Cosas que pasan

Estaba frente a un portal que me conducía Dios sabía a dónde. Yo no. Y con eso no quiero negar que de algún modo sea una suerte de dios. Tenía la llave en mi mano pero no me atrevía a abrir. Sentía un cosquilleo en el estómago y no era hambre. Al otro lado me esperaba el destino, por lo que me decidí y abrí. Y no sólo eso, sino que además entré. Bueno, en realidad miento, porque la puerta no conducía a un recinto cerrado sino abierto. Por lo que salí a él. Mi primera impresión fue la de sentir una inmensa soledad. Allí, estaba convencido, no había nadie. Era raro, porque los sueños suelen estar llenos de personajes, pero este no era uno típico, si es que hay sueños típicos. Lo atípico es que sabía que estaba sólo en ese microuniverso, que no era pequeño, pero era sólo mío. Una luz cálida pero no cegadora inundaba el lugar. También había agua, en un pequeño arroyo del cual bebí hasta saciar la sed que sentía en ese momento. La sentí correr por el cuerpo, refrescando mi garganta, hasta reposar en el estómago. De repente, la soledad que creía me abrumaría, se disipó con la presencia de varios ratones corriendo delante de mí en fila. Algunos atravesaron el arroyo y otros parecían zambullirse en él. Todo había cobrado vida con mi mera presencia. Y eso me alegraba. Pronto, unas gaviotas alzaron vuelo sobre mí y se oyó el graznido de varias. Había varias plantas floreciendo junto al arroyo, de los colores más llamativos: celeste, violeta, lila, turquesa, ¡dorado! El aroma que emanaba de ellas era cautivante. Observé el arroyo y estaba poblado de peces naranjas y amarillos de diversos tamaños que nadaban en él. La paz del lugar me colmaba de satisfacción. Todo era perfecto, hasta que apareció frente a mí una figura colosal. Era un gigantesco cíclope que iba destruyendo todo con su mirada de fuego. A medida que avanzaba, quemaba pastizales, flores, árboles y animales. Era sin dudas Shiva, el dios de la devastación. En mi visión aparecía como una forma casi humana, a excepción de que sólo tenía un ojo. Además tenía dos pares de piernas y su piel era de color azul. Tenía una larga cabellera atada con una trenza y varios brazaletes de oro. Se acercó hasta mi posición y el temor me hizo arrodillar. Creí que sería fulminado rápidamente. Sin embargo, Shiva retornó hacia el horizonte desde el cual lo había visto venir y se perdió de mi vista.

La calma había retornado al ambiente. Nuevamente, varias aves acudieron en busca de alimentos, algunas lo tomaban del suelo otras pescando en vuelo del arroyo. Cuando creí que todo se desarrollaría en tranquilidad, grande fue mi sorpresa cuando emergió un magnífico león al trote. Pero allí no había carne que aplacara su hambre, excepto mi figura. Cuando me vio, corrió rápidamente hasta donde estaba y se paró delante de mí. Caí rendido a sus pies implorando que no me comiera y, no sé si por piedad, no lo hizo. Continuó corriendo a toda marcha en dirección opuesta a la que había aparecido frente a mí. Me sobrevino el calor de repente por lo que decidí darme un baño en el arroyo. El agua estaba tibia, pero me refrescó lo suficiente como para disminuir el calor que sentía. Recogí algunas piedras y las lancé sobre el agua haciéndolas golpear varias veces la superficie del arroyo. La última que lancé hizo un movimiento extraño que acaparó mi atención. Luego de golpear tres veces sobre la superficie, retornó hacia mí y golpeó otras tres veces cayendo delante de mis pies. En ese momento pensé: esto sólo puede suceder en un sueño. Y comencé a danzar en el lugar de felicidad. Si era efectivamente un sueño no había nada que temer, ni dioses, ni leones, ni nada. Seguía bailando alegremente cuando delante de mí apareció un cazador con una escopeta. Pude oír que al verme dijo:
-¡Qué rareza! Sería bueno tener su testa colgada en una pared del living.

Luego, pude ver que me apuntó al corazón. La alegría que tenía en ese momento no se vio turbada por aquél hombre y yo continuaba danzando. Cuando me detuve, vi reflejada mi figura sobre el arroyo. Me sorprendió ver que no era mi rostro lo que se veía en el reflejo, sino que era el de una panthera tigris, vulgarmente conocido como tigre blanco. ¿Yo era un tigre? ¿Desde cuándo? No me importaba, era un sueño y me sentía completo en él. Otra voz le dijo que tenga cuidado al disparar de no dañar la cabeza. No sentía el peligro de mi inminente muerte acechándome. Me di vuelta y me lancé sobre el cazador.

Instantáneamente, escuché un sonoro retumbe. Abrí los ojos y vi que la cama estaba a un costado. El piso seguramente estaba tan duro que al caer eso fue lo que escuché. La felicidad que tenía durante el sueño me duró un par de horas hasta que el ajetreo del día la disipó y olvidé aquello. La llegada de la muerte mostraba a las claras que la vida era cuestión de continuar viviendo. Siempre sucede así. Lo cambiante son las circunstancias, las situaciones. Un cazador tendrá una cabeza más adornando su living.

Por mi parte, ya no soy un tigre y para colmo me duele un poco la cadera, algunas costillas y el hombro derecho.

 

Fotografía: Maru Coca

Niñatos

Hoy vi con curiosidad un niño con vestimenta y comportamiento de adulto. La crianza que le habían dado a Albert había salteado etapas que en otros se veían con mayor claridad.
Albert claramente era un niño, incluso por su estatura, pero su conducta reflejaba la de cualquier adulto modelo, al menos de esos modelos que buscan influir sobre los demás. Esto me hizo sospechar, no ya del pobre Albert que difícilmente saldría de las garras de la programación recibida y, probablemente, la emularía con lujo de detalles, sino de que cualquier adulto que se jacte de tal sólo está emulando la conducta estereotipada y catalogada como de adultos, por niños que perdieron su infancia.

 

 

Año nuevo, vida nueva

El nuevo año trajo cosas nuevas. Ya desde la mañana del primero me asombró ver un piripipichi en el tejado. El piripipichi es una variedad del gorrión que hasta ese momento nadie conocía y lo bauticé, junto con Doménico que es el entendido en la materia, con el nombre científico de Passer piripipí. Es un poco más flacucho que el gorrión común y sobre el pecho tiene una ‘p’ blanca. Se alimenta de lombrices, migas de pan dulce que sobraron de la navidad y alimento balanceado para perros, preferentemente de los baratos, ya que el Eukanuba le produce picazón en el pico.
Pero eso no fue todo lo que trajo el nuevo año. La tarde del dos trajo un ventarrón que partió el ventanal del quincho en cientos y miles de pedacitos de vidrios que barrimos para que no se los coma el perro que había caído con el viento desde el otro lado del paredón. De nombre, Clarita le puso Tugurio y al otro día le dimos un buen baño para sacarle las garrapatas que se habían aferrado tenazmente, asustadas por la tormenta.
La lluvia nos trajo gripe y resfríos y el delivery los medicamentos para paliarlos.
El año nuevo nos trajo un día más en este enero, un interludio entre el 4 y el 5, que llamamos 4 bis, como el colectivo, pero después de disfrutarlo en la pileta con una sensación térmica más que agradable, nos enteramos que ese día nos lo iban a descontar en febrero.
Ya el 6 nos sorprendimos con lo que trajeron los reyes, a saber:
-Un paquete espurio de cacao rancio
-3 limones verdolagas
-Un camello en comodato
-Un rosario de ternura
-Y una réplica de lo que creímos sería el niñito Jesús, aunque luego comprobamos que se trataba de Ken, el novio de la Barbie.
Y a cambio de tan generosa empresa, los reyes se llevaron algunos víveres y como eran magos hicieron desaparecer el aguinaldo.
Finalmente, otra de las cosas que trajo el nuevo año fue una palangana a motor que nos regaló Paty para nuestro aniversario.


Fotografía: Maru Coca

Pinceladas IX

Las acciones habían captado la atención hasta el momento en que el movimiento se detuvo. Pero, ¿esto es posible acaso en el tiempo? Una máquina detenida puede llamar la atención, pero no por su inmovilidad, sino por su apariencia temporal. Un gorrión, difícilmente aunque sí lo puede hacer con su veloz y corto vuelo o con su diáfano canto, no así en su inusitada quietud. Igualmente, en Punta Alta los gorriones no ocupan espacios en los diarios digitales, pero las máquinas –sobre todo los vehículos- llenan las páginas de novedades y, justamente, en una de ellas me entero que un amigo ( Juan José ), que no veo hace tiempo, se accidentó cuando ingresaba a la 229 en el cruce de entrada a Villa del Mar y, en el acto, pereció su mujer, Guadalupe. Utilizo el teléfono de la oficina para llamar al hospital y, luego de varias intentonas, logro obtener su parte médico: tiene fracturas en costillas, y otra fractura en un brazo; tuvo hemorragias internas, por lo que hubo que hacerle una intervención quirúrgica de la que salió bien, aunque está en terapia intensiva, en estado delicado y con pronóstico reservado. Reservo una corona ni bien corto, por precaución. Pero la nostalgia me invade en una ráfaga de sentimientos y sensaciones de otros tiempos: Juan José aplaude desde la calle cuando ve que Charles está en la puerta. El pequeño perro que mi tío le regaló a mi abuelo impone terror en mis amigos, por eso el que más seguido viene a buscarme es Juan José, que es el más corajudo; si no, me toca buscarlos a mí o bien dejar a Charles en el patio. Lo escucho y salgo. Caminamos bajando la pendiente de la calle Espora y continuamos hasta donde no se avizoran casas. Todo es un lugar sin explorar, una dimensión del mundo desconocido en el que vivimos y se despliega ante nuestros ojos. Lo recorremos con curiosidad y ante el menor detalle nos asombramos. ¡Mirá!, me señala Juan José, ¡un topo! Y lo observamos hasta que se nos pierde de vista en una oscura cueva subterránea. A unos pasos una víbora repta hacia nosotros y huimos despavoridos hasta caer a un pozo o excavación, donde un tractor extrae arena que deposita sobre un camión. De la curiosidad pasamos al desencanto cuando, al mirarnos, comprendemos que esa exploración era nueva sólo para nosotros, por lo que sin mediar palabras nos vamos, de regreso, al mundo conocido en el cual nos despedimos, apenas, con una mirada que nos deja solos con un sentir común. Mis ojos giran nuevamente hacía Juan José y veo que me guiña un ojo, que logro ver a pesar de la oscuridad de Mikonos, cuando se adelanta para bailar a la par de Guadalupe, mientras me doy vuelta para buscar un trago. La cabeza gira instintivamente buscando la mirada de Juan José y lo veo a través del vitral de la sala en el hospital con Maximiliano, su primogénito, en brazos, con los ojos humedecidos y una amplia sonrisa. En una mirada profunda, el tiempo queda en segundo plano, y el lazo que nos une en la eternidad nos da la sentencia de lo superfluo del resto de las cosas. Ahora son mis ojos los que están humedecidos y los puedo ver en el reflejo de los ojos vítreos del médico que me da la noticia de su deceso, mientras ensaya con las facciones del rostro una conmiseración al sentimiento que no puedo ocultar. Tras estrechar en un abrazo a su padre, enseguida paso a despedir los restos que yacen dentro del cajón. Y, claro, son sólo los restos porque todo lo central en Juan José se disolvió en el universo y ahora es parte de la Vida.

( Por qué Vida con mayúscula, le pregunto con aquella curiosidad de explorador; y Juan José, lejos de mirarme, me responde con suavidad: porque es el soporte de tu vida minúscula ).

Los zapatos

El viejo y la vieja del Pachu siempre enseñaban con sus consejos y ocurrencias. Recuerdo aquella tarde de abril en que don Sixto nos enseñaba cómo hacer para entender a los demás.
-Vos tenés que ponerte en los zapatos del otro.
Y doña Carmen agregaba elocuente:
-Pero primero esperá que saque sus pies.

Ana e Inés

Dos amigas que cursaban la carrera de odontología en los años noventa, compartían la habitación de la pensión de Alcira sobre calle 4. Una de ellas, Ana, siempre respondía a destiempo los cuestionamientos de la otra, llamada Inés. Por su parte, Inés alternaba episodios de euforia y depresión, de bronca y alegría a intervalos regulares e irregulares. Ana sentía empatía por su amiga, pero cuando la quería asistir por su depresión, por ejemplo, Inés ya estaba cantando a grito pelado; o cuando la quería acompañar en un baile, Inés ya soltaba el llanto.
Así pasaron sus años de cursada en que Ana Crónica se desenvolvía en tiempos que ya se habían despedido sin que ella lo notara e Inés Table dudaba entre estados anímicos que duraban lo que un suspiro.

Cansancio

A decir verdad, la gente está cansada. Duerme mal y se levanta cansada. O se colma de actividades físicas y/o intelectuales y junta cansancio con el trajín del día. Prende la tele y ya se cansa. Escucha las mismas canciones con diferentes intérpretes y termina cansándose. Cada tanto aparece alguna novedad, como Despacito, pero se lo pasan tantas veces que se va cansando rápidamente. No va al cine porque es cansador; prefiere ver películas en casa, porque si de cansarse se trata, ¿para qué cansarse de más? Hace el amor y termina cansado. No le queda más remedio que comer para despejar el cansancio. Conduce cansado y se despide al caer la noche de los familiares en el hogar y sus amigos virtuales con un dejo de cansancio. Se duerme y sueña que está cansado de todo, y al despertar, no sabe si la pesadilla es la vigilia o el próximo sueño. Espera que termine el año para llegar al descanso, aunque se canse de las fiestas. Festeja y se levanta cansado, pensando: otro año más cansador que el anterior, como todo baile que da sueño. Por eso mira “Soñando con bailar”, porque piensa que bailando va a poder descansar. Pero está tan cansado que no se anima a bailar.

Jugás de enganche

Cuento escrito en dupla técnica con Martín Díaz.

