Un libro relegado

Hoy quise agarrar un libro con la premisa de que “los libros no muerden” y fracasé. Es decir, agarrarlo fue todo un éxito pero a la hora de la lectura fue un rotundo fracaso. El libro en cuestión se titula “Aguardando al año pasado” y cuando lo quise leer, ya desde el comienzo, en mi cabeza circulaba un rumor, como un virus esparcido por el aire, que entre línea y línea, entre cada párrafo, me distraía de la lectura en la que procuraba enfrascarme, errático por la temática actual: pandemia. Dejé su lectura para otro momento y me dispuse a escuchar algún tango. Era el momento de que Piazzolla me sacara de aquí, ya que afuera era un lugar prohibido, una vía de escape cerrada por la ley vigente. Y vi gente cuando me asomé a la ventana mientras escuchaba Libertango: eran los encargados de que los alimentos llegaran a los hogares, o al menos les facilitara la llegada a los mismos para quienes podían costearlos. La música, mágicamente, me transportaba no a otros lugares sino a otros tiempos; mal digo: me transportaba a momentos, a sensaciones, a fantasías, a sentimientos no localizables en el tiempo ni en el espacio. Eran vuelos naturales del espíritu que sólo ese tipo de arte, con artilugios, podía propiciar en mí. La lectura de la que tantos frutos había saboreado en tiempos de menor convulsión era ahora una suerte de lujo que los medios informativos esparcidos por doquier que difundían ininterrumpidamente la virulencia de la situación me impedían degustar, por lo que no había nada mejor que el deleite placentero de escuchar la buena música que me gratificaba ante tanto dolor y muerte atravesando todas las latitudes de la vasta Tierra y que prometían aumentar y proseguir en un curso desprovisto de beatitud y con tintes de amargura y desazón en un panorama lamentable. La muerte no es lo que nos cuentan, es lo que sufrimos; las pérdidas no son los cálculos que se hacen, es lo que nos duele. Y a pesar de todo, con el dolor y el sufrimiento a cuestas, tenemos que seguir: alguien espera que le lavemos los pisos, que le cocinemos un bife, que le cebemos un mate, que le sirvamos un café, que le escribamos un cuento. Y hay un libro relegado esperando ser leído. Afuera el sol ofrece tentaciones, no es otoño en los árboles ni en la calle; las estaciones se han distanciado del almanaque y un primero de mayo puede resultar veraniego, nadie sabe a priori.
El ambiente que se respira es de cautela, tampoco nadie sabe cómo será el curso de las cosas a posteriori, ni quiénes lo seguirán, los planes pueden variar “sobre la marcha” y aunque no tengamos planes, la vida continúa. ¿Será el fin de las certezas? No lo sé, las garantías que parecíamos tener se tornaron ilusorias. Ahora sólo queda aferrarse a la vida, que es cada uno de nosotros y más también, con lo que quede de ello, y desde las ruinas retirar los escombros y sembrar. Porque el corazón es tierra fértil si se lo sabe labrar. Y la música, por ejemplo la de Piazzolla, es una magnífica semilla para los frutos del mañana.

Donde pongo la atención

Esta tarde, un pensamiento me hacía feliz, hasta que de repente llegó otro a ocupar su lugar que me entristeció bastante; sin embargo, detrás, otro se acopló para excitarme, lo quise retener pero fue desbancado por otro que me enfureció; no obstante, otros pensamientos me dieron algo de calma hasta que apareció otro que me preocupó un poco. Algunos acontecían sin reacción de mi parte, tan sólo los veía pasar sobre mi cabeza.

Y así se sucedían los pensamientos, uno tras otro en el tiempo y el espacio, como distracciones de la atención sobre diversas cosas, como moscas volando sueltas en un establo, hasta que me dormí sin saber en qué estaría pensando.

Tubérculos

Me salió un tubérculo en el medio de la cara. Ahí justo debajo de los ojos, por encima de la boca. ¿Qué hacía ese tubérculo incrustado en el rostro? ¿Cómo había llegado a asomar sin que antes siquiera lo intuyera como un grano o alguna imperfección? Qué distraído soy. Era como tener una papa, una batata, colgando de frente. La quise retirar, con cuidado de no dañarme, pero era imposible, estaba literalmente adherida al rostro. La examiné con cuidado y observé que tenía dos orificios por debajo, realmente una rareza. Me lavé bien el rostro para detenerme a pensar qué podía hacer con ese tubérculo. Lo seguí observando con sigilo, cuidadosamente. Tenía entendido que los tubérculos proliferaban en buenas condiciones ambientales, ¿y si me seguían apareciendo otros en el rostro? ¿Cómo me miraría la gente si tenía la cara llena de tubérculos? Me llené de pasmo.
Estaba decidido a consultar un doctor, cuando recordé que en la biblioteca tenía un libro de anatomía lleno de polvo. Me puse a leer y luego de horas de investigación llegué a la conclusión de que el tubérculo no es otra cosa que una cosa misteriosa llamada ´nariz´, cuya función es respirar y percibir los olores.
Y así lo hice, respiré profundo, con un poco de alivio. Por un momento me sentí una huerta orgánica.

Un hombre bosteza

Un hombre bosteza en la parada del colectivo. Estira su mandíbula a más no poder. Bosteza largo y tendido, pronunciado y extendido. Bosteza como modo de protesta ante la tardanza del servicio público, bosteza como una queja ante tanta espera que la vida en sociedad le propone. Bosteza para no llorar, bosteza para no insultar. Un método válido, bostezar cuando algo no sale como esperamos. Bosteza mostrando los dientes, la lengua, la campanilla. Bosteza porque no tiene otra cosa mejor que hacer. Bosteza y, en un descuido, se le cuela un gorrión en la garganta.

Escritora XXII

Éntre sus conocidos nadie leía ya. Había quienes, luego de la época escolar, habían llegado a cierto hartazgo por la lectura y ni siquiera la tomaban en cuenta como recreación. Para el resto, mayoría, no le llamaba la atención ante tantas distracciones y entretenimientos más ´fáciles´ de consumir, ya que la lectura implicaba cierto esfuerzo.
Pero Clara Migno creía, intuía, o al menos deseaba que más allá de toda esa masa de gente uniforme en ese aspecto que rechazaba la lectura, había quienes esperaban y sentían el impulso de leer, por lo que era a quienes apuntaba cuando se sentaba hora tras hora a escribir sus más nobles pensamientos. Es decir, era un tiro al vacío, lanzar una botella al mar esperando que en alguna isla desierta, alguien, un náufrago solitario que aún conservara la capacidad de leer, la recogiera y leyera sus textos.
”Escribo para mí”, se mentía a veces, “para leerme”. Ella buscaba explorar la comunicación en sus vertientes más profundas que en lo cotidiano no encontraba forma, o quizá medios para hacerlo, ya que cada quien seguía como burro a zanahoria sus pensamientos, y no los de otros. Entonces, sabiendo esto, se preguntaba por qué alguien habría de hacerlo a través de sus textos, de su obra literaria que se expandía en número y florecía en calidad. Tenía inquietudes que, por momentos, la paralizaban.
No obstante, era tal vez eso lo que mantenía vivo el impulso de escribir: lo desconocido. No saber quiénes llegarían a leerla, ignorar si entenderían lo expresado, desconocer si sería de su agrado o si le serviría como un puente para cruzar abismos o como alas para surcar el cielo. Ella escribía, como quien planta un árbol en tierra lejana y le deja el crecimiento a las lluvias y la fructificación a las estaciones; los frutos los saborearía alguien con quien quizá Clara nunca cruzara dos palabras.
Escribir en la pluma de Clara tenía tanto de misterio como de conocimiento, era una mezcla de sensaciones que convergían y divergían desde y hacia distintos puntos no localizables, salvo en su mente, su sexo, su corazón y, desde ya, sus manos y sus ojos, esos oscuros ojos negros donde uno se podía perder con sólo mirarlos.
Su razonamiento era el siguiente: un texto ya no es un lugar de morada, un lugar para estar, para un lector; mucho menos lo es un libro, un blog, etcétera. Un texto es un espacio donde el lector pasa y, dependiendo de su apertura al mismo, degustará, saboreará o se podrá llevar algo, por muy efímero que le resulte. Pero, pensaba, el texto no es algo inerte como un trozo de cartón, sino que puede llegar a tocar al lector en uno o varios aspectos. De eso se trataba la comunicación, el arte, la literatura, de llegar. Por eso Clara Migno seguía insistiendo a pesar de los intentos del mundo que la llevaban a desistir, una y otra vez, en su impulso natural, o cultural si se quiere, por escribir, por narrar, por describir, por contar, por darle vueltas a las letras, hilar caminos de palabras y estampar, con tinta o color, oraciones que le dieran –al menos- la sensación de que escribir tenía un valor que sólo el lector, tan escurridizo como pez entre sus manos, podría apreciar.

Instinto lector

Terminó de leer el libro y quedó exhausto. No lo agotaba leer, sino penetrar en una intrincada mente como la del autor de ese libro, particularmente ese y no otros que le habían resultado tan ligeros, de una lectura que podía alternar con música, alguna conversación o, incluso, la televisión encendida de fondo. Pero en esta ocasión, se detuvo varias veces preguntándose a dónde conducía la narración, intentando adivinar, o tal vez descifrar la trama.
Lo intentó sin logro alguno. A medida que avanzaba en la lectura, saboreaba las frases más sobresalientes y degustaba las escenas tanto rutilantes como las más comunes, todas tenían ese toque maestro que las destacaban.
Sin embargo, llegó el final, como era una obviedad para todo libro. En este caso no habría continuidad, el autor había fallecido hacía veinte años y ese era el último que le faltaba leer. Algo le decían sus letras o, al menos, le hacían pensar. Nunca resultaba ileso de esas lecturas, siempre en casos así había algo que se desmoronaba desde las alturas y había, a su vez, algo emergiendo nuevo, fresco, desde lo más profundo de sus ideas.
Le quedaba como opción, como alternativa ante la falta de nuevas obras del autor, buscar un hilo conductor transitando lecturas del género que le aportaran la saciedad que le había dado ese libro en particular.

QEPD

Había tomado por costumbre mirar, en el diario local, las necrológicas. No lo hacía nomás por curiosidad sino porque esperaba alguna reacción de mi parte al ver mi nombre escrito allí, con una fecha de caducidad. Era una motivación con poca sabiduría, pero me entretenía. El tiempo era arena entre mis dedos y sospechaba que cierto día, no muy lejano, llegaría a su fin, la guadaña tocaría mi puerta y ya nada sería lo que fuera hasta entonces. ¿Y qué era hasta entonces? Poco más que lo hasta allí conocido. En principio, no es que lo esperara con deseo o lo rechazara por temor. No. Mis cartas ya estaban jugadas, sólo era cuestión de que el croupier pagara la apuesta o me dejara en la calle, de los dos lo uno. No temía perder, pero me intrigaba saber. Ese era el punto en cuestión: saber. Había dudas e inquietudes que no se habían despejado.
Hay un dicho que dice que la curiosidad mató al gato, pero si no tuviéramos el instinto de curiosidad seríamos sólo un tronco de madera que deambula insensible y sin voluntad como mera subsistencia de las especies más bajas. Seríamos una especie de gusano vestido de frac.
Mientras tanto, sigo esperando y curioseando a cada momento. Por lo pronto ya tengo tallado el epitafio en la lápida para dejar constancia de mi legado. Dice Nicasio, mi nombre, junto a mi apellido y debajo la leyenda: “Aquí ya sé”, con la que espero sembrar la curiosidad en la posteridad.

El venado

Mientras bebía un café, Arturo leía las noticias del día anterior. Entre ellas, una hablaba de la muerte de un policía que accionó su arma sin querer mientras la limpiaba. Al revolver la taza, Arturo observó una mosca que se paró en el borde de la misma. Esta tenía dos cuernos que sobresalían de su cabeza y él, lejos de espantarla, la contempló. Una rareza de la naturaleza, pensó. Levantó la taza para beber y el insecto huyó volando. Tras permanecer leyendo varias notas periodísticas, terminó de beber el café y llamó al mozo para pagar. Cuando éste se hizo presente, Arturo observó dos protuberancias en la frente del empleado que antes no había notado. Intentando ocultar con disimulo su atención, pagó por lo que había consumido y se marchó. Al salir, un perro le movía la cola jugando con una rama. Arturo la recogió y se la tiró lejos. El can pronto volvió corriendo y cuando Arturo lo miró vio que el mismo tenía dos cuernos en la cabeza. Le pareció raro, pero pensó que tendría alguna cruza con cabra o algo parecido y se desentendió del asunto. Caminó hasta la parada de colectivos y allí había un anciano esperando impacientemente. Arturo lo miró detenidamente. El hombre vestía un ambo gris y llevaba un sombrero del mismo color. Sobre el mismo, se extendían a través de unos agujeros unos cuernos parecidos a los de un alce. Evidentemente, salían desde la cabeza misma de aquél hombre.
-Lindo día. –dijo Arturo para entablar un diálogo.
-¿Qué tiene de lindo? Es un día como cualquier otro.
-El tiempo es agradable. No hay humedad ni hace demasiado calor.
-¿Y con eso se contenta?
-¿Por qué no? Hay que estar agradecido…

El hombre se subió al colectivo que se detuvo frente a él. Arturo no se animó a preguntar por su cornamenta. Luego, subió al colectivo que estaba esperando y al hacerlo vio que el chofer ostentaba sobre su testa un par de cuernos magníficos, largos y brillantes. Se sentó al fondo del ómnibus que estaba casi vacío. La música que se escuchaba lo tranquilizó por un momento. Extrajo de un bolsillo un libro que llevaba consigo y se quedó leyéndolo en el trayecto. Al bajarse, la calle estaba desértica. Bueno, no tan vacía pues había allí sobre la vereda una paloma blanca. Cuando Arturo la observó no pudo creer lo que tenía delante: la misma tenía sobre su cabeza dos blancos cuernos. Al pasar cerca, el ave emprendió raudo vuelo hacia el firmamento y se perdió de la vista de Arturo. Caminó hasta su casa, a unos treinta metros y abrió la puerta al llegar con una de las llaves. Se sentó sobre el sofá y, al poco tiempo, sonó el timbre. Cuando fue a atender vio entreabriendo la puerta que se trataba del cartero. No fue menor su sorpresa cuando observó que éste tenía dos cuernos doblados en la cabeza.
-Certificada. –dijo el cartero.
-Lindo día, ¿verdad?
-¿Qué le ve de lindo?
-Temperatura agradable, no hay viento, ni llueve.
-Agradezcamos también que no nieva ni caen bombas.

No supo cómo encarar la conversación acerca de los cuernos del cartero, que ya había observado de distintas formas y tamaños en otra gente. El tema de por sí le llamaba drásticamente la atención, pero no tenía a quién recurrir. Firmó la planilla del cartero y se despidió. Ingresó nuevamente a la vivienda y abrió la carta que había recibido. Era de su amigo Enrique, que estaba viviendo en Bogotá hacía unos meses. En ella, le narraba sus dificultades económicas y un mal trance que sufrió con una mujer. Cuando terminó de leerla, retornó a su pensamiento la idea de averiguar el origen de aquellos cuernos. Desistiendo de la posibilidad de preguntarle directamente a quien los llevara en su cabeza por pudor o vergüenza, sólo le quedaba averiguar con Nancy, su novia, si es que ella sabía de qué se trataba el asunto. Algo que dedujo de todo aquello era que sólo lo había visto en hombres. ¿Se había cruzado con alguna mujer? Si, en el colectivo había dos damas y ninguna llevaba cuernos. Y de los animales no podía determinar su sexo. Se tomó un taxi a la casa de su novia. El taxista, por supuesto, llevaba en su cabeza dos largos y delgados cuernos. Ya no le llamaban tanto la atención el hecho de saber que todos los tenían, sino sólo sus extravagantes y diversas formas. Pagó el viaje y se bajó en la puerta de la casa de su novia. Tocó el timbre y enseguida estaba ella en la puerta.
-¡Arturo! ¿Qué hacés acá?
-Te vine a ver. Además, hay algo que me inquieta.

Ella lo besó y luego ambos ingresaron a la vivienda.
-Creo que estoy viendo visiones.
-¿Por qué? ¿Qué viste?
-Todo el mundo tiene cuernos.
-Ah, sí, es normal porque ya entró en vigencia el decreto.
-¿Qué decreto?
-El decreto presidencial que obliga a los machos a implantarse cuernos. Según estudios científicos, los animales que tienen cuernos sólo atacan en defensa y nunca a las hembras. Así, desaparecerán los asesinatos y el maltrato a la mujer. Me parece una medida sensata.
-Es una locura.
-Mirale el lado bueno. Con cuernos se termina aquello de la gastada por infidelidad ya que todos están en las mismas condiciones.
-¿Y me los voy a tener que poner?
-El viernes. Como vivís en babia, yo misma te saqué el turno.
-Qué desgracia…No sé si darte las gracias.
-Decime, ¿qué te gustaría? ¿De okapi, de cabra, de antílope?
-Creo que de jirafa.

