Suyas

Su teléfono hacía las veces de cerebro.
Su voz, repetía como un eco opiniones adosadas tanto a las ‘suyas’ que eran casi indistinguibles unas de otras. Y este mecanismo había obrado así por lustros.
Pudo corroborar que en nada se diferenciaban de aquellas que había ido recogiendo, a las que observaba con simpatía, un cariño reservado a la persona por motivos ajenos a las mismas.
Un día, marcado en el calendario digital como viernes 11 de …bre, empezó, dícese dio inicio, a escudriñar lo que traía a cuestas. Encontró, no sin sorpresa, algún conocimiento que, en su momento, lo guardó como opinión. Lo valoraba, lo llevaba como un tesoro olvidado, pero no sabía hasta entonces de su condición.
Sus ojos describían órbitas elípticas que no guardaban reposo siquiera en sueños, al menos los ojos internos. Las puertas del infierno se abrían de par en par, para entrar, para salir. En el umbral había a un lado un cancerbero que, lejos de amedrentar, uno se apenaba de verlo yacer huesudo y moribundo al custodio de semejante empresa. Y al otro lado, un enorme jabalí de unos colmillos largos y filosos, de cuyo escupitajo habría surgido el hombre. El cancerbero llamado Tan daba la orden con un gruñido lastimero para que Athos, el jabalí, atacara cuando un interno quisiese salir. Como contrapartida, Athos emitía unos gemidos histéricos que parecían una estúpida risa, mientras Tan se acurrucaba con la vista perdida en el horizonte, dejando el paso libre al visitante aventurado.
Sus manos obraban cual máquina inerme que reincide en sus acciones, como el crepúsculo que en su iteración pierde observadores, pero en su mística los conmueve, y el observador torna sobre sí embriagado con la prístina visión. Y esa reincidencia opacaba el destino creador que portaban, mas no llegaba a dominarlo en sus fatuos malabares que le daban, ni más ni menos, que el sustento diario.
Su corazón bombeaba y bombardeaba sus arterias de sopor, tedio cotidiano con disfraz de diversión, que le eyectaba una sonrisa paulatina que en cualquier conversación se salía de las comisuras amenazando al interlocutor con morderle las orejas, o al menos es lo que aventuraba Gracie cuando conversaban de amores perdidos y del futuro esquivo.
Su nariz tomaba registros del ambiente que no coincidían con el pronóstico. El olor a putrefacción al pasar por donde los mendicantes recogían las sobras de fast food slow death le abría surcos entre las imágenes que poblaban su pensar.
Su sangre recorría caminos previamente trazados, con bifurcaciones y empalmes donde se desviaba su conducta, cabalgada por su carácter. Al llegar a sus extremidades inferiores, un magma efervescente de prejuicios le aquejaba, propiciándole migrañas inacabables, sostenidas por rígidos tendones.
Su estómago fluctuaba al procesar, y esas fluctuaciones emitían penosos quejidos o segregaban llantos emotivos que pugnaban entre lagrimales por salir de las trincheras.
Su teléfono, que hacía las veces de apéndice, sería extirpado por una cirujana que cumplía funciones de terapeuta en el empíreo, ante el discurso anodino de sus cavilaciones.

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Vida del blog

Podía decirse que el blog estaba vivo, a pesar de que no respiraba el mismo aire que nosotros. En realidad, nosotros respirábamos aire pero no era el mismo en todos lados, ya que muchos lo respirábamos con otros aditivos, polución, smog, alquitrán y demás impurezas. Pero no todos, dependiendo su situación geográfica y económica. El blog estaba vivo, pero no era por mérito propio –exclusivamente- sino por la asistencia de cientos de visitantes que le daban color, como las flores a un cementerio, y eso hacía pensar que el mismo era un lugar donde los visitantes –al menos en principio- estaban tan vivos como el mismo blog.

Pero el blog no despertaba curiosidad alguna, ni tampoco podía decirse que se le rendía pleitesía, o que abrigaba admiración. El blog estaba vivo en términos virtuales porque había movimiento, que es lo que llama la atención, cosa que la quietud no hace, al menos en el observador tuerto.
Dicho movimiento era dado por factores que –cuentan los astrofísicos- están determinados por las órbitas de los planetas, el brillo de las constelaciones, las parábolas de los meteoritos y la indumentaria de las estrellas de Hollywood en noches de gala. Todos los astros de la galaxia –incluso futbolistas de renombre- coincidían en la encumbrada posición del blog ante los innumerables visitantes.

Pero el blog, una tarde de invierno como todas las tardes de invierno en que mueren los árboles, murió, no en términos virtuales sino astrales. Nadie volvió a pisar ese lugar en el ciberespacio caído en desgracia. Los visitantes fueron redirigidos hacia otras distracciones por la Osa Mayor, Mbappé y el anillo de Saturno que dirigían la batuta. Ni siquiera ellos sabían ni comprendían su accionar. El aburrimiento era así, caprichoso, movía las cosas y la gente de un lado para otro.

Con el tiempo o sin él, años después, el blog quedó firmemente enraizado en la nube como un árbol dador de vida, como un olmo que ofrece peras, una ridícula e inverosímil expresión literaria, como un arroyo que lleva, de la fuente al océano, inagotable, manantial de vida que las bestias solían beber en sus orillas.
Cada tanto aparecía un muerto buscando vida, alejado de la subsistencia mundana, y se encontraba con ese reguero de manantial, con ese trasfondo de agua pura que detentaba el blog sumergido en la deep web. Y el muerto bebía y volvía a la vida. Luego se marchaba para volver a morir, o distraerse, según lo que dictaran los astros.
Y así fueron arribando al blog incontables vivos, muertos, bobos y tuertos, otra vez a ponerle condimentos a la sepultura, desde donde resucitó el mismo blog, para asombro de algunos pocos que lo habían dado por muerto. A los vivos le resbalaba vida y muerte. Y muchos bebieron de sus aguas, comieron de sus peras, recobrando vida.
Esto fue mal visto por algunos directores y guionistas en Hollywood, que creían ver mermar sus ventas en productos de merchandising, por lo que solicitaron sea retirado de la existencia.
Pero había un pequeño problema: el blog había cobrado eternidad y ya no podían matarlo; a lo sumo, esconderlo, ocultarlo.
Se les ocurrió eliminar el servidor que lo alojaba y con eso creyeron que sería suficiente para destruirlo.

Hay quienes dicen que hoy el blog está alojado en la red interna de una multinacional de gerentes franceses; otros dicen que el blog sólo es accesible desde el África meridional; y algunos afirman que el blog está sentado a la izquierda del Señor por los siglos de los siglos.
También están los que juran que el blog ha sido visto desde Andrómeda y que se actualiza los jueves por la noche.

Intacta

Otra vez tu y yo frente a frente. Un doble espejo que refleja lo que somos. El silencio cala profundo en nuestros corazones y se instala densamente en el aire que nos circunda. Algunas teclas se interponen y, lejos de separarnos, nos acercan el uno al otro. De la blanca pureza que te caracteriza sólo queda el trasfondo de lo que eres. Sobre ti se imprimen caracteres que dan forma a algo tangible y con el poder intrínseco de la interpretación a la que será sometido. ¿Qué se puede decir de mi que no lo reflejes tú? Lo que se ha dicho y lo que no. Lo que se entiende y lo que queda en el tintero aún por decir. Algunas letras hablarán de ti y te alabarán. Sin embargo, qué decir de esos ojos expectantes que se quedan fijos ante tu radiante luminosidad. Eres el fondo de este texto y casi pasas desapercibida. Pensar que sin ti no habría letra posible. Eres una inagotable posibilidad en la que se puede plasmar la nobleza de un pensamiento profundo o el vil insulto despechado. Pero… ¿de dónde saca sus más valiosos tesoros el hombre? Aquél que te capta en tu simplicidad no olvida que de la nada trascendente que insinúas surgen innumerables hechos que reflejan tu plena vacuidad, que es completa en sí misma. Quien emplea el vocabulario para llegar a otro corazón sabe que en ti se funden acentos, vocales y consonantes, mezclados entre signos comunes que formarán palabras, y crecerán en oraciones, ramificándose en frases ordinarias y de las otras para llegar a aquél que te ignora concentrando su atención en lo propiamente dicho, pero sabiendo que eres tú quien da esa posibilidad de hacer blanco en una aletargada conciencia acostumbrada a pasar por alto la fuente perenne que imparte realidad a la existencia de las cosas.
Y allí sigues tú, intacta como siempre. Pareciera que las letras precedentes no te hubieran tocado.

La dimensión de lo desconocido

 

Arturo había soltado las amarras del pasado ( y por lo tanto su presa sobre el futuro ) y se había sumergido en el presente. Pero no estaba anclado siquiera en el hoy. Su vida no discurría sino que era un entero ahora. Por razones de conveniencia para el lector, esta historia parece transcurrir en el tiempo, pero esto sólo debe tomarse como una cuestión puramente literaria. Arturo como tal había cesado y sólo quedaba su presencia en el eterno ahora; lo que discurría era mera apariencia con ínfulas de historia.

Arturo observa la pantalla delante de él. Una imagen le llama la atención. Es una bailarina de danza clásica disfrazada de pantera rosa, pero con una peculiaridad: no es la pantera rosa, sino un flamenco. Arturo cliquea reiteradamente. Uno de los impulsos de su dedo índice le devuelve una leyenda sobre el monitor indicándole que debe reiniciar la máquina.
-Ya está. –Dice Arturo- Para la próxima, ya sabe, Teodomira, nada de darle clic a cualquier video que aparezca por ahí.
-Gracias, querido. Vos sí que siempre me salvás las papas. –afirma Teodomira al retirar la bandeja de papas del horno.

Arturo cobra por el servicio y se marcha de casa de doña Teodomira. Ésta prende la radio y escucha en las noticias que un huracán se cobra la vida de decenas de personas en el caribe. Arturo camina hasta un quiosco y compra puchos. Y un encendedor. Le da interacción a los objetos que acaba de comprar y pita el cigarrillo. El día está caluroso. A Arturo le suda la frente. Ve pasar un colectivo pero no es el que espera él. Un joven le pide un cigarrillo y Arturo le convida del atado que acaba de comprar. Arturo camina y se detiene frente a una vidriera de artículos electrónicos. Observa lo nuevo que allí se exhibe: un neofly, algunos bricgames y varios smartviews. Arturo piensa. O cree pensar. O simula pensar. Acuden pensamientos que le hacen sospechar que él hace algo –como pensar- cuando en realidad éstos discurren como el tráfico. Se le ocurre comprar un teclado pero revisa sus bolsillos y el efectivo del que dispone le hace caer en la cuenta de que no le alcanza para su propósito y lo descarta. Se acerca el 48 y cuando está delante de Arturo éste se sube en él, previo a hacerle un ademán al chofer con la intención de que entienda que quiere abordarlo. Paga el viaje y se sienta en uno de los primeros asientos libres que encuentra. A su lado está sentada una bella mujer. Tiene una cabellera abultada, con rizos castaños y ojos color miel. Lleva unos aros de oro en sendas orejas y tiene pintados los labios con un plateado llamativo. Arturo la observa con disimulo y procura entablar un diálogo. Poco a poco, descarta cada una de los temas de conversación que se le ocurren: el tiempo, su trabajo, el viaje en colectivo, la elegancia de la mujer. Nada le resulta propicio para comenzar a hablar con ella. De repente, se le ocurre una idea precisa para no incomodarla y, a la vez, iniciar una charla. En ese instante, la mujer le pide permiso para pasar frente a él y abandonar el colectivo, dejando a Arturo con sus esperanzas marchitas. Dialoga con una mujer mayor sentada detrás que le pregunta la hora. Arturo le miente con media hora de diferencia a la que es. Su actitud lo llena de culpa, cree que quizá la señora está con poco tiempo, no de vida, sino porque algo le urge. Pero no es así, la mujer está al pedo como alcornoque en botella vacía.
-Anoche no dormí bien, joven. –dice la mujer- Me quedé pensando en lo que tenía que hacer este día y caí en la cuenta que lo tenía libre para disponer de él como me pareciera. Por lo tanto decidí ir a hacer unas compras al súper para buscar lo que hacía falta. Sabe usted, jabón, champú, café, azúcar, esas cosas.
-¿Yerba? –inquiere Arturo para no quedarse atrás en la conversación.
-También, claro. Nos acostumbramos a los aumentos de precios que somos incapaces de formular una protesta seria. Si nos juntáramos a pedir para que hagan algo al respecto nadie nos creería. Sería como solicitarle al viento cesar en su servicio.
-Cierto, es uno de los males que nos aqueja, pero lo hemos asimilado y vivimos con ese quiste incorporado. –aclara Arturo.

La mujer abre un paquete de galletitas y le convida una a Arturo. Éste toma dos, le agradece y las come una a una. Tienen chispas de chocolate, como le gustan a Arturo. Divisando la proximidad a su destino, Arturo se despide de la mujer y camina hasta el fondo del colectivo. Toca el timbre y cuando la puerta se abre y el colectivo se detiene, emprende la retirada del mismo bajando por la escalinata. Tropieza con un peatón que lo insulta hasta en arameo. Arturo ensaya una disculpa, pero el hombre no parece comprender castellano. Camina hasta la puerta de su casa y al llegar encuentra sentada en el umbral a Nancy, su novia.
-Te esperé toda la mañana. –le dice.
-Estuve trabajando. –acota Arturo.
-Espero que no sea otra de tus típicas mentiras.
-¿Desde cuándo digo mentiras?
-Desde que te conozco. –responde Nancy.
-Entonces debo decir que no me conocés ni pizca.
-Es que no me diste tiempo suficiente para hacerlo.
-¿Y cuánto necesitás? ¿Diez años más?
-Mmmm… podría ser. ¿Tenés apuro? –cuestiona Nancy.
-Terminemos con esto. ¿Querés un café?
-Sí.

Ambos entran a la vivienda donde Arturo hace las veces de local. Prende la radio y se escucha el tema “Beutifull day”. Arturo prepara café para dos. Su novia se sienta en una de las sillas ubicadas alrededor de la mesa. Arturo lleva las tazas con café a la mesa. Lleva también cucharitas y azúcar. Prueba el café y lo encuentra a gusto. Nancy hace lo propio. Sentados frente a frente, Nancy rompe el manto de silencio tras un vacío de sonidos en la radio.
-Arturo, tengo que contarte algo.
-Si es una mala noticia ni me la des. Prefiero no saber.
-Te la voy a contar igual.
-¡¿Ahora?!

En la radio suena el tema “Desde este momento ahora”.

Moneda

Una moneda tiene dos caras: una te dice buen día, la otra, buenas noches. Con la cara te sonríe, con la seca se sonroja. Da la cara cuando ríes, y la cruz cuando le imploras.
Es tanto lo que puede llegar a durar que se han encontrado monedas de cientos de años, un poco corroídas, de tanto volar de mano áspera en mano delicada, de haber estado en bolsillos hasta caer rendida y devaluada sobre tierra firme.
Hay algunas de colección, y muchas que no valen ni una propina. Las monedas ya no las observan ni los niños, como curiosidad, ya que es sabido de qué se trata y a qué puede llegar a equivaler, por qué la puede canjear. Tampoco son contadas las monedas como símbolo de ahorro, pues su peso no equivale a tantos pesos, aunque a veces se cuentan para llegar a una leche o un poco de pan. Los comercios hace años que retacean las monedas y hubo un tiempo en que te daban como vuelto un puñado de caramelos canjeables por mercadería, aunque eso ha quedado en los tiempos en que a la moneda todavía le daba la cara.
La moneda se produce en serie, distante de lo artesanal, y se parece una a otra tanto como difieren unas de otras. Pensada para circular en territorio legislado, la moneda tiene un valor pequeño en comparación con otros valores que se ostentan.
A veces con símbolos patrios, otras con naturales, la moneda circula sin detenerse en los semáforos ni en sendas peatonales, y rueda cuando cae entre los dedos a perderse en algún charco. Los niños la recogen tras la sequía, para luego comprarse un chupetín o arrojarla a la fuente de los deseos más cercana pidiendo un alfajor o un trabajo para sus padres, según su inspiración. Los adultos, por su parte, la dejan ahí, mirándola con desdén, pues el valor que suponen no vale el esfuerzo de agacharse a recogerla. Y los viejos la miran con nostalgia: “Me acuerdo cuando con una de esas pagaba el colectivo…”.