El profe Baldeverde pasó corriendo por los pasillos del vestuario local y al doblar en el cruce se topó con el Tronco Benítez que llegaba silbando el himno con el bolso colgando de un hombro. Al verlo desencajado, el Tronco le preguntó qué sucedía, pero el profe se lo sacó con un ademán brusco y enseguida se metió en la sala de la enfermería, justo al lado del vestuario de los árbitros.
El Tronco imaginó que al llegar al vestuario se encontraría con un panorama revelador y al abrir la puerta estaba José Luchard, el técnico del campeón, agarrándose la cabeza y puteando al aire de lo lindo. Sobre un banco, agachado, lleno de vómito sobre el jean y las zapatillas, cantando un spot de Quilmes lo vio al Peluca Moratín, líder, capitán y enganche del equipo aurivioleta. Pascualito, el utilero, había dejado el bolso con las camisetas sobre la camilla y con un lampazo con ahínco limpiaba el piso y el hedor que había dejado el vómito.
-¡Peluca y la puta que te parió!-gritaba desaforado José Luchard- ¡Me cago en vos y en la madre que te parió!
En bancos opuestos observó a otros jugadores que charlaban entre sí, risas de por medio que los hacían distender un poco de la tensión de la situación.
-¡Correte, Tronco! ¡Otra vez en el medio! –le recriminó desde atrás el profe Baldeverde que pugnaba por ingresar al vestuario.
-¡¿Qué conseguiste?! –le preguntó José Luchard expectante.
-¡No hay un carajo! Dos curitas y algodón es todo lo que hay.
-¡Pero me cago en la puta madre! –exclamó Luchard dándole un puntapié a un bidón vacío- Este Peluca me tiene podrido. Sacámelo de acá.-El técnico había dado un giro de ciento ochenta grados en su actitud.
-¿A dónde lo llevo? –le preguntó el profe contrariado.
-Problema tuyo, acá no lo quiero ni ver.
Los demás jugadores del auri seguían entrando al vestuario y procedían a enterarse de lo acontecido, o buscaban algún lugar para empezar a cambiarse. Afuera empezaban a escucharse cánticos y algún redoblante. El profe se cargó al Peluca de un hombro con un esfuerzo descomunal y salieron por la puerta del vestuario. El Tronco seguía impertérrito observando todo desde donde estaba cuando vio que se le acercó Jose Luchard quien al mirarlo de frente le dijo con firmeza:
-Tronco, hoy jugás de enganche.
Al Tronco le dio una sensación de pánico mezclada con ilusión, que se vivificó en un cosquilleo eléctrico en el estómago. “El Tronco Benítez, tronco como pocos, picapiedras con maza de goma usando la diez”. Los sueños y los deseos tienen esa pizca azarosa que hace que se fusionen con la realidad cuando uno menos se lo espera, pero el Tronco, sin fundamentos lo había deseado durante años que sólo lo había podido ver cristalizado en sueños. Limpió el banco que había dejado vacante el Peluca, con trapo y detergente, y se sentó a ponerse las vendas. El Tronco seguía imaginando, y en ésta ocasión tiraba caños, lejos de su habitual desempeño –en entrenamientos, porque hacía tiempo que no pisaba el césped en un partido oficial- en el que la peleaba con sus escasas virtudes y su lentitud para moverse. Al lado suyo estaba Ramón Alvarete, el arquero que tapó el penal que le daría la clasificación a los playoffs que luego desembocaría en el campeonato.
-Confío en vos Tronco. Sé que podés darnos mucho.
-¡Siempre lo mismo el Peluca, eh! –le dijo el Tronco para disimular el rubor que corría por sus mejillas.
-¡Es un pelotudo! Ponerse en pedo en una semifinal… Pero no te calentés, Tronco, hoy la vas a romper.
-Partido difícil hoy che… -desviaba la atención el Tronco.
-Hoy, Tronco, no corrás al pedo. Parate y pensá, ¡pensá! Tocá y hacé jugar al equipo.
El Tronco Benítez empezaba a sentir la presión sobre sus hombros, traducido en nervios que le dificultaban ponerse las medias. Se calzó los botines y se acopló a la fila de jugadores que salían del vestuario. José Luchard lo miró pasar haciéndole un gesto afirmativo con la cabeza, sentando confianza. A su lado, Pascualito le sonreía y le dio una palmada en la espalda.
-¡Vamos Tronco! –lo animó.
Enfilaron para debajo de la tribuna, donde ya se escuchaban cantos cada vez más rotundos, a hacer el calentamiento previo. Los cortos violeta con el número diez llamó la atención del periodista de radio que cubría las acciones del campo de juego. El relator de la radio, notificado de la situación, se sorprendió antes de que entren a la cancha, “…el equipo donde la bruja Sanabria vistió esa casaca…se le fue la mano al técnico, roza lo burdo, ¡es una falta de respeto! Está bien que el Tronco es un buen tipo, muy querido en el plantel, te diría que es casi el amuleto de la suerte, pero ponerlo de enganche en una semifinal no se le ocurriría ni al peor guionista de un film. No te da un pase limpio ni gambetea. Hace tres años que no juega 15 minutos seguidos. Lo digo previo al partido porque después vienen los reproches: Luchard, en esta la cagaste”.
El altoparlante anunciaba la formación de los equipos. Cuando con la diez lo nombran al Tronco Benítez hubo conmoción, risas y hasta algún tibio coro en la tribuna. El dirigente Santana, con su campera de cuero cubriendo sus kilos, con sus pelos blancos a tono con la barba, sintió correr el sudor por su frente. Esto es una broma, pensó. El sentido del humor nos impregna de alegrías hasta en los momentos de zozobra. Salieron al campo de juego los árbitros, el elenco visitante que iba de punto y ahí nomás apareció el buzo verde de Ramón con la cinta de capitán en el brazo izquierdo y todo el colorido aurivioleta que daban las camisetas atrás. La última que vio el público fue la diez del Tronco, antes de que la lluvia de papelitos y las cortinas de humo les taparan la visión.
El partido daba comienzo y el Tronco tiene la pelota, se le vienen dos encima cuando la está por pisar y con un taco hacia delante se los saca a trote lento, y mete un bochazo limpio que deja mano a mano al nueve contra el arquero, definiendo con un remate fuerte a la derecha. La tribuna casi se viene abajo y el coro de “Olé olé olé olé, Tronco, Tronco” empezó a despegar, pero unas campanas le pusieron un freno a la imaginación del Tronco: son las de la iglesia a dos cuadras que llaman a sus feligreses. El Tronco parado en la puerta del vestuario se quedó escuchando el canto de un ave posado sobre la ventana. Todavía no había clima de partido, faltaba que lleguen los muchachos. José Luchard se le acercó al Tronco, lo miró de frente y le dijo:
-Tronco, hoy te quedás afuera.
Se despidió, dio media vuelta y se fue caminando por el pasillo. Desde el vestuario de árbitros, los jueces escuchaban el silbido del himno.

Historia universal de la Historia

La Historia de cualquier cosa es algo que está en proceso de transformación, no sólo por los acontecimientos sino además por cómo se cuentan tales, quién los cuenta, etc. Por lo tanto, no es sólo pasado, salvo cuando tratemos de una historia ( de un pueblo, de una relación, etc. ) que ya no corre.
La Historia de ese algo vigente está cargada de presente y por tal tiene un devenir. Ese algo como parte de La Historia puede ser muy variado y puede estar compuesto por diversos factores como involucrados, sucesos y demás; pero me explayé demasiado en un tema que no es mi competencia, porque a mí lo que me gusta son las historietas.

Seguí

Estaba aburrido, demasiado diría, y salí a caminar. En principio solo, pero enseguida se me dio por seguir a un tipo que parecía saber a dónde ir. Al rato me di cuenta que deambulaba sin rumbo, por lo que me dispuse a seguir a una señora que iba con un carrito a paso lento, pero firme. A los pocos metros se metió en una casa, que supuse suya, y la muy descarada me cerró la puerta en la cara con asco. Ahí nomás seguí primero a un joven que entró en un local de comidas, luego a una pareja que me preguntó qué quería por lo que tuve que desistir de seguirlos, y después de un tiempo seguía prácticamente a toda la gente que andaba por ahí, por turnos. Quise seguirlos a todos juntos, pero los destinos no siempre convergen, aunque una muchedumbre que seguí ingresó en un estadio a ver un recital. Algunos me daban charla, mientras que otros me cortaban el rostro. Pero no me preocupa. A mí no me importa eso de llegar a algún lado, eso de estar no es lo mío, lo mío es seguir.

A la misma vez

Había una vez, que no era una simple y sencilla vez, sino más bien una bombucha, cargando en su interior cantidad de agua esperando llegaran los carnavales. Esta vez, la susodicha había cobrado dotes de superioridad y lejos de atenerse a su condición de bombucha de carnaval creía ser verdaderamente una bombacha de campo, por lo que resolvió montar cual jinete sobre un caballo blanco ( que no sería precisamente el de San Martín sino uno más moderno y a la vez actual) en vez de ir a reventarse contra la blusa de una jovencita que esperaba la llegada de la primavera. Pero no sería la primera vez que una bombucha devenida en bombacha caería presa de lo que se conoce como falsa ilusión o ilusión óptica, ya que lo que intentó montar no era efectivamente un caballo blanco sin montura sino que se trataba de una vieja escoba al estilo del vehículo de Cachabacha. Al percibir esto se decepcionó de tal manera que entró en depresión profunda y dejó de pensarse bombacha para considerarse apenas bombilla y pasó a habitar uno de los mates del caserón, el que se usaba para reuniones de amigos. Esta vez, la bombilla del mate ya no participa de las charlas, más allá de que alguno de los partícipes de la ronda que se demorara con pasar el mate y, a su vez, otros le recriminaran si le “está enseñando a hablar”, la bombilla parece no estar interesada y hay quien dice que ya estaría repensando en variar su condición ( o la creencia de la misma ), y hasta aseguran que la pobre ya se cree bombita eléctrica y bomba mediática a la vez.

Pinceladas VIII

¿Queda alguien en Punta Alta que recuerde cuándo se le cambió el sentido a las palabras? Tengo un mundo de sensaciones que te quiero regalar, pero no es un mundo, es un cúmulo, como cada persona. La publicidad lo decía como bondad, porque así se lo suele creer, para no considerar la posibilidad de fraude. Es más sencillo la pasividad de aceptar el engaño que el rol activo de considerarlo. La palabra mundo se refiere al todo, pero ahora sólo se suele utilizar para designar un conjunto, el cual es un reducto. Entre esas cavilaciones andaba cuando llegué al reducto laboral y me vi rodeado de cúmulos, cada uno en su mundo vacío. Pero cada tanto, el hechizo se rompía y nos encontrábamos en el mundo, tal vez por alguna gracia que nos hacía reír o un sentimiento añejo que nos despertaba en la unidad de esa realidad. La única. Pero eso duraba poco y las espacios que separaban unos cúmulos de otros eran abismos en el tiempo que procurábamos cruzar con la cordialidad del ambiente laboral. Aunque sólo era en nuestra imaginación donde estos cúmulos tenían lugar y no en la realidad donde nada nos separaba. Más abajo, estoy separado de mis compañeros por algunas paredes o vidrios cubiertos con cortinas que le dan cierta privacidad a las actividades de cada uno. Pero a mi lado, sin paredes ni cortinas que separen los ambientes está Marisa, que cada tanto baja de su nube y me dibuja una sonrisa. Entonces, le retribuyo con pinceladas de caricias que no ensayé, pero igual la alegran, sin preguntar si fue improvisación pura o espontaneidad natural y me ofrece un café. Acepto sin condiciones y me envuelve una nube de sentimientos mientras la veo alejarse por el pasillo. Después llueven lágrimas y algún sudor por la frente, que seco con el pañuelo bordado, y ahí me doy cuenta que el aire acondicionado no está funcionando. Llamo al encargado del mantenimiento para comunicarle el desperfecto, pero me da ocupado. Me levanto para ir al baño y la silla se me queda pegada en el pantalón. Estimo que ha sido otra broma de Abel. Camino con la silla a cuestas por el pasillo y escucho una carcajada cuando paso por su oficina. Sin dudas fue él, pero no me detengo pues el baño me está esperando impaciente. Al entrar, trabo la puerta con el pasador y me saco el pantalón con silla dejándolos en el piso. Cuando me doy vuelta, quiero levantar la tapa del inodoro y observo que está pegada al mismo. Busco los tornillos de plástico en la parte de atrás, se los quito y con toda la fuerza arranco la tapa. Después, al pantalón no logro despegarlo de la silla ni viceversa, por lo que me lo coloco con silla y camino hasta la oficina de Abel. Él se recuesta sobre la silla en la que está sentado y la hace girar con aires de triunfo dando vueltas sin detenerse ni brindarme una solución. Bajo las escaleras de entrada con la silla a cuestas ante la risa contenida de algunos curiosos y, al llegar al estacionamiento, me quito pantalón y silla para subir al auto, dejándolos en el asiento trasero. En algún tramo del trayecto a casa, hay un control policial y me veo obligado a detenerme. Una mujer policía me pide la documentación y, al verme en calzoncillos, me pide que descienda del vehículo. Trato de narrarle lo ocurrido, pero no me cree, a pesar de que intento mostrarle la silla detrás. Enseguida, me pide que sople sobre una boquilla de plástico. Pero cuando estoy por soplar, estornudo sobre el uniforme de la agente, quien se ve ofendida y molesta al ver la excreción en su vestimenta y, en un rapto de asombrosa destreza y potencia, me esposa y me sube al patrullero sin que pudiera ofrecer resistencia. La lluvia torrencial que cae mientras viajamos hasta la comisaría me da la sensación de que bajo ese manto de nubes los cúmulos que nos separan se disgregan y se conforman en aquél, pero al llegar, entre dos oficiales, me dejan en un vetusto calabozo confirmando la separación. ¿De qué se me acusa, oficial?, le pregunto. Ebriedad y resistencia a la autoridad, me dice antes de alejarse y dejarme en la soledad del mundo y alejado de otros nubarrones.

En línea

Leyó tres líneas.
De tres palabras.
Tres cada línea.
Se detuvo.
Leyó la primera palabra que no entendió y la buscó en el diccionario.
La definición que le dio no lo satisfizo.
Continuó leyendo en el diccionario palabras al azar.
Vaquetón. Tecolote. Santónico.
Tachó la que no había entendido en el libro y sobre ella escribió “aguacha”.
Cerró el libro y lo devolvió.
Encendió la televisión y sintonizó el canal ocho.
Se veía lo que había grabado una cámara de vigilancia.
La imagen mostraba a un hombre robando una panquequería.
De un patrullero bajaron dos policías y lo acribillaron a balazos.
La muchedumbre se acercó a devorar los restos.
Incrédulo, exclamó: ¡Lecteriano!

Ciclos

-¿Y a qué te dedicás?
-Hago trabajos de reciclado en plásticos, metalíferos y de origen vegetal y reordenamiento de desechos urbanos.
-¡Muy bien! ¡Felicitaciones! ¡Qué bárbaro!
-Este…
-A mí me encanta la gente que hace cosas por el medio ambiente.
-Bueno…
-Que se preocupa por el destino que se le da a los residuos.
-Eh…
-Gente que hace cosas para que el mundo sea cada día un poco mejor.
-¡Soy ciruja!
-Ah! Este…Bueno… ¿y cómo te está yendo?

La quinta encarnación

Thor, o el dios del trueno, también tuvo su crisis existencial, como cualquier inmortal. Se dice en alguna biografía publicada en los países escandinavos que el mismo dios encarnó en la figura de una princesa, hija de un rey tirano, y que decidió por motus propio recorrer los caminos de la perdición, de drogas y de alcohol. Una noche, yacía en los brazos de un soldado de Odín, tras descontrol orgiástico, le confesó a éste pasada de opio que era la quinta encarnación de Thor. Nadie dudaba ya de su irreversible deterioro cerebral, por lo que la leyenda nórdica la homenajeó con el mote de Thorquemada.