Indicios de insatisfacción

“Esperás demasiado de la gente. No tienen tanto para darte”, me dijo. Podría haberme dicho algo más interesante, algo más jugoso, pero en cierta forma tenía razón, siempre esperaba algo más sin saber bien qué era. No estaba contento con las situaciones, las expectativas que tenía eran grandes, demasiado grandes como para estar contento con pequeñeces, no me daban satisfacción esas frases sacadas de canciones que hablaban de apreciar las pequeñas cosas, por la sencilla razón de que tenía ambiciones muy altas como para alegrarme con una mirada bondadosa, una frase amable o un polvo de rutina. Y así, me movía buscando, probando cosas nuevas o tal vez viejas recetas de las cuales me sentía un creador de ellas, sin saber -hasta que alguien me lo daba a entender- que todo eso que se me ocurría en mi imaginación ya había sido pensado, e incluso quizás daba letra a uno de esos libros de autoayuda, tan aborrecidos por los literatos como amados por los libreros que veían desfilar cientos de consumidores voraces todas las semanas de tales piezas que encajaban a la perfección con la cultura actual y hasta probablemente sería la base fundacional de una nueva sociedad, nueva en el sentido de que el sinsentido se renovaba con cada aparición de las novedades. No sé, tal vez estuviera demasiado cansado como para equiparar mi estado al de las cosas que sucedían en el entorno. Lo cierto era que pareciera que nadie te ayuda gratis desde el psicoanálisis, la mercantilización masiva y la autoayuda, por eso me había acostumbrado a tomar prestadas las fórmulas que certificaban algún tipo de éxito; las ponía a prueba por algún tiempo hasta que me resultaban tediosas. Evidentemente no era eso lo que buscaba, pero tampoco me conformaba con la degustación; había llegado a probar sabores insólitos habièndolos desestimado tiempo antes. Sin dudas eran nuevas experiencias, tenía la posibilidad y la capacidad que nunca dejaba de asombrarme de saborear de forma casi ilimitada, era una de las tantas maravillas que vivíamos a diario. Entonces, ¿por qué le seguía consultando a él qué era lo que estaba buscando, qué quería, en síntesis? Un facultado no tiene todas las respuestas y él ya me lo había dado a entender reformulando mis preguntas, desviándolas hacia asuntos ‘motivacionales’, pero yo tenía sobrados motivos para seguir buscando respuestas a esas cosas que mantenían inquieta mi mente, perturbada ante el menor indicio de insatisfacción. “Soy feliz”, le dije, “ese no es el problema”, enfaticé. Pero él me seguía dando conceptos que no llegaba a entender del todo, tal vez por hacer fácil y expresable algo que era difícil de comunicar, al menos no me llegaban sus palabras, si es que me decía algo porque lo que notaba es que me hacía verbalizar casi todo a mí, cuestión que no me costaba lo más mínimo, sólo tiempo de consulta. “Usted tampoco tiene tanto para darme”, le dije finalmente; a lo que respondió con un tecnicismo que inhabilitó mis capacidades de comprensión. Él sabía que me tenía atrapado en una telaraña, como una mosca indefensa, y que llegado el momento me devoraría sin contemplaciones.

El viejo ante el espejo

-La vida virtual te mantiene expectante.-me dijo Humberto a tono con lo que expresaba.
-Esperamos mucho de ese mundillo. –le dije para seguirle la corriente, no porque considerara que él me estuviera revelando algo muy importante.
-Efectivamente, estamos a la espera de que ocurra algo grandioso. Podemos darnos una panzada de efectos audiovisuales que nunca nos dejan satisfechos.
-Me encanta la memografía. –le dije, dándole a entender que no estaba del todo de acuerdo con sus dictados. Además, me encantaba usar esa palabra, que no sé si era la más apropiada, para la cultura que embebía a la comunicación a través de memes.

Él se quedó pensativo, revisó las notificaciones de su celular, envió un mensaje de audio en el que dijo algo así como “si no las encontrás, deberías buscarlas con los ojos abiertos”, pareciéndome que le hablaba a un nieto; no quise preguntarle.
-La felicidad adopta expresiones cuanto menos misteriosas –soltó-; lo que para mí es una estupidez, a otro le ofrece una fuente de carcajadas. Y viceversa. –Humberto soltó una risa estruendosa-. Disculpame, hay recuerdos que son muy inoportunos, no como esos programados.
Humberto se sirvió otra copa y nos ofreció, haciendo las veces de anfitrión. Asentí. Lidia entró a la sala y preguntó si se nos apetecía algo. Le reproché la falta de tacto por la interrupción, pero Humberto me calmó y le dijo que con unos canapés estábamos bien.
-Nos han creado la necesidad de tener hechos en la palma de la mano, y por si fuera poco, a cada instante. Decime, Patricio, ¿te pusiste a pensar lo que es un hecho?
-Nunca lo pensé profundamente –le dije para sacarme la pregunta de encima-, supongo que es algo que no se puede refutar.
-Y aunque se refute, seguiría siendo un hecho. –me dijo tras una pausa para beber.

Recogí el celular que había dejado en el posabrazos del sillón y revisé las notificaciones. Tenía varios mensajes, pero ninguno en carácter de urgente. Las urgencias habían pasado a segundo plano, todo era inmediato mejor dicho. En mi caso siempre respondía a la brevedad, porque creía que en la otra punta de la conexión estarían a la espera de una respuesta satisfactoria, pero en el fondo coincidía con Humberto en que estábamos incompletos, o teníamos esa creencia de la carencia, de algo que nos faltaba y que alguien nos podía completar, lo que incluía el sexo, el amor, la amistad y la paternidad. Todo esto se me ocurría mientras observaba a Humberto beber la copita de ron, aunque filtré lo que tenía por decirle, más que nada porque lo conocía hacía mucho tiempo y él tenía por costumbre soltarme una cantidad de palabras bienintencionadas que a veces me resultaban una molestia, más que nada por mi torpeza para seguirle el hilo de sus razonamientos.
-Pero volveríamos a la dicotomía entre hechos y palabras, hoy por hoy, fuera de discusión en el grueso popular. –le dije para salir de mis cavilaciones.
-No.-dijo en seco-. No hablo de eso, querido Patricio. Me refiero a que se le ha dado el carácter de hecho a muchas cosas que no lo son, que siguen siendo palabras, descripciones, narraciones, opiniones, números, vistas, clics.

No dejaba de beber, tras cada oración que nos propinaba. Lidia entró con los canapés. Los apoyó sobre la mesita y dijo que si precisábamos algo se lo hiciéramos saber. Humberto, gentil, agradeció. A él le gustaba ser escuchado, como a quien tiene algo por decir. No le importaba mucho si su interlocutor tenía dotes de estúpido, por lo cual buscaba no ponerme en evidencia, aunque él me conocía bastante como para saber que no era un erudito. La llegada de las redes le quitó vigor a su voz, quizá fueron los años pero hablaba como quien no quiere la cosa, aunque nunca dejaba de hablar. Ni de beber. Cada vez se le notaban más arrugas a su aspecto sereno, a su pausa al hablar, a su cálida mirada cuando nadie comprendía sus alocuciones.
-Los damos por hechos, aunque no fueron declarados como tales. –dijo Bretón, por fin.
-Exacto. –Reivindicó Humberto- Cualquier menudencia que nos llame la atención lo damos por hecho, lo tomamos como un hecho en la imaginación. La procesión va por dentro, decía y con razón un viejo refrán. Y mirá que para que te hable de algo viejo tienen que haber transcurrido años y cosas en esa misma imaginación, que ya no es la de antaño. –Precisó.

Me serví un canapé para tragarme las palabras. Nunca me gustaba contradecirlo, no tenía sus comprensiones como para discutir a su altura. No se trataba de saber más, él siempre lo decía, el conocimiento de las cosas es infinito y hoy, más que nunca, está a disposición. Una vez quise incomodarlo, dándome aires de filósofo culto, le pregunté:
-Humberto, ¿podés enseñarle a un hombre o sólo podés ayudarlo a pensar?
Su respuesta me ruborizó y me sumió en un incómodo silencio, no como esos silencios que compartíamos:
-Como bien decís, Patricio, como bien decís.

Comprendí que buscarle la quinta pata al gato tenía sus consecuencias. No había forma de ponerlo incómodo porque siempre tenía un as bajo la manga, era difícil agarrarlo desprevenido en temas que manejaba a piacere. Pero nosotros, principalmente Bretón y yo, lo mirábamos con curiosidad y discutíamos qué pensaría Humberto cuando se mirara ante el espejo de la sociedad actual. Él nos había dicho en reiteradas ocasiones que no lo veía como un espejo, sino como se mira un espectáculo, alegre, triste.
-Muy pintoresco, por cierto. –añadía.

Emotivo o deprimente, pero espectáculo al fin. Nosotros seguíamos perdidos entre imágenes que se nos presentaban a diario, y las charlas con Humberto parecían de otro contexto, de un calibre que no encontrábamos en ningún rincón. Su apacible expresión nos permitía distendernos ante la tensión que se había tornado habitual en nosotros.
-Alguien entiende algo de una manera posible entre tantas y divulga esa comprensión.-agregó- Entonces, esa comprensión por diversos factores se populariza y todos repiten la comprensión ya en carácter de conocimiento. Este se replica fácil y rápidamente sin haber sido comprendido, ¿me siguen?
-Sí, sí. –dijo Bretón.

En mi caso era difícil seguirlo, como había dicho. La velocidad de mis pensamientos me impedía seguir los de otros. Luego, insistió con el hecho de que el conocimiento estaba ampliamente disponible y, además, era infinito. Se enredó en una discusión con Bretón que no presté demasiada atención y me avoqué a atender mensajes vía celular.
-Pero, ¿no sigue siendo lo que era entonces? –inquirió Humberto con una marcada pausa entre cada palabra de la pregunta.
-Puede ser, pero ya no lo tomamos como tal. –respondió Bretón con aire triunfal.
-Exactamente. –soltó Humberto tras dar otro sorbo a la copita de ron.

Bretón se sirvió un canapé, mientras que Humberto y yo nos enfrascamos en el celular. Después leyó un comentario para que nosotros escuchemos, pero no le prestamos demasiada atención, el espacio que compartíamos no era el mismo que el espacio mental. Allí todo estaba ocupado, repleto a rebosar de cosas, en su mayoría virtuales. Aunque Humberto seguía usando esa palabra para saber de qué estábamos hablando, él decía que la línea que separaba a lo virtual se había desvanecido, porque aquello había pasado a formar parte de lo cotidiano. Para los que habíamos visto el desarrollo compartíamos esa formulación, pero para los más chicos era intrínseco a la vida -como para nosotros lo fuera el aire casi sin darnos cuenta o las creencias heredadas- y les resultaba complejo pensar fuera de ello, por lo que cualquier crítica que les cayera eran cosas de viejos que no entendían la actualidad, y el espejo ante el cual nos mirábamos era esa juventud.
-Que cree saberlo todo. –decía Humberto bebiendo, siempre bebiendo, apacible.

La visión mítica

Íbamos camino a la playa, en el Roll Royce de Maratón Díaz, cuando vimos que desde la garita de vigilancia nos hacían señas para que detengamos la marcha. Maratón, obediente, desaceleró y estacionó unos metros pasando la garita. El oficial que hacía las veces de vigilante se acercó al vehículo y asomó sus barbas a la ventanilla donde Maratón ejercía la conducción. Lo observé detenidamente, con atención en su rasa barba.
-A este tipo lo conozco. -le dije a Maratón.
-Sí, creo que es el de la tele.-me dijo en voz baja.
-¡Claro! Es Vigilio. ¿Te acordás que nos regateó un voto vez pasada?
Nuestra conversación con Maratón fue interrumpida por una tos seca de Vigilio.
-Disculpen… ¿van para allá? -dijo Vigilio señalando el puerto.
-Sí. ¿A qué viene la pregunta?-dijimos casi en una voz.
-Este trabajo me tiene podrido. Quiero ir a recorrer un poco las costas. ¿Me llevan?
Maratón me echó una mirada escrutando. Asentí con la cabeza.
-¡Suba! -señaló Maratón.
El ex vigilante y ex oficial subió al coche agradecido. Enseguida se pusieron a debatir en torno a la política, cómplices en sus obras para la sociedad, que nadie le encomendó. Mientras, observaba por la ventanilla lo que me parecía la caída de un meteorito, paralelo a la ruta por la que viajábamos. Maratón, de vista perfecta, me cortó la inspiración:
-Es un ovni. -sentenció. Y en el primer cruce, ante el silencio de los tres, se metió por un camino rural.
Ninguno observaba ya el camino. Nadie recordaba la playa ni sabíamos distinguir si la radio emitía un reggaeton o un tango, abismados por la aparición que se había suspendido delante nuestro, contrastando con lo que quedaba de ocaso.
-No puede ser.-repetía una y otra vez Vigilio
Maratón había detenido el coche y el motor se apagó sin interacción de la llave. El platillo, que se mantenía suspendido, había comenzado a descender delante de nuestras narices muy lentamente, hasta que aterrizó. El impacto en nuestros corazones era tal que sólo oíamos nuestras respiraciones intermitentes.
De pronto, paralizándonos por completo, salvo nuestro sentido de la vista, una escotilla de la nave, que octuplicaba el ancho del Roll Royce, se abrió, elevándose.
Una silueta se asomó e inmediatamente una especie de escalera se desplegó delante. Nuestro asombro no nos daba tregua. Estábamos solos ante el fenómeno. ¡Miento! Detrás del vehículo había un turista en bicicleta. A quien suponíamos sería el primer alienígena en tener contacto con seres humanos se le había dado por poner mayor suspenso a la situación. No alcanzábamos a distinguir, tras la sombra de la aeronave, correctamente su figura. Pero lo imaginábamos extraño. Todo era suposición en nuestros pensamientos pues la oscuridad, a esa altura, nublaba cualquier atisbo de visión.
A todo esto, que el alienígena no descendía, el turista, a nuestra derecha, se nos había adelantado y avanzaba rápidamente, habiendo dejado la bicicleta detrás del Roll Royce. En su andar, nos distrajo y no alcanzamos a ver el reingreso de la escalera pero sí el cerrar de la puerta de la aeronave. La misma, elevándose en espiral, desapareció de nuestra vista.
Quedamos pasmados, en una especie mezcla de éxtasis con desilusión. El turista se dio vuelta, y Vigilio lo reconoció:
-¡Es Reviro! ¿Qué hace Reviro acá?.-inquirió.
Reviro Monfrinotti era un aclamado e ilustre filmador de eventos paranormales y había dado varias conferencias por todo el globo y en diversos medios.
Se acercó, con una sonrisa amplia, y exclamó:
-¡Lo tengo todo! ¡Todo!-señalando su celular.
Los cuatro quedamos impávidos. Habíamos estado a un instante del momento que cambiaría nuestras vidas, y probablemente el de la humanidad. Pronto en redes sociales un video de la penumbra, grabado en vga, se haría viral.

Terapia de grupo

Les cuento que una vez por semana estoy haciendo terapia de grupo. Además de quien habla van mi álter ego, mi otro yo y mi sombra. A medida que avanzan las sesiones nos entendemos mejor. Es bastante entretenido, con situaciones tragicómicas porque muchas veces no se sabe quién dijo qué. En esos casos, generalmente el licenciado cambia el tema de conversación abruptamente o da por concluida la sesión y cada uno se va por su lado. Los cuatro presentan marcadas diferencias; por ejemplo, uno cree que sabe todo, otro piensa que no sabe nada, otro cree y el otro duda. La semana pasada se produjo una situación cuanto menos curiosa: resulta que por un problema de horarios no pude asistir a la sesión; debido a esto, el licenciado me quiso cobrar la sesión ( cosa que está estipulada por una cuestión profesional ), pero por cuadruplicado. Para mí era inaceptable, si los otros faltaban no tenía por qué hacerme cargo. El licenciado me dio una explicación que no me cerró: él dice que estoy haciendo la terapia solo y que los otros participantes de la terapia de grupo son desvaríos míos. Pero yo no le creo nada. Mi sombra dice que el licenciado nos está estafando y que no nos conduce por buen camino; mi álter ego dice que busquemos otro profesional con más experiencia y sabiduría; y por su parte, mi otro yo dice que estamos gastando mucha pólvora en chimangos. Les digo seriamente, ya no sé qué pensar. Por lo pronto, mañana en la sesión vamos a pedir explicaciones, y donde el licenciado se pase de vivo, entre los cuatro le llenamos el culo a patadas.

El crack

Pinceladas sobre “Pasta de campeón ( la verdadera historia)”, un relato de Martín Díaz.

En verano, el sol parte la tierra en dos. Sobre la parte en la que pisan los gentíos, queda una pendiente que hace que los autos desciendan a los balnearios y sus ocupantes caigan con ánimo festivo sobre las aguas que otra vez los devuelven a la orilla, pero éstos en una insistencia pueril intentan doblegar la fuerza de la inmensidad que los refresca y le hace olvidar todo lo demás, y la escena se repite hasta el cansancio de aquellos o hasta que son tragados por la otra. De un modo u otro, indefectiblemente vence el mar. Del otro lado de la tierra, los días en el barrio son largos, y el fútbol se juega de la mañana a la noche. Dependiendo la cantidad de los partícipes, si son dos, el juego es un arco a arco. Si de repente aparecen un par más, se juega un veinticinco o se corta la calle con dos ladrillos en una punta y dos camisetas en la otra armándose un picado. En éstos casos la jugada se invalida cada tanto al grito de ¡Bici! o cuando algún conductor en su auto considera que su lugar en el mundo fue un error del destino y se dispone a cruzar el abismo que lo acerque al océano y lo aleje del estupor. Pero a las tres de la tarde, siempre ( pero siempre ) estaba ahí en el parque. Un muchacho alto, con no muy buena forma física, de zapatillas negras, las medias blancas hasta las rodillas, un pantalón largo cortado sobre las rodillas, de chomba de vestir un poco gastada por los años y un gorro de lana bicolor que le tapaba los rulos. Cada tanto pasaba algún transeúnte que no sabía de qué lado de la tierra le tocaba vivir, y al atravesar la cancha su desconcierto crecía, pues la misma cruzaba todos los juegos –como hamacas, toboganes, calesitas e incluso algún monumento- que eran un obstáculo más dentro del mismo partido. Los arcos, desde ya, no tenían travesaño, lo que disparaba peleas interminables para determinar los goles; a veces algunos se iban a las manos, pero enseguida la redonda volvía a rodar y todo se olvidaba rápidamente. Como árbitro no había, cada quien cobraba lo que cobraba y todos estaban de acuerdo con esta reglamentación natural del juego, la cual le daba más respetabilidad y dinamismo a cada encuentro. Éste muchacho era descendiente de tano y, como tal, un tanto fanfarrón, pero de corazón criollo, que cualquiera con un poco de sensibilidad la vislumbraba en el brillo de sus ojos claros o en la rispidez de su sonrisa. A veces, cansado, se sentaba a mirar el partido que raramente se detenía y lo veías tomando un poco de agua desde atrás del arquero. La diferencia entre los pibes de los clubes y acá en el parque es el estado físico. Pero acá, vienen de todas partes y se comen goleadas y apenas si la ven pasar. El otro día vinieron tres de Carasucias y no la vieron ni cuadrada. ¿Sabés qué pasa? El fútbol  es un juego de vivos, acá no hay categorías, puede jugar tanto un nene como un veterano, y el instinto con la pelota se desarrolla como un embrión sin que nadie le enseñe cómo tiene que crecer y los que juegan acá escuchan hablar de escuelas futbolísticas y si no les dan el cargo de director o alguno superior no quieren saber nada. Acá el partido termina cuando ya no queda luz, si es que no se cansaron todos antes y ya no quieren jugar. Y si bien, el encuentro de cada día hace olvidar el resultado del día anterior, ganar lo es todo. El gordo, que en el parque juega de local, tira paredes con el tobogán, usa los árboles como cortina y busca la devolución con un mástil, es crack. Pisa la pelota y mete un caño de taco para pasarlo por arriba cuando el defensor queda desparramado por el piso y define con un toque suave que ni el mejor arquero adivina. Cada tanto pasa entre dos al feroz grito de ¡Ole! y esos se quedan masticando bronca mirando cómo se la cucharea al arquero. O amaga para un lado y sale para el otro, y el defensor parece un molinete de metegol que no sabe dónde está la pelota. Si nadie sabe lo que es la felicidad lo puede ver jugar al gordo y dar cuenta de que no sólo existe, sino que es posible encontrarla en vida. Algunos dicen que si no estuviera gordo jugaría en otro lado. Pero si está gordo es porque respira fútbol al levantarse, come fútbol todos los días, e incluso se le va la mano con el postre, que también es fútbol. Cuando el partido termina él no se entera de los elogios que le propinan los demás porque al caer el sol empiezan a fabricar y hay que aprovechar la temporada estival. ¿Sabés cuántos jugadores salieron del parque que después llegaron a jugar en primera? ¡Un montón! Y ni te imaginás las de veces que me quisieron llevar a mí. Pero no. Los clubes son una mentira. ¡Se la pasan corriendo! pensando horas qué van a hacer cuando llegue el partido y si le tirás una pelota no saben ni para qué sirve. ¡No se divierten nunca! Para colmo, si no tenés algún arreglo, con suerte, comés banco todos los sábados y a la redonda recién la mirás por la tele, con nostalgia. Lo mío es acá. Todos saben que tengo pasta de campeón, a mí nadie me la va a contar. El fútbol es esto papá, es picardía, viveza, no es para cualquiera, y si querés jugar vení al parque a las tres que ahí siempre te voy a esperar.