La sentencia

El sol estaba asomando detrás del enorme edificio cuando Pío subió los escalones con cuidado, afirmándose en la baranda metálica. Al lado opuesto, observaba en los rostros de los allí presentes el juicio del mundo como un lastre demasiado pesado para soportar. Con vergüenza y timorato, bajó la cabeza fingiendo mirar cada escalón que pisaba, mientras en su fuero íntimo esquivaba las fulminantes miradas que provenían desde todos los rincones.
Un leve murmullo se escuchaba a su paso. “Miralo”, decía una voz avejentada. Una muchacha se acercó corriendo, se detuvo delante de él y lo escupió sobre el pecho: “¡Miserable!”, le espetó con furia para lanzarse llorando escaleras abajo. Pío continuó la cuesta hacia los tribunales con el semblante alicaído. Volvió a tomar coraje para mirar los rostros de los allí presentes, aunque lo hacía tímidamente, como de soslayo. Ninguno permanecía indiferente a su tibio paso. Creyó ver en un joven un atisbo de aliento, un resabio de comprensión y complicidad; “Estamos con vos”, adivinó. Pese al rechazo general que generaba su presencia, no se observaban signos de violencia explícita, más que miradas inquisidoras, dedos que lo señalaban, o algún comentario soez. Los escalones se le hacían interminables, y para recobrar fuerzas, cada tanto, echaba un vistazo a los que había dejado atrás, ganando impulso para continuar subiendo. No faltaba quien lo estuviera filmando en cada paso que daba, en cada gesto involuntario que vivificaba la situación del juzgado.
El policía que lo escoltaba, de paciencia increíble, en ningún momento intentó apurarle el paso o forzarlo a que subiera a mayor velocidad. Lo dejaba percibir la situación, las miradas, la rabia, el rechazo, aventurando la condena que le cabría, e incluso se tomaba su tiempo para tomar nota él también del marco que envolvía ese tormento.
Cuando subió el último escalón, se afirmó sobre el piso y respiró hondo. Había quienes bajaban y subían a un ritmo ajeno, y observó, detrás suyo, que varias personas habían estado acompañando su andar, pero al intentar mirarlos de frente, estos, como haciéndose los distraídos, o bien conversaban en voz baja entre sí, o miraban a su alrededor o se distraían con sus teléfonos celulares. Eran no más de cinco quienes evitaban el contacto visual con él; los demás, diseminados por las escaleras, lo seguían fustigando con la mirada acusadora.
En la sala había varias personas esperando la sentencia. El fiscal, al verlo ingresar secundado por el policía, se puso de pie y le propinó un irónico aplauso. Las voces eran ecos de lo que ocurría sobre las escaleras, un zumbido indirecto que envolvía el ambiente como un enjambre de abejas. Su abogado lo invitó a sentarse luego de palmearle el hombro. Pío bebió un sorbo de agua y se sentó a esperar la llegada del juez. Entrelazó los dedos de sus manos, que sudaban a pesar del frío, que hacía sentirse a esa hora en la sala. Se quedó observando un cuadro sobre el estrado que daba cuenta de una batalla de otros tiempos y creyó ver en él inspiración para la que daba en el presente: los rifles, eran su pluma; las balas, su tinta; los caballos, sus ideas; los soldados, sus seguidores; el sol, su horizonte. Sintió alivio, con la esperanza extinta, al creer que lo justo, aunque muchas veces tarde, tiene un reconocimiento supremo que excede la vida de una persona.
El juez hizo su aparición en la sala ante el silencio que dio lugar. Se acomodó protocolarmente, dando paso a la lectura de la sentencia. En el ambiente se había generado una cierta ansiedad, con tintes de tensión, por la espera del veredicto que todos preveían, amén de los detalles de la misma.
Durante la lectura, Pío se distrajo pensando en aquellas cosas que más lo habían movilizado durante los últimos años, entre las cuales impulsaba las ideas para una sociedad más justa, justicia que estaba a punto de finiquitar sus intenciones. Pensó en el desamparo, ya no en el suyo, sino en el de tantos que se veían marginados no sólo del sistema económico, sino de la cultura; y él consideraba que un magnífico edificio como el de tribunales había comenzado como un simple pensamiento que, como tantos, luego se materializó, por lo que se sentía en paz por su obrar. Estos, y decenas de pensamientos, se detuvieron en seco al escuchar, de parte del juez, la palabra perpetua, que le heló la sangre y endureció los tendones debajo de la nuca. Ese instante recapituló sobre lo que había estado escuchando sin atención, donde creyó percibir las palabras ´enemigo´ y ´rebelión´, entre tantas otras plagadas de tecnicismos, que estaba muy lejos de comprender.
Al finalizar, en la sala hubo festejos en una tibia excitación que rápidamente se disipó cuando a Pío se lo llevaron atravesándola. Las miradas pasaron a buscar humillarlo, acompañando con risas burlonas, que el mismo Pío ignoró. Un hombre parado en la puerta, vestido elegante, se quitó el sombrero y asintió con la cabeza al verlo de frente. Ese era el veredicto que Pío se llevaba consigo a la cárcel.
Luego, su abogado le explicaría que quedaba inhabilitado de por vida a firmar guiones de cine con su nombre, ni a realizar ningún tipo de publicación en otras ramas del arte con el mismo. No obstante, sin misas ni congregaciones, la sentencia había dado inicio a un culto que se extendería al bajar las escaleras.

Adicción a la dicción

-Su caso es el típico caso de sufrimiento agudo por hablar mal.
-¿Pero qué me dice? Si todo el mundo me alaba por mi dicción.
-No me refiero a cómo se expresa, sino más bien a qué es lo que expresa. Usted puede tener excelentes modos de expresión, pero manifiesta una profunda ignorancia de su propio ser.
-¿Cómo es eso, doctor? No logro entenderlo correctamente.
-¿No ve, González? Otra vez cae en los errores habituales. Usted dice que no logra entender, como si entender fuera un logro. O usted entiende lo que digo o bien no entiende. Es simple, González. Además, usted dice que no entiende correctamente, cuando entender presupone comprender lo que su interlocutor dice. ¿Se puede entender incorrectamente? Insisto,  usted ha hecho un abuso del lenguaje y ahora nos va a llevar varios años corregir su mal, González.
-Veo, doctor. ¿Pero, cuál es, en sí mismo, mi mal, como usted dice?
-Yo no arriesgaría un diagnóstico final. El abuso de la boludez al expresarse lo ha llevado a usted a un estado deplorable del cual no puede comprender siquiera una charla trivial, por muy banal que sea y por muy elocuente que usted sea al hablar. Sin embargo, la estupidez no puede ser considerada una enfermedad. Es un mal que nos aqueja desde hace milenios, sin dudas.
-Insinúa que soy un boludo, doctor.
-¡Pero no, González! Otra vez interpreta mal mis palabras. Intente serenarse y llegaremos a buen puerto. Usted… ¿se considera inteligente González?
-Y… más o menos doctor. Ahora, con lo que me dice, tengo el ánimo por el piso.
-Otra vez González cae en las acrobacias intelectuales que poco provecho le han dado. Cuando usted dice el ánimo, es decir, su alma, ¿cómo puede estar ella, que es lo más elevado en usted, por el piso? Usted debe considerar sus palabras, ellas deben encontrar el cauce por el cual fluir.
-Todo el mundo habla de fluir, parece que está de moda…
-Cuando usted dice todo el mundo, ¿a quiénes tiene en mente? Usted puede conocer mucha gente, pero difícilmente sepa la opinión de todos. Ni siquiera en una elección se sabe la opinión de todos. ¡Qué mal que habla González! Cómo pretende sentirse bien hablando así.
-Bueno doctor, no me rete. Me expreso con lo mejor de mis condiciones. Quisiera tener su comprensión de la vida, pero me parece poco probable que algún día arribe a sus conclusiones.
-Eso es lógico, González. Usted desconoce si esas conclusiones son mías propias o las obtuve estudiando a un tercero. Además, reincide en su mal uso del vocabulario al decir poco probable en lugar de improbable. Usted enfatiza la necesidad de llamar la atención, González, de allí su magnífica forma de comunicarse con los demás.
– Entiendo…
– No, González, si entendiera de verdad usted permanecería en silencio.
– ¿Hay alguna medicina para mi mal, doctor?
– La hay González. Pero nuevamente incurre en los errores al cuestionar, debido a que no es su mal, sino que es UN mal que usted padece. Su mal indica que es propiedad suya, el cual no es el caso.
– Pero en este caso, sí es mi caso.
– Vea, González, si usted quiere desafiarme le tengo que anticipar que usted puede terminar mal. Muy mal.
– No era mi intención, doctor, sólo quería validar sus palabras.
– No, González, no. Usted no quería validarlas sino que quería refutarlas. ¿Por qué insiste en desafiarme, González? ¿Usted desconfía de lo que le digo?
– Me cuesta creer que mi pesar es a causa de mi modo de hablar…
– Nunca dije eso. Lo que le he dicho es que su hablar, no su modo de hacerlo, revela un desconocimiento de sí que le ha causado toda la zozobra en la cual usted se desenvuelve y por la cual usted consulta con especialistas, una y otra vez. Su resistencia a creer muestra a las claras la desconfianza que tiene usted con lo que le digo.
– Disculpe, doctor. Es que es muy difícil confiar…
– Bien, González, reconocerlo es un primer paso, no menos importante que los subsiguientes.
– ¿Cómo continúa el tratamiento, doctor?
– Aquí tiene esta receta, González. Se toma una cada doce horas.
– Bien, ¿eso es todo?
– Eso es tan sólo el comienzo, González. Para continuar, recita esta oración veinte veces al despertar, veinte veces por la tarde y veinte veces antes de irse a dormir todo el mes hasta la próxima vez que me vea. Aquí se la anoté.
– ¿Mi mamá me mima?
– Exacto. Es la mejor forma de limpiar el contenido errático de su psique.
– Bueno, doctor, no sé qué decirle…
– Nada, González, no me diga nada. Vuelva el próximo mes para ver qué resultados obtenemos de todo esto. Es un proceso lento, pero con paciencia y perseverancia se puede superar el mal que a usted lo aqueja.
– Gracias doctor. No tengo otra palabra para agradecerle.
– No hay de qué, González. Le abona a mi secretaria antes de marcharse y le pide un turno para el próximo mes. Hasta entonces.
– Adiós.

El último post

De acuerdo a la orden expresa del Emperador del Universo, sir Francis Quo Topolli, este es el último post que se publicará en toda la Triple W y se mantendrá bajo esa etiqueta por tiempo indeterminado.
Siguiendo con sus directivas, absolutamente todos nos detendremos a pensar si cada post tiene valor, es bueno, aporta, enriquece al lector, etc. Y hasta tanto no tengamos una respuesta fehaciente y valedera, nos abstendremos de postear.
Asímismo, podremos debatir -en privado- las cuestiones a postear y cómo las encararemos de aquí en más.
Puede resultar que no estemos de acuerdo con la orden del Emperador, pero no nos queda otra que acatar o iniciar una revolución para derrocarlo.
Aquellos imberbes que se declaren en rebeldía y posteen a pesar de la orden del Emperador deberán afrontar los castigos pertinentes, según corresponda: horca, guillotina, hoguera o jaula de los leones. Además, no podrán presentar como alegato el desconocimiento de la orden, porque va contra las leyes y quedarían en ridículo.
Podemos tener como resultante de todo esto el acaecimiento de la locura en muchos de nosotros, ya sea por estar impedidos de postear o por estar privados de recibir posteos. Para ello, deberemos afrontarlo de la manera más civilizada posible, evitando todo tipo de desmanes y salvajadas los cuales podrían llevarnos a castigos más severos, como el ostracismo.
Procuremos sortear esta difícil situación de la mejor forma posible, con hidalguía, puesto que sabemos no hay mal que dure cien años.
Y entonces, cuando el Emperador deponga su actitud antiredsocialista, podremos postear nuestras mascotas o desayunos con total desenfado.

O quizás, si trabajamos para la causa, el Imperio caiga antes de lo pensado.
Recuerden que ‘el post mueve montañas’.

La misma historia

-¡Vamos! No nos demoremos o tendremos que pagar un alto precio por ello. ¿Qué esperas para venir? Quizás necesites un empujón para arrancar…
– Voy, voy. ¿Para qué tanto apuro, si al final siempre somos los primeros en llegar?
– Esta vez, con suerte, no seremos los últimos. ¿Estás listo? Raro tú tomándote tu tiempo extra.
– Listo. Vamos. ¿Tienes todo? ¿Dinero, cigarrillos, chicles, aspirinas?
– Enciende el coche de una buena vez. Espero que este aparato no nos falle. Hablé con Karina. Me pidió que la pasemos a buscar. Su remisse no llegó a tiempo y lo canceló. ¿Recuerdas donde vive?
– Era allí por Mitre…
– Exacto. Por momentos parece que la memoria te responde acordemente a la necesidad. Esta noche, por favor, no me humilles en público con tus anécdotas. Nunca terminas de contarlas. Eres el rey de la historia inconclusa. Deberías participar de algún taller literario o arte dramático. Así tal vez aprendas a finalizar tus historias.
– Mis historias son verdaderas.
– Puede ser, pero nadie te toma en serio. Además, si son o no de verdad es irrelevante. Una historia que no transmite más que una vaga sensación… qué importa si es verdadera o es una fábula de tu imaginación. Todos saben que inventas la mitad del asunto.
– Es para darle color, sino sería todo gris. O rosa.
– Para muchos, ya es color de rosa a pesar de tus historias grises pintadas con acuarelas secas. Sólo te pido que, al menos, inventes un final para ellas o mejor ni te atrevas a contarlas.
– Seguiré mi propio latido. A veces una historia sin final vale más por lo que deja abierto a la imaginación del oyente.
– El oyente imagina que eres un idiota. –le dijo María.
Rubén detuvo la marcha del auto en un semáforo en rojo. El tránsito había aflojado bastante a esa hora. A las pocas cuadras recogían a Karina de su casa.
– Hola, preciosa, ¿Cómo has estado viviendo estos días sin mí?
– Hola Rubén, hola Mari, ¿cómo están? Parece que llegaremos tarde esta vez.
– ¿Puedes creer que un jopo nos demoró más de lo podríamos llegar a pensar?
– ¡Un jopo, no te lo creo! Deben haber sido tus uñas y lo quieres culpar al pobre Rubén por ello. Rubén, ¿tienes alguna bella historia para contarnos esta noche? –preguntó Karina.
– Claro que sí mi vida, te elevaré por el aire con la historia de hoy. Recuerda asirte bien fuerte de la silla cuando comiences a oírla.
Llegaron los tres a la cena, mientras todos esperaban impacientes. Aún había lugares vacíos, por lo que no serían los últimos. Se saludaron con otros comensales allí presentes. Luego de un rato, la cena comenzó sin imprevistos. A María y a Rubén les habían asignado un lugar llegando a un extremo de la mesa, junto a la puerta que daba al patio. Rubén estaba cómodo allí, pero a María un poco le disgustaba porque quedaba distante de sus principales amigas, sentadas al otro extremo.
Mientras algunos aún no habían finalizado de comer el postre, Rubén, invitado por su auditorio, comenzó a narrar la historia de la noche, momento que muchos habían estado esperando.
– Comenzábamos a padecer el otoño, cuando el frío se hizo sentir en nuestros huesos. Recuerdo que Carlos me acompañó con la pasión que lo caracteriza. Limpiamos nuestras armas previamente. Nos tomábamos nuestro tiempo. La ansiedad es el peor enemigo. ¿Qué necesidad teníamos de apurarnos? Tomamos un café antes de salir de allí. ¿Les dije dónde limpiábamos las armas? Claro que no les dije. Lo hacíamos en el garaje de Carlos. Era básicamente una revisión. Una vez que tuvimos todo listo, partimos en su camioneta. El campo de Márquez nos estaba esperando. Mientras íbamos de camino al mismo, se me ocurrió que podríamos parar en la cantina de una estación a tomar algo, para entibiar el entripado. Era muy temprano para ser de día y muy tarde para ser de noche. Pedí un whisky y Carlos… Carlos no recuerdo. Creo que también pidió un whisky. No, pidió una medida de tequila. O tal vez dos. Luego de eso, apareció delante nuestro una figura que no distinguíamos si se trataba de una gacela o la cría de un venado. Alguien allí nos dijo que era esto último, por lo que decidimos no dispararle. Me pedí otro whisky, pues había calentado mis entrañas pero mi boca estaba amarga aún. Carlos ya iba por la tercer o cuarta copa de tequila. A unos metros, reposaba un viejo puma, encadenado a una viga del lugar. Se me dio pensar que podía llegar a tener hambre y le lancé la pata de un ciervo. El puma devoró con ahínco. Luego del cuarto whisky, apareció una muchacha que nos preguntó a dónde nos dirigíamos vestidos de soldados, cuestión que suscitó las risas más profundas que podíamos llegar a sentir, y le comentamos que veníamos de la guerra. Carlos aprovechó para narrarle sus proezas, que había volado tres cabezas de un solo disparo, cuando detuvo una bala con un encendedor que llevaba en el bolsillo de su uniforme y cuando me salvó la vida, asesinando al comandante del bando enemigo. Conversamos largamente acerca de la guerra que nos había involucrado y aquella chica pareció tomarnos aprecio. Rechazó nuestra propuesta de tomar algo con nosotros pues, dijo, estaba de viaje y no podía demorarse. La ansiedad, nuestro enemigo. Creo que ya había pedido una séptima medida de whisky cuando comencé a sentir mucho calor. Un calor que había comenzado como una pequeña punzada en el pecho y que luego se fue extendiendo hacia gran parte del cuerpo. Creí que se trataba de exceso de orgullo, pero resultó ser una abeja que inyectaba sustancia propia con su diminuto aguijón sobre mí. Carlos la colocó en un vaso de tequila y la ahogó allí. El cantinero miraba televisión. Pasaban un partido de básquet de alguna liga oriental. El puma rugía dando vueltas a la viga. De repente, el cantinero nos dio la noticia: se había terminado el whisky; no quedaba tequila. Tan sólo cerveza tenía para ofrecernos. Con Carlos decidimos continuar nuestro camino. Al llegar al campo de Márquez, lo primero que observé fueron unas aves volando a unos mil metros. Nos apenó pensar que varias de ellas cesarían su vuelo definitivamente. Decidimos entonces, de común acuerdo con Carlos, que ese día, la muerte se tomaría el día en honor a la vida. Enseguida, emprendimos el regreso, sin trofeos.