La humedad de los martes

La lluvia de los últimos días había humedecido mis ideas y el pensamiento era una suerte de pantano donde todo terminaba mezclándose en una amalgama de barro y agua, lluvia que prometía continuar este martes para beneplácito de los nostálgicos. Los techos del barrio habían sido castigados con abundante agua llenando las canaletas con ramas y hojas de árboles que sufrían los intempestivos vientos de un noviembre álgido que acariciaba el final de su primera quincena con displicencia. En casa se observaba orden, a excepción de la biblioteca donde siempre se vislumbraba una revolución o al menos era lo que delataba la disposición de los libros y mi mala predisposición a darle un aspecto de pulcritud. La condición de un buen libro, y de todo buen cuento ( y subiendo por las escalinatas que conducen a la divinidad celestial: de toda buena poesía ), era que tenía que mover el piso donde el lector, hoy devenido en espectador, se sentaba a contemplar la realidad con ficción. Y por ese motivo los libros que además de estar vivos y revolucionan al lector como la observación de una delicada mariposa sobre el jazmín del jardín de la casa paterna o del chimango que paciente espera el momento oportuno para llevarse el cadáver de una rata sobre el pavimento, tienden a abrir puertas a nuevas, o desconocidas, dimensiones de la existencia que permanecían ocultas al mismo por cortinas de humo. O tal vez de humedad, cortinas de humedad gestadas por la citada lluvia que otra vez volvía a caer sobre la ciudad. Pensé en mi padre y recordé un cuento que siempre me contaba para poder dormir placenteramente. Era un cuento feliz y hacía unos pocos días me había enterado que no era el único al que se lo contaba, lo cual me sorprendió pero no me dio celos, sino alegría. Darle algo a alguien era brindarle la posibilidad de la felicidad. Un amigo me decía algo parecido en cuanto a la crianza de los perros: dale algo para hacer y se sentirán bien. Nosotros también nos sentimos bien cuando hacemos algo por los demás, nos olvidamos por un momento de nosotros mismos con algún quehacer, alguna ocupación, y en esa distracción hay una suerte de placer inmaterial. Mi padre, que en este momento estaría aburrido sentado frente al ventanal, dejando correr los pensamientos que tendían a un pasado lleno de emociones y sentimientos que dejaron huellas. Se me ocurrió pedirle algunos libros que habían quedado en su casa, por lo que le escribí para que me busque esos libros de Coelho que allí nadie iba a leer. La idea de que el Universo conspiraba me había creado una especie de desvarío que había incendiado mis ideas al punto de olvidar las matemáticas que tanto me habían costado aprender, fuego que sólo apagaban los días lluviosos. Y en este día lluvioso, una casa despelotada como la de mi padre, buscar algunos libros llenos de polvo y humedad era un buen pasatiempo que le permitiría evadir la melancolía. A veces hacemos cosas para sentirnos bien y hacer sentir bien a otros nos devuelve el bienestar como un búmerang. Mi padre no me respondió. Las horas pasaron y la persistente y fina lluvia redundaba. Esos libros no me interesaban como a millones de lectores diseminados por todo el mundo ávidos de su lectura por lo que pensaba venderlos y comprar con ese dinero alguno que fuera de mi agrado, como uno de Ray Bradbury que tenía en la lista de los próximos a adquirir. Mientras preparaba el mate y el ambiente para continuar la lectura de la novela que me había regalado mi hija me llegó un mensaje al celular que me dejó helado:

-“La boluda de Veronica decide cagarse muriendo” encontré, creo que se llama así.

El humor de mi padre siempre me dejaba alguna moraleja y la lluvia de este martes me recordaba que vivir es una buena idea a pesar de la humedad.

 

Su Señoría

Pedro: Mi mayor amigo es el Señor. Si tengo Su presencia, nada me falta.

-Señor, ¿una monedita para la birra?
-Me quedé sin cambio, disculpá.

-Señor, ¿una moneda para mis hijos?
-Disculpe, pero ya di.

-Señor, ¿una moneda que estoy sin trabajo?
-No tengo, pibe.

-Señor, ¿una monedita para los puchos?
-Mirá que te voy a pagar los vicios…

 

Pedro: Señor, a Ti te encomiendo mi pesar. Acuérdate de mi en la hora de nuestra muerte.
Coro: ¡Con mucho gusto!

 

Historias ínfimas elementales

Margarita vivía en una burbujita coloreada por la luminosidad. Como estaba compuesta de agua y aire, tenía lo elemental para subsistir. Sin embargo, al carecer de tierra, no logró desarrollarse y se marchitó prematuramente.

Patito nadaba en el barrito todas las mañanas. Su cuerpecito estaba cubierto de tierra y agua, por lo que pocos lo reconocían, salvo cuando había buena iluminación. No obstante, el fuego nunca lograba encender su cabecita roja embarrada.

Pollito volaba bajo el solcito entre la tierra y el cielo con el soplar del viento. Cuando tenía sed, descendía a algún charquito y bebía hasta colmarse. Después esperaba que el viento lo levante por el aire nuevamente. Tenía la piel algo chamuscada por haber caído un día sobre una parrilla.

Rosita creció en tierra firme entre piedras luego de un incendio propiciado por un viento estival. Mientras purificaba el aire, cantaba todas las tardes hasta entrar en sueñito profundo. Un día llovió tanto, tanto, que estuvo a punto de ahogarse.

Estrellita caminaba sobre el barro y ascendía por el mar en una danza singular, tomando aire en cada movimiento de caderitas que se apreciaba a plena luz del día cuando se acercaba a la superficie. Un día se asomó, vio un barco prendido fuego y del susto se fue hasta la orilla, donde la encontró un turista cuando se secó.

Elección

-Te había pedido que lo lleves a deporte, ¿Te olvidaste o qué fue lo que pasó?
-Se me hizo tarde, disculpá. -le respondió Eduardo, y añadió- Es que ayer tuve una noche complicada, y me quedé dormido.
-Durmiendo, querrás decir. No podés olvidar que es tu hijo, aunque a veces quisieras disimularlo. -dijo ella.
-No seas tan dramática, es sólo una jornada de deporte la que perdió. De alguna forma, te compensaré.
-No es conmigo con quien estás en deuda y bien lo sabés. Siento que a veces querés llevar el asunto a un terreno diferente. Discúlpate vos con el niño. Veremos qué opina. Sabés que ama practicar deportes. -le dijo ella y cortó la comunicación.

Ni siquiera me dejó decir adiós, pensaba Eduardo, con el tiempo se ha vuelto más ofensiva de lo que solía ser.

Esa misma tarde, Eduardo fue a ver su hijo, quien lo abrazó al verlo llegar.
– Hola, hijo, ¿cómo estás?.
– Bien, papi, ¿qué te pasó hoy que no me llevaste a practicar deporte? -preguntó el pequeño.
– Perdoname, hijo. Estuve trabajando hasta muy tarde y me quedé dormido, por eso no he podido venir por ti.
– ¿Es cierto eso que dice mamá, que estuviste con una mujer toda la noche? -preguntó el chico con cierta desconfianza hacia las palabras de su madre.
– No, bueno… tu madre no me quiere demasiado, ¿sabés? Es por eso que cada vez que puede me difama. No debés preocuparte por ello, ¿está bien?
– Si. -interrumpió el pequeño.
– A veces discutimos porque entre nosotros hay una separación que a es muy difícil subsanar, pero no es así contigo, ¿entiendes? -dijo Eduardo.
– Sí, papi. Papi…
– ¿Qué hijo? Decime.
– ¿Qué quiere decir difamar? -inquirió con curiosidad el chico.
– Difamar es hacer perder la buena fama de uno. Cuando tu madre habla cosas feas de mi, es lo que intenta hacer conmigo, difamarme.
– Ah… pero mamá difama siempre, y no sólo a ti. Ayer dijo que la señora del almacén, Mirta, es una vieja ladrona. Eso es difamar, ¿verdad?
– Sí, aunque también se podría ver como un llano insulto, hijo. Mirá, no te preocupes. Tu madre tiene sus problemas y, como todo ser en edad adulta, los lleva adelante como puede, con lo mejor de sí. Bueno, decime, ¿cómo querés que te compense mi falta de hoy? Te doy dos opciones: podemos ir al cine esta noche o podemos ir a ver el partido el sábado. Bien, ¿qué decidís?
– Ummm… es difícil… creo que prefiero ir al cine a esta noche. -dijo el pequeño.
– Mirá que el partido del sábado es quizá, el más importante del semestre. -le dijo Eduardo, persuadiéndolo.
– Sí, papi, tenés razón. El partido del sábado puede ser importante, pero hoy es más importante para mí pasar un rato con vos esta noche.
– Bien, hijo. Entonces iremos al cine esta noche y también iremos el sábado a ver ese partido. -dijo Eduardo.
– ¡Gracias pa! ¡Qué bueno! No lo puedo creer. Iré a contarle a mamá. -dijo el chico y entró corriendo a la casa.

Al rato, salió la mamá del muchacho. No estaba contenta por el mismo. Lo apenaba la idea de que su padre le fallara nuevamente. Salió a hablarle:
– Mira, Eduardo. Esto es importante para él. Si creés que no podés cumplir con lo que le dijiste, mejor que ni te aparezcas. Me duele verlo apenado. Se hace muchas ilusiones con vos. No hace falta que le falles como lo hiciste conmigo.
– Cumpliré con lo pactado. Aprendé a perdonar, te hará bien a vos misma. -dijo Eduardo.
– ¿Qué sabes de eso, que no has perdonado mi falta? -le dijo ella.
– Ya te he dicho mil veces hasta el cansancio que te he perdonado. Pero no podés pretender que después de dicha falta a nuestra fidelidad continuemos juntos. Entendelo.
– No era necesario separarnos. Fuiste cruel. Sobre todo con el chico.
– No confundas las cosas. Juntas tienden a parecer otras que no son. El muchacho está creciendo sano y suficientemente feliz. Eso no es poco, hoy en día. Y si así lo creés, provéele otras bondades. -le dijo Eduardo.
– Está bien, no quiero discutir, ¿a qué hora venís por él?
– Ocho y media estoy acá.
– Te estará esperando. -le dijo ella y entró a la casa.
Eduardo se fue de allí y regresó puntalmente, como había predicho. Allí lo recibió el pequeño, que estaba vestido impecablemente, bien peinado por su madre y perfumado. Eduardo lo tomó en sus brazos cuando lo vio y el chico lo abrazó fuertemente. Se despidió de su madre y se fueron.
Ya en el cine, mientras esperaban el comienzo de la película, conversaban:
– Qué lástima que mamá no haya podido venir con nosotros…
– Sí, es verdad, hijo. Es una pena.
– Qué bien que la pasamos los tres. ¿Te acordás cuando fuimos al acuario?, ¿Dónde era? -preguntó el chico.
– San Clemente, hijo. Lo recuerdo muy bien. Tu madre parecía feliz con nosotros.
– Ahora no parece feliz, quizá es porque vos no estás, papi.
– Puede ser, hijo, puede ser. Mira, ¡ahí empieza la película! -dijo Eduardo.
– Dame la mano, papi. ¡Espero que no sea de miedo!
– No lo es. Vas a ver que la vamos a disfrutar. -dijo Eduardo tomando a su hijo de la mano.

*Fotografía: Leandro Coca

Poderoso

Y en ese instante, en el que se extendió el beso, el tiempo se detuvo: los trenes chirriaron estridentes frenadas, los aviones quedaron suspendidos en el aire, las niñas paralizadas a medio saltar, los planetas detuvieron sus órbitas, quienes descargaban mercadería la sostuvieron inmóviles y las radios y canales de televisión emitían un eco. Los dioses, en las alturas, pensaron con atino: ¡chocamos! Mas no; ellos despegaron sus labios y se miraron con cariño. El mundo continuaría girando sin que siquiera sospechen del poder de ese amor.

Amanece el conocimiento

Cierta tarde, en el patio de la casa de mi infancia, donde aún vivían mis padres, sentados en un banco a la sombra, entre humos, mi viejo, ya mayor y jubilado, dijo por lo bajo:
-Qué lindo que es estar al pedo…
En ese momento, comprendí que había alcanzado la sabiduría.

Desaliñada

Se gestaban los albores de una nueva religión, cuando Maira no quiso saber nada del asunto y se marchó llorando desconsolada. Otra vez, su amiga le decía que habían fallado. De repente recibió una llamada inesperada:
– Te estoy esperando en Güemes y Torrevieja. Café Cómo. Me habías dicho que ibas a estar acá, ¿querés que te vaya a buscar? Te espero o muero en el intento.
Paró un taxi y éste no detuvo su marcha. Probó suerte con los siguientes, pero los choferes parecían ignorarla sistemáticamente. Era tal vez su aspecto lo que producía cierto rechazo en ellos. Tal es así, que uno de ellos paró pero seguidamente retomó su marcha sin cargar con sus huesos. Finalmente, un taxi se detuvo y la levantó del pavimento.
– Lo más rápido posible. Güemes y Torrevieja, por favor.
El chofer hizo un gesto de aprobación con la cabeza. Sin embargo, no tenía la menor idea de cómo llegar hasta el lugar solicitado. Tomó la avenida y cruzó el parque. Maira advirtió el movimiento y se lo reprochó instintivamente.
– ¡Oiga! ¿A dónde va?
– ¡Perdón! Creí que había dicho Güiraldes. Disculpe mi confusión. Hace dieciséis horas que estoy arriba de esta lata de atún. –dijo el chofer.
Giró en u cuando tuvo ocasión y regresó tras las huellas del vehículo. De su cabeza brotaban diminutas gotas de sudor que, en caso de ser advertidas, mostrarían su elevada tensión al pasajero de ese momento. Al llegar a una esquina, le preguntó a Maira distendido, buscando aprobación.
– Esta es, ¿no?
– Si toma por esta después va a tener que pasar Zúñiga, antes de toparse con Senegal. Si llega hasta el callejón quién lo saca…
El chofer asintió, continuando por la calle que venía. Su desconcierto era tal, que se le trenzaban las ideas en su cabeza por lo que fingió un dolor en el pecho y estacionó a un costado. Maira se ofreció a llamarle una ambulancia, pero el chofer dijo que se recompondría rápidamente. Sin embargo, le pidió que no lo espere para continuar su camino, pues se tomaría el resto del día. Así fue que Maira intentó detener otro taxi, pero no tuvo la suerte de que alguno de ellos se detenga. Caminó algunas cuadras en dirección opuesta a la puesta del sol y realizó una apuesta de lotería luego de pasar por un puesto de diarios y revistas mal puesto atendido por un tipo apuesto y, puesto que olvidó el nombre de la revista que deseaba adquirir, compró otra propuesta por dicho sujeto del puesto, y adquirió, además, un tornillo en una casa de repuestos que se lo llevó puesto.
Cansada y sin saldo a favor en su teléfono celular, se fue hasta la parada de colectivos más cercana a esperar. Recibe una llamada.
– ¿Vas a venir o me mando a mudar?
– ¡Enfermo! –dijo Maira, cortando la comunicación.
Pasó el colectivo que la llevaría hasta su casa y ella se subió. Un muchacho aturdía a todos con música en su celular. Maira le pidió si podía bajar el volumen del mismo y el joven aceptó de muy mala gana. Tal es así, que a los pocos segundos volvió a subir el volumen, inclusive más aún de lo que estaba en el principio narrado para fastidio de todos. Excepto el propio.
Maira se bajó cuando llegó a la parada cercana a su casa. Distaba a unos doscientos treinta metros de la misma. Mientras caminaba observó que sobre un árbol colgaban un par de medias de nylon que no llamaron su atención aunque lo intentaron. Al llegar, la estaba esperando.
– Otra vez me dejaste plantado ¿Se puede saber qué tenés en la cabeza?
– Aserrín. –le respondió Maira.
– Me podrías haber avisado que no ibas. No tenías impedimento alguno. Un llamado y problema solucionado. ¿Tenés idea cuánto me tuvo esa silla encima? Bueno, me vas a contar qué te pasó o adivino.
– Adiviná.
– Nadie te quiso llevar.
– ¿Viste que no era difícil?
Maira dio media vuelta y salió corriendo por donde había venido. Nadie la siguió. Cuando notó esto, aminoró la marcha y al pasar por el templo entró sin dudarlo. Apareció delante de ella un hombre que le pidió se retire, por favor, pues alegaba que nada podían hacer ya con semejante desaliño.