Palabrerío

No podía decirse que había un tenue silencio, ya que se oía, claramente contrastante el ruido de motores y de lavarropas, de ventiladores y de secarropas, de automóviles a toda marcha y de camiones que se detenían a cargar y descargar mercadería, motocicletas que pasaban dejando estelas de humo y de aviones que surcaban el cielo a gran velocidad, de taladros agujereando alguna pared y percutores haciendo lo propio, desmalezadoras cortando el césped y sierras eléctricas serruchando ramas que se escuchaban caer pesadamente sobre el suelo, helicópteros que volaban a baja altura y camionetas destartaladas que hacían ruido de chapas flojas, y por si resultara escaso, el viento sin identidad que mecía las ramas de los árboles con furia. Había entonces ruido, sí, como el que propiciaba las implosiones de miles de universos a cada instante, y la música, con su magia, nos hacía proseguir, olvidando el dolor, la enfermedad y la muerte que atemorizaban con aterrizar como planeadores pidiendo pista sobre nosotros, que esquivábamos con elegancia. La intelectualidad era un drama que observábamos desde la primera fila, que a veces nos hacía reír, otras preocupar y en otras ocasiones no entendíamos qué era lo que expresaba. En estos casos, lo mejor que podíamos hacer era desentendernos, mirar con lejanía y oír el ruido de las palabras lo menos posible para no sentirnos afectados por la virulencia del palabrerío, tal como tantos millones de años de los cuales dataran los científicos para que la vida sea siempre y solamente ahora. El silencio, entonces, era sólo el trasfondo de la escena, entre palabra y palabra, el espacio sonoro entre cada acción que nos permitía intuir la paz, esa serenidad inexpresable, inexpugnable cuando estás en ella. “La música sería imposible sin el silencio”, me dijiste. Asentí, no quería discutir.
-No, no es eso. No querés pensar. O no ves que lo inútil hace posible la utilidad de las cosas. –me reprochaste sin mirarme a los ojos, atravesándome y yéndote con la visión hasta perderte en el horizonte. Quisiste retratar el momento, pero me negué diciéndote que la magia no sale en fotos.
-Eso ni siquiera es tuyo, lo sacaste de una canción.-insististe. Te expliqué que lo que entra se transforma y se devuelve, pero estabas muy preocupada posando, para que la sonrisa parezca natural, no tenías atención para otras cosas, como la palabra, tan devaluada en los tiempos corrientes. Podríamos subvertir el silencio con miles de palabras sin decir nada, o al menos nada de peso, como el peso de cualquier imagen o video en un disco rígido.
-Incluso en la música, que pasó de escucharse a verse, perdió peso la palabra.
-Sos vos quien no tiene palabra. –seguiste con reproches.
-Para muestra, basta un botón.
-No entiendo tu desazón. Ahora podés decir lo que quieras con cientos de emojis.

Me caí de sólo pensarlo. Ni siquiera atinaste a tenderme la mano.
-Estás cansado… –dijiste algo más pero una procesión de camiones me impidió escucharte- …las acciones se sirven de la palabra para la comunicación, las expresiones no necesariamente comunican, son sólo eso: expresión.
-Sí, eso lo puedo entender.
-¿Entonces?
Fue entonces que me tomaste de la mano y nos quedamos sin palabras. La ciudad seguía obsequiando ruido, pero nosotros nos íbamos por la melodía que oíamos mediando miradas. Siempre quedaba algo por decir, esas charlas nunca se agotaban, le dábamos vueltas como rodeando una piscina a la que temíamos lanzarnos, sin saber si estaría demasiado fría el agua como para nadar en ella. No era cuestión de decir mucho más, a veces para avanzar bastaba un paso en falso, teníamos calor y el verano se anunciaba con coloridas imágenes de playas lejanas, tragos decorados y recitales tropicales. Nuestro viaje había comenzado hacía tiempo, era puro movimiento y parecía no tener destino físico. Podíamos olvidar el silencio cada vez que quisiéramos decir algo, levantando el tono para expresarlo por encima de la sonoridad de tantos motores, de tantas palabras en la cabeza erguida que nos oye.
-El tacto es comunicación. –me susurraste al oído.

Sin fortuna

Álvaro caminó hasta la parada de colectivos. Allí esperaban, impacientes, próximos pasajeros. Esperó su colectivo, el que lo llevaría de regreso a su departamento. Mientras lo hacía, vio pasar caminando cerca de sí a Galíndez, a quien notó con un gesto de preocupación en el rostro.
– Adiós, Galíndez, le dijo Álvaro alzando su mano.
– Hola Alvarito, ¿cómo anda usted?, preguntó Galíndez deteniendo su marcha, ¿espera el colectivo por aquí?
– Sí, señor, parece que viene con alguna demora. ¿A dónde va usted?
– Estoy yendo a ver a mi anciana madre. Está mal, sabe usted, problemas de salud y propios de la edad. Es mañosa la vieja. Bueno, Alvarito, prosigo, que siga usted bien, dijo Galíndez despidiéndose.
– Adiós, esperemos que mejore su madre, saludó Álvaro.
– Gracias, pero lo dudo. Hasta luego.
Al rato llegó el colectivo. Álvaro se subió y vio que el mismo venía sobrecargado de gente. Buscó un asiento libre, pero no encontró uno, por lo que se acomodó como pudo en el pasillo, apoyándose en una butaca ocupada por una señora mayor. Se oía el resoplar de más de un pasajero, en clara queja por el malestar de un viaje incómodo. Una pareja hablaba entre susurros, como queriendo crear para sí mismos una atmósfera circunscripta sólo a ellos. Otro hombre observaba por la ventanilla las casas y los edificios. Álvaro siguió observando el interior del colectivo y divisó, sentada en el fondo, en un rincón, a Nancy, una novia que había tenido en sus años de juventud. Quiso acercarse, pero fue imposible por estar atestado de gente. La notó aún más bella que cuando salían juntos, que tenía la desgracia de por ser tan linda atraer las miradas, hasta de gente no deseada. Le hizo un gesto con la mano, saludando, pero no fue percibido por ella. Observó sus facciones bien marcadas, seguramente estaría haciendo algún tipo de gimnasia, determinó. Observó sus cabellos bien cuidados, pensando que lo bueno mejoraba con el tiempo. Un tramo del recorrido más adelante, Nancy se bajó del colectivo y Álvaro sintió el deseo de intercambiar unas palabras ahogándose dentro de él mismo. La buscaré y la llamaré, pensó, seguramente se alegrará después del tiempo que habían pasado juntos.
Esa misma tarde, ya en la comodidad de su hogar, Álvaro entró en su cuenta de Facebook y buscó a Nancy. La encontró rápidamente, y leyó, en su último estado público, lo siguiente: “Hoy lo ví. Está pelado, panzón y encima ciego, lo saludé tres veces en el colectivo y ni me vio. O se hizo el distraído, que puede ser porque ya lo era bastante en su momento. Gracias a la vida por haberme llevado por otro camino”. Mierda, pensó Álvaro. Desistió tristemente de su idea de contactarse con Nancy, no sin antes dejarle un mensaje privado: No te creas que sos Michelle Pfeifer, estás bastante venida a menos, últimamente. Además, te saludé y la que no vio fuiste vos, quizá se te atrofiaron los nervios ópticos después de tantos años, le escribió.
Luego de un rato, sonó el teléfono. Era Nancy. Fue breve: “Escuchame bien, trozo de adoquín, el estado que publiqué era para mi padre, a quien no veía hace catorce años y me cayó mal volver a cruzarme con él después de su separación. El cariño que te guardaba acaba de irse por el inodoro. Agradezco por no haberme cruzado con vos, que estás tremendamente idiota. No te vuelvas a dirigir a mi, sin antes hacer treinta y cinco años de terapia, salame napolitano”. Y cortó. Álvaro tiró el celular de la bronca que le dio su propia estupidez, nacida de un malentendido, con tanta mala fortuna que el mismo dio contra la canilla de la cocina y ésta se salió de lugar. El agua salió instantáneamente como un chorro hacia arriba, inundando todo el comedor. Álvaro quiso colocarla nuevamente en su sitio, pero su torpeza se lo impidió, por lo que se le ocurrió taparla con un trapo lo mejor que supo y llamar al plomero. A su teléfono celular le había entrado agua, por lo que había dejado de funcionar. Se fue a buscarlo a su casa. Ya casi de noche, cuando llegó, lo atendió la mujer del mismo:
– Buenas noches, saludó Álvaro, disculpe la hora y la molestia, ¿se encuentra Galíndez? Tengo una urgencia, dijo.
– En estos momentos está velando a su madre, sepa disculpar, dijo la señora de Galíndez.
– Mierda, qué mala suerte, dijo Álvaro teniendo en mente su inconveniente y no el propio de Galíndez suscitado por el deceso de su madre.
– Ya tenía sus buenos años, era cuestión que se la lleve el tiempo.
– Bueno, gracias de todas formas. Adiós, se despidió Álvaro.
– Adiós, saludó la señora, y cerró la puerta.
Álvaro tras perder un colectivo a escasos metros de la parada, se tomó el siguiente de regreso a su casa. Cuando se bajó, miró hacia arriba y en el mismo iba Nancy, otra vez, quien esta vez lo miraba fijamente desde atrás de una ventanilla y, al instante de ser percibida por Álvaro, le levantó el dedo mayor de su mano izquierda y el colectivo prosiguió su rumbo. Álvaro, indignado, pasó por una agencia de lotería y se compró una raspadita, para ver si cambiaba su racha de mala suerte. Pero no, le salieron una campana, un trébol y un arlequín.

Sosiego

Estaba cansado por el trajín de la semana, los conflictos sociales, la parálisis creativa y la turbulencia política. No obstante, salí a caminar. Estaba anocheciendo y el andar casi a tientas en la penumbra de la ciudad me despejó las ideas, templó mi ánimo y apaciguó mi espíritu exaltado. Al emprender el regreso, recorrí un camino hasta hoy desconocido por el que vislumbré nuevas arquitecturas y luminarias modernas. Unas cuadras antes de llegar a casa escuché una voz que me saludaba.
-¡Leo! ¡Leo!
Miré en todas direcciones y, aunque creía reconocer la voz, mi cansancio y la miopía me impedían encontrar al portavoz ya entrada la noche. Inmóvil, como estatua recién tallada, lo escuché nuevamente aún sin divisarlo:
-¿¡No me vé´ o so´ ciego?!

Una canción en mi pensamiento

Estaba pensando y, no mentira, estaba cantando, no no no mentira, estaba tarareando, no tampoco, estaba silbando una canción o en mi imaginación creía que ese sonido que salía de mis labios se asimilaba a cierta canción, cuando, de repente, para mi sorpresa, la pasaron por la radio y me dí cuenta que no sólo no se parecían en nada el silbido y la canción, entonces me puse a cantarla pero como era en inglés, las vocalizaciones no coincidían tampoco y además sonaba desacompasada, por lo que quise sacarla con la guitarra y ahí sí, por fin, la saqué y me saqué esa espina de encima, esa molestia porque a mí no hay música que se me resista. La saqué sin remordimiento, sintonicé otra emisora que hablaban de actualidad.

Héctor

Se encuentran dos locos.

-¡Héctor!¿Sos vos o sos un clon?
-¿Cómo puedo saberlo?
-Fácil. Si podés apoyar el codo en la nuca sos original.
-A ver che…mmmm…está difícil….mmmm No, no puedo.
-Entonces sos clon de algún otro.
-Una lástima Juan Ramón. ¿Y ahora qué hago?
-En tu lugar, iría buscando refugio en Turquía porque te deben estar buscando.
-Uyy ¿quién?
-Quién no: interpol, el mossad, la kgb, la federal, … a ellos no le gustan las copias. La vas a tener que remar.
-Qué macana.
-Bueno viejo, te dejo porque tengo que seguir avivando giles.
-Chau che. Gracias. Saludos a tu gente.

Héctor sigue intentando apoyar el codo en la nuca mientras Juan Ramón camina, alejándose, con una rodilla apoyada en el mentón.

Otros tiempos

En el canto de la puerta había una moneda antigua, del año 1845. Cuando Cecil la vio reconoció que era una de las que le faltaba para completar su colección. La recogió y la guardó en un bolsillo del saco. Se quitó la corbata y la guardó en el mismo bolsillo. Tras ingresar, observó que había mucha gente sentada esperando ser atendida. Retiró un número, que el destino señaló como un número primo. Cecil tomó nota del suceso y se alegró. Por alguna razón, los números pares les resultaban aburridos para sostener su espera. Extravagancias de gente inquieta. Tenía por delante una cantidad considerable de gente que había acudido a realizar su trámite en un tiempo previo al que él se había acercado al establecimiento. Resolvió ir por un café. Cuando entró en el bar, una camarera le tendió la carta. Cecil, al verla, se sintió confundido. Era el tres de bastos. “Truco”, le dijo la camarera. Ignoró la propuesta y pidió un café, pero inmediatamente se arrepintió pues tenía veintiocho para el envido. Qué boludo, pensó, y buscó consuelo en el horóscopo del diario que tenía sobre la mesa. El mismo arrojó que ese día recibiría una importante suma de dinero proveniente de alguien ajeno a su realidad cotidiana. Alzó la vista y vio que un hombre portando un maletín se acercó hacia la mesa que de momento consideraba suya. El hombre se sentó frente a él, abrió el maletín y le dijo: tengo algo para usted. Cecil, sin asombro, le respondió que estaba al tanto, pero no sabía a cuánto ascendía el monto.
-¿Qué monto? –Inquirió el hombre- Tenga, es una invitación al empíreo.

Tras varios minutos de charla sectaria, el predicador se retiró y prosiguió con empeño su tarea en otra mesa, donde otra víctima de su perorata absorbería sus palabras con entusiasmo. Cecil recogió el folleto que le había sido entregado y lo observó con desdén. Sobre la mesa estaba también el café y dos medialunas que no pidió. Endulzó a gusto y bebió sin apuro y sin demoras. Se fumó un puro y devoró moras. Estaban agrias. Leyó el periódico, de atrás para adelante como solía hacerlo por costumbre, y de derecha a izquierda para agilizar su intelecto. Pidió la cuenta y la camarera se la trajo. Cecil la resolvió con la ayuda de unos fósforos que le sirvieron de apoyo. Al salir, extrajo la corbata del bolsillo y se la colocó sobre el cuello. Un aerobus pasó sobre su calva testa atiborrado de gente. Introdujo la mano nuevamente en idéntico bolsillo y tomó la moneda. La observó detenidamente y pudo apreciar que databa del año 1954. Qué bárbaro, pensó Cecil, cómo pasa el tiempo.