Algunos aplaudieron efusivos; los más sensibles lagrimearon. María se cubría el rostro con una bufanda.
Finalizando, Rubén dio un sorbo a la última gota que le quedaba de whisky.

Fotografía: L. M.

Si todos se tiran a un pozo

Nuestros viejos, es decir, los viejos de nuestros viejos, eran muy inteligentes. A los chicos les hacían preguntas para incentivarlos, como por ejemplo, cuando esos chicos querían hacer como todos, les preguntaban: ¿si todos comen mierda, vos vas a comer mierda?
Algo se despertaba en el interior del chico, el chico crecía, y esos viejos eran tenidos como gente realmente grande, y no sólo por los años.
Pero ahora no. Nuestros viejos quieren hacer como todos nosotros, que pasamos nuestro tiempo comiendo mierda.

 

La vanidad de las máquinas

 

Era la mañana de un sábado fresco y ventoso cuando Remigio salió de su casa. Caminó hasta el café de la esquina y llamó la atención del mozo tras sentarse en una mesa junto al ventanal que daba a la calle y por el que veía pasar a la gente presurosa para llegar a su trabajo. Pidió un café y esperó pacientemente. Leyó las noticias en el periódico: Desarrollan máquinas capaces de redactar textos de diversos géneros literarios. A Remigio no le sorprendió. Sabía que tarde o temprano las notas periodísticas serían redactadas por computadoras, así como los cuentos, ensayos o las novelas. Lo supo cuando perdió su empleo y Nuria le regaló un libro, “Superar una crisis”. Luego de leerlo, le quedó la sensación de que el autor había recopilado frases y párrafos disponiéndolos en cierto orden pero sin un sentido en que el autor reflejara conocimiento, no sólo de los términos sino de lo que con ellos quería decir. Cualquiera que lo lea en cierto estado de inestabilidad emocional, pensó Remigio, se vería arrastrado por las palabras sin tomar nota de qué era lo que se expresaba con ellas.
La nota explicaba ciertas cuestiones de las nuevas máquinas, como ser: para conjugar verbos las nuevas máquinas disponen de correctores especializados que se encargan de darle el tinte de color al fenómeno tiempo. Además, una amplia gama de sinónimos utiliza el redactor automático que le brinda al texto un sobrio bagaje cultural para beneplácito del lector. Lejos de suponer que con dichas máquinas muchos quedarían sin trabajo, ellas vienen a suplir el tedioso trabajo de expresar lo que al escritor/periodista le cuesta, y éste podrá con el texto en mano darle las pinceladas finales y estampar su firma al final del mismo.
El mozo le había traído su café. Remigio derramó el azúcar en la taza y revolvió. Máquinas y humanos, cavilaba Remigio, pocos verían la diferencia en estos tiempos. Humanoides, pensó. Luego se corrigió: subhumanos, devotos de la maquinización tecnológica. Aparatos subyugados. Conciencias retroiluminadas por haces de neón sumidas en quimeras. Observó sobra una pared una pantalla que la cubría en su totalidad. Bebió un sorbo de café. Una mujer ingresó por la puerta y se dirigió a la mesa donde estaba ubicado Remigio. Corrió la silla y se sentó frente a él.
-Hoy es tu día de suerte. –le dijo.
-Me parece que te confundiste… –dijo Remigio observándola. La mujer vestía un elegante vestido rojo que insinuaba sus curvas. Llevaba el pelo marrón ensortijado suelto y unos colgantes de plata. Sus facciones eran marcadas y sus labios tenían el color de los aros. De ojos verdes y nariz pequeña y puntiaguda, la mujer sonrió.
-Ninguna confusión, hacía tiempo que te quería ver Remigio.
-Veo que sabés mi nombre, pero yo no te conozco.
-Tenés razón, me voy a presentar. Yo soy Alena y te voy a llevar a donde jamás imaginaste.
-¿Disney?
-No, es un poco más lejos que eso.
-¿A conocer el Taj Mahal?
-No, no, más bien es otra dimensión.
-¿El interior de la pirámide de Gizeh?
-No, tarado. Te voy a matar.
-Ah… creía que era un viaje de placer, no de dolor.
-No te preocupes –dijo la mujer-, no te va a doler demasiado. Soy experta. Lo he hecho varias veces y nadie se quejó de mi trabajo.
-¿Cómo podés soportar el cargo de conciencia? –inquirió Remigio.
-Todo trabajo tiene sus daños colaterales. Lo llevo con elegancia, como podrás apreciar.
-Veo. Al parecer, carecés de sensibilidad, si no, no se explica cómo podés liquidar a gente inocente.
-¿Inocente? Todos tenían alguna buena razón para ser liquidados. El último era un estafador incurable.
-De ahí a que merezca la muerte hay un trecho. ¿Por qué no encarcelarlo?
-No habría corregido su obsesión. Era un caso perdido.
-¿Para quién trabajás Alena?
-Me contratan de diversas organizaciones e, incluso, del gobierno. Todos tienen sus motivos pero nadie quiere ensuciarse. Soy la chica del trabajo difícil. Para mí es lo más fácil de hacer.

Remigio empezó a sospechar con la última declaración de Alena. ¿Quién era realmente? No tenía la concepción de un asesino a sueldo, aunque detentaba su frialdad. No se preguntaba por los motivos que tendría esa mujer para finiquitarlo sino más bien por qué ella se dedicaba a eso particularmente. Si lo querían asesinar podían hacerlo en cualquier momento, sin excusas. Pero, por qué esta mujer tan elegante destinaba su vida a ello era, para él, un misterio.
-Y bien, ¿por qué aparezco en tu lista? –preguntó Remigio levantando las cejas.
-Consumo en exceso de sustancias tóxicas. Al parecer, eres un mal ejemplo para el resto de los integrantes de la sociedad de la cual sos parte.
-¿Sustancias tóxicas? ¡Apenas si fumo! –protestó.
-¿Te parece poco? Con tu vicio sugerís el camino de la enfermedad y la adicción a tus coterráneos. Esa irresponsabilidad se paga acá y en la China. A propósito de la China, después de vos me toca el caso de un dueño de supermercado chino.
-¿Y ese qué hizo?
-Desconecta las heladeras con lácteos por las noches para ahorrar en electricidad vendiendo productos susceptibles de generar problemas en la salud pública.
-Entiendo… pero matarlo, ¿no es mucho?
-Yo soy parte de este juego, no pongo las reglas. Soy un engranaje más en la inmensa maquinaria de la muerte.

La maquinaria de la muerte, repitió Remigio en su pensamiento, acaso todo estaba orquestado para eliminar a cierta gente como depuración de la sociedad. Era brutal y seguramente injusto, pero estaba sucediendo. ¿Desde cuándo? Quizá desde hacía mucho tiempo y nadie lo sabía, sólo quienes lo llevaban adelante. Pero habría que tener demasiado interés para ejecutarlo. Sin duda aquella mujer debía llevarse unos buenos dividendos por cada hombre que debía ejecutar.
-Te propongo algo, Alena.
-Decime.
-Te pago lo mismo que te pagaron por llevar a cabo el trabajo y me dejás en libertad.
-¿Dinero? ¿Pensás que hago esto por dinero? El dinero no tiene nada que ver en esto.
-¿Y por qué lo hacés? –cuestionó Remigio.
-Todos tenemos que cumplir con nuestros deberes. Huir del destino es cuestión de cobardes.

¿Un destino que la llevaba a matar gente? Qué clase de destino era ese… No podía ser, si no era una elección había algo que a Remigio le empezaba a rondar la cabeza y quería llegar al fondo de la cuestión, así sea lo último que lograra estando en pie. Sacó un cigarrillo y lo encendió. No eran nervios lo que sentía, ahora tenía la ansiedad de alcanzar a ver el panorama completo de la situación. Un fumador empedernido que alguien había decidido borrar de la faz de la tierra por su adicción. ¿Los matarían a todos? Sería un exterminio. Con ello no acabarían los males. Las enfermedades continuarían propagándose entre la gente. Soluciones descabelladas o locuras surgidas de la insensatez de algunos, quizá dirigentes.
-Tengo otra propuesta.
-Decime.
-Cambio mi identidad con la de un moribundo y das tu trabajo por realizado.
-Lo siento. Soy muy exigente conmigo misma y me propongo cumplir con mi obligación a rajatabla. –dijo la mujer. Ella lo observaba fumar. Colocó una mano en la mejilla y lo acarició- Sos lindo, ¿sabés?
-Gracias, vos… sos… muy hermosa, es una lástima que no vaya a poder seguir apreciando tu belleza.
-¿Y por qué no?
-Por eso de que me vas a matar…
-¡Bueno! Pero tengo mis tiempos, eso tal vez pueda esperar. Se me ocurren varias cosas para hacer antes.
-¿Como por ejemplo?
-Vamos a tu casa y te cuento.

Remigio pagó dejando quizá su última propina generosa. Caminaron juntos hasta la vivienda. Colocó la llave y abrió la puerta. Ingresaron a la casa y Remigio le ofreció beber algo. Alena asintió. Dejó su cartera sobre la mesa y rodeó a Remigio con un brazo. Él la abrazó y le acarició la cabeza. Enseguida se besaron. Alena le tomó rápidamente las manos como quitándoselas de su cabellera y lo condujo a la habitación. Ella se quitó el vestido y luego el sutien. Remigio la observó. Era una mujer deslumbrante. Desnudos se recostaron en la cama.
-Decime lo que me dijiste en el café.
-Me cambio la identidad con la de un moribundo y das tu trabajo por cumplido.
-¡Eso no, tontito! Lo de que soy una mujer hermosa.
-Alena, sos la mujer más hermosa que he visto en vida.

La mujer lo besó. Remigio recorrió su cuerpo con las manos hasta llegar a la cabeza. Localizó el interruptor, y esta vez, sin darle tiempo de reacción, la apagó. Se levantó y volvió a vestirse. Encendió un cigarrillo y observó el cuerpo rígido sobre la cama.
-Máquinas y humanos, -dijo Remigio tras dar una pitada- todos tienen su falencia.

 

Viejo amigo

 

En la plaza Belgrano se encontraron dos viejos amigos, no eran viejos ellos tanto como su amistad. El tiempo los había distanciado y ambos, tanto Necius como el otro se alegraron de verse, estrechándose en un fuerte abrazo.
-¿Y a qué te dedicás? –preguntó Necius.
-Hago trabajos de reciclado en plásticos, metalíferos y de origen vegetal y reordenamiento de desechos urbanos. –dijo Mens.
-¡Muy bien! ¡Felicitaciones! ¡Qué bárbaro!
-Este…
-A mí me encanta la gente que hace cosas por el medio ambiente.
-Bueno…
-Que se preocupa por el destino que se le da a los residuos.
-Eh…
-Gente que hace cosas para que el mundo sea cada día un poco mejor.
-¡Soy ciruja!
-Ah! Este…Bueno… ¿y cómo te está yendo?

Mens miraba de reojo una pila de cartones sobre la acera. Necius dio dos pasos atrás cuando un perro oriundo de la calle les pasó cerca. Mens, perceptivo, le hizo una caricia y el perro continuó en busca de algo para comer.
-¿Y cuáles son tus miedos, Necius?
-Que los cojos me cojan, que me puteen los putos, que los mudos me alaben, que la muerte muera, que la soledad me abandone, profetizar y ser oído, vaciarme y ser contenido, nadar en el mar seco de la nada, flotar en el vacío, morir y seguir vivo, vivir y no saber, desconocer lo desconocido, soltar y ser retenido, ganar y ser perseguido, perder lo que no es mío, soñar vestido, dormir ahogado, estar más allá y volver, pensar lo que se ha dicho, decir lo que he callado, ahogarme en un vaso de agua, beberlo y emborracharme.

Mens recogió dos latas de cerveza aplastadas que Necius estaba pisando.
-Todo va a mejorar. –señaló Mens.
-¡Si Dios quiere!
-¿Y si no quiere?
-Habrá que preguntarle… -indicó Necius.
-¡Llamalo!
-Tenés razón. ¡Basta de especular!

Necius llamó ante la expectativa de Mens.
-¡¿Y??!!
-Ocupado.
-¡Siempre lo mismo viejo!
-Si… Si no, es ‘fuera del área de cobertura’.

Unas nubes cubrieron parte del cielo de la mañana.
-Tiempo loco, eh.
-Encima los pronósticos no pegan una. Y los que difunden, paranoiquean con el pronóstico. –se explayó Necius.
-Sí, tenés razón. La semana pasada dieron pronóstico de lluvia tres días seguidos y no pasó nada en 700 kilómetros a la redonda.
-¡Ahí tenés! Yo buscando un paraguas para mañana y seguro que me quedo seco…
-Sí, en tu lugar mejor iría buscando una bufanda por si cambia el viento para mañana.
-¿Qué decís? ¡Con el calor que hace!
-Es verdad, pero con estos cambios de tiempo, no sabés qué pensar.
-Vos no sabrás. Yo sí.
-A ver, ¿Qué sabés? –interrogó Mens.
-Que hace calor.
-Eso lo sabe cualquiera.