Los emisarios del tiempo

En todas las épocas han operado en las sociedades diversos tipos y géneros de organizaciones secretas tendientes a algún fin, con algún objetivo particular que las movilizaba, de las cuales luego los estudiosos de las mismas divulgaban, sin ningún tipo de crédito por parte de quienes tenían la desgracia de prestarle atención, sus casi siempre lúgubres fines y desarrollaban teorías alrededor de ellas con el sólo hecho de desentrañarlas, pero no arribaban a ninguna salida satisfactoria, quedando relegados al margen de la félix societé que, indiferente, seguía sucumbiendo a todo lo que ellas sembraban entre el crédulo público. Los tiempos actuales no se quedan rezagados en tal sentido y, a riesgo de quedar marginado como paranoico, estoy abocado a desenmascarar a una mafia que ha tenido gran preponderancia en la cultura de los últimos años en la sociedad que la vio crecer.

Uno de los modus operandi de ella es tal que, asistida y apoyada por la tecnocracia dominante, ha desdibujado una situación que se presentaba cotidianamente entre los integrantes de la sociedad como de lo más habitual, llevándola al motus de ridícula o de befa, quedando quienes la practican –antes como partícipes al día- ahora como pasados de moda o relegados en las antinomias de los vientos vigentes. Me refiero a la mafia del tiempo y todos sus agentes del pronóstico. Hasta hace no mucho tiempo, uno se podía pasar horas hablando en balde de lo que podría pasar, si garuaría, si haría frío, calor, ¿caerá granizo? ¿lloverán sapos? Si cambia el viento o a qué hora amanece mañana. Decenas de minutos, horas e incluso algunos días hablando del tema más común y trivial que la sociedad le había dado un lugar preponderante en sus principales temas de conversación. Hasta incluso se han escrito libros y se han filmado películas con ello como eje central y/o argumento. Es diferente a casos en donde en algún recinto, como puede ser un estadio de fútbol, un templo o una facultad, uno sabe de lo que se habla y está casi obligado a saber lo mismo, pues esa es su regla del juego. Pero desde hace algún tiempo, el tiempo mismo es un saber más en todo ámbito, una mercancía de intercambio que se troca, un conocimiento indispensable para poder vivir en plenitud. A la hora que se me ocurra, puedo (y debo) tener el conocimiento de todos los detalles del tiempo con quince días de antelación, y no importa si son aproximaciones, estimaciones o certezas, lo fundamental es que lo sé de buena fuente y con ello se terminaron todas las especulaciones que tanto tiempo le restaban a la gente en nimiedades para poder destinarlo, por ejemplo, a elegir cuál será el próximo celular que me dará el pronóstico extendido que me voy a comprar. Pero lo que es seguro es que no voy a mirar hacia arriba cómo está el tiempo porque lo sé bien desde hace dos semanas, y no quiero que se malinterprete, porque no es una crítica a este nuevo beneficio que vino de la mano de la globalización ( dicho sea de paso, si Das Chagas hubiese contado con una app que le dijera que iba a llover torrencialmente el 2 de julio de 1817 sobre Apóstoles, con criterio, hubiese postergado la batalla para otro día favorable a su tropa con lo cual hoy hablaríamos portugués y seríamos probablemente el imperio al que todos le rinden tributo, pero Andresito Guazurary, viejo conocedor del clima, lo derrotó bajo la lluvia dejándonos como herencia un país soberano y una yerba de primera calidad), pero lo que se debería observar con atención es que ya no podremos prescindir de él mismo, pues nadie en la calle te va a saber decir si tenés que llevar bufanda o por las dudas traer paraguas cuando los que se divierten manejando el ánimo y la predisposición de la población decidan abandonar sus prácticas tétricas de dar aviso a través de los medios o aplicaciones en teléfonos, tablets, computadoras y nuevos dispositivos por venir qué tiempo hará, pues a pesar de que lo saben a la perfección, tendrán otros medios más ingeniosos para captar la atención de sus fieles y ya aparecerán otros detrás de mí para sacar a la luz sus objetivos. Para ese tiempo, ya se habrá creado tal religiosidad del asunto que ni los más escépticos serán escuchados. Cada tanto alguna anciana se queja del frío pero enseguida le aclaran que estaba anunciado desde hacía tiempo y uno siente un poco de pena por aquellos que se vieron vilipendiados por el desarrollo. Ligado a esta tradición posmoderna, se encuentran aquellos que indirectamente te obligan a entrar en sintonía con tales vaticinios y, más allá de que tengas guardia el sábado o sepas mejor que nadie que caerán soretes de punta, te desean de corazón abierto “buen finde”. Pero nadie puede sospechar de su buena fe ni elevarle reclamo alguno. Ellos, quizás, enfrascados en saber que Cariló los espera con 30 de térmica, le auguran buenos designios a todo prójimo que se interponga en su trayectoria. Pero basta por el momento. Time is money. Hace un calor insoportable. Eso sí, el pullover no me lo pienso sacar hasta que caigan sus máscaras.

La intuitiva espera

calle (2)

Aún no eran las cinco. Todavía teníamos tiempo de llegar. Sólo había que esperar que el colectivo pasara en el horario indicado. Ñum miró su reloj una vez más. Pasó un vehículo delante de nosotros. Luego una pareja caminando. Algún perro sin dueños daba vueltas por allí. Pasó un taxi y dudamos entre pararlo o esperar el colectivo. Lo dejamos pasar, quizá, confiados en que el colectivo llegaría a tiempo. Una señora se paró a nuestro lado. Ñum puso música en su teléfono.

Sentirte de cerca…
me enrosco cual tuerca
doy vueltas contigo
giro sin sentido…
Eres tú… eres tú…
Mi condena, vida, mi cadena.

La señora a nuestro lado soplaba impaciente. Quizás la perturbaba la música. Un muchacho se paró también a la espera del colectivo. Aún teníamos tiempo. Pasó un chico corriendo por allí. Pensé en darnos por vencidos y regresar, pero desistí. Había que insistir, no podíamos dar marcha atrás. Una niña se arrimó a quienes esperábamos el colectivo e hizo lo propio. Ñum me expresó con sus ojos su fastidio. ¿Qué podíamos hacer? Lamentaba en aquél momento no haber detenido el taxi que había pasado por allí hace algunos minutos, aunque me habría costado un ojo de la cara pagar el viaje y de momento necesitaba ambos. Una señora mayor avanzaba asistida por un bastón hacia nosotros. La parada de colectivos se fue poblando casi sin darnos cuenta. Pasó un hombre paseando un perro. Ñum miraba esperanzada. En el teléfono sonaba una balada.

Sabes que es por ti
mi desvelo, mi mareo.
Bien sabes que no duermo
que no como, que me enfermo
que entristezco si tú estás.
A ti te canto, enfermedad:
déjame ya en soledad.

-Cómo está tardando… -me dijo una señora a mi lado.
– Hoy parece que más que nunca. Cuando uno está apurado, todo se conjuga para demorarlo a uno más de lo previsto. –le dije.
– A ver, me parece que allá viene.
– No, señora, es un carro atmosférico.
Me di cuenta que el sentido de la vista de la señora estaba notablemente alterado y se lo comenté en el oído a Ñum.
– Es cierto que no veo bien, pero el sentido del oído funciona perfectamente y no soy ninguna vieja chota, ¡maleducado! –me dijo esta amable señora.
Pasaron varios vehículos, pero ninguno de ellos era el que todos los allí presentes estábamos esperando. Un joven pasó vendiendo almanaques. Nadie le compró. No sé si por carecer de efectivo, por indiferencia o porque corría el mes de agosto. Se acercó una pareja de jóvenes a la aglomeración. Luego un anciano. Al pasar un camión, pude ver en la cara de la señora de miopía avanzada cómo se desvanecía la ilusión, a medida que se acercaba, de que este fuera el colectivo que esperaba. Pensé que podríamos dejar el asunto para otro día, pero reincidiríamos en el proceso, cayendo nuevamente en la molesta espera. Sonaba una canción en el teléfono de Ñum que distrajo mis pensamientos.

A ti te espero,
sé algún día llegarás…llegarás.
Aunque espere un año entero
yo te espero, tú vendrás…tú vendrás.
Y si mi espera es en vano,
dicen, todo es vanidad…vanidad.
Es por eso que me ufano,
no entiendo esta libertad…libertad.

Supe en aquél instante que el colectivo, esa tarde, no pasaría. Se lo dije a Ñum.
– Vámonos. No pasará.
– ¡¿Cómo lo sabes?! –preguntó Ñum.
– Sólo lo sé. No pasará
– ¡Lo que me faltaba! –dijo un señor retirándose del lugar.
– ¿Está usted seguro? ¿No estará confundido? Puede ser un error… -dijo la señora casi miope.
– No pasará. Continúe esperando, si así lo desea.
– Chau a todos. –dijo otra señora.
Una niña llamaba por teléfono a su madre para decidir cómo regresar a su hogar. Un muchacho tiró lo que le quedaba de una botella de gaseosa con bronca contra el piso y se marchó. Un joven se colocó su mochila nuevamente y se fue corriendo. Volvió a pasar por allí el joven con los almanaques. Ya no quedaba nadie.
Nos fuimos caminando con Ñum en dirección opuesta a la que habíamos estado mirando y, al oír fuertemente un motor a nuestro lado, nos dimos vuelta para mirar el paso del colectivo que, aunque le hicimos señales desesperadamente, el apático chofer no detuvo su marcha. Con Ñum quedamos mirándonos sin poder asimilar el hecho. Luego, ella me miró con ternura.
– No te preocupes, a veces falla. –me dijo con su dulce voz.

En vano hilvana

Anoche comí brócoli y me dio tortícolis. Me desperté con colitis, pero el médico me dijo que era por la bronquiolitis. Con bronca, encendí un pucho, pero ¡la pucha! me indigné. Sospeché de la ictericia colis. Por las dudas, fotografié sin dudar un colibrí con mi cámara de alto calibre. En la recámara, sentía cólicos, dicen que el coliflor es bueno para la flora intestinal. En el ínterin, con Flor supimos que en el Coliseo proyectaban una de Colin Farrell, pero no llegamos porque el colectivo nunca pasó. De paso les cuento que hay un cuento titulado Colinas como elefantes blancos y que Corina tuvo trillizos hace unos años, y a ellos se lo lee todas las noches.
Ya de noche, sacamos tres corvinas y las hicimos asadas, pero estaban pasadas. Esteban trajo el vino y Héctor, que vino en traje, descorchó. Chocamos las copas sin decir salud, pero nos saludamos bajo la copa del peral. Esperando el postre, colocamos un póster de Dardo Rocha en el comedor para tirarle dardos, pero sólo teníamos dados que le tiramos con gusto y atino. A Esteban le gustaba el ritmo latino, por lo que se vistió de deejay para pasar música a tono. Sonó el teléfono y al levantar el tubo Valentina se dio cuenta que no tenía tono. Esto no pasa seguido. Seguí dominando mis pasos de baile con Flor, que rozaba la euforia. Con furia, Rosaura se besuqueaba con Héctor en el sofá. Sofía se aburría como hongo. ¿Como hongos o longaniza? Estaba Esteban en un pico de indecisión pero con valentía Valentina lo apuró: dale con ese puro espurio. Juró no tocarlo y lo trocó por un bombón helado. Sentado a su lado -azulado vestía- Sofía tosía. Se lo disputaban ambos. ¿Vos querés bombón o cassatta?, le preguntó Héctor a Rosaura. El aura endiablada de Flor me preocupó. Con tupé y dinamismo, encendió la bomba con dinamita que extrajo de la cartera mientras servían las cassattas. En el aire sonaba Sonic Youth y eso sería lo último en escuchar, antes de que la casa ( y la cucha del perro revestida ) volara por el aire, al revés.
Determinamos que estaba loca. Lo catalogamos como el fin de la relación. Y terminamos con la ilación.

No es ninguna novedad

Un comercio llamado Vintage vende novedades. Las novedades son frescas y se venden muy rápido porque todo el mundo está interesado en ellas. Además, a medida que las novedades envejecen son más caras y son más difíciles de conseguir y deja de llamársele novedades. Las novedades siempre han sido un buen negocio pero este comercio lo ha sabido explotar al máximo.

El paso del tiempo le da un vértigo inusitado al ritmo comercial. Innatural. Con el correr de los minutos, las novedades hacen que todo luzca viejo, donde viejo es sinónimo de indeseado. Es decir que ya no será valorado por nadie. A nadie le interesa lo antiguo, excepto como motivo de distracción, como mera curiosidad con lo exótico, por eso también hay algún que otro pequeño comercio de antigüedades. Pero éstos son escasos y apenas si sobreviven.

Las novedades en Vintage son de variados tipos. Las novedades más destacadas son todo tipo de objetos, obras literarias o musicales, conceptos y teorías, terapias y medicinas, noticias de actualidad e incluso aromas y sabores. Todas las novedades son comercializadas exitosamente en Vintage. A cada momento las novedades que surgen en los diferentes ámbitos científicos, académicos o artísticos llegan a los diferentes locales de Vintage para ser comercializadas. La gente acude en masa a comprar las últimas novedades. Ninguno se quiere quedar atrás, ya que de quedarse se convertiría en un retrasado.