Fundamental

Antes que nada, soy fundamentalmente humano. Humanista hasta la médula y humanoide hasta el cerebroide, sin cédula. Soy fanático del fanatismo, aunque un poco escéptico del escepticismo. Agnóstico soy de vez en cuando y, en temporada baja, gestáltico. Cuando hace frío psicótico y en el verano soy calentón. Paranoico en la cola del súper y Supermario en los videojuegos. Jugador empedernido, ex fumador de Particulares y particularmente estúpido. Soy ingenioso en las finanzas y financista en la cobranza. Pobre de mente y demente espiritual. Mi fortuna no tiene igual. Soy riestra de hincha y cabeza de ajo. Soy menos que nadie y nada menos que todo. Soy asesino de moscas y mosquita muerta. Soy carmelito descalzo y calzo mocasines en otoño. Soy noble, soy un roble y visto sin moño. Soy mostachol de trigo candeal con salsa bolognesa sin queso. Soy un queso a las cartas. Soy cartero. Soy multifunción en la cocina, polifuncional en la cancha y no funciono en la oficina. Soy oficinista, malabarista, médico, patético, abogado, dopado, locutor, fumador, tachero, fachero, macho, facho, morrudo, boludo, timbero, fulero, conquistador de continentes, silbador prominente, lector, hueco, escritor, chueco, espectador, seco, melómano, mitómano, seductor, constructor, constipado, equilibrado, hombre bien parado, joven con hambre, viejo con calambres y soy sujeto tácito. Soy televidente y soy visionario. Soy evidente y no tengo horario. Soy republicano, república y anónimo. Soy conocido, conocimiento y conocedor. Soy vergonzoso y soy caradura. Soy contradictorio pero soy de lo más simple. Soy una luminaria sin peros. Soy lúcido, calvo, barbudo, lampiño, huraño, sociable, testarudo, apreciable y soy un peludo abombado. Empleado esmerado y empleador cagador. Soy cagón y soy un sorete. Soy valiente y uso bonete. Soy simpático, carismático, higiénico, fotogénico, soy asmático y hago fletes. También soy celíaco y sería bueno de no ser tan malo a los dados pero la gasto en los juegos de mente. Soy ocurrente y soy como el resto de la gente. Soy diferente, soy igual que los demás y soy un referente. Soy referí. Soy independiente. Soy funesto y soy suertudo. Soy un pelotudo sin importancia. Soy inteligencia sin trascendencia. Soy apenas mormón y soy demasiado glotón. Soy rubio de cabello negro. Soy un cabecita negra de corazón bonachón. Soy un corazón negro sin cabeza. Soy un hijo de puta y homosexual. Soy homofóbico y sexópata. Soy hetero y soy burócrata. Soy mujeriego y soy telépata. Soy reprimido, represor, gestor, opresor, oprimido. Supremamente atractivo. Soy afectivo con el efectivo. Soy supervisor de colectivo y soy colectivero superior. Soy querido. Soy sincero. Soy cornudo y aventurero. Soy padre, tío, cupido, hijo, hermano, cantante, amigo, marido, novio, sultano, compañero, abuelo, amante, sobrino, mengano, beduino, cuñado, bovino, nieto y vigilante. Soy seguidor, soy perseguido, soy persecutor y soy percutido. Soy curtido y chapado a la antigua. Soy moderno moderadamente, de algún modo actualizado y soy moderador. Soy moderado y charlatán. Soy callado y holgazán. Soy trabajador y soy trabalenguas. Soy destapador oficial de cervezas en bares clandestinos. Soy oficial de cabeza. Soy clandestino y tengo documentación que lo prueba. Soy probablemente un documento, soy de un país vecino. Soy un documental. Soy argentino. Soy siervo y soy servil. Soy un servidor, soy servido y soy servidumbre. Soy lumbre y soy lumbrera. Soy luneta trasera. Soy la delantera de Italia noventa. Soy del ochenta y soy un bocho. Soy pavo y estoy chocho. Soy romántico y un poco asqueroso. Soy bello y soy sarnoso. Soy pulcro, vulgar, digno, leal y soy un mugroso. Soy vegetariano y soy oriundo. Soy extranjero, profeta, nativo, inquilino, berreta y como actor de telenovela soy gracioso y soy inmundo. Soy artista, esquimal, payaso, licenciado, chofer, bufón, carenciado, liberal, equilibrista, mago, marginal, ciudadano, director, extra, pintor, barrendero y gerente de banco. Soy un pobre diablo y soy un señor. Soy un caballero y un admirador. Soy muy admirado, olímpicamente ignorado, medallista olímpico y soy ignorante. Soy un salame, soy ciruja y soy elegante. Soy bastante granuja y soy pedante. Soy un poco brujo y estimulante. Soy filántropo, crítico, crédulo, engreído, desconfiado, malhablado, presumido, sonámbulo, cítrico y antropófago. Soy robusto y lustrabotas. Soy adinerado sin par. Soy el presidente de una academia de letras detrás de bambalinas. Soy académico como una prima y analfabeto con respeto al peatón en la esquina. Soy irrespetuoso, soy majestuoso, soy recto, zaparrastroso y soy botánico. Soy bruto y soy ecuménico. Soy básicamente un delirante crónico y un cronista de delirios ajenos. Soy básico y soy ajeno a los complejos. Soy un don nadie sin don. Soy un don Juan. Soy donante de órganos de Juan. Soy orgánico. Soy organismo y soy organizado. Soy desorden. Soy caótico y desordenado. Soy ordenador y no acato órdenes. Soy un subordinado. Soy un organigrama literario. Soy tranquilo, locuaz, proclive, tenaz, infame, mordaz, osado, capaz. Soy incapaz de matar una hormiga. Soy una hormiga de la comunicación. Soy comunicador, comunicado y comunicando. Soy común y extraordinario. Soy como un código binario. Soy decimal y no tengo códigos. Soy en principio antropólogo. Soy al final un androide odontólogo. Soy oncólogo y soy de cáncer, soy un cangrejo psicólogo. Soy de a ratos un espejo. Soy como un gato muy viejo. Soy un perro de cuatro. Soy bípedo y soy lánguido. Soy un torpedo y soy un bramido. Soy brahmán y soy protestante. Soy una protesta mutante. Soy terrícola y soy carnívoro. Soy un cavernícola herbívoro. Soy un vegetal y soy un vejiga, soy un mal chef egresado del Iga. Soy cliente, paciente, ansioso y bondadoso. Soy amable y vanidoso. Soy culpable y perezoso. Soy Inodoro Pereyra. Soy indolente, interesante, culposo, interesado y soy doloroso. Soy un dolor de cabeza. Soy un cerebro privilegiado. Soy un descerebrado. Soy un monumento tallado. Soy una estatua de bronce. Soy inquieto y no tengo un cobre. Soy cobrador en bicicleta y uso gomina. Soy una máquina y una carreta en la banquina. Soy corredor de bolsa y mozo de magra propina. Soy animal pero no sé cuál. Soy cualquiera. Soy de madera. Soy un millonario de veraz. Soy un acaudalado sin causa. Soy improvisado y soy automático. Soy un autómata fallado. Soy autosuficiente. Soy eficiente e insuficiente. Soy insufrible. Soy divertido y me aburro normalmente. Soy subnormal. Soy más normal que la gente. Soy un normando, soy navegante y soy comandante. Soy como todo caminante. Soy peregrino y adicto al vino tinto. Soy albino y soy un extinto babuino. Soy baboso y soy divino. Soy abonado al casino. Soy cada tanto malhumorado. Soy un primor, soy desubicado y soy primitivo. Soy un rubor colorado. Soy cromosoma equis y una incógnita sin solución. Soy solucionador de problemas, resuelvo algoritmos y diagramo esquemas. Soy algebraico y pego mosaicos. Soy maestro, soy obrero y soy doctor. Soy un motor de tractor. Soy tracto, trayecto y no tengo tacto ni trayectoria. Tampoco tengo memoria, historia, ni pactos pero lo soy. Soy un lenguaje abstracto. Soy concreto y soy un desastre. De sastre no tengo secretos. Soy secretario y soy propietario. Soy detective privado. Soy chacarero, soy chatarrero y soy proletario. Soy sepulturero y estrafalario. Soy ordinario y soy pendenciero. Soy pacifista severo. Soy pacífico y soy análogamente atlántico.
Después de todo este cántico, soy fundamentalmente océano. O sea no soy lo que fui.

Palabra perdida

Estaba escribiendo un cuento y cuando promediaba el nudo de la cuestión, se me escapó una palabra. La busqué infructuosamente en el diccionario, sin suerte. Pero no me apichoné y la busqué también en gugle, aunque no estaba ahí. Consulté con expertos que me dijeron que si no estaba ahí era porque no existía, pero ¿qué eran las palabras antes de llegar a la existencia? Era la oportunidad de darle vida, aunque eso sería parte de la discusión de si las palabras estaban vivas, o se les infundía vida al mencionarlas o era letra muerta, meros símbolos que facilitaban la comunicación. Mientras tanto, trenzados en debate, la palabra seguía sin aparecer aunque mantenía en la mente su presencia, como la de un fantasma sin nombre que merodea las habitaciones de la casa en los momentos en que el resto duerme. Releí el cuento, hasta donde había perdido la palabra y no pude deducir si se trataba de un monosílabo, una onomatopeya, un vigoroso verbo o un insustancial sustantivo. Lo único que tenía claro era que se trataba de una palabra que estaba pronta, no digo ya de inmediato, a hacer su aparición en el mismo. ¿Y qué papel jugaría ella en el cuento? ¿Qué rol cumpliría? ¿Qué funciones? Bueno, eso indudablemente lo dirían las líneas subsiguientes y, hasta quizás, las precedentes. Había algo, como una espina clavada en un dedo, que le impedía al cuento proseguir en su desarrollo tendiente a un desenlace específico, y la palabra perdida era sino importante, crucial; sin ella, cualquier camino emprendido sería otro diferente a aquél que hubiese recorrido naturalmente como fluye el río hacia el mar, sorteando las vicisitudes del terreno. Aunque valía la pena preguntarse si el artificio narrativo de un cuento se trataba de algo natural, por muchas aristas naturales que contenga y/o describa. Pero no me quería escapar del tema e irme por las ramas por temor -quizá justificado- a perderme como cierta palabra que cuando estaba pronta a aparecer en el cuento, escapó. Y con esto no quiero decir que no se la haya capturado, que alguien la haya retenido o pronunciado o que tal vez reposa en una poesía de Rubén Darío, sino que escapó de mi alcance y el cuento quedará trunco o sepultado hasta tanto regrese, se presente, la reconozca y le dé su lugar en el mismo, ocupando el espacio para el cual fue pensada, como cada gota de lluvia en otoño que moja la tierra, cumple su cometido y, luego entonces sí, desaparece.

El sapo y la oruga

Una tarde de lluvia tenue, se encontraron un sapo y una oruga en el cordón cuneta de la calle Alem. La oruga se quedó mirando la fisonomía del sapo con curiosidad, mientras este cazaba al vuelo una mosca.
-Disculpame -le dijo el sapo a la oruga que prestaba atención a los detalles de la escena-, es que hoy no desayuné.
-Te entiendo -sostuvo la oruga-. A mí no me pasa porque siempre tengo alimento cerca, salvo que me manden al exilio en un desierto o a un octavo piso. Pero, ¿Nunca pensaste que esa mosca pudo ser una gran personalidad o una gran moscalidad en su caso, y vos te la devorás así tan a la ligera?
-Sí, lo pensé, pero la cadena alimenticia es así, qué le vamos a hacer. Cuando hay hambre, hay hambre hermano.
-Se nota que no te preocupa -dijo la oruga mientras ascendía a la vereda, por si las moscas-, no obstante, quizá esa mosca fue un ancestro tuyo antes de ser mosca, puede haber sido tu tátarabuelo ¿no te parece?
-No lo creo, los sapos somos siempre sapos, y en contadas veces, somos príncipes. ¿Pero moscas? Ni siquiera como castigo divino sería posible. Además, ¿vos qué sos, defensor de moscas y ausentes?
-En absoluto -dijo la oruga caminando hacia atrás-. Puedo ver que tu entendimiento en esta materia es muy limitado, querido amigo, sin embargo ¿No creés en vidas pasadas? ¿No pensaste que antes de esto pudiste ser otra “cosa”?
-Creáse o no, antes fui profesor de aeróbica, censista, bacán, peluche, licenciado en química, trapecista y médico de cabecera; pero siempre en condición de sapo, antes no recuerdo. -dijo el sapo dando un saltito hacia la oruga, que ya había empezado a trepar un cedro.
-Si, puede ser, pasa que olvidar es tan común como recordar. Pudiste haber sido además de príncipe y luego rey, un sultán o un zar, pero hombre.
-¡Qué sé yo!¡Es creer o reventar! -exclamó el sapo con entusiasmo.
Y eso fue lo último que dijo, antes de que lo aplaste un auto que estacionaba en el lugar.

La burocracia de los vivos

El hombre yacía sobre el camastro entubado, con máscara de oxígeno y con cables que colgaban de sus brazos hacia el soporte metálico parado a un costado del mismo. Cada tanto sollozaba o pugnaba por respirar. Apenas abría los ojos, echaba un nublado vistazo a la habitación y volvía a cerrarlos.
-Umpiérrez…Umpiérrez –le hablaba la enfermera, esperando alguna reacción. Luego, cuando el hombre entreabría los ojos le preguntaba cómo estaba.
-Bien, nena, bien. –respondía el hombre con la poca fuerza que tenía, ya con los ojos cerrados.

La enfermera le hacía los controles correspondientes, aplicaba la inyección de turno y se marchaba con todos los aparatos a cuestas.
El hombre ya no razonaba con facilidad. Por momentos soñaba que estaba en una playa de esas con estatus de paradisíacas, por la vista y la tranquilidad que ostentan en comparación con el ajetreo, el ruido y la suciedad de otros lugares como metrópolis menos cercanos a lo que cualquiera imagina como un paraíso; y en el sueño, jugaba con unos amigos que parecía conocer de siempre, hasta que algo estaba por despertarlo y el hombre, consciente, se despedía:
-Todavía no me puedo quedar. Nos veremos en un rato. –decía en el sueño antes de abrir los ojos, dejando el sueño con la tristeza de hacerlo y la ilusión de regresar.

-Bien Umpiérrez –decía el doctor-, usted no está muerto de casualidad, o más bien por esas cosas que la ciencia poco explica, o al menos hasta donde llegan mis conocimientos clínicos.
-Al menos admite que es poco lo que sabe, doctor. –le replicaba el hombre hablando a través de la mascarilla, cuya voz salía con una estela de eco a través de la misma.
-Poco o suficiente, la cuestión es que a usted sólo le queda esperar. No podemos hacer nada más de lo que prescribí a las enfermeras, pero lamentablemente usted, Umpiérrez, se nos va.
-No pienso ir a ningún lado, y menos sin certificado de defunción. ¿Me lo podría firmar, doctor?
-A su debido tiempo, a su debido tiempo, Umpiérrez. –el doctor haciendo un gesto negativo con la cabeza, daba media vuelta y se retiraba de la habitación.

El hombre inicialmente falleció. Se sacó la mascarilla de oxígeno, se desentubó y se retiró los cables que le colgaban de los brazos y del pecho para luego retirarse de la habitación de cuidados intensivos y dirigirse a la cafetería del hospital. Caminó por largos pasillos en chancletas y sólo con un camisolín verde manzana que le dejaba la espalda al descubierto.

Al llegar a la cafetería, pidió un café y dos medialunas. El empleado que atendía allí lo miró fijo y le dijo:
-Señor, ¿usted no está muerto acaso?
-Efectivamente.-respondió vigoroso el hombre.
-Entonces no pretenderá que lo atendamos como si estuviera vivo.
-Joven, usted debe atender a todo el mundo por igual, sin distinciones entre vivo o muerto, joven o viejo, rico o pobre, enfermo o sano, macho o hembra.
-Acá sólo atendemos a los vivos. Los muertos no me mueven un pelo.

El hombre le surtió un cachetazo que lo despeinó.
-Está bien, está bien. Vamos a hacer una excepción con usted. Acomódese que le llevo el café.
-Gracias.

Tras beber el café y hojear las noticias del día, el hombre regresó a la habitación donde había estado varios días, se vistió y recogió sus adminículos y cuando se estaba por marchar del lugar fue interceptado por una enfermera que le recriminó haberse ido de la habitación de cuidados intensivos sin haber avisado.
-Señorita, los muertos no andan dando explicaciones de sus acciones ni rinden cuentas de las mismas porque para los vivos no tienen sustancia.
-Igualmente tendría que haber avisado. Además, ¿cómo anda por ahí entre los vivos sin llevar el certificado de defunción? Cualquiera lo podría confundir, imagínese hasta dónde podría llegar el malentendido.
-¡Bah! ¿Cuántos muertos caminan entre los vivos sin ser notados? ¿Usted los nota? Seguro que no, solamente tiene el recuerdo basado en su ausencia con el carácter de vivo. Sin embargo, ahí están, pugnando por tomar un café o luchando para cobrar su jubilación, o el seguro de vida…
-El seguro de vida lo cobran los vivos, no los muertos.
-…o haciendo los trámites necesarios para llevar una muerte digna, discutiendo inútilmente con la burocracia de los vivos.
-Y bueno, señor, no se hubiera muerto y todo sería más sencillo para usted.
-Claro, señorita, usted lo plantea como si fuera una cuestión de elección, cuando no hubo tal. Nadie me dijo dónde tenía que firmar si quería seguir vivo o tenía la intención de llevar esta muerte. –dijo el hombre ya con fastidio- ¿Está listo el certificado de defunción? Lo voy a necesitar para unas cuantas cuestiones de papelerío.
-No, el doctor todavía no lo firmó. ¿A dónde quiere que se lo enviemos? –inquirió la enfermera.
-Despreocúpese, lo vendré a buscar en unos días, cuando no haya más remedio.
-Disculpe Umpiérrez, usted ya no tiene remedio, le recuerdo que está muerto.
-¡Como sea! –refunfuñó el hombre. Y se marchó.

Tuvo la intención de tomar un colectivo, pero los distintos choferes se negaron a llevarlo, con excusas como de que sólo transportaban vivos, de que el colectivo no era un coche fúnebre, de que el convenio les prohibía trasladar cadáveres, etc. y no atendían ninguna de sus peticiones por más que insistiera con tesón, por lo que resolvió irse caminando hasta la Dependencia de Seguridad Social. Cuando cruzaba la zona céntrica, una niña que iba de la mano de quien sería su abuela, mirando al hombre le dijo a ésta:
-¡Mirá abuela! ¡Un muertito!
La abuela se horrorizó
-¡Ahhhh! ¡Un muerto! ¡Ahhh! ¡Llamen a una ambulancia!
-¿Qué pasa señora? –le preguntó un policía que estaba vigilando el orden en la zona.
-¡Un muerto! ¡Un muerto!  -decía la abuela señalando al hombre que proseguía caminando delante de ellos. El policía llamó por handy a la comisaría.
-¡Atención, atención! Tenemos un muerto caminando en Avenida Passo al dos mil cien. ¡Repito! Un muerto caminando en Avenida Passo al dos mil cien. Espero órdenes para proceder.
Otro hombre gritó desaforado:
-¡Ahhh! ¡Un muerto! –y tras decirlo cayó desmayado sobre la acera. El policía inmediatamente volvió a llamar por handy y pidió la asistencia de una ambulancia.
La gente se agolpó en el lugar, deteniendo su andar. Algunos alrededor de Umpiérrez, a quien miraban con una mezcla de horror, asombro y curiosidad, otros alrededor del hombre que se había desmayado. El hombre forcejeó un poco con quienes lo rodeaban, abriéndose paso entre los vivos y se dio a la fuga mientras el agente policial se había avocado a la tarea de despejar a quienes rodeaban al otro, hasta tanto reciba atención médica.