Necius observaba la llegada de los colectivos esperando el que tomaría. Se despidieron con otro abrazo, menos cálido que el de su encuentro.
-Bueno, nos vemos. Esperemos que mejore el tiempo. –se saludaron.
-Sí, ojalá.
-¿Sabés qué quiere decir “ojalá”?
-No. Después me contás. –dijo Mens.
-Si me acuerdo. Chau.
-Un gusto verte.

 

 

*Fotografía: Norma Russi

Tres hombres mirando el atardecer

Bruno, Dosindo y Trémulo miraban el atardecer sobre la playa.
-Qué pena, se termina el día. -dijo Bruno con tristeza.
-¡Por fin! Llega la noche.-exclamó Dosindo.
-Vean cómo la luz se extingue sobre las aguas. Observen a las sombras morir. –expresó Trémulo.

Bruno y Dosindo miraban a través de sus pensamientos.
-El día es corto. No alcanza para todo lo que hay que hacer. -dijo Bruno con algo de pesadumbre.
-La noche tendría que durar más. Es poca para celebrar la vida. –acotó Dosindo.
-Escuchen el oleaje, observen el vuelo de esas gaviotas. –señaló Trémulo hacia el este.

Trémulo se dejaba penetrar por los últimos rayos de sol.
-¿Cuándo volverá el día? –se preguntó Bruno.
-¿Cuánto durará la noche? –cuestionó Dosindo con firmeza.
-Miren las figuras de esas muchachas doradas por el manto de luz que se despide. Miren el espectro de la luna al otro lado que, con paciencia, asoma en la escena. –indicó Trémulo con un hilo de voz.

Bruno se puso una campera que tenía sobre la falda. Dosindo extrajo un atado del bolsillo y encendió un cigarrillo.

-Hasta mañana. –dijo Bruno antes de marcharse.
-Buenas noches. –saludó Dosindo luego de levantarse.

Trémulo saludó, tiritando por la fresca brisa. Sus ojos humedecidos miraban al poniente.

 

Fotografía: Manu Coca

Veraz

El ciego quiso ver y el genio se lo concedió. Al ver, el ciego dijo: bien, es verdad. Ya no necesito ver. El ogro habló así: por tu desconfianza, ahora verás. Y el ciego se quedó mirando esperando castigo.

 

Fotografía: Mariana Coca

Se nos muere la cultura…despacito

-Señores, la literatura ha muerto. -dijo enfático el General- La gente no lee, los pocos que leen leen puras mierdas o leen porque les cuesta dormir y los que quisieran leer no encuentran qué leer entre tanta basura que se escribe a diario. Leer pasó de moda, escribir no. No hay amor por la lectura, sólo adicción en unos pocos casos, deleite en escasos.
-¿Y qué propone, General?
-Tenemos dos opciones: o destruimos todo lo escrito o reducimos notablemente la población del reino.
-Lo escrito son nuestros tesoros de lo que dejó la humanidad. No nos podemos dar el lujo de perderlo. -sentenció el sargento Urrazábal.
-Una pieza de arte tiene valor en tanto haya quien la admire, la contemple, la comprenda.
-¿Destruir todo y comenzar a construir patrimonio cultural desde la bancarrota?
-Es eso o…. -el General dudó por un instante.
-¡Ni pensarlo! Nuestra población podrá estar integrada por necios, brutos y retrógradas, compulsivos, maníacos y neuróticos, pero es sagrada. Cada mujer, cada niño, cada anciano merece nuestro respeto, nuestro cobijo, nuestra dedicación.
-¡Cierto! Además, no podemos obligarlos a leer si ya no les apetece y prefieren dilatar sus pupilas al ritmo del reggaetón o pinchar en dibujos de caritas en pantallas.
-Calma señores -dijo el General- Nadie será aniquilado.
-¡Bravo! -exclamaron varios subalternos al unísono.
-¡Bien!
-¡Bravo General!
-Destruiremos todo lo escrito hasta aquí. Utilizaremos nuestro arsenal para hacerlo de manera metódica, regular y veloz. Hay que hacer una purga cultural.
-De acuerdo. -dijo resignado el sargento Ibáñez. Los otros bajaron sus cabezas y algunos comenzaron a lagrimear.
-Cada uno de ustedes le dará las directivas correspondientes a cada escuadrón especial. -afirmó el General.
-Comprendido, General.
-Usted, sargento Ibáñez, dirigirá la comitiva de seguimiento de destrucción en las redes.
-De acuerdo, General. ¿Por dónde comenzaremos?
-Me destruyen ya mismo el contenido y rastro de todos los putos blogs. ¡Que no quede uno en pie sobre la nube! Empezando por este paupérrimo blog.
-¡Escuadrón!¡ ¡Andando!! Tenemos mucho trabajo por hacer.

 

La comodidad del lector

 

El lector, por norma general y por ley particular, busca lectura con distintas motivaciones, pero una condición para hacerlo es que se encuentre cómodo, tanto en posición como con el libro escogido. Tal es el caso de Augusto, en su papel de lector.

Augusto se encuentra muy cómodo leyendo los terrores de Horacio Quiroga, y puede esperar tranquilamente que de un almohadón sobre un sofá surja un enorme bicho capaz de succionar la vida de la protagonista. También espera y se siente muy cómodo cuando alguien que pasó por todo pueda dar la vuelta al mundo en sólo ochenta días, cuando no existían los aviones ni los vehículos supersónicos. Además, espera tranquilamente que un hombre con dos penes mantenga relaciones sexuales con una mujer de tres tetas, eso no le llama la atención en absoluto. Y está muy cómodo cuando una raza alienígena lleva adelante planes benéficos para el planeta Tierra. En fin, son todas cuestiones más o menos fantásticas pero, imaginables, en cierto sentido.

Ahora lo que Augusto no tolera y le genera cierto rechazo es que un lactobacilus condujera un Audi descapotable, con tres damajuanas vestidas de jean u overoll sobre el asiento trasero, escuchando música chihuahua a todo vapor y que, adaptado a las normas de convivencia y leyes de tránsito de su tiempista, el mismo se detenga en rotores los semáforos rojos que cruzara e, incluso le cediera el paso a los peones del tablero. Tampoco soporta cuando el Audi pincha su manubrio y lo suplen con una corbata que cumple las mismas funciones o, así mismo, cuando alguna de las bellas damajuanas saca a relucir sus enormes tetas de jamón cocido con lo que se ganan muchos elogios, loas y piropos de los pijaflores que, paradójicamente, conducen los lujuriosos vehículos mientras caminan en línea recta por las anchas avenidas que se estrechan al anochecer, como dicta el decreto presidencial; o cuando quieren sorprenderlo fuego con un pararayos instalado sobre una manta raya neocolonial.

Todo eso es, para Augusto, muy incómodo, tanto como creer que cierto camello ha pasado por el ojo de una aguja.

Efectividad

Al bajarse del colectivo, Horacio quiso comprar la revista “Tan sólo vivir”, pero el quiosquero le rechazó el dinero.
-¿Putines? –Cuestionó- Estos el gobierno los sacó de circulación en el 97. ¿En qué planeta vive?

Horacio se quedó reflexionando boquiabierto. Miró el billete con el que había pretendido pagar por la revista y no lo encontró diferente a otros similares con los que había pagado tantas otras veces por artículos o servicios diferentes.
-¿Y ahora con qué se pagan las cosas? –inquirió luego de unos minutos en que estuvo absorto en sus cavilaciones.
-La moneda oficial son los marroquíes. Se utilizan en todo el mundo. Eso lo sabe cualquiera, a menos que viva en un frasco. –le explicó el quiosquero.
-No me enteré del cambio de legislación. Por otro lado, tiene usted razón: acabo de salir de un frasco de mayonesa. –argumentó Horacio cabizbajo.
-La ley no cambió, sólo el papel moneda. Antes, todo era plata en el mundo. Ahora, todo es níquel. Puede cambiar esos billetes en el Banco Comadreja, es el único habilitado para hacerlo.
-¡Qué macana! Quería la revista… –dijo Horacio.
-Llévela. Me la paga cuando vuelva con contante y sonante. O consonante cantante. O cantando al son. O contando al sonar. O sonando constante. O como sea que se diga.
-Bueno, gracias. Hasta pronto. –se despidió Horacio con la revista bajo el brazo.

Quiso parar un fletotaxi, pero recordó que sólo llevaba consigo unos cuantos putines los cuales, según le había dicho el quiosquero, no le servirían para pagar. Además, en Mar del Plata no había fletotaxis, había únicamente taxis, además de los taxiflets. Por lo tanto decidió caminar por la costanera hasta el Banco Comadreja. Al pasar por el casino, preguntó si aceptaban putines.
-Ja ja ja. No me haga reír. –le dijo un hombre que hacía las veces de personal de seguridad.
-Pero parece que lo hice. –añadió Horacio.
-Es una expresión irónica. Una risa falsa, que aunque lo parece no lo es. O aunque lo es, no es genuina y, como tal, no constituye una risa verdadera, sino que simula serlo. –explicó el otro.

Horacio se marchó de ese lugar y decidió seguir caminando por la playa. Él caminaba por la arena de esas playas, descalzo. Observaba, en el trayecto, sus pies. Levantaba arena, jugando, mientras caminaba. Notó que llevaba los pantalones arremangados hasta debajo de las rodillas. Eran pantalones beige. Llevaba con su mano izquierda, colgando sobre su hombro, un sweater, rayado. Blanco y azul. Pudo sentir la brisa correr sobre su rostro. También notó que le entraba tierra en sus ojos. Se pasó la mano por allí y continuó su camino. Observó una pareja corriendo, tomados de la mano, en dirección opuesta a la que él llevaba. Y tras ellos un enorme perro que les dio alcance al pasar en línea a Horacio. Los rodeó y les ladraba, en claro tono amistoso. Horacio los siguió con la mirada y trastabilló con una roca, para luego caer sobre la arena. Observó hacia arriba y una gaviota que pasó sobre él emitió un agudo sonido. En ese instante, se durmió.

-¿Tiene la “Tan sólo vivir”? –preguntó una mujer que promediaba la cuarta década de existencia.
-No quedó. –Le dijo el quiosquero- Pero le puedo ofrecer la revista “Lulú Ciérnaga”. Es bastante buena, como la otra. ¡Y más barata! –la animó.
-Bueno, deme dos. –Pidió la mujer- Pero diferentes.

El quiosquero le dio dos revistas, que eran similares, pero diferente número de ejemplar. La mujer pagó por las revistas, aunque se quedó mirándolas y cotejando su parecido.
-Oiga, le pedí dos revistas diferentes. Y me está dando dos iguales. –esgrimió la mujer.
-No son iguales. Vea: -dijo el quiosquero tomando las revistas- esta es el ejemplar número 21.707. Esta otra, difiere, es el ejemplar número 21.708.
-¡Usted me está estafando! –Exclamó la mujer con rabia- Me está dando dos revistas con el mismo contenido.
-¿Contenido en dónde?
-En su interior. –argumentó la mujer.
-¿El interior de qué? –interrogó el quiosquero.
-De la revista.
-Disculpe, pero no la entiendo señora. Hice lo que me pidió. El dinero acá no se devuelve. Si quiere otra revista la va a tener que pagar. Acá no aceptamos devoluciones.
-¡Ma´si… metételas en el culo! –manifestó la mujer, que se marchó del lugar sin las revistas que anteriormente se acreditaban en su haber.

El quiosquero la volvió a acomodar en el revistero a una, y guardó la otra en una pila de revistas que tenía a la vista del público. Se acercó una jovencita que con suerte llegaba a los quince años y pidió un ejemplar de la revista Lulú Ciérnaga.
-¿Cuánto es? –preguntó la quinceañera en cuestión.
-Quince putines. –dijo el quiosquero sacando el ejemplar número 21.708 de la pila de revistas.

Un tipo abierto

En el barrio de Malvones, hace unas décadas, la gente era muy cerrada porque con justificadas razones tenían que proteger las estupideces que creían, pues las consideraban de tal modo valiosas, al menos para dejarlas como herencia a la posteridad. Pero Alfio no. Él era un tipo muy abierto, tan abierto era que creía tanto en la esfericidad de la Tierra como en la teoría del terraplanismo; apoyaba el bautismo y la comunión y, al mismo tiempo, arengaba con blasfemias toda herejía; tenía una fe completa en la democracia aunque se manifestaba en toda protesta anarquista con actos vandálicos sobre monumentos de la ciudad, monumentos que llegaba a pintarrajear con aerosoles negros y amarillos; consideraba crucial para el avance de la sociedad el progreso en ciencia y tecnología pero, a su vez, boicoteaba toda difusión científica desacreditando a las mismas por contradecir las inquebrantables leyes de la Edad de Piedra; hablaba con fantasmas acerca de la inmortalidad y le sacaba fotos a los marcianos mientras compartían facturas, café mediante; creía en la ley y el orden y en la transgresión y el caos; a veces se consideraba rebelde conservador; se tragaba todos los periódicos matutinos y desconfiaba de los avisos fúnebres; creía en el horóscopo y en la mano divina; si alguien era muy cerrado como para no escucharlo le hablaba en lengua de señas.
Alfio era un tipo muy abierto, tanto que veía a los chanchos volar y festejaba el día del arquero.

Con inteligencia

En el super, Pedro se quejaba de los precios.
-¡Qué caro todo! ¡Ya no alcanza ni para el papel higiénico!
-Es cierto, por eso más que nunca hay que usar la cabeza. -le dijo un anciano que sabía de crisis económicas.
Al llegar a su casa, Pedro guardó las pocas cosas que había comprado con medio sueldo y se fue para el inodoro. Como no le alcanzó para el papel higiénico resolvió seguir el consejo de aquél anciano. Luego de un gran esfuerzo en el que logró limpiarse bien el culo, exclamó con fastidio:
-Claro, ¡pero me quedan los pelos del bocho llenos de mierda!

 

Incorporación

 

Rómulo leyó el cartel sobre la puerta rústica de madera ajada, escrito a mano, como garabateado por un infante de modo desprolijo y de difícil intelección: INCORPORAMOS PERSONAL. Por un momento, creyó que su deseo por conseguir empleo le estaba obsequiando una ilusión óptica, porque dadas las circunstancias y la malaria general en la ciudad y alrededores un cartel de ese tipo haría que la gente se agolpara en una cola interminable por conseguir la vacante. No obstante, tomó coraje y golpeó la puerta, no una sino tres y hasta cuatro veces hasta que una voz sobria le dio la orden de que pase:
-¡Adelante!
Abrió la puerta con cautela, como desconfiando de la situación, y ésta emitió un chillido agudo seguido por el crujir de las maderas que parecían desprenderse del marco. Cerró despacio y observó el lugar. Había un largo pasillo en cuyos laterales había varias macetas con cactus, malvones y siemprevivas distribuidas a lo largo del mismo. El piso era de baldosas muy antiguas, negras con perlas grises y blancas; las paredes también blancas y sin adornos parecían recién pintadas; el techo estaría a unos tres metros y medio de su testa.
Caminó hasta llegar a una puerta sobre un costado que, comprobó, estaba cerrada con llave. Cuando parecía dudar entre avanzar a la entrada de la puerta que se veía al fondo del pasillo o emprender el regreso y salir por donde la curiosidad lo llevó a entrar, volvió a escuchar la voz, pero ahora le parecía escucharla en reiteradas ocasiones o como si la misma se entonara dentro de un barril que la magnificaba con un coro de voces que le hacía eco:
-¡Adelante! –escuchó nítido y grave.
-Adelante. –seguidamente oyó.
-Adelante. –casi ensimismado.
-Adelante. –como un susurro.