Hay científicos que han realizado diferentes estudios del fenómeno social que resultó ser Vintage, plasmados en conceptos cercanos a la compulsión o al vicio generalizado, pero tales estudios sólo sirvieron para venderse como novedad en Vintage. Ver lo nuevo era el truco más antiguo de la civilización, con el que se captaba la atención de la población. Así, las novedades en los locales de Vintage es lo que nadie se quiere perder. Es excitante y exultante estar al tanto de cada una de las novedades que salen a la venta. Al parecer, según otro estudio, la gente se harta de pensar en un pasado y un futuro y, cansado, busca una salida que sólo prestar su atención a lo actual le brinda esa posibilidad, y lo actual es nada más y nada menos que las novedades del comercio. Por eso, los directivos de la firma se mantienen en la cima del mercado, más allá de que hubo otros que salieron a competir. Ellos saben bien lo que el mercado necesita y se lo dan. Dinero fresco, la gente sigue prefiriendo pájaro en mano que cien volando, y las novedades son el ave más preciado al que la gente puede aspirar a capturar. ¿Es que hay algo acaso más importante que la novedad? Lo último, sin dudas, no era lo nuevo, sino lo más antiguo. Pero, ¿cómo dar su atención a ello? Me temo que de ser tan simple no lo es tanto. Es así que las novedades de Vintage atrapan en sus redes a millones de clientes deseosos de probar, ver, escuchar u oler lo último, aunque ese sólo fuera el principio.

Es sabido que las novedades no daban satisfacción, sólo un receso en la inclemente corriente de deseos, que pronto volvería a clamar su sed que sólo calmaban las novedades de Vintage. ¿Es peor el remedio que la enfermedad? ¿De dónde surge en el hombre este voraz hambre por el consumo de las novedades? Serían tiempos de locura y de ansiedad, sin dudas, y es difícil no caer en él. Vintage es la explotación de un truco milenario en su máxima expresión.

Con el tiempo, los locales de Vintage se expandieron de tal forma que no hay ciudad sin sus locales, red sin sus telarañas, barrio sin sus vendedores. Se dice que todos los comercios, grandes y pequeños, forman parte de la cadena de negocio de novedades Vintage, es el rumor. Y además, se dice que toda persona, sépalo o no, es agente de comercialización de la ideología vintage.

El significado que la gente da a “Vintage” es glorioso o de alta calidad. Otros lo traducen como famoso o extraordinario. Los menos, como clásico o antiguo.

Ya casi nadie recuerda cómo comenzó este comercio al que todos acudimos a conseguir las últimas novedades con el viejo sueño de obtener aquello que, quien sabe nos lo diga, dónde perdimos.

El monitor y el dueño de la cadena

Acabo de comprar un monitor FHEZZ de 47.32 millones de colores. Y como tenía un rato libre, me los puse a contar. ¡Oh! Sorpresa, no llegaba a 46 millones. Entendí que había caído, inocentemente, en una estafa. Pero, una cosa, era segura: sería la última.

Me dirigí al establecimiento de artículos electrónicos donde había adquirido en calidad de precompra, el típico contrato en el que uno compra el elemento en cuestión, lo paga, con su correspondiente doblecuota que cubre: garantía, flete y hurto durante el mismo, propio o de terceros; y que, no obstante, uno se convierte en dueño con título habilitante del mismo, sí y sólo sí, paga la tríptica, que consistía en doblar el valor abonado originalmente, en dos veces de igual monto; es decir, duplicando el valor de la doblecuota.
Ya en el lugar en cuestión, me atendió un joven delgado, con nariz respingada que, curiosamente, pasaba la línea de abertura de su boca con la punta de la misma. Para alguien con problemas auditivos le resultaría complicado leer sus labios al hablar. Me trató muy amablemente cuando le planteé el problema en cuestión. Sin embargo, no me ofreció solución alguna. Pero, no obstante, me invitó a aguardar a que un personal superior, intentara resolver la inquietud que me llevó a ese lugar.
Luego de dos horas, se acercó una joven muchacha, que no llegaría a treinta años de antigüedad sobre la tierra, y me comunicó que ella del asunto, poco entendía. Por lo tanto me sugirió que, en unos instantes, le pasaría la cuestión a su inmediato superior, quien, afanosamente, resolvería sin más, lo dicho.

Al rato -largo y tedioso- se acercó un mozalbete que pasaría sin penas los veinte años, y me invitó a retirarme, aduciendo la fútil cuestión que me movilizó. Le repliqué que, a mi entender, era un asunto de vital importancia, puesto que mi vida no podría tolerar una estafa de tamaña magnitud más. Tras intercambiar opiniones cortésmente unos cuantos minutos, el muchacho me abandonó con la promesa de que le trasladaría el problema a su jefe, no sin antes propinarme un certero cachetazo, acompañado de una clásica palabra:
-¡Estúpido!

Tras unas cuantas horas, en las que me quedé dormido en la sala de espera de ese lúgubre centro de compras de electrónicos, se acercó un niño que no llegaría a nueve años, picando una pelota de baloncesto sobre el piso, que, instantes previos, se había transformado de baldosones en parquet, sin que nadie lo observara. El pequeño, me señaló el techo y cuando miré hacia arriba, el bravucón me arrojó el balón al centro de mi estómago, lo que provocó que me revolcase del dolor. Me indicó que le comunicarían el asunto al dueño de la cadena. Y sería él, quien por fin, me traería desde 687 kilómetros de distancia, en avión, la ansiada solución a mi pesar.

Pasé dos noches allí, aguardando.
Finalmente, esta mañana al despertar, se arrimó a donde me encontraba, una señora con un carrito para transportar a un bebé. No era un carro común. Era un carro dorado, completamente, y al acercarse, pude comprobar que estaba compuesto íntegramente por oro, ruedas inclusive. Quedé anonadado.
La señora, frente a mí, me pidió que tome al niño en brazos, indicando que era el dueño.
–Pppero…. -dije balbuceando, impávido.
– Sólo tómelo. -me dijo con voz firme.
Al alzarlo, el chiquilín, sonrió ampliamente, y tras esto, vomitó mi camisa rayada.

Pinceladas VII

 

La Punta Alta se aleja de la Bahía Blanca cuando algunos, entre risas, proponen rebautizarla High Peak, subordinando el idioma del que reniegan a tono con las modas de la era. El trabajo se divide en dos: lo que sucede a nivel físico, que es mecánico, maquinal o animal, según se entienda, y lo que sucede a nivel verbal que puede ser de índole similar a las dos primeras o de otra. En éste último, cuando no necesitamos de las palabras para la actividad que se realiza, los temas de versación derivan en pasatiempos imaginarios que nos distraen y entretienen, haciéndonos olvidar de aquello otro. Ahí me pregunto dónde estoy en esos momentos y creo que en ninguno, como en un relato onírico donde todo se conjuga para visitar escenarios paralelos entre guiones de una dramaturga deidad y en otro plano me encuentro yaciendo en la cama a temperatura agradable, a pesar de que en la noche detrás de las paredes la misma no bajó de veintiséis grados y pronto quizás roce los cuarenta. El timbre suena, pero todavía no distingo si es un bocinazo cuando estoy cruzando la calle en el sueño o es la vecina que me quiere consultar una cuestión que la tiene preocupada. Abro los ojos y ahora tengo sólo una alternativa: ir a abrir la puerta. Me mira un tanto turbada porque la impresión que le da mi cabellera no suele verla en las imágenes que a diario le depara su atención, salvo en algo que se muestre como algo exótico o cómico. Cuando sale del letargo me pregunta si no me dejaron alguna correspondencia certificada para ella, pero ahora me toca salir a mí y despegar el cerebro del espectáculo natural del sueño que todavía sigue rondando como un recuerdo leve y borroso que, finalmente, me deja rebuscar en lo sucedido el día anterior y recordar que dejé aquella correspondencia en la mesita del teléfono. Se la entrego y se despide con simpatía y agradecimiento, tras lo cual cierro la puerta con llave del lado de afuera y me subo al auto para no llegar tarde al trabajo. Pero al llegar enseguida me doy cuenta que otra vez es lo mismo que el día anterior, por lo que no tengo tanto apuro, regreso, me afeito, me ducho, me visto y me tomo un café escuchando el piano de Bill Evans, y ahora sí, voy al trabajo. O al menos allí parece que estoy cuando mi compañera Marisa me besa con la dulzura de una amistad o cuando un bochinchoso ruido me llama la atención, sin alcanzar a determinar si fue un portazo, una ventana que cayó o un estampido en el estacionamiento. Pero es suficiente para entender que hay vida. Después me olvido y continuó con lo que estaba. ¿Y dónde estaba? Ah, claro, estaba cruzando una calle cuando de repente oí un bocinazo, que para algunos resulta más fácil que pisar el freno, incluso en sueños. Sin embargo, en éste caso el conductor no me estaba apurando el cruce, sino que lo hacía en señal de saludo y al verlo, me doy cuenta que es un tío al que hace rato que no veo. Cruza la calle y estaciona junto al cordón, tras lo cual se baja y me da un abrazo con su alegría inconfundible. Me habla en ruso, o por lo menos, asocio esos sonidos que no comprendo a tal idioma porque alguna vez visitó Moscú, recuerdo bien. Pero no puede ser… porque los recuerdos quedaron allá abajo, sobre la almohada. Entonces empiezo a desconfiar, la visión se turba un poco y ahora que lo miro bien, no es mi tío fallecido, sino un antiguo jefe que tras el retiro se radicó en Noruega y hoy está de visita. Me despido alegando llegar tarde al trabajo y nuevamente me saluda estrechándome en un abrazo. No alcanzo a cruzar la calle y veo que Marisa detiene la camioneta delante mío y me hace señas para que suba. Miro con suspicacia. ¿Otra vez suena el timbre? Esto ya lo soñé.

De Plutón, con cariño

Nota previa: este es uno de los primeros relatos que escribí, hace poco menos de cinco años. Para esta publicación no se le modificó siquiera una coma al texto original. La imagen corresponde al eclipse de anoche.

Hace unos meses, se presentó un representante de Plutón, experto en asuntos terrícolas, en la Comitiva para Asuntos Espaciales de la República. El muchacho, delgado, de mediana estatura, cabello corto y prolijo, aparentemente humano él, ¡bah! al cuerpo se lo podía asociar a la raza humana, casi sin discusiones, pero, como portaba consigo una credencial con el cargo mencionado, de dicho planeta, hacía, mínimamente, dudar de su procedencia. Los científicos argentinos, algo incrédulos ellos, se lo tomaron con humor -raro-, y le siguieron el planteo al joven plutonita.
Luego de una exposición de casi dos horas, en las que Toreaux , nombre con el que se dio a conocer el muchacho, explicó de la manera más sintética posible, que su planeta había sufrido la fragmentación en su gravedad natural en una región del mismo, y muchos plutonitas delincuentes de la zona estaban utilizándolo para emigrar hacia otros planetas, lo que resultaba terrible en el balance planetario con respecto a índices de delincuencia interestelar.
Por esa vía, no sólo viajaban ases del hampa galáctica, llamados allí “enrochos”, sino que además era utilizada por hábiles creadores de falsas promesas y vendedores de ilusiones, conocidos como los “credularios”.
Toreaux explicó que tanto enrochos como credularios trabajan en conjunto, intercambiando beneficios. Para ellos, claro. Unos con su habilidad para el engaño, otros con su habilidad para trasladar objetos sin el consentimiento de sus propios dueños. También llevaban adelante sus prácticas solitariamente sin inconvenientes con similares resultados.
Por razones fractales que supo explicar bien, Toreaux mostró, claramente, que la mayoría de estos galactodelincuentes tenían como destino el planeta Tierra. Por lo tanto, el muchacho, visiblemente avergonzado por el accionar de sus coplanentarios, solicitó al grupo de científicos un lugar de lanzamiento para ir desalojando la Tierra de estos atorrantes que habían caído sin autorización, tanto de su planeta origen, como del destinatario.
Para crear la planta de lanzamiento hubo que utilizar varios credularios plutonitas que insistan en los beneficios para los habitantes de la zona, ocultando los verdaderas intenciones de la planta y los inconvenientes que causaría: los cientos de puestos de trabajos que serían para ellos, que la lluvia después de cada lanzamiento traería chocolates y un sinfín de etcéteras. La gente, corrompida, aplaudió.
Luego de instalada la planta de lanzamiento, muchos habitantes de la región esperaban ansiosos el lanzamiento del primer cohete. Pochoclos, garrapiñadas, hasta panchos y hamburguesas eran los olores que predominaban en el ambiente. Otros continuaron con su vida normalmente, sin interesarse en tremendo espectáculo. Dicho cohete llevaría sólo un tripulante, de quien no se daría a conocer su nombre, hasta se cumpla su misión: volver a pisar la luna, clavando, esta vez, la bandera del municipio donde se asentaba la planta. Algarabía y furor reinaba en los pensamientos de esa gente ilusionada.
Días después, los científicos de la Comitiva para Asuntos Espaciales dieron a conocer el resultado de la fracasada misión: el cohete se había desintegrado al atravesar la atmósfera lunar y junto con él, su tripulante: el can Totono.
Sin embargo, se comenta por allí que los científicos escondieron el verdadero resultado de la misión, pues, según dicen, los avergonzaba. El mismo sería una foto que envió Toreaux, el real tripulante, desde un asentamiento en la Luna, donde afirmaba: “No vuelvo a la Tierra ni en broma”.

Intacta

Otra vez tu y yo frente a frente. Un doble espejo que refleja lo que somos, si es que somos, momentáneamente. El silencio cala profundo en nuestros corazones y se instala densamente en el aire que nos circunda. Algunas teclas se interponen y, lejos de separarnos, nos acercan el uno al otro. De la blanca pureza que te caracteriza sólo queda el trasfondo de lo que eres. Sobre ti se imprimen caracteres que dan forma a algo tangible y con el poder intrínseco de la interpretación a la que será sometido. ¿Qué se puede decir de mi que no lo reflejes tú? Lo que se ha dicho y lo que no. Lo que se entiende y lo que queda en el tintero aún por decir. Algunas letras hablarán de ti y te alabarán. Sin embargo, qué decir de esos ojos expectantes que se quedan fijos ante tu radiante luminosidad. Eres casi el fondo de este texto y casi pasas desapercibida. Pensar que sin ti no habría letra posible. Eres una inagotable posibilidad en la que se puede plasmar la nobleza de un pensamiento profundo o el vil insulto despechado. Pero, ¿de dónde saca sus más valiosos tesoros el hombre? Aquél que capta tu simplicidad no olvida que de la nada trascendente que insinúas surgen innumerables reflejos en tu plena vacuidad. Que es completa en sí misma. Quien emplea el vocabulario para llegar a un corazón sabe que en ti se funden acentos, vocales y consonantes, mezclados entre signos comunes que formarán palabras, y crecerán en oraciones, ramificándose en frases ordinarias y de las otras para llegar a aquél que te ignora concentrando su atención en lo propiamente dicho, pero sabiendo que eres tú quien da esa posibilidad de hacer blanco en una aletargada conciencia de ser, acostumbrada a pasar por alto la fuente perenne que imparte realidad a la existencia de las cosas. Y allí sigues tú, intacta como siempre. Pareciera que las letras precedentes no te hubieran tocado.

