una buena vez porque les va a costar digerirlo. Entonces quise ir más allá con este asunto y le tomé una muestra de sangre. Fue una noche que estaba en pedo, ni se debe acordar. Esa noche se tomó la vida el Atilio. Lo agarramos en el baño con el Jeringa y éste lo pinchó para sacarle sangre. Lo primero que me dijo, ¿saben qué fue? “Che, esto es casi negro. De dónde carajo es el tipo este”. Eso fue lo que me dijo el Jeringa. Así que aprovechamos y le inventamos un juego, a ver quién meaba más. Nos metimos en el baño, el Jeringa trajo tres botellas vacías para medir cuánto meaba cada uno. Era mentira, era para tomarle una muestra de orina al Atilio. Cuando el Jeringa olió la botella donde había meado el Atilio, ¿saben qué me dijo? “Esto es combustible, de dónde carajo es este tipo”. Y yo no quiero que piensen que el Atilio es de Marte y cosas así. No, viejo, no. Lo que digo es que el Atilio es falso, más falso que yo.

Entonces, me voy con las muestras a un bioquímico, amigo del Jeringa, y me sacó cagando. Me dijo si le estaba tomando el pelo o qué. Que eso no era sangre ni orina. Así fue que quedé más confundido que antes. Ahora, ¿qué hago? Se lo llevé a un ingeniero químico que me cobró un vagón el turro para decirme que las muestras eran de petróleo y kerosene. Kerosene, viejo. Acá tienen el análisis del ingeniero para el que todavía tiene alguna duda al respecto. Pero, bueno, yo cuando investigo algo voy hasta el fondo. Hasta el fondo, viejo. Porque desde que lo vi al Atilio dije: este tipo es más falso que yo. Entonces le corté un mechón de pelo, un día que se quedó a dormir en casa. Le corté cinco pelos de atrás, acá por la nuca, cosa de que ni se dé cuenta. Ya cuando lo corté me pareció raro porque los pelos se unieron entre ellos. De los cinco pelitos se formó uno solo más largo, ¿esto a quién se lo llevo?, pensé.

Mientras nos hablaba Osvaldo, en ese momento, en el salón, entraron cuatro policías junto con Atilio, quien en un rápido movimiento les señaló a los policías a aquél que nos había estado hablando hasta recién, al grito de:
– ¡Detengan a ese impostor!
Los policías atravesaron el salón entre medio de los oyentes, quienes contemplaron la situación en quietud. Uno de ellos, observando a Atilio y señalando sus pies, le dijo al oído a otro que lo observe. Atilio se desplazaba con suavidad, sin apoyar los pies en el suelo, levitando a unos tres centímetros del mismo. A la altura de los talones expedía un poco de humo apenas perceptible.
Dos policías tomaron a Osvaldo de un brazo, que forcejeaba, dos del otro. Atilio se le paró enfrente y con esa frialdad transhumana que tiene, le dijo:
– Se te terminó la farsa.
Ahí nomás, Atilio metió su mano debajo de la nuca de Osvaldo y extrajo de allí un pequeño tapón. La figura de Osvaldo se desinfló como un paracaídas tras aterrizar mientras algunos de los oyentes observaban con cierto asombro. A mí no me sorprendió porque siempre pensé que Osvaldo era bien falso. Los policías lo recogieron y Atilio lo guardó en una bolsa. Los cinco atravesaron el salón y Atilio, antes de salir, se despidió de los allí presentes, con esa amabilidad característica que tiene:
– Señores, pueden continuar. Buenas noches.

Parábola de las miserias

Porque el neoliberalismo es como un hombre que se va lejos, y antes de irse llama a sus siervos y le entrega sus miserias.
A uno le dio cinco miserias, a otro dos miserias y al otro una miseria; a cada uno conforme a su aspiración, y luego se fue lejos.
Y el que había recibido cinco miserias, fue y negoció en la bolsa, y ganó otras cinco miserias.
Asimismo, el que había recibido dos, ganó otras dos miserias con los bancos.
Pero, el que había recibido una miseria, fue y cavó un pozo y enterró la miseria de su señor, para poder vivir feliz sin miseria alguna.
Después de mucho tiempo, regresó el señor de aquellos siervos y arregló cuentas con ellos.
Y llegando el que había recibido cinco miserias, trajo otras cinco miserias, diciendo: “Señor, cinco miserias me entregaste, toma, he ganado otras cinco miserias sobre ellas”.
El Señor dijo: “bien, buen siervo y fiel, en lo poco has sido fiel, en lo mucho te pondré. Ponte a cargo de éstas diez empresas de una de nuestras multinacionales. Despide gente, precariza los contratos, flexibiliza horarios que tenemos que producir más miserias”.
Llegando también el que había recibido dos miserias, dijo: “Señor, dos miserias me entregaste; aquí tienes, he ganado otras dos miserias sobre ellas”.
Su señor le dijo: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré. Ponte a cargo de éstas cinco empresas de otra de nuestras multinacionales. Recorta presupuestos en salud e higiene, viáticos y vacaciones. Busca mano de obra barata en algún país subdesarrollado y despide al resto que tenemos que producir más miserias”.
Pero llegando también el que había recibido una miseria, dijo: “Señor, te conocía que eres hombre duro y severo, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual me contuve para subsistir, y fui y escondí tu miseria en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo”.
Respondiendo su señor, le dijo: “Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí. Por lo tanto, debías haberle dado mi miseria a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses, y todas las miserias devengadas”.
“Quitadle, pues, la miseria, y dásela al que tiene diez miserias. Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más, muchas miserias más; y al que no tiene, aún lo que tiene le será quitado”.
“Y al siervo hereje del sistema echadle afuera a algún país socialista; allí será el llanto y el dolor de muelas”.