Tras esperar varios números delante, llegó el turno de ser atendido.
-¿Apellido?
-Umpiérrez.
-¿Nombre?
-Ángel.
-¿Edad?
-No, ya no corre.
-¿Cómo dice?
-¡¿No ve que estoy muerto?! –enfatizó el hombre como si la apariencia lo delatara.
-Ah claro, usted es un ángel.
-Disculpe, señorita, pero no tengo tiempo que perder. Uno nunca sabe cuánto durará esta muerte.
-Sinceramente, lo compadezco. Me dan mucha pena los muertos. –dijo la dependiente.
-Compadézcase de los vivos mejor, que con sus frágiles certezas construyen castillos en el aire.
-¿Y la muerte qué certezas le dio a usted?
-Ninguna, o quizá la única certeza valedera. Quién sabe.
-Igualmente acá sin el certificado de defunción no le vamos a poder realizar el trámite. Es un papel necesario e indispensable.
-¿Y no podría hacer una excepción? –sugirió el hombre con una sonrisa que lo confundía entre los vivos.
-Señor, no lo podemos atender como a uno vivo. El reglamento de la institución lo prohíbe. Mande a algún pariente suyo con el certificado y con todo gusto lo atendemos.

El hombre tras despedirse se retiró de la Dependencia y caminó y caminó y caminó, no sin antes sortear diversos obstáculos que detuvieron su marcha, como ser vivos que le querían vender cosas, viejos muertos conocidos que le daban charla de su recordada vida o de su nutrida muerte, otros muertos que le pedían algún consejo o guía para llevar una buena muerte, vivos que lo señalaban como algo a desterrar o a enterrar, vivos que se lo confundían con uno de ellos, muertos que se lo confundían con uno vivo, muertos que mendigaban, vivos que pisoteaban, muertos que aconsejaban, vivos lúcidos que le palmeaban el hombro y lo felicitaban por llevar una serena muerte y otros tantos que, por algún motivo u otro, le impedían llegar temprano a la playa de sus sueños.


¿Tóxica?

 

Las personas tóxicas son facilmente reconocibles. Por ejemplo, si a una de ellas la metés en una bañera, el agua cambia de color y pierde su cualidad de potable; otro ejemplo claro es cuando la persona tóxica entra en un ambiente, el aire se torna irrespirable y todos los allí presentes perecen en el acto ( salvo el agente patógeno incorporado ); otro claro ejemplo es cuando la persona tóxica camina sobre tierra fértil, toda la vegetación se marchita al instante e incluso las personas que directa o indirectamente estén en contacto con ellas pierden técnicamente la vida ( muchos pueden vegetar indefinidamente ).
Por todo esto, se ha creado un código para identificarlas que muchos han difundido con tesón y no tener que pasar a la inmortalidad a causa de su presencia.

Astrónomo

 

Cierta noche, un astrónomo se encontró con un poeta y le recriminó:
-Lo que usted dice es mentira; no hay estrellas impacientes, ni satélites errantes, ni cometas sugerentes, ni planetas comediantes. Hay que hablar con propiedad y cada cosa tiene su nombre para ello. Mientras uno se devana los sesos para una mejor comprensión del cosmos, a otro se le da por reducirlo a un pomposo verso. –proseguía el astrónomo.
El poeta aguardó en silencio el reproche del astrónomo. Cuando éste acabó, le dijo:
-Es cierto, aunque paradójicamente no es menos cierta una poesía que un libro de astronomía. La astronomía se basa en la observación y la nominación, de lo cual la poesía no está exenta ni carece de ellos, sin eludir descripciones. En algún punto ambas coinciden y divergen en sus designaciones, por lo cual a usted le parece tan disímiles, la una de la otra. No obstante, el trabajo del poeta no merma en la lectura de su poesía, así como el del astrónomo no se agota cuando un observador nombra lo mismo que él ha visto y nombrado; ambos no se contraponen, ni se complementan, y hasta podría decirse que sólo son puntos de vista y maneras de hablar, describir e interpretar lo inexplicable. Tenemos ciertos condicionamientos, cada uno en su área, por lo cual a veces hay disrupción en los discursos de uno y otro, lo cual se presta a confusión en algunos casos como el planteado por usted.
-Bien, viéndolo de ese modo, creo que tendré que volver a leer sus poesías desde otro punto de vista. –dijo el astrónomo.
-Hasta luego, buen hombre. –saludó el poeta.
-Hasta luego, señor. –Se despidió el astrónomo.

El poeta se quedó mirando a lo alto, entre los rascacielos, como intentando descifrar con perspicacia el nombre de aquella estrella fugaz que caía delante de su vista, a lo lejos detrás del bosque de eucaliptus.

Urgencia

 

Vicente se había preparado unos mates. Sentado en el comedor, mientras tomaba uno, aparece su hijo con cierta urgencia.
-Viejo, necesito urgente el coche. El Tecla se quebró una pata acá en la canchita y lo tenemos que llevar al hospital. No sabés cómo está.
– Me imagino. Sangre por todos lados y vos encima querés que te largue el auto así nomás. Y todo por un raspón.
– No, viejo. Tiene una quebradura que se le salen todos los huesos de la piel.
– Si, son cosas que pasan. Gajes del oficio, se le dicen. Si jugaba de árbitro esas cosas no le pasan. Aunque por ahí se ligaba un botellazo en la marola.
– Bueno, ¿me prestás el auto o nos llevás vos al hospital?
– ¿Por esa pavada? Vayan caminando, ¿qué serán? Veinte, veinticinco cuadras, así de paso le afloja el hematoma a ese infeliz…
– ¡Qué hematoma! Te digo que se que-bró.
– ¿Si es para tanto por qué no llaman una ambulancia? Los pibes de hoy en día no sé en qué tienen la cabeza… piensan en boludeces. ¿Para qué practicar un deporte de verdad que te podés raspar como ese infeliz del Tecla cuando te podés quedar en tu casa calentito y limpio, apretás dos botones y jugás como si fueras el 9 del Real de Madrid? Hay cosas que no se explican…
– Chau viejo, gracias.
– El diablo sabe por diablo, pero más sabe tu viejo. No por mucho ayudar a Dios se madruga más temprano.

De una habitación sale Ana María, se para frente a un espejo y mientras se peina le habla a su marido.
– Vicente, ¿qué quería el Matías que andaba tan apurado?
– Andá a saber qué quería el borrego ese. Siempre te viene con cuentos. Habrá aprendido de vos.
– ¿De mí?
– Sí, claro que de vos. ¿Te acordás cuando nos vino con la historia esa de que le había robado la gorra a un policía? Pálido estaba de lo asustado que vino.
– Pero era verdad. La gorra la tiene en un cajón. –dice Ana María.
– ¿Qué va a tener ese? Mirá que el policía le va a prestar la gorra al infeliz del Matías…
– ¿Prestar? El Matías se la robó a la gorra. O no te acordás que tuvimos que ir a declarar a la comisaría…
– No creo. Hay cosas que no se explican. ¿O vos pensás que el policía le va a prestar la gorra al Matías? Decime, para qué. ¿Para qué? Tenía una fiesta de esas, ¿cómo se les dice? Jálogüin. Me imagino al Matías disfrazado de policía y me da escalofrío.
– No, viejo, Halloween es otra cosa. –dice Ana María.
– ¿Vos qué sabés? Capaz que hablamos de lo mismo pero con distintas palabras. Tantos años de discusión tirados a la basura. ¿Qué vamos a hacer con tantos años de discusión? Capaz que sacamos algo en limpio. ¿Quién te dice? Vos que le creés todo a ese infeliz del Matías, ¿me querés decir para qué vino recién?
– Pero si yo no lo vi, estuvo hablando con vos.
– ¿Conmigo? –pregunta Vicente confundido.
– Sí, viejo, con vos.
– Cómo te gusta contrariarme…
– Vicente, sacá el auto que me tenés que llevar a lo de Chelita. Me está esperando con unas tortafritas. Dale que después le pido que me dé algunas para vos. Seguro que ya me guardó, sabe que te encantan.
– ¡Uh! La última vez que comí de esas porquerías me indigesté. Me hiciste acordar y ahora me dieron unas arcadas… agghhh
– No, viejo, eso fue con los canelones de la Gladys.
– Agghhh…
– Dale, viejo. Llevame que estoy llegando tarde.
– Pero a vos te parece que con los mates recién preparados tenga que dejar todo para sacar el auto, llevarte hasta lo de esa amiga tuya que, vamos a ser honesto, es una infeliz. No me lo niegues. Te tengo que llevar a lo de esa infeliz y después venís toda angustiada porque no puede seguir viviendo sin ese que tuvo por marido, que extraña y no sé qué más. ¿Para eso querés que saque el auto ahora? Aguantá. En una hora me tengo que ir a buscar unos destornilladores a la ferretería.
– Me están esperando Vicente. –le dice Ana María con cierta impaciencia en sus gestos.
– Que espere. O vos conocés a alguien que se haya muerto por esperar. Capaz que se murió de viejo y esperando, pero la causa no fue la espera misma. Eso te lo discuto a muerte. Paro cardiorespiratorio, en todo caso. Además, tanto apuro para qué, me querés decir. Después venís toda así, ¿cómo se dice? Acongojada. ¿Y todo por qué? Por haber estado tres horas escuchando los lamentos de esa otra infeliz.
– Chau, me voy en taxi. –se despide Ana María.

Vicente se ceba un mate y, luego, lo toma. Se levanta, va hasta donde tiene la radio y sintoniza otra emisora. Calienta un poco el agua de la pava y vuelve a ubicarse en el mismo lugar del comedor. Entre tanto, entra Dani, su hija menor acompañada de una amiga.
– Hola pa.
– Hola chiquita, ¿trajiste visitas a casa? –dice Vicente mientras saluda con un beso a cada una.
– No, pa. Ceci me acompañó hasta casa para ver si la podés llevar hasta la suya. Hoy no hay colectivos por paro de choferes.
– Y no es para menos. ¿A vos te parece poner el lomo todo el día por dos pesos que no te alcanzan ni para pagarte un chegusán? Lo único que falta es que se tengan que pagar el combustible para poder trabajar. ¿En qué cabeza cabe? En la mía seguro que no. No sé cuánto estarán cobrando, pero te digo que igual es poco. Además, te cruzás con un atorrante que no tiene nada mejor que hacer…¿y? ¿Qué hacés? Le tenés que romper la marola con el volante.
– Bueno pa. ¿La llevamos?
– ¿A tu edad sabés cuántos kilómetros caminaba por día? Treinta y dos. Diez para ir a la escuela, diez para volver y doce haciendo los mandados a la vieja. Tu abuela, descansa en paz. Todos los días. Cinco kilos de papas, dos calabazas. Después el pan de lo de don Octavio, la leche del tambo… Y acá tu amiga que no puede caminar ¿cuánto?
– ¡Qué se yo! ¿5 kilómetros?.
– Cinco kilómetros. No me hagás reír que me vas a hacer volcar el mate. Ahora, decime, vos querés que deje todo así, que apague la radio, saque el auto y deje el mate recién hecho para llevar a tu amiga hasta la otra punta con qué excusa más ingenua: el paro de choferes. Contate otra porque con esa no vamos a ningún lado.
– Vamos afuera que te acompaño hasta la esquina Ceci. –le dice Dani a su amiga y se retiran de la casa.

Vicente se levanta con la pava, le agrega agua y la pone al fuego a calentar. Pocos minutos después, vuelve a entrar Dani mientras Vicente está hurgando en la heladera.
– Chiquita, ¿viste donde quedó el salamín que me compré la otra noche?
– No quedó. Se lo terminó el Mati con el Tecla ayer.
– ¡Si serán infelices!

Vicente tomó las llaves del auto y salió urgente de la casa. Dani lo miraba desde la ventana. En eso, ve que su padre deja el auto estacionado frente a la casa, se baja e ingresa a la misma.
– Chiquita, vigilame la pava que dejé sobre el fuego que ahora vengo. Voy hasta la fiambrería.
– Si, pa. –le respondió Dani, mientras reflejaba su expresión declarando por lo bajo: hay cosas que no se explican.

Compraventa

El viejo Cheril se dedicaba a la compraventa, pero no de objetos sino que lo que compraba y vendía era tiempo. En su tienda de compraventa de tiempo, llamada “El reloj”, atendía por la mañana donde donde la gente empeñaba horas, días y años, donde los clientes compraban minutos y horas pagando cuantiosas sumas.
A veces le reclamaban por qué pagaba tan poco por el tiempo de la gente y por qué cobraba tanto cada minuto en venta.
Sin embargo, a pesar de lo que consideraban una injusticia sistemática, la gente acudía a El reloj o bien en busca de un poco de tiempo o bien a cambiar mucho tiempo por algo de dinero. Y lo hacían con asiduidad, porque el tiempo y las cuentas apremiaban.
A diario se podía ver la tienda del viejo Cheril llena de gente: por un lado, los acaudalados buscando tiempo, por el otro, los necesitados de efectivo vendiendo tiempo, su tiempo. Y como la existencia era tiempo, muchos compraban un pedacito de ella que otros tantos vendían.
Lo curioso del asunto, vaya uno y los estudiosos a saber por qué, es que el balance de “El reloj” siempre daba cero.

Lo que pensaban las moscas

En un pequeño bar, hay una mosca nadando en una copa de vino. Embriagada, olvidó volar, olvidó reír, olvidó llorar. Y ahora que nada en vino susurra a su bebedor: no me bebas, no me sorbas, libérame, quiero vivir; quiero volar, quiero soñar. Pero el bebedor está más ebrio que la mosca y sin notarla se la bebe de un solo trago junto con el vino.
Ya en el cielo de los insectos, la reciben semejantes y familiares.
-¿Y vos? ¿Cómo moriste? –le preguntan.
-Nadando en vino, me quedé dormida en el estómago de un borracho.
-Tuviste suerte. A mí me echaron flit. –dice otra.
-A mí me aplastaron contra una pared. –acota otra.
-A mí contra una ventana. –dijo otra.
-Bueno, no está tan mal –dice la recién llegada-, aquí nada nos falta, nada nos acecha.
-No creas, estás mal informada. Esto no es el paraíso, ni el edén como muchas pensábamos. Aquí no hay manjares apetitosos, ni podemos volar o rondar sobre los perros, porque no hay.
-¡Mierda!
-No, tampoco hay.

Las personas no cambian

No viejo, las personas no cambian. Y eso de que cambian con el tiempo es puro verso. Que el tiempo las mejora, que el tiempo las ablanda, todo bolazo. Te digo más: no sé si el tiempo no las empeora, aunque me tenga que desdecir y decirte que, bueno, un poco, sí, las personas van cambiando. Pero para mal, ¿entendés? El que es un bicho malo, cada día es peor. El turro es cada vez más turro, la yegua cada día más yegua y la bruja llega a hechicera. Sí, cambian las personas. Pero ojo que también el tipo bueno se puede volver un hijo de puta, ¿eh? Quién sabe, una situación fortuita y el loco se transforma, ¿entendés? Qué sé yo, una vuelta conocí a uno que era un pan de Dios; lo tenía allá arriba; y años después, no va que me lo encuentro serruchando a la mujer del Toto, el amigo que teníamos en común. ¿Viste? La gente es jodida, y también puede ser muy buena en la misma vida, se ve. Las personas van cambiando con el tiempo, pero no te digo que sea gracias al tiempo, no. Y ni hablar del físico, porque salta a la vista: El gordo que baja treinta kilos en un mes, el flaco panzón, el pendejo que se avejenta y está la mina que se la ve mejor a los cuarenta que en la adolescencia. Se ve, se ve. Se pierden pelos, te salen canas, se te caen las tetas, el culo, te arrugás, te quemás la piel o se percude de laburar, estás más roñoso o más pulcro, se ve, se ve. Tá claro: las personas van cambiando. Pero vos fijate que hay personas que no cambian. Está el tipo que a los veinte idolatraba a un pelotudo y treinta años después le hace un altar, ¿entendés? Ese tipo no cambió, involucionó. Y eso de la evolución hay que entender en qué sentido se dice, porque también hay decrepitud. O fijate la mina que creía en tal leyenda y la sigue venerando con los años e, incluso, la difunde a diestra y siniestra. Eso sí que es siniestro. Pero bueno, ahí, viejo, tenés visto que las personas no cambian, o qué sé yo. Por ahí cambian y ni te enterás, o por ahí lo que cambian son las ideas que tenemos acerca de las personas. Por ahí vos te hiciste una idea de aquél, y el otro te viene con un martes trece que te deja de culo, ¿entendés? Las personas por ahí se vuelven más nobles con la experiencia o a medida que ganan conocimiento, puede ser, y no te lo niego, ojo ¿eh? Por ahí, las personas van cambiando, morigeran el carácter, se vuelven más tolerantes, más comprensivas, pero no todas, eso te quiero decir, algunas son bien miserables, para qué vamos a discutir. Por eso te digo que las personas no cambian, cambiarán de ideas, de creencias, de fe, de club, de amigos, de pareja e incluso de nombre, te digo, pero no cambian, por ejemplo, de cara. ¡Bah! Te la pueden cambiar con una cirugía estética, qué sé yo, la nariz, los pómulos, los labios, pero la cara es la misma, ¿entendés? Vos no tenés una cara para pedir, otra para laburar, otra para cantar. No, viejo, por ahí cambiás de gestos, por ahí sonreís, te preocupás, gruñís y puteás, pero con la misma cara para todo, o qué sé yo. No digo que le hables igual a los pibes que a un viejo, o a tu mujer que a la verdulera, no, no, pero la cara, la cara es lo que te identifica ante el mundo, y el mundo es lo que cambia, las personas no cambian. No, viejo, y si cambian deberían avisar en qué consisten esos cambios, para que las personas que no cambiamos nos vayamos enterando y nos acomodemos a la nueva situación, ¿no te parece?