Séptima

 

Tras caer del balcón de la casa de su novia, Arturo había muerto por sexta vez y según sus cálculos le quedaban de una a tres vidas. Pero una inquietud lo azotó: ¿era todo parte de la misma existencia o vivía diferentes vidas disociadas? Ignoraba si los demás sentían la misma preocupación por conocer la verdad o si les daba lo mismo. Lo cierto era que Arturo yacía sobre el pavimento cuando llegó la ambulancia y lo trasladó al hospital. En el trayecto, una doctora le dijo que estaba vivo de milagro. Él consideraba todo como un milagro, por lo que las palabras de la diplomada poco le decían. De no saber de él, había llegado a observar el mundo, y ese era el milagro primordial que Arturo comprendía. Sin embargo, pensaba en lo rápido que se iba la juventud. La subida a la montaña rusa de la vida era lenta, muy lenta, pero después bajaba tan aceleradamente que no había tiempo de tomar nota de ello. Una vez en el hospital, Arturo recibió asistencia médica y reposó en una de las salas del lugar. A su lado, había un hombre sin rostro. No se puede decir que el hombre era un descarado, pues denostaba su vergüenza al hablar. Simplemente, no tenía rostro ni expresión al hablar. ¿Pero tenía boca? Claro, con todos sus dientes y partes constitutivas que la declaraban como tal. También tenía ojos que le permitían ver a su interlocutor, que en este caso no era otro que Arturo, con quien compartía la habitación, a quien oía a través de dos grandes orejas. Y una nariz larga puntiaguda se asomaba en el frente. Pero todo esto no daba la imagen de una cara, propiamente dicha, sino que eran partes disgregadas sobre un cuerpo en el que ni adivinando se vería un rostro y el hombre carecía así de uno, como el resto de los ciudadanos. No había en él un todo constituyente como para que cualquiera pueda decir: mirá la cara de este tipo. En ese sentido, y sólo en ese, era un tipo diferente. En todos los otros, era uno más.
-¿Qué le pasó a su rostro? –inquirió Arturo, cuestionando no por el hecho de que le haya sucedido algo a él, sino más bien por su ausencia.
-Lo perdí jugando póquer. –respondió el hombre.
-¡A quién se le ocurre apostarlo!
-A mí. –Dijo el hombre secamente- Antes había perdido el auto, la cama y la dignidad. No me quedaba nada más por apostar.
-Son las consecuencias del vicio del juego. ¿Por qué está aquí?
-Apendicitis. ¿A usted qué le pasó?
-Tropecé en un balcón y caí al vacío, que no era tal pues estaba lleno de pavimento y terminé con moretones y varios raspones.
-¡Qué mala pata!
-Dígamelo a mí. Mire cómo tengo el tobillo.
-A usted se lo digo. ¿Hay alguien más acá?
-Era un decir… Oiga, he escuchado que se practican implantes de cara, podría solicitar uno en todo caso para volver a ser como todos.
-También lo he sentido, pero no estoy interesado. Además, mi antiguo rostro ya no lo podré recuperar, seguramente estará muy lejos de aquí, siendo apreciado por vaya usted a saber quiénes.
-Ahora no puedo ir, por la pierna debo permanecer en reposo, pero anóteme la dirección de donde se encuentra su rostro que lo iré a ver en cuanto salga de este maldito hospital.
-Era un decir, joven. ¿Usted no distingue cuando le hablan en serio de cuando no?
-A veces. Ahora no puedo pensar con suficiente claridad como para reparar en la diferencia. –esgrimió Arturo.

Le dolía todo. El efecto de la anestesia se estaba diluyendo y Arturo comenzaba a sentir los embates del dolor causado por la caída. El hombre sin rostro también sentía dolor y gemía y se quejaba de manera alborotada, pues carecía de dignidad. Arturo se aguantaba bastante la molestia. Allí fue que llegó la enfermera de ronda y le preguntó si necesitaban algo. El hombre dijo morfina y Arturo pidió un cigarrillo, pero ambas solicitudes fueron denegadas.
-¡Cómo se pianta la vida! –Dijo el hombre sin rostro- Primero se va la juventud a una velocidad pasmosa. Después se pierde la salud que al menos nos daba cierto margen de error. ¡Y ni hablemos de dinero!
-Así es. –dijo Arturo.
-Uno no piensa en estos problemas cuando es joven y goza de buena salud. Pero deberían advertirlo a uno de lo que le espera por delante en su trayecto a la eternidad. No hay atajos, al parecer. Si me hubieran dicho lo que me esperaba me plantaba a los veinte.
-¿Le parece?
-Sí. Una vida alegre y feliz, corta y fructífera. ¿Qué más se puede pedir? Después de eso empiezan a venir los achaques de la edad, esperando no caer en la senilidad.

Arturo se quedó dormido en la cama donde reposaba. No oyó nada cuando ingresó el médico a observar el estado de los pacientes, ni cuando entró el apostador que le había ganado el rostro al hombre de la cama contigua. Tampoco oyó la voz de Nancy, su novia, que en el sueño le decía: hay que ser salame para tropezar en el balcón. Tal vez era eso mismo lo que Arturo pensaba del suceso. Que era un salame. Por eso no le sorprendió cuando despertó aterrorizado porque un sánguche de salame devoraba su cuerpo, masticándolo sin compasión. El sandwich mostraba signos humanos en su apariencia, tales como cierta simpatía y una verborragia poco usual en esa especie. Cuando despertó, Arturo vio al hombre a su lado más alegre que antes, con una expresión en su rostro ( el apostador se había apiadado de él y se lo reintegró en un acto de verdadero altruismo ) que denotaba cierta felicidad.
-Se lo ve mejor. –dijo Arturo.
-Me siento con la frescura renovada ahora que recuperé mi rostro. Además, el dolor ha cesado bastante en su ataque contra mí y eso me permite desentenderme un poco del asunto. Pronto estaré nuevamente en el ruedo, apostando con un par de reyes.
-Tenga cuidado con eso, no sea cosa que se arrepienta de perder lo poco que le queda.
-¡Bah! El que no juega en la vida paga el precio de tomarla seriamente, y es un costo muy elevado por cierto. –Dijo el hombre con rostro afable.
-Sí, es cierto, pero no por ello hay que perder cualquier cosa en un partido de naipes. –argumentó Arturo.
-Me parece que usted argumenta por temor.
-¿Temor? ¿Qué temor?
-Tiene miedo de perder.
-No, por favor. No tengo nada que perder.
-¿Está seguro? Tengo una propuesta para hacerle…
-¿En qué está pensando? –inquirió Arturo.
-Me gusta su reloj. Le apuesto el mío a que me voy antes que usted de este maldito hospital.
-Hecho. –Dijo Arturo poniéndose de pie- Si quiere se lo puede ir sacando porque ya me voy.

El texto

Había una vez un papel en blanco, que de a poco, letra a letra, palabra por palabra, de punta a punto, fue cobrando vida, transformándose en El texto.
Se dice que, desde su comienzo, el mismo no decía mucho, era más bien parco, escueto, pero con el pasar de los términos fue haciéndose paso entre el público por su locuacidad. Si bien, pocos conocieron de cerca el crecimiento del mismo, muchos lo reconocieron recién cuando éste fue grande, aunque su grandeza no era tal para sí mismo, ya que de él poco hablaba y no aceptaba cumplidos, salvo contadas excepciones. Mientras se desarrollaba, él ocupaba sus quehaceres en mantener la serenidad, no por saber de la eternidad sino, más bien, para no dejarse arrastrar por la celeridad de las demandas periódicas. A diario, mantenía el orden en sí mismo ocupándose de llevar una simple, pero pulcra, puntuación.
El texto se mostraba indiferente tanto a elogios como a críticas, lo que le daba un sentido de equilibrio, rechazando ambas posturas. Si bien, hay quienes quisieron darle un tinte de ambigüedad, El texto era concluyente.
Cada tanto, aparecía un nuevo párrafo donde El texto se manifestaba abiertamente. Había quienes pensaban que éste carecía de contenido, pero El texto no les contrariaba, pues creía que ese adjetivo era insustancial. También estaban quienes le criticaban su desinterés general, pero El texto poca importancia le daba a ese tipo de críticas, confirmando la exactitud de las mismas. Claro que había quienes atribuían ese estado como  propio de su ecuanimidad, pero no había palabras en que El texto lo reconociera. Otros lo calificaban como de gran negación; él sólo parecía indicar, con pudor, que no era para tanto. A veces, algunos se quedaban un buen rato, leyéndolo, saboreándolo, pero no arribaban a conclusiones demasiado satisfactorias a pesar del impacto de la primera lectura. Otros, procedían a una segunda lectura para ver si podían extraer algo más de él, pero era en vano: él ya había dado todo de sí. Es verdad que hubo quienes lo quisieron replicar, pero El texto no sería el mismo, evidentemente.
Según se desprende de El texto, la firmeza del mismo está basada en alguna franca convicción, que transmite lisa y llanamente, aunque quienes lo han analizado, nunca se han puesto de acuerdo en certificar qué es concretamente aquello que expresa el mismo. Se dividen las aguas entre los que aducen tenacidad superlativa y los que alegan capricho o berrinche. No obstante, El texto no daba indicios de inclinarse ni por una ni por otra posición. Fue así, que otros analistas oportunistas quisieron imponer su postura de que El texto se declaraba en estado de perfección, pero el mismo se negó rotundamente.
Están quienes dicen que El texto era el sentir general de negativa a la explotación comercial de sí mismo brindándose gratuitamente por considerarse moralmente con la frente en alto, pero El texto se opuso tajantemente. Quizá esperaba retribución de alguna índole, pensaron entonces, aunque El texto también lo negó, reiterándose.
Hubo quienes, inexactamente, lo quisieron catalogar en primera instancia de antipático, pero El texto crecía en simpatía mientras se esparcía entre quienes lo leían, y en algunos hasta propiciaba algarabía, dicha o alegría. A otros parecía, simplemente, nada les decía.
Seguramente, también estarán aquellos que opinen de El texto sin siquiera conocerlo. Para ellos y para todos aquellos que deseen conocerlo, cito literalmente El texto:
“No.
No.
Y no.”

Pinceladas VI

pince6

Estoy observando una cara en el espejo. Parece un rostro conocido, con un gesto que no habla, pero interpreto por sus arrugas que hoy le pesa la vuelta al trabajo. La doy vuelta y es una seca. Podrá contar con el deceso de alguna madre o de alguna esposa, si es que se toman la molestia de despedirse en un día como hoy, donde toca regresar al trabajo. Pero eso no sucede. Nadie se brinda cuando es necesario sino que lo hacen en momentos inoportunos. Navidades y cumpleaños, o cuando están cerrando el negocio de sus vidas. Qué se le va a hacer, decía un maestro hindú. Pero en Punta Alta no hay maestros y la India es un lugar inhóspito que no visitaría ni vacunado. Hay otra posibilidad que se baraja para extender las vacaciones que como estrategia legal es factible: dar parte de enfermo. El problema es conseguir un médico que me firme que tengo rubiola, zika o mal de chagas. Lo descarto y me termino de afeitar. No queda otra que poner el hombro, bajar la cabeza, ajustar el cinturón, lustrar los zapatos y mirar de frente el problema. Y ahí estoy otra vez en los límites de un espejo empañado por el vapor que expidió la ducha. Prendo la radio para escuchar a alguien que despotrica contra los políticos, los de ayer y los de hoy. El desayuno no está servido. Qué raro. Ahora recuerdo que mi mujer ya no me acompaña, pero qué habrá pasado con mis hijas siempre tan atentas… Bueno, lo más probable es que estén cuidando a sus nietos ahora que lo pienso. Y siguiendo esa línea resulta irrefutable que a esta altura ya no tengo que ir a trabajar. Por un momento me quedé como suspendido en otra época, de menos colores, menos luces, menos palabras. Menos tránsito también. Estoy esperando que el semáforo cambie a verde para poder cruzar. Febo asoma. Un ruido ensordecedor me hace mirar hacia arriba para ver qué sucede en el éter y comprobar que es un helicóptero el que se desplaza por allí. Detrás una bocina se deja oír. Miro el semáforo y sigue en rojo. El chofer del remisse se impacienta porque su próximo pasajero no sale de la casa. Una señora pasa caminando por la senda peatonal con cierto apuro. Observo de reojo el semáforo sobre la calle perpendicular y veo que está en rojo al igual que el que me habilitaría el paso. Es un momento de incertidumbre que un peatón se lo toma con humor. No hay malabaristas a esa hora, ni gente que te ensucie los vidrios, pero justo una paloma sobre el tendido eléctrico se ocupa de ello. Apago la radio, prendo el aire y miro la hora. Ahí me veo cruzar la calle saltando con un portafolios negro y guardapolvos blanco yendo a la escuela alegremente. Los dioses juegan con la imaginación y el hombre se divierte. Enfrente en lo más alto hay una pantalla que transmite anuncios publicitarios. Un motor levanta las persianas del comercio que está debajo. Al lado, hay un muro con algunas pinceladas que simulaban algún tipo de flores de colores y un verso dícese poético, y a mi lado, de un automóvil oscuro, se oye electrónica dícese música. Prendo la radio, apago el aire y oigo la hora. Se me va a enfriar el café. Finalmente, alguien aprieta el botón del verde para darme el paso. Acelero y ya no hay semáforos que me detengan en el tiempo ni espejos que me anticipen cuarenta años ni imaginación que se retrotraiga otros tantos. Bajo del auto y activo la alarma. La voz metálica me dice en qué época estamos. Vibra mi celular en el bolsillo del pantalón. Es un mensaje que me recuerda el vencimiento de la factura telefónica. Escucho un clarín cercano, o es una trompeta, pero no tengo tiempo de mirar. Justo a tiempo, marco tarjeta y sello el fin de las vacaciones.

Pinceladas V

 

Parejas, familias y amigos están congregados alrededor del mate en torno a una estatua de San Martín que pronto será reemplazada por la de un yaguareté o un guanaco autóctono. A la historia siempre se le puede agregar un antes, como lo hacían las hipótesis paleontológicas ampliamente difundidas y aceptadas, total pocos se iban a dar cuenta del fraude y si se lo contradecían abiertamente se los iba a tomar por locos. Por eso había que andar con sigilo. En el monumento había varios grafittis que las últimas pinceladas no habían alcanzado a cubrir bien. Una niña andaba en bicicleta y un chico lo hacía en una patineta eléctrica, ambos contentos y sin dilemas en su inocente pureza original. Desde esa posición en el parque se pueden observar las construcciones alejado del ruido de la ciudad e impregnado por la vida natural que allí se presenta. Pero había que volver, hay que volver tarde o temprano. Bajé por la pendiente hacia la calle 11 de septiembre y varios obreros de la construcción hacían su aporte a la arquitectura puntaltense. Ruidos de palas, mazas, cortafierros, taladros, amoladoras y hasta alguna hormigonera en tan solo cien metros daban cuenta del ajetreado trabajo de los albañiles y sus peones con el que finalizaban las labores esa tarde. Desciendo la empinada calle Espora y por delante cruza un colectivo repleto de hinchas con banderas y entonando cánticos o insultos cantados. Es una visión de otro tiempo, en enero no hay fútbol en la ciudad. Igual me parece que son fanáticos de Comercial de Ingeniero White. Algunas luces del tendido eléctrico ya se encendieron a pesar de que todavía el sol no bajó. Para contribuir al ahorro de energía que propone el gobierno le pido una gomera a un chico que se entretiene tirándole a unos pájaros y en el primer intento le doy al foco. Por un momento soy el niño que no sabe nada del vandalismo que se habla en las noticias. Intercambiamos roles, avanzo y me alejo. Me detengo frente a la fachada de una casa mal pintada. Por el ladrido de los perros me doy cuenta que es mi casa y me observo a través de las paredes sentado escuchando música de Bill Evans que los sonoros escapes de las motocicletas que pasan por la cuadra no permiten apreciar en plenitud. Atravieso las paredes y estoy otra vez en la vereda caminando. Mis hijas me saludan al llegar con amigas e intercambiamos besos y una breve conversación acerca de dónde andaba cada uno, cómo estuvo el día y otros diretes. Sigo con rumbo oeste según indica la brújula, ahora apurado porque son las últimas horas de vacaciones y aún no me fui. Me topo con una bella mujer, que a su vez es dios. Algún distraído puede pensar que es un travesti. No es así. Me dice que el hombre está condenado a vivir. No la escucho más a pesar de que me sigue hablando y continúo caminando. Llego a las vías tapadas por la tierra y miro para ver si viene algún tren, por las dudas. Con tantos cambios uno nunca sabe cuál es el último tren que pasa en la vida. Subo al terraplén y detrás del alambrado la figura de un soldado con un perro ambos pintados de negro mate, en un cartel, me dicen que el paso está prohibido. Emprendo la vuelta para ver qué señala el exiliado General.