Nada menos, nada más

No hay intención de diálogo
ni siquiera la hay de monólogo
no hay aquí escondido un mensaje
esto es como decir nada
pero decirlo para que Usted se entere
y sepa que aquí nada se dice,
no es como otros que esconden
diciendo cosas con apariencia
que en definitiva dicen nada
pero al hacer tanto ruido
parece como si eso fuera algo.
Aquí no. Nada se dice claramente
y si Usted lee lo sabrá al fin y al cabo
porque desde un principio se dijo
que no había aquí siquiera diálogo
ni mucho menos monólogo
ni tan sólo escondido un mensaje.
Esto no es como esos escritos
donde el lector intrépido descubre
que el autor, pillo, escondió entre frases
algún tipo de o insinuó algún mensaje,
no Señor, de ninguna manera
aquí Usted no será engañado
en ese sentido puede estar tranquilo
porque no tiene que destripar mensaje
entre líneas, entre versos, entre frases
ya que no lo hay ni se da a entender.
Esto es como un decir, pero no
un decir algo, sino un decir nada
que aunque contenga letras, palabras
signos y puntos nada se dice
y así podríamos continuar hasta el hartazgo
el suyo, claro está, porque aquí nadie
se harta, ya que nadie dice lo que se dice
ni nadie lo podrá llamar la nada, el vacío
o cosas por el estilo para darle sensación
de algo, porque si la nada fuera algo
no sería por cierto esa nada a la que hace
mención aquél que habla de ella, ¿no?
Entonces, qué digo entonces, quién
dice entonces que nada se ha dicho
y se ha dicho por demás muy bien
puede Usted darse por satisfecho
o en caso contrario seguir buscando
en textos, palabras, versos y frases
algo que se haya dicho, que se diga
aunque efectivamente sea nada
porque no me vengan a decir
que se dice algo, puede ser algo
pero ese algo es un disfraz de nada
y no de la nada, que sabemos que no es
algo, tampoco es culpa de las palabras
que señalan e indican, pobres,
haciendo el trabajo pesado de la comunicación
para que después venga Usted y diga:
¡ah! Sí, eso es algo. No, Señor,
no hay que confundir lírica sin métrica
con mensaje, con diálogo, con monólogo,
las palabras ya tienen su propio peso
es por eso que Usted confunde eso
con algún tipo de comunicación
pero para la comunicación hacen falta dos
y aquí sólo está Usted, con un texto delante
y abajo un botón que dice me gusta.

Tus lágrimas aplacarán mi sed

Anoche, mi estimado amigo y colega Carol Lewin se suicidó. Previamente, me había narrado la novela que venía preparando y recién había comenzado a escribir. Con eje en un novedoso sistema electrónico digital en el que la gente se encontraba en un lugar virtual, denominado holorgasmia, para encontrarse en alguna privacidad que el mundo les había arrebatado, ya que todo, absolutamente todo era telefilmado debido a que la población temblorosa lo había aceptado dócilmente para alcanzar algún tipo de seguridad que la naturaleza de sus integrantes le negaba, y era sólo allí donde lograban el encuentro que había sido inviable en la escena local. Además, cierto sector de la población había comenzado a utilizar unos cascos que le brindaban todos los datos que requería de su interlocutor en frente con un golpe de vista: historia clínica, antecedentes policiales, currículum, etc. y el mismo se había popularizado. Sin embargo, la novela no tenía como pretensión anticipar la facultad de todos estos dispositivos electrónicos ya en circulación y la creciente y envalentonada sumisión del gentío a la dominación tecnológica, sino que eran el soporte de una narración paralela al discurso hegemónico que se debatía entre los beneplácitos de la época y la adormecida conciencia que lejos de buscar su máxima expresión se empalagaba con deliciosos chocolates y dulces caramelos de la era. Lo trágico de la vida del hombre no es ver cómo sus sueños se esfuman, sino más bien cómo sus pesadillas se desarrollan. La poética de la razón difícilmente sería comprendida en tiempos de exiliada sensatez. Pero Carol Lewin dejó su impronta y la existencia tragándose su celular.

