Un libro relegado

Hoy quise agarrar un libro con la premisa de que “los libros no muerden” y fracasé. Es decir, agarrarlo fue todo un éxito pero a la hora de la lectura fue un rotundo fracaso. El libro en cuestión se titula “Aguardando al año pasado” y cuando lo quise leer, ya desde el comienzo, en mi cabeza circulaba un rumor, como un virus esparcido por el aire, que entre línea y línea, entre cada párrafo, me distraía de la lectura en la que procuraba enfrascarme, errático por la temática actual: pandemia. Dejé su lectura para otro momento y me dispuse a escuchar algún tango. Era el momento de que Piazzolla me sacara de aquí, ya que afuera era un lugar prohibido, una vía de escape cerrada por la ley vigente. Y vi gente cuando me asomé a la ventana mientras escuchaba Libertango: eran los encargados de que los alimentos llegaran a los hogares, o al menos les facilitara la llegada a los mismos para quienes podían costearlos. La música, mágicamente, me transportaba no a otros lugares sino a otros tiempos; mal digo: me transportaba a momentos, a sensaciones, a fantasías, a sentimientos no localizables en el tiempo ni en el espacio. Eran vuelos naturales del espíritu que sólo ese tipo de arte, con artilugios, podía propiciar en mí. La lectura de la que tantos frutos había saboreado en tiempos de menor convulsión era ahora una suerte de lujo que los medios informativos esparcidos por doquier que difundían ininterrumpidamente la virulencia de la situación me impedían degustar, por lo que no había nada mejor que el deleite placentero de escuchar la buena música que me gratificaba ante tanto dolor y muerte atravesando todas las latitudes de la vasta Tierra y que prometían aumentar y proseguir en un curso desprovisto de beatitud y con tintes de amargura y desazón en un panorama lamentable. La muerte no es lo que nos cuentan, es lo que sufrimos; las pérdidas no son los cálculos que se hacen, es lo que nos duele. Y a pesar de todo, con el dolor y el sufrimiento a cuestas, tenemos que seguir: alguien espera que le lavemos los pisos, que le cocinemos un bife, que le cebemos un mate, que le sirvamos un café, que le escribamos un cuento. Y hay un libro relegado esperando ser leído. Afuera el sol ofrece tentaciones, no es otoño en los árboles ni en la calle; las estaciones se han distanciado del almanaque y un primero de mayo puede resultar veraniego, nadie sabe a priori.
El ambiente que se respira es de cautela, tampoco nadie sabe cómo será el curso de las cosas a posteriori, ni quiénes lo seguirán, los planes pueden variar “sobre la marcha” y aunque no tengamos planes, la vida continúa. ¿Será el fin de las certezas? No lo sé, las garantías que parecíamos tener se tornaron ilusorias. Ahora sólo queda aferrarse a la vida, que es cada uno de nosotros y más también, con lo que quede de ello, y desde las ruinas retirar los escombros y sembrar. Porque el corazón es tierra fértil si se lo sabe labrar. Y la música, por ejemplo la de Piazzolla, es una magnífica semilla para los frutos del mañana.

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