Peluquín

Arturo ya había participado en unos cuantos cuentos, por lo que resolvió no ser partícipe de éste. El que sí lo sería, sería ni más ni menos que Alfio, con sus bigotes a cuestas y ese peluquín ridículo que simulaba cabellera.
Se dirigió a la peluquería porque quería un cambio de look, una nueva imagen que revitalice sus facciones y su semblante. El peluquero le sugirió recortarle las patillas y ese fue todo el cambio que realizó, lo cual resaltó sus orejas y, desde ya, el peluquín que había cobrado notoriedad, y eso que ya tenía bastante, previo al recorte de patillas.
Alfio se marchó en dirección opuesta, es decir, salió por donde había entrado. De allí tomó el colectivo que lo llevaría a la siguiente estación: la primavera. Tardó casi un mes en llegar, y muchos se lo atribuían a que Europa había estado consumiendo los recursos del verano, dejando poco calor para el resto. Además, la floración se retrasó de modo curioso. Por ejemplo, algunos árboles habían empezado a dar sus primeros brotes verdes cuando otros recién estaban cambiando el follaje. Los capullos de las rosas fueron los primeros en salir, seguidos por los jazmines y las abejas y los picaflores detrás. Y más atrás, unos pasos, venía Alfio con su peluquín.
Recorrió la estación de principio a fin, allá por un diciembre cálido, que de tan cálido parecía febrero. Bueno, pues esa era la razón de tanto calor: era febrero, el mes de la fiebre. Acontecía que algún bienintencionado había corrido el calendario un par de meses para aprovechar la luz solar en ciertas latitudes y darles ventajas comerciales a las multinacionales. A Alfio no le importó y se zambulló a la pileta con tanta mala fortuna que el peluquín se le desprendió de la cabeza y quedó nadando para gracia y algarabía del público que, por si fuera poco espectáculo, le pedía a Alfio hiciera alguna acrobacia para recoger el peluquín.
Alfio recogió el peluquín y se dirigió a los vestuarios a colocárselo. De frente al espejo, observó su cabeza y creyó conveniente era tiempo de sustituir el peluquín por una peluca.
Regresó a la peluquería esa misma tarde y se estuvo probando entre diez y quince pelucas de diferentes cortes y tonalidades, hasta que se decidió por una que le quedaba como la realeza; Alfio se sentía un monarca.
Pagó y se fue muy contento a recorrer su reino a ver en qué aventuras andaban sus súbditos, conocer sus pesares, sus necesidades.

Microcuento o el cuento del destino

En un cuento lógico se puede ir de A hasta B, por esa vía. Pero este no tenía lógica alguna ni modo de ser pensado como tal; como no tenía argumentos era difícil de refutar.
Al parecer, el origen era A, o al menos uno podía intuir que se trataba de A, pero no de alguien o de algo, sino de A, a secas. Aunque había bastante humedad por las lluvias precedentes. Su procedencia era desconocida, por eso asumimos que el origen o punto de partida era ni más ni menos que A. ¿Y hacia dónde se podía dirigir el transeúnte? Bueno, es un buen punto, porque tenía varias opciones: quedarse en A, moverse en A, partir, etc.
El transeúnte, de quien no daremos sus datos filiatorios para no comprometerlo, se había comprometido con partir hacia B. ¿Pero qué era B al fin de cuentas? ¿Un lugar? ¿Un estado? No lo sabía el transeúnte a ciencia cierta, ni a ciencia incierta tampoco. Él sólo sabía que había algo que no era tal como lo es una pelota, por ejemplo, o un establo, llamado B, y hacia allí partió. Tenía un destino llamado B signado por el firmamento.
El transeúnte, luego de unas vivencias y aventuras increíbles que tuvo en su travesía, arribó a B. Lo curioso del asunto es que nunca lo supo; el transeúnte nunca llegó a saber que estaba en su destino, por lo que su destino se convirtió en partir, dejando en evidencia la falaz sentencia del firmamento. Partir y partir se había convertido en su destino, por lo que dejó de ser transeúnte para ser trotamundos, aunque lo recorría caminando, y a veces en colectivos.
Fue así que el trotamundos pasó por C, por D, por H o por B, y por Z. Pero su destino, como habíamos dicho, estaba lejos de permanecer.

El vendedor de cicatrices

Todos los mediodías desde la rambla comenzaba a hacer su periplo por la playa el vendedor de cicatrices.
-¡Cicatrices! ¡Cicatrices sin dolor! –vociferaba con acento extranjero.
Caminaba por la arena, con alpargatas, una sombrero de paja y unas bermudas y musculosa blancas. Sus brazos mostraban algunas cicatrices -algunas que impresionaban-  que llamaban la atención, aunque no tanto como su voz y su oferta. Como la mayoría de la gente en esa playa eran turistas, todos querían saber de qué se trataba el asunto. Algunos pobladores de la ciudad ya lo conocían, pero no dejaban de mirarlo con curiosidad.
-¡Cicatrices! ¡Cicatrices sin dolor! –reiteraba caminando lentamente- ¡Baratas las cicatrices!
El vendedor de cicatrices se acercaba a las sombrillas de los turistas que lo llamaban y ahí exhibía todas sus mercancías: balazo, bala de goma, raspón, latigazo, mordedura de caniche, tajo, corte con cuchillo, mordedura de reptil, taponazo, marcas de tenaza, pinchazo y un sinfín de innumerables cicatrices que todos miraban con asombro.
Los más jóvenes, entre la intrepidez y la falta de experiencia, solicitaban cicatrices de todo tipo, y se las hacían estampar en los brazos, en las piernas, espalda o sobre el pecho que lucían como trofeos de guerra. Luego, con la cicatriz a cuestas, se iban al mar o a jugar al fútbol.
Los más veteranos, con mucho asombro, se hacían estampar alguna que no tuvieran en su colección genuina, en su historial corpóreo. No obstante, no la mostraban, la guardaban para alguna situación íntima y de confianza que les permitiera escribirla, narrarla con creatividad.
Hombres, mujeres, jóvenes y adultos, turistas de otras latitudes, volvían a sus países, a otras ciudades, con cicatrices sin historia en los cuerpos.
El vendedor de cicatrices, que vivía de las suyas, aparecía cada mediodía en la rambla a hacer su periplo por la playa.
-¡Cicatrices! ¡Cicatrices sin dolor! –clamaba entre rumores de la gente, heladeros y el rugido del mar- ¡Baratas las cicatrices!

Pinceladas XI

 

Remover las ideas para espantar el tedio. Con esa premisa, Celso rasqueteaba las paredes con una espátula que pronto se dispondría a pintar. El hecho de pintar le causaba en su espíritu una renovación, ver cómo lo viejo quedaba sepultado por lo nuevo lo llenaba de frescor, como la brisa de abril por la mañana luego de un cálido verano.
Es que las ideas, para Celso, se quedaban impregnadas a las cosas, lo pensado, lo expresado, se adhería a las paredes con más tenacidad que la pintura, y todo eso le daba vueltas en la cabeza, incluso lo expresado por otros integrantes de la familia o huéspedes del hogar o, incluso, visitantes ocasionales que habrían manifestado cualquier cosa vulgar o trivial, le parecía a Celso que rondaba su sien y hasta tomaba forma vocal al expresarlo como propio, ya sea para salir del paso o por cansancio. Por eso había tomado la decisión de pintar y, mientras rasqueteaba con la espátula, creía ver renovado también su pensamiento, libre de impurezas, libre de flaquezas.
El color con el que iría a pintar ya lo había elegido sin vacilaciones: verde, como el de las acacias características de la ciudad. Con ello creía poder disipar límites entre lo natural y la sociedad, o al menos difuminarlos un poco como para no sentir un contrapunto demasiado exacerbado entre algo que, en definitiva, consideraba parte de lo mismo.
Celso pensaba que la mano del hombre, su obra, no era un contraste con la naturaleza sino una extensión, o por lo menos era una iteración de la misma, una forma de homologarla.
Cuando terminó de rasquetear, sólo quería un mate, un buen mate y nada más. Un verde, era todo lo que lo animaba, como el color que había elegido para las paredes. El primero que bebió lo saboreó sorbo a sorbo, como besándolo. Luego, descansando, observaba cómo se habían despejado las paredes de pensamientos oscuros, tercos, grises que menoscababan su imaginación. Y en los poros de las paredes ya se veían las semillas de un nuevo campo para la creación, para la floración.
Preparó la pintura, cubrió piso y muebles para evitar manchas y derrames accidentales, y tomó el pincel. Su corazón comenzaba a palpitar, como en cada reencuentro con la vida misma.
Con suavidad, mojó el pincel en el tarro de pintura para dar la primera pincelada sobre la pared. Cuando cubrió lo viejo, sintió brotar un gran pensamiento fresco sobre su cabeza, un sentimiento ligero frente a sus ojos humedecidos.

Recuerdos de domingo

Era uno de esos domingos típicamente aburridos en la vida de Sergio. No había preparado actividad alguna para hacer ese día. Se le ocurrió que podría poner en orden aquel viejo cuarto en el que iba a parar todo lo que había ido acumulando durante los últimos quince años en los que vivía en esa casa. Y así lo hizo.
Lo primero que encontró fueron unas enormes patas de rana que jamás había utilizado. Recordó que las compró porque siempre le había gustado la idea de bucear, pero no se animó a tomar clases para ello, un poco por falta de tiempo para dedicarle, otro poco porque no quería pagar las clases, que eran de considerable valor comparado con sus ingresos.
Después se topó con un cuadro que había adquirido en un remate. Recordó que cuando lo adquirió creía tener en sus manos una pieza que podría multiplicar rápidamente el valor que había pagado por él, pero luego de investigar el asunto cayó en la cuenta de que aquél pintor, Efraín Ibáñez, no era reconocido. Después de aquello, el cuadro le pareció particularmente horrible: un paisaje en el que los árboles se asemejaban a encumbrados picos de montañas, y éstas se perdían tras algunas nubes de color marrón dando una sensación de inmovilidad superior a la de las mismísimas montañas. Trágico.
Luego, encontró una caja. En ella tenía cuadernos y manuscritos de cuando era un muchacho. Tomó uno de ellos y lo leyó:

Te amaré.
Te amaré hasta el fin.
Hasta el fin iré.
Iré contigo allí.
Contigo allí estaré.
Estaré siempre a tu lado.
A tu lado volaré.
Volaré como águila.
Como águila lucharé.
Lucharé por tu amor.
Por tu amor venceré.
Venceré y serás feliz.
Serás feliz pues te amaré.
Te amaré.

Recordó un amor de su juventud. Lucía. ¡Y qué bella lucía! Acudió a él un recuerdo fugaz: él estaba fuera de su casa esperándola para entregarle uno de sus poemas que había compuesto en su nombre, mientras oía tras la ventana gemidos procedentes del amor y algún engaño. Rompió allí mismo aquél poema que – pensaría luego- nunca llegaría a componer uno tan bello como ese. Quizá pensaba eso porque no tenía la posibilidad de leerlo nuevamente tras destruirlo, sino, tal vez cambiaría de opinión. Después, perdonaría a Lucía por aquello, aunque no sería la única vez, que la perdonaría.
Encontró, después, entre aquél papelerío unas cuantas cartas e, inclusive, un mazo completo.
Dejó la caja a un lado, pues llamó su atención otra caja en la cual supo tenía guardadas allí unos cuantas grabaciones, entre ellas las de su grupo musical preferido en sus años de juventud. Fue hasta donde estaba el equipo de audio y colocó allí una de esas cintas. Sonaba una voz cálida, entre guitarras y baterías llenas de vigor:

No preciso volar
ya no quiero salir
de este cielo sin fin
que es mi vida sin ti.
Ahora vivo feliz…
Ahora vivo feliz…

Encontró allí también una de las cintas en las que grababan con su amigo Fabio sus bromas. Recordó particularmente una de ellas y la hizo sonar en el equipo de audio. Era un diálogo entre ambos, simulando un programa radial:

Sergio: Estamos esta noche transmitiendo para toda la audiencia en este programa número setecientos cuarenta y nueve, programa que todos ustedes conocen como “Arriba el sol”, quien les habla, Sergio, les presenta a Fabio.
Fabio: Buenas noches, queridísima audiencia. Gracias por estar de ese lado de la radio. De no ser por eso, nosotros no estaríamos aquí tampoco y, quizás, serían felices. Pero bueno, todo no es posible, ¿no les parece? Bastante hacemos por mantenerlos entretenidos, faltaría nomás que los hagamos felices y ¡Cartón lleno!
Sergio: Hablando de cartón lleno, este bloque está auspiciado por: ( impostando la voz ) “Bingo Mingo. No derroche su dinero en trivialidades como pan, frutas y lácteos. Invierta sus valores ganados aburridamente con el sacrificio de su sudor en sensacionales tragamonedas traídos exclusivamente desde Las Vegas al centro de su ciudad para su deleite. Ahora también, ¡mesas de póquer y tute! Visítenos. Juegue. Gane…si puede. Bingo Mingo. Minga le vamos a pagar”.
Fabio: Atención, tenemos el llamado de un oyente: ( Fabio mismo modificando levemente su voz) Quiero denunciar que en mi barrio hay un depravado sexual que a todas las mujeres del mismo les grita palabras amorosas, les chifla, las saluda provocativamente, intenta regalarle rosas a su paso, le ofrece bombones y caramelos, les dice piropos. Las mujeres no le dan ni bolilla y están cansadas de este sujeto. ¡Hay que conseguirle una novia urgente! –( Fabio hablando normal )Bien, ¿sabe el nombre de este señor? –( Fabio haciendo las veces de oyente )¿Cómo no voy a saber su nombre?¡Si el depravado soy yo!
Sergio: Y ahora, la música. Con ustedes, este dúo que se las trae…
Fabio: estos muchachos van a ir muy lejos…
Sergio: sobre todo ahora que los pasajes de avión están de oferta…
Fabio: este dúo va a llegar muy alto…
Sergio: más ahora que un pasaje al tren de las nubes lo podés pagar en cuotas…
Fabio: con ustedes…
Sergio y Fabio: ¡Los barriletes del mar!
Sergio y Fabio ( cantan a capella):

Tu amor es y no es.
A veces todo…
a veces nada…
como algún pez.

Tu amor es todo… todo
me deja loco
si no te toco
caigo en el lodo.

Tu amor es nada… nada
no me alimenta
como empanada
de arroz y menta.

¡Ay amor!!Ay amor!
Nado por ti. Todo por nada.
Nada es sin más, al menos todo,
no es por amor, sino por mí.
Perdonamé, porque mentí,
cuando te dije que es por amor.
¡Ay amor!!Ay amor!

Sergio apagó el equipo de audio y guardó las cintas nuevamente en la caja. Acomodó unas cuantas revistas de ciencia que tenía allí y les quitó el polvo con una franela. Encontró una colección de fotografías de diputados que tenía cuando militaba en grupos políticos. Recordó su paso por el FRESCO, el Frente Social Cosmopolita, y luego por el CALIDO, el Centro Agrupado de Líderes Dominantes, del que conservaba un banderín. Tenía, además, entre esos trastos viejos, una gorra que había traído de recuerdo en un viaje a Bogotá. Encontró entre lo que allí guardaba, un escudo de la república que nunca había colgado en pared alguna.
Sin embargo, lo que más llamó la atención de Sergio aquél domingo, fue una tarjeta que encontró en un sobre. Extrajo de allí la tarjeta, que en su exterior tenía el dibujo de dos gaviotas volando, con la leyenda inscripta “Juntos hacia la inmensidad”, y leyó dentro de la misma:

El domingo 23 de Agosto próximo
queremos que estés presente
cuando demos comienzo a nuestra
fiesta de compromiso
en la cual daremos absoluta fe
de que seremos, por fin,
el uno para el otro
por el resto de nuestras vidas.
Ana y Joaquín.

Recordó los momentos de tensión que se vivieron en aquella fiesta fallida, porque Joaquín no concurrió y es, al día de hoy, desconocido su paradero. Aunque algunos han asegurado que vive en un lejano país centroeuropeo, el cual no quieren nombrar, porque Ana lo sigue buscando y dice, que por su bien, es preferible encontrarlo muerto.

 

La silla del comedor

Hay una silla en el comedor que me inquieta. La miro atento, porque temo que se vaya a otro ambiente, a otro lugar, por ejemplo al living. O que en una de esas aparezca en el baño, aunque esto es bastante improbable porque en el baño hace mucho frío y la susodicha es friolenta. Mis temores no son infundados, la he visto andar cojeando con sus cuatro patas de acá para allá alrededor de la mesa, aparentemente sin rumbo determinado. No obstante, cuando sabe que voy a hacer uso de ella no se le mueve un pelo, porque no tiene; quiero decir que no se inmuta.
Un día la vi bailando una tarantela y en un paso mató una tarántula que bailaba al compás.
Esa silla me inquieta, como la movediza, es algo que uno nunca sabe lo que va a hacer. De sólo pensar que en algún momento me voy a encontrar con su ausencia me angustio. Puede salir a pasear y no tener el instinto agudizado como para regresar. Por eso cuando me voy la dejo atada a la mesa; cuando estoy en casa que haga lo que le plazca, si quiere saltar es libre de hacerlo y tiene cualidades para participar en competiciones olímpicas incluso.
Esa silla es singular, y aunque se parece a las otras, se ve que evolucionó y ha desarrollado facultades que las otras todavía no. Por eso la quiero domesticar, le hablo y le enseño a comportarse en público, para que además las otras no entren en rebelión, se den a la fuga y me tenga que sentar en el suelo.

El penal

Un jugador fue a patear un penal y lo metieron adentro por daños -y por años- a un edificio público.
Una vez dentro, recibió atención médica porque tenía varias fracturas en el pie con el que le dio de lleno a rejas, puertas y paredes.
Como oficio, escogió ser pintor. Allí fue que pintó en un cuadro una vía de escape del penal por la que -a la postre- se fugarían él y un compañero de celda.
El cuadro, hoy día, se exhibe en el Museo de Bellas Artes, suscitando un impacto vertiginoso en el observador que, muchas veces, los lleva a abandonar el museo a través del mismo.
Otros, fervorosos, después de una minuciosa observación exclaman frases de admiración: ¡Qué jugador!
Sin embargo, nunca faltan los intelectuales que le reprochan haber emprendido la huida ante el nerviosismo de tener que definir un penal pictórico.

La vida como un paseo

Alina salió a recorrer la ciudad, sola, ya que Eber se quedaría viendo el partido por tevé. En principio, tenía intenciones de pasear por la galería, por lo que fue hasta allí y pudo ver los locales comerciales que emergían muy vistosos, llamando la atención de los paseantes con luces con intermitencias multicolor. Uno de ellos exhibía en la vidriera cuadros pintados con acuarelas de la misma dueña, que Alina observó con curiosidad.
Entró.
La mujer lucía ataviada con un largo vestido veraniego de colores vivos naranjas, amarillos y ocres, fumando un parisienne. El rostro mostraba algunas pequeñas arrugas en las comisuras de la boca, como por haber reído demasiado. Sus ojos eran cálidos, oscuros pero luminosos. Observó a Alina de la cabeza hasta los pies.

