La logia de Theo

A mis queridos hermanos.

 

Con Ramiro, hace cientos de decenas de años, cuando éramos grandes, entramos a una casa abandonada aspirando a un poco de sosiego en la virulenta sociedad y nos encontramos rápidamente con tres sorpresas inexplicables: primero, no estaba abandonada, pues la misma estaba llena de gente que como nosotros buscaba un lugar de tranquilidad; segundo, no habíamos entrado sino que apenas la habíamos observado a través de una hendija que permeaba luz; y tercero, no se trataba de una casa, sino que era…un… planeta.

***

Después del susto que nos llevamos, corrimos a toda velocidad hasta un hospital semiderruido. Recorrimos los pabellones en busca de alguna medicina que disipara el dolor de estómago y las náuseas que sentíamos en el vértigo del descubrimiento, pero los pocos doctores que encontramos estaban demasiado ocupados jugando póquer y no nos daban pelota. A lo lejos, en un pasillo oscuro, nos pareció ver la figura de una enfermera. Le dimos alcance y nos quedamos mirando sus manos en las que llevaba doce jeringas llenas de líquidos viscosos en cada una de ellas. Cuando alzamos la vista, nos dimos cuenta que era Mariana, radiante y coqueta, y se alegraba de volver a vernos después de tantas décadas. Le explicamos un poco lo que nos pasaba pero se negó tajantemente a pichicatearnos alguna medicina, pues decía que nuestro mal era de orden teológico y no estomacal. Tratamos de explicarle que todos creemos aún incluso cuando estemos en desacuerdo los unos con los otros o, también, cuando lo neguemos, que las diferencias son sólo superficiales y verbales y en la profundidad reconocemos la unidad. Pero ella estaba retratándonos con su celular en medio de las explicaciones y cuando ascendían las fotografías a su muro, aprovechamos para rajar.

***

Atravesamos toda la región hasta llegar a la costa. El viento nos despejó un poco las ideas, pero no los temperamentos. Algunos se bañaban en las aguas cálidas a pesar del frío. De algún lugar se empezó a escuchar una música que desconocíamos ni tampoco reconocíamos la procedencia. Tal vez habría parlantes sobre la costanera pero nuestra miopía no nos permitía encontrarlos. Es Chayanne, dijo Ramiro. Y le prestamos atención a la letra: un niño siempre es el rey…del amor. Discutimos el asunto entre los dos, exponiendo cuestiones que derivaron en una conversación de bueyes perdidos en la que divagamos un buen trecho, hasta que apareció Rolo, cabalgando, y nos reventó la burbuja en que estábamos respirando, con una sentencia fulminante: la única verdad es la realidad, nos dijo en tono firme y rostro severo. Después sonrió fraternalmente y se alejó a todo galope hasta que lo perdimos de vista a los pocos metros. Caminamos en la misma dirección y encontramos una mano. Nos preguntamos si sería la que arrojó la primera piedra.

***
En el crepúsculo de nuestra desazón, tras siglos de preguntas, nos quedamos dormidos entre tamariscos y palmeras que nos respondían en silencio y con paciente benevolencia. Soñamos durante setecientas noches, los sueños de todos los hombres hasta que despertamos en uno en común. Como teníamos hambre arrojamos las redes al mar, pero sólo recogimos todo tipo de basura: botellas, empaques, cartones y latas vacías. Muy cerca nuestro había una sombrilla multicolor. Nos acercamos y allí estaba, nada más ni nada menos que Gabi, nuestra divina hermana. Estábamos muy emocionados los tres y, mientras comíamos unos bizcochos tomando mate, nos pusimos al día conversando varios lustros ininterrumpidamente. De la radio nos invadían con todo tipo de preocupaciones, pero ella la apagó y, nuevamente, sentimos la paz que reinaba bajo los pies del hombre. “Él tiene el mundo en sus manos”, nos dijo luego. Nosotros miramos hacia la orilla y vimos que venía corriendo un niño-rey con una sonrisa natural que apenas conocíamos por fotos, llevando una enorme pelota que se asemejaba a un planeta. “Theo, lógico”.

 

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