Un tipo abierto

En el barrio de Malvones, hace unas décadas, la gente era muy cerrada porque con justificadas razones tenían que proteger las estupideces que creían, pues las consideraban de tal modo valiosas, al menos para dejarlas como herencia a la posteridad. Pero Alfio no. Él era un tipo muy abierto, tan abierto era que creía tanto en la esfericidad de la Tierra como en la teoría del terraplanismo; apoyaba el bautismo y la comunión y, al mismo tiempo, arengaba con blasfemias toda herejía; tenía una fe completa en la democracia aunque se manifestaba en toda protesta anarquista con actos vandálicos sobre monumentos de la ciudad, monumentos que llegaba a pintarrajear con aerosoles negros y amarillos; consideraba crucial para el avance de la sociedad el progreso en ciencia y tecnología pero, a su vez, boicoteaba toda difusión científica desacreditando a las mismas por contradecir las inquebrantables leyes de la Edad de Piedra; hablaba con fantasmas acerca de la inmortalidad y le sacaba fotos a los marcianos mientras compartían facturas, café mediante; creía en la ley y el orden y en la transgresión y el caos; a veces se consideraba rebelde conservador; se tragaba todos los periódicos matutinos y desconfiaba de los avisos fúnebres; creía en el horóscopo y en la mano divina; si alguien era muy cerrado como para no escucharlo le hablaba en lengua de señas.
Alfio era un tipo muy abierto, tanto que veía a los chanchos volar y festejaba el día del arquero.

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