Y a las tres

Son las 3 y cuarto, plena madrugada o múltiple trasnoche, y Eulalio mira el reloj sobre la pared. Es un reloj muy antiguo, tan antiguo que data de antes de su llegada al planeta. Lo mira como si le rezara, como si le rogara que avance con menos parsimonia que ese irreverente tic tac, o en tal caso como pidiéndole que retroceda, o que se quede quieto o algo distinto y duda si sacarle las pilas que le posibilitan el movimiento perpetuo. La duda lo carcome, lo invade, lo precipita a la impavidez. Hay quienes dicen que el día ya dio comienzo pero Eulalio no le da crédito porque todavía, a las 3 y veinte, no vio el amanecer, hecha la excepción de unas cuantas imágenes que daban fe en otro punto, desde otro ángulo, con otra panorámica. Está a horas de cambiar el auto, porque Eulalio piensa que cambiar o no cambiar es la cuestión que lo conduce por la vida desde los últimos 19 minutos en los que estuvo petrificado mirando el reloj, y ahora, arrancando el clavo que lo sostenía en la pared, cae y se estrella contra los cerámicos, siendo las 3 y venticinco. Eulalio camina hasta la ventana y observa: ventanas, cielo, un gato blanco transitando sobre una cornisa.

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