-Y bien… ¿te gustan mis cuadros? –inquirió con impaciencia.
-¡Si! Son muy bonitos. Especialmente ese de allí. –señaló Alina uno sobre un lateral del local- Es precioso.
-Muchas gracias. Es lindo recibir elogios. A veces pienso que una se esmera en pos de ellos, aunque luego lo descreo, pues tal vez ni llegan, o no saben siquiera el camino para hacerlo.
-Es que… la gente prefiere recibir antes que dar algo, siquiera un elogio.
-Tal vez, o tal vez no sea eso siquiera. Pareciera como que cuesta soltar palabras y gestos de amor por el temor a la incomprensión o a la supuesta correspondencia del mismo. La gente es rara, y luego dicen que la rara es una…
-Bueno, usted no se viste muy normal que digamos y pintar no es algo cotidiano para la mayoría de la gente. –sentenció Alina con calma- A mí particularmente me gustan sus cuadros, y me gusta cómo se viste, es… osado. Aunque en esta época lo raro quizá pase más por otros canales, no tanto por las apariencias ni los modos sino por sensaciones conceptuales.
-Tal vez, o tal vez siquiera lo sea. Fíjate que lo raro como tú lo concibes sólo es raro cuando se da por única vez, pero si lo vemos ya dos veces no se nos hace tan raro. Yo me refiero a lo raro no en el sentido de extravagante sino a que la norma ha cambiado con los últimos años, los avances tecnológicos y el retroceso ideológico y eso es precisamente lo que le da carácter de raro a la gente. Es como si todo fuera conocido y cognoscible, excepto la gente, que sólo muestra lo que quiere mostrar como si lo demás –sentimientos, pensamientos, creencias y aversiones- no existiera.
-Es que… la gente prefiere sentirse cómoda, no bucear las profundidades que menciona usted.
-¡Ah! ¡Bucear! Eso sí que es raro. ¡Imagínate bucear un cuadro!
Alina se quedó observando largo rato con sigilo los cuadros, uno a uno, mientras éstos penetraban en su alma. La mujer había encendido otro parisienne y Alina sintió el deseo de respirar aire puro, por lo que se despidió y salió por donde había entrado hacia la galería.
Caminó hacia el interior, sin saber si en algún extremo habría otra salida o debería regresar. Un hombre harapiento que venía en dirección opuesta se detuvo delate de ella y le pidió “monedas”. Alina negó con la cabeza.
-Vamos, puede darme unas monedas.
-Es que… no tengo.
-Con monedas me refiero a algún dinero que usted me pudiera facilitar para sobrellevar esta dolorosa situación que estoy viviendo.
-¿La situación de mendicidad? –inquirió temerosa Alina.
-¡No sólo eso! Perdí mi empleo y perdí mi familia. Una cosa llevó a la otra. Mi estado de salud no es el mejor, por si fuera poco.
El hombre, de barba desprolija, se quedó mirando las manos de Alina que ingresaban con cuidado en su cartera. Ella extrajo un billete con cautela, pues temía alguna reacción, y se lo dio, lo cual fue agradecido con amabilidad por el hombre de los harapos, quien siguió su camino.
Un mujer, sentada sobre una banqueta en la puerta de otro local, había estado observando la escena. La miró a Alina cuando ésta seguía con la mirada a aquél.
-Es un tiro que le hace. –dijo la mujer.
-¿Cómo dice? –preguntó Alina sin saber de qué le estaban hablando.
-No tiene familia. O más bien: su familia somos nosotros. Nosotros lo cuidamos y le damos de vestir y de comer, pero él prefiere mendigar.
-¿Y el empleo que perdió?
-Eso fue hace tiempo y todavía le dura el cuento –dijo la mujer que bebía un líquido espeso color ámbar de una copa larga-. Era fotógrafo en una revista de moda, cuando las cámaras no eran tantas.
Alina miró el local donde la mujer esperaba algún cliente. Había diversas artesanías muy variopintas, desde duendes y brujas labradas hasta lunas y estrellas talladas. Saludó con cortesía y siguió galería adentro.
Parado en el umbral de la puerta de un local, entre dos malvones, había un hombre calvo, con un tatuaje en la punta de la nariz. Alina mientras se acercaba lo venía relojeando y esperaba no tener que detenerse a conversar con él.
-Oye, no le lleves el apunte. –dijo el calvo.
-¿Cómo dice? –Alina con desgano detuvo su marcha para conversar.
-La vi hablando con Sonia, está sonada. Seguramente le ha dicho que nadie ha de ser quien dice ser.
-Algo así, me habló del hombre pidiendo monedas.
-Pedir o dar, esa es una buena cuestión. ¿Usté qué prefiere?
-Prefiero no contestar tajantemente, pues hay situaciones en las que uno siente el deber de dar y otras siente que es empujada a pedir, por lo que no sé si trata de una libre elección.
-¡Vamos! Considere bien el asunto. No todo el mundo puede dar, ¿no le parece?
-O sea que se trata más bien de una cuestión de poder. –sentenció Alina.
-Como poder, puede…ser. ¿Usted conoce gente que da?
-Poca.
-Así es, la gente que da es poca, es gente rara.
-Parece que todos los comerciantes de esta galería siempre le encuentran algo raro a la vida. –dijo Alina ya con fastidio.
-Es que lo común, lo trivial, lo rutinario, suele dar sensación de comodidad hasta el hartazgo. Es ahí cuando se busca lo raro, lo distinto, lo único ¿no le parece?
-No, no me parece que sea así.  La comodidad tiene su encanto.
-Desde luego, desde luego –añadió el hombre calvo-, pero hay que considerar que puede conducir a la pereza del alma, lo que se conoce como “dormirse en los laureles”.
Alina echó un vistazo al local que estaba lleno de plantas. Jazmines por doquier captaban su atención. Y sobre una estantería había distintos plantines de helechos y cactus. Se despidió y retomó su camino para salir de esa galería que pocas alegrías le había obsequiado, no sin tener que desatender algún comerciante que deseaba conversar con ella de lo que fuera.
Cruzó la calle y recorrió lugares que conocía de chica pero que hacía tiempo no veía, salvo en publicidades en la tevé. En un local centenario, pidió dos churros de dulce de leche bañados en chocolate y se los fue comiendo por el camino para alegría del paladar.
Mientras terminaba de masticar el último bocado, una mujer la saludó efusiva.
-¡Alina! ¿Cómo estás? ¡Qué alegría verte!
-Hola –dijo escuetamente Alina soltándose del abrazo-, pero… ¿de dónde nos conocemos?
-Yo soy Elsa Rampión, hicimos juntos el secundario en el Normal, ¿te acordás? Han pasado unos cuantos años pero estás igual que por aquél entonces.

Alina la observó al detalle. La mujer tendría su edad pero estaba muy avejentada.
-Tuve tres nenes, que ahora están grandecitos, tanto que dos ya trabajan, y después me separé. Es una nueva vida, ¿sabés? No dependés de los horarios de los demás ni de sus necesidades; es como una mochila que una va soltando.
-Claro, te entiendo.
-¿Y vos? ¿Seguís soltera? ¿Tenés novio?
-No, me casé hace siete años después de otros tantos de noviazgo. La convivencia cambió algunas cosas pero mientras haya amor todo se puede sobrellevar.
-Seguramente, seguramente. Te entiendo porque con mis hijos soy igual, o era, hasta que dejaron de necesitarme.
Intercambiaron un par de recuerdos de aquella época escolar y cada una siguió como si el encuentro nada hubiera cambiado en ellas.
Alina luego de entrar y salir de otros locales comerciales, a los que lo hacía por curiosidad para ver si había entrado alguna prenda que había visto en algún desfile o en alguna publicidad en las revistas que solía comprar, se cansó y paró un taxi.
El chofer le habló de lo mal que se vivía en esa ciudad, de lo malo que eran los servicios que el municipio prestaba y de la difícil situación económica que atravesaban las familias en general. Alina le dio la razón en todo, pero le dijo que siempre había motivos para buscar que la vida sea mejor que lo que se nos ha presentado.
-Hay cosas que no van a cambiar de un momento a otro, por lo que muchas veces es mejor pensar en construir, para el futuro, sembrar, por el porvenir. –dijo Alina, cuyas palabras recalaron en un silencio dentro del habitáculo que sólo se vio interrumpido por el inicio de una balada a través de los parlantes del mismo.
Se bajó del taxi en la puerta de su casa. Ya estaba muy oscuro y algunas luces comenzaban a darle un tinte menos tristón a la ciudad. La penumbra, emparentada con la depresión, alejaba todo atisbo alegre en las fachadas.
Al entrar, lo encontró a Eber sentado sobre el sofá, control remoto en mano.
-Hola amor.
-¡Hola! ¿Cómo te fue mi amor? –preguntó Eber dejando a un lado la tevé, el control remoto y su comodidad.
-Bien. Estuve recorriendo un poco esta enorme ciudad.¿Sabes? A veces pienso que la vida es como un paseo, donde se recorren lugares y calles, conoces gente y vidas, vives emociones y sensaciones, aprecias la bondad y la belleza, descrees de ideas y de cosas, y andas de aquí para allá sin rumbo, porque una sabe que en el fondo, tarde o temprano, siempre se vuelve a casa.
-Es verdad, y ya que hablamos de la casa estoy pensando en que le hace falta una buena mano de pintura, ¿no te parece?

Microrelato o Relato en colectivo

Iba un relato incipiente en colectivo, aferrado bien de un caño para que no se le escapen las palabras. El chofer, un drama mal elucubrado, detuvo el andar del vehículo para que suba una bella poesía. Todos los pasajeros –o casi todos, ya que viajaba en los primeros asientos una novela no vidente- se quedaron enmudecidos al observarla subir, salvo una égloga que emitía opiniones de envidia, tales como: qué escote provocativo, o miren cómo muestra las piernas ésta zorra. La bella poesía avanzó sensualmente por el pasillo hasta encontrar un asiento libre que, gentilmente, le cedió un anciano cuento tibetano. El relato se arrimó para entablar conversación y, como no tuvo mejor idea, comenzó diciéndole “había una vez…”. La poesía se quitó las gafas oscuras y lo miró con ternura. Luego, endureció la mirada y le dijo: Es cierto que había una vez/ pero esta vez/ no es la misma que aquella./ Sólo esta vez ella/ recorre su camino/ a pesar del destino/ que a veces malogrado/ esconde el entramado/ alguna maravilla/ rezando en la capilla/ Y si no la oye Dios/ para ello estás vos.
El relato se quedó sin aliento y cuando giró la vista, vacío estaba el asiento. La bella poesía se había bajado, por la puerta trasera, quizá, o tal vez saltó por la ventanilla.

Adicciones

 

Héctor fumaba como un cornudo. No es que los cornudos fumaran de tal o cual forma, o en tal o cual cantidad, sino que la expresión “fumaba como un cornudo” le daba el tinte suficiente como para determinar que Héctor fumaba, tanto de frente como de perfil. Y en eso estaba el mismo Héctor cuando sonó su teléfono desde un número desconocido ( por él, claro está ). No sin antes vacilar, atendió.
-Hola Héctor, sabemos lo que estás haciendo y te queremos ayudar.
-¿Quién habla?-titubeó Héctor.
-Le hablamos desde la Secretaría de Salud, precisamente desde el Departamento de Control de las Adicciones.
-Sí, está bien, ¿pero quién habla?
-Mi nombre es Janette y estamos para ayudarlo, Héctor.
-¿A esta altura del partido me quieren cambiar? Me parece que se confundieron de Héctor… Probá con el siguiente de la lista a ver qué pasa.
-Héctor, por favor, apague ese cigarrillo y escuche.
Volvió a titubear y a vacilar con el cigarrillo entre sus dedos. Optó por darle una última pitada, con el teléfono al oído, y luego, a desgana, apagarlo con bronca sobre el cenicero.
-Escuche: su adicción se ha vuelto caótica y fuera de control, ya no tiene dominio de sus acciones y esto se debe a la falta de valor que le da a su palabra.
-¿De qué me estás hablando Janette? ¿Cómo sabés que falto a mi palabra? ¿Acaso te dije que iba a dejar de fumar ayer?
-Vamos Héctor, lo conocemos. Tenemos estudiado su caso. Y estamos comunicándonos con usted porque sabemos que no es un caso perdido, como tantos. Hay muchas esperanzas puestas en su persona. Aquí en el departamento incluso se han hecho apuestas a favor de que iba a dejar el mal hábito.
-Espero poder defraudarlos.
-Seamos sensatos Héctor. Su salud está amenazada. Nadie en su sano juicio puede tolerar tamaños momentos de estrés desmedido por los que suele pasar a diario. Usted, inocuamente, cree canalizarlo a través de sus charlas con amistades, cigarrillo y café mediante. Pero por algún lado salta la liebre.
-Es usted muy perspicaz Janette, pero no creo que logre hacerme desistir de mi ímpetu por llevar adelante una vida que, no sin altibajos, me ha dado felicidad.
Héctor encendió otro cigarrillo mientras dejaba sobre la mesa el teléfono en altavoz. Del otro lado se oyó un soplido, con un dejo de cansancio. A su vez, Héctor sopló el humo con un canso de dejancio.
-Mire Héctor, si por las buenas no quiere entenderlo, no nos quedará más remedio que hacerlo por las malas.
-¡Ah! ¡Se puso bravo el asunto!
-Tal cual.
-Y bien, ¿cómo sería entonces por las malas Janette?
-La solución a su problema de adicción sería el siguiente: Observando su acción desmedida y poco comprometida, sus comentarios procaces, sus opiniones ligeras, a través de la red social Facebook, no nos quedará otra que solicitarle a Mark cierre su cuenta por tiempo indeterminado, hasta tanto usted, estimado Héctor, se reeduque y clarifique sus ideas. Mientras tanto, puede contar con nosotros que le ofrecemos una terapia alternativa para combatir el estrés.
-Ppero… ¿entonces ustedes están al tanto de las zonceras que comento por ahí? –Héctor volvió a tomar el teléfono y colocarlo junto al oído para escuchar mejor.
-Desde ya. Nosotros velamos por la salud de la ciudadanía y queremos lo mejor tanto para usted como para el resto de los ciudadanos. Ocurre que a veces no nos dan los tiempos para ocuparnos de todos. Después de todo, no tenemos tantas manos.
-Entiendo. Bueno, este… prometo comportarme como todo el mundo. Pasa que a veces se me sale la cadena Janette. Igualmente, haré la terapia que me ofrecen.
-Se entiende, cualquiera pasa por momentos de bronca, euforia, desazón. Puede expresarse, Héctor, no nos preocupa eso. Lo que nos ocupa es su salú, ¿me explico?
-Si, si, pero, ¿y el cigarrillo? Creí que me llamaban por eso. Ya llevo tres al hilo en esta conversación.
-¡Ah! ¡El cigarrillo! Y qué le puedo decir que ya no sepa… Si va a fumar, desgraciado, hágalo moderadamente, estimado Héctor.
-Gracias.
-Hasta luego. Lo volveremos a llamar para constatar progresos en su escisión de la adicción.
-Adiós.

Suyas

Su teléfono hacía las veces de cerebro.
Su voz, repetía como un eco opiniones adosadas tanto a las ‘suyas’ que eran casi indistinguibles unas de otras. Y este mecanismo había obrado así por lustros.
Pudo corroborar que en nada se diferenciaban de aquellas que había ido recogiendo, a las que observaba con simpatía, un cariño reservado a la persona por motivos ajenos a las mismas.
Un día, marcado en el calendario digital como viernes 11 de …bre, empezó, dícese dio inicio, a escudriñar lo que traía a cuestas. Encontró, no sin sorpresa, algún conocimiento que, en su momento, lo guardó como opinión. Lo valoraba, lo llevaba como un tesoro olvidado, pero no sabía hasta entonces de su condición.
Sus ojos describían órbitas elípticas que no guardaban reposo siquiera en sueños, al menos los ojos internos. Las puertas del infierno se abrían de par en par, para entrar, para salir. En el umbral había a un lado un cancerbero que, lejos de amedrentar, uno se apenaba de verlo yacer huesudo y moribundo al custodio de semejante empresa. Y al otro lado, un enorme jabalí de unos colmillos largos y filosos, de cuyo escupitajo habría surgido el hombre. El cancerbero llamado Tan daba la orden con un gruñido lastimero para que Athos, el jabalí, atacara cuando un interno quisiese salir. Como contrapartida, Athos emitía unos gemidos histéricos que parecían una estúpida risa, mientras Tan se acurrucaba con la vista perdida en el horizonte, dejando el paso libre al visitante aventurado.
Sus manos obraban cual máquina inerme que reincide en sus acciones, como el crepúsculo que en su iteración pierde observadores, pero en su mística los conmueve, y el observador torna sobre sí embriagado con la prístina visión. Y esa reincidencia opacaba el destino creador que portaban, mas no llegaba a dominarlo en sus fatuos malabares que le daban, ni más ni menos, que el sustento diario.
Su corazón bombeaba y bombardeaba sus arterias de sopor, tedio cotidiano con disfraz de diversión, que le eyectaba una sonrisa paulatina que en cualquier conversación se salía de las comisuras amenazando al interlocutor con morderle las orejas, o al menos es lo que aventuraba Gracie cuando conversaban de amores perdidos y del futuro esquivo.
Su nariz tomaba registros del ambiente que no coincidían con el pronóstico. El olor a putrefacción al pasar por donde los mendicantes recogían las sobras de fast food slow death le abría surcos entre las imágenes que poblaban su pensar.
Su sangre recorría caminos previamente trazados, con bifurcaciones y empalmes donde se desviaba su conducta, cabalgada por su carácter. Al llegar a sus extremidades inferiores, un magma efervescente de prejuicios le aquejaba, propiciándole migrañas inacabables, sostenidas por rígidos tendones.
Su estómago fluctuaba al procesar, y esas fluctuaciones emitían penosos quejidos o segregaban llantos emotivos que pugnaban entre lagrimales por salir de las trincheras.
Su teléfono, que hacía las veces de apéndice, sería extirpado por una cirujana que cumplía funciones de terapeuta en el empíreo, ante el discurso anodino de sus cavilaciones.