Pinceladas IV

 

Seguí caminando mirando hacia la Punta Alta bajo un cañón escondida en la Base Naval. Cuando el tiempo sobra, el trabajo escasea. No tenía inquietudes pasadas ni por venir, pero igual los pensamientos se debatían en el tiempo. La nostalgia me dice que el pasado fue más feliz. La esperanza señala al futuro como el tiempo promisorio. Ambos divagues sirven para evadir el presente que se presenta como aburrido y a lo atemporal como inexistente, cuando es lo que le da el toque de sentido al mero vivir. Pero la tendencia social es la acaparación, y no me quería quedar sin mi pedazo de la torta. Entré a Zama y pedí una porción. En el camino pasé por el supermercado chino sito en calle Rivadavia también y compré yerba para un mes y, por supuesto, para esa tarde también. La joven que estaba en la caja no hablaba bien el español pero los números los manejaba a la perfección. Cuando salí pasé por la última calesita en estado de semiabandono. Había un revistero en el cual compré un libro que me llamó la atención. No fue por el título, ni por el autor, ni siquiera por el diseño de tapa. Era de una editorial uruguaya que había publicado un libro más que interesante de un autor de aquél país. Torta, mates y un libro me decían que no era una tarde más. De pronto empieza a llover y lamento no haber salido en auto o no haber tenido la precaución de mirar el pronóstico del tiempo. A los chicos que hacen piruetas en patinetas sobre el edificio del registro civil no les importa. Busco refugio bajo un toldo y espero un remisse. Por suerte el libro vino envuelto en nylon por lo que está protegido contra el agua. Si es malo tal vez me sirva para dar comienzo a un asado en alguna oportunidad. Todo es sagrado hasta que sabe a impureza. Los pocos paraguas que veía habían crecido en tamaño con respecto a otros más antiguos. Alcé la mirada al cielo y todo arriba se había tornado gris, a excepción del blanco de la iglesia María Auxiliadora. El auxilio que esperaba de un remisse se hacía desear. Extrañamente cuando llueve no se oye música en las calles y el sonido de la lluvia prevalece junto con el de los motores que transitan por el asfalto. Pasa un remisse y le hago señas. Se detiene, por suerte, y me traslada a la vivienda. El chofer va escuchando debates de la actualidad social que pronto serán olvidados. Por lo menos se entretiene durante el viaje diario. Las esquinas presentan abundante cantidad de agua, pero todos pasan con cuidado. Llegamos pronto a casa y me despido cuando me estoy bajando del coche. Abro la puerta y rápidamente compruebo que se me cortó la luz. Le pregunto a la vecina, que sale con un paraguas, si ella tiene y me responde que no, también se le cortó. Entro tranquilo y recuerdo aquellos tiempos en que los cortes eran frecuentes cuando llovía y se propiciaba un encuentro diferente familiar iluminados por la luz de una vela y con una radio a pilas. Después volvía la televisión y las burbujas. En esos tiempos me topé con un disco de Sex Pistols que nunca escuché titulado “La estafa continua” o “La estafa continúa”. Un acento puede significar una gran diferencia, a saber, que puede denotar que la estafa es persistente o casi permanente, o bien que en algún momento comenzó y aún sigue vigente, pero con el indicio de que tendrá fin. A fin de cuentas, lo que cuenta es que había una estafa en curso y me dispuse a investigar.

El lenguaje irreverente del ser

Llegué tarde desde que caminé desde el andén del tren, entre Esteche y Hernández. Me puse suéter verde y regresé. El mequetrefe del jefe me entretiene:
-¡Pérez! ¡Dele que me olvidé del cable!
Es bastante impaciente. Me pide boludeces y que le deje el volquete libre. Me alejé. Después me encontré billetes en el sobre de Inés, le apoyé el paquete:
-¡Qué ojete que tenés! Tocame el pene.
-¡Callate, pedante! ¡Comete ese bife! -me dice después del golpe de revés.
-¿Querés coger? Subite. Tenés goce libre.
-Depende… ¿tenés detergente? -me retuerce el marote Inés.
-¿Qué tenés en el pesebre? -le retruqué entre dientes.
-¿Querés ver? Llamame el viernes. Silbame antes.
Se fue diligente y elegantemente. Miré ese traste. Me quedé caliente y retomé el viaje. En frente, divisé el plumaje de ese orate de Méndez. Medité verle y hablarle. Crucé valientemente. Le dije:
-¡Levantate salame! ¿Qué hacés en el durmiente?
-Me tiré. Me enfermé. Me engripé y me vacuné. Me quedé conforme.
-¡Paciente torpe, Méndez! Entregate, tenés que vender.
-Never. El pupitre que fue del desguace es suficiente.
-¿Compraste el desodorante el jueves? -le pregunté.
-El miércoles. Empecé clases de ajedrez en el “Godínez”. Es buen deporte.
-Te felicité anteriormente. Escuchame: traete el soporte del tele de led. -le dije.
-Que el elefante demente celebre el martes trece, Pérez. Enterate, siempre puede haber peces soeces.
-Hacete coger, deficiente.
Le dejé. Es imberbe Méndez, me trae languidez. Regresé en serie. Visualicé el remisse de Andrés. Le detuve.
-Llevame.
-Tenés que pagarme.
-Ponele…
-Jodete. Que te lleve el presidente.
Se fue. Me quedé en el café. Metete en el toilet, me dije. Tomé el cel. Llamé entre heces y papeles. Atiende Inés:
-¿Quién es?
-Pérez. Te silbé antes.
-Contame, ¿tenés leche en el estuche?
-Decime, ¿querés verme? Te llevé flores este mes.
-Querete, Pérez. ¿Tenés que ser petulante? Podés amarme, besarme, siempre que toques suavemente este clavel.
-Disculpame, en vez de hacer que se me seque el tanque podés abrirte.
-Te perdoné. Volvé. Trae chocolates que te dejen inconsciente.
-Inés, te pregunté y pendiente escucharte quedé.
-¿Qué te aflige?
-Decime, ¿me querés?
-Despreocupate, prendé el follaje que este bosque arde.
Corté. Seré infame. Siempre que me olvide, recordaré desde el alféizer: el comprender de mujer me hace doler, es menester atender ese saber. Me senté en el retrete y estornudé.

Pinceladas III

 

Estoy en la carnicería esperando que digan en voz alta mi número. Faltan dos. Un hombre recibe un llamado por teléfono y se va a atender afuera. Dicen mi número y pido dos kilos de asado y otros tantos de vacío. Pago con tarjeta, además, la bolsa de leña y algo de pan. Es domingo y ya se ve el humo invadiendo el aire sobre las casas de Punta Alta. No sé si menos que antes. El antes y el después son meras conjeturas. Cuando estoy por arrancar con el fuego llega mi cuñado y me dice que lo hace él, mientras que ya empezó por el vino. Aprovecho para darle unas pinceladas a las rejas que me dan la sensación de que brindan seguridad. Por lo menos si un ladrón se le ocurre saltarlas lo mínimo que espero es que se pinche un huevo. Alguien ya preparó mates y se acerca para ofrecerme uno. Me limpio las manos manchadas con pintura con un poco de aguarrás y lo bebo. El vecino me pregunta si tengo internet; le digo que hoy no conecté ningún dispositivo así que no sé. Vuelve al rato para avisarme que ya tenía conexión, pero andaba lenta. Se escuchan las últimas campanadas tocadas por un monaguillo. Es temprano para el asado, pero tarde para ir a misa. Por suerte la congregación en facebook está abierta las veinticuatro horas. Miro las rejas y considero que el trabajo está cumplido. Me voy a caminar con el perro. Una vecina hace lo mismo y los animales se olfatean entre sí. A mi olfato llega el olor de algún pollo que ya está sobre la parrilla. En un quiosco que atienden desde la ventana adornado con globos multicolores pido un paquete de pastillas. Pago y espero el vuelto que no va a llegar porque parece que el precio era justo el billete que entregué. Está justo, me dice la niña que me atiende, y me voy. En una esquina el asfalto se hundió y un cráneo ocupando funciones públicas pergeñó la idea de poner un cartel que indique que hay un badén. Pobre el burro que pone el lomo. El perro ya está con la lengua afuera y a mí me duelen las piernas por lo que empezamos a emprender la vuelta a casa. Me detiene una compañera de colegio que no recuerdo y me acuerdo del cuento del tío. Los recuerdos parecen darle placer, como si lo que apareciera en la pantalla de la memoria fuera de un tiempo feliz. Sin embargo no, en ese tiempo todo era igual, pero el fin de una historia parecía inexistente y la juventud no tenía preocupaciones a la vista ni problemas por resolver. Nos despedimos con un beso y cada quien retorna a lo que lo atañe. Los perros ladran atrás de las rejas y detrás de los portones de las casas, cuando escuchan pasar al que me acompaña. Pocos autos por la calle circulan sin la prisa de la semana. Hay boletas de partidos políticos en el buzón de una casa abandonada a su suerte esperando la sucesión por los herederos, si es que los tuvo, y enfrente un automóvil de otra época que duró más que lo estimado: un Ford T bordó. Adelante de ese, un Ford Ka del mismo color, que extrañamente no sufrió un boicot mediático por la connotación política. Suena la sirena de los bomberos y varios perros empiezan a aullar. No hay remisses, ni motos que hagan demasiado ruido y casi no se ven colectivos. Pasan algunas lanchas o kayaks, pero todavía no está lloviendo. Llegamos a casa y la mesa está casi lista con diversas ensaladas sobre ella. Está la familia, los niños, el vino, el asado, pero tengo la sensación de que algo falta. Me siento en el sillón y busco un párrafo de Kafka que no publican en internet.

Pinceladas II

Me detiene un hombre para preguntarme cómo hace para salir a Bahía y cortésmente le señalo el camino. Como vista gratuita tendrá el cementerio local para confirmar que el tiempo es limitado. Una pareja de recién enamorados me pregunta dónde encontrar un cine y, con rubor, le indico el mismo camino que al anterior caballero. Desapareció la pantalla grande acá, pero las domésticas siguen creciendo a paso firme. Otros pasan hablando por celular sin tener mucho por decir. Y los más jóvenes siguen chateando creyendo que están conversando. Baja de un camión un hombre de gruesos bigotes y me pide que le indique algún hotel barato para pasar la noche. Los más barato es pensar; el aire acondicionado y el agua potable han subido al compás de la inflación. Un perro anda suelto buscando algo para comer entre unas bolsas de desperdicios. Continúo caminando y observo a un pintor retocando la fachada de una casa de frente marrón con vivos blancos. Veo muchas casas que no tienen ventanas a la calle. Los que miran afuera lo hacen a través de la tecnología de la época. Tal vez por las ventanas a la calle lo hace sólo alguna viejecita que ya hizo lo que tenía por hacer en vida y nada más le queda esperar. O quienes esperan que algún cliente ingrese a sus locales de venta al público. Uno entra a una rotisería tras dejar el auto en marcha y me pide que si veo que vienen los agentes de tránsito les diga que es un minuto. No me alcanza a escuchar cuando le digo que me estoy yendo. No sé dónde voy, pero me alejo, lo que quiere decir que me acerco a otra cosa o lugar. Bueno, un lugar es un conjunto de cosas. O un vacío de cosas en todo caso como un desierto, aunque no tanto porque hay tierra, espacio, fuego, aire, pero escasea el agua. Tengo sed y me compro una coca en el camino. En la calle no hay vendedores de ningún tipo. Si te tocan el timbre tenés dos posibilidades: o te vienen a cobrar o buscan fieles para las religiones que quedaron de pie. Si es visita te llaman por teléfono desde la puerta y si es un remisse te toca bocina. Suena una bocina y miro para ver quién está detrás de los vidrios polarizados, pero el saludo es para una mujer que viene caminando de frente y agita la mano en señal de que el saludo era para ella. Uno toca bocina y desde el auto que atraviesa la calle transversalmente le responden. Nadie grita “diario” y al afilador se lo escucha una ocasión cada semestre, pero bastante seguido se escucha por un altoparlante que todavía compran calefones. Pienso en el calefactor y considero que lo tengo que hacer ver antes de que llegue el invierno. De paso me compro una frazada que en esta época no sé por qué parecen menos costosas. Me dicen que todavía no entraron, debe ser por eso. De inversiones no sé nada, pero por las dudas pregunto el precio del ladrillo. Antes de cruzar por la esquina miro para ver si viene algún vehículo y veo que en calle Luiggi hay cinco contenedores y un ciruja en dos de ellos buscando hacerse unos pesos con lo que derrama el capital. Después te dicen que no hay laburo o que los jóvenes no tienen porvenir en la ciudad si no entran a la fuerzas. Hay un personaje que en su locura le da un tono de color a las calles corriendo los autos. Había otro que tomaba vino con el mate sentado en la vereda. Una chica que apenas supera los veinte años tiene más tinta en la piel que sangre en las venas. La miro y me sonríe. Hace calor y esta noche de verano no habrá bailes ni sueños.

Sosiego

Estaba cansado por el trajín de la semana, los conflictos sociales, la parálisis creativa y la turbulencia política. No obstante, salí a caminar. Estaba anocheciendo y el andar casi a tientas en la penumbra de la ciudad me despejó las ideas, templó mi ánimo y apaciguó mi espíritu exaltado. Al emprender el regreso, recorrí un camino hasta hoy desconocido por el que vislumbré nuevas arquitecturas y luminarias modernas. Unas cuadras antes de llegar a casa escuché una voz que me saludaba.
-¡Leo! ¡Leo!
Miré en todas direcciones y, aunque creía reconocer la voz, mi cansancio y la miopía me impedían encontrar al portavoz ya entrada la noche. Inmóvil, como estatua recién tallada, lo escuché nuevamente aún sin divisarlo:
-¿¡No me vé o so ciego?!