Avanzó hasta la entrada de la puerta que se encontraba abierta y se asomó con cierta precaución. Al entrar, la visión horrorosa que tuvo lo sumió en un terror que lo dejó helado, tieso como mármol. No tuvo el impulso de intentar huir, sus piernas estaban rígidas afirmadas sobre las baldosas, las suelas de los zapatos pegadas con el peso del terror. Lo que vio en la habitación fue mezcla heterogénea de colores y texturas de la envergadura de un elefante, donde asomaban pelos, cabezas, brazos y piernas, manos y cabelleras que sobresalían como extremidades incontables, al menos en un simple vistazo.
-Ve…ve…Vengo por el cartel. –acusó.
Desde la cabeza que estaba en el centro de la forma atípica de imposible descripción donde los rostros emergían con expresiones de júbilo y euforia y manos de diversas tonalidades y dispersas aplaudían toscamente, un rostro angelical le respondió:
-¡Ah perfecto! ¡Bienvenido!
Dicho esto, la forma viva indescriptible absorbió a Rómulo, quien intentó oponer resistencia al magnetismo que lo arrastraba sin mayor éxito, a tal punto que lo engulló sin masticarlo, quedando sólo visible del mismo Rómulo incorporado, tres cuartas partes de su cabeza donde se sumergía el oído derecho, su mano izquierda hasta la altura del antebrazo y tres dedos de su pie derecho que asomaban sobre el mentón de un rostro anciano.
Rómulo emitió una queja lastimera, tratando de defenderse.
-¡Qué pasa! ¡El cartel decía que incorporaban personal!
-No, no, es un malentendido. Incorporamos personas. –le respondió una mujer cuyo torso sobresalía hasta sus tetas por encima de la cabeza de Rómulo.
-¿Y qué comen ustedes? –preguntó Rómulo con el último dejo de preocupación que cargaba.
-Nosotros no comemos, incorporamos personas.

Ya no distinguía entre sus extremidades y las de otros, sentía cada una de ellas como propia, salvo por los pensamientos que le hacían creer que ellos eran otros, representados por sus rostros. Pero esto le duró poco porque sus pensamientos fueron tornándose colectivos y conformaban, junto con la grotesca y gigantesca forma, una unidad. Así, Rómulo fue, poco a poco, lentamente distendido, olvidando sus preocupaciones habituales: conseguir trabajo, qué vestir, la muerte…

Armonía

La mañana, dulce mañana que sólo es hoy, no llega sola, la noche no se va de un sopetón sino que cae de madura en silencio, tan es así que es la música quien le dice al día:
-¡Ven, arriba! Es hora de alegrar corazones.
El día se levanta como un manto sobre el pavimento, canta a través de las aves que desatan la celebración por la existencia. El vuelo sibilante de las palomas al alba transmiten armonía. La naturaleza goza de buena salud y eleva una plegaria de agradecimiento al azul profundo celestial. Todo es paz, musical, el amor del universo está en su quintaesencia. No hay roces, si florece todo es goce. Las flores del jazmín despiertan con su aroma inconfundible para deleite de las abejas. ¿Qué planean las hormigas? ¿Una fuga? Deletrean hojas que servirán de sustento cuando las aguas lleguen. Andan de aquí para allá, transportando, recorriendo, en una suerte de movimiento vital que produce sensaciones de hormigueo en el corazón. El aire es limpio, refrescante por la brisa sud; la luz del día permite observar las penas de la gente que danza al son de la música, frugal, ligera, que olvida el peso del dolor, porque el color de la música eleva. ¡Oh, música divina! ¡Sensual, pulcra, cristalina!
-¡Buen día vecina! ¿Cómo recibe el nuevo día?
-¡Maravilloso, corazón! Sin desazón, con nuevos bríos.
El aire se renueva, hay luz, hay esperanza, el universo danza, el verbo carga su cruz. Observar las maravillas da motivos para entrar en sintonía con la música, pura sinfonía que hasta la dura roca se hace eco. En el pecho: un hueco; se abre el techo dando la bienvenida al sol. Las ramas de las acacias susurran sus bendiciones: ¡Buen día! Y claro que el día es bueno, jovial, fresco y ameno, síntoma de renovación. La luz entreabre las puertas del Paraíso. Los paraísos alegres se estiran despejando sueños, deshojando frutos, desvaneciendo temores, los de los cirrocúmulos sobre las cabezas. Da brincos de gusto el alma cantante, el cuerpo danzante baila, la voz viaja a través del viento ondulante, las palabras llegan al instante.
De pronto, ruge un motor, se oye una bocina, suena un reggaetón.

El libro vivo

¿Pueden objetos inanimados tener ánima?, esa pregunta se hacía Leticia, tras leer la contratapa de un libro en La Antigua, la librería que atendía Óscar Tzorrén y su hijo. Originalmente, La Antigua comenzó con el abuelo de Óscar, pero éste tuvo que hacerse cargo de la misma muy joven, tras el fallecimiento de su madre afectada del corazón desde niña.
Óscar Tzorrén era un hábil comerciante, pero se consideraba mal lector. Como excusa ponía en primer lugar la falta de tiempo, que se lo dedicaba al negocio y a su familia en partes iguales. Tenía respeto por la lectura, pero su función era mantener el negocio en orden, por ello su veneración no era hacia los libros, sino hacia los lectores, que hacían las veces de potenciales clientes. Brevemente, Óscar Tzorrén se dedicaba a conocer a las personas mejor que a los libros que vendía.

-¿Qué le parece este libro, Óscar?-le preguntó Leticia expectante por una respuesta que le infundiera ánimos para comprarlo y leerlo.
-Permítame –dijo Óscar, tomando el libro con delicadeza para echarle un vistazo a la tapa-. Mmm… El título es muy seductor, invita a echarse a correr detrás de la aventura.
-¿Aventura?
-La aventura del descubrimiento, sabe usted. –Y añadió: El conocimiento es como un gran árbol en constante crecimiento, no es algo estático ni místico, pero su camino es el del descubrimiento por estar a veces oculto, no por misterioso, sino por haber quedado cubierto con supersticiones sensacionales. Cada persona posee conocimiento, no como se posee un automóvil, sino que es algo intrínseco e inseparable de la misma. En algunos casos, la persona es conocimiento, lo que se diría en términos populares: un libro abierto. –Óscar leyó ante la atenta mirada de Leticia la primera página del libro. Leyó con pausas, deletreando, como saboreando las palabras del autor- Me aventuro a decir que este libro está vivo, no vivo en el sentido de una proyección, sino abierto a la comunicación con quien recorra sus páginas con lectura curiosa, con la curiosidad natural por descubrir los secretos de la existencia.
-¿Le parece?
-Llévelo, Leticia. Es el último ejemplar y difícilmente vuelva a entrar. Ya no llegan estas excentricidades por aquí. Vea usted –dijo Óscar con énfasis tomando un libro de la pila sobre la mesa que los separaba-, esto es lo que llega por estos días y se vende como pan caliente. Mi madre solía decir que cada lectora encuentra el libro que está escrito para ella y, a partir de allí, su descubrimiento no tiene fin. –Óscar dejó caer el libro de autoayuda sobre la pila con desdén- Leticia, hace años que visita La Antigua y puedo decirle con justeza que ese libro es para usted.

Leticia se fue contenta con el libro bajo el brazo. Caminó por la vereda del sol, esquivando peatones y observando el paisaje de la ciudad con sus colores llenos de luces, reparando en sus olores gratos, evitando los desagradables, todos los sonidos que le daban vida al día con bocinas, motores, charlas y música y miles de objetos que, en su movilidad o en su estatismo, constituían el ambiente de lo dinámicamente actual. ¿Los objetos móviles tienen ánima?, se preguntaba Leticia esperando que el semáforo le diera el paso mientras observaba a los distintos automóviles cruzar la avenida. Alzó la vista en un llamado de atención por el sonido de un avión que surcaba el cielo muy bajo, como recientemente despegado de la corteza terrestre, y lo asimiló sonriente como un guiño del ánima mundi.

 


Fotografía: Jorge Guardia

Perdida en la ciudad

 

Trinidad solía deambular en busca de alimento para su espíritu. La colmaba de satisfacción la puesta del sol casi tanto como el canto del jilguero o el vuelo rasante de los gorriones. Todo eso –se decía- era algo muy común, por tal cosa quien se volvía sofisticado lo pasaba por alto. Pero Trinidad a veces se hastiaba de los motores que hacían, de lo más mundano del ruido, algo pomposo. Por ello, los ruidosos, la llamaban extravagante, pero más por el vagar aquí y allá por la ciudad que por lo más níveo de su sentir que ellos desconocían.
Un día de otoño, caminaba Trinidad escuchando el crujir de las hojas bajo sus zapatos y, al comparar tal placer con el de una buena cena o una particular compañía, lo encontró de un sabor como pocos quizá por la atención que le prestaba y el goce de sentir la libertad cuando todo alrededor parece decaer de un modo natural. Caminó y caminó, no sin alejarse de donde ya no recordaba haber iniciado el paseo ni tampoco acercándose a un destino previamente trazado, dibujando zig zags por los empedrados de la ciudad que pronto se vio cubierta de sombras azarosas que le infundieron cierto temor que se fundían con su propia calma. Titubeante y dubitativa, supo lo que alguno supo: no saber. ¡Oh caramba, vaya paradoja celestial!, exclamó.
Detuvo su marcha, observó la noche, contempló las estrellas buscando una guía y la encontró no ya en el firmamento insondable sino en lo más cetrino de su alma. Trinidad allí comprendió que cada paso engendra el siguiente y la voluntad es la semilla de un magnífico porvenir.

 

 

Fotografía: Jorge Guardia

Poetisa

El silencio puede a veces ser una buena fuente de inspiración, el silencio entendido como soporte sonoro de todo ruido, parloteo, movimientos, etcétera, que son, a su vez, fuente de inspiración para otros, o para aquél mismo que se inspira en el silencio en una mezcla feroz de lo que la vida contiene y de lo que por vida se entiende. Pero Abril prefería buscar la inspiración en otras cosas que no eran cosas, tales como momentos o situaciones vívidas o vividas, imaginadas, creadas o recreadas.
Abril componía poesía con armonía. Unificaba versos como el universo vivifica las palabras divinas. Su talento crecía lento, pero de un modo sostenido por ser tenido vivaz, en un incómodo trayecto cargado de penas, alegrías, sinsabores, malestares, furias y euforias, propias e impropias. Se apropiaba de su decir, tan es así que el canto de Abril llegaba más allá de sus veintipoco abriles hacia la primavera donde el cantar florece. Y crece con cada estrofa, su obra no se malogra, se extiende a través del espacio, discurriendo suave y despacio como nubes intocables, visibles, incalculables, que dan forma a lo inexplicable, firmando frente al magno firmamento con su estirpe, regia poetisa, poetizando la aurora, el ocaso, decorando cada paso, cada gota de rocío y cada nota con su canto, estampando su semblante en su andar estimulante ( a la vista y el olfato, y al sentir por el buen gusto ) que no oculta sus disgustos, y andando viaja escuchando: ¡miren mundo, el sol fecundo, ilumina el candil, ahí va Abril!

 


Fotografía: Manu Coca

Esto es fútbol

 

Bombos, redoblantes y banderas; papelitos, humo y escalones; goles, globos, choripanes; lluvia, serpentinas y colores. El fútbol tiene muchos ingredientes que le dan un colorido atractivo incluso en aquellos días grises en que, de no ser por el rodar del balón, uno tendría otros planes, seguramente bajo techo.
La voz del estadio anuncia las formaciones de los equipos. Se escuchan aplausos, principalmente cuando nombran al capitán, el Rodo Herminio, y al goleador del equipo y de la Liga, el Toro Moral. Los silbidos se concentran en el árbitro que impartirá justicia, el cabildense Hambruna, silbidos que se prolongan con su salida a la cancha, solamente interrumpidos para masticar hamburguesas, paradójicamente.

Algunos se empiezan a preocupar porque la lluvia ha anegado las adyacencias al estadio y han tenido que dejar el auto bastante lejos del mismo, caminando las restantes cuadras con un paraguas que les cubre la cabeza pero no impide que se embarren los zapatos, preguntándose si el partido se podrá jugar con semejante torrencial. Al llegar, alguno le anuncia con alegría: ¡se juega, se juega! Observan varias pequeñas lagunas sobre el césped que imposibilitarán que la pelota ruede por allí, por lo que habrá que cucharearla. Los charcos favorecen a los más brutos que patean todo lo que se interponga en su camino.

Pepe Crap llegó sobre la hora de comienzo porque no se quería mojar. Había escuchado en la radio que el partido se jugaba y ese momento único, el de ir a la cancha una vez en la semana, había llegado con lluvias que amenazaban con suspenderlo y postergar la descarga de tensiones que se daban durante la semana, el ajetreo, el trabajo y la familia. La cancha, el fin de semana, cumplía funciones terapéuticas, al menos para Pepe, como para otros lo hacía el hecho de ir a misa o al supermercado.

Al subir a la tribuna se encontró con los mismos de siempre: compañeros de laburo, amigos de la vida y rivales del torneo de bochas. Faltaban unos cuantos que la lluvia había acobardado, pero muchos no se amilanaban y le hacían frente al torrente de agua que no cesaba y copiosamente seguía mojando las capuchas. Saludó a algunos con la mano, a los más queridos con un beso o un abrazo, y se acomodó en el medio de ese grupo de compinches, justo debajo de Carlucho Pérez Mork y Fabián Cresta, amistad que compartían desde la secundaria cursada en el antiguo Colegio Nacional, cuya edificación hoy no existe como tal en la céntrica calle Roca.

El partido dio comienzo a horario, aunque muchos dudaban de si podría terminar, al menos durante esa jornada tormentosa. Se jugaba sin hinchas visitantes y con el colorido habitual que el grisáceo día no había podido opacar. Ni bien comenzó a rodar la redonda, los jugadores de ambos equipos se deslizaban por el césped ante la menor disputa. El juez de línea que custodiaba las acciones bajo la tribuna oficial resbaló en el primer offside y fue a parar a un charco desatando las consecuentes risas. Dos chiquilines jugaban cerca del alambrado ante la mirada dispersa de su madre con una pelota que parecía un globo, de no ser por el barro que le otorgaba mayor peso.

Las acciones de juego eran estéticamente grotescas pero a los que se habían animado a ir a la cancha no le importaba: esto es fútbol, también. El barro, los charcos, las camisetas que pesan dos toneladas, la lluvia que no te deja ver, son obstáculos naturales que le otorgan al juego una motivación extra, la de superación de las adversidades.

El fútbol con lluvia es una picardía, como lo es tener que suspenderlo por mal tiempo, por lo que resulta un dilema que seguramente dejará disconformes a unos cuantos, tanto si se juega como si no. Y si se juega, hay que ser pícaro.

El partido que se jugaba mantenía expectantes a todos los que habían asistido e incluso a los que se habían quedado a escucharlo por radio, confortablemente en la comodidad seca del hogar. La lluvia, que no cesaba, había mermado su intensidad después de los primeros veinte minutos y  parecía por ese entonces una garúa finita.

Justamente, la jugada que definiría el encuentro llegó promediando el primer tiempo. Centro llovido al punto penal, el Toro Moral peinó al segundo palo y el arquero que se estira pero no llega a sacarla. Pepe Crap se abrazó con Carlucho en el festejo y cuando giró la cabeza recibió el bombazo de lleno en el rostro de uno de los chiquilines que jugaban debajo. A Pepe lo atajaron entre dos para que no caiga sobre los escalones. Le costó reincorporarse y entender qué le había sucedido, desde dónde había recibido aquél impacto que le había dejado la cara llena de barro y una confusión que le hizo replantearse la idea de permanecer a la intemperie. Luego, miró a los chiquilines con algo de rabia, pero supo entender que son cosas del fútbol, que incluso habían causado gracia y carcajadas entre sus amigos.

El partido prosiguió sin mayores atractivos que algunas llegadas al arco en contraataques lentos por el estado de la cancha. Cada tanto, Pepe Crap le lanzaba una mirada furiosa a los chiquilines que seguían, incansables, haciendo de las suyas con la pelota embarrada. Después parecía olvidarlo, pero el ardor en la cara le duró hasta que llegó a su casa y se dio una ducha caliente, por lo que lo recordaba a intervalos irregulares o cuando los chiquilines gritaban gol en su juego.

El pitazo final llegó al tiempo que la madre de los chiquilines los tomaba de la mano a cada uno y se los llevó rápidamente del estadio en una huida que se llevó el pensamiento más venéreo de Pepe Crap que masculló entre dientes pero no soltó de su boca: ¡pendejo y la puta que te parió!