Hipnosis

César había observado la pantalla con sesuda atención. Leyó un par de comentarios virtuales y reparó en la imagen digital de una mujer esbelta semidesnuda. Se quedó perplejo cuando la pantalla le mostró una leyenda que decía más o menos así: “Usted está en un trance hipnótico, la apariencia de un sueño artificial ha raptado su inherente capacidad de ser uno con lo real. Retroceda”. César tomó literalmente esas palabras y se levantó de la cómoda butaca en la que estaba sentado y dio dos pasos hacia atrás. Una gota de sudor rodó por su frente. La pantalla mostró otra leyenda: “¡Vamos! No sea pueril”. César observó que estaba recibiendo un mensaje privado en el chat que había dejado abierto. Volvió a acomodarse en la silla frente al monitor y leyó el mensaje.
-Estás raro. –decía el mismo. Lo había escrito Vanina.
-Me duele un poco la cabeza. –tipeó César.

Después de cepillarse los dientes tras levantarse, Vanina se preparó una taza de café y desayunó mirando la televisión. Ésta tenía la capacidad de dirigirse a todos los observadores y a ninguno a la vez. A Vanina no le importaba demasiado. Ella optaba por recurrir a su discurso para escapar de sí misma. No lo lograba, pero por momentos se olvidaba por completo de sí y eso era lo que en verdad le daba satisfacción, no el campo de su observación que era mero entretenimiento. Pero ella no era consciente de todo esto, de buena fe creía que su satisfacción era dada por el aparato y sus imágenes. El noticiero que estaba viendo, mientras revolvía con una cuchara el café, narraba los problemas que causaban un mal descanso. El sueño, decía el doctor Craviotto, es fundamental para llevar adelante una vida saludable. Vanina recordó lo que había soñado esa noche: posaba semidesnuda para una revista de tirada numerosa en la que le habían asegurado que iba a ser tapa y con varias páginas dedicadas a ella a todo color. El fotógrafo era un profesional y cuidó los detalles de cada imagen de la modelo, que tomaba con su cámara. Cuando terminó, Vanina se vistió nuevamente y el fotógrafo le dijo que no se haga ilusiones, que sólo había sido un sueño. Ella intentaba demostrarle que lo que decía no era cierto, tomando la cámara y observando algunas imágenes que había captado con la misma. Pero el fotógrafo, serio, insistía que todo era sueño. Vanina estalló en un llanto que la terminó por despertar con la angustia de ver el sueño desarticulado y la alegría de saber que sólo era sueño su sueño. Craviotto insistía con las siete horas de sueño mínimas y su función reparadora. Vanina terminó el café y se dirigió a la parada de colectivos donde los allí presentes jugaban con sus respectivos celulares.

-Qué mal que dormí anoche, la puta madre. –le decía el doctor Craviotto al cameraman, llamado Rafael, mientras el programa televisivo estaba en una pausa comercial.
-El sueño es fundamental para llevar adelante una vida saludable. –acotaba el cameraman.

Aletargado por sus pensamientos que evocaban un pasado feliz, Rafael olvidó encender la cámara y se ganó el reproche del director, quien lo mandó a buscar para tener una plática cara a cara. Estoy harto de su inoperancia, Gutiérrez, le dijo. Y en pocas palabras, lo despidió. Rafael recogió su abrigo y se marchó del estudio de televisión. Lejos de sentirse abatido, lo invadió una sensación de alivio. Su trabajo le deparaba pesar y él quería, desde hacía tiempo, emprender un negocio propio que le permitiera subsistir. Se subió a un taxi y el chofer creyó ver a una rubia preciosa que llevaba minifalda. ¿Qué es lo que hace un taxista seduciendo a la vida?, se preguntó Ricardo, el chofer del vehículo. Condujo el automóvil hasta el domicilio del pasajero y, tras cobrarle el viaje, lo despidió.

Ricardo Altuna, chofer de taxi, coleccionaba almanaques. No lo hacía por los diferentes calendarios que en ellos se exhibían sino por las fotografías al otro lado de los mismos. En ellas se podían observar diversos paisajes, vehículos de competición, aves, perros, estrellas y planetas y hasta, incluso, mujeres desnudas. Ricardo se quedaba durante horas clasificando su colección, encantado con lo que observaba en dichos almanaques. Una vez, en una farmacia, le dieron uno que mostraba un taxi como imagen que resultó ser su propio taxi. El curioso hecho le llamó poderosamente la atención, pero no tanto como cuando una de las modelos desnudas que divisó en otro almanaque, que le dieron en una gomería, era la fotografía de su mujer. Él la increpó duramente con el almanaque en mano y ella atinó a decir que lo hacía por placer. El placer de dar placer, dijo en palabras propias. Roxana –tal era su nombre- acalló las lamentaciones de su marido con un beso y una reafirmación de su amor, del cual dijo que era el único destinatario. Ricardo no tuvo más remedio que declinar su cabeza y, subiéndose al taxi, olvidar el asunto que le había aportado una dosis de ira pasajera.

