Felicitas

Elvis tuvo un momento para reflexionar. Sin embargo, lo desaprovechó y el tiempo se lo consumió su celular, que lo invitó a responder mensajes sin mayor trascendencia, pero que le hacían olvidar su carga diaria de otros pesares, como ser: los dramas de su mujer, la alicaída economía familiar, la magra salud de su mejor amigo, el apriete con patovicas de dos prestamistas, la inflación, un orzuelo, la calvicie, el techo que pedía a gritos reparación cada vez que llovía, su jefe que le exigía mayor rendimiento a menor salario, el rendimiento escolar de sus hijas menores, la lápida de su padre que merecía un pulido, la postergada visita a la podóloga que había derivado en una uña encarnada, un posible renacimiento cuando todo terminara amenazando con un sinfín de la insensatez, la miopía de su compañero Topo, el contrato de alquiler con vencimiento inminente, etc., etc., etc. Etcétera. Y cuando digo etcétera no lo hago de mezquino porque mi mayor deseo es compartir con el lector las preocupaciones que mantenían una nube de pensamientos sobre la testa de Elvis, pero eran innumerables, incalculables e inenarrables. Además, él ( lector ) debe saber mejor que nadie que esto es así, pues su propia experiencia da testimonio de ello. Superado el bache sin mayores contratiempos, prosigamos. Elvis, decíamos, tuvo su momento de calma, aunque sin gran lucidez como para elucidar una solución, pero sí como para sobrellevar su frágil existencia de manera un poco más feliz. No obstante, no expondremos aquí el algoritmo que le habría de dar a Elvis la posibilidad de evitar que dichos y omitidos problemas tengan sobre sí un peso significativo tanto como para obnubilar la felicidad que le deparaba, no ya el destino que le resultaba adverso, sino la vida misma que se abría a todo aquél que tan sólo anhelaba vivir, dichoso y con la inimaginable serenidad que brota desde dentro para nunca más abandonarlo, más allá de toda circunstancia. Fue así, que Elvis estuvo a un instante de comprender el valor de dicho anhelo, cuando fue importunado por una serie de caracteres que visualizó en su mensajófono: Elvis, te dije una y mil veces que laves la taza antes de ir a ese trabajo de mierda, infeliz. Se abstuvo de responder, pero su pensamiento derivó en si el infeliz era naturalmente él mismo o lo decidía así su trabajo o alguno de los otros pensamientos que circulaban por su imaginación. No logró dar con una respuesta que lo satisficiese por lo que simplemente se consideró infeliz a secas, sin causa o razón. Y así como de un charco lleno de lodo surge una bella flor, en lo más rancio de su corazón germinaría la semilla de lo que, a la postre, sería una genuina dicha que lo embargaría en felicidad. Sin embargo, el único embargo que llegó fue el de sus bienes y su sueldo por una sentencia judicial que lo llevó directamente a un calabozo. Pero no se asuste el lector, la historia tiene un final feliz: en prisión, Elvis pergeñó la idea de cavar un túnel para escapar, él y ocho compañeros que compartían la celda de dos por un metro y medio, y consiguió su apoyo, aunque no la mano de obra. Lo cavó él solo y escaparon los  nueve, una mañana donde arreciaban vientos huracanados con ráfagas de doscientos ochenta kilómetros por hora, lluvia, granizo y caída de alacranes, sapos y mangostas. A todo esto, Elvis cumplía esa tarde ochenta y siete años, por lo que uno de los guardiacárceles que le tenía cierto afecto, tras recapturarlo, tuvo la atención, gentil, benévola y complaciente idea de regalarle de una conocida cadena perpetua de hamburguesas, y con el canto al unísono de todo el penal, que coreaba “porque es un buen compañero…”, una cajita feliz.

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