Los tres puntos quedaron para el equipo local, que saludó a su gente cuando la lluvia ya no se sentía. La bronca de Pepe se había disipado.

Él sabe que el resultado muchas veces tapa todo. Y esto es fútbol también.

Pinceladas X

El silencio de la mañana permite escuchar claramente las campanas de la iglesia que dista un kilómetro atravesando los techos de las construcciones. Los fieles acuden con parsimonia a escuchar el sermón y a dejar la limosna, librándose del pecado de la avaricia, al menos momentáneamente.

A esa hora lo que predomina para el oído atento son los cantos de las aves o algún perro saludando el nuevo día, interrumpidos por los pocos vehículos que irrumpen espaciadamente la placidez de la calma. Ya habrá tiempo para el ajetreo y el rugir de los motores durante el resto del día, aventuro.

Las acciones de los transeúntes son pausadas, no se ven los escolares –de vacaciones- apurando el paso o arrastrados de un brazo por sus madres. Los que se presentan al trabajo bien temprano ya han emprendido el viaje, mientras que para la apertura de los comercios aún falta algún tiempo en el ínterin. La ciudad marca sus tiempos durante los días de la semana, al tiempo que sábados y domingos son días de pura recreación, por lo que muchos esperan que termine el viernes para tirarse de cabeza a la pileta del ocio y el olvido, olvido de rutinas y malhumores.

Las campanas vuelven a sonar, tal vez con un dejo de cansancio por la fatiga del monaguillo, quien preferiría evitar la tradición y enviar la invitación a la misa mediante una cadena por whatsapp. Los colores en las casas van cambiando dificultando la tarea de identificarlas para ubicarse en el espacio, como cambian los estilos de revoques, como cambian las fachadas que antes ostentaban ventanas y rejas, y hoy día detienen la vista curiosa y el ingreso inoportuno de visitantes con paredones ante la atenta vigilancia digital de las cámaras proliferantes. Las pantallas, colmando los sentidos en su amplitud, reflejarán con luminosidad creciente la opacidad de un mundo carente de brillo. La luz del sol por la mañana devela misterios de la noche que no se televisan ni los periódicos dan cuenta, al menos en sus titulares. No hay música a esta hora, y eso es novedad.

El creciente parque automotriz ha superado holgadamente la capacidad de cocheras y garajes para alojarlos, por lo que las calles se han estrechado y ahora se visten de carrocerías de los más variados colores y modelos, donde los rojos ya no llaman la atención, salvo a chiquillos que hacen apuestas por la tarde en la vereda por acertar el color del próximo vehículo que aparecerá delante de sus narices.

Sin ánimos de nostalgias, sólo por el placer de narrar, las pelotas que antaño eran probablemente el principal entretenimiento de los jóvenes que poblaban las calles, hoy son imágenes comandadas desde un joystick, jugando a ser estrellas, tal como los no-tan-jóvenes juegan a ser presidentes, detectives o jueces, inspirados en alguna publicación de Netflix o a través de las noticias.

Con el correr de los minutos donde habrá tiempo para conflictos y malentendidos, asoman las escobas que, lejos de transportar brujas, barrerán las palabras, hojas y tierra que ha traído el viento, pues lo que el mismo se llevó quién sabe dónde quedó.

Pasa el primer avión del día dejando la estela de nubes sobre el azul celeste. Nubes grises que amenazaban con lluvias se perdieron en amagues y gambetas del tiempo, tiempo que cada tanto hace las veces de túnel, oscuro de atravesar. Pero hay que confiar en la luz, por eso saqué un libro que se llama Oscuridad.

Cambio la pluma por un pincel y salgo a recorrer las calles. Es temprano, precioso momento para pintar la ciudad y jugar a ser escritor.

Croar

Era un atardecer cálido de un febrero signado por el viento norte. ¡Momento! ¿Era demasiado cálido según los valores de temperatura y sensación térmica con respecto a marcas históricas registradas o sólo era una sensación puramente subjetiva del observador? ¿Qué tanto tenía de atardecer ese instante en el que el narrador contemplaba la caída del sol como para que se lo describa así? ¿Febrero le decía algo más allá de las asociaciones de ideas implícitas que cada lector tenía con respecto a ese mes? ¿Cuántos signos se veían en tal mes como para que el viento norte lo describa y lo detalle con rigurosidad? ¿Cuál era la ubicación exacta del observador como para determinar que el viento era, precisamente, del norte y durante qué período temporal tomó nota de tal, y acaso tendría él una precisión cabal de los puntos cardinales o una brújula en mano como para determinarlo así y no en sus direcciones variantes como oeste, noroeste o nornoroeste? ¿Era algo que ocurría realmente ese atardecer relatado o era sólo una inferencia del narrador puesto que la luz natural habría disminuido su potencia y el calor, probablemente, habría mermado sobre sus sentidos? Todo esto no lo sabemos a ciencia cierta, pero el narrador prosigue, y nosotros deberemos continuar con las dudas a cuestas: Cuando, de repente, cayó el sol tan bruscamente que la noche llegó como en un suspiro y vertiginoso parpadeo, bañando con la luz de la luna y las estrellas los charcos que rodeaban los tamariscos donde las ranas empezaban a croar en un canto diáfano que propiciaba dulces sueños a los niños. Y aquí termina la historia, con lo que tampoco sabremos qué pasó con el sol en esa brusca caída y dónde golpeó, si la llegada de la noche se produjo efectivamente en una infinitésima de segundo o era una metáfora, cuántos tamariscos había rodeados de charcos y cuándo había sido la última lluvia que los provocó, cómo medía la claridad del croar de las ranas para que su canto le parezca diáfano y no una molestia acústica, qué tan dulces eran los sueños de los niños medidos en calorías y qué efecto le provocaban a los niños con diabetes. En fin, el narrador con su relato nos llena de dudas. Qué zángano.


Fotografía: Mariana Coca

El curso

Me inscribí en un curso para dejar de fumar. Y dejé. Pero lo hice antes de empezar el curso. Entonces le pedí a la secretaria que me devuelva la plata porque ya había dejado de fumar.
– ¿Cómo hiciste? -me preguntó Magalí, la secretaria.
– No te sabría decir, de pronto encontré que ya no fumaba -le dije- por eso me había anotado para hacer el curso, pero ya no lo necesito. Por eso te pido que, por favor, me devuelvas el dinero con el que pagué la cuota de ingreso y el primer mes del cursado.
– El efectivo no te lo puedo devolver. Pero si querés podés hacer el curso de todas formas. -me invitó la secretaria.
– Es que no lo necesito. Lo que necesito son los billetes que te entregué cuando me inscribí. -le contesté.
– Te entiendo, pero te apuraste a dejar el sucio hábito, podrías haber esperado, total, qué apuro tenías. Los valores que entregaste no creas que te los voy a devolver. -me dijo con una sonrisa en su rostro, dónde más.
-Entonces no tengo más remedio que hacer la denuncia. No me das alternativas ni mis monedas.
-¿ Cómo que no te doy opciones ? Del metálico: olvídate, pero hacé el curso, así obtenés la retribución justa por tu capital depositado.
– Magalí, por favor, no te pongas en esa actitud de terquedad. Dame mi fortuna y me marcho. -le dije esperando que metiera la mano en la caja para retirar de allí el tesoro y restituírmelo como estaba convencido que era lo que correspondía en un marco social adecuado de consolidada paz y buen diálogo entre sus componentes. Pero no, ella introdujo su mano izquierda en la cartera que tenía consigo, sacó un atado de cigarrillos, lo abrió, sacó uno, lo prendió, me tiró el humo en la cara, y, toscamente, extendió su mano con el paquete en dirección hacia mí y me preguntó:
-¿Querés? -me ofreció.
– Y… bueno, convidame uno, así no pierdo mi patrimonio.

Viejo tren

En el pueblo era el viejo tren el que traía las novedades. O mejor dicho, aquellos que llegaban en el viejo tren al pueblo arribaban con alguna novedad, y esto era así porque el pueblo siempre parecía el mismo: la iglesia, la escuela, el almacén y el potrero eran los que le daban alguna dinámica, además de la llegada del viejo tren, claro está. Porque en el pueblo todo parece ser más lento, o al menos la armonía que se visualiza en los movimientos de la gente es diferente al de una ciudad. Y ni hablemos si la comparación se hace con una metrópolis, son dos mundos distintos.
El viejo tren pasaba por la ciudad cada martes, cada jueves y cada sábado. Normalmente, si no había ningún contratiempo, lo hacía rondando las 11 am. De ahí seguía su trayecto hasta la capital Buenos Aires. En esos pasos que hacía por el pueblo el viejo tren, raras veces descendía algún pasajero. El último jueves de cada mes, don Anselmo Costas regresaba al pueblo tras cobrar su jubilación. Esto era conocido por todos, ya que don Anselmo traía algún presente para sus vecinos más allegados: un licor de dulce de leche para doña Victoria Alcides, cigarros importados para el padre Eustaquio Maldivas, peras o duraznos en almíbar para doña María Dolores Tíboli viuda de Guantes, entre otros.
Don Anselmo había sido maquinista en años de su madurez por lo que conocía bien el viejo tren. Disfrutaba ese viaje de placer que hacía cada mes, recorría la ciudad con asombro ante los cambios arquitectónicos, comerciales y de vestimenta en la dinámica ciudad. Con renovados aires, volvía muy contento a narrar las novedades que por esos años aparecían cada mes, en un auge que no se detendría, ya que las modas pasaron a ser efímeras, y esa efimeridad de las cosas era la nueva moda.
Un último jueves de junio, don Anselmo Costas regresó al pueblo, arribando a las 11:14 horas. En el andén, lo esperaba María Dolores Tíboli viuda de Guantes y el padre Eustaquio, de quienes había un fuerte rumor en el pueblo de que tendrían un amorío clandestino, no porque doña María Dolores tuviera algún compromiso, más allá de sus encuentros con don Anselmo Costas, sino por el celibato y voto de castidad del padre Eustaquio, lo que lo ponía contra las cuerdas ante la curia, en caso de que el rumor corriera fuera del pueblo. Pero a nadie fuera del pueblo le interesa qué cosas suceden en el pueblo, todo es puertas adentro, aunque el pueblo siempre tenga las puertas abiertas.

Ese jueves, don Anselmo Costas cumplía 77 años, de ahí que lo hayan ido a recibir para hacerle saber lo que era querido, pero no sólo por ellos, sino por todos aquellos que lo conocían en el pueblo; es decir, todos. Lo felicitaron por llegar maravillosamente saludable a esa edad y lo acompañaron a su casa, a pocos metros de la estación. Allí los estaban esperando los demás habitantes del pueblo para agasajarlo. Doña Victoria Alcides había preparado tortas: una de chocolate, una de chantilly y una de vainilla. Tres tortas eran suficientes para convidar a todos lo invitados. Acompañaron la celebración con mates algunos, té otros y café los restantes. Los niños, por su parte, estaban en la escuela, con ánimos de empezar las vacaciones y pasar el día en el potrero, sin tener que dedicarle tanto tiempo a los deberes escolares, aunque la maestra Vanina siempre tenía, con algo de malicia, la idea de que sería bueno para ellos tener alguna tarea que hacer durante el receso invernal.

El momento de degustar las tortas de doña Victoria Alcides era esperado por todos, o casi todos. Ella las hacía tan dulces que contrastaban con el mate amargo que las acompañaba. El padre Eustaquio era uno de los que más las esperaba, cansado de comer hostias, por eso cada vez que sabía que llegaba alguna celebración con tortas de chocolate de por medio, prefería hacer un ayuno el día anterior para hacerle lugar a unas cuantas porciones en lo que sentía como un placer extremo.
Cuando iba por la quinta porción de torta, doña María Dolores le reprochó que no se moderara con la ingesta:
-¡Padre Eustaquio, se va a descomponer! ¿No le parece que ya ha comido demasiado?
El padre Eustaquio se limitaba a negar con la cabeza, mientras masticaba con el buche lleno, los labios pintados de chocolate y la sotana cubierta de migas. Cuando terminaba la porción, interrumpía la conversación para dar una respuesta:
-Ya lo ha dicho San Agustín, Dios lo que más odia después del pecado es la tristeza, porque nos predispone al pecado. –aseveraba, mientras se servía otra porción de torta.

El ánimo festivo de los presentes se extendió por algunas horas que postergaron su siesta habitual. En el ínterin, mientras algunos ya se habían retirado, apareció Vanina, la maestra del pueblo, para saludar a don Anselmo Costas y degustar las tortas de doña Victoria, si es que todavía estaba a tiempo de hacerlo. La generosidad del pueblo era tal, que la misma doña Victoria le había apartado una porción de cada una a la maestra porque sabía que llegaría más tarde que el resto de los convidados y con menos posibilidades de probar esas delicias que tanto éxito tenían en cada celebración. La maestra Vanina, que deslumbraba con su rostro angelical, tenía predilección por la torta de vainilla y se desvivía por el café, incluso llegando a tomar tres tazas al día.
Pero ese último jueves de junio la maestra llegó a la casa de don Anselmo Costas con una novedad que los embargaría de tristeza. Se tomó su tiempo para anoticiar a los presentes mientras bebía el café. En un momento en que la excitación disminuyó, cobró valor y les dijo a quienes tenía alrededor:
-El sábado es la última llegada del viejo tren.
Muchos se llenaron de pasmo, al tiempo que otros quisieron saber más. El rumor había corrido varias veces por el pueblo, durante gobiernos de distintos colores, pero esta vez iba en serio. Doña María Dolores sollozaba con el consuelo del padre Eustaquio a su lado. Los tiempos cambiaban y las cosas cambiaban con ellos.

Años después, a los habitantes del pueblo con el oído lleno de costumbres, les parecía escuchar la llegada del viejo tren cada martes, cada jueves y cada sábado, pero las novedades habían encontrado otros canales por los cuales llegar.

 

 

*Fotografía: Jorge Guardia

Cosas que pasan

Estaba frente a un portal que me conducía Dios sabía a dónde. Yo no. Y con eso no quiero negar que de algún modo sea una suerte de dios. Tenía la llave en mi mano pero no me atrevía a abrir. Sentía un cosquilleo en el estómago y no era hambre. Al otro lado me esperaba el destino, por lo que me decidí y abrí. Y no sólo eso, sino que además entré. Bueno, en realidad miento, porque la puerta no conducía a un recinto cerrado sino abierto. Por lo que salí a él. Mi primera impresión fue la de sentir una inmensa soledad. Allí, estaba convencido, no había nadie. Era raro, porque los sueños suelen estar llenos de personajes, pero este no era uno típico, si es que hay sueños típicos. Lo atípico es que sabía que estaba sólo en ese microuniverso, que no era pequeño, pero era sólo mío. Una luz cálida pero no cegadora inundaba el lugar. También había agua, en un pequeño arroyo del cual bebí hasta saciar la sed que sentía en ese momento. La sentí correr por el cuerpo, refrescando mi garganta, hasta reposar en el estómago. De repente, la soledad que creía me abrumaría, se disipó con la presencia de varios ratones corriendo delante de mí en fila. Algunos atravesaron el arroyo y otros parecían zambullirse en él. Todo había cobrado vida con mi mera presencia. Y eso me alegraba. Pronto, unas gaviotas alzaron vuelo sobre mí y se oyó el graznido de varias. Había varias plantas floreciendo junto al arroyo, de los colores más llamativos: celeste, violeta, lila, turquesa, ¡dorado! El aroma que emanaba de ellas era cautivante. Observé el arroyo y estaba poblado de peces naranjas y amarillos de diversos tamaños que nadaban en él. La paz del lugar me colmaba de satisfacción. Todo era perfecto, hasta que apareció frente a mí una figura colosal. Era un gigantesco cíclope que iba destruyendo todo con su mirada de fuego. A medida que avanzaba, quemaba pastizales, flores, árboles y animales. Era sin dudas Shiva, el dios de la devastación. En mi visión aparecía como una forma casi humana, a excepción de que sólo tenía un ojo. Además tenía dos pares de piernas y su piel era de color azul. Tenía una larga cabellera atada con una trenza y varios brazaletes de oro. Se acercó hasta mi posición y el temor me hizo arrodillar. Creí que sería fulminado rápidamente. Sin embargo, Shiva retornó hacia el horizonte desde el cual lo había visto venir y se perdió de mi vista.