Cuando el colectivo se detuvo en la parada, Roxana se subió agitando sus largas y bellas piernas debajo de su minifalda. Arriba tenía un top blanco que le marcaba los senos. El chofer, al verla, volteó su cabeza para reparar en esa encantadora figura femenina. Ella saludó con cordialidad y el chofer correspondió el saludo de buena gana. Se acomodó en uno de los asientos delanteros y cruzó su pierna izquierda por encima de la otra, bamboleándola al aire. Extrajo su celular de la cartera y buscó el pronóstico del tiempo. Frío, decía el mismo. Era tarde para volver a buscar un abrigo. En ese momento le llegó un mensaje que, con un sonoro timbre, despertó la atención de más de un pasajero. Incluso del chofer, que observó a la mujer a través del espejo retrovisor. Te estoy esperando, leyó Roxana en el teléfono. El chofer seguía observándola. Roxana respondió brevemente: estoy en camino. Bajó la pierna izquierda y cruzó, esta vez, la derecha por sobre la otra. El chofer, que había quitado la vista del tránsito para no perderle movimiento a la mujer detrás suyo, tocó su frente con la mano al ver el bamboleo de piernas de ella. Un automovilista detrás hizo sonar la bocina. El chofer observó que tenía la luz verde del semáforo que le daba el paso. No obstante un ciclista se había cruzado y esperó a que terminara de pasar delante del colectivo para reemprender la marcha.

El ciclista vio que tenía luz roja pero al ver que el colectivo a un lado no se movía decidió pasar igual. Pedaleó hasta pasar la línea peatonal observando con cuidado no cruzarse con un peatón en el camino. Sobre un edificio, una pantalla gigante mostraba un anuncio de máquinas de afeitar. Al verlo, Cristian, el ciclista, se rascó la barba con una mano y calculó el tiempo que llevaba sin afeitarse. Tres meses clavados, fue el cálculo que hizo. Se detuvo frente a un quiosco y pidió una máquina de afeitar y una gaseosa. Bebió el líquido y guardó la máquina en un bolsillo. Se subió a la bicicleta y pedaleó varias cuadras, tras lo cual vio, en otra pantalla sobre un edificio, el anuncio publicitario de un champú. Cristian reparó en el anuncio sólo para calcular cuánto le había ahorrado en ese producto su prematura calvicie.

Carga virtual

Encendí la computadora y apareció un cartel que decía “Cargando” y mostraba un indicador de progreso que no avanzaba. Amagué a reiniciarla cuando observé otro cartel que decía “¡Espere!”, por lo que decidí hacerle caso a la máquina y aguardar algunos minutos más, puesto que disponía de tiempo adicional para cedérselo a la misma y que ella los utilice para lo que le plazca, si es que algo le placía.
Luego de un tiempo en que no dio indicios de progreso alguno, el indicador avanzó apenas una mísera línea. Ni siquiera indicaba en pantalla el porcentaje de carga que ya había completado, por lo que, si quisiera saberlo, debía hacer el cálculo correspondiente al gráfico que tenía frente a mí. Pero lo rechacé, debido a que no tenía otra opción más que esperar por lo que sería inútil saber los detalles del proceso. Verdaderamente, tenía otra opción, que era reiniciar la máquina, pero la había descartado en el momento en que decidí esperar aquél proceso de carga.
En un momento, me pareció ver otro cartel iluminado sobre la pantalla durante un breve instante para, después, desaparecer rápidamente: “Estúpido”, decía. Dudé. Quizá fuera producto de mi propia ansia de ver completada aquella carga. Miré mi reloj, habían pasado once minutos sin que haya ningún avance. Me agaché hacia donde estaba el gabinete central de la máquina, harto, con la clara intención de reiniciarla, cuando en la pantalla apareció un cartel: “Paciencia, por favor”. Parece que sabe leer mis pensamientos, pensé. “Sí”, indicó un cartel en la pantalla. Esa es una respuesta que, aunque parece contundente, en este caso es muy ambigua. Ahora mismo podría estar pensando cualquier cosa y esta máquina, al tan sólo decir sí, no está indicando nada más allá de eso. “Así es” apareció en pantalla. El indicador mostraba un pequeño avance. Peor es nada, pensé. La máquina no mostró leyenda alguna en pantalla, tan sólo seguía allí ese gráfico. Observé mi reloj nuevamente: ocho minutos más habían transcurrido. De mi frente cayeron un par de gotas de sudor. No hacía calor, pero mi mente bullía. A dónde iremos a parar, pensé, y en pantalla apareció una imagen de un vertedero cloacal, en un instante inferior a un suspiro. Luego, continuó allí el gráfico mostrando que la carga había avanzado una línea más. Eso no pude haberlo imaginado, la imagen apareció delante de mí, aunque no podría probarlo. ¿En verdad esta máquina podía saber qué es lo que estaba pensando delante de ella? “Nuevamente, sí”, fue lo que leí en ese momento en la pantalla. Apareció otro cartel: “Espere. Tranquilo”. La máquina mostraba signos volitivos. Intenté buscar formas de pensamiento que neutralicen la lectura de la máquina, pero fue imposible. Sentía que me rendía ante una inteligencia superior, que, además ahora, tenía acceso a los recovecos más profundos de mi ser.
Volví a mirar mi reloj: diecisiete minutos más habían pasado. “Lo estamos cargando”, decía el cartel en pantalla, que pronto se corrigió a “Estamos cargándolo” y un tiempo después retornó a su estado habitual simple de “Cargando”. ¡¿Cuánto puede tardar una carga?!, pensé enérgicamente, mientras en pantalla aparecía una breve explicación:

El proceso de carga puede demorar algunos minutos
debido a que durante el mismo intervienen diversos factores,
dependiendo del potencial de su equipo.
Por favor, tenga paciencia y sepa disculpar la molestia.

Eso no evacuaba mis dudas con respecto al tiempo que me demandaría, ya que habían pasado demasiados minutos, más de los que podía esperar. Además, no tenía bien en claro qué es lo que estaba cargando la máquina allí y, cuando apareció este pensamiento en mí, simultáneamente, en pantalla apareció otro cartel:

Estamos cargando PAPEL:
Programa de Adaptación de Personal al Entorno Lunático.

De qué diablos me está hablando, pensé, si nunca cargué ese programa en esta máquina, yo sólo quería jugar una partida de tetris, porque estaba triste. En pantalla apareció otro cartel indicando que PAPEL, era un programa secreto de los servicios espaciales de la nación y había sido instalado con mi autorización, contrato que los servicios espaciales tenían firmados por mí.
Intenté recordar cuándo pude haber firmado tal contrato, pero no logré hacerlo. Ya sé, pensé, y luego pensé detenidamente la siguiente oración: quisiera saber cuándo y dónde firmé el contrato en el que autorizaba a instalar el programa. Inmediatamente, en la pantalla apareció un cartel que decía:

Soy un programa, no el genio de la lámpara de Aladino.

Maldición, es demasiado listo. No sabía cómo despojarme del asunto.
El reloj indicaba que habían pasado treinta y dos minutos más, y el indicador de carga mostraba apenas una línea de avance. Tomé una franela y la pasé sobre la pantalla para quitarle el polvillo que en ella había. “Gracias”, decía un cartel sobre la misma. El indicador de progreso se quedó, pareciera, detenido. Al menos no avanzaba en el tiempo que deseaba. Tengo que ir al baño, pensé, mientras en la pantalla un cartel decía “No, todavía” y desaparecía luego para dar paso al habitual “Cargando”. Quizás es uno de esos programas graciosos para asustar niños, creí. Si tan sólo tiro del cable enchufado en el tomacorriente de la pared el asunto estaría liquidado. Otro cartel en pantalla me llenó de pasmo: “Tire del cable y el liquidado será Ud.”. Nada podía hacer. La espera me había paralizado. El indicador no avanzaba. Mi reloj se había detenido. Mis párpados se habían quedado inmóviles. No sabía cuánto tiempo había transcurrido. La oscuridad de la habitación y el silencio que había allí no me permitían determinar si alrededor mío todo continuaba con normalidad.
De pronto, por una claraboya, emergió majestuosa, la luna. No pude girar mi cabeza para verla, puesto que mi cuello estaba tieso, pero al verla de reojo allá en lo alto, cierta paz acudió a mí y respiré profundamente con cierta calma que había perdido desde que esperé esa condenada carga. Volví a mirar la pantalla, pero no había indicios de avance.
De repente, apareció delante de mí un nuevo cartel:

El proceso de carga ha fallado.
Por favor, reinicie la máquina.

Allí fue, entonces, que quedé en la disyuntiva, de si obedecer al programa o no, por temor a que, nuevamente, me vuelva a cargar el desgraciado.

La quinta revelación

-Veintidos, a la cabeza. –dijo Arturo al empleado de la agencia.
-¿Nacional o provincia?
-A las dos.
-¿Vespertina o nocturna?
-A las dos.
-¿Cuánto le quiere jugar?
-Dos a cada una.

Arturo pagó y se fue. Al pasar por un quiosco compró un encendedor y un atado de cigarrillos. Abrió con una mano el atado y, luego, con la misma extrajo un cigarrillo que encendió seguidamente. Al exhalar, el humo formó una figura en el aire. Era una cabeza. Se quedó contemplándola y pudo ver que se asemejaba a la figura de un prócer representado en el billete de dos. ¿Era una señal? ¿O sólo se la estaba imaginando? Volvió a exhalar humo y la figura, lejos de disiparse, creció.
-Hola, soy Bartolomé. –dijo una voz frente a él.