Pinceladas I

En Punta Alta no quedan bares de mala muerte. Los beodos perdieron su lugar de encuentro de estaciones pasadas con sus pares y ahora su soledad es más angustiante. Cada tanto te cruzás a uno que te dice que venimos necesitando un cambio, aunque no aclara si habla por los de su condición. La vecina trata de hacerle entender que el cambio ya se plasmó mostrándole las últimas boletas de luz, pero él saca un puñado de billetes arrugados y hace la cuenta para ver si le alcanza para otro vino y se aleja, así, por un rato de sus preocupaciones. Tampoco quedan casas de mujeres de mala vida. Las fachadas de las construcciones donde se alojaban invitan a otro tipo de esparcimiento y ellas han aprendido el arte de vivir. Un infante corre a la par de otro que, subido a una bicicleta, también aprende de las caídas. Las pocas edificaciones más altas no llegan a treinta metros de altura, pero las miradas de los pobladores más veteranos que deambulan por la aldea dibujan una parábola descendente que se pierde irremediablemente a un paso de distancia de la punta de sus zapatos, rememorando lo que pudo haber sido y con una incertidumbre que pesa sobre sí desde un tiempo inmemorial: qué será. Acelero al cruzar la esquina y escuchó que un pibe grita “auto”. El que está frente a él recoge la pelota y corre hasta la vereda. Pegarle al asfalto duele como la puta madre, pero ver la pelota ingresar pegada al palo ante la estirada del arquero te hace olvidar el dolor con la satisfacción de un logro infantil en el imaginario de llegar a grande un día. Un joven encera el auto al ritmo de un reggaetón en la vereda, ahí donde quedó el cantero en el que bajo un olmo la sombra de un hombre de pelo blanco vestido con una musculosa que hace juego con su cabello está tomando mates con el vecino y ven pasar un muchacho en bicicleta que de su bolsillo un tango interpretado por una banda de rock los retrotrae cincuenta años. Te acordás hermano… le pregunta un feligrés frente a casa cuando salen de la misa. Pero no, el otro no se acuerda. Prendo “Volver” y las tabacaleras están en la cúspide del negocio. Un amigo me dice que para estar tranquilo tengo que fumar. Él no lo hace, pero me prendo un cigarrillo y le doy la razón. Recojo los zapatos que compré hace dos meses y los llevo al zapatero Heredia. Cuando llego me doy cuenta que pusieron una verdulería ahí donde estaba el taller. Aprovecho que bajó el tomate y me llevo un kilo. En la esquina está parado un patrullero. Parece que hubo un choque. Los curiosos se acercan a ver qué pasó y entre ellos estoy parado con un par de zapatos rotos en una mano y una bolsa con tomates en la otra. Ningún herido por suerte, me dice una señora, pero mire cómo quedaron los autos. Miro un rato y luego emprendo el camino de retorno con tiempo a favor y viento en contra que les hace trabajar el doble a los barrenderos municipales. El ruido vehicular es una constante a esa hora, pero los domingos en la calle reina el silencio. Suena una alarma mientras atravieso toda la cuadra a pie. Después no la escucho, no sé si la desactivaron o es un sonido que ya no me llama la atención. Pasan un par de atletas. Los reconozco por su vestimenta fluorescente, antes era más difícil saber qué hacían. Hay un muro pintado con una obra de un artista local. Más adelante del trayecto otra pared tiene inscripciones con aerosol. Nombres y una declaración de amor fechada que quedó en el tiempo. Me detengo antes de cruzar la esquina porque viene un colectivo con dos pasajeros que se están por bajar por la puerta delantera. Después cruzo a paso firme. Antes de llegar unos gorriones y alguna torcaza despegan del césped y emprenden vuelo hacia un árbol enfrente. En la puerta me dejaron un impuesto para pagar y el diario enrollado que también tengo que pagar. En uno leo que aumentó y en el otro alcanzo a ver en un titular que subió el dólar algunos centavos. Busco la llave para abrirla y no la encuentro, ni tampoco la billetera en la que me quedaba un billete de Rosas nomás y dos monedas. Creo. Le pregunto si tienen hora a unos jóvenes que veo tomando una cerveza enfrente. Dejo los zapatos en el canasto donde pongo la basura y vuelvo a la verdulería a buscar las llaves. Se me hace tarde para dormir la siesta.

Somnolencia

El tiempo trae y el viento se lo lleva. La frágil sublime existencia de la hormiga está a merced de la lluvia o un pisotón. Pero las hormigas no tienen relevancia en la sociedad de los poetas tuertos. Las impresiones causan una distorsión de lo evidente que nos mantiene entretenidos en la arbitrariedad de las palabras. Cada tanto me pregunto qué debería preguntarme y encuentro que no encuentro las preguntas. Las diversas ideologías que pululan el espacio caducaron hace tiempo; sólo quedan colecciones de oraciones en un cúmulo borrascoso de vacío. Una vela se enciende y todo se inunda de luz hasta que nos tapa el agua y en penumbras, distraído, me duermo. Otra vez escucho el viento. La corriente se los sigue llevando.

La carta perdida

Cuando revisó sus archivos, no la encontró. Buscó entre sus correos antiguos, pero tampoco la halló. Él la recordaba con cierta simpatía, a pesar del carácter disuasorio que poseía en sí misma. Revisó entre todas sus carpetas personales sin suerte. El orden no era una de sus mayores virtudes. Utilizó un buscador en su máquina para buscar entre sus documentos, pero entonces no recordaba las palabras exactas que había utilizado en la misma, por lo que probó con algunos términos sueltos para ver si arribaba a algún resultado satisfactorio. Realizó varias búsquedas en torno al amor, pero no la halló. Refinó su búsqueda de acuerdo al tipo de archivo que podía llegar a ser, pero no la encontró. Hizo lo propio respecto al odio y, no obstante, no arribó al resultado esperado. Tal vez, no la había guardado, pensó.
Sin embargo, él la recordaba con cariño. Si hubiera sido de puño y letra, hasta quizá la tendría colgada en un cuadro en alguna de las paredes de su departamento. Despertaba en sí mismo sentimientos encontrados. Por un lado la atracción. Por el otro, cierto rechazo. Como núcleo central de la misma, la mismísima expresión natural de ser. Porque eso era parte del mismo sentir. No estaba separado, no eran dos cosas. Era parte de un mismo todo.
Volvió a buscar entre sus correos. Quiso recuperar los correos anteriormente eliminados y encontró muchos. Los revisó, uno por uno, pero no estaba la que buscaba. Encontró varias, en diversos tonos de expresión, pero no manifestaban lo mismo. No tenían la calidad de ese sentir tan inequívocamente señalado como único. Esa cualidad no se encontraba en las demás. Quizá en parte de ellas, pero daban lugar a la ambigüedad. No así en la carta que él buscaba.
Él creía que pudo haber sido la última, pero su frágil memoria, tal vez, le jugaba una mala pasada y, quizás, haya sido la primera. ¿Había lugar para semejante confusión? Pudo haber sido el comienzo de una relación con ella, por qué no. Y casi sin lugar a dudas, con ella se pudo haber terminado la misma. Aunque, él y su memoria la asociaban más a una expresión momentánea de descarga de vitalidad que al inicio o la finalización de una relación. No obstante, él recordaba la carta con afecto.
En algún momento, creyó que tal vez la hubiese impreso y buscó también entre sus papeles. Encontró letras de canciones, vieja correspondencia que mantenía con una amistad lejana, algunos manuscritos y también alguno de sus poemas.

Creyéndose en libertad
vagaba tu corazón.
Un día cayó en prisión
hoy vive en seguridad,
tan sólo con la misión
de huir de la soledad.

No encontró la carta. A medida que la buscaba, creía recordar cada una de las palabras que la componían, que le daban cuerpo a la misma. No eran muchas, por eso las recordaba con cierta facilidad. ¿Podría, quizás, reproducirla fielmente en caso de no hallarla? No lo sabía, por eso no detenía la búsqueda. Era, en ese momento que tanto la deseaba, cuando más la recordaba. Siempre con cierta ternura hacia ella. Esa carta lo había puesto en su sitio. Fiel, verdadera, ligera. Sin vueltas, sin rosca de tuerca. Era, lisa y llanamente, la manifestación de un sentimiento. Del sentimiento, por excelencia.
Pensó que, quizá, otra de sus cuentas de correo haya sido el destino que tuvo aquella carta, y allí fue que buscó. Revisó cientos de correos recibidos sin fortuna. Revisó en la papelera, pero no la encontró tampoco allí. Tal vez haya respondido a ella, y allí estaría, también, la carta perdida. Pero fue en vano. No la encontró.
Se tomó su tiempo para pensar. Intentó recordar. Se preparó un café mientras pensaba. Quería reproducirla. Sabía, con total certeza, cómo comenzaba. Así fue que lo apuntó en un nuevo archivo. Quería tenerla nuevamente, y apuntó. Apuntó el encabezado de la carta. Era el siguiente:

“Amor:”

Sabía que no podía ser de otra forma. Las cartas más bellas que había recibido comenzaban así. Por eso la recordaba con cierta simpatía. No dudó. Después, recordaba gran parte del cuerpo de la misma, lo sabía de memoria porque hacía blanco en lo profundo de su ser. Con la completa certeza de saber cuál era el cuerpo de la carta, lo apuntó seguidamente:

“Te odio.”

Tan sólo le quedaba recordar quién había sido su remitente. Y como su memoria solía jugarle bromas pesadas, resolvió, junto a su sentido común, darle por firma a quien no podía negarse que haya sido verdaderamente ella, para tener, así, una fiel reproducción de la carta perdida. Y lo apuntó:

“Yo.”

Reflejos

El espejo refleja un momento de la existencia, un tiempo particular de la forma, de su apariencia. La fotografía hace lo propio, en canon invertido, y el tiempo da la sensación de que se ha logrado perpetuar la apariencia de índole puramente temporal. El divague al que sucumbe el intelecto ante las impresiones recogidas hace creer que se ha logrado vencer el plano temporal de la existencia, o al menos da la pauta de que todo lo pasajero se puede retener por algún tiempo más de lo que dure. Para ver un espejo, hay que asomarse a él; para salir en la foto, hay que peinarse.

Los libros

En mi casa de la infancia, los libros ocupaban un rol preponderante, por eso los cuidábamos mucho. Tal es así, que cada vez que se rompía la pata de alguna cama ( las camas antaño eran de peor calidad ) unos cuantos libros la sustituían. Nunca supe bien qué decían esos libros, ni de dónde salían, pero nunca regresaban a la biblioteca. Ocupaban durante años un sitio bajo las camas, cumpliendo una función impensada ( impensada por el autor ) pero de gran utilidad para el hogar. Con el tiempo la biblioteca, un mueble rústico con puertas vidriadas que rescaté y mi mujer está empeñada en tirar, fue mermando su variedad, la cantidad de libros disminuyó considerablemente. Libro que salía, no volvía. Hace unos años, unos chiquilines ingresaban al garage donde la biblioteca juntó polvo durante años y se fueron llevando los últimos hasta que un cartel con birome y un alambre los detuvo en su afán afanil: “si te agarro te mato”.

Cómo convertir un texto malo en uno bueno en minutos

Lo primero a tener en cuenta es que un texto malo se puede obtener tanto de producción propia como ajena ( salvo que usted tenga una opinión de sí mismo demasiado alta y se crea incapaz de escribir textos malos ). En este último caso se debe tener en cuenta que la obra puede ser denunciada como plagio por lo que se debe tener preparado algún tipo de defensa de la misma, si se desea conservar los derechos de la obra.

Lo siguiente es llevar el texto escogido previamente a un estado en que se visualice claramente como incompleto. Para ello, se puede suprimir uno o varios párrafos, oraciones o simplemente algunos sustantivos. Una vez realizado esto procedemos a la lectura del texto en voz alta, para percibir cómo suena al oído. Si es posible, se lo leemos a alguien que nos pueda llegar a dar una opinión valiosa del mismo, si sabemos que nos valorará positivamente mucho mejor.

Posteriormente, añadimos párrafos u oraciones ( no importa si son malas o buenas ya que el veredicto lo obtendremos al final por la obra en su totalidad ) en el sentido que más nos plazca. No escatimemos deleite. Hacer lo que más nos gusta es importante porque eso es lo que después leerá el destinatario de nuestra agraciada obra. Utilice oraciones en imperativo con moderación. Interactúe con la comprensión del lector, pero no lo adule en demasía pues puede ser muy perspicaz y quizá abandone la lectura antes del éxtasis final al que se lo que quiere llevar.

Luego, para darle mayor importancia a lo que usted ha escrito y/o robado por ahí, reemplace varios verbos por otros que no necesariamente compartan el mismo significado. No se preocupe aquí por el sentido del texto y cuestiones fútiles de esa índole. Recuerde que usted tenía entre manos un texto malo, por lo que aquello que decía allí era pura vanidad, nada de mayor relevancia. Emplee verbos desconocidos para el lector común, quien sin dudas tendrá por usted la mayor estima cuando tenga que recurrir a un diccionario para entender qué ha estado expresando usted.

Utilice libremente su sexto sentido: el humor. Hacer reír y dar qué pensar es siempre valorado por la inteligencia del ser humano. A veces la combinación de dos o tres palabras puede justificar una lectura de poco genio. Si tiene pocas ocurrencias manifiéstelo con lo mejor de su capacidad: yo no sé.

Cada vez que incorpore un párrafo, piense si realmente hay necesidad de él. Si la respuesta es negativa, añádalo sin culpas pues para todo lo innecesario hay un mercado gigantesco que comercializa un sinnúmero de productos y, finalmente, su obra no escapa a esta ley.

Si puede establecer dentro del texto alguna polémica, como por ejemplo declarar que a pesar de tanto entretenimiento que se vende aquí y allí el hombre sigue sufriendo como hace dos mil quinientos años, o peor aún, más informado, hágalo abiertamente. Recuerde que el lector agradecerá la verdad, aún cuando tenga temor a ella de manera infantil, pues es benigna y abierta. Sin embargo, si usted la desconoce no se exprese como si supiera lo que está declarando pues los reproches no tardarán en llegar y con ellos la desazón del lector.

Finalmente, quite toda ambigüedad que el texto pueda dar. Borre sin límites todo aquello que invite a la duda y a la desconfianza. Usted debe brindar certezas. Un texto endeble seguirá siendo malo, mientras que aquél que le dé cierta saciedad al lector será considerado por éste como aquél que le salvó el día, y no digo que lo tenga como uno de los mejores que leyó, pero sí como uno al que considerará sinceramente bueno.

Y… ¡voilá! Lo ha logrado.

Por el desagüe

Esta mañana me pasó algo curioso. Entré al inodoro y salí por el del vecino. Caminé embadurnado en líquidos cloacales y materia fecal por la habitación en busca de una toalla para limpiarme un poco, pero no la hallé. Regresé al baño y me di una ducha con detergente para higienizarme bien. Cuando me estaba secando con una remera, por el inodoro asomó un vecino ( otro ) que estaba buscando enajenado a su mujer que se había fugado con el panadero por el desagüe del bidet.