La calma había retornado al ambiente. Nuevamente, varias aves acudieron en busca de alimentos, algunas lo tomaban del suelo otras pescando en vuelo del arroyo. Cuando creí que todo se desarrollaría en tranquilidad, grande fue mi sorpresa cuando emergió un magnífico león al trote. Pero allí no había carne que aplacara su hambre, excepto mi figura. Cuando me vio, corrió rápidamente hasta donde estaba y se paró delante de mí. Caí rendido a sus pies implorando que no me comiera y, no sé si por piedad, no lo hizo. Continuó corriendo a toda marcha en dirección opuesta a la que había aparecido frente a mí. Me sobrevino el calor de repente por lo que decidí darme un baño en el arroyo. El agua estaba tibia, pero me refrescó lo suficiente como para disminuir el calor que sentía. Recogí algunas piedras y las lancé sobre el agua haciéndolas golpear varias veces la superficie del arroyo. La última que lancé hizo un movimiento extraño que acaparó mi atención. Luego de golpear tres veces sobre la superficie, retornó hacia mí y golpeó otras tres veces cayendo delante de mis pies. En ese momento pensé: esto sólo puede suceder en un sueño. Y comencé a danzar en el lugar de felicidad. Si era efectivamente un sueño no había nada que temer, ni dioses, ni leones, ni nada. Seguía bailando alegremente cuando delante de mí apareció un cazador con una escopeta. Pude oír que al verme dijo:
-¡Qué rareza! Sería bueno tener su testa colgada en una pared del living.

Luego, pude ver que me apuntó al corazón. La alegría que tenía en ese momento no se vio turbada por aquél hombre y yo continuaba danzando. Cuando me detuve, vi reflejada mi figura sobre el arroyo. Me sorprendió ver que no era mi rostro lo que se veía en el reflejo, sino que era el de una panthera tigris, vulgarmente conocido como tigre blanco. ¿Yo era un tigre? ¿Desde cuándo? No me importaba, era un sueño y me sentía completo en él. Otra voz le dijo que tenga cuidado al disparar de no dañar la cabeza. No sentía el peligro de mi inminente muerte acechándome. Me di vuelta y me lancé sobre el cazador.

Instantáneamente, escuché un sonoro retumbe. Abrí los ojos y vi que la cama estaba a un costado. El piso seguramente estaba tan duro que al caer eso fue lo que escuché. La felicidad que tenía durante el sueño me duró un par de horas hasta que el ajetreo del día la disipó y olvidé aquello. La llegada de la muerte mostraba a las claras que la vida era cuestión de continuar viviendo. Siempre sucede así. Lo cambiante son las circunstancias, las situaciones. Un cazador tendrá una cabeza más adornando su living.

Por mi parte, ya no soy un tigre y para colmo me duele un poco la cadera, algunas costillas y el hombro derecho.

 

Fotografía: Maru Coca

Niñatos

Hoy vi con curiosidad un niño con vestimenta y comportamiento de adulto. La crianza que le habían dado a Albert había salteado etapas que en otros se veían con mayor claridad.
Albert claramente era un niño, incluso por su estatura, pero su conducta reflejaba la de cualquier adulto modelo, al menos de esos modelos que buscan influir sobre los demás. Esto me hizo sospechar, no ya del pobre Albert que difícilmente saldría de las garras de la programación recibida y, probablemente, la emularía con lujo de detalles, sino de que cualquier adulto que se jacte de tal sólo está emulando la conducta estereotipada y catalogada como de adultos, por niños que perdieron su infancia.

 

 

Año nuevo, vida nueva

El nuevo año trajo cosas nuevas. Ya desde la mañana del primero me asombró ver un piripipichi en el tejado. El piripipichi es una variedad del gorrión que hasta ese momento nadie conocía y lo bauticé, junto con Doménico que es el entendido en la materia, con el nombre científico de Passer piripipí. Es un poco más flacucho que el gorrión común y sobre el pecho tiene una ‘p’ blanca. Se alimenta de lombrices, migas de pan dulce que sobraron de la navidad y alimento balanceado para perros, preferentemente de los baratos, ya que el Eukanuba le produce picazón en el pico.
Pero eso no fue todo lo que trajo el nuevo año. La tarde del dos trajo un ventarrón que partió el ventanal del quincho en cientos y miles de pedacitos de vidrios que barrimos para que no se los coma el perro que había caído con el viento desde el otro lado del paredón. De nombre, Clarita le puso Tugurio y al otro día le dimos un buen baño para sacarle las garrapatas que se habían aferrado tenazmente, asustadas por la tormenta.
La lluvia nos trajo gripe y resfríos y el delivery los medicamentos para paliarlos.
El año nuevo nos trajo un día más en este enero, un interludio entre el 4 y el 5, que llamamos 4 bis, como el colectivo, pero después de disfrutarlo en la pileta con una sensación térmica más que agradable, nos enteramos que ese día nos lo iban a descontar en febrero.
Ya el 6 nos sorprendimos con lo que trajeron los reyes, a saber:
-Un paquete espurio de cacao rancio
-3 limones verdolagas
-Un camello en comodato
-Un rosario de ternura
-Y una réplica de lo que creímos sería el niñito Jesús, aunque luego comprobamos que se trataba de Ken, el novio de la Barbie.
Y a cambio de tan generosa empresa, los reyes se llevaron algunos víveres y como eran magos hicieron desaparecer el aguinaldo.
Finalmente, otra de las cosas que trajo el nuevo año fue una palangana a motor que nos regaló Paty para nuestro aniversario.


Fotografía: Maru Coca

Pinceladas IX

Las acciones habían captado la atención hasta el momento en que el movimiento se detuvo. Pero, ¿esto es posible acaso en el tiempo? Una máquina detenida puede llamar la atención, pero no por su inmovilidad, sino por su apariencia temporal. Un gorrión, difícilmente aunque sí lo puede hacer con su veloz y corto vuelo o con su diáfano canto, no así en su inusitada quietud. Igualmente, en Punta Alta los gorriones no ocupan espacios en los diarios digitales, pero las máquinas –sobre todo los vehículos- llenan las páginas de novedades y, justamente, en una de ellas me entero que un amigo ( Juan José ), que no veo hace tiempo, se accidentó cuando ingresaba a la 229 en el cruce de entrada a Villa del Mar y, en el acto, pereció su mujer, Guadalupe. Utilizo el teléfono de la oficina para llamar al hospital y, luego de varias intentonas, logro obtener su parte médico: tiene fracturas en costillas, y otra fractura en un brazo; tuvo hemorragias internas, por lo que hubo que hacerle una intervención quirúrgica de la que salió bien, aunque está en terapia intensiva, en estado delicado y con pronóstico reservado. Reservo una corona ni bien corto, por precaución. Pero la nostalgia me invade en una ráfaga de sentimientos y sensaciones de otros tiempos: Juan José aplaude desde la calle cuando ve que Charles está en la puerta. El pequeño perro que mi tío le regaló a mi abuelo impone terror en mis amigos, por eso el que más seguido viene a buscarme es Juan José, que es el más corajudo; si no, me toca buscarlos a mí o bien dejar a Charles en el patio. Lo escucho y salgo. Caminamos bajando la pendiente de la calle Espora y continuamos hasta donde no se avizoran casas. Todo es un lugar sin explorar, una dimensión del mundo desconocido en el que vivimos y se despliega ante nuestros ojos. Lo recorremos con curiosidad y ante el menor detalle nos asombramos. ¡Mirá!, me señala Juan José, ¡un topo! Y lo observamos hasta que se nos pierde de vista en una oscura cueva subterránea. A unos pasos una víbora repta hacia nosotros y huimos despavoridos hasta caer a un pozo o excavación, donde un tractor extrae arena que deposita sobre un camión. De la curiosidad pasamos al desencanto cuando, al mirarnos, comprendemos que esa exploración era nueva sólo para nosotros, por lo que sin mediar palabras nos vamos, de regreso, al mundo conocido en el cual nos despedimos, apenas, con una mirada que nos deja solos con un sentir común. Mis ojos giran nuevamente hacía Juan José y veo que me guiña un ojo, que logro ver a pesar de la oscuridad de Mikonos, cuando se adelanta para bailar a la par de Guadalupe, mientras me doy vuelta para buscar un trago. La cabeza gira instintivamente buscando la mirada de Juan José y lo veo a través del vitral de la sala en el hospital con Maximiliano, su primogénito, en brazos, con los ojos humedecidos y una amplia sonrisa. En una mirada profunda, el tiempo queda en segundo plano, y el lazo que nos une en la eternidad nos da la sentencia de lo superfluo del resto de las cosas. Ahora son mis ojos los que están humedecidos y los puedo ver en el reflejo de los ojos vítreos del médico que me da la noticia de su deceso, mientras ensaya con las facciones del rostro una conmiseración al sentimiento que no puedo ocultar. Tras estrechar en un abrazo a su padre, enseguida paso a despedir los restos que yacen dentro del cajón. Y, claro, son sólo los restos porque todo lo central en Juan José se disolvió en el universo y ahora es parte de la Vida.

( Por qué Vida con mayúscula, le pregunto con aquella curiosidad de explorador; y Juan José, lejos de mirarme, me responde con suavidad: porque es el soporte de tu vida minúscula ).

Los zapatos

El viejo y la vieja del Pachu siempre enseñaban con sus consejos y ocurrencias. Recuerdo aquella tarde de abril en que don Sixto nos enseñaba cómo hacer para entender a los demás.
-Vos tenés que ponerte en los zapatos del otro.
Y doña Carmen agregaba elocuente:
-Pero primero esperá que saque sus pies.

Ana e Inés

Dos amigas que cursaban la carrera de odontología en los años noventa, compartían la habitación de la pensión de Alcira sobre calle 4. Una de ellas, Ana, siempre respondía a destiempo los cuestionamientos de la otra, llamada Inés. Por su parte, Inés alternaba episodios de euforia y depresión, de bronca y alegría a intervalos regulares e irregulares. Ana sentía empatía por su amiga, pero cuando la quería asistir por su depresión, por ejemplo, Inés ya estaba cantando a grito pelado; o cuando la quería acompañar en un baile, Inés ya soltaba el llanto.
Así pasaron sus años de cursada en que Ana Crónica se desenvolvía en tiempos que ya se habían despedido sin que ella lo notara e Inés Table dudaba entre estados anímicos que duraban lo que un suspiro.

Cansancio

A decir verdad, la gente está cansada. Duerme mal y se levanta cansada. O se colma de actividades físicas y/o intelectuales y junta cansancio con el trajín del día. Prende la tele y ya se cansa. Escucha las mismas canciones con diferentes intérpretes y termina cansándose. Cada tanto aparece alguna novedad, como Despacito, pero se lo pasan tantas veces que se va cansando rápidamente. No va al cine porque es cansador; prefiere ver películas en casa, porque si de cansarse se trata, ¿para qué cansarse de más? Hace el amor y termina cansado. No le queda más remedio que comer para despejar el cansancio. Conduce cansado y se despide al caer la noche de los familiares en el hogar y sus amigos virtuales con un dejo de cansancio. Se duerme y sueña que está cansado de todo, y al despertar, no sabe si la pesadilla es la vigilia o el próximo sueño. Espera que termine el año para llegar al descanso, aunque se canse de las fiestas. Festeja y se levanta cansado, pensando: otro año más cansador que el anterior, como todo baile que da sueño. Por eso mira “Soñando con bailar”, porque piensa que bailando va a poder descansar. Pero está tan cansado que no se anima a bailar.

Historia universal de la Historia

La Historia de cualquier cosa es algo que está en proceso de transformación, no sólo por los acontecimientos sino además por cómo se cuentan tales, quién los cuenta, etc. Por lo tanto, no es sólo pasado, salvo cuando tratemos de una historia ( de un pueblo, de una relación, etc. ) que ya no corre.
La Historia de ese algo vigente está cargada de presente y por tal tiene un devenir. Ese algo como parte de La Historia puede ser muy variado y puede estar compuesto por diversos factores como involucrados, sucesos y demás; pero me explayé demasiado en un tema que no es mi competencia, porque a mí lo que me gusta son las historietas.

Seguí

Estaba aburrido, demasiado diría, y salí a caminar. En principio solo, pero enseguida se me dio por seguir a un tipo que parecía saber a dónde ir. Al rato me di cuenta que deambulaba sin rumbo, por lo que me dispuse a seguir a una señora que iba con un carrito a paso lento, pero firme. A los pocos metros se metió en una casa, que supuse suya, y la muy descarada me cerró la puerta en la cara con asco. Ahí nomás seguí primero a un joven que entró en un local de comidas, luego a una pareja que me preguntó qué quería por lo que tuve que desistir de seguirlos, y después de un tiempo seguía prácticamente a toda la gente que andaba por ahí, por turnos. Quise seguirlos a todos juntos, pero los destinos no siempre convergen, aunque una muchedumbre que seguí ingresó en un estadio a ver un recital. Algunos me daban charla, mientras que otros me cortaban el rostro. Pero no me preocupa. A mí no me importa eso de llegar a algún lado, eso de estar no es lo mío, lo mío es seguir.

A la misma vez

Había una vez, que no era una simple y sencilla vez, sino más bien una bombucha, cargando en su interior cantidad de agua esperando llegaran los carnavales. Esta vez, la susodicha había cobrado dotes de superioridad y lejos de atenerse a su condición de bombucha de carnaval creía ser verdaderamente una bombacha de campo, por lo que resolvió montar cual jinete sobre un caballo blanco ( que no sería precisamente el de San Martín sino uno más moderno y a la vez actual) en vez de ir a reventarse contra la blusa de una jovencita que esperaba la llegada de la primavera. Pero no sería la primera vez que una bombucha devenida en bombacha caería presa de lo que se conoce como falsa ilusión o ilusión óptica, ya que lo que intentó montar no era efectivamente un caballo blanco sin montura sino que se trataba de una vieja escoba al estilo del vehículo de Cachabacha. Al percibir esto se decepcionó de tal manera que entró en depresión profunda y dejó de pensarse bombacha para considerarse apenas bombilla y pasó a habitar uno de los mates del caserón, el que se usaba para reuniones de amigos. Esta vez, la bombilla del mate ya no participa de las charlas, más allá de que alguno de los partícipes de la ronda que se demorara con pasar el mate y, a su vez, otros le recriminaran si le “está enseñando a hablar”, la bombilla parece no estar interesada y hay quien dice que ya estaría repensando en variar su condición ( o la creencia de la misma ), y hasta aseguran que la pobre ya se cree bombita eléctrica y bomba mediática a la vez.