En el aire había una densa neblina con una visibilidad de algunos pocos metros. La figura formada por el humo se mantenía visible frente a Arturo. Se quedó observando estupefacto sin reacción ni respuesta.
-Hola. –Insistió la voz- Tengo algo que decirte.
-¿Qué sucede? –preguntó por fin.
-Estuve viendo todo y has sido víctima de una estafa. Esa boleta no es la ganadora.
-¿Y cómo sabes si aún no se ha sorteado?
-Todo ya ha sucedido, sólo que tu concepción del tiempo no te permite conocer los sucesos hasta tanto se revelen.
-¿Vienes del futuro? –preguntó Arturo contrariado.
-Más bien del pasado. O mejor, ni vengo ni voy, sólo las cosas se mueven.

El humo se disipó y Arturo pudo ver frente a él la silueta de un hombre vestido con un sobretodo. Llevaba un sombrero sobre su grisácea testa. Tenía en su mano izquierda una pipa de la cual acababa de inhalar. Arturo dio una pitada al cigarrillo.
-Y bien, qué número se supone que va a salir.
-Ya salió, el cuarenta y ocho.
-Il morto qui parla. –dijo Arturo.
-Así es. Repite en las cuatro jugadas.
-Bueno… lo tendré en cuenta. –dijo Arturo.
-Cuando cobre la apuesta, recuérdeme. Adiós.

El hombre se perdió entre la niebla. Arturo dio la última pitada al cigarrillo y arrojó la colilla al suelo. Dio media vuelta como para volver a ingresar en la agencia de quiniela, pero pensó que todo ello era un disparate. Nadie puede predecir el futuro y mucho menos un número en un sorteo, el cual era puro azar. Se marchó del lugar caminando a paso lento pero firme. En su recorrido, tropezó con una mujer a la cual no había visto. Había comenzado a llover. Caía una garúa finita que mojaba su gabán levemente. Llegó a su casa y echó leña en la salamandra para calentar el ambiente. Luego la encendió e hizo lo propio con la televisión. El sorteo había comenzado y la pizarra mostraba que en la ubicación número tres había salido favorecido el número 1022. Arturo maldijo. Se preparó una taza de café y se sentó cerca de la salamandra. Desde allí observó en la televisión los sorteos de lotería. Sacó de su bolsillo un vuelto que tenía para acomodarlo en su billetera. Uno de los billetes de dos captó su atención. Tenía inscripta una leyenda con birome azul la cual decía:

Si te toca este billete
no compres barrilete
ni lo gastes en cerveza
hay un número escondido
que va a ser favorecido.
Jugá todo a la cabeza.

Arturo buscó algún número en el reverso pero no encontró nada. Miró la numeración del billete y observó que era de la serie B, y el número era 48.484.848. Coincidencias de la casualidad, pensó Arturo. Inmediatamente, salió el primer puesto en el sorteo de la lotería provincial. Era el 4848.
-¡La puta madre! –exclamó Arturo.

No quiso ver más. Apagó el televisor con el control remoto, que luego se le cayó al piso. Al mismo se le había salido la tapa del compartimento donde iban las pilas y éstas habían rodado por el suelo. Buscó un paraguas y se puso nuevamente el gabán. Salió a la calle y comprobó que la lluvia había cesado y hasta se podía ver sol poniéndose detrás de los edificios y algunas nubes. Qué tiempo loco, pensó Arturo. Llegó a la parada de colectivos y esperó junto a un hombre la llegada del mismo. Como no pasaba la línea que esperaba, decidió tomarse el 48 y caminar unas cuadras luego, que también lo dejaba bastante cerca de la casa de su novia. Durante el trayecto, divisó sobre un asiento a un lado al hombre que le había vaticinado los sorteos. Arturo se puso de pie y se sentó a su lado.
-Bartolomé.
-¿Lo conozco? –inquirió el hombre.
-Usted me dijo qué números saldrían sorteados hace unas horas, ¿recuerda?
-Lo siento, mi memoria es muy mala. A esta altura, todo se disipa rápidamente.
-Pero… ¿Cómo sabía usted…?
-Aquí me bajo yo. –Dijo el hombre y se puso de pie- Su novia está en este momento manteniendo relaciones con un joven apuesto. Tal vez lo vea salir de su casa.
-¿Cómo?