Vida del blog

Podía decirse que el blog estaba vivo, a pesar de que no respiraba el mismo aire que nosotros. En realidad, nosotros respirábamos aire pero no era el mismo en todos lados, ya que muchos lo respirábamos con otros aditivos, polución, smog, alquitrán y demás impurezas. Pero no todos, dependiendo su situación geográfica y económica. El blog estaba vivo, pero no era por mérito propio –exclusivamente- sino por la asistencia de cientos de visitantes que le daban color, como las flores a un cementerio, y eso hacía pensar que el mismo era un lugar donde los visitantes –al menos en principio- estaban tan vivos como el mismo blog.

Pero el blog no despertaba curiosidad alguna, ni tampoco podía decirse que se le rendía pleitesía, o que abrigaba admiración. El blog estaba vivo en términos virtuales porque había movimiento, que es lo que llama la atención, cosa que la quietud no hace, al menos en el observador tuerto.
Dicho movimiento era dado por factores que –cuentan los astrofísicos- están determinados por las órbitas de los planetas, el brillo de las constelaciones, las parábolas de los meteoritos y la indumentaria de las estrellas de Hollywood en noches de gala. Todos los astros de la galaxia –incluso futbolistas de renombre- coincidían en la encumbrada posición del blog ante los innumerables visitantes.

Pero el blog, una tarde de invierno como todas las tardes de invierno en que mueren los árboles, murió, no en términos virtuales sino astrales. Nadie volvió a pisar ese lugar en el ciberespacio caído en desgracia. Los visitantes fueron redirigidos hacia otras distracciones por la Osa Mayor, Mbappé y el anillo de Saturno que dirigían la batuta. Ni siquiera ellos sabían ni comprendían su accionar. El aburrimiento era así, caprichoso, movía las cosas y la gente de un lado para otro.

Con el tiempo o sin él, años después, el blog quedó firmemente enraizado en la nube como un árbol dador de vida, como un olmo que ofrece peras, una ridícula e inverosímil expresión literaria, como un arroyo que lleva, de la fuente al océano, inagotable, manantial de vida que las bestias solían beber en sus orillas.
Cada tanto aparecía un muerto buscando vida, alejado de la subsistencia mundana, y se encontraba con ese reguero de manantial, con ese trasfondo de agua pura que detentaba el blog sumergido en la deep web. Y el muerto bebía y volvía a la vida. Luego se marchaba para volver a morir, o distraerse, según lo que dictaran los astros.
Y así fueron arribando al blog incontables vivos, muertos, bobos y tuertos, otra vez a ponerle condimentos a la sepultura, desde donde resucitó el mismo blog, para asombro de algunos pocos que lo habían dado por muerto. A los vivos le resbalaba vida y muerte. Y muchos bebieron de sus aguas, comieron de sus peras, recobrando vida.
Esto fue mal visto por algunos directores y guionistas en Hollywood, que creían ver mermar sus ventas en productos de merchandising, por lo que solicitaron sea retirado de la existencia.
Pero había un pequeño problema: el blog había cobrado eternidad y ya no podían matarlo; a lo sumo, esconderlo, ocultarlo.
Se les ocurrió eliminar el servidor que lo alojaba y con eso creyeron que sería suficiente para destruirlo.

Hay quienes dicen que hoy el blog está alojado en la red interna de una multinacional de gerentes franceses; otros dicen que el blog sólo es accesible desde el África meridional; y algunos afirman que el blog está sentado a la izquierda del Señor por los siglos de los siglos.
También están los que juran que el blog ha sido visto desde Andrómeda y que se actualiza los jueves por la noche.

Intacta

Otra vez tu y yo frente a frente. Un doble espejo que refleja lo que somos. El silencio cala profundo en nuestros corazones y se instala densamente en el aire que nos circunda. Algunas teclas se interponen y, lejos de separarnos, nos acercan el uno al otro. De la blanca pureza que te caracteriza sólo queda el trasfondo de lo que eres. Sobre ti se imprimen caracteres que dan forma a algo tangible y con el poder intrínseco de la interpretación a la que será sometido. ¿Qué se puede decir de mi que no lo reflejes tú? Lo que se ha dicho y lo que no. Lo que se entiende y lo que queda en el tintero aún por decir. Algunas letras hablarán de ti y te alabarán. Sin embargo, qué decir de esos ojos expectantes que se quedan fijos ante tu radiante luminosidad. Eres el fondo de este texto y casi pasas desapercibida. Pensar que sin ti no habría letra posible. Eres una inagotable posibilidad en la que se puede plasmar la nobleza de un pensamiento profundo o el vil insulto despechado. Pero… ¿de dónde saca sus más valiosos tesoros el hombre? Aquél que te capta en tu simplicidad no olvida que de la nada trascendente que insinúas surgen innumerables hechos que reflejan tu plena vacuidad, que es completa en sí misma. Quien emplea el vocabulario para llegar a otro corazón sabe que en ti se funden acentos, vocales y consonantes, mezclados entre signos comunes que formarán palabras, y crecerán en oraciones, ramificándose en frases ordinarias y de las otras para llegar a aquél que te ignora concentrando su atención en lo propiamente dicho, pero sabiendo que eres tú quien da esa posibilidad de hacer blanco en una aletargada conciencia acostumbrada a pasar por alto la fuente perenne que imparte realidad a la existencia de las cosas.
Y allí sigues tú, intacta como siempre. Pareciera que las letras precedentes no te hubieran tocado.

La dimensión de lo desconocido

 

Arturo había soltado las amarras del pasado ( y por lo tanto su presa sobre el futuro ) y se había sumergido en el presente. Pero no estaba anclado siquiera en el hoy. Su vida no discurría sino que era un entero ahora. Por razones de conveniencia para el lector, esta historia parece transcurrir en el tiempo, pero esto sólo debe tomarse como una cuestión puramente literaria. Arturo como tal había cesado y sólo quedaba su presencia en el eterno ahora; lo que discurría era mera apariencia con ínfulas de historia.

Arturo observa la pantalla delante de él. Una imagen le llama la atención. Es una bailarina de danza clásica disfrazada de pantera rosa, pero con una peculiaridad: no es la pantera rosa, sino un flamenco. Arturo cliquea reiteradamente. Uno de los impulsos de su dedo índice le devuelve una leyenda sobre el monitor indicándole que debe reiniciar la máquina.
-Ya está. –Dice Arturo- Para la próxima, ya sabe, Teodomira, nada de darle clic a cualquier video que aparezca por ahí.
-Gracias, querido. Vos sí que siempre me salvás las papas. –afirma Teodomira al retirar la bandeja de papas del horno.

Arturo cobra por el servicio y se marcha de casa de doña Teodomira. Ésta prende la radio y escucha en las noticias que un huracán se cobra la vida de decenas de personas en el caribe. Arturo camina hasta un quiosco y compra puchos. Y un encendedor. Le da interacción a los objetos que acaba de comprar y pita el cigarrillo. El día está caluroso. A Arturo le suda la frente. Ve pasar un colectivo pero no es el que espera él. Un joven le pide un cigarrillo y Arturo le convida del atado que acaba de comprar. Arturo camina y se detiene frente a una vidriera de artículos electrónicos. Observa lo nuevo que allí se exhibe: un neofly, algunos bricgames y varios smartviews. Arturo piensa. O cree pensar. O simula pensar. Acuden pensamientos que le hacen sospechar que él hace algo –como pensar- cuando en realidad éstos discurren como el tráfico. Se le ocurre comprar un teclado pero revisa sus bolsillos y el efectivo del que dispone le hace caer en la cuenta de que no le alcanza para su propósito y lo descarta. Se acerca el 48 y cuando está delante de Arturo éste se sube en él, previo a hacerle un ademán al chofer con la intención de que entienda que quiere abordarlo. Paga el viaje y se sienta en uno de los primeros asientos libres que encuentra. A su lado está sentada una bella mujer. Tiene una cabellera abultada, con rizos castaños y ojos color miel. Lleva unos aros de oro en sendas orejas y tiene pintados los labios con un plateado llamativo. Arturo la observa con disimulo y procura entablar un diálogo. Poco a poco, descarta cada una de los temas de conversación que se le ocurren: el tiempo, su trabajo, el viaje en colectivo, la elegancia de la mujer. Nada le resulta propicio para comenzar a hablar con ella. De repente, se le ocurre una idea precisa para no incomodarla y, a la vez, iniciar una charla. En ese instante, la mujer le pide permiso para pasar frente a él y abandonar el colectivo, dejando a Arturo con sus esperanzas marchitas. Dialoga con una mujer mayor sentada detrás que le pregunta la hora. Arturo le miente con media hora de diferencia a la que es. Su actitud lo llena de culpa, cree que quizá la señora está con poco tiempo, no de vida, sino porque algo le urge. Pero no es así, la mujer está al pedo como alcornoque en botella vacía.
-Anoche no dormí bien, joven. –dice la mujer- Me quedé pensando en lo que tenía que hacer este día y caí en la cuenta que lo tenía libre para disponer de él como me pareciera. Por lo tanto decidí ir a hacer unas compras al súper para buscar lo que hacía falta. Sabe usted, jabón, champú, café, azúcar, esas cosas.
-¿Yerba? –inquiere Arturo para no quedarse atrás en la conversación.
-También, claro. Nos acostumbramos a los aumentos de precios que somos incapaces de formular una protesta seria. Si nos juntáramos a pedir para que hagan algo al respecto nadie nos creería. Sería como solicitarle al viento cesar en su servicio.
-Cierto, es uno de los males que nos aqueja, pero lo hemos asimilado y vivimos con ese quiste incorporado. –aclara Arturo.

La mujer abre un paquete de galletitas y le convida una a Arturo. Éste toma dos, le agradece y las come una a una. Tienen chispas de chocolate, como le gustan a Arturo. Divisando la proximidad a su destino, Arturo se despide de la mujer y camina hasta el fondo del colectivo. Toca el timbre y cuando la puerta se abre y el colectivo se detiene, emprende la retirada del mismo bajando por la escalinata. Tropieza con un peatón que lo insulta hasta en arameo. Arturo ensaya una disculpa, pero el hombre no parece comprender castellano. Camina hasta la puerta de su casa y al llegar encuentra sentada en el umbral a Nancy, su novia.
-Te esperé toda la mañana. –le dice.
-Estuve trabajando. –acota Arturo.
-Espero que no sea otra de tus típicas mentiras.
-¿Desde cuándo digo mentiras?
-Desde que te conozco. –responde Nancy.
-Entonces debo decir que no me conocés ni pizca.
-Es que no me diste tiempo suficiente para hacerlo.
-¿Y cuánto necesitás? ¿Diez años más?
-Mmmm… podría ser. ¿Tenés apuro? –cuestiona Nancy.
-Terminemos con esto. ¿Querés un café?
-Sí.

Ambos entran a la vivienda donde Arturo hace las veces de local. Prende la radio y se escucha el tema “Beutifull day”. Arturo prepara café para dos. Su novia se sienta en una de las sillas ubicadas alrededor de la mesa. Arturo lleva las tazas con café a la mesa. Lleva también cucharitas y azúcar. Prueba el café y lo encuentra a gusto. Nancy hace lo propio. Sentados frente a frente, Nancy rompe el manto de silencio tras un vacío de sonidos en la radio.
-Arturo, tengo que contarte algo.
-Si es una mala noticia ni me la des. Prefiero no saber.
-Te la voy a contar igual.
-¡¿Ahora?!

En la radio suena el tema “Desde este momento ahora”.

Moneda

Una moneda tiene dos caras: una te dice buen día, la otra, buenas noches. Con la cara te sonríe, con la seca se sonroja. Da la cara cuando ríes, y la cruz cuando le imploras.
Es tanto lo que puede llegar a durar que se han encontrado monedas de cientos de años, un poco corroídas, de tanto volar de mano áspera en mano delicada, de haber estado en bolsillos hasta caer rendida y devaluada sobre tierra firme.
Hay algunas de colección, y muchas que no valen ni una propina. Las monedas ya no las observan ni los niños, como curiosidad, ya que es sabido de qué se trata y a qué puede llegar a equivaler, por qué la puede canjear. Tampoco son contadas las monedas como símbolo de ahorro, pues su peso no equivale a tantos pesos, aunque a veces se cuentan para llegar a una leche o un poco de pan. Los comercios hace años que retacean las monedas y hubo un tiempo en que te daban como vuelto un puñado de caramelos canjeables por mercadería, aunque eso ha quedado en los tiempos en que a la moneda todavía le daba la cara.
La moneda se produce en serie, distante de lo artesanal, y se parece una a otra tanto como difieren unas de otras. Pensada para circular en territorio legislado, la moneda tiene un valor pequeño en comparación con otros valores que se ostentan.
A veces con símbolos patrios, otras con naturales, la moneda circula sin detenerse en los semáforos ni en sendas peatonales, y rueda cuando cae entre los dedos a perderse en algún charco. Los niños la recogen tras la sequía, para luego comprarse un chupetín o arrojarla a la fuente de los deseos más cercana pidiendo un alfajor o un trabajo para sus padres, según su inspiración. Los adultos, por su parte, la dejan ahí, mirándola con desdén, pues el valor que suponen no vale el esfuerzo de agacharse a recogerla. Y los viejos la miran con nostalgia: “Me acuerdo cuando con una de esas pagaba el colectivo…”.

La sentencia

El sol estaba asomando detrás del enorme edificio cuando Pío subió los escalones con cuidado, afirmándose en la baranda metálica. Al lado opuesto, observaba en los rostros de los allí presentes el juicio del mundo como un lastre demasiado pesado para soportar. Con vergüenza y timorato, bajó la cabeza fingiendo mirar cada escalón que pisaba, mientras en su fuero íntimo esquivaba las fulminantes miradas que provenían desde todos los rincones.
Un leve murmullo se escuchaba a su paso. “Miralo”, decía una voz avejentada. Una muchacha se acercó corriendo, se detuvo delante de él y lo escupió sobre el pecho: “¡Miserable!”, le espetó con furia para lanzarse llorando escaleras abajo. Pío continuó la cuesta hacia los tribunales con el semblante alicaído. Volvió a tomar coraje para mirar los rostros de los allí presentes, aunque lo hacía tímidamente, como de soslayo. Ninguno permanecía indiferente a su tibio paso. Creyó ver en un joven un atisbo de aliento, un resabio de comprensión y complicidad; “Estamos con vos”, adivinó. Pese al rechazo general que generaba su presencia, no se observaban signos de violencia explícita, más que miradas inquisidoras, dedos que lo señalaban, o algún comentario soez. Los escalones se le hacían interminables, y para recobrar fuerzas, cada tanto, echaba un vistazo a los que había dejado atrás, ganando impulso para continuar subiendo. No faltaba quien lo estuviera filmando en cada paso que daba, en cada gesto involuntario que vivificaba la situación del juzgado.
El policía que lo escoltaba, de paciencia increíble, en ningún momento intentó apurarle el paso o forzarlo a que subiera a mayor velocidad. Lo dejaba percibir la situación, las miradas, la rabia, el rechazo, aventurando la condena que le cabría, e incluso se tomaba su tiempo para tomar nota él también del marco que envolvía ese tormento.
Cuando subió el último escalón, se afirmó sobre el piso y respiró hondo. Había quienes bajaban y subían a un ritmo ajeno, y observó, detrás suyo, que varias personas habían estado acompañando su andar, pero al intentar mirarlos de frente, estos, como haciéndose los distraídos, o bien conversaban en voz baja entre sí, o miraban a su alrededor o se distraían con sus teléfonos celulares. Eran no más de cinco quienes evitaban el contacto visual con él; los demás, diseminados por las escaleras, lo seguían fustigando con la mirada acusadora.
En la sala había varias personas esperando la sentencia. El fiscal, al verlo ingresar secundado por el policía, se puso de pie y le propinó un irónico aplauso. Las voces eran ecos de lo que ocurría sobre las escaleras, un zumbido indirecto que envolvía el ambiente como un enjambre de abejas. Su abogado lo invitó a sentarse luego de palmearle el hombro. Pío bebió un sorbo de agua y se sentó a esperar la llegada del juez. Entrelazó los dedos de sus manos, que sudaban a pesar del frío, que hacía sentirse a esa hora en la sala. Se quedó observando un cuadro sobre el estrado que daba cuenta de una batalla de otros tiempos y creyó ver en él inspiración para la que daba en el presente: los rifles, eran su pluma; las balas, su tinta; los caballos, sus ideas; los soldados, sus seguidores; el sol, su horizonte. Sintió alivio, con la esperanza extinta, al creer que lo justo, aunque muchas veces tarde, tiene un reconocimiento supremo que excede la vida de una persona.
El juez hizo su aparición en la sala ante el silencio que dio lugar. Se acomodó protocolarmente, dando paso a la lectura de la sentencia. En el ambiente se había generado una cierta ansiedad, con tintes de tensión, por la espera del veredicto que todos preveían, amén de los detalles de la misma.
Durante la lectura, Pío se distrajo pensando en aquellas cosas que más lo habían movilizado durante los últimos años, entre las cuales impulsaba las ideas para una sociedad más justa, justicia que estaba a punto de finiquitar sus intenciones. Pensó en el desamparo, ya no en el suyo, sino en el de tantos que se veían marginados no sólo del sistema económico, sino de la cultura; y él consideraba que un magnífico edificio como el de tribunales había comenzado como un simple pensamiento que, como tantos, luego se materializó, por lo que se sentía en paz por su obrar. Estos, y decenas de pensamientos, se detuvieron en seco al escuchar, de parte del juez, la palabra perpetua, que le heló la sangre y endureció los tendones debajo de la nuca. Ese instante recapituló sobre lo que había estado escuchando sin atención, donde creyó percibir las palabras ´enemigo´ y ´rebelión´, entre tantas otras plagadas de tecnicismos, que estaba muy lejos de comprender.
Al finalizar, en la sala hubo festejos en una tibia excitación que rápidamente se disipó cuando a Pío se lo llevaron atravesándola. Las miradas pasaron a buscar humillarlo, acompañando con risas burlonas, que el mismo Pío ignoró. Un hombre parado en la puerta, vestido elegante, se quitó el sombrero y asintió con la cabeza al verlo de frente. Ese era el veredicto que Pío se llevaba consigo a la cárcel.
Luego, su abogado le explicaría que quedaba inhabilitado de por vida a firmar guiones de cine con su nombre, ni a realizar ningún tipo de publicación en otras ramas del arte con el mismo. No obstante, sin misas ni congregaciones, la sentencia había dado inicio a un culto que se extendería al bajar las escaleras.