Pinceladas VIII

¿Queda alguien en Punta Alta que recuerde cuándo se le cambió el sentido a las palabras? Tengo un mundo de sensaciones que te quiero regalar, pero no es un mundo, es un cúmulo, como cada persona. La publicidad lo decía como bondad, porque así se lo suele creer, para no considerar la posibilidad de fraude. Es más sencillo la pasividad de aceptar el engaño que el rol activo de considerarlo. La palabra mundo se refiere al todo, pero ahora sólo se suele utilizar para designar un conjunto, el cual es un reducto. Entre esas cavilaciones andaba cuando llegué al reducto laboral y me vi rodeado de cúmulos, cada uno en su mundo vacío. Pero cada tanto, el hechizo se rompía y nos encontrábamos en el mundo, tal vez por alguna gracia que nos hacía reír o un sentimiento añejo que nos despertaba en la unidad de esa realidad. La única. Pero eso duraba poco y las espacios que separaban unos cúmulos de otros eran abismos en el tiempo que procurábamos cruzar con la cordialidad del ambiente laboral. Aunque sólo era en nuestra imaginación donde estos cúmulos tenían lugar y no en la realidad donde nada nos separaba. Más abajo, estoy separado de mis compañeros por algunas paredes o vidrios cubiertos con cortinas que le dan cierta privacidad a las actividades de cada uno. Pero a mi lado, sin paredes ni cortinas que separen los ambientes está Marisa, que cada tanto baja de su nube y me dibuja una sonrisa. Entonces, le retribuyo con pinceladas de caricias que no ensayé, pero igual la alegran, sin preguntar si fue improvisación pura o espontaneidad natural y me ofrece un café. Acepto sin condiciones y me envuelve una nube de sentimientos mientras la veo alejarse por el pasillo. Después llueven lágrimas y algún sudor por la frente, que seco con el pañuelo bordado, y ahí me doy cuenta que el aire acondicionado no está funcionando. Llamo al encargado del mantenimiento para comunicarle el desperfecto, pero me da ocupado. Me levanto para ir al baño y la silla se me queda pegada en el pantalón. Estimo que ha sido otra broma de Abel. Camino con la silla a cuestas por el pasillo y escucho una carcajada cuando paso por su oficina. Sin dudas fue él, pero no me detengo pues el baño me está esperando impaciente. Al entrar, trabo la puerta con el pasador y me saco el pantalón con silla dejándolos en el piso. Cuando me doy vuelta, quiero levantar la tapa del inodoro y observo que está pegada al mismo. Busco los tornillos de plástico en la parte de atrás, se los quito y con toda la fuerza arranco la tapa. Después, al pantalón no logro despegarlo de la silla ni viceversa, por lo que me lo coloco con silla y camino hasta la oficina de Abel. Él se recuesta sobre la silla en la que está sentado y la hace girar con aires de triunfo dando vueltas sin detenerse ni brindarme una solución. Bajo las escaleras de entrada con la silla a cuestas ante la risa contenida de algunos curiosos y, al llegar al estacionamiento, me quito pantalón y silla para subir al auto, dejándolos en el asiento trasero. En algún tramo del trayecto a casa, hay un control policial y me veo obligado a detenerme. Una mujer policía me pide la documentación y, al verme en calzoncillos, me pide que descienda del vehículo. Trato de narrarle lo ocurrido, pero no me cree, a pesar de que intento mostrarle la silla detrás. Enseguida, me pide que sople sobre una boquilla de plástico. Pero cuando estoy por soplar, estornudo sobre el uniforme de la agente, quien se ve ofendida y molesta al ver la excreción en su vestimenta y, en un rapto de asombrosa destreza y potencia, me esposa y me sube al patrullero sin que pudiera ofrecer resistencia. La lluvia torrencial que cae mientras viajamos hasta la comisaría me da la sensación de que bajo ese manto de nubes los cúmulos que nos separan se disgregan y se conforman en aquél, pero al llegar, entre dos oficiales, me dejan en un vetusto calabozo confirmando la separación. ¿De qué se me acusa, oficial?, le pregunto. Ebriedad y resistencia a la autoridad, me dice antes de alejarse y dejarme en la soledad del mundo y alejado de otros nubarrones.

En línea

Leyó tres líneas.
De tres palabras.
Tres cada línea.
Se detuvo.
Leyó la primera palabra que no entendió y la buscó en el diccionario.
La definición que le dio no lo satisfizo.
Continuó leyendo en el diccionario palabras al azar.
Vaquetón. Tecolote. Santónico.
Tachó la que no había entendido en el libro y sobre ella escribió “aguacha”.
Cerró el libro y lo devolvió.
Encendió la televisión y sintonizó el canal ocho.
Se veía lo que había grabado una cámara de vigilancia.
La imagen mostraba a un hombre robando una panquequería.
De un patrullero bajaron dos policías y lo acribillaron a balazos.
La muchedumbre se acercó a devorar los restos.
Incrédulo, exclamó: ¡Lecteriano!

Ciclos

-¿Y a qué te dedicás?
-Hago trabajos de reciclado en plásticos, metalíferos y de origen vegetal y reordenamiento de desechos urbanos.
-¡Muy bien! ¡Felicitaciones! ¡Qué bárbaro!
-Este…
-A mí me encanta la gente que hace cosas por el medio ambiente.
-Bueno…
-Que se preocupa por el destino que se le da a los residuos.
-Eh…
-Gente que hace cosas para que el mundo sea cada día un poco mejor.
-¡Soy ciruja!
-Ah! Este…Bueno… ¿y cómo te está yendo?

La quinta encarnación

Thor, o el dios del trueno, también tuvo su crisis existencial, como cualquier inmortal. Se dice en alguna biografía publicada en los países escandinavos que el mismo dios encarnó en la figura de una princesa, hija de un rey tirano, y que decidió por motus propio recorrer los caminos de la perdición, de drogas y de alcohol. Una noche, yacía en los brazos de un soldado de Odín, tras descontrol orgiástico, le confesó a éste pasada de opio que era la quinta encarnación de Thor. Nadie dudaba ya de su irreversible deterioro cerebral, por lo que la leyenda nórdica la homenajeó con el mote de Thorquemada.

La humedad de los martes

La lluvia de los últimos días había humedecido mis ideas y el pensamiento era una suerte de pantano donde todo terminaba mezclándose en una amalgama de barro y agua, lluvia que prometía continuar este martes para beneplácito de los nostálgicos. Los techos del barrio habían sido castigados con abundante agua llenando las canaletas con ramas y hojas de árboles que sufrían los intempestivos vientos de un noviembre álgido que acariciaba el final de su primera quincena con displicencia. En casa se observaba orden, a excepción de la biblioteca donde siempre se vislumbraba una revolución o al menos era lo que delataba la disposición de los libros y mi mala predisposición a darle un aspecto de pulcritud. La condición de un buen libro, y de todo buen cuento ( y subiendo por las escalinatas que conducen a la divinidad celestial: de toda buena poesía ), era que tenía que mover el piso donde el lector, hoy devenido en espectador, se sentaba a contemplar la realidad con ficción. Y por ese motivo los libros que además de estar vivos y revolucionan al lector como la observación de una delicada mariposa sobre el jazmín del jardín de la casa paterna o del chimango que paciente espera el momento oportuno para llevarse el cadáver de una rata sobre el pavimento, tienden a abrir puertas a nuevas, o desconocidas, dimensiones de la existencia que permanecían ocultas al mismo por cortinas de humo. O tal vez de humedad, cortinas de humedad gestadas por la citada lluvia que otra vez volvía a caer sobre la ciudad. Pensé en mi padre y recordé un cuento que siempre me contaba para poder dormir placenteramente. Era un cuento feliz y hacía unos pocos días me había enterado que no era el único al que se lo contaba, lo cual me sorprendió pero no me dio celos, sino alegría. Darle algo a alguien era brindarle la posibilidad de la felicidad. Un amigo me decía algo parecido en cuanto a la crianza de los perros: dale algo para hacer y se sentirán bien. Nosotros también nos sentimos bien cuando hacemos algo por los demás, nos olvidamos por un momento de nosotros mismos con algún quehacer, alguna ocupación, y en esa distracción hay una suerte de placer inmaterial. Mi padre, que en este momento estaría aburrido sentado frente al ventanal, dejando correr los pensamientos que tendían a un pasado lleno de emociones y sentimientos que dejaron huellas. Se me ocurrió pedirle algunos libros que habían quedado en su casa, por lo que le escribí para que me busque esos libros de Coelho que allí nadie iba a leer. La idea de que el Universo conspiraba me había creado una especie de desvarío que había incendiado mis ideas al punto de olvidar las matemáticas que tanto me habían costado aprender, fuego que sólo apagaban los días lluviosos. Y en este día lluvioso, una casa despelotada como la de mi padre, buscar algunos libros llenos de polvo y humedad era un buen pasatiempo que le permitiría evadir la melancolía. A veces hacemos cosas para sentirnos bien y hacer sentir bien a otros nos devuelve el bienestar como un búmerang. Mi padre no me respondió. Las horas pasaron y la persistente y fina lluvia redundaba. Esos libros no me interesaban como a millones de lectores diseminados por todo el mundo ávidos de su lectura por lo que pensaba venderlos y comprar con ese dinero alguno que fuera de mi agrado, como uno de Ray Bradbury que tenía en la lista de los próximos a adquirir. Mientras preparaba el mate y el ambiente para continuar la lectura de la novela que me había regalado mi hija me llegó un mensaje al celular que me dejó helado:

-“La boluda de Veronica decide cagarse muriendo” encontré, creo que se llama así.

El humor de mi padre siempre me dejaba alguna moraleja y la lluvia de este martes me recordaba que vivir es una buena idea a pesar de la humedad.

 

Su Señoría

Pedro: Mi mayor amigo es el Señor. Si tengo Su presencia, nada me falta.

-Señor, ¿una monedita para la birra?
-Me quedé sin cambio, disculpá.

-Señor, ¿una moneda para mis hijos?
-Disculpe, pero ya di.

-Señor, ¿una moneda que estoy sin trabajo?
-No tengo, pibe.

-Señor, ¿una monedita para los puchos?
-Mirá que te voy a pagar los vicios…

 

Pedro: Señor, a Ti te encomiendo mi pesar. Acuérdate de mi en la hora de nuestra muerte.
Coro: ¡Con mucho gusto!

 

Historias ínfimas elementales

Margarita vivía en una burbujita coloreada por la luminosidad. Como estaba compuesta de agua y aire, tenía lo elemental para subsistir. Sin embargo, al carecer de tierra, no logró desarrollarse y se marchitó prematuramente.

Patito nadaba en el barrito todas las mañanas. Su cuerpecito estaba cubierto de tierra y agua, por lo que pocos lo reconocían, salvo cuando había buena iluminación. No obstante, el fuego nunca lograba encender su cabecita roja embarrada.

Pollito volaba bajo el solcito entre la tierra y el cielo con el soplar del viento. Cuando tenía sed, descendía a algún charquito y bebía hasta colmarse. Después esperaba que el viento lo levante por el aire nuevamente. Tenía la piel algo chamuscada por haber caído un día sobre una parrilla.

Rosita creció en tierra firme entre piedras luego de un incendio propiciado por un viento estival. Mientras purificaba el aire, cantaba todas las tardes hasta entrar en sueñito profundo. Un día llovió tanto, tanto, que estuvo a punto de ahogarse.

Estrellita caminaba sobre el barro y ascendía por el mar en una danza singular, tomando aire en cada movimiento de caderitas que se apreciaba a plena luz del día cuando se acercaba a la superficie. Un día se asomó, vio un barco prendido fuego y del susto se fue hasta la orilla, donde la encontró un turista cuando se secó.

Elección

-Te había pedido que lo lleves a deporte, ¿Te olvidaste o qué fue lo que pasó?
-Se me hizo tarde, disculpá. -le respondió Eduardo, y añadió- Es que ayer tuve una noche complicada, y me quedé dormido.
-Durmiendo, querrás decir. No podés olvidar que es tu hijo, aunque a veces quisieras disimularlo. -dijo ella.
-No seas tan dramática, es sólo una jornada de deporte la que perdió. De alguna forma, te compensaré.
-No es conmigo con quien estás en deuda y bien lo sabés. Siento que a veces querés llevar el asunto a un terreno diferente. Discúlpate vos con el niño. Veremos qué opina. Sabés que ama practicar deportes. -le dijo ella y cortó la comunicación.

Ni siquiera me dejó decir adiós, pensaba Eduardo, con el tiempo se ha vuelto más ofensiva de lo que solía ser.

Esa misma tarde, Eduardo fue a ver su hijo, quien lo abrazó al verlo llegar.
– Hola, hijo, ¿cómo estás?.
– Bien, papi, ¿qué te pasó hoy que no me llevaste a practicar deporte? -preguntó el pequeño.
– Perdoname, hijo. Estuve trabajando hasta muy tarde y me quedé dormido, por eso no he podido venir por ti.
– ¿Es cierto eso que dice mamá, que estuviste con una mujer toda la noche? -preguntó el chico con cierta desconfianza hacia las palabras de su madre.
– No, bueno… tu madre no me quiere demasiado, ¿sabés? Es por eso que cada vez que puede me difama. No debés preocuparte por ello, ¿está bien?
– Si. -interrumpió el pequeño.
– A veces discutimos porque entre nosotros hay una separación que a es muy difícil subsanar, pero no es así contigo, ¿entiendes? -dijo Eduardo.
– Sí, papi. Papi…
– ¿Qué hijo? Decime.
– ¿Qué quiere decir difamar? -inquirió con curiosidad el chico.
– Difamar es hacer perder la buena fama de uno. Cuando tu madre habla cosas feas de mi, es lo que intenta hacer conmigo, difamarme.
– Ah… pero mamá difama siempre, y no sólo a ti. Ayer dijo que la señora del almacén, Mirta, es una vieja ladrona. Eso es difamar, ¿verdad?
– Sí, aunque también se podría ver como un llano insulto, hijo. Mirá, no te preocupes. Tu madre tiene sus problemas y, como todo ser en edad adulta, los lleva adelante como puede, con lo mejor de sí. Bueno, decime, ¿cómo querés que te compense mi falta de hoy? Te doy dos opciones: podemos ir al cine esta noche o podemos ir a ver el partido el sábado. Bien, ¿qué decidís?
– Ummm… es difícil… creo que prefiero ir al cine a esta noche. -dijo el pequeño.
– Mirá que el partido del sábado es quizá, el más importante del semestre. -le dijo Eduardo, persuadiéndolo.
– Sí, papi, tenés razón. El partido del sábado puede ser importante, pero hoy es más importante para mí pasar un rato con vos esta noche.
– Bien, hijo. Entonces iremos al cine esta noche y también iremos el sábado a ver ese partido. -dijo Eduardo.
– ¡Gracias pa! ¡Qué bueno! No lo puedo creer. Iré a contarle a mamá. -dijo el chico y entró corriendo a la casa.

Al rato, salió la mamá del muchacho. No estaba contenta por el mismo. Lo apenaba la idea de que su padre le fallara nuevamente. Salió a hablarle:
– Mira, Eduardo. Esto es importante para él. Si creés que no podés cumplir con lo que le dijiste, mejor que ni te aparezcas. Me duele verlo apenado. Se hace muchas ilusiones con vos. No hace falta que le falles como lo hiciste conmigo.
– Cumpliré con lo pactado. Aprendé a perdonar, te hará bien a vos misma. -dijo Eduardo.
– ¿Qué sabes de eso, que no has perdonado mi falta? -le dijo ella.
– Ya te he dicho mil veces hasta el cansancio que te he perdonado. Pero no podés pretender que después de dicha falta a nuestra fidelidad continuemos juntos. Entendelo.
– No era necesario separarnos. Fuiste cruel. Sobre todo con el chico.
– No confundas las cosas. Juntas tienden a parecer otras que no son. El muchacho está creciendo sano y suficientemente feliz. Eso no es poco, hoy en día. Y si así lo creés, provéele otras bondades. -le dijo Eduardo.
– Está bien, no quiero discutir, ¿a qué hora venís por él?
– Ocho y media estoy acá.
– Te estará esperando. -le dijo ella y entró a la casa.
Eduardo se fue de allí y regresó puntalmente, como había predicho. Allí lo recibió el pequeño, que estaba vestido impecablemente, bien peinado por su madre y perfumado. Eduardo lo tomó en sus brazos cuando lo vio y el chico lo abrazó fuertemente. Se despidió de su madre y se fueron.
Ya en el cine, mientras esperaban el comienzo de la película, conversaban:
– Qué lástima que mamá no haya podido venir con nosotros…
– Sí, es verdad, hijo. Es una pena.
– Qué bien que la pasamos los tres. ¿Te acordás cuando fuimos al acuario?, ¿Dónde era? -preguntó el chico.
– San Clemente, hijo. Lo recuerdo muy bien. Tu madre parecía feliz con nosotros.
– Ahora no parece feliz, quizá es porque vos no estás, papi.
– Puede ser, hijo, puede ser. Mira, ¡ahí empieza la película! -dijo Eduardo.
– Dame la mano, papi. ¡Espero que no sea de miedo!
– No lo es. Vas a ver que la vamos a disfrutar. -dijo Eduardo tomando a su hijo de la mano.

*Fotografía: Leandro Coca