Arturo le cedió el paso y el hombre se bajó del colectivo. Arturo se quedó mirándolo por la ventanilla. Pudo ver que el mismo extraía la pipa de su bolsillo y la cargaba con tabaco. El colectivo dobló y Arturo lo perdió de vista. Al llegar a donde debía bajarse, tocó el timbre de la puerta trasera para hacerlo. Caminó presuroso hasta la casa de su novia y cuando estaba a unos ochenta metros vio salir a un muchacho que se despedía de ella con un beso. ¿Se besaron en la boca o fue un beso en la mejilla? La distancia le impidió saber con certeza. Caminó rápido hasta la puerta pero ya la había cerrado. Tocó timbre y esperó. Pronto ella abrió la puerta.
-¡Arturo!
-¿Quién era ese?
-¿De quién me estás hablando? –preguntó ella.
-Dale, Nancy, no te hagás la distraída. Ese que acaba de irse. ¿Quién era?
-No sé de qué me hablás. Estoy sola. ¿Vas a pasar?
-Bueno…

Arturo ingresó a la vivienda. No observó nada fuera de lugar. Miró desde el umbral de la habitación la cama que estaba hecha impecablemente.
-¿Me vas a decir con quién estabas recién?
-No estaba con nadie, Arturo. ¿Te volviste loco?
-Si no estabas con nadie, decime, ese sombrero ahí colgado de quién es.
-Tuyo, salame. Te lo dejaste el domingo.
-Es verdad… Pero, entonces, ¿por qué hay dos tazas de café en la pileta?
-No tenía ganas de lavar. Tomé dos tazas para mantenerme despabilada así podía estudiar.
-Suena creíble… pero, no veo que hayas estado estudiando.
-Ya guardé todo porque me estaba yendo a la peluquería, ¿me querés acompañar?
-No, dejá, prefiero volver mañana. ¿Cuándo rendís?
-El viernes.
-Entonces vuelvo el viernes así podés prepararte para el examen.
-Dale mi amor.

Ella lo abrazó y le dio un cálido beso que Arturo correspondió. Luego se despidieron y él se marchó caminando en dirección opuesta a la que había recorrido para llegar. Su ritmo era lento pero decidido. Estaba a pocas cuadras de la sala de cine a la que solían ir juntos y resolvió que podía distenderse un poco con alguna proyección. Cuando estaba a punto de sacar el boleto, alguien le chistó detrás. Él se dio vuelta y el hombre del sobretodo con la pipa en la mano lo saludó.
-¿Qué quiere ahora? –cuestionó Arturo.
-Le mintió descaradamente.
-¿Cómo dice?
-Lo que oye. Subestimó su inteligencia con mentiras para dispersar niños.
-¿A usted le parece?
-Desde luego. Sólo le quería advertir una cosa: la proyección del film no terminará bien.
-Ha visto la película parece…
-No hablo de eso, sino de lo que sucederá en la sala. Lo preferible sería que no ingresara, aunque podrá evitar el incidente si se retira quince minutos antes de que culmine.

Arturo se dio vuelta y pagó la entrada al cine. Se proyectaba “Sirena de Bergerac”. La película lo mantuvo entretenido un buen rato pero no tenía demasiado vértigo por lo que su desarrollo fue bastante lento hasta promediando la película. Cuando quedaban alrededor de quince minutos para el final de la misma, en la entrada del cine se produjo un incendio que puso a la gente, que había llenado la sala, en un estado de exaltación. El film se interrumpió y las luces se encendieron. Varios –incluido Arturo- corrieron hasta la salida de emergencia, pero la misma estaba sellada. El griterío era unánime. La gente arrojaba sus gaseosas a las telas que rápidamente habían entrado en combustión. Un hombre se acercó corriendo con un matafuegos, pero al accionarlo comprobó que no tenía carga. Algunos tosían por el humo inhalado. Otros corrían de un lado al otro de la sala. Finalmente, llegó una dotación de bomberos que pudo apagar el incendio en pocos minutos. Hubo gente que necesitó atención médica. Arturo cuando pudo salir de la sala se marchó indignado. En la calle todo estaba muy oscuro. La noche caía sobre el asfalto y los faroles no se habían encendido aún. El cielo estaba nublado y caían algunas gotas de lluvia. Arturo abrió el paraguas y encendió un cigarrillo. Caminó unas pocas cuadras y paró un taxi. En el auto se escuchaba la octava sinfonía de Beethoven. Cuando llegó a destino, Arturo pagó y se bajó. Sobre la acera, estaba, pipa en mano, el hombre del sobretodo. Arturo lo reconoció inmediatamente.
-¿Qué hace usted acá? ¿Me está siguiendo?
-¿Cómo podría? –Dijo el hombre- Más bien usted sigue mis pasos.
-Yo vine a ver a mi madre.
-Hace mal. Su madre tiene una enfermedad altamente contagiosa. Además, le va a atiborrar el pensamiento contándole de la muerte de sus amigas de toda la vida.

Golpeó la puerta y, luego de un tiempo, salió su madre con un pañuelo cubriendo las fosas nasales.
-¡Arturo! ¿Qué hacés por acá? Me encontrás hecha pelota.
-¿Qué te pasa mamá?
-Tengo una peste que me tiene a la miseria.

Ambos ingresaron a la vivienda. La madre estornudó. Había olor a enfermería o a medicamentos. Sobre la mesa había un nebulizador. La madre de Arturo le habló durante más de media hora de sus amigas fallecidas, dos en el último año, y todas las demás bastante tiempo atrás, pero que seguía extrañando. Arturo se despidió y cuando le estaba por dar un beso, estornudó. Salió caminando y la noche era aún más oscura que al entrar. Los pocos focos que, dispersos, emitían alguna luz, era tan débil que sólo iluminaban apenas un sector tenuemente. No llovía, pero el frío se hacía sentir. Caminó hasta la parada de colectivos y allí estaba, una vez más, el hombre del sobretodo.
-Se pescó un resfriado. –le dijo.

Arturo sacó un pañuelo descartable y se limpió. El hombre continuaba con la pipa en su mano que acababa de encender. El hombre se quitó el sombrero y lo sacudió. Pasaron varios colectivos pero ninguno subió. Arturo esperaba el veintidós.
-¿Hace mucho que espera?
-Treinta años. –dijo el hombre.
-Me refiero al colectivo. –aclaró Arturo.
-No espero colectivo alguno. Sólo quiero ver cuando se lo lleve la parca.
-¿A mi?
-Si. Es cuestión de minutos.
-¿Y no podría haberme advertido de esto antes?
-Lo siento. Sólo puedo anticipar hechos con cierta antelación. Pero quédese tranquilo, que no va a dolerle nada.
-Bueno, gracias.

Arturo sacó un cigarrillo y lo encendió. Tras toser divisó la figura de un hombre cubierto con una túnica negra portando una afilada hoz caminando en dirección hacia él. Cuando estuvo cerca lo reconoció: era la muerte. Estaba más delgada que de costumbre. Temblando dejó caer el cigarrillo al suelo y el cuerpo se desplomó.
-Vení conmigo Arturo. –dijo la muerte.
-¿A dónde vamos?
-Quiero mostrarte unas cosas…

El cadáver quedó tendido en el piso. Arturo y la muerte caminaron a la par. Ya no pudo ver al hombre del sobretodo que había quedado atrás ni a su cuerpo, en el suelo. El paisaje había cambiado drásticamente de la penumbra de la noche y los edificios a una claridad inusitada en un lugar vacío donde reinaba la calma.
-Las historias a veces revelan algún secreto. –Dijo la muerte- Otras veces apenas si propician esbozar una sonrisa con sus contradicciones. ¿Querés un cigarrillo?

Otros tiempos

En el canto de la puerta había una moneda antigua, del año 1845. Cuando Cecil la vio reconoció que era una de las que le faltaba para completar su colección. La recogió y la guardó en un bolsillo del saco. Se quitó la corbata y la guardó en el mismo bolsillo. Tras ingresar, observó que había mucha gente sentada esperando ser atendida. Retiró un número, que el destino señaló como un número primo. Cecil tomó nota del suceso y se alegró. Por alguna razón, los números pares les resultaban aburridos para sostener su espera. Extravagancias de gente inquieta. Tenía por delante una cantidad considerable de gente que había acudido a realizar su trámite en un tiempo previo al que él se había acercado al establecimiento. Resolvió ir por un café. Cuando entró en el bar, una camarera le tendió la carta. Cecil, al verla, se sintió confundido. Era el tres de bastos. “Truco”, le dijo la camarera. Ignoró la propuesta y pidió un café, pero inmediatamente se arrepintió pues tenía veintiocho para el envido. Qué boludo, pensó, y buscó consuelo en el horóscopo del diario que tenía sobre la mesa. El mismo arrojó que ese día recibiría una importante suma de dinero proveniente de alguien ajeno a su realidad cotidiana. Alzó la vista y vio que un hombre portando un maletín se acercó hacia la mesa que de momento consideraba suya. El hombre se sentó frente a él, abrió el maletín y le dijo: tengo algo para usted. Cecil, sin asombro, le respondió que estaba al tanto, pero no sabía a cuánto ascendía el monto.
-¿Qué monto? –Inquirió el hombre- Tenga, es una invitación al empíreo.

Tras varios minutos de charla sectaria, el predicador se retiró y prosiguió con empeño su tarea en otra mesa, donde otra víctima de su perorata absorbería sus palabras con entusiasmo. Cecil recogió el folleto que le había sido entregado y lo observó con desdén. Sobre la mesa estaba también el café y dos medialunas que no pidió. Endulzó a gusto y bebió sin apuro y sin demoras. Se fumó un puro y devoró moras. Estaban agrias. Leyó el periódico, de atrás para adelante como solía hacerlo por costumbre, y de derecha a izquierda para agilizar su intelecto. Pidió la cuenta y la camarera se la trajo. Cecil la resolvió con la ayuda de unos fósforos que le sirvieron de apoyo. Al salir, extrajo la corbata del bolsillo y se la colocó sobre el cuello. Un aerobus pasó sobre su calva testa atiborrado de gente. Introdujo la mano nuevamente en idéntico bolsillo y tomó la moneda. La observó detenidamente y pudo apreciar que databa del año 1954. Qué bárbaro, pensó Cecil, cómo pasa el tiempo.